El problema estaba planteado con toda claridad: Miramón repr

LAS

NOCHES MEJICANAS

POR

GUSTAVO AIMARD

TRADUCCIÓN DE

LUIS CALVO

3.a EDICIÓN

TOMO I

BARCELONA

TIPOLITOGRAFÍA DE LUIS TASSO

ARCO DEL TEATRO, 91 Y 33

1920

LAS NOCHES MEJICANAS

I

LAS CUMBRES

No existe en el mundo región alguna que ofrezca a los deslumbrados ojos

de los viajeros más deliciosas perspectivas que Méjico; sobre todo la

de las Cumbres es sin disputa una de las más pasmosas y seductivamente

variadas.

Las Cumbres forman una cadena de desfiladeros a la salida de las

montañas, al través de las cuales y describiendo infinitas sinuosidades

serpentea el camino que conduce a Puebla de los Ángeles, así apellidada

por haber los ángeles, según la tradición, labrado la catedral de la

misma. El camino a que nos referimos, construido por los españoles,

desciende por la vertiente de las montañas formando ángulos sumamente

atrevidos, y está flanqueado a derecha y a izquierda por una no

interrumpida serie de empinadas aristas anegadas en azulado vapor.

A cada recodo de dicho camino, suspendido, por decirlo así, sobre

precipicios cubiertos de exuberante vegetación, cambia la perspectiva y

se hace cada vez más pintoresca; las cimas de las montañas no se elevan

una tras otra, sino que van siendo gradualmente más bajas, mientras las

que quedan a la espalda se yerguen perpendicularmente.

Poco más o menos a las cuatro de la tarde del 2 de julio de 18..., en

el instante en que el sol, ya bajo en el horizonte, no difundía sino

rayos oblicuos sobre la tierra, calcinada por el calor del mediodía,

y en que la brisa al levantarse empezaba a refrescar la abrasada

atmósfera, dos viajeros, perfectamente montados, salieron de un

frondoso bosque de yucas, bananos y bambúes de purpúreos penachos y

se internaron en una polvorosa, larga y escalonada senda que afluía a

un valle cruzado por límpido arroyo que se deslizaba al través de la

hierba y conservaba fresco el ambiente.

Los viajeros, probablemente seducidos por el aspecto imprevisto de

la perspectiva grandiosa que tan de improviso se ofrecía a sus ojos,

detuvieron a sus cabalgaduras, y después de contemplar con admiración

y por espacio de algunos minutos las pintorescas ondulaciones que en

último término ofrecían las montañas, echaron pie a tierra, quitaron

las bridas a sus respectivos caballos y se sentaron en la margen del

arroyo con el objeto evidente de gozar, por unos instantes más, de los

efectos de aquel admirable caleidoscopio, sin par en el mundo.

A juzgar por la dirección que seguían, los mencionados jinetes parecían

venir de Orizaba y encaminarse hacia Puebla de los Ángeles, de cuya

ciudad, por otra parte, no se encontraban muy lejos en aquel entonces.

Los dos jinetes que decimos vestían el traje de los ricos propietarios

de haciendas, traje que hemos descrito con sobrada frecuencia para

que aquí lo hagamos de nuevo; sólo haremos notar una particularidad

característica reclamada por la poca seguridad que ofrecían los caminos

en la época en que pasa la presente historia: ambos iban armados por

modo formidable y llevaban consigo un verdadero arsenal; además de los

revólveres de seis tiros metidos en sus respectivas fundas, llevaban

otros idénticos al cinto, y empuñaban sendos fusiles de dos cañones

fabricados por Devisme, el célebre armero parisiense, lo que hacía

subir a veintiséis los tiros que cada uno podía disparar; esto sin

contar el machete que pendía de su costado izquierdo, el cuchillo

triangular que llevaban escondido en su bota derecha y el lazo o reata

de cuero, colgado de la silla, a la que estaba fuertemente sujetado por

una anilla de hierro cuidadosamente remachada.

Indudable era que de estar dotados de un poco de valor, a aquellos

hombres les era fácil resistir sin desventaja a un número considerable

de enemigos.

Por lo demás, a los dos viajeros parecía no preocuparles el aspecto

agreste y solitario del sitio en que se encontraban, sino que departían

alegremente semitendidos sobre la hierba y fumaban con indolencia

sendos puros de la Habana.

El jinete de más edad, que frisaba con los cuarenta y cinco, si bien

aparentaba a lo más alcanzar a los treinta y seis, era de estatura

más que mediana, elegante, bien formado, de miembros robustos,

trasunto de gran fuerza corporal, facciones abultadas y fisonomía

enérgica e inteligente; tenía los ojos negros, vivos, movedizos y de

mirar suave, sin embargo de lo cual de tiempo en tiempo y cuando se

animaban despedían rayos que imprimían a su rostro una expresión dura

y salvaje imposible de expresar; tenía la frente ancha y elevada y

sensual la boca; le caía sobre el pecho, espesa y negra como la del

etíope, la barba, entre cuyos pelos lucían algunas hebras de plata; la

cabellera, abundosa, la llevaba echada hacia atrás y le inundaba los

hombros, y su curtido cutis ostentaba el color del ladrillo; en una

palabra: a juzgar por la apariencia era uno de esos hombres resueltos,

inapreciables en las circunstancias críticas por la confianza que de no

verse abandonados por ellos inspiran. Aunque era imposible determinar

su nacionalidad, sus movimientos rápidos y sacudidos y su hablar

animado, lacónico y salpicado de imágenes, parecían asignarle un origen

meridional.

Su compañero, buena cosa más joven, pues no tenía más allá de

veinticinco a veintiocho años, era alto, un tanto delgado y de aspecto

no enfermizo, pero sí delicado; era elegante y bien formado y de pies

y manos que por lo pequeños proclamaban su origen; tenía hermosas las

facciones, simpática e inteligente la fisonomía, en la que llevaba

impresa una profunda expresión de dulcedumbre, y sus azules ojos,

rubia cabellera, y sobre todo la blancura de su cutis, le daban en

continente a conocer por europeo de los climas templados recientemente

desembarcado en América.

Hemos manifestado que los dos viajeros departían amigablemente, pero no

que lo hiciesen en francés, su lengua materna indudablemente a juzgar

por el giro de las frases y la pureza en el decir que empleaban.

