a éste le era imposible apresurar el paso de su caballo al través
de aquellos caminos cruzados de torrentes y casi impracticables,
si no quería exponer a grave accidente al herido. Así pues, cuando
al encontrarse a dos o tres tiros de fusil del rancho vio que
se dirigían corriendo hacia él gran número de personas, si bien
de momento no conoció quienes eran experimentó una satisfacción
indecible, pues representaban un socorro, y éste, por más que le
contrariase confesarlo, le era ya necesario a él y sobre todo al
herido, porque hacía ya muchas horas caminaba penosamente al través
de senderos intransitables al mismo tiempo que se veía obligado a
velar constantemente por aquel a quien por milagro tan incomprensible
salvara de una muerte cierta y al que el más leve descuido podía cortar
instantáneamente el hilo de la existencia.
Cuando los hombres que corrieron al encuentro de Domingo se encontraron
a pocos pasos de él, el joven se detuvo y gritó con el alborozo propio
del que se ve libre de una grave responsabilidad:
--Acudan pronto, ¡caramba! tiempo hace que deberían encontrarse Vds.
aquí.
--¿Qué quiere V. decir, Domingo? profirió en francés el aventurero.
¿Tan premiosamente necesita V. de nosotros?
--¡Hombre! parece que esto lo desoja a usted; ¿no ve que conduzco a un
herido?
--¡Un herido! exclamó Oliverio plantándose de un tremendo salto al lado
del joven; ¿de qué herido está V. hablando?
--¡Cáspita! del que como Dios me ha dado a entender he sentado sobre
mi caballo y no sentiría verle en un buen lecho, del cual, dicho sea
entre nosotros, necesita grandemente; porque si todavía vive, por mi
alma que lo debe a un incomprensible milagro de la Providencia.
El aventurero, sin responder, levantó prontamente el sarape que cubría
el rostro del herido, a quien por espacio de algunos segundos contempló
con expresión de angustia, dolor, cólera y pesar imposibles de
describir. Su semblante, palidecido súbitamente, había adquirido tonos
cadavéricos, un temblor convulsivo le conmovía todos los miembros,
y sus pupilas, fijas en el herido, asumían una expresión singular y
parecían fulminar rayos.
--¡Oh! murmuró en voz baja y entrecortada por la tempestad que rugía
en el fondo de su corazón, ¡este hombre! ¡Es él! ¡sí, es él! ¡no está
muerto!
Domingo, no entendiendo palabra de las que profería Oliverio, miraba
a éste con extrañeza y como quien no sabe qué pensar de lo que está
viendo, hasta que por fin reventó en cólera, diciendo:
--¡Ah! ¿qué significa eso? ¿Salvo a un hombre Dios sabe como, a fuerza
de cuidados y al través de innumerables dificultades consigo conducir
hasta aquí al desventurado que a no ser yo hubiera perecido como un
perro, y le recibe V. de esta suerte?
--Sí, regocíjate, respondió el aventurero con acento de amargura, has
llevado a término una acción loable, y por ello te felicito, amigo mío.
Quépale la seguridad de que dentro de poco vas a tocar la recompensa.
--Ya sabe V. que no le entiendo, replicó el joven.
--¡Y qué necesidad tienes de comprenderme, infeliz! profirió con
desdén y encogiendo los hombros Oliverio; has obrado a impulsos de tus
sentimientos, sin meditar y sin intención oculta; de consiguiente no
tengo que echarte nada en cara ni darte explicación alguna.
--¿Pero me hace V. el favor de explicarse de una vez?
--¿Conoces tú a este hombre?
--¿Y de qué le conocería?
--No te pregunto eso; ¿cómo es que no conociéndole nos le conduces al
rancho sin prevenirnos?
