He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el kadí, sorprendido,

repuso: «¿Qué ha hecho vuestro amo para que yo le mate? ¿Y por qué está

entre vosotros ese barbero que chilla y se revuelve como un asno?»

Entonces el barbero exclamó: «Tú eres quien ha matado á palos á mi amo,

pues yo estaba en la calle y oí sus gritos.» Y el kadí contestó: «¿Pero

quién es tu amo? ¿De dónde viene? ¿Adónde va? ¿Quién lo ha traído aquí?»

Y el barbero dijo: «Malhadado kadí, no te hagas el tonto, pues sé toda

la historia, la entrada de mi amo en tu casa y todos los demás

pormenores. Sé, y ahora quiero que todo el mundo lo sepa, que tu hija

está prendada de mi amo, y mi amo la corresponde. Y le he acompañado

hasta aquí. Y tú lo has sorprendido en la cama con tu hija, y lo has

matado á palos, sin ayuda de tu servidumbre. Y yo te voy á obligar ahora

mismo á que vengas conmigo al palacio de nuestro único juez, el califa,

como no prefieras devolvernos inmediatamente á nuestro amo, indemnizarle

de los malos tratos que le has hecho sufrir y entregárnoslo sano y

salvo, á mí y á sus parientes. Si no, me obligarás á entrar á viva

fuerza en tu casa para libertarlo. Apresúrate, pues, á entregárnoslo.»

Al oir estas palabras, el kadí quedó cortado y lleno de confusión y de

vergüenza ante toda aquella gente que estaba escuchando. Pero de todos

modos, volviéndose hacia el barbero, le dijo: «Si no eres un embaucador,

te autorizo para que entres en mi casa y busques á tu amo por donde

quieras, y lo libertes.» Entonces el barbero se precipitó dentro de la

casa.

Y yo, que asistía á todo esto detrás de una celosía, cuando vi que el

barbero había entrado en la casa, quise huir inmediatamente. Pero por

más que buscaba escaparme, no hallé ninguna salida que no pudiese ser

vista por la gente de la casa ó no la pudiese utilizar el barbero. Sin

embargo, en una de las habitaciones encontré un cofre enorme que estaba

vacío, y me apresuré á esconderme en él, dejando caer la tapa. Y allí me

quedé bien quieto, conteniendo la respiración.

Pero el barbero, después de rebuscar por toda la casa, entró en aquel

cuarto, y debió mirar á derecha é izquierda y ver el cofre. Entonces, el

maldito comprendió que yo estaba dentro, y sin decir nada, lo cogió, se

lo cargó á hombros y buscó á escape la salida, mientras que yo me moría

de miedo. Pero dispuso la fatalidad que el populacho se empeñase en ver

lo que había en el cofre, y de pronto levantaron la tapa. Y yo, no

pudiendo soportar aquella vergüenza, me levanté súbitamente y me tiré al

suelo, pero con tal precipitación, que me rompí una pierna, y desde

entonces estoy cojo. Y luego sólo pensé en escapar y esconderme, y como

me vi entre una muchedumbre tan extraordinaria, me puse á echar puñados

de monedas, y mientras se detuvieron á recoger el oro, me escurrí y

escapé lo más aprisa que pude. Y así recorrí las calles más oscuras y

más apartadas. Pero juzgad cuál sería mi temor cuando de pronto vi al

barbero detrás de mí. Y decía á gritos: «¡Oh buenas gentes! ¡Gracias á

Alah que he encontrado á mi amo!» Después, sin dejar de correr detrás de

mí, me dijo: «¡Oh mi señor! Ya ves ahora cuán mal hiciste en obrar con

impaciencia y sin atender á mis consejos, porque, según has podido

comprobar, no eres hombre de muchas luces, pues eres muy arrebatado y

hasta algo simple. Pero señor, ¿adónde corres así? ¡Aguárdame!» Y yo,

que no sabía ya cómo deshacerme de aquella calamidad á no ser por la

muerte, me paré y le dije: «¡Oh barbero! ¿No te basta con haberme puesto

en el estado en que me ves? ¿Quieres, pues, mi muerte?»

