si se refiere V. al señor Pacheco, me parece que su protección le
reportará poco provecho, ya que el caballero ese que se da el título de
embajador extraordinario de la reina de España ha juzgado conveniente
reconocer el gobierno del traidor Miramón. Nosotros, pues, nada tenemos
que ver con él; su influjo con el presidente nacional es completamente
nulo. Demás, no he venido para discutir con V., sino para arrestarle,
y le arresto sobrevenga lo que sobreviniere. ¿Quiere V. rendirse o
pretende acaso oponer una resistencia inútil? Responda V.
Don Andrés fijó la mirada en los hombres que le rodeaban, y
comprendiendo que fuera de sus criados no podría esperar socorro o
apoyo de nadie, dejó caer sus revólveres a sus pies, cruzó los brazos y
dijo con voz firme:
--Cedo a la fuerza; pero ante todos los que me rodean protesto contra
el acto de violencia de que soy víctima.
--Dueño es V., mi querido señor, de protestar cuanto quiera, repuso
el coronel; a mí poco me importa. Luego dirigiéndose a don Jesús
Domínguez, que tranquilo, impasible e indiferente había asistido a
la escena que hemos descrito, añadió: sin pérdida de tiempo hay que
registrar minuciosamente el equipaje y sobre todo los papeles del
prisionero.
--Muy bien urdido, dijo el anciano encogiendo los hombros; por
desgracia tarde piache, caballero.
--¿Qué quiere V. decir? preguntó don Felipe.
--Nada, sino que el dinero y los valores que Vds., pensaban hallar en
mis maletas, no están; les conozco a Vds. demasiado, señor, para no
haberme prevenido contra lo que en este instante me está pasando.
--¡Maldición! exclamó el guerrillero golpeando con el puño el pomo de
su arzón; pero oye, gachupín del diablo, no creas que vas a salir
librado a tan poca costa, pues aun cuando deba desollarte vivo, sabré
dónde has escondido tus tesoros, te lo juro.
--Pruébelo V., replicó con ironía don Andrés volviéndose de espaldas al
guerrillero.
El bandido acababa de revelarse; el coronel, después del exabrupto a
que le llevara su avaricia, ya no tenía que guardar miramiento alguno
para con aquel a quien pretendía despojar por modo tan audazmente
cínico.
--Ello lo veremos, dijo; e inclinándose hasta el oído de don Jesús, le
estuvo hablando durante algunos minutos.
Indudablemente los dos bandidos estaban concertando entre sí las
medidas más eficaces para constreñir al español a revelar su secreto y
a someterse a su voluntad.
--Don Andrés, dijo el coronel al cabo de un instante y con fisga
nerviosa, ya que es como V. dice, sería para mí cargo de conciencia
interrumpir su viaje; antes de tomar la vuelta de Veracruz iremos
juntos hasta su hacienda del Arenal, donde podremos hablar de negocios
más cómodamente que en este sitio; lo ruego pues se sirva subirse otra
vez a la berlina, y anudar la marcha, máxime cuando su hechicera hija
de V., Dolores, indudablemente necesita tranquilizarse.
El anciano, que comprendió el terrible alcance de la amenaza que
acababa de dirigirle el bandido, palideció, fijó la mirada en el
cielo e hizo un movimiento como para acercarse al coche; pero en el
instante mismo se oyó un galope furioso, los soldados abrieron filas
despavoridos y un jinete penetró a escape y como el huracán en medio
del círculo que se había formado alrededor de la berlina.
Dicho jinete, que llevaba el rostro completamente cubierto con un velo
negro, detuvo prontamente a su caballo, y fijando en el guerrillero los
ojos, que brillaban cual encendidas brasas al través de los agujeros
del velo que le ocultaba, preguntó con voz lacónica y amenazadora:
--¿Qué pasa aquí?
Con arranque instintivo el guerrillero tiró de la brida a su
cabalgadura y, sin responder palabra, la hizo retroceder; los soldados
y don Jesús Domínguez se santiguaron con terror y murmuraron:
--¡El Rayo! ¡El Rayo!
--Les interrogué a Vds., dijo el desconocido después de algunos
segundos de espera.
Los cuarenta y tantos hombres que le rodeaban inclinaron la frente,
y haciéndose atrás poco a poco ensancharon considerablemente el
círculo, al parecer no muy deseosos de entablar conversación con aquel
misterioso personaje.
