del conde, mientras don Andrés, que departía con ella, se frotaba
alegremente las manos, íntimamente satisfecho de la buena inteligencia
que reinaba entre los dos jóvenes.
--¿Conque van Vds. a dar un paseo? dijo el hacendero al conde; ¡ea! me
alegraré que se diviertan muchísimo.
--La señorita se ha dignado invitarme a que la acompañase, contestó
Luis.
--Ha hecho bien, y no podía elegir con más acierto.
Mientras cruzaba estas palabras con su futuro suegro, el conde había
saludado a doña Dolores y montado a caballo.
--¡Feliz viaje! continuó don Andrés, y sobre todo cuidado con los malos
encuentros, pues según he oído decir, las cuadrillas de Juárez empiezan
a vagar por las cercanías.
--Tranquilícese V., padre, profirió doña Dolores; y volviéndose hacia
el conde y sonriendo de un modo encantador, añadió: en compañía de mi
primo nada temo.
--Entonces vayan Vds. con Dios y vuelvan pronto.
--Estaremos de regreso antes de la oración, padre.
Don Andrés dirigió una postrera señal de despedida a los jóvenes, los
cuales abandonaron la hacienda.
El conde y doña Dolores galopaban mano a mano, y Raimbaut, como
servidor diestro, cabalgaba tras ellos a algunos pasos de distancia.
--Soy yo quien le conduzco a V., primo, dijo la joven en cuanto se
hubieron internado en los bosques de liquidámbares que poblaban el
llano.
--No me sería posible hallar un guía mejor, contestó Luis con
galantería.
--Tengo que hacerle a V. una confidencia, primo, profirió doña Dolores
mirando con el rabillo del ojo a su pariente.
--¿Una confidencia?
--Sí; es V. de tan buena pasta, que me avergüenza el haberle engañado.
--¿V. me engañó, prima?
--De un modo indigno, respondió la joven riendo: va V. a juzgar. Le
conduzco a un sitio donde nos están aguardando.
--A V., querrá decir.
--No, porque a quien tienen empeño en ver es a V.
--Le confieso a V., prima, que no comprendo pizca; a nadie conozco en
esta tierra.
--¿Está V. bien seguro de ello, primo? preguntó la joven con gesto
burlón.
--¡Canario! a lo menos así lo creo.
--¿Ve V.? ya duda.
--¡Si V. habla con tal seguridad!
--Porque realmente sé lo que le digo; la persona que le está aguardando
a V., no solamente lo conoce, sino que es amigo de V.
--¡Bravo! la madeja se va enmarañando; prosiga V., se lo ruego.
--Poco debo añadir; por otra parte, dentro de pocos minutos vamos a
llegar al término de nuestro viaje y no quiero dejarle más tiempo en la
duda.
--Está V. muy amable, prima: aguardo pues humildemente que se digne V.
explicarse.
--Precisa así, ya que su corazón de V. es tan desmemoriado. ¡Cómo,
caballero! ¿es V. extranjero, se encuentra hace contados días en una
tierra desconocida; desde que puso V. los pies en ella no ha encontrado
V. sino un hombre que le haya patentizado alguna simpatía y ya le ha
olvidado V. por tal modo? Permítame V. que le diga, querido primo, que
esto no habla muy en pro de su constancia.
--Anonádeme V., prima, merezco sus reproches; le sobra a V. la razón;
efectivamente, hay en Méjico un hombre por el cual siento sincera
amistad.
--¡Ah! ¿ve V. como no me engañaba?
--Verdaderamente; pero estaba yo tan lejos de sospechar que ese hombre
fuese el de que V. me estaba hablando, que le confieso...
--Que ya no se acordaba V. de él ¿no es así?
--Al contrario, prima, mi más vehemente deseo sería verle de nuevo.
--¿Y cómo apellida V. a ese personaje?
--Me dijo que se llamaba Oliverio; sin embargo, no me atrevería a jurar
que tal fuese su nombre.
--¿Sería indiscreta si le preguntase a V. el porqué de tan poco
favorable suposición? dijo la joven sonriendo con disimulo.
--De ningún modo, prima; pero don Oliverio me pareció un personaje algo
misterioso; su modo de obrar se aparta de todo en todo de lo usual.
Me parece, pues, que nada habría de extraordinario en que según las
circunstancias...