Pero al acabar de hablar vi abierta delante de mí la tienda de un

mercader amigo mío. Me precipité dentro y supliqué al mercader que le

impidiera entrar detrás de mí á ese maldito. Y pudo lograrlo con la

amenaza de un garrote enorme y echándole miradas terribles. Pero el

barbero no se fué sin maldecir al mercader y también al padre y al

abuelo del mercader, vomitando insultos, injurias y maldiciones tanto

contra mí como contra el mercader. Y yo di gracias al Recompensador por

aquella liberación que no esperaba nunca.

El mercader me interrogó entonces, y le conté mi historia con este

barbero, y le rogué que me dejara en su tienda hasta mi curación, pues

no quería volver á mi casa por miedo á que me persiguiese otra vez ese

barbero de betún.

Pero por la gracia de Alah, mi pierna acabó de curarse. Entonces cogí

todo el dinero que me quedaba, mandé llamar testigos y escribí un

testamento, en virtud del cual legaba á mis parientes el resto de mi

fortuna, mis bienes y mis propiedades después de mi muerte, y elegí á

una persona de confianza para que administrase todo aquello,

encargándole que tratase bien á todos los míos, grandes y pequeños. Y

para perder de vista definitivamente á este barbero maldito, decidí

salir de Bagdad y marcharme á cualquiera otra parte, donde no corriese

el riesgo de encontrarme cara á cara con mi enemigo.

Salí, pues, de Bagdad, y no dejé de viajar día y noche hasta que llegué

á este país, donde creía haberme librado de mi perseguidor. Pero ya veis

que todo fué trabajo perdido, ¡oh mis señores! pues me lo acabo de

encontrar entre vosotros, en este banquete á que me habéis invitado.

Por eso os explicaréis que no pueda tener tranquilidad mientras no huya

de este país, como del otro, ¡y todo por culpa de ese malvado, de esa

calamidad con cara de piojo, de ese barbero asesino, á quien Alah

confunda, á él, á su familia y á toda su descendencia!»

Cuando aquel joven--prosiguió el sastre, hablando al rey de la

China--acabó de pronunciar estas palabras, se levantó con el rostro muy

pálido, nos deseó la paz, y salió sin que nadie pudiera impedírselo.

En cuanto á nosotros, una vez que oímos esta historia tan sorprendente,

miramos al barbero, que estaba callado y con los ojos bajos, y le

dijimos: «¿Es verdad lo que ha contado ese joven? Y en tal caso, ¿por

qué procediste de ese modo, causándole tanta desgracia?» Entonces el

barbero levantó la frente, y nos dijo: «¡Por Alah! Bien sabía yo lo que

me hacía al obrar así, y lo hice para ahorrarle mayores calamidades.

Pues á no ser por mí, estaba perdido sin remedio. Y tiene que dar

gracias á Alah y dármelas á mí por no haber perdido mas que una pierna

en vez de perderse por completo. En cuanto á vosotros, ¡oh mis señores!

para probaros que no soy ningún charlatán, ni un indiscreto, ni en nada

semejante á ninguno de mis seis hermanos, y para demostraros también que

soy un hombre listo y de buen criterio, y sobre todo muy callado, os voy

á contar mi historia, y juzgaréis.»

Después de estas palabras, todos nosotros--continuó el sastre--nos

dispusimos á escuchar en silencio aquella historia, que juzgábamos había

de ser extraordinaria.»

[Illustration: Historias del barbero de Bagdad y de sus seis hermanos

(CONTADAS POR EL BARBERO Y REPETIDAS POR EL SASTRE)]

HISTORIA DEL BARBERO

El barbero dijo:

«Sabed, pues, ¡oh mis señores! que yo viví en Bagdad durante el reinado

del Emir de los Creyentes El-Montasser Billah[19]. Y bajo su gobierno

vivíamos, porque amaba á los pobres y á los humildes, y gustaba de la

compañía de los sabios y los poetas.

