--Le sobra a V. la razón, dijo el general con amargura; el clero y

los comerciantes acaudalados, de quienes me he constituido en égida,

a quienes he defendido siempre y en todas partes, dejan egoístamente

que gaste todos mis recursos en protegerles, sin dignarse venir en mi

ayuda. ¡Ah! pronto van a echarme de menos, si, lo que es muy probable,

sucumbo por su culpa.

--Es verdad, mi general, y en el consejo que celebró V. esta noche,

indudablemente se ha convencido V. definitivamente de las intenciones

de esos hombres a los cuales se lo ha sacrificado V. todo.

--Sí, profirió el presidente frunciendo el cejo y recalcando

amargamente sus palabras; a cuantas peticiones les he dirigido y a

todas mis observaciones, sólo me dieron una respuesta: «No podemos.» No

parecía sino que obedecían a un santo y seña.

--¿Entonces su posición de V., general, y dispénseme la pregunta, debe

ser por demás crítica?

--Diga V. más bien precaria, amigo mío; el tesoro está completamente

exhausto, sin que me sea posible llenarlo de nuevo; el ejército,

que hace dos meses no ha recibido paga alguna, murmura y amenaza

desbandarse, y mis oficiales se pasan uno tras otro al enemigo, el cual

avanza a marchas forzadas sobre Méjico. Ésta es limpia y claramente mi

situación, ¿qué le parece a V.?

--Triste, terriblemente triste, general, respondió don Adolfo.

Dispénseme V. que le dirija una pregunta: ¿qué piensa V. hacer para

contrarrestar el peligro?

En lugar de responder, el presidente dirigió al soslayo una mirada

penetrante a su interlocutor.

--Pero antes de seguir adelante, repuso don Adolfo, permítame V. que le

dé cuenta de mis operaciones.

--¡Oh! profirió Miramón sonriendo, estoy convencido de que han sido

afortunadas.

--Tal espero que va a hallarlas vuecencia. ¿Me autoriza V. para que se

las relate?

--Diga, diga V., amigo mío, tengo comezón de saber lo que ha hecho V.

en pro de nuestra noble causa.

--Dispense V., general, repuso con viveza don Adolfo, no paso de ser

un aventurero y mi devoción radica personalmente en V.

--Bien, bien, yo me entiendo, arguyo Miramón; a ver, diga V.

--En primer lugar, dijo don Adolfo, he logrado arrebatar al general

Degollado los restos de la conducta robada por él en la Laguna Seca.

--Bravo, esto es en buena lid; con el dinero de la conducta esa me

quitó Guadalajara. ¡Oh! Castillo; en fin, ¿y cuánto poco más o menos?

--Doscientos setenta mil duros.

--No es despreciable la suma.

--¿Verdad que no? Luego sorprendí al bandido Cuéllar, después a su

asociado Carvajal y por fin a su amigo Felipe Irzabal, sin mentar

algunos secuaces de Juárez a quienes su mala estrella colocó en mi

camino.

--En resumen, dijo Miramón, el total de esos encuentros asciende a...

--Más de novecientos mil duros; los guerrilleros del íntegro Juárez

saben tundir, obran a sus anchas y se aprovechan para enriquecerse

grandemente en este río revuelto; en resumen, le traigo a V. un millón

doscientos mil duros que serán conducidos acá antes de una hora, a lomo

de mula, y podrá V. ingresarlos en su tesoro.

--¡Pero esto es magnífico! exclamó Miramón.

--Se hace lo que se puede, general, repuso don Adolfo.

--Demontre, si todos mis amigos recorriesen el campo con tan buenos

resultados, pronto me vería rico y en estado de sostener vigorosamente

la guerra; por desgracia no sucede así, pero esta cantidad añadida a

la que he logrado procurarme por otro lado, forman una suma bastante

redonda.

--¿De qué otra cantidad está V. hablando, general? ¿Ha hallado V.

dinero?