--Se toma un nombre a capricho, interrumpió la joven; tal vez tenga V.
razón, tal vez no; respecto del particular nada sé; lo único que puedo
decirle a V. es que efectivamente es él quien le está aguardando.
--Es singular, murmuró el joven.
--¿Por qué? es indudable que tiene que comunicar a V. algo de
importancia; a lo menos así me ha parecido comprenderlo.
--¿Se lo dijo a V.?
--Claramente no, pero hablando conmigo esta noche, me significó sus
deseos de ver a V. lo más antes posible; ahí porque le rogué a V. que
me acompañase en mi paseo.
Doña Dolores pronunció estas palabras con un dejo tan ingenuo, que el
conde quedó aturrullado y la miró por un instante como si no la hubiese
comprendido.
La joven no reparó en la admiración de su acompañante, pues con la mano
colocada a guisa de pantalla sobre los ojos, interrogaba la llanura.
--Mire V., dijo doña Dolores al cabo de un instante e indicando con el
dedo cierta dirección, ¿ve V. aquellos dos hombres sentados mano a
mano a la sombra de aquel grupo de árboles? pues uno de ellos es don
Oliverio; apresuremos el paso.
--Enhorabuena, profirió Luis espoleando a su caballo.
Los dos se lanzaron al galope, en dirección de los dos individuos;
los cuales habiendo reparado a su vez en los que hacia ellos se
encaminaban, se habían levantado para recibirles.
XI
EN LA LLANURA
Oliverio y Domingo, después de haber salido del rancho, caminaron
durante un buen rato y mano a mano, sin cruzar palabra; el aventurero
parecía entregado a la meditación, y el vaquero, por su parte y a pesar
de su aparente indolencia no dejaba de estar preocupado.
Domingo, de quien hemos esbozado el retrato físico en uno de los
capítulos precedentes, era, en lo moral, una singular amalgama de
buenos y malos instintos, si bien casi siempre predominaban en él
los buenos: la vida vagabunda que por espacio de largos años llevara
entre los indómitos indios de las praderas, había desarrollado en él
un gran vigor corporal y desenvuelto una increíble fuerza de voluntad
y una energía de carácter inaudita, unidas a un valor a toda prueba
y a una sutileza que a las veces asumía todas las apariencias de la
doblez. Astuto y desconfiado como un comanche, había traído a la vida
civilizada todas las prácticas de los batidores de selvas, no dejándose
nunca sorprender por los acontecimientos más imprevistos. A las miradas
escrutadoras oponía siempre un rostro impasible y fingía un candor que
a menudo engañaba a los más sagaces; sin embargo, por regla general era
franco hasta dejarlo de sobras, generoso sin límites, sensible como
un niño, y llevaba su devoción hacia aquéllos a quienes quería, hasta
el sacrificio, sin reflexión ni segundos fines; pero en contra era
implacable en sus odios y de verdadera fiereza india.
En suma, era uno de esos hombres extraños tan propensos al bien como
al mal y a los cuales las circunstancias pueden con la misma facilidad
convertir en héroes como en bandidos.
Oliverio, que estudiara profundamente el carácter de su protegido, tal
vez tanto y más que éste mismo, sabía de qué era capaz, y a menudo se
había estremecido al sondear los senos de aquella organización singular
ignorada de sí propia; así es que al par que imponía su voluntad a
tan indómita naturaleza y la doblegaba a su antojo, como el belorino
imprudente que juega con el tigre, preveía el momento en que la lava
que hervía sordamente en el fondo del corazón del joven de improviso se
desbordaría al impetuoso soplo de las pasiones. Pese pues a la omnímoda
confianza que en su amigo parecía tener el aventurero, éste no hacía
sino con prudencia suma vibrar en Domingo ciertas cuerdas, guardándose
de abrirle los ojos respecto de su fuerza y de revelarle la intensidad
de su poder moral.
Después de una carrera de muchas horas, los viajeros llegaron a unas
tres leguas de la hacienda del Arenal, al linde de frondoso bosque que
orillaba los últimos plantíos de ésta.
--Detengámonos aquí y comamos, dijo Oliverio apeándose; por ahora hemos
llegado al fin de nuestro camino.
--Viene a pedir de boca, contestó Domingo, pues le confieso a V. que
empiezan a incomodarme los rayos del sol y que no sentiré echarme por
un rato en la hierba.
--El sitio no puede ser más a propósito, profirió Oliverio.