Don Andrés recobró la esperanza: un presentimiento íntimo le advertía
que la súbita llegada del enmascarado iba a cambiar sino del todo su
posición, a lo menos a hacerla entrar en una fase más ventajosa para
él; demás, le parecía, si bien no le era posible recordar dónde la
oyera, conocer la voz del desconocido; así es que mientras los otros
iban retrocediendo con temor, él, al contrario, se acercaba al recién
llegado con solicitud instintiva, inconsciente.
El jefe de la escolta, don Jesús Domínguez, había desaparecido,
emprendiendo vergonzosamente la fuga.
IV
EL RAYO
Por los días en que se desenvuelve la presente historia, vivía en
Méjico un hombre que gozaba del privilegio de llamar sobre sí la
curiosidad general, de atemorizar a todos, y lo que es más notable, de
disfrutar de las simpatías de todos. Este hombre era el Rayo.
¿Quién era el Rayo? ¿de dónde venía? ¿qué hacía?
Nadie era capaz de responder con certeza a estas preguntas, sin embargo
de lo lacónicas; y esto que Dios sabe el prodigioso número de leyendas
que respecto de él corrían de boca en boca.
Ahí en pocas palabras lo que de semejante individuo se sabía con más
fijeza:
Hacia fines de 1857, el Rayo había parecido de improviso en la
carretera que conduce de Méjico a Veracruz y encargándose de mantener
el orden en ella, a su modo, se entiende. Detenía los convoyes y las
diligencias, y protegía o ponía a contribución a los viajeros; es
decir, en el segundo caso obligaba a los ricos a practicar una ligera
sangría a su bolsillo a favor de sus compañeros menos favorecidos
de la suerte y constreñía a los jefes de escolta a defender contra
los ataques de los salteadores a los individuos a quienes estaban
encargados de acompañar.
No había quien pudiese decir si el Rayo era joven o viejo, guapo o feo,
castaño o rubio, pues nadie había visto nunca su rostro al descubierto.
Por lo que hace a su nacionalidad, era imposible de todo punto
adivinarla, pues con igual facilidad y elegancia hablaba el castellano
y el francés, como el alemán, el inglés y el italiano.
Aquel misterioso personaje estaba perfectamente informado de todo
cuanto ocurría en el territorio de la república; no sólo conocía
los nombres y la representación social de los viajeros a quienes le
placía detener, sino que respecto de ellos estaba al tanto de ciertas
particularidades secretas que muy a menudo les ponían en zozobra.
Con todo, lo más singular del caso, mucho más de lo que hemos expuesto,
es que el Rayo iba siempre solo y nunca vacilaba en cerrar el paso
a sus adversarios, fuese cual fuese su número. El influjo que sobre
éstos ejercía era tal, que su presencia era bastante para cortar
toda intención de resistencia y una amenaza de él hacía correr un
estremecimiento de terror por las venas de aquéllos a quienes iba
dirigida.
Los dos presidentes de la república, mientras se hacían una guerra sin
cuartel para suplantarse mutuamente, cada uno por sí había ensayado
repetidas veces librar de caballero tan incómodo, y a su parecer
competidor peligroso, los caminos; pero todas sus tentativas fueron
vanas: el Rayo, no se sabe como, prevenido y perfectamente informado
de los movimientos de los soldados enviados en su busca, se presentaba
siempre de improviso delante de éstos, desbarataba sus ardides y les
forzaba a retirarse vergonzosamente.
Sin embargo, una vez el gobierno de Juárez creyó haber acorralado al
Rayo.
Supo dicho gobierno que el misterioso personaje hacía algunas noches
las pasaba en un rancho no muy distante del Paso del Macho, y a este
punto expidió inmediatamente y con el mayor sigilo un destacamento de
veinte dragones, al mando de Carvajal, uno de los guerrilleros más
sanguinarios y osados.
Carvajal tenía la orden de fusilar a su prisionero en cuanto le echara
el guante, sin duda con el fin de no darle tiempo de intentar una
evasión durante el trayecto del Paso del Macho a Veracruz.
EL destacamento partió rápido; los dragones, a quienes se les
prometiera una cuantiosa recompensa si lograban llevar a buen fin la
escabrosa expedición, iban dispuestos a cumplir con su deber, corridos
de que por tan dilatado espacio de tiempo un sólo hombre les hubiese
tenido en jaque y ardiendo en deseos de tomar el desquite.