--Sea V. franco, señor conde, dijo él de más edad, ¿siente haber

seguido mi consejo y emprendido este viaje a caballo en compañía de

éste su servidor, en lugar de verse traqueado por caminos detestables?

--Muy descontentadizo sería, respondió el joven a quien acababan de dar

el tratamiento de conde; he recorrido Suiza, Italia y las márgenes del

Rhin, y confieso que nunca he presenciado las deliciosas perspectivas

que de algunos días a esta parte y gracias a V. tengo el placer de

presenciar.

--Está V. amabilísimo; el paisaje es magnífico en efecto y sobre

todo muy variado, añadió el primero con expresión sardónica que pasó

inadvertida a su compañero; sin embargo, continuó, ahogando un suspiro,

los he visto más hermosos.

--¿Más hermosos que éste? preguntó el conde extendiendo el brazo y

trazando un semicírculo en el aire; no es posible, caballero.

--Todavía es V. joven, señor conde, repuso el primer interlocutor

sonriendo tristemente; los viajes que ha hecho V. como aficionado no

son sino viajes de niño. Éste le cautiva por el contraste que forma con

los otros; V., que sólo ha estudiado la naturaleza desde las butacas

de la ópera, ignoraba que ésta pudiese reservarle tales sorpresas, y

de ahí que su entusiasmo haya de repente subido a un diapasón que le

embriaga al contemplar los singulares contrastes que incesantemente

se ofrecen a sus miradas; pero si, como yo, hubiese V. recorrido las

altas sabanas del interior, las inmensas praderas por las que vagan en

libertad los salvajes hijos de esta tierra, a quienes la civilización

ha despojado, los sitios que le rodean y que con tanto amor está

admirando no le inspirarían sino una sonrisa de desdén.

--Tal vez sea verdad lo que V. dice, Oliverio, contestó el joven; pero

por desgracia no conozco las sabanas y las praderas de que me habla y

es probable que nunca las pise.

--¿Por qué? replicó con viveza Oliverio; es usted joven, rico, vigoroso

y a mi ver completamente libre; luego nada se opone a que lleve a cabo

una excursión al gran desierto americano, máxime cuando para poner en

ejecución este proyecto trae V. cuanto se necesita. De hacerlo, habrá

V. efectuado uno de esos viajes juzgados imposibles y del cual podrá

enorgullecerse al regresar a su patria.

--Bien lo quisiera, repuso el conde con ligera amargura; pero por

desgracia mi viaje debe terminar en Méjico.

--¡En Méjico! exclamó Oliverio con admiración.

--Sí; sujeto al influjo de una voluntad extraña, no soy dueño de mis

acciones. He venido pura y sencillamente para casarme.

--¡Qué! ¿para casarse ha venido V. a Méjico, señor conde? repuso

Oliverio como quien ve visiones.

--Y de un modo prosaico, con una mujer a quien no conozco ni me conoce

y que de fijo siente por mí tan poco amor como yo siento por ella;

estamos emparentados, desde la cuna nos desposaron, y ha llegado el

momento de cumplir la promesa hecha en nuestro nombre por nuestros

padres.

--¿Luego es francesa la joven con quien va usted a casar?

--No, es española, y aun diré un sí es no es mejicana.

--¿Pero no es V. francés?

--Y de la Turena, respondió el conde sonriendo.

--Entonces, y dispénseme V. la pregunta, ¿cómo es que...?

--Es lo más natural del mundo; y como la historia no es larga y parece

V. dispuesto a escucharla, voy a contársela en dos palabras. V. ya

sabe que soy el conde Luis Mahiet del Saulay; mi familia, oriunda

de Turena, es una de las más antiguas de esta provincia, tanto, que

se remonta a los primeros francos. Según la tradición, uno de mis

antepasados fue uno de los leudos del rey Clodoveo, quien le donó en

pago de sus grandes y leales servicios vastas praderas rodeadas de

sauces de donde tiempo después mi familia tomó su apellido. No le cito

a V. este origen movido de necio orgullo, pues aunque noble de hecho

y armado como tal, a Dios gracias me han inculcado ideas de progreso

suficientemente latas para conocer lo que vale un título en la época

presente y descubrir que la verdadera nobleza reside en absoluto en

la elevación de sentimientos. Sin embargo, le he puesto al corriente

de estas particularidades referentes a mi familia para que por modo

claro comprendiese V. como mis antepasados, que siempre han desempeñado

encumbrados destinos en las diversas dinastías que han ocupado el trono

de Francia, llegaron a pertenecer a la rama segunda de una familia

española en tanto permanecía francesa la rama primogénita. En tiempo de

la Liga, los españoles llamados por los partidarios de los Guisas con

los cuales se habían aliado contra Enrique IV, a quien no apellidaban

todavía rey de Navarra, por largo espacio de tiempo estuvieron

encargados de guarnecer la ciudad de París. Dispénseme si desciendo a

pormenores que usted tal vez estime ociosos.

--Al contrario, señor conde, repuso Oliverio, me interesan sobremanera;

hágame V. el favor de continuar.

--Como decía, prosiguió el joven, el conde del Saulay que vivía en

aquel entonces, era fogoso secuaz de los Guisas, amigo íntimo del duque

de Mayena, y tenía tres hijos, dos de ellos varones, que servían en

las filas del ejército de la Liga, y una hija, camarista de la duquesa

de Montpensier, hermana del duque de Mayena. El sitio de París fue

largo, y aun levantado para anudarlo de nuevo Felipe IV, el cual acabó

por comprar con dinero contante y sonante la ciudad de que desesperaba

apoderarse y que le vendió el duque de Brissac, gobernador de la

Bastilla por la Liga. Es de advertir que gran número de oficiales del

duque de Mendoza, jefe de las tropas españolas, y aun éste mismo,

tenían consigo a sus familias. En una palabra, el hijo menor de mi

antepasado se enamoró de una de las sobrinas del general español y

pidió y obtuvo su mano, al par que su hermana, a instancias de la

duquesa de Montpensier consentía en entregar la suya a uno de los

ayudantes de campo del general; y es que la solapada y política duquesa

imaginaba, por medio de estas alianzas, apartar la nobleza francesa de

aquél a quien ella apellidaba el Bearnés y el hugonote, y hacer sino

imposible su triunfo, cuando menos retardarlo. Como indefectiblemente

sucede en casos tales, los cálculos de la duquesa salieron fallidos;

el rey reconquistó sus dominios y los nobles más comprometidos en los

disturbios de la Liga se vieron constreñidos a seguir a los españoles

en su retirada, y con ellos abandonar a Francia. Mi antepasado logró

fácilmente su perdón del rey, quien más adelante se dignó conferirle un

mando de importancia y admitir a su servicio al primogénito de aquél;

el menor, empero, a pesar de los ruegos y de las órdenes de su padre,

no quiso regresar nunca más a Francia, y se estableció definitivamente

en España. Con todo, aunque separadas, las dos ramas de la familia

continuaron cultivando sus relaciones y aliándose entre sí. Mi abuelo

casó, durante la emigración, con una mujer de la rama española, al

igual que yo voy a efectuarlo en la actualidad. Ya ve V. cuan prosaico

es esto y cuan poco interesante.

