paso el descenso casi insensible que debía conducirles al llano.
--¿No siente V. todavía necesidad de dar un poco de reposo al cuerpo,
señor conde? preguntó el aventurero mientras liaba con indolencia un
cigarrillo.
--De veras, no; gracias a V., este viaje, si bien algo monótono, me ha
parecido delicioso.
--¿Monótono ha dicho V.?
--¡Caramba! en Francia se cuentan hechos tan espeluznantes de las
tierras de ultramar, donde, según dicen, se encuentra uno con bandidos
emboscados a cada paso y no es posible andar diez leguas sin exponer
veinte veces la vida, que no sin aprensión desembarcamos los europeos
en estas playas. A mí me habían llenado la cabeza de historias
capaces de hacer poner de punta los cabellos, y francamente, esperaba
sorpresas, emboscadas, combates encarnizados y qué sé yo cuantas cosas
más. Pero ya ve V., nada, absolutamente nada ha ocurrido; he hecho el
viaje más prosaico del mundo, sin que durante él haya sobrevenido el
más leve accidente para poderlo yo referir más adelante.
--Todavía no ha salido V. de Méjico.
--Es cierto, pero esto no quita que vea desvanecidas mis ilusiones; ya
no creo en los bandidos mejicanos, ni en los feroces indios; no vale la
pena venir de tan lejos para no ver más de lo que uno ve en su propia
tierra. ¡Vayan al diablo los viajes! Hace cuatro días íbamos a vernos
en un lance, y tan es así, que cuando V. me dejaba a solas, forjaba en
mi imaginación los más belicosos proyectos; luego volvía V., al cabo
de dos largas horas, y me anunciaba sonriendo que se había equivocado,
que nada había visto. No me ha cabido sino tragarme todos mis designios
bélicos. Si esto es estar de chiripa, que venga Dios y lo vea.
--¿Qué quiere V.? replicó el aventurero con acento de imperceptible
ironía, la civilización se va infiltrando por tal modo entre nosotros,
que, salvo algunas ligeras diferencias, hoy nos paremos a las viejas
naciones de Europa.
--Chancéese V. y búrlese de mí cuanto quiera, dijo el conde; pero
volvamos al asunto.
--Esto pido, señor, replicó el aventurero. ¿Entre otras cosas no me
dijo V. que tenía el designio de dirigirse a la hacienda del Arenal,
y que si no se desviaba de su camino que conduce directamente hacia
Méjico, era porque temía extraviarse en una tierra a la que V. no
conocía y en la que dudaba encontrar quien fuese capaz de ponerle
nuevamente sobre la pista?
--Efectivamente, caballero.
--Pues bien, las cosas se simplifican extraordinariamente.
--¿Y eso?
--Mire enfrente de V., señor conde, ¿qué ve V.?
--Un magnífico edificio con todo el aspecto de una fortaleza.
--Pues el edificio ese es la hacienda del Arenal.
--¿De veras? ¿No me engaña V.? preguntó el conde.
--¡Para qué! respondió suavemente el aventurero.
--¡Oh! de esta suerte la sorpresa resulta buena cosa más agradable que
no supuse.
--A propósito, me olvidaba de una circunstancia que no deja de ser
importante para V.: hace ya dos días que sus criados y sus equipajes
están en la hacienda.
--Pero ¿quién puso en antecedentes a mis criados?
--Yo.
--¡Cómo V.! si puede decirse que no se ha movido de mi lado.
--Cortos fueron los momentos en que me separé de V., es verdad, pero
tuve lo bastante.
--Es V. un amabilísimo compañero, don Oliverio, y le agradezco en el
alma las atenciones de que me rodea.
--¡Bah! V. se chancea.
--¿Conoce V. al propietario de la hacienda esa?
--¿A don Andrés de la Cruz? ¡ya lo creo!
--¿Qué tal es?
--¿En lo moral o en lo físico?
--En lo moral.
--Un sujeto de gran corazón y clara inteligencia; prodiga el bien, y
atiende a pobres y a ricos.
--Magnífico es el retrato.
--Y me quedo corto. ¡Ah! se me olvidaba decir a V. que don Andrés tiene
muchos enemigos.
--¡Enemigos!
--Sí, todos los bribones de la comarca, y a Dios gracias abundan en
esta bendita tierra.
