--¡Qué bueno es V., tío! profirió la doncella; estoy segura de que V.

se sujeta a privaciones por nosotras.

--Esto no le atañe a V., señorita, replicó don Jaime; lo que yo quiero

es verla a V. hermosa; su deber de sobrina sumisa, es obedecerme, sin

permitirse hacer observación alguna; ¡ea! denme Vds. un abrazo y adiós;

me he entretenido ya demasiado.

Las dos damas le siguieron hasta el patio, donde le ayudaron a ensillar

al Moreno, al cual doña Carmen daba terrón de azúcar tras terrón

mientras le acariciaba, a lo que el noble animal parecía estar muy

agradecido.

En el momento en que don Jaime daba al anciano criado orden de que

abriese la puerta, se oyó en la parte de afuera el precipitado galopar

de un caballo, y poco después repetidos golpes en aquélla.

--¿Quién será? dijo don Jaime avanzando resueltamente hacia el zaguán.

--¡Tío! ¡hermano! gritaron a una las dos damas, intentando detenerle.

--Soltad, dijo don Jaime inmovilizando con una mirada a su hermana y a

su sobrina; sepamos quién es. Y llegando hasta la puerta, gritó: ¿Quién

vive?

--Amigo, respondieron desde la calle.

--Es la voz de Loick, dijo el aventurero, abriendo la puerta.

--¡Alabado sea Dios! profirió el ranchero entrando y al conocer a don

Jaime, pues él hace que dé con V.

--¿Qué ocurre? preguntó con viveza el aventurero.

--Una gran desgracia, respondió Loick, la hacienda del Arenal ha caído

en manos de la pandilla de Cuéllar.

--¡Demonios! exclamó don Jaime, palideciendo de cólera. ¿Y desde cuándo?

--Desde hace tres días.

Don Jaime asió del brazo a Loick, se lo llevó al interior de la casa, y

le preguntó:

--¿Tienes hambre? ¿sed?

--Tanto me apremiaba el llegar, respondió el ranchero, que hace tres

días que no como ni bebo.

--Descansa y come, repuso don Jaime; luego me contarás lo ocurrido.

Las dos damas se apresuraron a colocar delante del ranchero pan, carne

y pulque.

Mientras Loick tomaba el alimento de que tan premiosa necesidad sentía,

don Jaime se paseaba descompasadamente de un extremo al otro del

comedor.

Se nos olvidaba decir que las dos damas se habían retirado

discretamente a una señal de su deudo, dejándolo a solas con Loick.

--¿Has concluido? preguntó el aventurero, al ver que su interlocutor

había dejado de comer.

--Sí, respondió el ranchero.

--¿Ahora te sientes con fuerzas para contarme como ha sucedido la

catástrofe?

--Estoy a sus órdenes, señor.

--Di pues, te escucho.

El ranchero, después de haber apurado su último vaso de pulque para

aclararse la voz, empezó su relato.

XV

DON MELCHOR

Vamos nosotros a suplir con el nuestro el relato del ranchero, quien,

por otra parte, ignoraba muchas particularidades, ya que no conocía

lo ocurrido sino de oídas. Para ello nos es preciso retroceder al

momento preciso en que Oliverio, porque el lector indudablemente le ha

adivinado en don Jaime, se separó de doña Dolores y del conde a unas

dos leguas del Arenal.

Doña Dolores y los que le acompañaban no llegaron a la hacienda hasta

poco antes de ponerse el sol.

Don Andrés, inquieto por tan largo paseo, les recibió con muestras

del gozo más vivo; pero viéndoles como les había visto a lo lejos

acompañados de León Carral, se había tranquilizado.

--No permanezca V. por tanto tiempo fuera de la hacienda, señor conde,

dijo a Luis don Andrés con solicitud verdaderamente paternal; comprendo

el placer que halla V. en galopar en compañía de la atolondrada

Dolores, pero como no conoce esta tierra, puede extraviarse. Demás,

en estos momentos los caminos están infestados de merodeadores

pertenecientes a todos los partidos que dividen esta desgraciada

república, y a estos pícaros tanto les da disparar un tiro contra un

hombre como dispararlo sobre un coyote.

--Me parece que V. exagera, señor, replicó Luis; hemos dado un

magnífico paseo sin que nada sospechoso haya venido a turbarlo.

