Hemos ya presentado ocasión de explicar como quedándose como se

quedaba con el caudal público en tiempos de revolución, cada uno de los

estados de la confederación mejicana, el gobierno, que reside en la

capital, se encuentra de continuo en la mayor penuria. Efectivamente,

éste no puede disponer, y aun, más que de los fondos del Estado de

Méjico, mientras sus competidores, que recorren sin cesar y en todas

direcciones el campo, no sólo detienen en los caminos las conductas

de plata y se apropian sumas a las veces muy cuantiosas sin escrúpulo

alguno, sino que también saquean las cajas de los Estados en los cuales

penetran, con lo que se encuentran en disposición de sostener sin

desventaja la guerra.

Ahora que sucintamente hemos dado a conocer al lector la situación

política de Méjico, anudamos nuestro relato en los primeros de

noviembre de 186..., es decir, unas seis semanas después del día en que

le hemos interrumpido.

Las sombras de la noche empezaban ya a invadir la llanura; los oblicuos

rayos del sol poniente, arrojados poco a poco del fondo de los valles,

se agarraban aun a las nevadas cumbres de las montañas del Anáhuac,

tiñéndolas de carmín; la brisa se estremecía al través del follaje;

algunos vaqueros montados sobre caballos tan indómitos como sus

jinetes, aguijaban, al través de la planicie, numerosos rebaños que

todo el día habían errado en libertad, pero que al anochecer volvían

al corral, y en lontananza resonaban los cascabeles de las mulas de

algunos arrieros rezagados que se apresuraban a llegar a la magnífica

calzada orillada de corpulentos áloes contemporáneos de Motecuhzoma y

que conduce a Méjico.

Un viajero de gallarda presencia, montado en caballo de musculatura

férrea y cuidadosamente envuelto en una capa cuyo embozo le subía

hasta los ojos, seguía al paso las caprichosas sinuosidades de un

angosto sendero que, abierto a campo atravieso, se unía a unas dos

leguas de la ciudad, a la carretera de Méjico a Puebla, carretera

completamente desierta en el instante que presentamos en escena

a nuestro desconocido, no sólo a causa de la aproximación de la

noche, sino también y principalmente porque el estado de anarquía

en que tanto tiempo hacía estaba hundido el país, había arrojado al

campo numerosas pandillas de bandidos que, aprovechándose de las

circunstancias y guerreando a su guisa, destrozaban sin distinción de

opiniones políticas a liberales y a constitucionales, y, envalentonados

por la impunidad, a menudo no se contentaban con _maniobrar_ en las

carreteras, sino que ejercían sus depredaciones en las ciudades mismas.

Sin embargo, el viajero de quien estamos hablando parecía preocuparse

muy poco con los riesgos a que se exponía, y continuaba indolentemente

su peligrosa marcha al mismo paso tranquilo y reposado.

Tres cuartos de hora hacía, poco más o menos, que el incógnito avanzaba

de esta suerte, y todavía no se había alejado una legua de la ciudad,

cuando al levantar la cabeza advirtió que acababa de llegar a un sitio

en que el sendero se dividía en dos ramales que se dirigían en opuestas

direcciones; entonces se detuvo marcadamente perplejo, y al cabo de un

instante tomó por el ramal de la derecha.

Después de haber seguido por espacio de unos diez minutos esta

dirección, el jinete pareció orientarse, y dando un suave espolazo a su

cabalgadura la obligó a tomar un trote bastante largo.

Pronto el jinete llegó a un montón de ruinas negruzcas, esparcidas

desordenadamente por el suelo y cerca de las cuales se hacía un

bosquecillo de árboles cuyas largas ramas sombraban en torno de sí la

tierra en una extensa circunferencia. Una vez allí, el desconocido se

detuvo, después de haber tendido en torno suyo una mirada escrutadora,

indudablemente para convencerse de que estaba solo, se apeó, se sentó

cómodamente en un otero de césped, se arrimó a un árbol, se quitó el

embozo, dejando el rostro al descubierto y mostrando las facciones

pálidas y macilentas del herido a quien vimos conducir al rancho por el

vaquero Domingo.

