con vosotros.
--¡Bravo! ¡bravo! exclamó Luisa.
Y con ayuda de Teresa, que era su madre, así como Loick su padre, la
joven empezó a preparar lo todo para el almuerzo.
--Pero ya lo saben Vds., dijo Oliverio; nada mejicano; no quiero oír
hablar de la detestable cocina de esta tierra.
--Nada tema, contestó Luisa sonriendo; almorzaremos a la francesa.
--Magnífico; esto dobla mi apetito.
Mientras las dos mujeres iban y venían de la cocina al comedor para
preparar el almuerzo y poner la mesa, Oliverio y Loick habían quedado
solos al pie de la ventana y sostenían conversación animada.
--¿Y V. siempre satisfecho? preguntó Oliverio a su anfitrión.
--Siempre, respondió Loick; don Andrés de la Cruz es un buen amo;
además, como V. sabe, me relaciono poco con él.
--Es cierto; V. sólo se las ha con don León Carral.
--No me quejo de él, pues pese a ser mayordomo es sujeto excelente; nos
entendemos a las mil maravillas.
--Mejor que mejor; hubiera sentido lo contrario. Por otra parte, si V.
consintió en tomar este rancho se debe a mi recomendación; así pues si
ocurriese algo...
--Se lo diría a V. sin ambages, don Oliverio; pero por este lado todo
marcha a pedir de boca.
El aventurero fijó una mirada escrutadora en su interlocutor, y
profirió:
--¿Conque hay algo que vaya mal por otro lado?
--No digo eso, señor, balbuceó con turbación el vaquero.
--Recuerde V., Loick, dijo Oliverio con severidad y moviendo la cabeza,
las condiciones que le impuse cuando le concedí mi perdón.
--Las tengo fijas en mi memoria, señor.
--¿No ha hablado V. a nadie?
--A nadie.
--¿Así pues, Domingo continúa creyendo...?
--Sí, señor, respondió el vaquero inclinando la cabeza; pero no me
lleva el más mínimo afecto.
--¿En qué se funda V. para hacer semejante suposición?
--¡Oh! estoy seguro de lo que digo, señor; desde que V. se lo llevó a
las praderas, su carácter ha cambiado radicalmente: los diez años que
pasó lejos de mí le volteó del todo indiferente.
--Tal vez obedezca a un presentimiento, murmuró sordamente el
aventurero.
--¡No diga V. esto, señor! exclamó con espanto Loick; la miseria es
mala consejera; muy culpado fui; ¡pero si V. supiese cuán arrepentido
estoy de mi crimen!
--Lo sé, y por esto le perdoné. Día llegará en que el verdadero culpado
recibirá el castigo que merece.
--Sí, señor, y me estremece a mí, miserable, estar envuelto en este
siniestro drama cuyo desenlace va a ser terrible.
--Terrible será en efecto, y V. va a presenciarlo, Loick, profirió en
voz enérgica y reconcentrada Oliverio.
El vaquero dio un suspiro que no pasó por alto a su interlocutor.
--No he visto a Domingo, dijo el aventurero, variando súbitamente de
tono; ¿duerme todavía?
--Le instruyó V. demasiado bien para que así sea, señor; de todos
nosotros es el primero en levantarse.
--¿Cómo pues no se encuentra aquí?
--Salió, respondió con vacilación el vaquero; ¡caramba! tiene ya
veintidós años y es libre de sus acciones.
--¡Ya! murmuró el aventurero con acento sombrío.
Luego, moviendo la cabeza, añadió:
--Almorcemos.
El almuerzo empezó bajo tristes auspicios, pero gracias a los esfuerzos
de Oliverio, pronto reapareció el buen humor, y el final de aquél fue
tan alegre como podía desearse.
De improviso López entró en el rancho, y dijo:
--Señor Loick, ahí está su hijo; no sé lo que trae, pero viene a pie y
conduciendo de la brida a su caballo.
Todos se levantaron de la mesa y se salieron del rancho.
A un tiro de fusil, en el llano, se divisaba en efecto un hombre que
conducía por la brida a un caballo, en los lomos del cual estaba atado
un fardo bastante voluminoso, aunque difícil de distinguir claramente a
causa de la distancia que separaba uno de otros.