--Sí, respondió con cierta vacilación el presidente; un amigo mío,

agregado a la embajada española, me ha sugerido un medio.

Don Adolfo dio un brinco cual si le hubiese mordido una serpiente.

--Cálmese V., amigo mío, dijo Miramón con viveza; sé que es V. enemigo

del duque; sin embargo, éste, desde que se encuentra en Méjico, me ha

prestado importantes servicios.

El aventurero, que estaba pálido y sombrío, no respondió palabra. En

cuanto a Miramón, leal como era y sintiendo necesidad de disculparse

de una mala acción hija únicamente de la apurada situación en que se

encontraba, continuó:

--Después de la derrota de Silao y cuando todo me abandonaba a la vez,

el duque ha logrado hacerme reconocer por el gobierno de España, lo que

no puede V. negar me ha sido utilísimo.

--No digo que no, general. ¡Oh Dios! ¿luego es cierto lo que me han

dicho?

--¿Y qué le dijeron a V.?

--Que ante la obstinada negativa del clero y del alto comercio de

prestarle a V. ayuda y reducido al último extremo, había tomado V. una

determinación terrible.

--Es cierto, contestó el presidente bajando la cabeza.

--Pero tal vez no sea demasiado tarde todavía; con el dinero que le

traigo ha cambiado su situación de V., y si V. lo consiente, voy...

--Escuche V., dijo Miramón asiendo del brazo a su amigo.

En esto se abrió la puerta.

--¿No he prohibido que se me moleste? dijo el presidente al ujier que

estaba inmóvil e inclinado delante de él.

--El general Márquez, excelentísimo señor, respondió el ujier con la

mayor impasibilidad.

Miramón se estremeció, le subió al rostro un ligero rubor y dijo:

--Que entre.

El general Márquez se presentó en el gabinete.

--¿Y bien? le preguntó el presidente.

--Ya está, respondió lacónicamente el general; el dinero ha ingresado

en el tesoro.

--¿Qué sucedió? repuso Miramón con imperceptible temblor en la voz.

--Vuecencia me envió orden para que con una fuerza respetable me

dirigiera a la legación de S. M. británica, exigiese del representante

inglés la entrega inmediata de los fondos destinados a pagar a los

tenedores de bonos de la deuda inglesa, y les hiciese observar que en

las circunstancias actuales vuecencia necesitaba de dicha cantidad para

poner la ciudad en estado de defensa; además, en nombre de vuecencia le

empeñé mi palabra de que le restituiría la mentada cantidad, que sólo

debía ser considerada como un préstamo por algunos días, ofreciéndole,

por otra parte, concertar con vuecencia la forma del pago en el modo

que a él más le pluguiese. A todas mis observaciones, el representante

inglés se limitó a responder que el dinero no le pertenecía, que

no era sino el depositario responsable de él y que le era imposible

soltarlo. Yo, conociendo que todas mis observaciones iban a estrellarse

ante una resolución inquebrantable, después de una hora de pláticas

inútiles resolví llevar a cabo la última parte de las órdenes que

me habían sido transmitidas: así pues, ordené a mis soldados que

rompiesen el sello oficial y las cajas de la legación y me apoderé de

todo el dinero que en ellas había, cuidando empero de hacerlo contar

por dos veces y ante testigos, para que constase de un modo indudable

el importe total de la cantidad que me apropiaba, a fin de devolverla

íntegra más adelante. El dinero que me llevé y se encuentra ya en

palacio, asciende a un millón cuatrocientos mil duros.

Después de esta narración sucinta, el general Márquez se inclinó como

hombre que está convencido de haber cumplido con su deber y que espera

las gracias.

--¿Y el representante inglés, qué hizo Entonces? preguntó el presidente.