Don Antonio de Cacerbar, que así se llamaba el personaje, no era sino

sombra de lo que fue; especie de espectro lúgubre, parecía que toda la

vida se le había concentrado en los ojos, que le brillaban con fulgor

siniestro, pero en aquel cuerpo tan endeble en la apariencia alentaba

un alma ardorosa y una voluntad firme y decidida; aquel hombre, salido

vencedor de una lucha encarnizada con la muerte, perseguía con un tesón

inquebrantable la ejecución de terribles resoluciones que anteriormente

tomara. Apenas curado de su honrosa herida, por demás endeble aún y no

soportando sino con grandísima dificultad la fatiga de un largo viaje

a caballo, había sin embargo acallado sus padecimientos para acudir,

a prima noche, a una cita que él mismo diera para un sitio distante

no tres leguas de Méjico. Muy importantes debían ser para él las

causas que le impulsaran a dar semejante paso, máxime en el estado de

postración en que se encontraba.

De esta suerte transcurrieron algunos minutos, durante los cuales don

Antonio, con los brazos cruzados sobre el pecho y cerrados los ojos, se

reconcentró, probablemente con objeto de prepararse para la entrevista

que iba a celebrar con la persona a quien había venido a buscar a tanta

distancia.

Prontamente se oyó ruido de caballos y choque de sables, nuncio de que

se acercaba numeroso escuadrón al sitio donde se encontraba don Antonio.

El cual se irguió, dirigió una investigadora mirada hacia donde se oía

el ruido, y se levantó sin duda para recibir a los que llegaban.

Éstos, unos cincuenta, se detuvieron cerca de las ruinas, pero no

echaron pie a tierra.

Sólo uno de ellos se apeó, puso las bridas de su caballo en manos de un

jinete y se acercó apresuradamente a don Antonio, quien, por su parte,

se había adelantado a recibirle.

--¿Quién es V.? preguntó Cacerbar en voz baja cuando ya no le separaban

del desconocido sino cinco o seis pasos.

--Él que está V. aguardando, señor don Antonio, respondió incontinente

el recién llegado, el coronel don Felipe Neri Irzabal, para servir a

usted.

--Le conozco; acérquese V., don Felipe.

--Y bien, don Antonio, repuso el coronel, tendiendo la mano a éste,

¿cómo va esa salud?

--Mal, respondió Cacerbar, retrocediendo sin tocar la mano del

guerrillero.

Éste no notó el movimiento de su interlocutor, o si lo notó no le dio

importancia alguna.

--Viene V. muy acompañado, dijo don Antonio.

--¡Caramba! ¿V. cree que me daría gusto caer en manos de las avanzadas

de Miramón? ¡Diablos! como se apoderasen de mí, pronto me ajustarían

las cuentas; pero estimo que a pesar de la satisfacción que el vernos

reunidos nos proporciona, obraríamos cuerdamente en ocuparnos sin

demora en nuestros asuntos, ¿le parece?

--Esto deseo.

--El general le da las gracias por las últimas y exactísimas noticias

que le envió usted; así es que ha jurado recompensarle merecidamente

tan pronto se ofrezca la ocasión.

--¿Trae V. el papel? preguntó con cierta vivacidad don Antonio, al

mismo tiempo que hacía un movimiento de disgusto.

--Sí traigo, respondió el coronel.

--¿Redactado cual pedí?

--Nada falta en él, señor, tranquilícese usted, respondió el coronel

dando una carcajada; ¿por dónde andaría hoy la honradez si no se

hubiese refugiado entre nosotros? Cuanto estipuló V. lo ha aceptado y

firmado el general Ortega, general en jefe del ejército federal, y lo

ha refrendado Juárez, presidente de la república. ¿Está V. satisfecho?

--Cuando haya visto el papel le responderé a usted.

--Ello es lo más fácil del mundo; ahí está, profirió el guerrillero

sacando de un bolsillo de su dolmán un ancho pliego y entregándolo a

don Antonio.

Éste lo cogió con mal disimulada alegría y le abrió con mano temblorosa.

--Me parece que en este instante le va a ser a V. difícil el leerlo,

dijo con zumba don Felipe Neri.

--¿Le parece? repuso Cacerbar con ironía.

--¡Demontre! está bastante oscuro.

--No importa, pronto tendré luz, replicó don Antonio, frotando un

fósforo contra una piedra y encendiendo una cerilla de rosca que se

sacó de la faltriquera.

A medida de la lectura, en el semblante de don Antonio se iba pintando

la satisfacción más viva.

--Señor, dijo Cacerbar al coronel, apagando la cerilla, doblando el

papel y metiéndolo cuidadosamente en una cartera, dé V. de mi parte las

más expresivas gracias al general Ortega; se ha portado conmigo como un

caballero cumplido.