--¿Y V. consentirá en unirse a ojos cerrados, por decirlo así, con una

mujer a quien nunca ha visto, ni siquiera conoce?

--¿Qué quiere V.? Además mi consentimiento es inútil en este asunto; mi

padre se comprometió solemnemente, y no me cabe sino honrar su palabra.

Mi presencia acá demuestra que estoy dispuesto a hacerlo, añadió el

joven sonriendo. De poder obrar con entera libertad, tal vez no hubiera

yo pactado semejante unión; pero como por desgracia esto no dependía

de mí, he debido conformarme con la voluntad de mi padre. Sin embargo,

confieso a V. que educado como he sido en la continua perspectiva de

ese matrimonio y sabiendo que era inevitable, poco a poco me he ido

familiarizando con la idea de contraerlo; así pues el sacrificio no es

para mí tan grande como pudiera V. imaginar.

--No importa, repuso Oliverio con cierta aspereza; llévese el diablo

la nobleza y el dinero si tales obligaciones imponen; vale más la vida

aventurera en el desierto y la independencia pobre; a lo menos uno es

dueño de sí.

--Abundo en las mismas ideas; pero a pesar de esto, no me queda sino

bajar la cabeza. Ahora permítame que le dirija una pregunta: ¿Cómo se

explica que habiéndonos V. y yo encontrado por querer del acaso en la

fonda francesa de Veracruz, en el momento de mi llegada a esta ciudad,

hayamos simpatizado tan rápida e íntimamente?

--Imposible me sería decírselo a V.; su presencia me gustó a la primera

mirada y sus modales me atrajeron; le ofrecí mis servicios, V. aceptó,

y juntos nos pusimos en camino para Méjico, una vez en la cual nos

separaremos probablemente para siempre.

--No tanto, don Oliverio, no tanto; a mí se me antoja que, muy al revés

de lo que V. predice, vamos a vernos con frecuencia y que nuestras

relaciones van a convertirse pronto en estrecha amistad.

--Señor conde, repuso Oliverio moviendo repetidas veces la cabeza,

V. es noble, rico y ocupa una elevada posición en la sociedad; yo no

soy sino un aventurero cuyo pasado ignora V. y cuyo nombre apenas

conoce, dando por sentado que él que llevo en este instante sea el mío

verdadero; nuestras posiciones respectivas son muy distintas: entre V.

y yo existe una línea de demarcación demasiado claramente trazada para

que podamos tratarnos de tú a tú. Al encontrarnos de nuevo en medio

de las exigencias de la vida civilizada, a no tardarme convertiría

en una carga para V.; y esto se lo digo yo, que tengo más edad y más

experiencia que no usted respecto del mundo; no insista pues en este

punto, y en provecho de los dos permanezcamos cada uno en el sitio que

nos corresponde. En la actualidad más soy guía que no amigo, y esta

posición es la única que me conviene.

El conde se disponía a replicar a Oliverio, pero éste le asió el brazo

con viveza y le dijo:

--Silencio, escuche V.

--Nada oigo, dijo el joven después de haber prestado atención por

espacio de algunos segundos.

--No es extraño, repuso Oliverio sonriendo, sus oídos no recogen como

los míos todos los ruidos que turban la quietud del desierto: del lado

de Orizaba se acerca a todo correr un coche que sigue el mismo camino

que nosotros; pronto le verá V. parecer; percibo claramente el retintín

de los cascabeles de las mulas.

--Será la diligencia de Veracruz, en la que van mis criados y mis

equipajes y a la que precedemos de algunas horas.

--Tal vez, pero me admiraría de que nos hubiese alcanzado tan pronto.

--¿Qué nos importa? dijo el conde.

--Nada en verdad si realmente es la diligencia, respondió el otro tras

unos instantes de reflexión; pero por lo que pudiera tronar, bueno es

precavernos.

--¡Precavernos! ¿y por qué? repuso el joven con extrañeza.

Oliverio lanzó una mirada de expresión singular a su interlocutor, y

respondió:

--Todavía no sabe V. la A de la vida americana: en Méjico la primera

ley de la existencia es prevenirse contra las eventualidades probables

de una emboscada. Sígame V. y obre conforme me vea obrar.

--¿Vamos a escondernos acaso?

--¡Caramba! exclamó Oliverio encogiendo los hombros.

Y sin proferir nueva palabra, se acercó éste a su caballo, le puso

otra vez la brida y se subió sobre la silla con ligereza y garbo

que denotaban grandísima práctica, y luego partió al galope hacia

un bosquecillo de liquidámbares que se hacía a unos cien metros de

distancia.

El conde, dominado a pesar suyo por el ascendiente que Oliverio había

tomado sobre él a causa de la singular conducta que observara desde que

viajaban juntos, a su vez montó a caballo y se encaminó hacia el bosque.

--Ahora aguardemos, dijo el aventurero cuando ambos estuvieron al

abrigo de los árboles; y al cabo de algunos minutos tendió el brazo en

dirección del bosquecillo que ellos mismos abandonaron dos horas antes,

y añadió lacónicamente: mire V.

El conde volvió maquinalmente la cabeza hacia la dirección indicada y

vio salir de entre los árboles unos diez jinetes de tropas irregulares

armados de sables y lanzas, quienes penetraron a galope en el valle y

tomaron hacia el primer desfiladero de las Cumbres.

--¡Soldados del presidente! ¿qué significa esto? murmuró el joven.

--Aguarde V., repuso el aventurero.

Pronto se oyó claramente el rodar de un carruaje y casi al punto

pareció una berlina arrastrada vertiginosamente por un tiro de seis

mulas.

--¡Maldición! exclamó el aventurero con ademán de cólera al ver el

coche.

