Era evidente que aquel sombrío joven ejercía sobre cuánto le rodeaba

un influjo que quizá por lo oculto era más terrible; pero nadie se

atrevía a quejarse. El conde, único que pudiera haber aventurado

algunas observaciones, no se tomaba el trabajo de hacerlas, por la

sencilla razón de que hallándose de paso, y sólo por algunos días en

Méjico y teniéndose por extraño, no le halagaba intervenir en asuntos o

en intrigas que no le incumbían ni debían concernirle para nada.

Dos meses hacía que Luis de Saulay llegara a la hacienda, y este

periodo de tiempo lo había empleado en leer o en recorrer los

alrededores, casi siempre en compañía del mayordomo de don Andrés,

sujeto de unos cuarenta años de edad, rechoncho, robusto y de semblante

sincero y que al parecer gozaba de ilimitada confianza en el ánimo de

sus amos.

Dicho mayordomo, llamado León Carral, había cobrado grande afición

al joven francés, cuya liberalidad e inagotable buen humor le tenían

cautivado.

Se complacía el buen Carral, durante sus carreras por el llano, en

amaestrar al conde en el arte de la equitación, haciéndole comprender

los defectos de la escuela francesa y aplicándose en convertirle en lo

que él tenía la justificada pretensión de ser, esto es, un verdadero

hombre de a caballo, un jinete consumado.

Debemos añadir que el discípulo aprovechó muy mucho las lecciones y que

no sólo se había convertido en poco tiempo en habilísimo jinete, sino

también, gracias asimismo al mayordomo, en tirador de primer orden.

Siguiendo los consejos de su maestro, hacia poco que el conde adoptara

el elegante y cómodo traje mejicano, que le sentaba a las mil

maravillas.

Don Andrés de la Cruz se había frotado de gusto las manos al ver que

aquél a quien consideraba ya casi yerno suyo tomaba el traje del

país, pues esto le demostraba que al conde le animaba el intento de

establecerse en Méjico; y aun se asió de esta circunstancia para hacer

rodar diestramente la conversación sobre aquello que más le interesaba,

o si decimos el matrimonio del conde con doña Dolores. Él del Saulay,

sin embargo, siempre ojo avizor, había rehuido, como hiciera ya

repetidas veces, este tema escabroso.

--No obstante, es menester que nos expliquemos, murmuraba entre sí don

Andrés, moviendo la cabeza y retirándose.

Desde la llegada del conde a la hacienda, a lo menos era la décima vez

que el señor de la Cruz se prometía tener con él una explicación; pero

hasta entonces el joven había tenido la maña de eludirla.

Un día en que el conde, retirado en su aposento, había leído hasta más

tarde que de costumbre, en el momento de cerrar el libro y de meterse

en cama levantó por casualidad los ojos y le pareció ver pasar una como

sombra por delante de la puerta-ventana que miraba a la huerta.

La noche estaba muy avanzada y hacía ya dos horas que todos los

moradores de la hacienda dormían o debían de estar durmiendo.

Luis, sin darse exacta cuenta de los motivos que a ello le impulsaban,

resolvió informarse por sí mismo de quien era aquel noctívago que tenía

el capricho de pasearse a tales horas. Se levantó pues de la butaca

en que estaba sentado, se proveyó de dos revólveres Devisme de seis

tiros cada uno que había sobre una mesa, a fin de estar apercibido

para lo que pudiese ocurrir, abrió cuan suavemente le fue posible la

puerta-ventana y se internó en la huerta, tomando la dirección por la

cual había visto desaparecer la sombra sospechosa.

La noche estaba espléndida, la luna difundía sobre la tierra una luz

vivísima, y la atmósfera asumía una transparencia tal, que a larga

distancia se distinguían claramente los objetos.

El conde, que muy rara vez entrara en la huerta y por consiguiente

desconocía las revueltas de la misma, vacilaba en internarse en las

alamedas que ante sus ojos se prolongaban en todas direcciones,

cruzándose y entrecruzándose, pues por muy hermosa que estuviese la

noche, no sentía la más mínima comezón de pasarla al raso.

Se detuvo pues para reflexionar, y de su meditación dedujo que tal vez

se había engañado, sido juguete de una alucinación, y que lo que tomara

por la sombra de un hombre era la que proyectara una rama de árbol

agitada por la brisa nocturna.