--No me olvidaré de dárselas, repuso el coronel haciendo un saludo,

sobre todo si puede V. añadir algunas noticias a las que anteriormente

ha dado.

--Sí, y por cierto muy importantes.

--¡Ah! profirió el guerrillero frotándose con satisfacción las manos;

diga V. querido señor.

--Escuche V.; Miramón no sabe dónde dar de cabeza; no tiene dinero

ni sabe ya como proporcionárselo; sus soldados, casi todos ellos

reclutas, mal armados y peor equipados, hace dos meses que no reciben

paga alguna y el descontento cunde en sus filas.

--Perfectamente. ¡Pobre Miramón! Diga usted pues que está apuradillo.

--Tanto más cuanto el clero, que al principio le prometiera su auxilio

le ha negado rotundamente su apoyo.

--Pero ¿cómo está V. tan bien informado, señor? preguntó irónicamente

el guerrillero.

--¿Olvida V. que estoy agregado a la embajada española?

--Verdad es, se me había olvidado, dispénseme V.; pero vayamos al

grano: ¿qué más sabe V.?

--Las filas de los secuaces del presidente se van aclarando más y más;

sus más antiguos amigos le abandonan; así es que para rehacerse un poco

ante la opinión pública, ha resuelto intentar una salida y atacar al

general Berriozábal.

--Toma, toma, toma, bueno es saberlo.

--Ya está V. advertido.

--Gracias; vigilaremos. ¿Sabe V. más?

--Sí: reducido, como ya le dije a V., al último extremo y queriendo

proporcionarse dinero a toda costa, Miramón ha tomado por pretexto el

robo de la conducta de Laguna Seca, llevada a cabo por los de V.

--Ya sé, interrumpió el coronel, frotándose las manos, yo soy quien

llevé a cabo esa _negociación_; por desgracia, añadió con pesadumbre,

tales redadas pueden cantarse con los dedos.

--Miramón está pues resuelto, continuó don Antonio, a apoderarse del

dinero de la Convención, en la actualidad depositado en la legación

británica.

--¡Magnífica idea! profirió el coronel; ¡no estarán poco furiosos esos

demonios de herejes! ¿Cuál es el hombre de talento que le ha inspirado

esa determinación que le enemista irremisiblemente con Inglaterra? Mire

V. que los gringos no se chancean en asunto de dinero.

--Por eso le he sugerido yo tal pensamiento.

--Señor, dijo majestuosamente el guerrillero, por este acto merece V.

bien de la patria. Pero ¿quiere V. decir que la cantidad es importante?

--No es despreciable.

--¿Cuánto poco más o menos?

--Seiscientos sesenta mil duros.

--¡Carape! exclamó el coronel experimentando un como deslumbramiento;

me rindo, lo entiende más que yo. El negocio de Laguna Seca es una

bicoca en comparación. ¡Dios me libre! con ese dinero va a poder anudar

la guerra.

--Es demasiado tarde; ya hemos cuidado nosotros de que este dinero se

gaste en pocos días, repuso don Antonio riendo sardónicamente; fíen

Vds. en nosotros.

--¡Dios lo quiera!

--Ahí por ahora cuantas noticias puedo dar, y a mí me parece son

importantes.

--¡Yo lo creo! profirió el coronel; en grado sumo.

--Dentro de algunos días espero dárselas más importantes todavía.

--¿En este mismo sitio?

--Sí, y a la misma hora y valiéndonos de la misma seña.

--Conforme; no va a estar poco satisfecho el general, al enterarse de

todos esos pormenores.

--Bueno, ahora tratemos de lo demás, del asunto que nos atañe a

nosotros dos: ¿qué ha hecho V. desde la última vez que nos vimos?

--Poco; en la actualidad me faltan recursos para llevar a cabo las

difíciles pesquisas que me encargó V.

--Sin embargo, la recompensa es cuantiosa.

--No digo que no, contestó distraídamente el guerrillero.

--¿Pone V. en duda mi palabra? dijo con altivez don Antonio mientras

lanzaba a su interlocutor una mirada penetrante.

--Tengo por norma no dudar nunca de nada, señor, respondió don Felipe

Neri.

--La cantidad es importante.

--Precisamente esto es lo que me da espina.

--No le entiendo a V., don Felipe.