El conde miró a su compañero, el cual estaba pálido como un difunto y

temblaba convulsivamente de pies a cabeza, y le preguntó con interés:

--¿Qué tiene V.?

--Nada, respondió con aspereza Oliverio.

Detrás del coche, a corta distancia y al galope, seguía otro pelotón

que a su paso levantaba nubes de polvo.

Luego jinetes y berlina se internaron en el desfiladero en el cual no

tardaron en desaparecer.

--¡Diablo! dijo el joven riendo, a eso llamo yo viajeros prudentes; no

hay temor de que los salteadores les desbalijen.

--¿Le parece? repuso Oliverio con ironía mordaz. Pues mire V., se

equivoca de medio a medio; antes de una hora se verán atacados, y

probablemente por los soldados pagados para que les defiendan.

--¡Bah! es imposible.

--¿Quiere V. verlo?

--Hombre, sí; por la rareza del caso.

--Lo único que le advierto es que ande V. prevenido, pues tal vez

tengamos que quemar algunos cartuchos.

--Ya lo supongo.

--¿Luego está V. dispuesto a defender a los viajeros de la berlina?

--Si les atacan, sí.

--Repito que les atacarán.

--Entonces lucharemos.

--Está bien, ¿Es V. buen jinete?

--No se desasosiegue V. por mí.

--Entonces a la buena de Dios. No nos queda sino el tiempo

indispensable para llegar; vigile V. bien su caballo, porque por mi

alma le juro que vamos a dar una carrera como nunca ha visto V.

Los dos jinetes se inclinaron sobre el cuello de sus cabalgaduras, y

soltando la brida al mismo tiempo que hundían las espuelas, se lanzaron

tras las huellas de los viajeros.

II

LOS VIAJEROS

En la época en que se desenvuelve nuestra historia, Méjico pasaba

una de esas crisis terribles, cuyas repeticiones periódicas han

reducido poco a poco a esta desventurada nación al extremo en que hoy

se encuentra y del que no tiene fuerzas para salir[1]. Ahí en dos

palabras los hechos tal cual acaecieron.

El general Zuloaga, nombrado presidente de la república, un día, no

se sabe por qué, halló la carga del poder demasiado pesada para sus

hombros y abdicó a favor del general D. Miguel Miramón, quien, en

virtud de tal abdicación, fue exaltado a la presidencia interina. Éste,

enérgico y sobre todo muy ambicioso, había empezado a gobernar en

Méjico, cuidando ante todo de hacer aprobar su nombramiento de supremo

magistrado de la nación por el Congreso y por el Ayuntamiento, que le

eligieron por unanimidad.

Miramón se encontraba, pues, de hecho y de derecho presidente interino

legítimo, o si decimos para el tiempo que todavía faltaba discurrir

antes de las elecciones generales.

Bien o mal y durante no corto periodo de tiempo, marcharon de esta

suerte los asuntos; pero Zuloaga, cansado sin duda de la oscuridad en

que vivía, a lo mejor mudó de consejo, y de improviso y en el momento

en que menos lo pensaban los mejicanos, dio una proclama al pueblo, se

puso en connivencia con los partidarios.

Miramón, a quien no hizo gran mella esta insólita declaración, apoyado

como estaba en el derecho que creía asistirle y que el Congreso había

sancionado, se encaminó solo a casa del general Zuloaga, se apoderó de

él y le obligó a seguirle, diciéndole con burlona sonrisa:

--Ya que V. desea recobrar el poder, voy a enseñarle de qué modo se

llega a presidente de la república.

Y conservándole en rehenes, al par que le trataba con cierta

consideración y con exquisita finura, le obligó a acompañarle en una

campaña que emprendió en las provincias del interior, del lado de

Guadalajara, contra los generales del partido contrario que, como hemos

manifestado ya, habían tomado el nombre de constitucionales.

Zuloaga no opuso la menor resistencia; pareció resignarse con su suerte

y aceptó las consecuencias de su posición hasta el extremo de quejarse

a Miramón porque no le confería un mando en su ejército. El presidente

interino cayó en el lazo y prometió a aquél que al librarse la primera

batalla satisfaría sus deseos; pero a lo mejor, Zuloaga y los ayudantes

de campo que le dieran, más para vigilarle que para hacerle los honores

de general, desaparecieron de súbito, sabiéndose al cabo de algunos

días que se habían acogido al amparo de Juárez, desde donde Zuloaga

empezó a protestar de nuevo y con la mayor energía contra la violencia

de que fuera víctima y a expedir decretos contra Miramón.

Juárez era un indio cauteloso, astuto y disimulado hasta la

exageración; político hábil, fue el único presidente de la república

que desde la declaración de la independencia no perteneció al ejército.

Nacido en humildísima cuna, a fuerza de tenacidad se elevó escalón a

escalón a la suprema magistratura, y conocedor como él que más del

carácter de la nación a la cual pretendía gobernar, nadie como él sabía

halagar las pasiones populares, excitar el entusiasmo de la plebe.

Dotado de una ambición desmedida que escondía cuidadosamente bajo las

apariencias de un amor entrañable por su patria, había conseguido

crearse poco a poco un partido, formidable en la época de que hablamos.

El presidente constitucional había organizado su gobierno en Veracruz,

y desde su gabinete y con ayuda de sus generales guerreaba contra

Miramón.

Juárez, aunque no reconocido por otra potencia que los Estados Unidos,

obraba cual si hubiese sido el verdadero y legítimo depositario del

poder de la república; la adhesión de Zuloaga, a quien despreciaba

desde lo íntimo de su corazón por su cobardía y por su ineptitud,

le proporcionó el arma que necesitaba para llevar sus proyectos a

feliz remate; le convirtió, digámoslo así, en bandera de su partido,

pretendiendo que Zuloaga debía ante todo ser repuesto en el poder

de que se viera violentamente arrebatado por Miramón, y que luego

se procediese a nuevas elecciones. Por su parte, Zuloaga no titubeó

en reconocerle solemnemente como presidente único, legítimamente

proclamado por la elección libre de sus ciudadanos.

El problema estaba planteado con toda claridad: Miramón representaba

al partido conservador, o si decimos al partido del clero, de los

propietarios más acaudalados y de los comerciantes ricos; Juárez al

partido democrático absoluto.

La guerra tomó entonces proporciones formidables.