Hablando de esta suerte se encaminaron al comedor, donde les estaba

aguardando la comida.

Ésta fue silenciosa como de costumbre; la única diferencia que se

notaba era que parecía haber desaparecido la indiferencia entre doña

Dolores y Luis, pues realmente sostuvieron una animada conversación, lo

que hasta entonces no había acontecido.

Don Melchor estuvo hosco y compasado como siempre y comió sin despegar

los labios; no obstante, dos o tres veces y admirado sin duda de la

buena armonía que parecía reinar entre su hermana y el francés, se fijó

en ellos, mirándoles con expresión singular; pero los jóvenes fingieron

no reparar en él y continuaron su conversación a media voz.

Don Andrés estaba radiante de gozo, y arrastrado por la grata sensación

que experimentaba, hablaba en alta voz, interpelaba a todos y bebía y

comía como un hambriento.

Al levantarse de la mesa y en el instante de despedirse, don Luis

detuvo al anciano, diciéndole:

--V. dispense, ¿podría escuchar dos palabras?

--Me tiene V. a sus órdenes, respondió don Andrés.

--No sé como explicarme, señor, repuso el conde: temo haber obrado con

alguna ligereza y cometido una falta contra los deberes sociales.

--¡Usted! exclamó don Andrés sonriendo; ¡bah! permítame que le diga que

no le creo.

--Le agradezco a V. el buen concepto en que me tiene; con todo, debo

hacerle a V. juez de mi conducta.

--Si es así, explíquese V.

--El caso es el siguiente: habiendo determinado dirigirme directamente

a Méjico, pues ya sabe V. que yo ignoraba su presencia aquí...

--En efecto, interrumpió el anciano; prosiga usted.

--Pues bien, continuó Luis, ignorando, como he dicho, su presencia

de V. en la hacienda, había escrito a uno de mis íntimos amigos,

agregado a la legación francesa, primeramente para notificarle mi

llegada y en segundo lugar para que me hiciese el favor de buscarme

habitación. Ahora bien, el amigo ese, llamado el barón Carlos de

Meriadec y perteneciente a la más calificada nobleza de Francia, acogió

favorablemente mi encargo y se dispuso a satisfacerlo. En esto supe

que vivía V. en esta hacienda, y como V. tuvo la exquisita amabilidad

de ofrecerme hospitalidad en ella, escribí inmediatamente al barón

diciéndole que suspendiese todas sus gestiones, ya que era más que

probable que yo me quedaría aquí durante un largo espacio de tiempo.

--Al aceptar V. mi hospitalidad, señor conde, me dio una prueba de

amistad y de confianza, de que le estoy agradecidísimo.

--Creía que todo estaba terminado respecto del particular, cuando

esta mañana recibí una carta en la cual el barón me participa haber

obtenido licencia y su resolución de pasar en mi compañía los días de

asueto que le han concedido.

--¡Ah! ¡caramba! exclamó gozosamente don Andrés, buena está la idea, y

por ella le daré las gracias a su amigo de V.

--¿Así pues no le parece desempachado el barón?

--¿Qué está V. diciendo? interrumpió con viveza don Andrés; ¿por

ventura no es V. casi casi mi yerno?

--Pero todavía no lo soy, señor.

--Gracias a Dios lo será V. pronto. Así pues, aquí se encuentra V. en

su casa, y por lo tanto es libre de recibir a sus amigos.

--Aun cuando fuesen mil, dijo con sonrisa sardónica don Melchor, que

estaba escuchando esta conversación.

El conde fingió creer en la buena intención del joven y le respondió

inclinándose:

--Le agradezco a V. que en la presente circunstancia una su voz a la de

su padre; esto me prueba la bien querencia que se digna V. demostrarme

cada vez que se le ofrece coyuntura.

Don Melchor comprendió el sarcasmo que escondía la respuesta de don

Luis, y haciendo un frío saludo se retiró murmurando algunas palabras

incoherentes.

--¿Y cuándo llega el barón de Meriadec? preguntó don Andrés.

--Ya que es preciso hablar claro, respondió el conde, mañana por la

mañana.

--Mejor. ¿Y es joven?

--Poco más o menos de mi edad: lo único que hay es que habla muy mal

el castellano y apenas si lo comprende.