--Por una razón sencillísima: de regreso de Cholula me encaminaba
hacia acá, cuando le encontré tendido en medio del camino, con el hipo
de la agonía. ¿Cuál era mi deber? ¿acaso la humanidad no me ordenaba
socorrerle? ¿podemos por ventura dejar morir de esta suerte a un
cristiano sin hacer cuanto esté en nuestra mano para prestarle ayuda?
--Has obrado bien, Domingo, dijo Oliverio con ironía, y estoy lejos
de reprobar tu proceder. Verdaderamente un hombre de corazón no puede
encontrar a uno de sus semejantes en estado tan deplorable como tú
encontraste a éste, sin auxiliarle. Luego, cambiando súbitamente de
tono y encogiendo los hombros con desdén, añadió: ¿Recibiste por
ventura entre los cobrizos, con los cuales has vivido durante tan largo
espacio de tiempo, tales lecciones de humanidad?
El joven iba a responder, pero se contuvo.
--Basta, profirió Oliverio, el mal está ya causado, no se hable más
de ello, López va a conducirle al subterráneo del rancho, donde le
cuidará. ¡Ea! López, sin perder momento conduce a este hombre ínterin
hablo con Domingo.
López obedeció, sin que el joven opusiese objeción alguna; y es
que empezaba a comprender que tal vez su corazón le había engañado
arrastrándole con demasiada facilidad a un sentimiento humano hacia un
hombre que le era completamente desconocido.
Los interlocutores guardaron prolongado silencio; López, que se alejaba
con el herido, había ya desaparecido en el subterráneo.
Oliverio y Domingo permanecían inmóviles e imaginativos uno enfrente
del otro.
Por fin el aventurero levantó la cabeza y preguntó al joven:
--¿Has hablado con el hombre ese?
--Sólo crucé con él algunas palabras sin ilación.
--¿Qué te dijo?
--Poco que demostrase juicio; me habló de un ataque de que había sido
víctima.
--¿Nada más?
--Poco más o menos.
--¿Te dijo su nombre?
--No, ni yo se lo pregunté.
--Pero debe de haberte indicado quién es.
--Si no recuerdo mal me dijo que hacía poco había llegado a Veracruz y
que se dirigía a Méjico, cuando prontamente se vio atacado y robado por
individuos a quienes no pudo reconocer.
--¿Nada más te dijo respecto de su nombre y de su representación social?
--Ni una palabra.
El aventurero pareció reflexionar por un instante, y luego repuso:
--Escucha y no des torcida interpretación a lo que voy a decirte.
--De boca de V. lo escucho todo, señor, pues le cabe derecho a
decírmelo todo.
--Está bien. ¿Te acuerdas de qué modo nos conocimos?
--Sí, señor; entonces era yo un muchacho ruin, que muerto de hambre y
de miseria vagaba por las calles de Méjico; V. se compadeció de mí, y
no sólo me vistió y me alimentó, sino que me enseñó a leer, escribir y
a calcular y qué sé yo cuántas cosas más.
--Prosigue.
--Luego me hizo V. encontrar de nuevo a mis padres, o a lo menos a las
personas que me educaron y que a falta de otros he considerado toda mi
vida como si perteneciesen a mi familia.
--¿Qué más?
--¡Caramba! eso lo sabe V. tan bien como yo.
--Puede, pero quiero que me lo repitas.
--Como guste: un día que vino V. al rancho, se me llevó consigo y me
condujo a la Sonora y a Tejas, donde cazamos el bisonte; dos o tres
años después me hizo V. adoptar por una tribu comanche, y se separó de
mí ordenándome que me quedase en las praderas y me dedicase a la vida
de batidor de bosques hasta tanto no me comunicase la orden de reunirme
a V. de nuevo.
--Perfectamente, veo que tienes buena memoria; continúa.
--Obedeciéndole a V., permanecí entre los indios, cazando y viviendo
con ellos, hasta que hace seis meses llegó V. a orillas del Gila,
donde me encontraba yo entonces, y me dijo que venía por mí y
que le siguiese, lo que hice sin pedir explicación alguna, pues
perteneciéndole como le pertenezco, en cuerpo y alma, para nada la
necesitaba.