--¡Es singular! murmuró Oliverio en voz sumamente queda y después de
haber examinado atentamente y por espacio de algunos segundos al que
llegaba; ¿será él por ventura? Quiero asegurarme de ello inmediatamente.
Y en haciendo seña a López de que le siguiese, el aventurero descendió
apresuradamente los escalones, dejando absortos al vaquero y a las dos
mujeres, que pronto le vieron correr, seguido de López, por el llano y
al encuentro de Domingo.
Éste, al ver a los que hacia él se encaminaban, se detuvo para
aguardarles.
VIII
EL HERIDO
El silencio más profundo reinaba en el campo; la brisa nocturna había
parado por completo. Sólo el incesante susurro de los infinitamente
pequeños, dedicados sin reposo a la desconocida labor para la cual los
ha creado la Providencia, turbaba la quietud de la noche; por el oscuro
azul del firmamento no cruzaba nube alguna; de las estrellas partía
una suave claridad, y los rayos lunares difundían sobre la tierra
resplandores crepusculares, dando apariencias fantásticas a los árboles
y a las colinas, los cuales proyectaban larguísima sombra; por la
atmósfera, de limpidez tal que permitía oír el pesado y sacudido vuelo
de los coleópteros al girar zumbando en torno de las ramas, cruzaban
azulados reflejos, y al través de las altas hierbas, a las cuales
iluminaban con su fosfórica luz, revoloteaban millares de luciérnagas.
En suma, era una de las templadas y límpidas noches mejicanas,
desconocidas en nuestros fríos climas menos favorecidos por el cielo;
una de esas noches que sumergen el alma en divagación melancólica y
suave.
De improviso surgió una sombra en el horizonte, se agrandó y a no
tardar dibujó el bulto negro y todavía indeterminado de un jinete;
que tal debió ser a juzgar por el ruido que producía en la endurecida
tierra el rápido andar de un caballo.
En efecto, un jinete era él que se iba acercando. Seguía éste el camino
de Puebla, semiamodorrado sobre su cabalgadura, a la que puede decirse
dejaba avanzar a su antojo, de tal suerte llevaba flojas las riendas,
cuando ésta, al llegar a una como encrucijada en medio de la cual se
levantaba una cruz, hurtó súbitamente el cuerpo, enderezó las orejas y
retrocedió con viveza.
El jinete, inopinadamente arrancado de su sueño, o lo que es más
probable, de sus meditaciones, dio un salto sobre la silla y hubiera
perdido los estribos a no haber instintivamente recogido al caballo
tirando de las riendas con todas sus fuerzas.
--¡Hola! dijo el jinete levantando prontamente la cabeza y llevando
la mano a su machete, mientras tendía en torno de sí una mirada de
inquietud; ¿qué ocurre? ¿qué significa este pavor, Moreno mío? ¡Ea!
sosiégate, nadie está pensando en nosotros.
Pero por más que su amo le dirigía palabras de halago y, al parecer,
los dos vivían en muy buena inteligencia, el animal no cesaba de
rezongar y daba muestras más y más vivas de sobresalto.
--Esto no es natural, vive Dios; tú no acostumbras a espantarte para
nada. Vamos a ver, Moreno, ¿qué ocurre?
El viajero miró de nuevo a su alrededor, pero más atentamente que la
primera vez y fijando los ojos en el suelo.
--¡Ah! profirió de pronto el jinete, reparando en un cuerpo tendido en
tierras Moreno tiene razón; aquí veo algo, quizás el cadáver de algún
hacendero a quien los salteadores habrán dado muerte para despojarle
con más libertad, y al cual habrán abandonado luego sin cuidarse más de
él, veamos.
Mientras estuvo hablando de esta suerte a media voz, el jinete se apeó;
pero como era prudente y probablemente hacía mucho tiempo que estaba
acostumbrado a recorrer los caminos de la confederación mejicana,
amartilló su fusil y se apercibió al ataque y a la defensa, por si
al individuo a quien quería prestar socorro se le ocurría levantarse
prontamente para pedirle la bolsa o la vida; eventualidad muy en las
costumbres de aquella tierra y contra la cual y ante todo es menester
prevenirse.
Se acercó pues el jinete al cadáver, y por un instante le contempló con
la más grave atención.