--Ya hallará aquí con quien hablar en francés, dijo el anciano; hizo V.

bien en advertirme; de no nos hubiera cogido desprevenidos. Esta tarde

misma voy a dar orden de que le preparen habitación.

--Sentiría en el alma, repuso el conde, ocasionarle a V. la más pequeña

molestia.

--No se apure V. por esto; gracias a Dios nos sobra sitio, y hallaremos

fácilmente donde instalarle con toda comodidad.

--Me he explicado mal, señor; conozco la espléndida hospitalidad de

V. Lo que yo quería decir es que me parece convendría que el barón se

instalase en mis propias y holgadas habitaciones para que mis criados

pudiesen servirle.

--¡Pero eso va a molestarle a V. mucho!

--Al contrario; mis habitaciones tienen más piezas que no necesito, y

él puede instalarse en una; de este modo podremos hablar los dos con

entera libertad cuando nos guste. Hace dos años que no nos hemos visto

y por lo tanto tenemos que hacernos muchas confidencias.

--¿V. lo exige, señor conde?

--Me encuentro en su casa de V. y por lo tanto nada puedo exigir,

respondió Luis; lo que solicito es un favor.

--Pues se hará según sus deseos, repuso don Andrés; esta tarde misma

quedará dispuesto todo.

Luis se despidió de don Andrés y se retiró a sus habitaciones;

pero casi en pos de él penetraron dos peones cargados de muebles,

quienes en un abrir y cerrar de ojos transformaron el salón en cómodo

dormitorio.

Una vez a solas con su ayuda de cámara, el conde puso a éste al

corriente de lo que debía saber para desempeñar su papel sin ocurrir en

equivocaciones, ya que había concurrido a la cita y visto a Domingo.

A eso de las nueve de la mañana del día siguiente, el conde recibió

aviso de que un jinete vestido a la europea y seguido de un arriero

que conducía dos mulas cargadas de maletas y cofres se acercaba a la

hacienda.

Luis, que ni por un segundo sospechó que no fuese Domingo el viajero de

que acababan de hablarle, se levantó y se apresuró a acudir a la puerta

de la hacienda, en la que ya se encontraba don Andrés a fin de hacer

los honores de su casa al extranjero.

El conde no dejaba de experimentar alguna zozobra respecto del modo

como el vaquero llevaría el traje europeo, tan mezquino y estrecho y

por lo mismo tan difícil de llevar con garbo; pero al ver al gallardo

y hermoso joven, que avanzaba gobernando primorosamente a su caballo

y ostentando en toda su persona un incontestable sello de distinción,

se tranquilizó al punto. Sin embargo, se le acudió una nueva duda, y

es que le parecía imposible que aquel elegante jinete fuese el hombre

mismo a quien viera el día anterior y cuyos modales francos pero

ligeramente triviales le habían inspirado el temor de que no iba a

desempeñar satisfactoriamente el papel que le confiaran; mas no tardó

en quedar convencido de que realmente era Domingo quien se encontraba

en su presencia.

Los dos jóvenes se abrazaron con muestras de amistad la más sincera, y

luego Luis presentó a su amigo a don Andrés.

El hacendero, satisfecho de la elegancia y distinción del joven, le

acogió cordialísimamente; luego el conde y el barón se retiraron

seguidos del arriero, que no era otro que el ranchero Loick.

Descargadas las mulas y colocadas ya las cajas y las maletas en las

habitaciones del conde, el barón, que así le llamaremos por ahora, dio

una cuantiosa propina al arriero, que se deshizo en bendiciones, y se

volvió rápidamente con sus mulas temeroso de encontrarse con algún

conocido en la hacienda.

Una vez a solas los dos jóvenes, colocaron a Raimbaut de centinela

en la antesala, a fin de no verse sorprendidos, y retirándose al

dormitorio del conde dieron comienzo a una larga y seria conversación,

durante la cual Luis puso al corriente al barón, trazándole una como

biografía de las personas entre las cuales iba a vivir durante algún

tiempo; extendiéndose en particular respecto de don Melchor, de quien

le aconsejó desconfiase, y recomendándole que no echase en olvido que

no sabía sino una que otra palabra castellana y que apenas comprendía

esta lengua; éste era punto esencialísimo.

--He vivido mucho tiempo entre los cobrizos, respondió el joven, y he

aprovechado sus lecciones; V. mismo va a quedar sorprendido del primor

con que desempeñaré mi comisión.