--Continúas sustentando el mismo modo de pensar.
--¿Por qué lo contrario? ¿acaso no es V. mi único amigo?
--Gracias; ¿estás pues resuelto a obedecerme a ciegas?
--Sin vacilar, se lo juro a V.
--Esto es lo que yo quería saber; ahora escúchame a tu vez: el hombre
a quien auxiliaste tan neciamente, y dispénsame la expresión, no
te dijo palabra de verdad. Lo que te contó no es sino un tejido de
imposturas, pues no es cierto que solamente hace algunos días llegó
a Veracruz, ni que se encaminaba a Méjico, ni en fin, que le hayan
atacado y robado desconocidos. A ese hombre yo le conozco; hace ocho
meses que se encuentra en Méjico, vive en Puebla, y fue condenado a
muerte por quienes tenían derecho a juzgarle y a los cuales él conoce
perfectamente; no fue atacado por sorpresa, sino que le pusieron una
espada en la mano y dejándole la facultad de defenderse, facultad de
la que se aprovechó, cayendo herido en duelo leal; y por último, no le
robaron cosa alguna porque no se las hubo con salteadores, sino con
hombres honrados.
--¡Oh! ¡oh! profirió el joven, esto cambia de especie.
--Ahora respóndeme: ¿has contraído para con él compromiso alguno?
--¿Qué entiende V. por compromiso?
--Cuando ese hombre volvió en sí y recobró el uso de la palabra
¿imploró tu protección?
--Sí, señor.
--¿Y qué le respondiste tú?
--¡Caramba! ya comprenderá V. que me era dificilillo abandonar al
infeliz en el estado en que se encontraba, máxime después de lo que por
él había hecho.
--Bien, bien, ¿y entonces?
--Entonces le prometí salvarle.
--Es decir curarle.
--Así lo entiendo yo.
--¿Nada más?
--Nada más.
--¿Y no hiciste sino prometérselo?
--No, le di mi palabra.
El aventurero se estremeció de impaciencia.
--¿Pero dando por supuesto que se restablezca, dijo el aventurero
haciendo un gesto de impaciencia, lo que acá para entre nosotros me
parece dudoso, tan pronto haya recobrado la salud te considerarás
completamente desligado de él?
--Completamente.
--Entonces del mal el menos.
--¿Sabe V. que no le comprendo pizca?
--Pues entiende que en tu buena acción no has estado feliz.
--¿Por qué?
--Porque el hombre a quien socorriste y al cual prodigaste tan
solícitos cuidados es tu mortal enemigo.
--¿Ese hombre mi enemigo mortal? exclamó el joven entre dudoso y
admirado; pero si no nos conocemos.
--¡Pobre amigo mío! tú lo supones; pero quépale la seguridad de que no
me equivoco y de que te digo verdad.
--¡Es singular!
--Muy singular, en efecto, pero es como acabas de oír; más te diré, el
hombre ese es tu enemigo más peligroso.
--¿Qué hacer pues?
--Dejarme que obre; esta mañana me fui al rancho con la intención de
decirte que uno de tus enemigos, el más terrible de todos, estaba
muerto; pero tú mismo cuidaste de hacerme quedar mentiroso. ¡Bah!
quizá valga más que haya sucedido así; Dios hace bien las cosas, sus
designios son inescrutables y no nos cabe sino humillar la frente ante
la manifestación de su voluntad.
--¿Así pues V. intenta...?
--Confiar la vigilancia del enfermo a López; éste se quedará en el
subterráneo, donde se le prodigará toda clase de cuidados. Tú no
volverás a ver al herido, porque en lo presente a lo menos, es inútil
que entabléis más amplio conocimiento. Ahora a mi vez te doy palabra de
que el hombre ese recibirá todos los cuidados que su estado exige.