--¡Jum! murmuró el viajero, tan pronto se hubo convencido de que nada
debía temer del infeliz que yacía a sus pies, y moviendo repetidas
veces la cabeza, ahí un pobre diablo que me parece está muy enfermo; si
no está muerto poco le falta. En fin, por sí o por no y aun cuando me
parece trabajo inútil, veamos de prestarle auxilio.
Después de este nuevo soliloquio, el viajero, que no era otro que
Domingo, el hijo del ranchero de que hemos hablado más arriba, bajó el
gatillo de su fusil, dejó el arma en la margen del camino y al alcance
de la mano por si ocurría tener que hacer uso de ella, arrendó su
caballo a un árbol, y se quitó su sarape con objeto de poder obrar con
desahogo.
En tomando calmosa y metódicamente todas estas precauciones, pues
era hombre cuidadosísimo en todo, Domingo descolgó las alforjas que
colgaban de la grupa de su caballo, se las echó al hombro, se arrodilló
al lado del cuerpo tendido, apartó a éste las ropas que le cubrían el
pecho, en el que tenía una grande herida, y le auscultó.
Domingo, que era de estatura elevada, miembros armónicos y musculatura
de bronce, estaba dotado de gran fuerza corporal y sus movimientos
eran ágiles y virilmente graciosos; en suma, era una de esas
organizaciones robustas poco comunes doquiera que sea, pero de las que
con más frecuencia se encuentran ejemplares en las regiones donde las
exigencias de una vida de lucha desarrollan en proporciones sobradas
veces excesivas las facultades físicas del individuo.
Veintiocho años le hubiera echado cualquiera a Domingo, a pesar
de que aún no había cumplido los veintidós. Facciones hermosas,
viriles e inteligentes, grandes y negros ojos de mirar noble, frente
despejada, cabellos castaños y ensortijados de suyo, boca grande y
de labios un tanto gruesos, bigote arrogantemente atusado, barbilla
saliente y angulosa, daban a su fisonomía una expresión de franqueza,
audacia y bondad, realmente simpática, al par que le imprimía un
sello de indecible distinción. Lo más singular era que aquel hombre,
perteneciente a la humilde clase de vaqueros, tenía manos y pies de una
pequeñez extremada, particularmente las manos, de irreprochable corte
aristocrático.
Tal era en lo físico del nuevo personaje que acabamos de presentar
al lector y que está llamado a desempeñar un papel importante en el
decurso de nuestro relato.
--Trabajo va a costarle el recobrarse, si es que se recobra, profirió
Domingo levantándose después de haber inútilmente ensayado oír los
latidos del corazón del herido.
Sin embargo, lejos de perder la esperanza, el joven abrió sus alforjas
y sacó de ellas un pedazo de tela, un estuche y una cajita cerrada con
llave, mientras sonreía y decía entre sí:
--Por fortuna conservo mis costumbres indias y siempre traigo conmigo
mi botiquín.
Y poniendo manos a la obra sin perder momento, sondeó la llaga y la
lavó cuidadosamente.
De los amoratados labios de la herida salía la sangre gota a gota.
Domingo destapó un frasco lleno de un licor rojizo, vertió sobre la
llaga algunas gotas del mismo y la sangre dejó de manar como por arte
de magia.
Entonces y con destreza que demostraba mucha práctica, el joven vendó
la herida después de aplicar a ésta con tiento sumo algunas hierbas
machacadas y humedecidas con el licor rojizo que ya empleara.
El infeliz no daba señal alguna de vida; su cuerpo seguía conservando
la rigidez de los cadáveres; con todo, en las extremidades persistía un
poco de sudor, diagnóstico que daba a suponer a Domingo que en aquel
pobre cuerpo no se había extinguido aún del todo la vida.
Después de haberlo curado con el amor que hemos visto, el joven levantó
un poco al herido y le arrimó a un árbol; luego le dio en el pecho,
sienes y muñecas unas friegas de ron mezclado con agua, interrumpiendo
de vez en cuando su operación para fijar una mirada cuidadosa en el
contraído y lívido rostro del paciente.
Todo, al parecer, debía ser inútil: contracción alguna, ni el más leve
estremecimiento indicaban que el herido sustentase un átomo de vida.