--Después de haber protestado arrió su pabellón, y seguido de todo el

personal de la legación abandonó la ciudad, declarando que rompía toda

clase de relaciones con el gobierno de vuecencia, y que ante el inicuo

acto de expoliación de que acababa de ser víctima, que así se expresó,

se retiraba a Jalapa, en cuyo punto aguardará las nuevas instrucciones

del gobierno británico.

--Está bien, general, le doy a V. las gracias; ya tendré el honor de

hablar más extensamente con V. dentro de un instante.

Márquez saludó y se retiró.

--Ya lo ve V., amigo mío, dijo el presidente a don Adolfo, es demasiado

tarde para devolver el dinero.

--Sí, por desgracia el mal es irremediable.

--¿Qué me aconseja V.?

--General, respondió don Adolfo, se encuentra V. en el fondo de un

precipicio; su ruptura de V. con Inglaterra es la desdicha más grande

que podía acaecerle en las presentes circunstancias; necesita V. vencer

o morir.

--¡Venceré! exclamó fogosamente Miramón.

--Dios lo quiera, repuso el aventurero con tristeza y levantándose,

porque solamente la victoria puede absolverle a V.

Se levantó.

--¿Se va V. ya? preguntó el presidente.

--Es preciso; ¿no debo hacer que traigan a palacio el dinero que yo a

lo menos he quitado a los enemigos de vuecencia?

Miramón bajó tristemente la cabeza.

--Perdóneme V., general, dijo don Adolfo, he hecho mal al hablar de

esta suerte; ¿acaso no sé por propia experiencia que la desgracia es

mala consejera?

--¿No tiene V. nada que pedirme?

--Sí, señor, una firma en blanco.

--Tome V., dijo Miramón satisfaciendo inmediatamente los deseos del

aventurero; y dígame, ¿volveré a verle a V. antes de su salida de la

capital?

--Sí, general; pero permítame dos palabras más.

--Diga V.

--Desconfíe V. del duque español; ese hombre le vende.

Y despidiéndose del presidente, don Adolfo abandonó la estancia.

XIV

LA CASA DEL ARRABAL

A la puerta del palacio el aventurero halló su caballo, al que un

soldado sujetaba por las bridas, y subiéndose inmediatamente sobre la

silla, tiró una moneda al asistente, atravesó de nuevo la plaza Mayor y

se internó en la calle de Tacuba.

A eso de las nueve de la mañana las calles estaban henchidas de

viandantes, jinetes, coches y carretas que iban, venían y se cruzaban

en todas direcciones; en una palabra, la ciudad ofrecía el animado

aspecto de las capitales, el febril movimiento propio de los momentos

críticos. En los semblantes de todos se reflejaba la turbación, todas

las miradas traducían el recelo, todos hablaban en voz baja, todos

veían un enemigo en el inofensivo extranjero que el acaso les ponía en

su camino.

Don Adolfo, mientras avanzaba rápidamente al través de las calles, no

dejaba de observar lo que ocurría en torno suyo; aquella zozobra mal

disimulada, aquella creciente ansiedad de la población, no le pasaron

inadvertidas. Realmente devoto del general Miramón, cuyo carácter

magnánimo, vastos planes y sobre todo el deseo real de labrar la

ventura de su patria le habían cautivado, don Adolfo experimentó un

pesar íntimo, profundo, al ver aquel abatimiento general del pueblo,

la defección de éste hacia el único hombre que en aquellos momentos, de

verse lealmente sostenido, podía haber salvado a Méjico del gobierno

de Juárez, es decir, de la anarquía organizada por el terrorismo del

sable. Don Adolfo continuó adelante, al parecer sin ocuparse en lo que

hacía y decía en torno de él la gente agrupada en el umbral de las

puertas, en la entrada de las tiendas y en las esquinas, grupos en los

cuales no se hablaba sino de la ocupación de los bonos de la Convención

inglesa por el general Márquez, en virtud de una orden perentoria del

presidente de la república, ocupación apreciada de mil modos distintos.