Los dos viajeros, después de trabar a sus caballos y quitarles las
bridas para que pudiesen pacer a su antojo, se sentaron uno frontero
de otro a la sombra del follaje, pusieron a saco sus bien provistas
alforjas y empezaron a comer con envidiable apetito.
Oliverio ni Domingo eran grandes habladores; así es que despacharon
su almuerzo silenciosamente. Luego el primero encendió un puro, y un
calumet o pipa india el joven.
--Y bien, dijo por fin el aventurero, dirigiendo la palabra a Domingo,
¿qué le parece a usted la vida que de algunos meses acá le hago llevar
en esta provincia?
--Si vale decir la verdad, respondió el vaquero arrojando una espesa
bocanada de humo, la hallo absurda y por demás fastidiosa; mucho tiempo
hace que hubiera solicitado de V. me enviase de nuevo a las praderas
del oeste, a no caberme la seguridad de que V. necesitaba de mí.
--Es V. un amigo verdadero, profirió Oliverio riéndose y tendiendo la
mano al joven; siempre está V. dispuesto a obrar sin hacer observación
alguna ni formular el más pequeño comentario.
--Y de ello me vanaglorio: ¿acaso amistad no quiere decir abnegación y
devoción?
--Sí, y ahí porque es tan rara entre los hombres.
--Compadezco a los incapaces de experimentar tal sentimiento, pues se
privan de un gozo hondísimo; la amistad es el único lazo verdadero que
une entre sí a los hombres.
--Para muchos no es sino egoísmo.
--El egoísmo es una variedad de la especie, es la amistad mal
comprendida y reducida a proporciones rastreras e ínfimas.
--¡Canario! no le creía a V. tan ducho en la paradoja, ¿Aprendió V.
entre los indios estas argucias de lenguaje?
--Los indios son prudentes, señor, respondió el vaquero moviendo la
cabeza; para ellos el pan es pan y vino el vino, al contrario de lo que
ocurre en las ciudades, en las cuales usted sabe muy bien han logrado
por tal modo embrollarlo todo, que el más sagaz no atina a ver claro
y el hombre sencillo pierde a no tardar la noción de lo justo y de lo
injusto. Deje que me vuelva a las praderas, pues estoy fuera de mi
centro en medio de las mezquinas luchas que ensangrientan esta tierra y
me llenarían de tedio y asco.
--Bien quisiera devolverle a V. la libertad, amigo mío, pero como ya le
he dicho, necesito de V. tal vez para otros tres meses.
--Mucho es.
--Quizás halle V. muy corto este plazo, repuso Oliverio con acento
indefinible.
--No lo creo.
--Lo veremos; pero ahora recuerdo que todavía no le he dicho qué espero
de V.
--Tiene V. razón, y bueno será que me lo diga a fin de que me sea dable
llenar cumplidamente sus deseos.
--Escúcheme V. pues, y voy a ser tanto más lacónico, cuanto me reservo
darle explicaciones más circunstanciadas una vez hayan llegado las
personas a quienes estoy aguardando.
--Hable V.
--Dos son los individuos que deben reunírsenos aquí, un joven y una
señorita; ésta se llama doña Dolores de la Cruz, es hija del dueño de
la hacienda del Arenal, tiene dieciséis años de edad, y sobre ser muy
hermosa es un tesoro de bondad, de pureza y de sencillez.
--Perfectamente; pero esto nada me importa; ya sabe V. que me cuido muy
poco de las mujeres.
--Es verdad; así pues no insisto. Doña Dolores está prometida a don
Luis, con quien debe casar.
--Buen provecho le haga; ¿y quién es ese don Luis? supongo que uno de
tantos mejicanos hermosote, necio y orgulloso, que gallardea como la
mula de un canónigo.
--En esto se equivoca V.; don Luis, conde del Saulay, es primo de doña
Dolores y pertenece a la más encumbrada nobleza de Francia.
--¡Ah! ¿es el francés de marras?
--Sí; ha llegado ex profeso de Europa para llevar a cabo el matrimonio
con su prima, acordado hace ya mucho tiempo entre las dos familias.
El conde Luis del Saulay es un cumplido caballero, rico, bondadoso,
amable, instruido, servicial, en una palabra, un compañero excelente
por quien me intereso de veras y con quien deseo contraiga V. amistad.