--¡Caramba! profirió el guerrillero, tomando de improviso una

determinación, creo que es lo mejor que puedo hacer; escúcheme V.

--Ya escucho.

--Sobre todo no se incomode V., querido señor; ¡qué diablos! los

negocios son negocios y deben tratarse lisa y llanamente.

--Abundo en este parecer, prosiga V.

--Bien; V. me ofreció cincuenta mil duros para...

--Ya me lo sé; al grano.

--Al grano pues; y como cincuenta mil duros no son moco de pavo y no

cuento con otra garantía que su palabra de V.

--¿No le basta?

--No, señor; ya sé que entre caballeros la palabra es inquebrantable;

pero tratándose de negocios, ya es distinto; creo que está V. rico,

riquísimo, pues me lo dice V. y me ofrece cincuenta mil duros; pero

¿quién me asegura a mí que en el momento de saldar cuentas y a pesar de

su buen deseo esté V. en estado de hacerlo?

Mientras el guerrillero estaba planteando en términos tan descarnados

el asunto, don Antonio era pábulo de una cólera sorda que estuvo a

punto de reventar Dios sabe cuántas veces; pero por fortuna logró

dominarse y conservar su impasibilidad.

--Entonces ¿qué desea V.? preguntó con voz atragantada Cacerbar al

coronel.

--En lo presente, nada, señor; deje que terminemos nuestra revolución.

Una vez hayamos entrado en Méjico, lo que por V. y por mí espero no va

a tardar, me acompañará V. a casa de un banquero conocido mío, quien

saldrá garante de los cincuenta mil duros. ¿Le conviene a V.?

--Preciso es; ¿pero de aquí a entonces?

--Tenemos que ocuparnos en asuntos más urgentes; unos días más o

menos nada significan; pero ya que por ahora nada más tenemos que

comunicarnos, con su permiso me retiro, señor.

--Cuando V. guste, contestó con sequedad don Antonio.

--Beso a V. las manos, querido señor, profirió el coronel; hasta luego.

--Adiós.

D. Felipe saludó cortésmente al español, giró sobre sus tacones, se

reunió a los suyos, se subió sobre su caballo, y desapareció a escape

al frente de su escuadrón.

En cuanto a don Antonio, tomó imaginativo y al paso la vuelta de

Méjico, a donde llegó dos horas después.

--¡Oh! murmuró deteniéndose delante de su morada, que la tenía en la

calle de Tacuba, a pesar del cielo y del infierno saldré con la mía.

¿Qué significaban estas palabras siniestras, al parecer resumen de su

prolongada meditación?

XIII

LOS BONOS DE LA CONVENCIÓN

Los nevados picachos del Popocatepetl se teñían de rojizos reflejos,

las últimas estrellas se apagaban en el firmamento y la cúspide de los

edificios se vestía de ópalo: quebraba el alba. Méjico dormía aún;

por sus silenciosas calles no cruzaban sino a largos intervalos y

apresuradamente algunos indios procedentes de los pueblos circunvecinos

para vender sus frutas o sus legumbres, y una que otra tienda de

pulquero entreabría tímidamente su puerta y se preparaba a servir a los

consumidores matutinos la dosis de fuerte licor, prólogo obligado de la

labor cotidiana.

En el Sagrario sonaron las cuatro y media, y de la calle de Tacuba

salió un jinete que cruzó al trote la plaza Mayor y vino en línea recta

a detenerse a la puerta del palacio de la Presidencia, custodiada por

dos centinelas.

--¿Quién vive? gritó uno de éstos.

--Amigo, respondió el jinete.

--Pase V. de largo.

--No por mi vida, repuso el jinete; aquí es a donde me llaman mis

asuntos.

--¿Quiere V. entrar en palacio?

--Sí.

--Es demasiado temprano; vuelva V. dentro de dos horas.

--Sería muy tarde; necesito entrar ahora mismo.

--¡Bah! profirió en tono de zumba el centinela; y dirigiéndose a su

compañero, añadió: ¿Qué dices tú a eso, Pedrito?

--¿Que qué digo? respondió el interpelado, chungueándose también, pues

digo que el caballero debe de ser extranjero y que indudablemente

imagina que se encuentra a la puerta de un mesón.

--¡Basta de groserías, tunantes! exclamó el jinete; he perdido ya

demasiado tiempo, avisen ustedes al oficial de guardia; ¡vivo!