Sin embargo, don Adolfo, al penetrar en los arrabales encontró más

tranquila a la población; y es que en ellos aún no había cundido la

noticia y los que la sabían denotaban hacer poquísimo caso de ella o

tal vez hallaban muy en su lugar aquel acto arbitrario del poder.

Don Adolfo comprendió perfectamente el contraste: los vecinos de los

arrabales, pobres casi todos ellos, pertenecían a la clase más ínfima

de la población y por lo tanto eso se les daba de una acción cuyas

consecuencias no podían alcanzarles y de la que sólo debían salir

perjudicados los comerciantes ricos de la ciudad.

Una vez cerca de la Garita o Puerta de Belén, don Adolfo se detuvo

delante de una casa aislada, de modesta aunque no pobre apariencia y

cuya puerta estaba cuidadosamente cerrada.

Al ruido de los pasos del caballo se entreabrió una ventana, del

interior de la casa partió un grito de alegría, y poco después se abrió

de par en par la puerta, por la que entró el jinete.

Don Adolfo atravesó el zaguán y penetró hasta un patio, donde se apeó y

arrendó su caballo a una argolla empotrada en el muro.

--¿Por qué toma V. esta precaución, don Jaime? preguntó con voz suave y

melodiosa una señora saliendo al patio; ¿acaso tiene V. la intención de

dejarnos tan pronto?

--Hermana mía, respondió don Adolfo o don Jaime, tal vez no me sea

dable permanecer sino muy poco tiempo aquí a pesar de mi ardiente deseo

de conceder a V. muchas horas.

--Bien, bien, hermano, profirió la señora; pero por sí o por no deje V.

que José conduzca el caballo al corral donde estará más bien que no en

el patio.

--Como a V. le plazca, hermana.

--¿Ha oído V., José? dijo la señora a un criado anciano; conduzca V. al

Moreno al corral, estréguelo V. cuidadosamente y échele doble pienso de

alfalfa. Y volviéndose a don Adolfo y tomándole el brazo, añadió: venga

V., hermano mío.

Don Jaime, que así le llamaremos ahora, no hizo objeción alguna, y

ambos penetraron en la casa.

El aposento en el cual entraron era un comedor sencillamente amueblado,

aunque con el gusto y limpieza que denotan un cuidado asiduo, y en la

mesa había tres cubiertos.

--Almuerza V. con nosotros ¿no es verdad, hermano?

--Con sumo placer, respondió don Jaime, pero ante todo, hermana,

démonos un abrazo e infórmeme de mi sobrina.

--Estará aquí dentro de un momento; en cuanto a su primo está ausente,

¿no lo sabe V.?

--Creía que había regresado.

--Todavía no; como a V., nos tiene en zozobra el muchacho, pues lleva

una vida muy misteriosa; se va sin decir a dónde, y tras una ausencia,

a menudo muy larga, regresa sin manifestar de dónde viene.

--Paciencia, María, paciencia, profirió don Jaime con voz un tanto

triste; ya sabe que trabajamos para V. y para su hija. Pronto va a

aclararse todo, así lo espero.

--Dios lo quiera, don Jaime; pero en esta casita nos encontramos por

demás solas e intranquilas; el país está en un estado deplorable

de trastorno, los caminos están infestados de bandoleros, y de

consiguiente vivimos en un ay temerosas de que V. o don Esteban no

caigan en manos de Cuéllar, de Carvajal o del Rayo, desalmados bandidos

respecto de quienes oímos espantosos relatos todos los días.

--Tranquilícese V., hermana; Cuéllar, Carvajal y aun... el Rayo, repuso

sonriendo don Jaime, no son tan terribles como quiere suponer la gente;

por lo demás, no reclamo de V. sino un poco de paciencia: antes de un

mes, se lo repito, habrá cesado todo misterio y cada cual recibido lo

que en justicia le corresponda.