No sólo era razonable semejante observación, sino lógica; sin embargo,

el joven no se dio por satisfecho, sino que sonriéndose con ironía, en

lugar de internarse en la huerta se deslizó con precaución a lo largo

de la cortina de enredaderas que de este lado formaba una pared de

verdor a la hacienda.

Diez minutos después Luis se detuvo para tomar aliento y orientarse.

--No me he equivocado, aquí es, murmuró el joven después de tender una

mirada escrutadora a su alrededor.

E inclinándose hacia adelante, apartó con tiento sumo las hojas y las

ramas, y miró; pero casi al punto se echó hacia atrás ahogando un grito

de sorpresa. Se encontraba frente por frente de las habitaciones de

doña Dolores.

Ésta, apoyada en el alféizar de una ventana, al parecer estaba

engolfada en una conversación por demás interesante con un joven

situado a dos pies de ella en la huerta.

Al conde le fue imposible conocer a aquel hombre, del que sólo le

separaban algunos pasos, primeramente porque estaba vuelto de espaldas

y luego porque iba envuelto en una capa que le ocultaba del todo.

--¡Ah! murmuró el conde, no me había equivocado.

A pesar de que semejante descubrimiento le ajaba el amor propio,

el conde experimentó una satisfacción íntima al ver realizadas sus

sospechas, pues el hombre aquél no podía sino ser un amante.

Con todo, por mucho que los dos interlocutores suavizasen la voz, no

hablaban tan quedo que a corta distancia no se les pudiese oír; así

es que Luis, si bien tildándose la poco delicada acción que estaba

cometiendo, excitado por su despecho y quizá, sin darse cuenta de ello,

por los celos, entreabrió las ramas y avanzó de nuevo la cabeza para

escuchar.

--Dios mío, decía doña Dolores con acento conmovido, cuando se pasan

algunos días sin que le vea a V., la zozobra me mata, siempre estoy

temiendo una desgracia.

--¡Diantre! murmuró el conde, pues no le ama poco.

Este aparte le privó de oír la contestación del hombre.

--¿Estoy condenada a vivir mucho tiempo aquí? continuó la joven.

--Tenga V. un poco de paciencia, respondió el desconocido con voz

sorda, pronto habrá concluido todo, así lo espero. Y él ¿qué hace?

--Sombrío y misterioso como siempre, respondió doña Dolores.

--¿Se encuentra en la hacienda esta noche?

--Sí.

--¿Arisco como de costumbre?

--Más todavía.

--¿Y el francés?

--¡Ah! murmuró Luis, vamos a ver qué concepto le merezco.

--Es un caballero cumplido, respondió la joven con voz trémula; hace

algunos días que le veo triste, o a lo menos lo parece.

--¿Se está aburriendo?

--Me temo que sí.

--¡Pobre niña! dijo para sus adentros el conde, ha advertido que me

estoy aburriendo; a bien que cuido poco de ocultarlo. Pero, añadió con

fatuidad, ¿me habré engañado por ventura? ¿Y si el hombre ese no fuese

un amante? ¿Quién sabe?

Durante este largo soliloquio, los dos interlocutores habían continuado

su conversación, que resultó totalmente perdida para el conde.

--Ya que V. lo exige lo haré, dijo la joven, cuando Luis se puso a

escuchar de nuevo; ¿pero tan necesario es, amigo mío?

--Indispensable, Dolores.

--¡Demontre! ¡qué familiaridad! murmuró el conde.

--Obedeceré pues, profirió la joven.

--Ahora adiós, he permanecido aquí demasiado tiempo, dijo el

desconocido.

Éste se bajó el sombrero hasta los ojos, murmuró «adiós» por última vez

y se alejó apresuradamente.

Luis había permanecido inmóvil, estupefacto, en el mismo sitio en que

se encontraba; al pasar, casi rozándole la ropa, el desconocido, que

sin embargo no reparara en él, una rama le hizo caer el sombrero y un

rayo de luna le iluminó de lleno el semblante.

--¡Oliverio! murmuró el conde. ¡Ah! ¡con que a él es a quien ama

Dolores!

El joven se volvió a su aposento dando traspiés como un ebrio,

trastornado por el descubrimiento que acababa de hacer, y se acostó;

pero en vano intentó conciliar el sueño; toda la noche estuvo forjando

proyectos a cual más descabellado. Con todo a la madrugada su turbación

pareció ceder al cansancio.