--¿Y su hija doña Dolores?
--Es una deliciosa niña de dieciséis años, todavía más buena que
hermosa; inocente y pura, sus ojos reflejan el cielo; es un ángel a
quien ha placido a Dios colocar en la tierra, sin duda para vergüenza
de los hombres.
--V. va a venirse conmigo a la hacienda, ¿no es eso? preguntó el conde.
--No; dentro de algunos minutos tendré el honor de despedirme de V.
--Supongo que para vernos de nuevo cuanto antes.
--No me atrevo a prometérselo a V., señor conde.
Oliverio y el joven caminaron algunos instantes más mano a mano,
guardando el más profundo silencio y aguijando a sus cabalgaduras, con
lo que se iban acercando rápidamente a la hacienda, cuyos edificios
aparecían ya por completo.
Era la del Arenal una de esas magníficas residencias construidas
durante los primeros años de la conquista, entre palacio y fortaleza,
semejante a las que los españoles levantaban por aquellos tiempos en
sus dominios, a fin de mantener a raya a los indios y resistir a las
continuas y sangrientas revueltas de éstos.
Las almenas que coronaban los muros de la hacienda proclamaban la
nobleza de su propietario, ya que únicamente los nobles gozaban del
derecho de almenar sus moradas y de cuyo derecho se mostraban por demás
celosos.
La cúpula de la capilla de la hacienda, que sobresalía de las murallas,
brillaba a los ardorosos rayos del sol.
A medida que los viajeros iban acercándose, el paisaje iba cobrando
nueva vida; a cada paso se encontraban con jinetes, arrieros guiando
sus recuas de mulas, indios que corrían llevando bultos a cuestas
suspendidos de una correa que les pasaba alrededor de la frente,
rebaños conducidos por vaqueros y que iban en busca de nuevo pasto,
frailes trotando sobre sendas mulas, mujeres, niños, en una palabra,
gente atareada de todos estados y de uno y otro sexo que iban, venían y
se cruzaban en todas direcciones.
Al llegar al pie de la colina sobre la cual se asentaba la hacienda
y en el instante en que iba a penetrar en la senda que conducía a la
puerta principal del edificio, el aventurero detuvo a su caballo, y
volviéndose hacia el joven, le dijo:
--Señor conde, hemos llegado al término de nuestro viaje; con su
permiso pues me retiro.
--No sin prometerme antes que vamos a vernos de nuevo.
--Me es imposible empeñar tal promesa, señor conde; nuestros caminos
son diametralmente opuestos, y por otra parte quizá valdría más que no
volviésemos a vernos.
--¿Qué quiere V. decir?
--Nada personal ni ofensivo para V.; permítame que le estreche la mano
antes de separarnos.
--De todo corazón, exclamó el joven tendiéndole efusivamente la diestra.
--Adiós, dijo Oliverio; el tiempo vuela y a estas horas debía
encontrarme ya muy lejos de aquí.
El aventurero se inclinó sobre el cuello de su caballo y con la
rapidez de la flecha se internó en un sendero por él que no tardó en
desaparecer.
--¡Vaya un carácter singular! murmuró el joven. ¡Oh! volveré a verle,
es menester que así sea.
El conde oprimió suavemente los ijares de su cabalgadura y penetró en
el sendero que en pocos minutos debía conducirle a la cúspide de la
colina y a la puerta principal de la hacienda.
Oliverio anduvo acertado al decir que al conde le estaban esperando en
la hacienda; en efecto, éste vio dos criados que, de pie en la puerta,
al parecer acechaban su llegada.
El joven se apeó en el primer patio y abandonó su caballo en manos de
un palafrenero que lo condujo a la caballeriza.
En el instante en que el conde se encaminaba hacia una gran puerta
sombrada por una marquesina y que daba paso a las habitaciones, don
Andrés salió por ella, voló solícito a su encuentro, le estrechó
efusivamente contra su corazón, y después de besarle repetidas veces,
dijo:
--¡Alabado sea Dios! por fin ha llegado V.; ya empezábamos a estar
cuidadosos.