Por desgracia para guerrear se necesita dinero y esto era lo que

faltaba completamente a Juárez; el cual carecía de él por las razones

que van de seguida: en Méjico la fortuna pública no está concentrada en

las manos del gobierno, sino que cada Estado, cada provincia dispone

y maneja los fondos particulares de las poblaciones que constituyen

su territorio, de modo que en lugar de depender del gobierno las

provincias, el gobierno y la metrópoli son los que sufren el yugo

de éstas; las cuales, cuando se sublevan, suspenden los subsidios y

colocan al poder en una situación crítica. Demás, las dos terceras

partes de la fortuna pública están concentradas en manos del clero,

que se guarda muy bien de desprenderse de sus riquezas. Éste, que no

paga impuesto ni obligación de ninguna especie, se limita a prestar

su dinero a un tipo usurario, con lo que aumenta sus riquezas sin que

nunca corra riesgo de perder su capital.

Juárez, si bien dueño de Veracruz, se encontraba pues en situación muy

apurada; pero como era hombre fecundo en medios, el hallar dinero no

le puso en aprieto. Lo primero que hizo fue apoderarse de la aduana de

dicha ciudad, luego organizó cuadrillas o guerrillas que sin escrúpulo

alguno asaltaban las haciendas de los secuaces de Miramón, españoles

establecidos en la república, ricos casi todos ellos, y las de los

extranjeros de todas las naciones en las moradas de los cuales había

donde clavar las uñas. Las mencionadas guerrillas no limitaron ahí

sus hazañas, sino que extendieron el campo de sus operaciones a los

caminos, desbalijando a los viajeros y asaltando los convoyes.

No vigorizamos los colores del cuadro, muy al contrario, los

suavizamos; más para ser justos, debemos añadir que por su lado Miramón

no ponía reparo en echar mano de los mismísimos medios siempre que se

le ofrecía ocasión propicia, si bien tales ocasiones eran raras, ya

que su posición no ofrecía las ventajas que la de Juárez para sacar

abundante pesca de aquel río revuelto.

Cierto es que los guerrilleros al parecer obraban por su propia

cuenta y que públicamente su conducta merecía la reprobación de ambos

gobiernos, que en ocasiones fingían perseguirlos hasta con crueldad,

pero el velo era tan transparente que nadie se llamaba a engaño.

De esta suerte Méjico se encontraba transformado de hecho en una

inmensa caverna de bandidos, en la que la mitad de la población robaba

y asesinaba a la otra mitad. Tal era la situación política de aquella

desventurada nación en la época a que nos referimos; después, es

dudoso que haya cambiado, a no ser para empeorar[2].

El día mismo en que da comienzo nuestra historia, en el momento en que

el sol todavía debajo del horizonte empezaba a rayar el oscuro azul

del firmamento con deslumbradores haces de púrpura y oro, un rancho,

labrado de cañas y aunque vasto parecido a una jaula de gallinas,

ofrecía un aspecto animadísimo muy singular en hora tan matinal.

El mencionado rancho, construido en medio de un campo feraz y en

situación deliciosa a contados pasos del Rincón Grande, hacía poco lo

habían transformado en venta para refugio de los viajeros a quienes

les sorprendiera la noche o que, por la razón que fuere, preferían

detenerse en ella en vez de continuar hasta la ciudad.

En un espacio de terreno bastante capaz que delante de la venta habían

dejado libre se veían amontonados en semicírculo los fardos de muchos

convoyes de mulas, y en el centro del semicírculo, los arrieros,

acurrucados alrededor de una fogata, acecinaban tasajo para su almuerzo

o remendaban las albardas de sus animales que, distribuidos en grupos,

comían su pienso de maíz colocado sobre frazadas tendidas en el suelo.

Al lado de una diligencia que por causa de una avería en una de sus

ruedas tuvo que detenerse en la venta, se veía una berlina atestada de

maletas. Gran número de viajeros, que habían pasado la noche al raso

envueltos en sus sarapes, empezaban a despertarse, mientras otros

iban de acá para allá fumando sendos papelitos; otros, más activos,

habían ya ensillado sus caballos y se alejaban al galope en distintas

direcciones.

Poco después, el mayoral de la diligencia salió de debajo de su coche

donde durmiera escondido en la hierba, echó pienso a sus mulas, curó

las heridas que a éstas produjeran los arreos, las unció, y luego se

puso a llamar uno a uno a los viajeros; los cuales, despertados por

los gritos de aquél, salieron todavía medio dormidos de la venta y

se encaminaron a ocupar su sitio en la diligencia. Dichos viajeros

eran nueve, y de ellos solamente dos vestían a la europea y a tiro de

ballesta se descubría que eran franceses. Los demás ostentaban el traje

mejicano y parecían ser verdaderos hijos del país.

En el momento en que el mayoral, americano del norte de pura raza,

después de haber logrado, a fuerza de reniegos yankees entreverados de

español chapurrado, encajonar bien o mal a los viajeros, empuñó las

riendas para emprender la marcha, se oyó el galopar de muchos caballos

acompañado de chischás de sables, y una tropa de jinetes vestidos casi

a lo militar, aunque muy desastradamente, se detuvo delante del rancho.

Dicha tropa, compuesta de unos veinte hombres de facha patibularia, iba

al mando de un alférez o subteniente tan miserablemente vestido como

sus soldados, pero mucho más bien armado.

Dicho oficial era de elevadísima estatura, enjuto de carnes, amojamado

y nervioso, bizco, de fisonomía socarrona, y de color de hollín.

--¡Hola, compadre! gritó al mayoral, temprano se pone V. en camino.

El yankee, tan insolente pocos minutos antes, cambió súbitamente de

modales; se inclinó humildemente, contrajo los labios a impulsos de la

risa del conejo, y con voz lánguida y meliflua y afectando una alegría

que probablemente no experimentaba, respondió:

--¡Válgame Dios! Es el señor don Jesús Domínguez. ¡Vaya un feliz

encuentro! no esperaba yo tamaña dicha esta mañana. ¿Acaso viene su

señoría para escoltar la diligencia?

--Hoy no; otro deber me trae.

--Razón tiene su señoría; mis viajeros no merecen una escolta tan

honorable; son costeños al parecer no muy ricos. Además, me veré

obligado a detenerme a lo menos tres horas en Orizaba para recomponer

mi coche.

--Entonces adiós y el diablo cargue contigo, repuso el oficial.