--Antes de tomar una resolución definitiva, dijo para sí el conde,

quiero celebrar una conferencia con ella; no la amo, es cierto, pero mi

honor me exige que le dé a conocer que no soy un necio y que todo lo

sé. Hoy mismo voy a solicitar de ella una entrevista.

Más tranquilo, después de haber tomado esta determinación, el conde se

durmió, y al despertar vio al pie de su cama a Raimbaut, con un papel

en la mano.

--¿Qué hay? preguntó el joven a su ayuda de cámara.

--Traigo una carta para el señor conde, respondió éste.

--¿Serán noticias de Francia? profirió Luis.

--No lo creo, dijo Raimbaut; esta carta se la dio a Lanza una de las

doncellas de doña Dolores de la Cruz para que se la entregaran a usted

tan pronto como se despertase.

Realmente la mencionada carta era de la hija de don Andrés, y no

contenía sino las contadas líneas siguientes, escritas en carácter de

letra elegante y un poco trémulo:

«Doña Dolores de la Cruz ruega encarecidamente al señor don Luis del

Saulay se sirva concederle una entrevista particular para tratar de un

asunto de gran importancia, hoy, a las tres de la tarde, hora en que la

misma le aguardará en sus habitaciones.»

--Ahora sí que me quedo del todo a oscuras, dijo el conde.

Y tras un instante de reflexión, añadió:

--¡Bah! tal vez vale más que esta proposición parta de ella.

VII

EL RANCHO

El Estado de Puebla está formado por una meseta de más de veinticinco

leguas de circunferencia, cruzada por las elevadas cordilleras del

Anáhuac.

Los llanos que circuyen la ciudad, muy desiguales, están surcados por

multitud de torrenteras, cubiertos de colinas y cerrados al horizonte

por montañas que ostentan un sudario de nieves eternas.

Hasta donde alcanza la vista se extienden inmensos campos de maguey,

verdaderos viñedos de aquellas comarcas, ya que de esta planta se

extrae el pulque, bebida predilecta de los mejicanos.

No existe perspectiva tan imponente como la que ofrecen aquellas

enormes pitas de hojas prietas, duras, lustrosas, llenas de temibles

espinas, que alcanzan seis y ocho pies de longitud.

Poco más o menos a dos leguas de Puebla, como quien se encamina a

Méjico, se encuentra la ciudad de Cholula, en otro tiempo plaza fuerte

importante, pero que hoy, decaída de su pasado esplendor, no encierra

sino unas doce o quince mil almas.

En tiempo de los aztecas, el territorio que hoy constituye el Estado

de Puebla, era considerado por los habitantes como una Tierra Santa

privilegiada, como el santuario de la religión. Ruinas importantes

y sobre todo muy notables desde el punto de vista arqueológico,

atestiguan todavía hoy la verdad de lo que dejamos expuesto; en un

espacio muy limitado existen tres pirámides principales, sin contar las

ruinas con que a cada paso tropieza el viajero.

De las tres pirámides de que acabamos de hacer mérito, una sobre todo

goza de justa celebridad, aquélla a la cual los hijos de la tierra

apellidan _Monte hecho a mano_, o gran _teocali_ de Cholula.

Dicha pirámide, coronada de cipreses y en la cúspide de la cual se

levanta hoy una capilla dedicada a Nuestra Señora de los Remedios,

está enteramente labrada de ladrillos, mide ciento setenta pies de

altura, y, según calcula Humboldt, su base tiene una longitud de mil

trescientos cincuenta y cinco, esto es, un poco más del doble que la

base de la pirámide de Cheops.

Ampere hace observar, con mucho tacto y primor, que la imaginación de

los árabes ha rodeado de prodigios la cuna para ellos desconocida de

las pirámides egipcias, cuya construcción hace remontar a la época

del diluvio, y que lo mismo acontece en Méjico, al efecto relata una

tradición recogida en 1566 por Pedro del Río, referente a las pirámides

de Cholula y conservada en los manuscritos de éste existentes hoy en el

Vaticano.

Nosotros a nuestra vez copiaremos al célebre sabio trasladando a estas

páginas la mentada tradición tal cual él la publicó en sus _Paseos por

América_.