--Le confieso a V. que ya lo estoy, repuso el conde; ha superado V. mis

esperanzas.

--V. me lisonjea, señor, dijo el joven; pero no tema, procuraré

merecer siempre su aprobación.

--Pero ahora caigo en ello, mi querido Carlos, dijo Luis sonriendo;

somos antiguos compañeros de colegio.

--¡Qué! repuso en el mismo tono el barón, si nos conocemos de

chiquitines.

--¿Y no le parece a V. que en este caso debemos tutearnos?

--Evidentemente; la perfección de nuestros papeles lo exige.

--Corriente, yo te tuteo y tú me tuteas.

--¡Pues no faltaba más! ¿dos amigos como nosotros no tutearse?

Los dos jóvenes se estrecharon cordialmente las manos, riendo como

colegiales en vacaciones.

De esta suerte se deslizó parte del día sin otro incidente que la

presentación del barón Carlos de Meriadec, por su amigo el conde Luis

del Saulay, a doña Dolores y al hermano de ésta don Melchor de la Cruz,

doble presentación en la que el extranjero se portó como comediante

consumado.

Doña Dolores respondió con una graciosa y alentadora sonrisa al

cumplido que el joven creyó de su deber dirigirla.

En cuanto a don Melchor, se limitó a hacerle una muda reverencia,

mientras le dirigía una mirada hosca.

--¡Jum! dijo el barón una vez a solas con el conde, ese don Melchor me

produce el efecto de ser un mal bicho.

--Abundo en la misma opinión, contestó sin ambages el conde.

A eso de las tres de la tarde doña Dolores mandó a preguntar a los dos

jóvenes si querían dispensarle la honra de hacerla compañía por unos

instantes, a cuyo ruego accedieron solícitos.

El conde y el barón se cruzaron con D. Melchor, en el patio; pero éste

no les dirigió palabra alguna, y les siguió con la mirada hasta que

hubieron entrado en las habitaciones de doña Dolores.

Se deslizó un mes sin que nada viniese a turbar la existencia de los

habitantes de la hacienda del Arenal.

El conde y su amigo salían con frecuencia en compañía del mayordomo, ya

para la caza, ya sencillamente para pasearse, y algunas veces, aunque

muy contadas, junto con doña Dolores.

Ahora que el conde no iba ya solo con ella, la joven temía menos su

presencia, y aun en ocasiones parecía ésta serle grata, hasta el

extremo de acoger favorablemente sus galanterías, reírse de sus chistes

y demostrarle la más omnímoda confianza.

Pero a quien sobre todo demostraba la joven una preferencia marcada,

era al barón, sea porque conociéndole no le diese importancia alguna,

ya que, por puro capricho de coquetería femenina, se complaciese en

jugar con aquella naturaleza de la que no sospechaba la indómita

energía y quisiese ensayar en el ingenuo joven el poder de sus hechizos.

Domingo no advertía, o hacía que no, ese ardid de doña Dolores; de una

galantería exquisita para con ella, permanecía sin embargo en los

estrictos límites que se trazara él mismo, no cuidándose de provocar

los celos de un hombre por quien sentía una amistad sincera y sabía

estaba a punto de casar con la joven.

Por lo que se refiere a don Melchor, su carácter se fue poniendo más y

más sombrío, sus ausencias se hicieron más largas y frecuentes, y en

las contadísimas ocasiones en que el acaso le ponía en presencia de

los dos jóvenes, respondía silenciosamente a su saludo, sin dignarse

dirigirles la palabra; definitivamente la repugnancia que de buenas a

primeras sintiera hacia ellos, con el tiempo se había convertido en

verdadero odio mejicano.

Entre tanto los acontecimientos políticos iban desenvolviéndose con

rapidez más y más creciente; las tropas de Juárez puede decirse que

eran dueñas absolutas del campo; los exploradores de este partido

habían aparecido ya en los alrededores de la hacienda, y se hablaba

vagamente de propiedades españolas asaltadas, pasadas a saco y

entregadas a las llamas y cuyos dueños habían sido traidoramente

asesinados después de haber exigido un rescate los guerrilleros.