--Si es tal cual V. lo pinta, antes de dos días vamos a ser los mejores
amigos del mundo.
--Gracias, Domingo, dijo el aventurero, no esperaba menos de V.
--Mire V., profirió el vaquero, alguien llega; ¡diablos! y vienen
volando; dentro de diez minutos los tenemos aquí.
--Son doña Dolores y el conde Luis.
Oliverio y Domingo se levantaron para salir al recibimiento de los dos
jóvenes, que, en efecto, llegaban a escape.
--Henos aquí por fin, dijo la joven deteniendo a su cabalgadura con la
habilidad de un picador consumado.
Los recién llegados se apearon de un salto, y Luis, después de haber
saludado a Domingo, tendió ambas manos a Oliverio, a quien dijo:
--¿Conque vuelvo a verle a V., amigo mío? gracias por haberse acordado
de mí.
--¿Acaso suponía V. que le había olvidado?
--Casi me cabría derecho, respondió alegremente el joven.
--Señor conde, dijo entonces el aventurero, ante todo permítame V. que
le presente a don Domingo, más que hermano mío, otro yo, y al cual
me sería profundamente grato se sirviese usted conceder un poco de
la amistad con que se digna honrarme a mí.
--Caballero, profirió el conde inclinándose graciosamente ante el
vaquero, siento sinceramente expresarme tan mal en castellano, pero
esto no quita que le demuestre el vivo deseo que me anima de verle
compartir conmigo la simpatía que desde ahora me inspira.
--No se apure V. por esto, repuso en francés Domingo, hablo con
bastante soltura su lengua para darle las gracias por las cordiales
palabras que acaba de dirigirme y que le agradezco en el alma.
--Por mi vida que me enamora V.; vaya una sorpresa agradable, exclamó
el conde; hágame el favor de aceptar mi mano y considerarme a sus
órdenes sin reserva.
--De todo corazón, caballero, y gracias; pronto vamos a conocernos más
a fondo, y entonces espero me tendrá V. por uno de sus amigos.
Luis y Domingo, después de haber cruzado estas palabras, se estrecharon
efusivamente las manos.
--¿Está V. satisfecho, amigo mío? preguntó doña Dolores al aventurero.
--Es V. un hada, querida niña, respondió Oliverio con emoción y dando
un respetuoso beso en la frente de la joven que se inclinó para
recibirlo; no puede V. imaginar cuánta dicha me proporciona en este
instante.
Y cambiando el tono, añadió:
--Ea, ahora ocupémonos en lo que importa, pues el tiempo apremia;
per... todavía falta alguno.
--¿Quién? preguntó la joven.
--León Carral; dejen que le llame.
Y llevándose un silbato de plata a los labios, Oliverio arrancó de él
un sonido agudo y prolongado.
Casi al punto se oyó a lo lejos el galope de un caballo, y a poco
apareció el mayordomo.
--Venga usted acá, León, le gritó el aventurero.
--Aquí estoy, señor, para lo que guste mandar, respondió el mayordomo.
--Escúcheme V. con atención, repuso Oliverio, dirigiéndose a doña
Dolores, pues el caso es grave: me veo obligado a alejarme hoy mismo, y
como mi ausencia puede prolongarse por mucho tiempo, me será imposible
velar por V. no obstante tener el presentimiento de que la amaga un
peligro inminente. ¿Qué peligro es ése? ¿Cuándo se precipitará sobre
V.? Ahí lo que no puedo fijar. Lo único que puedo decir es que el
peligro es real. Ahora bien, mi querida Dolores, otros harán lo que
yo no puedo, y estos otros son el conde, Domingo y nuestro amigo León
Carral, devotos de V. los tres y los cuales van a velar por V. como
hermanos.
--Me parece que se olvida V. de mi padre y de mi hermano, amigo mío,
profirió la joven.
--No, querida niña, al contrario, no me olvido de ellos; pero su padre
de V. es un anciano que no sólo no puede proteger a nadie, sino que
necesita que lo protejan, que es lo que no dejarán Vds. de hacer si lo
reclaman las circunstancias; respecto a su hermano Melchor, ya sabe V.,
niña, mi opinión, por lo que es inútil insistir sobre el particular;
Melchor no podrá o no querrá defenderla. V. no ignora que suelo estar
bien informado y que rara vez me equivoco; pues bien, retengan en la
memoria todos Vds. lo que voy a decir; sobre todo guárdense de que sus
palabras o sus actos puedan dar a sospechar a don Melchor o a cualquier
otro habitante de la hacienda que Vds. prevén un peligro; concrétense
a velar día y noche para que no les sorprendan y tomen todas las
precauciones que las circunstancias exijan.