El mayoral vaciló un instante, luego, en vez de obedecer la orden de

marcha, se bajó rápidamente de su asiento y se acercó al alférez, quien

preguntó:

--¿Tiene V. que comunicarme alguna noticia, compadre?

--Una, señor, respondió el mayoral con sonrisa falsa.

--¡Ah! repuso el otro; ¿y qué noticia es esa? ¿buena o mala?

--El Rayo se encuentra más adelante en el camino de Méjico.

Al oír esta revelación el oficial se estremeció imperceptiblemente,

pero serenándose al punto, replicó:

--Se equivoca V., compadre.

--Como que le vi como le estoy viendo a usted en este instante.

--Está bien, repuso el oficial, después de uno o dos minutos de

meditación; tomaré las precauciones del caso. ¿Y los viajeros que V.

conduce...?

--Son unos infelices petates; aparte de dos criados de un conde francés

cuyas maletas y cajas llenan por sí solas todo el coche, los demás no

merecen que se ocupen en ellos. ¿Tiene V. la intención de visitarles?

--Todavía no lo he decidido; veré, lo reflexionaré.

--Obre V. como más bien le parezca; y ahora dispénseme que le deje,

señor don Jesús, pues mis viajeros se impacientan y es menester que me

ponga en marcha.

--Vaya V. con Dios.

El mayoral se encaramó a su asiento, zurriagó a las mulas y la

diligencia partió con rapidez poco tranquilizadora para los que iban

en ella y corrían peligro de romperse los huesos a cada revuelta de

carretera.

Tan pronto se encontró solo, el oficial se acercó al ventero, que

estaba ocupado en medir maíz a algunos arrieros, y le interpeló con

altivez.

--¡Eh! le preguntó, ¿no cobija V. en esta casa a un caballero español y

a una dama?

--Sí, respondió el ventero, descubriéndose con temeroso respeto; sí,

señor oficial, ayer, un poco después de ponerse el sol, llegó un

caballero ya entrado en años acompañado de una joven dama en la berlina

esa que ve V. ante la puerta del rancho; traían consigo una escolta.

Según los soldados, vienen de Veracruz y se dirigen a Méjico.

--Esto es; a mí me han enviado para que les escolte hasta Puebla de los

Ángeles; pero a lo que parece no les apresura ponerse en marcha. Sin

embargo, la jornada es larga y no harían mal en darse prisa.

En aquel instante se abrió una puerta interior y entró en la sala

común un hombre ricamente ataviado, el cual se levantó ligeramente el

sombrero, pronunció la frase sacramental _Ave María purísima_, y se

acercó al oficial, quien, al verle, había avanzado a su encuentro.

Este nuevo personaje era hombre de unos cincuenta y cinco años de

edad, todavía lozano, de estatura alta y elegante, nobles y hermosas

facciones y fisonomía franca y bondadosa.

--Soy don Antonio de Carrera, dijo el recién llegado, dirigiéndose al

oficial; oí las palabras que dirigió V. al ventero, y si no me engaño

yo soy la persona a quien tiene V. el encargo de escoltar.

--En efecto, caballero, contestó cortésmente el alférez, el nombre que

V. ha pronunciado es el mismo que va escrito en la orden que traigo;

estoy completamente a su disposición para lo que guste mandar.

--Gracias, señor; mi hija se encuentra delicada de salud, y de

ponernos en camino tan temprano temería perjudicarla; si no halla V.

inconveniente permaneceremos aquí algunas horas más, hasta después del

almuerzo, al que espero nos concederá la honra de acompañarnos.

--Le doy a V. un millón de gracias, caballero, repuso el oficial,

inclinándose cortésmente; pero siendo como soy un grosero, mi sociedad

sería muy poco grata para una dama; dispénseme V. pues si rehúso su

galante invitación, que le agradezco lo mismo que si la aceptara.

--No insisto, señor, por más que me hubiera complacido tenerle a

nuestro lado. ¿Así pues, quedamos en que vamos a pasar aquí todavía

algunas horas?

--Cuantas le parezca bien, señor; ya le he dicho que estoy a sus

órdenes.

Después de este cambio mutuo de cumplidos los dos interlocutores se

separaron; el anciano se fue hacia el interior del rancho y el oficial

se salió para instalar el vivaque de sus soldados.

Éstos se apearon, arrendaron sus caballos a sendas estacas y empezaron

a vagar de acá para allá fumando y mirándolo todo con la recelosa

curiosidad peculiar de los mejicanos.

El oficial dijo algunas palabras al oído de un soldado; el cual, en

lugar de seguir el ejemplo de sus compañeros, se subió otra vez a

caballo y partió al galope.

A cosa de las diez de la mañana, los criados de don Antonio Carrera

uncieron los caballos a la berlina, y poco después salió el anciano

dando el brazo a una dama de tal suerte envuelta en su toca y en

su manto que era de todo punto imposible descubrir ninguna de sus

facciones ni hacer conjetura alguna respecto de la gentileza de su

talle.

Tan buen punto la dama estuvo cómodamente instalada en la berlina,

don Antonio se volvió hacia el oficial, que se había acercado

apresuradamente a él, y le dijo:

--Señor teniente, podemos partir cuando V. quiera.

Don Jesús se inclinó.

La escolta se subió a caballo; el anciano tomó asiento en la berlina, y

una vez cerrada la portezuela por un criado que se colocó al lado del

cochero, otros cuatro criados bien armados se pusieron en línea detrás

del coche.

--¡En marcha! gritó el oficial.

La mitad de la escolta se situó a vanguardia, la otra mitad formó

a retaguardia, el cochero azotó los caballos, y coche y jinetes

desaparecieron al galope en medio de una nube de polvo.

--¡Dios le proteja! murmuró el ventero persignándose y haciendo saltar

en la mano dos onzas de oro que le había dado don Antonio; es todo un

noble caballero el anciano ese; por desgracia don Jesús Domínguez va

con él y temo que su escolta le sea fatal.

[Footnote 1: Al escribir en 1868 y a raíz de graves sucesos Gustavo

Aimard la presente obra, las apreciaciones que dicho novelista vierte

en este párrafo eran congruentes hasta cierto punto. Por fortuna

Méjico camina hoy por una senda que en plazo no lejano debe conducirla

a la meta de la prosperidad. _(N. del T.)_ de Juárez, quien, como

vicepresidente que era cuando la abdicación de Zuloaga, no había

reconocido al presidente que a éste sustituyera y se había hecho

elegir, por una junta sediciente nacional, presidente en Veracruz,

y publicó un decreto en el cual anulaba su abdicación y retiraba a

Miramón los poderes que le confiriera para ejercerlos de nuevo él

mismo.]