Pero un día entre los días, el califa tuvo motivos de queja contra diez

individuos que habitaban no lejos de la ciudad, y mandó al

gobernador-lugarteniente que trajese entre sus manos á estos diez

individuos. Y quiso el Destino que precisamente cuando les hacían

atravesar el Tigris en una barca, estuviese yo en la orilla del río. Y

vi á aquellos hombres en la barca, y dije para mí: «Seguramente esos

hombres se han dado cita en esa barca para pasarse en diversiones todo

el día, comiendo y bebiendo. Así es que necesariamente me tengo que

convidar para tomar parte en el festín.»

Me aproximé á la orilla, y sin decir palabra, que por algo soy el

Silencioso, salté á la barca y me mezclé con todos ellos. Pero de pronto

vi llegar á los guardias del walí, que se apodéraron de todos, les

echaron á cada uno una argolla al cuello y cadenas á las manos, y

acabaron por cogerme á mí también y ponerme asimismo la argolla al

cuello y las cadenas á las manos. Y yo no dije palabra, lo cual os

demostrará ¡oh mis señores! mi firmeza de carácter y mi poca locuacidad.

Me aguanté, pues, sin protestar, y me vi llevado con los diez individuos

á la presencia del Emir de los Creyentes, el califa Montasser Billah.

Y en cuanto nos vió, el califa llamó al portaalfanje, y le dijo: «¡Corta

inmediatamente la cabeza á esos diez malvados!» Y el verdugo nos puso

en fila en el patio, á la vista del califa, y empuñando el alfanje,

hirió la primera cabeza y la hizo saltar, y la segunda, y la tercera,

hasta la décima. Pero cuando llegó á mi, el número de cabezas cortadas

era precisamente el de diez, y no tenía orden de cortar ni una más. Se

detuvo, por tanto, y dijo al califa que sus órdenes estaban ya

cumplidas. Pero entonces volvió la cara el califa, y viéndome todavía en

pie, exclamó: «¡Oh mi portaalfanje! ¡Te he mandado cortar la cabeza á

los diez malvados! ¿Cómo es que perdonaste al décimo?» Y el portaalfanje

repuso: «¡Por la gracia de Alah sobre ti y por la tuya sobre nosotros!

He cortado diez cabezas.» Y el califa dijo: «Vamos á ver; cuéntalas

delante de mi.» Las contó, y efectivamente, resultaron diez cabezas. Y

entonces el califa me miró y me dijo: «¿Pero tú quién eres? ¿Y qué haces

ahí entre esos bandidos, derramadores de sangre?» Entonces, ¡oh mis

señores! y sólo entonces, al ser interrogado por el Emir de los

Creyentes, me resolví á hablar. Y dije: «¡Oh Emir de los Creyentes! Soy

el jeique á quien llaman El-Samed, á causa de mi poca locuacidad. En

punto á prudencia, tengo un buen acopio en mi persona, y en cuanto á la

rectitud de mi juicio, la gravedad de mis palabras, lo excelente de mi

razón, lo agudo de mi inteligencia y mi ninguna verbosidad, nada he de

decirte, pues tales cualidades son en mí infinitas. Mi oficio es el de

afeitar cabezas y barbas, escarificar piernas y pantorrillas y aplicar

ventosas y sanguijuelas. Y soy uno de los siete hijos de mi padre, y mis

seis hermanos están vivos.