No dos leguas del Paso del Macho los soldados encontraron un fraile
jinete en mísera mula, el cual llevaba el capuchón derribado sobre el
rostro, y al compás del trote de su montura mascullaba el rosario.
El jefe de la fuerza armada invitó al fraile a que se reuniese con los
dragones, invitación que el religioso aceptó no de muy buena gana.
En el instante en que el destacamento, que caminaba un poco a la
desbandada, iba a llegar al rancho, el fraile echó pie a tierra.
--¿Qué hace V., padre? le preguntó el jefe.
--Ya lo ve V., hijo mío, respondió aquél, me bajo de mi mula; mis
negocios me llaman a un rancho más lejano; siga V. adelante; yo con
su permiso me voy a mis quehaceres, dándole las gracias por haberse
dignado honrarme con su compañía desde nuestro encuentro.
--Eso no, padre mío, dijo el jefe riendo cavernosamente; no podemos
separarnos de esta suerte.
--¿Por qué, hijo mío? preguntó el fraile acercándose al oficial,
mientras tiraba de la brida a su mula.
--Es muy sencillo, fray...
--Pancracio, para servir a V., dijo el religioso inclinándose.
--Pues bien, fray Pancracio, necesito de V., o más bien dicho, de su
ministerio; en una palabra, se trata de confesar a un hombre que va a
morir.
--¿Quién es?
--¿Conoce V. al Rayo?
--¡Virgen santa! ¿que si conozco al Rayo, señor oficial?
--Pues él es quien va a morir.
--¿Le han cogido Vds.?
--Todavía no, pero dentro de pocos minutos le habremos echado la garra;
le estoy buscando.
--¿Y dónde se encuentra, si puede saberse?
--Allí, en aquel rancho que desde acá divisamos, respondió el oficial,
inclinándose con agrado hasta el fraile y tendiendo el brazo en la
dirección que indicaba a su interlocutor.
--¿Está V. seguro de lo que dice, ilustre señor?
--¡Que si lo estoy!
--Pues me parece que V. se equivoca.
--¿Qué quiere V. decir? ¿Acaso V. sabe algo?
--Sí sé, respondió el encapuchado, pues el Rayo soy yo, ladrón maldito.
Y antes que el oficial, aterrado por esta súbita e inesperada
revelación, hubiese recobrado su presencia de ánimo, el Rayo le
había cogido por una pierna, derribándole al suelo, se subió sobre
su caballo, y empuñando dos revólveres de seis tiros cada uno que
llevaba ocultos bajo sus hábitos, se precipitaba a escape sobre el
destacamento, haciendo fuego con ambas manos a la vez y dando su
terrible grito de guerra: ¡El Rayo! ¡El Rayo!
Los soldados, tanto y más sorprendidos que su jefe ante un ataque tan
recio y tan imprevisto, se desbandaron y emprendieron la fuga en todas
direcciones.
El Rayo, después de haber pasado por en medio de todo el destacamento,
del que mató siete hombres y derribó el octavo de un pechugón de su
caballo, paró de improviso a su cabalgadura, y después de haberse
detenido por espacio de algunos minutos con ademán de reto a un
centenar de pasos, al ver que los dragones no le perseguían y que lejos
de acudir en auxilio de su jefe no pensaban sino en la fuga, volvió
grupas y se encaminó hacia el sitio donde éste yacía tendido e inmóvil
como un difunto.
--¡Eh! ¡señor oficial! le dijo apeándose, aquí está su caballo de V.;
recóbrele, que le servirá para unirse a los suyos; en cuanto a mí ya
no lo necesito, pues me voy al rancho, donde le aguardo si todavía
conserva V. el deseo de prenderme y hacerme fusilar. Hasta mañana a
las ocho de la mañana me encontrará V. a su disposición: adiós.
El Rayo saludó con la mano al oficial, se subió sobre su mula y se
encaminó hacia el rancho, en él que efectivamente entró.
No es del caso añadir que el famoso personaje durmió a pierna tendida
hasta que amaneció, sin que el oficial y los soldados, tan encarnizados
en la persecución del mismo, se hubiesen atrevido a interrumpir su
reposo; lo que hicieron éstos fue tomar la vuelta de Veracruz, sin
mirar ni una vez hacia atrás.
Ahí quien era el hombre cuya imprevista aparición en medio de la
escolta de la berlina había por tal modo despavorido y amilanado a los
soldados.