Mas ¿existe algo tan firme como la voluntad del hombre que se empeña
en salvar a un semejante? Domingo, por mucho que empezase a dudar
formalmente del éxito de sus esfuerzos, lejos de desalentarse sintió
redoblar su ardor, por lo que resolvió no abandonar la partida hasta
quedar plenamente convencido de que todo auxilio era inútil.
Conmovedor era el cuadro que formaban aquellos dos hombres, uno
impulsado por el santo amor de la humanidad, encarnizándose, si vale la
palabra, en prodigar al otro los más solícitos y paternales cuidados,
al pie del redentor signo de la cruz, en medio de un camino desierto y
durante una noche tranquila y clara.
Domingo interrumpió de improviso las friegas, y dándose una palmada en
la frente cual si de su cerebro hubiese surgido súbito un pensamiento,
murmuró:
--¿Dónde diablos tengo la cabeza?
Y empezó a sacar objetos de sus alforjas, que parecían inagotables,
tal cantidad de adminículos encerraban, hasta que dio con una calabaza
tapada cuidadosamente; luego destapó la calabaza, entreabrió con la
hoja de su cuchillo los apretados dientes del herido, y al par que con
ansiedad examinaba el semblante de éste, le vertió en la boca parte de
lo que contenía la referida calabaza.
Dos o tres minutos después el herido se estremeció casi
imperceptiblemente y movió los párpados cual si hubiese intentado
abrirlos.
--¡Ah! murmuró Domingo con alegría, lo que es esta vez me parece que
voy a triunfar.
Y colocando la calabaza a su lado, anudó las friegas con nuevo ardor.
A los redoblados esfuerzos del joven, el herido exhaló un suspiro
suave, sus miembros empezaron a perder su rigidez, y su respiración,
aunque débil y entrecortada, se hizo más distinta; las facciones se
le aflojaron, los pómulos se le salpicaron de manchas encarnadas, y a
pesar de que continuaba con los ojos cerrados, movió los labios cual si
hubiese querido proferir algunas palabras.
--¡Bah! murmuró Domingo con acento de satisfacción, todavía no
ha muerto, pero de buena habrá escapado si se salva. ¡Bravo! he
aprovechado el tiempo. Pero ¿quién puede haberle dado tan furiosa
estocada? En Méjico nadie se bate a espada. Por mi alma que si no
temiese inferirle injuria, casi me atrevería a asegurar que conozco
al individuo que ha aviado de tan mala manera a este infeliz; pero
paciencia; como hable, que hablará, el demonio me lleve si por astuto
que sea no le hago cantar con quien se las ha habido.
Ínterin, la vida, después de haber por largo tiempo vacilado en
penetrar de nuevo en aquel cuerpo al que casi abandonara, había
empeñado una lucha encarnizada contra la muerte, a la que por momentos
hacía perder terreno; los movimientos del herido iban siendo más y
más marcados y sobre todo más inteligentes, y por dos veces había
abierto éste los ojos, si bien para cerrarlos otra vez y casi al punto.
La mejoría era sensible, y no era ya sino asunto de tiempo él que
recobrase la razón.
Domingo tomó un vaso, vertió en él un poco de agua en la que echó
contadas gotas del licor encerrado en la calabaza, y lo acercó a la
boca del herido, el cual abrió los labios y bebió, dando después un
suspiro de alivio.
--¿Qué tal se encuentra V.? le preguntó con interés el joven.
Al son de aquella voz desconocida, el herido se estremeció, hizo un
ademán como si hubiese querido repeler una imagen espantosa, y murmuró
con voz sorda:
--¡Máteme V.!
--¡Cómo se entiende que le mate! me guardaré muy bien, profirió
alegremente Domingo: no me afané en resucitarle para eso.
El herido entreabrió los ojos, tendió una mirada despavorida en torno
de sí, y fijándola luego y con espanto indecible en el joven, exclamó:
--¡El enmascarado! ¡el enmascarado! ¡oh! ¡atrás! ¡atrás!
--Fuerte ha sido la conmoción cerebral, dijo entre sí Domingo; es
pábulo de una alucinación febril que, de persistir, podría parar en la
demencia. ¡Jum! el caso es grave. ¿Qué hacer para aplicar remedio al
mal?