El conde, cogido de improviso, se dejó abrazar y besar sin darse cuenta
cabal de lo que le pasaba, ni atinando con quién se las había; pero el
anciano, advirtiendo la admiración de su huésped y que éste a pesar de
sus esfuerzos no conseguía disimularla del todo, le sacó del aprieto
nombrándose y añadiendo:
--Soy su pariente cercano, mi querido conde; su primo; así pues no
tenga V. empacho, obre con entera libertad; esta casa y cuanto en ella
se encierra está a su disposición.
El joven se deshizo en excusas; pero don Andrés le interrumpió,
diciendo en tono festivo:
--¡Válgame Dios! ¿dónde tengo la cabeza? le entretengo aquí contándole
mis chocheces y me olvido de que acaba de hacer V. un largo viaje a
caballo y por consiguiente de que necesita reposo. Venga V., quiero
darme la satisfacción de conducirle yo mismo a sus habitaciones; hace
ya muchos días que están dispuestas.
--Mi querido primo, contestó el conde, le agradezco en el alma los
agasajos de que me colma, pero creo sería conveniente que me presentase
V. a mi prima antes de retirarme.
--Esto no corre priesa, mi querido conde; mi hija se encuentra ahora en
su tocador con sus doncellas. Primeramente deje que le anuncie; sé más
bien que V. lo que conviene hacer en estas circunstancias. Vaya V. a
descansar.
--Como V. quiera, primo; por otra parte le confieso, ya que me hace el
favor de dejarme en completa libertad, que no sentiré tomar algunas
horas de reposo.
--¿No decía yo? repuso alegremente don Andrés, todos los jóvenes son
iguales: no saben de la misa la media.
El hacendero condujo entonces a su huésped a una habitación previamente
dispuesta y amueblada con gusto bajo la inmediata inspección de don
Andrés; la cual estaba destinada al conde para todo el tiempo que a
éste le pluguiese permanecer en la hacienda, y a la que habían sido ya
transportadas sus maletas.
Al conde le estaba aguardando su ayuda de cámara.
La habitación que hemos dicho, no era espaciosa, pero estaba muy
bien distribuida y, atendidos los recursos del país, ofrecía muchas
comodidades. Se componía de cuatro piezas: el dormitorio del conde con
su gabinete tocador y cuarto de baños anejo, un estudio que hacía las
veces de salón, antecámara y un aposento para los criados, a fin de
que aquél pudiese utilizarlos de día y de noche. Por medio de algunos
tabiques, la habían separado, hecha del todo independiente de las demás
habitaciones de la hacienda, y en ella se penetraba por tres puertas:
una que daba al vestíbulo, otra al patio común y otra, de la que
partían algunos escalones, que daba acceso a la magnífica huerta de la
hacienda, huerta que por lo vasta merecía el título de parque.
El conde, recién desembarcado en Méjico, y que al igual que todos los
extranjeros tenía una idea errónea de un país al que no conocía, estaba
muy lejos de presumir que en la hacienda del Arenal iba a encontrar una
instalación tan cómoda y por tal modo adaptaba a sus gustos y a sus
costumbres un tanto graves; así es que se sintió enajenado y dio a don
Andrés las más calurosas gracias por la molestia que se tomara para
hacerle agradable su estancia en la hacienda, y aun le significó cuan
distante estaba de esperar un recibimiento tan amable.
Don Andrés de la Cruz, hondamente satisfecho de este cumplido, se frotó
las manos con alegría y se retiró, dejando a su pariente en libertad de
entregarse al reposo.
Una vez a solas con su ayuda de cámara, el conde, después de cambiar el
traje que llevaba por otro más adecuado a la vida de campo, interrogó
a su criado respecto del modo como había efectuado su viaje desde
Veracruz y como le recibieran a su llegada a la hacienda.
El mencionado ayudante de cámara, hermano de leche del conde, de quien
era devotísimo, tenía poco más o menos la misma edad que éste, y sobre
ser robusto, bien formado, de presencia agradable y valeroso, le
adornaba una cualidad preciosa en un criado, la de ser ciego, sordo y
mudo. Efectivamente, no hablaba sino conminado por orden expresa y aun
en este caso era por demás lacónico. El conde le quería mucho y tenía
en él ilimitada confianza.