Por un instante el Rayo permaneció impasible y sombrío frente a los
soldados reunidos delante de él, y luego con voz enérgica y clara, dijo:
--Señores, me parece que Vds. han olvidado que nadie sino yo tiene
derecho a obrar a su antojo en los caminos de la república.
Y volviéndose hacia el coronel, que se encontraba a algunos pasos
inmóvil como una estatua, añadió:
--Señor don Felipe Neri, vuelva V. pies atrás con los suyos; el camino
está completamente libre hasta Puebla. ¿Me comprende usted?
--Sí, señor; sin embargo, replicó el coronel titubeando, me parece que
mi deber me ordena escoltar...
--¡Cállese V.! exclamó con arrebato el Rayo; escuche V. bien lo que
voy a decirle y sobre todo saque provecho de mis palabras: aquéllos a
quienes esperaba V. encontrar no lejos de este sitio, no existen ya;
casi todos sus cadáveres son en este instante pasto de los buitres. Por
hoy han perdido Vds. la partida; créanme pues, vuelvan grupas.
El coronel titubeó espacio de un segundo, luego hizo avanzar algunos
pasos a su caballo, y con voz entrecortada por la emoción, dijo:
--Señor, no sé si es V. hombre o demonio para imponer de esta suerte,
solo contra todos, su voluntad a hombres valientes; para un soldado
nada significa la muerte, cuando al frente del enemigo recibe una bala
en medio del pecho; ya una vez he retrocedido delante de V., y no
quiero hacerlo otra; máteme V. pues, pero no me deshonre.
--Me place oírlo hablar este lenguaje, don Felipe, replicó con
frialdad el Rayo; el valor sienta bien en un militar; a pesar de sus
instintos rapaces y de sus hábitos de bandido, veo con gusto que no
carece V. de ánimo; no desespero pues de que tarde o temprano me quepa
proporcionarle ocasión de desquitarse conmigo, si una bala, al cortar
el hilo de su existencia, no interrumpe súbito la corriente de sus
buenas intenciones. Ea, añadió el Rayo como tomando una resolución
repentina, ordene V. a sus soldados, que están temblando como unas
gallinas, que retrocedan una docena de pasos; voy a darle en el acto la
satisfacción que desea.
--¡Ah! caballero, exclamó el coronel, ¿consentiría V...?
--¿En jugar mi vida contra la de V.? ¿por qué no? dijo el Rayo con voz
zumbona. Usted desea una lección y voy a dársela.
Inmediatamente don Felipe Neri volvió grupas, y dirigiéndose a sus
soldados les hizo retroceder, maniobra que éstos ejecutaron con la más
laudable solicitud.
Don Andrés de la Cruz, que así llamaremos en adelante al anciano,
dándole su verdadero nombre, había asistido como espectador íntimamente
interesado a la escena que hemos descrito y en la cual hasta entonces
no se atreviera a tomar parte.
Con todo, al ver el cariz que tomaban las cosas, se creyó en el deber
de aventurar algunas observaciones.
--Dispense V., caballero, dijo dirigiéndose al misterioso incógnito,
le agradezco en el alma su intervención en mi pro, pero permítame
le advierta que hace ya sobrado tiempo que estoy detenido en este
desfiladero y que desearía continuar mi viaje a fin de poner cuanto
antes a mi hija a cubierto de todo peligro.
--Ningún peligro amenaza a doña Dolores, señor, repuso con frialdad
el Rayo; este corto retardo no puede en modo alguno acarrearla malas
consecuencias; por otra parte, deseo que usted presencie el duelo que
va a verificarse aquí y que hasta cierto punto es en pro de su causa;
le ruego pues que tenga paciencia. Pero ahí está de regreso don Felipe;
pronto estaremos listos. Figúrese V. que apuesta en una riña de gallos;
créame, va V. a divertirse.
--Sin embargo..., arguyó don Andrés.
--De insistir va V. a disgustarme, caballero, interrumpió con aspereza
el Rayo. A ver, preste usted a don Felipe uno de los magníficos
revólveres que consigo trae y sé se los ha remitido desde París el
armero Devisme. Supongo que están cargados ¿eh?
--Sí, señor; lo están, respondió don Andrés entregando una de sus
pistolas.
Don Felipe tomó el arma, la volvió entre los dedos, y levantando la
cabeza con ademán contrariado, dijo:
--No sé servirme de esta clase de armas.