--¡Verdugo! prosiguió en voz apenas perceptible el herido, ¡mátame!
--Parece que está aferrado a esta idea, murmuró Domingo; este hombre
cayó en una emboscada horrible; su conturbado espíritu sólo le
recuerda la última escena de muerte en la que tan desgraciado papel
le tocó desempeñar; es menester concluir de una vez y devolverle la
tranquilidad necesaria a su salud, o de no está perdido.
--Ya lo sé, dijo el herido, que oyera claramente las últimas palabras
pronunciadas por Domingo; mátame pues y acaba con mis padecimientos.
--¡Ah! ¿me oye V., señor? profirió Domingo; perfectamente; entonces
escúcheme sin interrumpirme; yo no soy uno de los que le redujeron al
estado en que V. se encuentra, sino un viajero a quien el acaso, o más
bien dicho la Providencia condujo por este camino para que le auxiliase
a V., y aquí estoy para salvarle. ¿Me comprende V.? Así pues, déjese
de quimeras y olvide si puede, a lo menos por ahora, lo que ocurrió
entre usted y sus asesinos; a mí no me anima otro deseo que él de serle
útil, y en prueba de ello, sepa que a no ser el auxilio que le he
prestado, en lo presente ya estaría V. muerto y bien muerto; no oponga
obstáculos a la tarea ya de suyo tan dificultosa que me he impuesto, y
sepa que su salvación desde este momento depende exclusivamente de V.
El herido hizo un movimiento atropellado para levantarse, pero sus
fuerzas le engañaron y cayó otra vez, dando un suspiro de desaliento y
murmurando:
--¡No puedo!
--Yo lo creo, herido como está V., repuso Domingo, es milagro que la
horrorosa estocada que recibió no le haya matado instantáneamente. Ea,
no resista más a lo que la humanidad me manda hacer por V.
--¿Si no asesino, quién es V. pues? preguntó con desasosiego el herido.
--¿Que quién soy? un pobre vaquero que le encontró a V. aquí agonizando
y tuvo la fortuna de devolverle la vida.
--¿Y V. me jura que le animan buenas intenciones?
--Por mi honra se lo juro a V.
--Gracias, murmuró el herido.
Uno y otro interlocutor guardaron silencio por espacio de algunos
segundos, al cabo de los cuales y con reconcentrada energía el herido
pronunció estas palabras:
--¡Oh! ¡quiero vivir!
--Comprendo este deseo y le hallo muy natural, dijo Domingo.
--Sí, quiero vivir, porque necesito vengarme.
--Justo es; la venganza está permitida.
--¿V. me promete salvarme?
--Haré cuanto esté en mi mano para conseguirlo.
--Estoy rico y le recompensaré a V.
--¿A qué hablar de recompensa? profirió Domingo moviendo la cabeza. ¿V.
cree que la abnegación se compra?. Guarde V. su dinero, señor, pues
como no lo necesito de nada me serviría.
--Sin embargo, mi deber...
--Ea, basta sobre el particular, por favor se lo ruego, o de no va
V. a inferirme grave ofensa. Al salvarle a V. la vida cumplo con mi
obligación, y de consiguiente no me cabe derecho a recompensa alguna.
--Obre V. pues como más bien le plazca.
--Ante todo prométame V. que no va a oponer ninguna objeción a lo que
yo estime conveniente hacer en pro de su salvación.
--Lo prometo.
--Así nos entenderemos perfectamente. Pronto va a amanecer, y por lo
tanto debemos no permanecer aquí más tiempo.
--¿Y a dónde quiere V. que yo vaya si me siento tan endeble que no
puedo menearme lo más mínimo?
--No se apure por eso; le colocaré a V. sobre mi caballo y haciendo
marchar éste al paso le conduciré a lugar seguro sin que sufra mucho
traqueteo.
--Me entrego.
--Es lo mejor que puede V. hacer. ¿Quiere usted que le conduzca a su
casa?
--¿Mi casa? profirió con mal disimulado espanto el herido al par que
hacía un movimiento como si hubiese querido huir; ¿así pues V. me
conoce y sabe dónde vivo?
--No sé quién es V. ni dónde está su casa.
--¿Cómo quiere V. que esté al tanto de estos pormenores si esta noche
es la primera vez que le veo?