El tono imperativo que empleara el desconocido, produjo, al parecer,

honda impresión en los soldados; los cuales, después de haber cruzado

algunas palabras en voz baja, y como por otra parte aquél estaba en

su derecho y lo que pedía lo preveía su consigna, se decidieron a

satisfacerle, llamando a la puerta con la culata de sus fusiles.

Dos o tres minutos después acudió a la llamada un sargento, fácil de

reconocer en la rama de vid, insignia de su grado, que ostentaba en la

mano izquierda.

En preguntando a los centinelas el porqué de su llamada, saludó

cortésmente al jinete, a quien rogó que se aguardase un instante, y

se metió dentro otra vez dejando tras sí la puerta abierta; pero casi

al punto reapareció precediendo a un capitán que iba de uniforme de

servicio.

El jinete saludó al oficial y reiteró la petición que antes dirigiera a

los centinelas.

--Siento en el alma no poder complacerle a usted, señor, respondió el

oficial; la consigna nos prohíbe terminantemente introducir persona

alguna en palacio antes de las ocho de la mañana. Si la causa que

le conduce es grave, sírvase volver a la hora que le he indicado y

entonces podrá entrar con entera libertad.

--Perdone V., dijo el jinete al capitán, que se disponía a entrar de

nuevo en palacio; ¿me permite dos palabras?

--Diga V., señor.

--Es inútil que nadie más que V. me oiga.

--Nada más fácil, repuso el oficial acercándose al desconocido hasta

tocarle; diga V.

El jinete se inclinó hasta el capitán y murmuró a su oído algunas

palabras que éste escuchó con marcadas muestras de sorpresa.

--¿Está V. satisfecho ahora? preguntó el jinete.

--Sí, señor, respondió el capitán, el cual volviéndose hacia el

sargento, que permanecía inmóvil a algunos pasos de distancia, añadió:

Abra V. la puerta.

--No hay necesidad; si V. me da su permiso voy a apearme aquí y uno de

los soldados cuidará de mi caballo.

--Como V. guste, señor.

El jinete echó pie a tierra, dio las bridas al sargento, que las tomó

mientras esperaba que un soldado viniese a reemplazarle, y dirigiéndose

al capitán, repuso:

--Ahora si quiere V. colmar su galantería sirviéndome de guía y

conduciéndome personalmente al lado de la persona que me está

aguardando, me tiene a sus órdenes.

--Yo soy quien estoy a las de V., señor, contestó el oficial, y ya que

tal es su deseo, tendré la honra de conducirle.

El desconocido y el capitán penetraron en palacio, dejando tras sí al

sargento y a los dos centinelas, que no volvían de su sorpresa.

Precedido del capitán, el jinete atravesó gran número de piezas que

a pesar de lo temprano de la hora estaban ya llenas de gente, no de

visitantes, sino de oficiales de todas graduaciones, de senadores y

consejeros de la Suprema Corte que parecían haber pasado la noche en

palacio.

La mayor agitación reinaba en los grupos, compuestos de militares,

miembros del clero y representantes del alto comercio, y todos,

aunque en voz baja, hablaban con cierta viveza y manifestaban en sus

fisonomías un recelo sombrío.

El capitán y su acompañado llegaron por fin a la puerta de un gabinete

custodiado por dos centinelas, y por delante de la cual se estaba

paseando un ujier que ostentaba una cadena de plata al cuello.

--Ha llegado V., señor, dijo el capitán al desconocido.

--No me queda sino despedirme de V. y darle las más expresivas gracias

por su atención, contestó aquél.

El jinete cruzó un saludo con el capitán, que se volvió al cuerpo de

guardia.

--Su excelencia no puede recibir en este instante; esta noche ha

celebrado consejo extraordinario, y quiere estar solo; éstas son sus

órdenes, dijo el ujier saludando con sequedad al desconocido.

--Pues va a hacer una excepción en mi pro su excelencia, repuso

cortésmente el jinete.

--Lo dudo, señor, replicó el ujier; la orden es general y no me

atrevería a faltar a ella.

El desconocido pareció reflexionar, mientras el ujier le contemplaba

admirado de que perseverase en quedarse allí.

--Comprendo, señor, dijo por fin y levantando la cabeza el jinete,

cuan sagrada es para usted la orden que ha recibido, y por lo tanto no

intento inducirle a que falte a ella; sin embargo, como el motivo que

me trae reviste la mayor gravedad, le ruego me dispense un favor.