»Pero he aquí la aventura. Esta misma mañana me paseaba yo á lo largo

del Tigris, cuando vi á esos diez individuos que saltaban á una barca, y

me junté con ellos, y con ellos me embarqué, creyendo que estaban

convidados á algún banquete en el río. Pero he aquí que, apenas llegamos

á la otra orilla, adiviné que me encontraba entre criminales, y me di

cuenta de esto al ver á tus guardias que se nos echaban encima y nos

ponían la argolla al cuello. Y aunque nada tenía yo que ver con esa

gente, no quise hablar ni una palabra ni protestar de ningún modo,

obligándome á ello mi excesiva firmeza de carácter y mi ninguna

locuacidad. Y mezclado con estos hombres fui conducido entre tus manos,

¡oh Emir de los Creyentes! Y mandaste que cortasen la cabeza á esos diez

bandidos, y fuí el único que quedó entre las manos de tu portaalfanje, y

á pesar de todo, no dije tan siquiera ni una palabra. Creo, pues, que

esto es una buena prueba de valor y de firmeza muy considerable. Y

además, el solo hecho de unirme con esos diez desconocidos es por sí

mismo la mayor demostración de valentía que yo sepa. Pero no te asombre

mi acción, ¡oh Emir de los Creyentes! pues toda mi vida he procedido del

mismo modo, queriendo favorecer á los extraños.»

Cuando el califa oyó mis palabras, y advirtió en ellas que en mí era

nativo el valor y la virilidad, y mi amor al silencio y á la compostura,

y mi odio á la indiscreción y á la impertinencia, á pesar de lo que diga

ese joven cojo que estaba ahí hace un momento, y á quien salvé de toda

clase de calamidades, el Emir dijo: «¡Oh venerable jeique, barbero

espiritual é ingenio lleno de gravedad y de sabiduría! Dime: ¿y tus seis

hermanos son como tú? ¿Te igualan en prudencia, talento y discreción?» Y

yo respondí: «¡Alah me libre de ellos! ¡Cuán poco se asemejan á mí, oh

Emir de los Creyentes! ¡Acabas de afligirme con tu censura al compararme

con esos seis locos que nada tienen de común conmigo, ni de cerca ni de

lejos! Pues por su verbosidad impertinente, por su indiscreción y por su

cobardía, se han buscado mil disgustos, y cada uno tiene una deformidad

física, mientras que yo estoy sano y completo de cuerpo y espíritu.

Porque, efectivamente, el mayor de mis hermanos es cojo; el segundo,

tuerto; el tercero, mellado; el cuarto, ciego; el quinto, no tiene

narices ni orejas, porque se las cortaron, y al sexto le han rajado los

labios.

Pero ¡oh Emir de los Creyentes! no creas que exagero con esto mis

cualidades, ni aumento los defectos de mis hermanos. Pues si te contase

su historia, verías cuan diferente soy de todos ellos. Y como su

historia es infinitamente interesante y sabrosa, te la voy á contar sin

más dilaciones.

[Illustration: Historia de Bacbuk, primer hermano del barbero]

Así, sabe, ¡oh Emir de los Creyentes! que el mayor de mis hermanos, el

que se quedó cojo, se llama El-Bacbuk, porque cuando se pone á charlar,

parece oirse el ruido que hace un cántaro al vaciarse. Su oficio ha sido

el de sastre en Bagdad.

Ejercía su oficio de sastre en una tiendecilla cuyo propietario era un

hombre cuajado de dinero y de riquezas. Este hombre habitaba en lo alto

de la misma casa en que estaba situada la tienda de mi hermano Bacbuk. Y

además, en el subterráneo de la casa había un molino, donde vivía un

molinero y el buey del molinero.

Pero un día que mi hermano Bacbuk estaba cosiendo, sentado en su tienda,

teniendo debajo de él al molinero y al buey del molinero, y encima al

enriquecido propietario, he aquí que mi hermano Bacbuk levantó de pronto

la cabeza, y vió asomada en una de las ventanas altas á una hermosa

mujer como la luna saliente, que se distraía mirando á los transeuntes.

Y esta mujer era la esposa del propietario de la casa.