--Es verdad, murmuró el herido hablando consigo mismo; estoy loco; ése
es hombre de buena fe. Luego, dirigiéndose a Domingo, añadió con voz
entrecortada y apenas perceptible: soy un viajero; vengo de Veracruz
y me dirigía a Méjico, cuando prontamente me vi atacado, despojado de
cuanto poseía y abandonado por muerto al pie de esta cruz donde V. me
encontró providencialmente; en este instante no tengo otro domicilio
que él que a V. le plazca ofrecerme. Ahí mi historia, sencilla como la
verdad.
--Tanto si es verdadera como no, nada me importa, señor, objetó
Domingo; no me asiste derecho a inmiscuirme por fuerza en sus asuntos
de V. Así pues, ahórrese el trabajo de comunicarme noticias que no le
pido; nada me aprovechan, y en el estado en que V. se encuentra no
pueden menos de serle perjudiciales, ya por la excesiva aplicación a
que le sujetan el espíritu, ya porque le obligan a hablar.
En efecto, gracias solamente a un poderoso esfuerzo de voluntad, el
herido había logrado sostener una conversación tan larga; la sacudida
que experimentara había sido excesivamente recia y demasiado grave su
herida para que a pesar de su ardiente deseo le fuese dable continuar
la discusión sin peligro de caer en un síncope más peligroso que no
él de que le sacara por modo tan milagroso su salvador. Sintiendo el
pulsar de sus arterias, inundadas de sudor las sienes, oscurecida
la vista, y que sus ideas, tan trabajosamente coordinadas, se le
desvanecían de nuevo, comprendió qua sería locura prolongar su
resistencia; se dejó caer pues hacia atrás con desaliento, y exhalando
un suspiro de resignación, murmuró en voz débil:
--Haga V. de mí según su voluntad, amigo mío; me siento morir.
Domingo, que con ojos conturbados siguiera los movimientos del infeliz,
se apresuró a darle de beber algunas gotas de cordial en él que había
vertido un licor soporífero; socorro eficaz para el herido, que pareció
recobrar la vida.
--Cállese V., dijo el joven a éste, al ver que quería darle las
gracias; ya ha hablado usted sobradamente.
Y envolviéndole cuidadosamente en su capa, le tendió en el suelo y
añadió:
--Así está V. bien; no se mueva y vea de dormir mientras yo estudio el
modo de llevármele de aquí cuanto antes.
El herido no opuso resistencia; habiendo ya obrado en él el soporífero,
sonrió suavemente, cerró los párpados y a no tardar quedó sumergido en
sueño tranquilo y reparador.
Domingo, completamente satisfecho, le contempló por un instante, y
luego murmuró con no fingida alegría:
--Prefiero verle así que no cual a mi llegada; pero todavía no está
salvado. Ahora es menester partir lo más pronto posible si no quiero
que me lo impidan los importunos que antes de poco van a infestar este
camino.
Domingo desarrendó su caballo, le puso otra vez las bridas, le condujo
al lado del herido, y después de haber preparado una especie de cama
en la grupa del animal con algunas mantas a las que añadió su sarape,
de que se despojó sin vacilar, levantó al paciente en sus nervudos
brazos, con tanta facilidad como si hubiese sido un niño, y le colocó
con tiento sumo sobre la cama, en la que le acomodó lo más bien que
supo, cuidando, al mismo tiempo, de sostenerlo para evitar una caída
que indefectiblemente hubiera sido mortal.
Una vez el joven se hubo asegurado de que el herido se encontraba en
posición tan cómoda como permitían las circunstancias y sobre todo los
deficientes medios de transporte de que disponía, arreó a su caballo, y
empuñando las riendas echó a andar sin moverse del lado de aquél para
sostener en equilibrio la cama, alejándose en dirección al rancho en el
que le hemos precedido de una hora para introducir en él al aventurero.
IX
DESCUBRIMIENTO
Domingo seguía adelante paso ante paso, sosteniendo con mano firme
al herido tendido sobre la silla de su caballo y vigilándole como
una madre a su hijo, sin otro deseo que él de llegar lo más pronto
posible al rancho a fin de prestar a aquel desconocido que a no ser él
habría muerto por modo tan miserable, todos los cuidados que su estado
reclamaba todavía.