--¡Justicia! murmuró doña María dando un suspiro; ¿acaso esa justicia

me devolverá mi dicha pérdida, mi hijo?

--Hermana, respondió con solemnidad don Jaime, ¿por qué dudar del poder

de Dios? Espere V.

--¡Ay! don Jaime: ¿comprende V. bien el alcance de esta palabra? ¿Sabe

V. lo que significa decir a una madre que espere?

--María, dijo don Jaime, ¿necesito repetir que V. y su hija son los

únicos lazos que me unen a la vida, que les he ofrecido la mía entera,

sacrificando, para verlas a Vds. dichosas un día, vengadas y repuestas

en la elevada categoría de que debieran no haber descendido, todos

los goces de la familia y todas las excitaciones de la ambición? ¿Si

no estuviese a punto de conseguir el fin que desde hace tantos años

persigo con tanta perseverancia y con tanta obstinación, me vería V.

tan tranquilo y resuelto? ¿Acaso ha olvidado V. quién soy, o ha perdido

ya la confianza en mí?

--¡Oh! no, confío en V., hermano mío, exclamó María echando los

brazos al cuello de don Jaime; pero por eso mismo vivo en continua

zozobra, aun en los instantes en que me dice usted que espere, porque

sé que nada hay que pueda detenerle, ni valla que V. no derribe, ni

peligro que no arrostre, y temo verle sucumbir en esta lucha insensata

sostenida sólo en mi provecho.

--Y en pro de la honra de nuestro apellido, hermana mía, profirió don

Jaime; no lo olvide usted, a fin de devolver a un blasón ilustre su

empañado brillo; pero volvamos la hoja; ahí viene mi sobrina; de cuanto

acabamos de decir no se acuerde V. sino de una sola palabra: espere V.

--¡Oh! gracias, gracias, hermano mío, dijo María abrazándole otra vez.

--Tío, mi buen tío, dijo en este instante una joven abriendo una puerta

y encaminándose apresuradamente al encuentro de don Jaime, quien le

llenó de besos las mejillas; por fin ha llegado V., bienvenido sea.

--¿Qué es eso, Carmen, hija mía? preguntó cariñosamente don Jaime a la

joven; tiene V. los ojos enrojecidos, está V. pálida. ¿Ha llorado usted?

--No es nada, tío, una tontería de mujer nerviosa y turbada. ¿No viene

con V. Esteban?

--No, respondió don Jaime con displicencia; no vendrá hasta dentro de

algunos días; pero goza de perfecta salud, añadió, cruzando una mirada

de inteligencia con doña María.

--¿Le ha visto V.?

--¡Pues no! apenas hace dos días, y aun yo me tengo algo la culpa de su

retardo, pues insistí para que todavía no se venga, ya que necesito de

él allá abajo; ¿pero no almorzamos? literalmente estoy pereciendo de

hambre.

--Sí, al instante, sólo aguardábamos a Carmen; ¡ea! a la mesa, dijo

doña María tocando un timbre, a cuyo son compareció el mismo criado que

condujera al caballo de don Jaime al corral.

--Puedes servir, José, dijo doña Carmen al anciano.

Los tres se sentaron en torno de la mesa y dieron principio al almuerzo.

Vamos a trazar a vuela pluma el retrato de las dos señoras a quienes

las exigencias de nuestro relato nos han obligado a presentar en escena.

La primera, doña María, de porte noble, graciosos modales y suave

y triste sonrisa, era todavía hermosa por más que sus facciones,

marchitas y fatigadas, ostentasen marcadas huellas de grandes dolores.

De cuarenta y dos años apenas, estaba ya completamente cana y su

cabellera formaba singular contraste con sus negras cejas y con sus

ojos vivos y brillantes, que respiraban la fuerza y la juventud.

Doña María vestía de riguroso luto y su traje le daba una apariencia

religiosa y ascética.