--Me conformo con lo que V. disponga, repuso Domingo; ¿pero y en cuanto
el herido esté sano, qué vamos a hacer?
--Como no es nuestro prisionero, le dejaremos que se vaya
tranquilamente. No temas, ya daremos con él fácilmente cuando sea
necesario. ¡Ah! se me olvidaba decirte que nadie del rancho debe bajar
al subterráneo y hablar con el herido.
--Ya se lo advertirá V. mismo; yo no me encargo de semejante comisión.
--Bien está, se lo advertiré yo mismo; por lo demás, tampoco yo lo
veré. Solamente López quedará encargado de él.
--¿Tiene V. algo más que comunicarme?
--Sí, que te vienes conmigo por algunos días.
--¿Vamos muy lejos?
--Ya lo verás; ínterin súbete al rancho y prepara cuanto te sea
menester para el viaje.
--Estoy presto, repuso Domingo.
--Tú lo estarás, pero no yo, tengo que comunicar algunas órdenes a
López respecto del herido.
--Es verdad; además, es menester que me despida de mi familia.
--Obrarás cuerdamente, porque es probable que tu ausencia sea bastante
larga.
--Comprendo, vamos a efectuar una gran cacería.
--A cazar sí vamos, dijo el aventurero con equívoca sonrisa, pero no
del modo que tú supones.
--Lo mismo me da; cazaré como a V. le acomode.
--Con ello cuento. ¡Ea! vente, hemos perdido ya sobrado tiempo.
Domingo y Oliverio se encaminaron hacia la colina, llegados a la cual
éste entró en el subterráneo y el primero subió al rancho.
Loick y las dos mujeres estaban aguardando al joven en la plataforma,
llenos de curiosidad y afanosos por saber el resultado de la larga
conversación que éste sostuviera con Oliverio; pero Domingo, que
había vivido demasiado tiempo en el desierto para dejar transparentar
la verdad cuando le convenía ocultarla, estuvo impenetrable. Todas
cuantas preguntas le dirigieron fueron inútiles; no respondió sino con
evasivas; así es que su padre y las dos mujeres, perdida la esperanza
de hacerle hablar, resolvieron dejarle en paz y que almorzara a sus
anchas.
Domingo, que realmente sentía hambre, se asió de este pretexto para
dar otro sesgo a la conversación, y entre bocado y bocado anunció su
partida.
Loick no hizo objeción alguna, pues estaba acostumbrado a tales
inopinadas ausencias.
Poco más o menos media hora después Oliverio penetró en el rancho.
Domingo, al verle, se levantó y se despidió de su familia.
--¿Se lo lleva V.? preguntó Loick.
--Sí, respondió Oliverio, nos vamos por algunos días a la Tierra
Caliente.
--Miren lo que hacen, dijo Luisa con zozobra, ya saben Vds. que las
guerrillas de Juárez infestan el campo.
--Nada temas, hermanita, profirió el joven abrazándola, seremos
prudentes; voy a traerte el corte de fular que tanto tiempo hace te
prometí.
--Preferiría que te quedaras, repuso con tristeza la joven.
--Ea, dijo en voz alegre el aventurero, estén ustedes tranquilos, se lo
devolveré sano y salvo.
Al parecer los habitantes del rancho tenían grandísima confianza en
Oliverio, porque no bien éste les hubo dado tales seguridades, se
sosegaron y se despidieron de los dos hombres sin demostrar honda
pesadumbre.
Oliverio y Domingo se salieron del rancho, descendieron al valle y
se subieron sobre sendos caballos que completamente ensillados y
arrendados a un liquidámbar les estaban aguardando.
Después de dirigir un postrer adiós a los habitantes del rancho
agrupados en la plataforma, ambos se alejaron al galope, a campo
atravieso, en demanda de la carretera de Veracruz.