Grande era la zozobra que reinaba en el Arenal: don Andrés de la

Cruz, a quien su calidad de español no le inspiraba confianza alguna

en lo venidero, tomaba las precauciones más exageradas para no verse

sorprendido por el enemigo, en vista de que don Melchor se había

obstinado en no abandonar la hacienda y retirarse a Puebla, como él lo

propusiera repetidas veces.

Sin embargo, la tenebrosa conducta que desde que el conde se

encontraba en la quinta guardaba el joven, su empeño en mantenerse

aislado, sus frecuentes y prolongadas ausencias y en primer término

las recomendaciones de don Oliverio, cuya desconfianza, indudablemente

hacía mucho tiempo despertada por hechos de él solo conocidos, habían

determinado la presencia de Domingo en la hacienda, inspiraban

sospechas al conde, sospechas a las cuales la antipatía oculta que

desde el primer día experimentaba por don Melchor daban casi la fuerza

de una certidumbre.

Tras madura reflexión, Luis había resuelto participar sus recelos a

Domingo y a León Carral, cuando una noche, a las nueve, al entrar en el

patio, se encontró con don Melchor a caballo, que se encaminaba hacia

la puerta de la hacienda.

El conde se admiró de que a hora tan avanzada de una noche sin luna don

Melchor se arriesgase a salir solo por aquellos campos, a riesgo de

caer en una emboscada de los guerrilleros de Juárez, cuyos exploradores

sabía él vagaban hacía algunos días por los alrededores de la hacienda.

Esta nueva salida del hermano de doña Dolores, completamente inmotivada

en la apariencia, disipó las últimas dudas del conde y le afirmó en su

resolución de tomar inmediatamente consejo de sus dos confidentes.

En esto León Carral atravesaba el patio, y al oír que Luis le llamaba,

se encaminó apresuradamente a su encuentro.

--¿A dónde va V.? preguntó el conde al mayordomo.

--No lo sé de fijo, señor, respondió León; sin atinar por qué, esta

noche me siento más desasosegado que de costumbre y me salía para

inspeccionar los alrededores de la hacienda.

--Tal vez sea un presentimiento, dijo el conde imaginativo; ¿quiere V.

que le acompañe?

--Cuento salir y batir un poco el campo por las cercanías, repuso ño

León Carral.

--Está bien; mande V. que ensillen mi caballo y él de don Carlos y al

instante nos reunimos a V.

--Sobre todo, señor, repuso el mayordomo, no traiga V. consigo criado

alguno; obremos nosotros solos, pues conviene evitar toda probabilidad

de traición. Tengo un proyecto.

--Corriente, dentro de diez minutos nos tiene con V.

--Hallarán Vds. sus caballos a la puerta del primer patio. No necesito

recomendarles que se armen.

--Nada tema.

El conde entró en sus habitaciones; después de explicar a Domingo lo

que ocurría, ambos salieron al punto y se reunieron al mayordomo; el

cual, ya montado, les estaba aguardando delante de la puerta de la

hacienda, abierta de par en par.

--Aquí estamos, dijo el conde.

--Partamos, repuso lacónicamente Carral.

El conde y Domingo se subieron sobre sus respectivos caballos, y

salieron sin añadir palabra.

Tras ellos se cerró suavemente la puerta de la hacienda.

Los tres jinetes descendieron al trote largo la pendiente que conducía

al llano.

--¡Hola! dijo el conde al cabo de un instante, ¿qué significa esto?

¿acaso vamos montados en caballos espectros que no producen ruido

alguno al marchar?

--Hable V. más quedo, señor, repuso el mayordomo; probablemente estamos

rodeados de espías; en cuanto a lo que despierta tanto su curiosidad,

no es sino una sencilla precaución; los cascos de nuestros caballos

están envuelto en sacos de piel de carnero rellenos de arena.

--¡Demontre! profirió Luis, entonces nuestra expedición es secreta.

--Sí, señor, y por demás importante, repuso Carral.

--¿Qué ocurre pues?

--Que desconfío de don Melchor.

--¡Hombre! piense V. que don Melchor es hijo y heredero de don Andrés.

--Sí, pero su madre era una india zapoteca, de la que no atino por

qué se enamoró mi amo, pues no era hermosa, ni buena, ni tenía pizca

de entendimiento, y de ella tuvo a don Melchor. La madre murió de

sobreparto, rogando a don Andrés que no abandonase a la pobre criatura;

mi amo se lo prometió, reconoció al hijo y le educó, cual si hubiese

sido legítimo, y años después obligó a su esposa a tener al niño junto

a ella. Don Melchor fue pues educado como si realmente hubiese sido

hijo legítimo, tanto más cuanto doña Lucía de la Cruz murió sin haber

dado más que una niña a su marido.