Raimbaut, que así se llamaba el criado, sentía por su amo un respeto
profundo, y, siempre esclavo de la etiqueta, no le hablaba nunca sino,
en tercera persona. Fuese cual fuese la hora del día o de la noche
que el conde le llamase, se presentaba ante él ostentando el severo
traje que había adoptado, compuesto de casaca negra, a la francesa,
de cuello recto y botonadura de oro, chupa y calzones negros, medias
de seda blancas, zapatos con hebilla y corbata blanca. Excepto los
polvos, que no llevaba, vestido de esta suerte Raimbaut asumía todas
las apariencias de un intendente de encopetado señor del pasado siglo.
El otro criado del conde era un mocetón de unos veinte años, robusto y
de musculatura atlética. Ahijado de Raimbaut, que se había encargado
de instruirle en las prácticas del servicio, desempeñaba las mecánicas
más pesadas y vestía la librea del conde, azul y plata; se llamaba
Lanca Ibarru, era adicto a su amo y temía como al fuego a su padrino, a
quien profesaba una veneración profunda. Valiente si los hay, astuto
e inteligente, empañaban un tanto estas cualidades su glotonería y su
afición al dolce far niente.
Corto fue el relato de Raimbaut: nada absolutamente le había pasado
sino recibir por conducto de un desconocido una orden de su amo para
que en vez de continuar su viaje hasta Méjico se hiciese conducir al
Arenal, como así lo había efectuado.
El conde, que vio era cierto lo que el aventurero le dijera, despidió a
su ayuda de cámara, se arrellanó en una butaca y abrió un libro; pero a
no tardar y apoderándose de él el sueño, se durmió.
A eso de las cuatro de la tarde y en el preciso instante en que el
conde se despertaba, Raimbaut entró en el dormitorio de éste y le
anunció que don Andrés de la Cruz le estaba aguardando para comer.
El conde dirigió una mirada a su tocado y precedido de Raimbaut, que le
servía de guía, se encaminó hacia el comedor.
VI
POR LA VENTANA
El comedor de la hacienda del Arenal, espacioso y largo, recibía luz
por ventanas ojivales de pintadas vidrieras, sus paredes estaban
cubiertas de ensambladuras de roble ennegrecido por los años, que le
daban el aspecto de un refectorio de Cartujos del siglo XV, y en medio
de él había una gran mesa en forma de herradura, rodeada de bancos
excepto en la testera.
Al penetrar el conde del Saulay en la mencionada pieza, casi todos los
comensales, unos veinticinco, se encontraban ya reunidos en ella.
Don Andrés, al igual que muchos de los grandes propietarios mejicanos,
había conservado en sus posesiones la costumbre de hacer comer con él a
sus criados.
Esta costumbre patriarcal, largos años ha caído en desuso en Francia,
a nuestro modo de ver era una de las mejores que nos legaron nuestros
padres, pues la vida en común estrechaba los lazos que unían los amos a
los criados y enfeudaba a éstos, por decirlo así, a la familia, con la
que hasta cierto punto compartían la vida íntima.
Don Andrés de la Cruz estaba en pie en la testera del comedor, entre
sus hijos Melchor y Dolores.
Respecto de esta última nada diremos, pues el lector ya la conoce;
por lo que hace a don Melchor, que vestía el traje mejicano en toda
su pureza, tenía poco más o menos la misma edad que el conde, y su
aventajada estatura y complexión robusta hacían de él un buen tipo
en la acepción vulgar de la palabra. Tenía las facciones varoniles y
distinguidas, negra y poblada la barba, grandes los ojos y de mirar
fijo y perspicaz, color moreno subido ligeramente aceitunado, voz un
tanto áspera y rostro sombrío, que a la más leve emoción cobraba una
expresión de amenaza y de altivez terribles. Por lo demás su ademán era
noble y exquisitos sus modales.
Una vez el señor de la Cruz hubo hecho las presentaciones, los
comensales se sentaron alrededor de la mesa; luego el hacendero hizo
colocar al conde a su derecha, al lado de doña Dolores, dirigió una
seña a ésta, que dijo el _Benedicite,_ los convidados contestaron
_amén,_ y empezó la comida.
Al igual que sus antepasados los españoles, los mejicanos son muy
sobrios y no beben durante la comida; únicamente a los postres, cuando
sirven los dulces, colocan vasos de agua en la mesa.