--Para complacerle haré cuanto sea compatible con los deberes de mi

cargo, contestó el ujier.

--Gracias, señor; por otra parte le garantizo que pronto va V. a tener

una prueba de que en lugar de recibir V. una reprimenda, su excelencia

el presidente le agradecerá que me haya dejado entrar.

--Ya he tenido el honor de hacerle observar señor...

--Déjeme que le explique lo que deseo de V., interrumpió con viveza el

desconocido, luego ya me dirá si puede o no hacerme el favor que deseo.

--Dice V. bien.

--Voy a escribir cuatro letras en un pedazo de papel, y el papel ese lo

pone V. ante los ojos del presidente, sin pronunciar palabra alguna;

si su excelencia no le dice a V. nada, me retiro; ya ve que no es

dificultoso lo que solicito y que no quebranta V. de ningún modo las

órdenes que ha recibido.

--Cierto es, repuso el ujier sonriendo; pero les doy una interpretación

torcida.

--¿Halla V. dificultades?

--¿Tan necesario es que vea V. a su excelencia esta mañana? repuso

el ujier, sin responder a la pregunta que acababa de dirigirle el

desconocido.

--Señor don Livio, respondió éste en voz grave, porque aunque V. no me

conozca a mí yo sí a V.; sé hasta dónde llega su devoción al general;

pues bien, por mi honor le juro que es urgente por modo gravísimo que

yo le vea sin perder instante.

--Basta, señor, repuso seriamente el ujier, si sólo depende de mí,

dentro de un minuto va usted a verle; en esa mesa hay papel, pluma y

tinta; escriba V.

El jinete dio las gracias al ujier, tomó una pluma y en gruesos

carácteres escribió casi en el centro de una blanca hoja esta sola

palabra:

ADOLFO .°.

seguida de tres puntos en forma de triángulo; luego entregó la hoja

abierta al ujier, diciéndole:

--Tome V.

--¡Cómo! exclamó aquél con pasmo, V. es...

--¡Silencio! repuso el desconocido llevándose un dedo a los labios.

--Entrará V., dijo el ujier, levantando la cortina y abriendo la

puerta, tras la cual desapareció.

Casi al mismo instante se abrió de nuevo la puerta, y del interior del

gabinete partió una voz sonora, que no era la del ujier, y que repitió

por dos veces:

--Entre V., entre V.

El desconocido penetró en el gabinete.

--El cielo le envía a V., mi querido don Adolfo, dijo el presidente

saliendo al encuentro de éste y tendiéndole la mano.

Don Adolfo correspondió efusivamente a las demostraciones afectuosas de

Miramón, y se sentó al lado de éste en una silla de brazos.

En el momento que le presentamos en escena, el presidente Miramón,

general cuyo nombre circulaba de boca en boca y que con justicia pasaba

por el militar más notable de Méjico, como de la república era el mejor

administrador, era tan joven que apenas frisaba con los veintiséis, sin

embargo de lo cual y en tres años que ocupaba el poder había llevado a

cabo muchas grandes y nobles acciones.

En lo físico era elegante y bien formado, francos sus modales, y noble

su andar, y sus facciones correctas y llenas de distinción respiraban

audacia y lealtad; tenía ancha la frente y arrugada ya bajo el esfuerzo

de la meditación; y grandes los ojos, negros y de mirada leal y límpida

cuya penetración turbaba a las veces a aquéllos en quienes se fijaba.

En el instante en que entró el misterioso personaje en el gabinete

de Miramón, éste estaba pálido y una oscura faja le rodeaba los ojos:

evidentes señales de un largo insomnio.

--¡Ah! profirió gozosamente el general dejándose caer en su silla de

brazos, ahí de vuelta a mi genio del bien; de seguro me trae la dicha

que voló.

Don Adolfo movió tristemente la cabeza.

--¿Qué significa este movimiento, amigo mío? preguntó el presidente.

--Quiere decir que temo sea demasiado tarde, general, respondió el

interpelado.

--¿Demasiado tarde? ¿Cómo es eso? ¿Acaso no me cree V. capaz de tomar

un ruidoso desquite sobre mis enemigos?

--Le creo a V. capaz de todas las acciones nobles y grandes, general,

respondió don Adolfo; pero por desgracia la traición le cerca a V.

estrechamente y sus amigos le abandonan.

Las noches mejicanas · 第 8 / 27 段