Su hija, doña Carmen, tenía a lo más veintidós años y era hermosa como

su madre, de la que era el retrato viviente, lo había sido a su edad.

Todo en ella era gracioso y lindo; su voz tenía modulaciones de armonía

extraordinaria, su pura frente respiraba el candor y de sus grandes

y negros ojos, coronados de cejas al parecer trazadas con un pincel

y rodeados de largas y sedosas pestañas; emanaba una mirada suave y

húmeda, impregnaba de singular atractivo.

El traje de Carmen era por demás sencillo: se componía de un vestido de

muselina blanca ceñido a la cintura con una ancha cinta azul y de una

toca de blondas.

Tales eran las dos damas.

A pesar de la indiferencia que fingía, el aventurero don Jaime estaba

visiblemente inquieto y receloso; en ocasiones permanecía con el

tenedor levantado olvidándose de llevarlo a la boca y pareciendo

prestar oído atento a ruidos perceptibles solamente para él; otras

veces se sumergía en una divagación tan profunda, que su hermana o

su sobrina se veían obligadas a volverle a la realidad dándole un

golpecito.

--¡Oh! a V. le pasa algo, hermano mío, no pudo menos de decirle doña

María.

--Sí, añadió la doncella, esta preocupación no es natural, tío mío,

nos preocupa. ¿Qué tiene?

--Yo, nada, les aseguro, contestó él.

--Tío, nos esconde algo.

--Está equivocada, Carmen, no le estoy escondiendo nada, que me sea

personal al menos; pero en este momento, existe una agitación tan

fuerte en el pueblo, que le admito francamente que temo un catástrofe.

--¿Vendrá tan pronto, entonces?

--¡Oh! No lo creo; sólo que tal vez habrá ruido, reuniones, ¿qué sé yo?

Le aconsejo seriamente, si no es absolutamente obligatorio, de no salir

de casa hoy.

--¡Oh! Ni hoy, ni mañana, hermano mío, contestó doña María, tiene mucho

tiempo ya que no salimos, con excepción de ir a misa.

--Tampoco para ir a misa, a partir de ahora y por algún tiempo, hermana

mía, creo que sería imprudente arriesgarse en las calles.

--¿El peligro es tan grande? preguntó ella con inquietud.

--Sí y no, hermana mía, estamos en un momento de crisis donde un

gobierno está a punto de caer y de ser reemplazado por otro; usted

entiende, no cierto, que el gobierno que cae es impotente hoy de

proteger a los ciudadanos; sin embargo, él que lo reemplazará aún

no tiene ni el poder ni la voluntad sin duda, de vigilar sobre la

seguridad pública, así que, en una circunstancia como ésta, lo más

sabio es de protegerse a sí mismo.

--En verdad, me espanta, hermano mío.

--Dios mío, tío, ¿qué pasará con nosotras? exclamó doña Carmen

juntándose las manos con temor; esos mexicanos me dan miedo, son

verdaderos bárbaros.

--Tranquilícese, no son tan malos como usted lo supone; son niños

traviesos, mal criados, peleadores, y es todo; pero al fondo, tienen

buen corazón; les conozco desde mucho tiempo, y yo respondo por sus

buenos sentimientos.

--Pero usted sabe, tío, el odio que nos tienen, a nosotros los

españoles.

--Malamente, estoy de acuerdo que nos hacen llevar con el mal del

cual acusan a nuestros padres de haberles hecho, y que nos odian

cordialmente, pero ignoran que ustedes y yo somos españoles, las creen

hijas del país, lo que es para ustedes una garantía; por lo de don

Esteban, pasa por peruviano, y yo, todos están convencidos que soy

francés; entonces pueden ustedes ver bien que el peligro no es tan

grande como lo suponen, y que en no cometer imprudencias, no tienen

nada, por lo pronto, que temer, de todos modos, no se quedan sin

protectores, no las dejaré solas en esta casa con un viejo doméstico,

cuando hay un catástrofe tan cerca; así que sean tranquilas.