Don Andrés de la Cruz, por un exceso de cortesanía, había mandado que
sirviesen vino a su huésped francés, el cual era atendido por su ayuda
de cámara, que, con grande admiración de los circunstantes, estaba de
pie detrás de él.
La comida fue silenciosa a pesar de los repetidos esfuerzos de don
Andrés para animar la conversación; el conde y don Melchor se limitaban
a cruzar entre sí y de cuando en cuando algunos cumplidos triviales;
doña Dolores estaba pálida, parecía sentirse indispuesta, apenas
probaba los manjares y no profería palabra alguna.
En comiendo, se levantaron todos y los criados de la hacienda se fueron
cada cual a sus quehaceres.
El conde, preocupado a pesar suyo con el frío y compasado acogimiento
que le había reservado don Melchor, pretextó la fatiga del viaje para
retirarse a sus habitaciones, en lo que don Andrés consintió con
repugnancia manifiesta.
Don Melchor y el conde cruzaron un saludo ceremonioso y se volvieron
la espalda, y doña Dolores hizo una graciosa cortesía al joven, quien
se retiró después de estrechar cariñosamente la mano que su anfitrión
le tendió.
Acostumbrado como estaba a vivir en medio de la comodidad y de la
elegancia y a las relaciones de la sociedad parisiense, tan saturadas
de buen gusto y de aticismo, el conde del Saulay necesitó algunos días
para familiarizarse con la existencia triste, monótona y estrecha de la
hacienda del Arenal.
No obstante la afectuosa acogida que le había dispensado don Andrés
de la Cruz y de las atenciones de que éste le rodeaba incesantemente,
el joven no tardó en advertir que su anfitrión era el único que de la
familia le miraba con buenos ojos.
Doña Dolores, muy cortés para con él y aun bondadosa en sus relaciones
cotidianas o cuando el acaso les reunía, parecía sentirse mortificada
en su presencia y apartar todas las ocasiones de hablar a solas. La
doncella, tan pronto advertía que su padre o su hermano se salían del
aposento donde se encontraban en compañía del conde, interrumpía de
improviso la conversación, murmuraba, sonrojándose, alguna excusa y se
alejaba, o más bien desaparecía volando, con la ligereza y rapidez de
un pájaro, y sin más cumplidos dejaba solo a Luis.
Semejante conducta por parte de una doncella a la que estaba prometido
desde la infancia, por quien había cruzado el océano casi contra su
voluntad y solamente para honrar la palabra empeñada en su nombre por
su familia, era realmente para mortificar a un hombre como el conde
del Saulay, a quien su belleza física, su talento y su fortuna no le
tenían de ningún modo acostumbrado hasta entonces a verse tratado con
tanto desapego y desdén por las damas.
Poco inclinado ya de suyo al matrimonio que su familia quería imponerle
y lo más mínimo enamorado de su prima, a quien apenas se había tomado
el trabajo de mirar, y a la que, a causa de su indiferencia, estaba
tentado a calificar de necia, el conde se hubiera conformado con la
repugnancia que la joven parecía experimentar hacia él y aun consolado
y felicitado por la ruptura del matrimonio proyectado, si en este
negocio no hubiese estado comprometido su amor propio de un modo para
él sobrado ofensivo.
Por mucho que fuese el desapego que sintiese por doña Dolores, al conde
le humillaban el poco efecto que su porte, sus modales y su boato
habían producido en la joven y el modo frío y desdeñoso con que ésta
escuchara sus cumplidos y recibido sus regalos.
No obstante anhelar sinceramente que no se llevase a efecto una boda
que por mil razones le tenía disgustado, Luis deseaba que sin partir
positivamente de él, la ruptura tampoco partiese abiertamente de la
joven, y que al mismo tiempo que se retiraba con los honores de la
guerra, las circunstancias se presentasen lo bastante propicias para
que la que debía ser su esposa sintiese su partida.
Descontento de sí mismo y de cuantos le rodeaban, sintiendo que se
encontraba en una situación falsa que era probable iba a convertirse
en ridícula dentro de poco, el conde determinó salir de ella lo más
antes posible; pero antes de provocar una explicación franca y decisiva
por parte de don Andrés de la Cruz, que parecía no sospechar lo más
mínimo lo que estaba ocurriendo, el joven determinó saber positivamente
a qué atenerse respecto de su prometida; y es que con la fatuidad
propia de todos los hombres acostumbrados a no hallar oposición, estaba
íntimamente convencido de que era imposible que doña Dolores no le
hubiese amado si de su corazón no se hubiese ya apoderado otro hombre.