Dice así:

«En tiempo de la última grande inundación, la tierra de Anáhuac (la

meseta de Méjico) estaba habitada por gigantes. Los que no perecieron

en aquel desastre quedaron convertidos en peces, excepto siete

gigantes, que se refugiaron en cavernas cuando las aguas empezaron a

bajar. Uno de aquellos titanes, apellidado Xelhua, que era arquitecto,

construyó cerca de Cholula, en recuerdo de la montaña de Tlaloc, que

había servido de asilo a él y a sus hermanos, una columna de forma

piramidal. Celosos los dioses al ver aquel edificio cuya cima se

esconde en las nubes, e irritados ante la audacia de Xelhua, fulminaron

fuegos celestes contra la pirámide, de lo que se originó la muerte de

muchos de los que en ella trabajaban y la interrupción de las obras.

Dicha pirámide fue consagrada al dios del aire, Qualzalcoatl.»

¿Quién al leer las líneas que preceden, no creería hacerlo del bíblico

relato de la construcción de la Torre de Babel?

Sin embargo, en la descripción esta resalta un error no imputable al

célebre Ampere, y que a pesar de nuestra humilde condición de novelista

creemos útil rectificar.

_Quetzalcóatl_, la serpiente cubierta de plumas, cuya raíz es

_Quetzalli_, pluma, y _Coatl_, serpiente, y no _Qualzalcoatl_, que nada

significa y no es siquiera mejicano o más bien dicho azteca, es el dios

del aire, el dios legislador por excelencia: era blanco y barbudo y

negra su capa y salpicada de cruces rojas; apareció a Tula, del que fue

gran sacerdote; los hombres que le acompañaban vestían traje negro en

forma de sotana y, como él, eran blancos.

Atravesaba Cholula el mencionado dios para dirigirse al misterioso

país de donde habían salido sus antepasados, cuando los cholulanos le

suplicaron que les gobernase y les diese leyes, en lo que consintió,

permaneciendo veinte años entre ellos; luego y considerando ya

terminada provisionalmente su misión, se fue hasta la desembocadura

del río _Huasacoalco_, una vez en la cual desapareció, no empero sin

haber prometido a los cholulanos que días a venir regresaría para

gobernarles.

Apenas hace un siglo que los indios, al llevar sus ofrendas a la

capilla que, consagrada a la Virgen, se levanta en la cima de la

pirámide, elevaban todavía sus preces a Quetzalcóatl, cuyo regreso

aguardaban piadosamente.

No nos atreveríamos a afirmar que dicha creencia esté en lo presente

extinguida del todo.

La pirámide de Cholula en nada se parece a las de Egipto: cubierta

completamente de tierra, forma una frondosa colina, a cuya cúspide es

fácil llegar no sólo a caballo, sino también en coche.

En algunos sitios la tierra se ha desmoronado dejando al descubierto

los ladrillos cocidos al sol, que para la construcción de la pirámide

se emplearon.

En la cúspide de la pirámide y en el sitio mismo en que estaba

construido el templo consagrado a Quetzalcóatl, se eleva actualmente

una capilla cristiana.

Sentimos que algunos escritores hayan supuesto que el cristianismo

ha sustituido un culto bárbaro y cruel. Nunca el pico de la pirámide

de Cholula se vio manchado de sangre humana, nunca hombre alguno fue

inmolado al dios adorado en el templo hoy destruido, y al cual por toda

ofrenda le presentaban productos de la tierra, tales como flores y las

primicias de las cosechas, y esto por orden expresa del dios legislador.

Eran las cuatro de la madrugada: las estrellas empezaban a desaparecer

en las profundidades del firmamento, el horizonte se teñía de anchas y

cenicientas ráfagas de luz que variaban incesantemente y tomaban poco

a poco los colores del prisma para fundirse en uno solo rojo cual

sangre; quebraba el alba; el sol iba a aparecer.

En este instante salieron de Puebla dos jinetes, tomaron al trote

largo la carretera de Cholula, y no medía legua de la ciudad doblaron

prontamente hacia la derecha, internándose en un angosto sendero

abierto en un campo de agave.

Dicho sendero, pésimamente conservado, como todas las vías de

comunicación de Méjico, describía un sin fin de revueltas y estaba

cortado por tantas torrenteras, que era imposible transitar por él sin

exponerse a cada paso a romperse la nuca. Ora se interponía un arroyo,

al que era menester atravesar con agua hasta la cincha del caballo, ora

una colina.