--Velaremos, yo se lo fío, repuso el vaquero; pero permítame que le
dirija una observación, a mi ver oportuna. ¿Cómo voy a componérmelas
para penetrar en la hacienda y permanecer en ella sin despertar
sospechas? Dificilillo me parece.
--Se equivoca V. contestó Oliverio; nadie, excepto Carral, le conoce a
V. en la hacienda ¿no es eso?
--Eso es.
--Pues bien, se introducirá V. en ella vendiéndose por francés, amigo
del conde del Saulay, y para mayor seguridad fingirá no entender
palabra en castellano.
--Dispénseme V., repitió Luis; algunas veces he hablado a don Andrés
de un amigo agregado a la legación de Francia en Méjico, el cual de un
momento a otro debe venir a verme en la hacienda.
--Perfectamente, profirió Oliverio; Domingo pasará por tal, y si
quiere, que chapurre el castellano; ¿cómo se llama el amigo ese?
--Carlos de Meriadec.
--Está bien; Domingo se llamará Carlos de Meriadec, y mientras
permanezca en la hacienda yo me las compondré para que no venga a
estorbarle aquél de quién toma el nombre.
--Esto es importante, dijo Luis.
--Nada tema, repuso el aventurero; quedamos pues en que mañana don
Carlos de Meriadec llegará a la hacienda.
--En ella será bien recibido, profirió Luis sonriendo.
--A V. no tengo nada que recomendarle, dijo Oliverio dirigiéndose a
León Carral.
--Hace tiempo que he tomado mis providencias, no me queda sino ponerme
de acuerdo con estos señores, repuso el mayordomo.
--Bravo, ahora separémonos, dijo Oliverio; a estas horas debería ya
encontrarme muy lejos de aquí.
--¿Ya nos deja V.? preguntó con emoción doña Dolores.
--Es preciso, hija mía; ánimo, y tenga V. confianza en Dios. Durante mi
ausencia él velará por V. Adiós.
El aventurero estrechó por última vez la mano al conde, besó la frente
de la joven y se subió sobre su caballo.
--Hasta luego, le dijo doña Dolores.
--Mañana verá V. a su amigo Meriadec, dijo Domingo, dirigiendo una
mirada risueña al conde y saliendo al galope tras el aventurero.
--¿Regresa V. con nosotros a la hacienda? preguntó Luis al mayordomo.
--¿Por qué no? respondió éste; creerán que les he encontrado a Vds.
durante su paseo.
--Dice V. bien.
Los tres se subieron sobre sus respectivos caballos y tomaron al trote
largo la vuelta de la hacienda, a la que llegaron poco antes de ponerse
el sol.
XII
UN POCO DE POLÍTICA
A fines de 18... los acontecimientos políticos empezaron a
desenvolverse con tal rapidez, que aun los hombres de entendimiento más
tosco comprendieron que se caminaba a pasos redoblados a una catástrofe
inminente.
En el sur, las tropas del general Gutiérrez habían alcanzado una gran
victoria sobre el ejército constitucional mandado por el general
don Diego Álvarez, el mismo que en otra época presidiera en Guaymas
el consejo de guerra que condenó a muerte a nuestro infortunado
compatriota y amigo el conde Gastón de Raousset-Boulbón.
Entre los indios _pintos_ la carnicería fue horrorosa; mil doscientos
de ellos quedaron tendidos en el campo de batalla.
En poder del vencedor quedaron la artillería y gran número de armas.
Sin embargo, en los mismos días se había iniciado en el interior una
serie de acontecimientos opuestos; el primero, la fuga de Zuloaga, el
presidente que, después de haber abdicado en favor de Miramón, revocara
más adelante su abdicación sin saber por qué, sin consultar a quien
quiera que sea y en el momento en que nadie lo esperaba.
EL general Miramón había lealmente ofrecido entonces al presidente
del tribunal supremo de justicia hacerse cargo del poder ejecutivo y
convocar a los notables para que eligiesen al primer magistrado de la
república.
En esto vino a añadirse una nueva catástrofe a los peligros de la
situación.