--Pues son muy sencillas, contestó cortésmente el Rayo, y va a conocer
perfectamente su mecanismo dentro de un par de segundos; señor don
Andrés, hágame V. el obsequio de explicar a don Felipe el sencillísimo
manejo de estas armas.
El español explicó el modo de usar el revólver al coronel, quien desde
luego se puso al cabo.
--Ahora, señor don Felipe, continuó el Rayo, siempre sereno e
impasible, escúcheme V. bien: consiento en darle la satisfacción que
de mí solicita, con tal que, sea cual fuere el resultado del duelo que
vamos a empeñar, se comprometa a volver grupas al instante dejando a
don Andrés y a su hija en libertad de continuar su viaje como más les
convenga: ¿acepta V.?
--Acepto, señor.
--Perfectamente; ahora lo que vamos a hacer es echar pie a tierra y
colocarnos a veinte pasos uno de otro; ¿le conviene a V. esta distancia?
--Sí, señor.
--Está bien; a una señal mía, pues, dispare V. sobre mí los seis tiros
de revólver; yo tiraré luego, pero una sola vez, porque el tiempo
apremia.
--Dispense V., señoría, ¿pero si le mato a V. de uno de los seis
disparos?
--¡Quía! señor, no va V. a matarme, respondió con frialdad el Rayo.
--¿Usted cree?
--Estoy seguro de ello; para matar a un hombre de mi temple, señor don
Felipe, respondió el Rayo con acento de ironía mordaz, es menester un
corazón animoso y una mano de bronce, y V. carece de ambas cosas.
Don Felipe no replicó, pero dominado por rabia sorda, pálida la frente
y las cejas juntas, fue a colocarse resueltamente a veinte pasos de su
adversario.
El Rayo echó pie a tierra, se plantó con arrogancia, irguió la cabeza,
avanzó la pierna derecha y cruzó los brazos a la espalda.
En esta posición y enfrente del coronel, dirigió a éste las siguientes
palabras:
--Procure V. apuntar bien; los revólveres, por buenos que sean, suelen
tener el defecto de enviar las balas un poco altas; no se apresure
usted. ¿Está ya? Bravo; puede V. disparar.
Don Felipe no aguardó a que se lo dijeran dos veces, sino que,
apretando el gatillo, hizo tres disparos seguidos.
--Demasiado aprisa, demasiado aprisa, gritó el Rayo al coronel, ni
siquiera he oído silbar las balas. No se apresure V. tanto y vea de
aprovechar las tres balas que le quedan.
Todos tenían la mirada fija en los duelistas y el corazón pendiente
de un hilo. Don Felipe Neri, desmoralizado por la impasibilidad de
su adversario y el mal éxito de sus disparos, a pesar suyo se sentía
fascinado por la negra estatua que ante él se erguía serena y de la
que solamente veía, al través de la máscara, brillar los ojos cual
ardientes brasas; de cada uno de sus cabellos, erizados de espanto,
pendía una gota de sudor; en una palabra, había perdido el ánimo.
Con todo, la cólera y el orgullo devolvieron al coronel la fuerza
necesaria para ocultar a los ojos de los asistentes la espantosa agonía
que estaba sufriendo; por un supremo esfuerzo de voluntad recobró
aparentemente la calma y disparó la cuarta bala.
--Esta vez lo ha hecho V. más bien, dijo con zumba el Rayo, pero
todavía ha pasado demasiado alta; a ver la otra.
Exasperado por esta última burla, don Felipe apretó el gatillo, y la
bala fue a dar contra la peña escasamente a una pulgada encima de la
cabeza del desconocido.
No quedaba sino una bala en el revólver.
--Adelante V. cinco pasos, dijo el Rayo; puede que así no desaproveche
el último tiro.
Don Felipe no contestó a este último sarcasmo, pero saltó como una
fiera, se colocó a quince pasos e hizo fuego.
--Ahora me toca a mí, dijo con toda tranquilidad el desconocido,
retrocediendo para restablecer la distancia primera; pero observo,
caballero, que se ha descuidado V. de descubrirse, y ésta es una falta
de cortesía que no tolero de ningún modo.
En pronunciando estas palabras, el Rayo empuñó una de las dos pistolas
que llevaba al cinto, la amartilló, tendió el brazo, disparó sin
tomarse la molestia de apuntar, y el sombrero del coronel, arrebatado
por el proyectil, cayó rodando por el polvo.