Después de veinticinco minutos de una carrera tan erizada de

dificultades, los dos jinetes llegaron al pie de una como pirámide

groseramente labrada a mano, enteramente cubierta de vegetación y de

unos cuarenta pies de altura sobre el nivel del suelo.

En la cúspide de aquella colina artificial se elevaba un rancho de

vaquero, al que se llegaba por medio de escalones abiertos a trechos en

las vertientes de la misma.

Una vez allí, el desconocido se detuvo y echó pie a tierra, operación

que imitó su compañero.

Entonces los dos hombres dieron suelta a sus caballos, hundiendo el

cañón de sus fusiles en una fragosidad de la base de la colina, y

cogiendo con ambas manos la culata de sus armas hicieron servir a éstas

de alzaprima.

Aunque uno ni otro de los dos se esforzaron mucho, una enorme piedra,

al parecer completamente adherida al suelo, se movió lentamente, giró

sobre goznes invisibles y dejó al descubierto la entrada de una cueva

que en pendiente suave penetraba en el suelo, y la cual indudablemente

recibía aire y luz por infinidad de imperceptibles intersticios, pues

estaba seca y en ella se veía claramente.

--Baja, López, dijo el desconocido.

--¿Y V. se va arriba? preguntó el segundo jinete.

--Sí; dentro de una hora ven a reunirte conmigo, a no ser que me hayas

visto antes.

--Perfectamente.

López silbó entonces a los caballos, que vinieron rápidamente al

encuentro de sus dueños, y a una señal de aquél, se internaron

buenamente en la cueva.

--Hasta la vista, dijo López.

El desconocido dirigió una señal afirmativa a su criado, quien se metió

a su vez en la concavidad, e hizo girar nuevamente tras sí la piedra,

la cual se adaptó tan perfectamente a la roca, que no dejó vestigio

alguno de entrada.

Aquél había permanecido inmóvil y con los ojos fijos en la llanura

que le rodeaba, cual si hubiese querido cerciorarse de que estaba

completamente solo y nada tenía que temer de las miradas indiscretas.

Una vez en su sitio la piedra que cerraba la boca de la cueva, el

desconocido se echó el fusil al hombro y empezó a subir lentamente los

escalones y al parecer sumergido en meditación sombría.

Desde lo alto de la colina la vista abarcaba un horizonte extenso: de

un lado Zapotecas, Cholula, haciendas y aldeas; del otro, Puebla con

sus innumerables cúpulas esféricas y pintadas, que la daban apariencias

de ciudad oriental; luego campos de maguey, trigo o agave, por en medio

de los cuales serpenteaba, trazando una línea amarilla, la carretera de

Méjico.

El desconocido permaneció pensativo por un instante, con la mirada fija

en la llanura, completamente desierta en aquella hora matinal y a la

que el sol naciente matizaba de irisados reflejos; luego, después de

haber exhalado un ahogado suspiro, empujó el zarzo forrado de un cuero

de buey que servía de puerta al rancho, y desapareció en el interior de

éste.

Desde fuera, el rancho asumía el mísero aspecto de una cabaña casi

arruinada; sin embargo de lo cual interiormente ofrecía más comodidades

de las que cabía derecho a esperar en una región donde las exigencias

de la vida, sobre todo para el pueblo, están reducidas a lo más

estrictamente necesario.

La primera pieza, porque el rancho tenía muchas, servía de locutorio

y de comedor y comunicaba con un cobertizo colocado en el exterior y

que hacía las veces de cocina. Las encaladas paredes del mencionado

comedor estaban adornadas, no de cuadros, sino de seis u ocho láminas

iluminadas, hechas en Epinal y de las que esta ciudad inunda la tierra;

dichas láminas representaban distintos episodios de las guerras del

Imperio y estaban pulidamente encuadradas y cubiertas con sendos

cristales. En un ángulo, poco más o menos a seis pies de altura y sobre

una consola de palisandro con la tapa rodeada de pinchos en los que

estaban clavados cirios de cera amarilla, de los cuales ardían tres,

había una estatuita que representaba a la Virgen de Guadalupe, patrona

de Méjico. Seis _equipales_, cuatro butacas, un aparador atestado de

utensilios caseros y una mesa bastante capaz colocada en medio del

comedor, completaban el ajuar de esta pieza, alegrada por dos ventanas

con cortinas encarnadas.