Al verla mi hermano Bacbuk, sintió que su corazón se prendaba

apasionadamente de ella, y le fué imposible coser ni hacer otra cosa que

mirar á la ventana. Y se pasó todo el día como aturdido y en

contemplación hasta por la noche. Y al día siguiente, en cuanto

amaneció, se sentó en su sitio de costumbre, y mientras cosía, muy poco

á poco, levantaba á cada momento la cabeza para mirar á la ventana. Y á

cada puntada que daba con la aguja se pinchaba los dedos, pues tenía los

ojos en la ventana constantemente. Y así estuvo varios días, durante los

cuales apenas si trabajó ni su labor valió más de un dracma.

En cuanto á la joven, comprendió en seguida los sentimientos de mi

hermano Bacbuk. Y se propuso sacarles todo el partido posible y

divertirse á su costa. Y un día que estaba mi hermano más entontecido

que de costumbre, la joven le dirigió una mirada asesina, que se clavó

inmediatamente en el corazón de Bacbuk. Y Bacbuk miró en seguida á la

joven, pero de un modo tan ridículo, que ella se quitó de la ventana

para reírse á su gusto, y fué tal su explosión de risa, que se cayó de

trasero sobre el piso. Pero el infeliz Bacbuk llegó al límite de la

alegría pensando que la joven le había mirado cariñosamente.

Así es que al día siguiente no se asombró, ni con mucho, mi hermano

Bacbuk cuando vió entrar en su tienda al propietario de la casa, que

llevaba debajo del brazo una hermosa pieza de hilo envuelta en un

pañuelo de seda, y le dijo: «Te traigo esta pieza de tela para que me

cortes unas camisas.» Entonces Bacbuk no dudó que aquel hombre estaba

allí enviado por su mujer, y contestó: «¡Sobre mis ojos y sobre mi

cabeza! Esta misma noche estarán acabadas tus camisas.» Y efectivamente,

mi hermano se puso á trabajar con tal ahinco, privándose hasta de comer,

que por la noche, cuando llegó el propietario de la casa, ya tenía las

veinte camisas cortadas, cosidas y empaquetadas en el pañuelo de seda. Y

el propietario de la casa le preguntó: «¿Qué te debo?» Pero precisamente

en aquel instante se presentó furtivamente en la ventana la joven, y

dirigió una mirada á Bacbuk, haciéndole una seña con los ojos, como

indicándole que no aceptase nada. Y mi hermano no quiso cobrarle nada al

propietario de la casa, por más que en aquella ocasión estuviese muy

apurado y cualquier dinero habría sido para él una gran ayuda. Pero se

consideró dichoso con trabajar para el marido y favorecerle por amor á

la linda cara de la mujer.

Y al día siguiente al amanecer se presentó el propietario de la casa con

otra pieza de tela debajo del brazo, y le dijo á mi hermano Bacbuk: «He

aquí que acaban de advertirme en mi casa que necesito también

calzoncillos nuevos para ponérmelos con las camisas nuevas. Y te traigo

esta otra pieza de tela para que me hagas calzoncillos. Pero que sean

muy anchos. Y no escatimes para nada los pliegues ni la tela.» Mi

hermano contestó: «Escucho y obedezco.» Y se estuvo tres días completos

cose que te cose, sin tomar otro alimento que el estrictamente

necesario, pues no quería perder tiempo, y además no tenía ni un dracma

para comprar comida.

Y cuando hubo terminado los calzoncillos, los envolvió en el pañuelo, y

muy contento, fué á llevárselos él mismo al propietario de la casa.

No es necesario decir, ¡oh Emir de los Creyentes! que la joven se había

puesto de acuerdo con su marido para burlarse del infeliz de mi hermano

y hacerle las más sorprendentes jugarretas. Porque cuando mi hermano le

presentó los calzoncillos al propietario de la casa, éste hizo como que

iba á pagarle, pero inmediatamente apareció en la puerta la linda cara

de la mujer, sonriéndole con los ojos y haciéndole señas con las cejas

para que no cobrase. Y Bacbuk se negó en redondo á recibir nada del

marido. Entonces el marido se ausentó un instante para hablar con su

esposa, que había desaparecido también, y volvió en seguida junto á mi

hermano y le dijo: «Para agradecer tus favores, hemos resuelto mi mujer

y yo casarte con nuestra esclava blanca, que es muy hermosa y muy

gentil, y de tal suerte serás de nuestra casa.» Y Bacbuk se figuró en

seguida que era una excelente astucia de la mujer para que él pudiese

entrar con libertad en la casa. Y aceptó en el acto. Y al momento

mandaron llamar á la esclava, y la casaron con mi hermano Bacbuk.