Tomado que hubo esta resolución y firme en ella, el conde, que por otra
parte no sabía como matar el tiempo en la hacienda, se puso a espiar
los pasos de la joven, resuelto, una vez adquirida la certidumbre, a
retirarse y a tomar sin pérdida de tiempo la vuelta de Francia, a la
que cada día encontraba más a faltar y de la que se arrepentía haber
salido tan inopinadamente para venir a correr a dos mil leguas de ella
un lance tan humillador.
Ya hemos hecho observar que doña Dolores, no obstante su indiferencia
para con el conde, se creía obligada a mostrarse si no tan amable
como hubiera deseado, a lo menos conforme, cortés y cumplida; ejemplo
que don Melchor su hermano se dispensaba de imitar, ya que trataba
al huésped de su padre con una indiferencia tal y tan estudiada, que
forzosamente el conde tenía que advertirla, aun cuando éste desdeñase
darse por entendido y simulase tomar los modales groseros, ofensivos y
aun brutales del joven cual sí estuviesen muy en consonancia con las
costumbres de la tierra.
Sin embargo, debemos confesar que los mejicanos son de una
cortesanía exquisita, que su lenguaje es siempre pulcro y floridas
sus expresiones, y que aparte el traje, es literalmente imposible
diferenciar un hombre del pueblo de otro perteneciente a la clase
encumbrada. Por una singular anomalía, indudablemente hija de su
carácter hosco, don Melchor de la Cruz era la antítesis de sus
compatriotas; siempre sombrío, compasado, recogido en sí mismo, puede
decirse que no abría la boca sino para verter contadas palabras con
tono áspero y voz ingrata.
De buenas a primeras, el conde y don Melchor quedaron poco satisfechos
uno de otro: el francés pareció excesivamente presumido y muy más
afeminado al mejicano, y el mejicano, grosero y vulgar en su traza y
lenguaje al francés. Sin embargo, de no existir en realidad más que
esta antipatía instintiva, quizás ella hubiera desaparecido, y entre
los dos se habrían cimentado relaciones de amistad una vez se hubiesen
conocido más a fondo y por consiguiente apreciado más; pero lo que don
Melchor sentía por el conde no era indiferencia, ni envidia, sino un
odio verdaderamente mejicano.
¿De dónde provenía este odio? ¿qué desconocida particularidad del conde
había dado nacimiento a ella? Éste era el secreto de don Melchor.
Por lo demás, el joven hacendero era un arca de misterios y sus
acciones tan tenebrosas como su semblante. Gozaba de libertad
absoluta y de ella usaba y abusaba para ir y venir, entrar y salir
sin dar cuenta de sus pasos a persona alguna. Su padre y su hermana,
indudablemente acostumbrados a semejantes genialidades, nunca le
preguntaban de dónde venía ni qué había hecho cuando tras una ausencia
de siete u ocho días regresaba a la hacienda.
En estas circunstancias, por cierto muy frecuentes, llegaba a la hora
del almuerzo.
Don Melchor saludaba con la cabeza a los asistentes y se sentaba a la
mesa sin pronunciar palabra, y en comiendo liaba un cigarrillo, lo
encendía y se retiraba a sus habitaciones sin hacer caso alguno de los
que se encontraban en el comedor.
Comprendiendo don Andrés la inconveniencia y máxime lo poco galante
de semejante conducta para con su huésped, una o dos veces ensayó
disculpar a su hijo, atribuyendo la falta de cortesía de éste a graves
ocupaciones que le absorbían por entero.
--Don Melchor, contestó el conde, es caballero cabal y de conducta
correcta; y aun la franqueza de que hace gala, tratándome como amigo y
pariente y no como extraño, prueba la amistad que me profesa. Sentiría
pues en el alma que por mí modificase lo más mínimo sus costumbres.
El hacendero, que no se llamó a engaño respecto de la aparente
mansedumbre de su huésped, juzgó prudente no insistir sobre el
particular y no se habló más del asunto.
A don Melchor le temían no sólo todos los peones de la hacienda, sino
también, por lo que podía colegirse, su mismo padre.