--¿Se va a quedar con nosotras, tío?

--Sería con gran placer, mi querida niña; malamente, no me atrevo

prometérselo, me temo que me sea imposible.

--Pero, tío, ¿cuáles son esos asuntos tan importantes?

--Silencio, curiosa, deme un poco de fuego para prender mi cigarro, no

sé que he hecho con mi mechero.

--Tome V., dijo Carmen dando un fósforo a su tío; siempre emplea V. las

mismas argucias para cambiar la conversación; es V. muy feo.

Don Jaime se echó a reír, y sin replicar a su sobrina encendió el

cigarro. Luego, al cabo de unos segundos, dijo:

--A propósito, ¿ha venido alguien del rancho?

--Sí, hace unos quince días Loick y Teresa, su mujer, nos trajeron

algunos quesos y dos odres de pulque.

--¿Dijeron algo del Arenal?

--No, en la hacienda no ocurría novedad.

--Mejor.

--Loick sólo habló de un herido.

--¡Ah! ¿y qué dijo?

--No lo recuerdo bien.

--Yo sí lo recuerdo, repuso doña Carmen. En cuanto vea V. a su tío,

señorita, me dijo Loick, sírvase decirle que el herido que había

mandado depositar en el subterráneo bajo la guarda de López, se ha

aprovechado de la ausencia de éste para escaparse, y que a pesar de

todas nuestras pesquisas nos ha sido imposible dar de nuevo con él.

--¡Maldición! exclamó don Jaime reventando en ira. ¡Ah! ¿por qué ese

necio de Domingo no le dejó morir como una bestia fiera? Ya me presumí

que esto concluiría de un modo semejante.

Pero al notar la sorpresa que se pintó en el semblante de las dos damas

al oírle proferir tales palabras, don Jaime se calló, y simulando la

más absoluta indiferencia, preguntó con la voz más natural del mundo:

--¿Nada más?

--Nada más, respondió la joven, y por cierto que Loick me recomendó

eficazmente que no me olvidase de decírselo a V.

--No valía la pena, repuso don Jaime; pero lo mismo da, querida niña,

gracias; y levantándose de la mesa, añadió: ahora me veo obligado a

dejarlas a Vds.

--¡Ya! profirieron doña María y doña Carmen abandonando con viveza sus

respectivas sillas.

--Es preciso. A lo menos que sobrevengan acontecimientos imprevistos,

esta noche estoy citado para un sitio muy distante de aquí; pero como

no me sea dable volver tan pronto como espero, ya cuidaré de que me

sustituya don Esteban, a fin de que no queden Vds. sin protectores.

--¡Ah! será muy distinto, repuso doña María.

--Gracias; pero antes de separarnos hablemos un poco de negocios; ¿han

acabado Vds. el dinero que les di la última vez que nos vimos?

--No gastamos mucho, hermano, respondió doña María, sino que vivimos

con grande economía; nos queda todavía bastante.

--Mejor, hermana, siempre es preferible que sobre; así pues, como en

este momento estoy rico, me he reservado para Vds. unas sesenta onzas

de cuyo peso les ruego me aligeren.

Y metiendo la mano en los bolsillos de su dolmán, don Jaime sacó una

larga bolsa de seda encarnada, al través de cuyas mallas se veía

brillar el oro.

--Esto es demasiado, hermano, ¿qué quiere usted que hagamos con tanto

dinero?

--Lo que a Vds. les plazca, hermana; esto no me incumbe. Tomen, tomen.

--Ya que V. lo exige.

--Puede que Vds. hallen cuarenta o cincuenta onzas más de las que he

dicho, repuso don Jaime; vayan para alfileres para V. y para Carmen,

pues quiero que ésta pueda ponerse elegante cuando se le antoje.

Las noches mejicanas · 第 9 / 27 段