Pero cuando llegó la noche, quiso acercarse Bacbuk á la esclava blanca,

y ésta le dijo: «¡No, no! ¡Esta noche no!» Y por mucho que lo deseara

Bacbuk, no pudo darle ni siquiera un beso.

Además, el propietario de la casa había dicho á mi hermano Bacbuk que

aquella noche, en lugar de dormir en la tienda, durmiese en el molino

que había en el sótano de la casa, á fin de que estuviesen más anchos él

y su mujer. Y como la esclava, después de resistirse á la copulación, se

subió á casa de su señora, Bacbuk tuvo que acostarse solo. Y al amanecer

aún dormía Bacbuk, cuando entró el molinero y dijo en alta voz: «Ya ha

descansado bastante este buey. Voy á engancharlo al molino para moler

todo ese trigo que se me está amontonando en cantidad considerable.» Y

se acercó entonces á mi hermano, fingiendo confundirle con el buey, y le

dijo: «¡Vaya, arriba, holgazán, que tengo que engancharte!» Y mi hermano

Bacbuk no quiso hablar, tal era su estupidez, y se dejó enganchar al

molino. Y el molinero lo ató por la cintura al cilindro del molino, y

dándole un gran latigazo, exclamó: «¡Yallah!» Y cuando Bacbuk recibió

aquel golpe, no pudo menos de mugir como un buey. Y el molinero siguió

dándole grandes latigazos y haciéndole dar vueltas al molino durante

mucho tiempo. Y mi hermano mugía absolutamente como un buey, y resoplaba

al recibir los estacazos.

Y no tardó en llegar el propietario de la casa, que, al verle en tal

estado, dando vueltas y recibiendo golpes, fué en seguida á avisar á su

mujer, y ésta envió á la esclava blanca, que desató á mi hermano y le

dijo muy compasivamente: «Mi señora acaba de saber el mal trato que te

han hecho sufrir, y lo siente muchísimo. Todos lamentamos tus

sufrimientos.» Pero el infeliz Bacbuk había recibido tanto palo y estaba

tan molido, que no pudo contestar palabra.

Y hallándose en tal estado, se presentó el jeique que había escrito su

contrato de matrimonio con la esclava blanca. Y le deseó la paz, y le

dijo: «¡Concédate Alah larga vida! ¡Así sea bendito tu matrimonio! Estoy

seguro de que acabas de pasar una noche feliz y que has gozado los

transportes más dulces y más íntimos, abrazos, besos y copulaciones

desde la noche hasta la mañana.» Y mi hermano Bacbuk le contestó: «¡Alah

confunda á los embaucadores y á los pérfidos de tu clase, traidor á la

milésima potencia! Tú me metiste en todo esto para que diese vueltas al

molino en lugar del buey del molinero, y eso hasta la mañana.» Entonces

el jeique le invitó á que se lo contase todo, y mi hermano se lo contó.

Y entonces el jeique le dijo: «Todo eso está muy claro. No es otra cosa

sino que tu estrella no concuadra con la estrella de la joven.» Y Bacbuk

le replicó: «¡Ah, maldito! Anda á ver si puedes inventar más perfidias.»

Después mi hermano se fué y volvió á meterse en su tienda, con el fin de

aguardar algún trabajo que le permitiese ganar el pan, ya que tanto

había trabajado sin cobrar.