Miramón, a quien sus no interrumpidos triunfos inspiraran tal vez una
confianza imprudente, o lo que es más probable aguijado por el deseo
de terminar definitivamente de un modo o de otro, había presentado,
en Silao, batalla a fuerzas cuatro veces superiores en número a las
suyas. La derrota que aquél experimentó fue completa: perdió toda la
artillería y aun su existencia corrió inminente peligro; sólo haciendo
prodigios de valor y matando por su propia mano gran número de los que
le cercaban, consiguió abrirse paso, salir de la refriega y huir a uña
de caballo hacia Querétaro, a donde llegó casi solo.
Desde esta ciudad y sin que la suerte adversa le amilanara, Miramón
tomó la vuelta de Méjico, cuyos habitantes supieron a la vez de la
derrota de éste, su llegada y su intento de someterse a una nueva
elección.
El resultado no contrarió las esperanzas del general, quien fue elegido
casi por unanimidad presidente por la Cámara de los notables. Miramón,
como hombre que comprende lo apremiante de las circunstancias, prestó
juramento y entró inmediatamente a desempeñar su cargo.
Aunque, materialmente hablando, el desastre de Silao fue casi nulo,
desde el punto de vista moral el efecto fue inmenso.
Miramón, comprendiéndolo así, se ocupó activamente en reorganizar la
hacienda, en crearse recursos precarios; pero suficientes para atender
a las urgentes necesidades de la situación, en decretar nuevas levas,
por fin en tomar todas las precauciones que aconsejaba la prudencia.
Por desgracia, el presidente se veía constreñido a abandonar muchos
puntos importantes para concentrar sus fuerzas alrededor de la capital,
cuyos habitantes, interpretando mal estos movimientos, se llenaron de
zozobra y temieron peligros no lejanos.
En tales circunstancias, el presidente, sin duda con el objeto de
dar una satisfacción a la opinión pública y devolver un poco la
tranquilidad a la metrópoli, consintió o hizo que consentía en
entablar con Juárez, su competidor, cuyo gobierno residía en Veracruz,
negociaciones para llegar a la firma, sino de la paz a lo menos de un
armisticio destinado a detener provisionalmente la efusión de sangre.
Los hados adversos quisieron que una nueva complicación hiciese
imposible toda esperanza de arreglo.
El general Márquez había sido enviado en auxilio de Guadalajara, la
cual, según suponían, continuaba resistiendo victoriosamente a las
tropas federales; pero de improviso y sin mediar circunstancias que
lo hiciese prever, y en pos de haberse los federales apoderado de una
conducta de plata perteneciente a varios comerciantes ingleses, se
firmó un armisticio entre los beligerantes, al cual es indudable que
no fue extraña la mencionada conducta de plata. El general Castillo,
gobernador de la plaza, abandonado por la mayor parte de sus tropas,
se vio obligado a salir de la ciudad y a refugiarse en el Pacífico:
de modo que los federales, libres de este estorbo, se reunieron contra
Márquez, le derrotaron y destruyeron su cuerpo de ejército, único que
sostenía la campaña.
La situación iba haciéndose pues más y más crítica; los federales,
que no encontraban obstáculo ni resistencia en su victoriosa marcha,
se desparramaban por todas partes, y estaba perdida toda esperanza de
entrar en negociaciones. A pesar de todo era menester luchar.
Por decirlo así, la caída de Miramón no era sino asunto de tiempo;
indudablemente lo comprendía en su fuero interno el general; pero nada
dejaba transparentar; al contrario, redoblaba su ardor y su actividad
para hacer frente a los sin cesar renacientes apuros de la situación.
Después de haber hecho un llamamiento a todas las clases de la
sociedad, el presidente decidió por último dirigirse al clero, al cual
siempre había sostenido y protegido; éste respondió a su llamamiento,
colectó a toda prisa un diezmo sobre sus bienes y resolvió que llevasen
a la casa de la moneda sus joyas de oro y plata para que las acuñasen
y las pusiesen a la disposición del poder ejecutivo. Por desgracia
tales esfuerzos resultaron estériles, pues los gastos aumentaban en
proporción de los peligros siempre crecientes de la situación, y pronto
el presidente, después de haber empleado inútilmente todos los recursos
que le sugería su posición por demás crítica, se encontró con un tesoro
exhausto y con la amarga certidumbre de que no había que pensar en
llenarlo otra vez.