[Footnote 2: Repetimos aquí lo que en la nota precedente. (_N. del T._)]

III

LOS SALTEADORES

La berlina seguía adelante, rodeada de su escolta, camino de Orizaba;

pero a poca distancia de esta ciudad dobló a un lado y por una trocha

penetró de nuevo en el camino de Puebla y avanzó hacia los desfiladeros

de las Cumbres.

Mientras la berlina corría a escape por la polvorosa carretera, los

dos viajeros que en ella iban sostenían un coloquio.

La dama que acompañaba al anciano tenía a lo más dieciséis o diecisiete

años; de correctas y delicadas facciones, ojos rodeados de largas

pestañas que al entornarse trazaban un oscuro semicírculo en sus

aterciopeladas mejillas, nariz recta de rosadas y movibles ventanillas,

boca diminuta cuyos coralinos labios al entreabrirse descubrían la

doble sarta de perlas de sus dientes, barbilla dividida en dos por un

hoyuelo, cutis pálido el mate de cuya blancura aumentaban los sedosos

rizos de una cabellera de azabache que le encuadraba el rostro y se le

desparramaba por los hombros, asumía uno de esos aspectos singulares y

simpáticos como únicamente los producen Las tierras equinocciales, y

que, no obstante carecer de la delicadeza de contornos de las endebles

beldades de los fríos climas del norte, tienen ese irresistible

atractivo que hace soñar el ángel en la mujer e impone no sólo el amor,

sino también la adoración.

Graciosamente ovillada en un rincón de la berlina y semiescondida en

oleadas de gasa, dejaba vagar con ademán pensativo su mirada por el

campo y sólo respondía con monosílabos y gesto distraído a las palabras

que le dirigía su padre.

El anciano, aunque fingía cierta tranquilidad de espíritu, al parecer

no las tenía todas consigo.

--Ya ve V. que esto no se presenta claro, Dolores, decía don Antonio;

a pesar de las reiteradas afirmaciones de los jefes del gobierno de

Veracruz y de la protección de que hacen alarde de rodearme, no tengo

maldita la confianza en ellos.

--¿Por qué, padre? preguntó con indolencia la joven.

--Por un sin fin de razones, y la primera y principal porque

soy español. Usted ya sabe que por desgracia en los tiempos que

atravesamos, esta cualidad no contribuye sino a aumentar el odio que

los mejicanos llevan a los europeos en general.

--Demasiado cierto es lo que V. dice, padre, pero permítame que le

dirija un ruego.

--Diga V.

--Pues bien, quisiera que me hiciese sabedora de las apremiantes causas

que le han obligado a abandonar súbitamente Veracruz y emprender este

viaje conmigo sobre todo, a quien nunca se lleva en sus excursiones.

--Es muy sencillo, hija mía; intereses de monta reclaman mi presencia

en Méjico, a donde debo trasladarme cuanto antes; por otra parte, el

horizonte político se ennegrece más cada día, y he reflexionado que la

estancia en nuestra hacienda del Arenal podría dentro de poco hacerse

peligrosa para nuestra familia. He determinado pues, después de haberla

dejado a V. en Puebla en casa de nuestro pariente don Luis de Pezal,

de quien es V. ahijada muy querida, llegarme hasta el Arenal, recoger

allí al hermano de V., Melchor, y llevármelos a Vds. dos a la capital,

donde fácilmente podremos hallar una protección eficaz, en el caso,

por desgracia facilísimo de prever, en que ocurriera, no una nueva

revolución, pues estamos sufriendo una hace ya mucho tiempo, sino un

cataclismo que derribaría de repente al poder constituido para poner en

su lugar él de Veracruz.

--¿Y éste es el único motivo que le impulsó a V., padre? preguntó la

joven inclinándose ligeramente y sonriendo con suavidad.

--¿Qué otro pudiera ser, querida Dolores?

--No sé, por eso se lo pregunto.

--Es V. una niña curiosa, repuso el anciano, riendo y amenazando con el

dedo a su hija; V. quisiera que le descubriera mi secreto.

--¿Conque hay un secreto?

--¿Quién sabe? pero en cuanto al particular tendrá V. que resignarse,

pues no diré palabra.

--¿De veras, padre?

--Formal.

--Entonces no insisto, pues me consta que cuando toma V. estos humos y

frunce el ceño, es inútil machacar.

--¡Ah locuela!

--Pero lo mismo da; sin embargo, me hubiera gustado saber por qué

emprendió V. este viaje bajo un nombre supuesto.

--Respecto a esto voy a decírselo a V. de mil amores; mi nombre es

demasiado conocido y extendida, por demás, mi fama de hombre rico para

aventurarme a ostentarlo por los caminos estando éstos como están

infestados de salteadores.

--¿Es ésta la única causa?

--La única, hija mía, y a mi ver bastante poderosa para obligarme a

obrar como he obrado.

--Está bien, repuso Dolores moviendo la cabeza con ademán embotijado; y

luego, transcurrido un instante, preguntó de improviso: padre, ¿no le

parece a V. que el coche va más despacio?

--Tienes razón, respondió el anciano; ¿qué significa esto?

Don Antonio bajó el cristal y sacó la cabeza por la ventanilla, pero

nada vio de particular.

En aquel instante la berlina se internaba en el desfiladero de las

Cumbres, y la carretera describía tantas revueltas, que la vista no

podía extenderse más allá de veinticinco a treinta pasos hacia delante

o hacia atrás.

El padre de la dama llamó entonces a uno de los criados que iban a la

zaga, y le preguntó:

--¿Qué ocurre, Sánchez? me parece que no andamos tan aprisa.

--Es cierto, señor amo, respondió el interpelado; desde que hemos

dejado el llano caminamos más despacio, sin que me explique la causa;

los soldados de nuestra escolta parecen estar recelosos, cruzan

palabras en voz baja y miran continuamente en torno de sí; es palmario

que temen algún peligro.