El suelo estaba cubierto con un petate de labor delicada.

Se nos olvidaba hacer mención de un mueble asaz importante por su

rareza y que en verdad nadie hubiera presumido encontrar en sitio

semejante: el mueble a que nos referimos era un reloj de cuclillo, de

la Selva Negra, coronado de un pájaro que con su canto anunciaba las

horas y las medias horas.

Dicho reloj estaba colocado frente a la puerta de entrada, entre las

dos ventanas, y a la derecha del mismo había otra puerta que conducía a

los aposentos interiores.

El desconocido, que en el momento de entrar en el comedor no encontró a

nadie, dejó su fusil en un rincón de la pieza, colocó su sombrero sobre

la mesa, abrió una ventana hasta al pie de la cual arrastró una butaca

en la que se sentó, lió un cigarrillo de paja de maíz, le dio fuego y

empezó a fumar con la misma tranquilidad e indolencia que hubiera hecho

en su propia casa, después de haber consultado el reloj y murmurado:

--¡Las cinco y media! me queda tiempo todavía: tardará en llegar.

Después de haber hablado de esta suerte consigo mismo, el desconocido

se echó atrás descansando la cabeza en el respaldo de su butaca,

cerró los ojos, soltó el cigarrillo, y pocos minutos después quedó

profundamente dormido.

Media hora, poco más o menos hacía que nuestro personaje estaba

durmiendo, cuando abrieron con precaución una puerta situada a sus

espaldas, y por ella penetró de puntillas en el comedor una hechicera

joven de veintidós a veintitrés años a lo sumo, de ojos azules y rubia

cabellera, la cual avanzó la cabeza con ademán de curiosidad y fijó una

mirada de benevolencia, casi diremos de ternura, en el durmiente.

El rostro de la recién llegada respiraba la alegría y la travesura

unidas a una bondad extrema; sus facciones, sin ser correctas,

constituían un conjunto coqueto y gracioso agradable a la primera

mirada; la distinguía de las otras mujeres de rancheros, indias

cobrizas casi todas ellas, un cutis blanquísimo, y ostentaba un traje

correspondiente a su clase, pero de limpieza notable y llevado con

garbo y sal que le sentaban a las mil maravillas.

La joven se acercó poquito a poco al durmiente, con la cabeza echada

hacia atrás y un dedo en los labios, indudablemente con el propósito de

recomendar a dos personas que la seguían, un hombre y una mujer entrada

en años, que hiciesen el menos ruido posible.

De los dos nuevos personajes que vamos a introducir en escena, la mujer

frisaba con los cincuenta y con los sesenta el hombre, y ambos tenían

las facciones vulgares y sin expresión, a no ser la de una voluntad

enérgica.

La mujer vestía el traje de las rancheras mejicanas; el hombre era

vaquero.

Una vez los tres junto al desconocido, se colocaron frente a él y

permanecieron inmóviles, contemplando como dormía.

En esto por la ventana penetró un rayo de sol, que fue a dar en

el rostro del desconocido; el cual abrió los ojos y se levantó de

improviso, profiriendo en francés estas palabras:

--¡Vive Dios! el diablo se me lleve si no me he dormido.

--¿Y qué mal hay en ello, don Oliverio? dijo en el mismo idioma el

ranchero.

--¡Ah! ¿están Vds. ahí, amigos míos? profirió Oliverio sonriendo

alegremente y tendiéndoles la mano; grato despertar el mío, ya que les

encuentro a mi lado. Buenos días, Luisa, hija mía; buenos días, Teresa,

y tú, mi viejo Loick, buenos días también. Traen Vds. unos rostros que

da gusto verles.

--Siento que se haya despertado V., don Oliverio, dijo la hechicera

Luisa.

--Tanto más cuanto estará V. fatigado, añadió Loick.

--¡Bah! ¡bah! ¿quién piensa en ello? ¿Verdad que no sospechaban Vds.

encontrarme aquí?

--Dispense V., don Oliverio, dijo Loick, López me había notificado su

llegada.

--Ese diablo de López no puede poner freno a su lengua, profirió de

buen humor Oliverio; siempre será charlatán.

--¿Va V. a almorzar con nosotros? preguntó la joven.

--Esto no se pregunta, hijita, dijo el vaquero; bueno estaría que don

Oliverio se negase a acompañarnos.

Las noches mejicanas · 第 4 / 27 段