--¿Conque nos dirigimos a la Tierra Caliente? preguntó Domingo mientras
galopaba mano a mano con su compañero.
--No tan lejos, respondió Oliverio; te conduzco a algunas leguas de
aquí, a una hacienda en que espero hacerte trabar una nueva amistad.
--Poco cuidado me dan las nuevas amistades.
--Ésta va a serte muy útil.
--Así es distinto. Le confieso a V. que los mejicanos no me son muy
simpáticos.
--La persona a quien van a presentarte es francesa.
--Ya varía completamente; ¿pero por qué dijo V. van a presentarme?
¿Acaso no lo hará usted directamente?
--No, sino otra persona a quien tú conoces y hacia la cual te sientes
inclinado.
--¿De quién habla V.?
--De León Carral.
--¿El mayordomo de la hacienda del Arenal?
--Él mismo.
--¿Luego nos encaminamos a la hacienda?
--Precisamente a la hacienda no, pero a sus cercanías. He citado al
mayordomo para un punto en él que debe aguardarme, y al punto ese es a
donde nos dirigimos.
--Entonces adelante: me alegraré de ver nuevamente a León Carral; es un
buen compañero.
--Y hombre de corazón y honrado, añadió Oliverio.
X
LA CITA
La conducta reservada que doña Dolores guardara para con el conde
de Saulay desde la llegada de éste a la hacienda del Arenal, se
armonizaba muy poco con los planes de boda proyectados por las dos
familias. La joven no había sostenido conversación particular alguna
con aquél a quien hasta cierto punto debía considerarlo su prometido,
ni siquiera le había demostrado la más inocente familiaridad; al par
que se mostraba cortés y aun bondadosa, desde el instante en que se
vieran tuvo la maña de levantar una valla entre ella y el conde, valla
que éste nunca se había atrevido a franquear, y que, tal vez contra
sus deseos, le condenara a no traspasar los límites de la más rígida
reserva.
En tales condiciones, y máxime después de la escena de que en la noche
precedente había sido testigo, se comprende la estupefacción del joven
al enterarse de que doña Dolores solicitaba de él una entrevista.
¿Qué podría decir la joven? ¿Por qué le daba aquella cita? ¿Qué le
impulsaba a obrar de tal suerte?
Éstas eran las preguntas que Luis del Saulay se dirigía a sí mismo y
que forzosamente quedaban sin respuesta.
No es de extrañar pues que el joven sintiese aguijada por modo
imponderable su curiosidad y le devorase la impaciencia, y que sin
darse cuenta de ello experimentase cierta satisfacción al oír sonar la
hora de la cita.
Como se hubiese encontrado en Francia, en París, en vez de encontrarse
en una hacienda de Méjico, de antemano hubiera sabido a qué atenerse
respecto del mensaje que recibiera, y podido trazarse un plan de
conducta; pero la tibieza de doña Dolores para con él, tibieza no
desmentida por un instante, y la preferencia que, según la escena
nocturna, parecía dar a otro hombre, alejaban toda suposición de amor.
¿Acaso la joven iba a exigirle que renunciase a su mano y abandonase
inmediatamente la hacienda?
¡Singular contradicción la del espíritu humano! El conde, que por
semejante casamiento experimentaba una repulsión creciente, cuya
intención decidida era celebrar cuanto antes una entrevista, respecto
del particular, con don Andrés de la Cruz, y había tomado la resolución
firme y decidida de retirarse y de renunciar a la alianza preparada de
tan larga fecha y que le disgustaba tanto más cuanto se la impusieran,
se sublevó a la suposición de que doña Dolores iba a exigirle una
renuncia. Su amor propio vejado, le hizo ver el asunto al través de un
nuevo prisma, y el desprecio que, al parecer, la doncella hacía de él,
le llenó de ira y de vergüenza.