Don Felipe dio un rugido salvaje y exclamó:
--¡Es V. un demonio!
--No, replicó el Rayo, soy un hombre de alma. Ahora márchese V., le
perdono la vida.
--Parto, sí, dijo el coronel; pero sea usted quien sea, hombre
o demonio, juro matarle, aun cuando deba perseguirle hasta las
profundidades del averno.
El Rayo se acercó a don Felipe, le llevó violentamente aparte asido del
brazo, y levantando la máscara que le cubría el rostro le mostró sus
facciones, diciendo con voz reconcentrada:
--Va V. a conocerme ¿no es verdad? Lo único que le encargo ahora que
me ha visto cara a cara, es que no olvide que nuestro primer encuentro
puede ser mortal; márchese V.
Don Felipe se subió a caballo sin replicar palabra, se puso a la cabeza
de sus despavoridos soldados, y al galope tomó de nuevo el camino de
Orizaba.
Cinco minutos después, en la meseta no quedaban sino los viajeros y
sus criados. El Rayo, aprovechando sin duda el momento de desorden y
sorpresa producido por el final de la escena que hemos narrado, había
desaparecido.
V
LA HACIENDA DEL ARENAL
Cuatro días después de ocurridos los acontecimientos de que se hace
mérito en el anterior capítulo, el conde Luis del Saulay y Oliverio
todavía viajaban mano a mano, pero el lugar de la escena había cambiado
por completo. Alrededor de ellos se extendía una inmensa llanura
cubierta de feraz vegetación y regada por algunos ríos, en las márgenes
de los cuales estaban asentadas las humildes chozas de muchos pueblos
de escasa o ninguna importancia; acá y allá estaban pastando algunos
rebaños vigilados por vaqueros montados que llevaban la reata en la
silla, el machete al cinto y la larga pica en el descanso. En el
camino, cuyas amarillentas revueltas resaltaban sobre el color verde
del llano, se veían negruzcas manchas, que no eran sino recuas de mulas
que se dirigían hacia las nevadas montañas que limitan el horizonte;
grupos de árboles gigantescos daban variedad a la perspectiva, y algo
a la derecha, en la cúspide de una colina bastante elevada, se erguían
orgullosamente los robustos muros de una importante hacienda.
Los viajeros avanzaban a paso corto por las últimas sinuosidades de
angosta senda que suavemente bajaba al llano, y al llegar a un sitio en
que la cortina de árboles que les interceptaba la vista se separó a uno
y otro lado, la perspectiva pareció de repente ante ellos, cual si de
súbito la hubiese hecho surgir la prodigiosa varita de un mago.
Al ver el magnífico caleidoscopio que a sus miradas se ofrecía, el
conde lanzó un grito de admiración.
--Como sé que es V. hombre de gusto, le preparé esta sorpresa, dijo
Oliverio. ¿Qué le parece?
--Admirable; nunca he visto una perspectiva tan hermosa, exclamó el
joven con entusiasmo.
--Sí, dijo el aventurero ahogando un suspiro, para una perspectiva
echada a perder por la mano del hombre no está del todo mal; pero le
repito lo que tantas veces le he manifestado: solamente en las altas
sabanas del gran desierto mejicano es posible ver la naturaleza tal
cual Dios la ha creado; esto, en comparación, no es sino una decoración
de ópera, una naturaleza convencional que no tiene razón de ser y nada
significa.
--Convencional o no, replicó el conde riéndose de la humorada de su
interlocutor, yo hallo admirable la perspectiva.
--Ya le he dicho que no está del todo mal; pero imagine V. cuan hermoso
debió ser este paisaje en los primitivos días del mundo, cuando a
pesar de los torpes conatos de los hombres éstos no han conseguido aún
echarlo a perder enteramente.
--Por mi vida que es V. un compañero inapreciable, repuso el joven
redoblando la risa al escuchar lo que acababa de decir Oliverio; le
aseguro que una vez nos hayamos separado, a menudo echaré de menos su
agradable compañía.
--Pues prepárese V. a ello, señor conde, contestó el aventurero
sonriendo, porque pronto vamos a separarnos.
--¿Cómo se entiende?
--A lo sumo dentro de una hora; pero continuemos andando; el sol
empieza a calentar y la sombra de los árboles que se ven allá abajo nos
vendrá de perlas.