--¡Ah! dijo el conde, ahora empiezo a vislumbrar la verdad.

--Todo marchó a pedir de boca durante muchos años; don Melchor,

tratado muy bien por su padre, llegó poco a poco a persuadirse de que

a la muerte de don Andrés heredaría efectivamente la fortuna de éste;

pero hace cosa de un año que mi amo recibió una carta, a consecuencia

de la cual tuvo con su hijo una larga y seria conferencia.

--Ya, repuso Luis, dicha carta recordaba a don Andrés el proyecto de

matrimonio estipulado entre mi familia y la suya y al par le notificaba

mi próxima llegada.

--Probablemente, señor, dijo Carral; pero nada de cuanto pasó entre

el padre y el hijo traspiró; lo único que todos notamos fue que don

Melchor, que no es alegre ni mucho menos, desde entonces está sombrío y

áspero, busca siempre la soledad y no habla con su padre sino cuando a

ello se ve obligado. Don Melchor, que no hacía sino cortas y contadas

excursiones por el campo, empezó a aficionarse a la caza, y emprendió

expediciones que con frecuencia duraban muchos días. La súbita llegada

de V. a la hacienda, cuando indudablemente le animaba todavía la

esperanza de no verle nunca, ha aumentado por modo indecible sus malas

disposiciones, y de ahí que esté yo convencido de que desesperado de

ver como se le escapa para siempre de las manos la herencia que desde

hace tanto tiempo codicia, no vacilará ni siquiera ante el crimen

para apoderarse de ella. Ahí, señor, lo que he creído de mi deber

comunicarle; Dios sabe que al hablar no me ha guiado sino la mejor

intención.

--Ahora me lo explico todo, ño León Carral, dijo el conde, y como V.

estoy persuadido de que don Melchor medita una odiosa traición contra

el hombre a quien todo lo debe, contra su padre.

--¿Quieren Vds. saber mi opinión? dijo Domingo; pues bien, yo opino

que, si se presenta oportunidad, haríamos una buena obra alojándole una

bala en la cabeza; de este modo libraríamos al mundo de un horrible

asesino.

--Amén, repuso el conde riendo.

En esto los tres jinetes llegaron al llano.

--Señor, dijo León Carral, dirigiéndose a don Luis, aquí empiezan las

dificultades para llevar a cabo la empresa que intentamos; es preciso

obrar con la mayor prudencia y sobre todo evitar que nuestra presencia

se revele a los invisibles espías que es indudable nos están acechando.

--Nada tema V., repuso el conde, seremos mudos como peces; pase V.

adelante, nosotros le seguiremos a la moda de los indios cuando caminan

por el sendero de la guerra.

El mayordomo se puso a la cabeza de la fila y los tres empezaron a

avanzar con bastante rapidez por senderos que se entrecruzaban y

habrían formado una red intrincada para otro menos conocedor del

terreno que León Carral.

Como hemos dicho más arriba, la noche aquella era sin luna y el

firmamento estaba oscuro como la tinta.

En el campo reinaba el más profundo silencio, sólo interrumpido a

largos intervalos por los estridentes gritos de las aves nocturnas.

De esta suerte y sin cruzar palabra los tres jinetes continuaron

avanzando durante media hora, al cabo de la cual el mayordomo se

detuvo y dijo en voz baja:

--Hemos llegado; apéense Vds.; aquí estamos seguros.

--¿Lo cree V. así? preguntó Domingo; durante nuestra marcha me ha

parecido oír gritos de aves nocturnas demasiado bien imitados para que

fuesen verdaderos.

--Tiene V. razón, dijo León Carral; son los centinelas enemigos que

se dan el alerta; nos han venteado; pero gracias a la oscuridad y

a conocer como conozco los vericuetos, por ahora a lo menos hemos

despistado a los que han salido en nuestra persecución. Éstos nos están

buscando en dirección opuesta a la en que nos encontramos.

--Tal me ha parecido también a mí, profirió Domingo.

Las noches mejicanas · 第 10 / 27 段