¡Él, el conde Luis del Saulay, joven gallardo, rico, famoso por
su talento y su elegancia, uno de los socios más distinguidos del
_Jockey-club_, uno de los dioses de la moda, de cuyas conquistas se
hacía lenguas la flor y nata parisiense, no haber producido en el
ánimo de una doncella semisalvaje sino una impresión repulsiva, ni
haber inspirado más que fría indiferencia! verdaderamente había para
desesperarse. Tal era el despecho que el joven experimentaba, que por
un momento llegó a imaginar que estaba enamorado de su prima, y aun se
sintió impulsado a jurarse a sí mismo permanecer sordo a los ruegos
y a las lágrimas de doña Dolores y exigirle dentro de plazo breve y
perentorio la celebración de la boda.
Afortunadamente, empero, el amor propio, que le hiciera tomar una
resolución tan extrema, le inspiró de improviso un medio más sencillo y
sobre todo más agradable para él, de salir del aprieto.
Después de haberse mirado a sí mismo con halago, se iluminó en el
rostro una sonrisa de satisfacción; se halló física y moralmente muy
superior, tan superior a los que le rodeaban, que no experimentó ya
sino compasión por la doncella, a quien la educación que recibiera la
impedían apreciar las innumerables prendas que daban a éste el triunfo
sobre sus rivales y comprender la dicha que le proporcionaría semejante
alianza.
Acariciando estos y otros pensamientos, el conde salió de sus
habitaciones en dirección a las de doña Dolores, y a su paso por el
patio, vio, aunque a ello no dio mayor importancia, gran número de
caballos ensillados y embridados, a los que sujetaban por las riendas
algunos peones.
A la puerta de las habitaciones de doña Dolores había una joven india
de cara sucia y ojos chispeantes, la cual, al ver al conde, se sonrió,
hizo una gran reverencia y por medio de una seña indicó a éste que
podía entrar.
La doncella, seguida de Luis, atravesó muchas salas a pie llano
elegantemente amuebladas, y finalmente levantó una cortina de
blanco cendal de seda chino bordado de grandes y vistosas flores, y
sin pronunciar palabra introdujo al joven en un delicioso tocador
primorosamente alhajado.
Doña Dolores, semitendida en una hamaca labrada de hilo de zábila, se
entretenía en martirizar a una hermosa cotorra no más gruesa que el
puño de un niño, riéndose como una loca a los chillidos de cólera que
daba el animalito.
¡Cuán hechicera estaba la joven en la actitud que dejamos transcrita!
Nunca el conde la había visto tan hermosa.
Luis, después de haber hecho una profunda reverencia, se detuvo al
umbral de la puerta admirado y a la vez estupefacto, de tal suerte,
que doña Dolores, al contemplarle, no pudo menos de dar una franca
carcajada, que excusó diciendo:
--Dispénseme V., primo, pero en este instante es tan singular la figura
de V., que no he sido dueña de reprimirme.
--Ríase V., prima, contestó el joven, adaptándose inmediatamente a
aquella alegría que tan distante estaba de esperar; me place en extremo
hallarla de tan buen humor.
--No se quede V. ahí, primo, profirió la joven. ¡Ea! venga V. a
sentarse aquí, a mi lado, en esta butaca.
El joven obedeció
--Prima, dijo el joven, después de haber tomado asiento, tengo el honor
de acudir a la cita que V. se ha dignado darme.
--¡Ah! es verdad, contestó doña Dolores; le doy a V. las gracias por su
atención y por su puntualidad.
--Ya comprenderá V., prima, repuso Luis, que no me era permitido
demostrar una solicitud excesiva en obedecerla; ¡me cabe tan rara vez
la dicha de ver a V.!
--¿Me dirige V. un cargo?
--De ningún modo, señorita; no me asiste derecho alguno para dirigirle
eso a que V. le place apellidar cargo; es V. dueña de obrar como
quiera, y sobre todo de disponer de mí a su antojo.