--¿Acaso intentarían atacarnos los salteadores o los guerrilleros que

infestan los caminos? dijo el anciano con mal disimulada zozobra;

infórmese V., Sánchez. El sitio estaría bien escogido para una

sorpresa; sin embargo, nuestra escolta es numerosa, y a menos que esté

en connivencia con los bandidos, dudo que éstos se atrevan a cerrarnos

el paso. Vaya V., Sánchez, vaya; interrogue con destreza a los soldados

y vuelva para decirme lo que haya sabido.

El criado saludó, tiró de la brida para dejar que se adelantase el

coche, y se dispuso a cumplir la comisión que su amo acababa de

confiarle; pero casi al punto se reunió de nuevo a don Antonio.

--Estamos perdidos, señor amo, dijo Sánchez con las facciones

descompuestas, voz jadeante, que silbaba al pasar por entre sus dientes

apretados por el terror, y con el rostro cubierto de palidez cadavérica.

--¡Perdidos! exclamó don Antonio, experimentando una sacudida nerviosa

y fijando en su hija, enmudecida por el espanto, una mirada en que se

reflejaba todo el amor paternal. ¡Perdidos! V. está loco, Sánchez; a

ver, explíquese.

--Es inútil, mi amo, respondió el infeliz con voz entrecortada. Ahí

llega el señor don Jesús Domínguez, el jefe de la escolta, quien

indudablemente viene a participar a V. lo que ocurre.

--Que venga, repuso don Antonio; por terrible que sea, vale más conocer

la realidad que no experimentar una ansiedad semejante.

La berlina se había detenido en una especie de plataforma de unos cien

metros cuadrados; don Antonio tendió una mirada fuera del coche y

continuó viendo la escolta alrededor de éste; lo único que notó fue que

en lugar de veinte jinetes había cuarenta.

El anciano comprendió que se encontraba cogido en una emboscada, que el

resistir sería locura, y que para salvarse no le cabría sino someterse.

No obstante, como a pesar de su edad estaba todavía en el pleno de sus

fuerzas y tenía el carácter enérgico y el alma resuelta, no se dio por

vencido de buenas a primeras, sino que determinó sacar el mejor partido

posible de su enojosa posición.

Después de haber besado con ternura a su hija, y recomendado que

permaneciese inmóvil y para nada interviniese en lo que iba a pasar, en

lugar de quedarse en la berlina, don Antonio abrió la portezuela y se

apeó con ligereza empuñando un revólver en cada mano.

Los soldados, aunque sorprendidos de esta acción, no hicieron ademán

alguno para oponerse a ella y guardaron impasibles el orden de

formación en que se encontraban.

Por lo que toca a los cuatro criados del viajero, acudieron sin

vacilación a colocarse detrás de éste, con la carabina preparada y

prontos a hacer fuego a la primera orden de su amo.

Sánchez había dicho la verdad: don Jesús Domínguez llegaba al galope,

pero no solo, sino acompañado de otro jinete.

Este último, que vestía suntuoso uniforme de coronel del ejército

regular, era hombre de baja estatura, rechoncho, de facciones lúgubres,

bizco y de piel que por su color cobrizo descubría al indio de pura

raza.

En el mencionado lúgubre personaje, a quien el viajero viera dos o

tres veces en Veracruz, conoció éste inmediatamente a don Felipe Neri

Irzabal, uno de los jefes guerrilleros del partido de Juárez; así es

que no sin estremecerse de terror aguardó don Antonio la llegada de los

dos jinetes. Sin embargo, cuando éstos se encontraron a pocos pasos de

la berlina, en lugar de permitirles que le interrogasen, fue él quien

primero tomó la palabra.

--¡Hola, caballeros! exclamó con voz altanera, ¿qué significa esto y

por qué me obligan Vds. a interrumpir de esta suerte mi viaje?

--Va V. a saberlo, querido señor, respondió con zumba el guerrillero,

y para que desde luego sepa a qué atenerse, en nombre de la patria le

arresto.

--¿Que V. me arresta? ¿Usted? exclamó el anciano; ¿y con qué derecho?

--¿Con qué derecho? repuso el coronel con fisga de mal agüero. ¡Vive

Cristo! que de convenirme podría responder a V. que es con el derecho

del más fuerte, y me parece que la razón sería perentoria.

--Efectivamente, replicó el viejo con voz burlona, y supongo que es la

única que puede V. invocar.

--Pues se equivoca V., señor mío; no la invocaré; si le arresto es por

espía y reo de alta traición.

--¿Está V. en su juicio, señor coronel? ¡Yo, espía y traidor!

--Hace ya mucho tiempo que el gobierno del excelentísimo señor

presidente Juárez no le pierde a V. de vista, y como le han vigilado

todos los pasos, se sabe por qué ha salido V. tan precipitadamente de

Veracruz y qué le lleva a Méjico.

--Me dirijo a Méjico para asuntos comerciales, y esto lo sabe el

presidente, como lo demuestra él que de propio puño haya firmado mi

salvoconducto y él que voluntariamente y sin que yo la solicitase me

haya cedido la escolta que me acompaña.

--Verdad es cuanto V. dice, señor; nuestro magnánimo presidente,

a quien siempre repugnan las medidas rigurosas, no quería hacerle

arrestar, sino que en consideración a las canas que V. peina, prefería

dejarle los medios de escaparse; pero la última traición de V. ha

llenado la medida, y aunque de mala gana ha conocido la necesidad de

obrar con mano fuerte. Aquí donde me ve, yo he recibido la orden de

perseguir y arrestar a V., y le arresto.

--¿Y podría saber de qué traición se me acusa?

--Señor don Andrés de la Cruz, respondió el coronel, nadie como V. debe

saber los motivos que le han inducido a sustituir su nombre con él de

don Antonio de Carrera.

Don Andrés, pues tal era en realidad su nombre, quedó aterrado al oír

a don Felipe Neri Irzabal; pero no porque se sintiese culpado, pues la

sustitución se había efectuado con el consentimiento del presidente;

le perturbó la doblez de los hombres que le detenían, los cuales, a

falta de otras razones, echaban mano de ésta para hacerle caer en un

lazo infame a fin de apoderarse de una fortuna que hacía mucho tiempo

codiciaban.

Con todo, don Andrés recobró su presencia de ánimo, y dirigiéndose de

nuevo al guerrillero, dijo:

--Mire V. lo que hace, señor coronel; yo no soy un cualquiera, y no

dejaré que se me expolie impunemente; en Méjico hay un embajador

español que me amparará en mis derechos.

Las noches mejicanas · 第 1 / 27 段