Y mientras estaba sentado, hete aquí que se presentó la esclava blanca,

y le dijo: «Mi ama te quiere muchísimo, y me encarga te diga que acaba

de subir á la azotea para tener el gusto de contemplarte desde el

tragaluz.» Y efectivamente, mi hermano vió aparecer en el tragaluz á la

joven, deshecha en lágrimas, y se lamentaba y decía: «¡Oh querido mío!

¿por qué me pones tan mala cara y estás tan enfadado que ni siquiera me

miras? Te juro por tu vida que cuanto te ha pasado en el molino se ha

hecho á espaldas mías. En cuanto á esa esclava loca, no quiero que la

mires siquiera. En adelante, yo sola seré tuya.» Y mi hermano Bacbuk

levantó entonces la cabeza y miró á la joven. Y esto le bastó para

olvidar todas las tribulaciones pasadas y para hartar sus ojos

contemplando aquella hermosura. Después se puso á hablarle por señas, y

ella con él, hasta que Bacbuk se convenció de que todas sus desgracias

no le habían pasado á él, sino á otro cualquiera.

Y con la esperanza de ver á la joven, siguió cortando y cosiendo

camisas, calzoncillos, ropa interior y ropa exterior, hasta que un día

fué á buscarle la esclava blanca, y le dijo: «Mi señora te saluda. Y

como mi amo y esposo suyo se marcha esta noche á un banquete que le dan

sus amigos, y no volverá hasta por la mañana, te aguardará impaciente mi

señora para pasar contigo esta noche entre delicias y lo que sabes.» Y

el infeliz Bacbuk estuvo á punto de volverse loco al oir tal noticia.

Porque la astuta casada había combinado un último plan, de acuerdo con

su marido, para deshacerse de mi hermano, y verse libres, ella y él, de

pagarle toda la ropa que le habían encargado. Y el propietario de la

casa había dicho á su mujer: «¿Cómo haríamos que entrase en tu aposento

para sorprenderle y llevarle á casa del walí?» Y la mujer contestó:

«Déjame obrar á mi gusto, y lo engañaré con tal engaño y lo comprometeré

en tal compromiso, que toda la ciudad se ha de burlar de él.»

Y Bacbuk no se figuraba nada de esto, pues desconocía en absoluto todas

las astucias y todas las emboscadas de que son capaces las mujeres. Así

es que, llegada la noche, fué á buscarle la esclava, y lo llevó á las

habitaciones de su señora, que en seguida se levantó, le sonrió, y le

dijo: «¡Por Alah! ¡Dueño mío, qué ansias tenía de verte junto á mí!» Y

Bacbuk contestó: «¡Y yo también! ¡Pero démonos prisa, y ante todo, un

beso! Y en seguida...» Pero aún no había acabado de hablar, cuando se

abrió la puerta y entró el marido con dos esclavos negros, que se

precipitaron sobre mi hermano Bacbuk, lo ataron, le arrojaron al suelo y

empezaron por acariciarle la espalda con sus látigos. Después se le

echaron á cuestas para llevarle á casa del walí. Y el walí le condenó á

que le diesen doscientos azotes, y después le montaran en un camello y

le pasearan por todas las calles de Bagdad. Y un pregonero iba gritando:

«¡De esta manera se castigará á todo cabalgador que asalte á la mujer

del prójimo!»

Pero mientras así paseaban á mi hermano Bacbuk, se enfureció de pronto

el camello y empezó á dar grandes corcovos. Y Bacbuk, como no podía

valerse, cayó al suelo y se rompió una pierna, quedando cojo desde

entonces. Y Bacbuk, con su pata rota, salió de la ciudad. Pero me

avisaron de todo ello á tiempo, ¡oh Príncipe de los Creyentes! y corrí

detrás de él, y le traje aquí en secreto, he de confesarlo, y me

encargué de su curación, de sus gastos y de todas sus necesidades. Y así

seguimos.»

El libro de las mil noches y una noche; t. 2 · 第 11 / 12 段