--¡Oh! ¡oh! mi querido primo, en cuanto a esto último no lo juraría: si
me diese por sujetar a prueba su devoción, creo que me quedaría hecha
una mona, esto es, que se negaría V. rotundamente.
--Ya pareció aquello, dijo entre sí Luis; el cual añadió en voz alta:
mi único deseo es halagarla a V. en todo, prima, palabra de caballero;
sea lo que fuere lo que de mí exija, estoy pronto a obedecerla.
--Pues mire V., don Luis, me dan tentaciones de cogerle la palabra,
repuso la joven inclinándose hacia su interlocutor y sonriendo
deliciosamente.
--Ordene V., prima, y verá como la obedezco con más diligencia que el
más abnegado de sus esclavos.
La joven quedó imaginativa por unos instantes, luego colocó de nuevo en
la percha de palisandro a la cotorrita con la que hasta entonces había
estado jugando, saltó de la hamaca, fue a sentarse en una butaca no
distante de la del conde, y dijo:
--Primo, tengo que pedirle a V. un favor.
--¿A mí? ¿conque puedo serla útil?
--No por eso es muy importante el favor que de V. pretendo.
--Peor.
--Pero creo va a serle grandemente molesto.
--¿Qué me importa la molestia con tal quede usted complacida?
--Gracias, primo; ahora escuche V.: hoy, dentro de algunos minutos,
necesito recorrer a caballo un trayecto muy largo; y por razones que V.
apreciará pronto, no puedo ni quiero que me acompañe capataz ni criado
alguno de la hacienda. Sin embargo, como en la actualidad los caminos
no ofrecen seguridad completa y no me atrevo a recorrerlos sola, es
menester que para mi protección y defensa, si se presenta el caso,
vaya conmigo un hombre cuya presencia quite ocasión a toda sospecha
malévola. Ahora bien, ¿consiente V. en acompañarme?
--De mil amores, prima; no tengo sino observarle que siendo como soy
extraño en esta tierra y por lo tanto no conociendo los caminos, temo
extraviarme.
--No le apure a V. esto, primo; yo soy hija del país y conozco al
dedillo esta comarca en un radio de cincuenta leguas.
--Mejor que mejor, prima; sólo me queda decirle que le agradezco
en el alma la honra que se digna V. concederme y que me pongo
incondicionalmente a sus órdenes.
--Yo soy quien debo darle las gracias, primo, por su exquisita
galantería, dijo doña Dolores: los caballos están prestos; vaya V.
a calzarse las espuelas, traiga consigo el ayuda de cámara que debe
acompañarle y sobre todo no se olviden de lo que más importa, esto es,
de armarse bien, porque uno no sabe lo que puede sobrevenir; dentro de
diez minutos me hallará dispuesta.
El conde se levantó, saludó a la joven que le contestó con una graciosa
sonrisa, y se salió.
--Vive Dios, que es delicioso el caso y divertida la comisión que me
confiere, dijo entre sí él del Saulay mientras se encaminaba a sus
habitaciones; me produzco el efecto de acompañar pura y simplemente a
mi prima a una cita de amor. Pero hasta hoy no he visto claro que nada
podía negarla. Por mi vida que es un hechicero diablillo y que si no
ando con pies de plomo es fácil que concluya por enamorarme de ella ...
si no lo estoy ya, añadió, ahogando un suspiro.
Luis, una vez en su aposento, dio orden a Raimbaut para que se
dispusiese a salir con él, lo que el digno servidor hizo con la
puntualidad y el silencio que le distinguían, y después de haber
enhebillado a sus talones las pesadas espuelas de plata, echado sobre
los hombros un sarape, escogido un fusil de repetición y puesto al
cinto un par de revólveres de a seis tiros, se encaminó al patio,
seguido de su ayuda de cámara, que se había provisto de un verdadero
arsenal.
De esta suerte armados, amo y criado se encontraban, sin exageración
de ninguna especie, en disposición de hacer cara a catorce o quince
hombres.