alma. Parece también que no sepas mas que vaticinar cosas desagradables.
Y yo sólo te he llamado para que me afeites la cabeza. Levántate, pues,
y aféitame sin más discursos.» Y el barbero replicó: «¡Por Alah! Si
supieses la verdad de las cosas, me pedirías más pormenores y más
pruebas. De todos modos, sabe que, aunque soy barbero, soy algo más que
barbero. Pues además de ser el barbero más reputado de Bagdad, conozco
admirablemente, aparte del arte de la medicina, las plantas y los
medicamentos, la ciencia de los astros, las reglas de nuestro idioma, el
arte de las estrofas y de los versos, la elocuencia, la ciencia de los
números, la geometría, el álgebra, la filosofía, la arquitectura, la
historia y las tradiciones de todos los pueblos de la tierra. Por eso
tengo mis motivos para aconsejarte, ¡oh mi señor! que hagas exactamente
lo que dispone el horóscopo que acabo de obtener gracias á mi ciencia y
al examen de los cálculos astrales. Y da gracias á Alah, que me ha
traído á tu casa, y no me desobedezcas, porque sólo te aconsejo tu bien
por el interés que me inspiras. Ten en cuenta que no te pido mas que
servirte un año entero sin ningún salario. Pero no hay que dejar de
reconocer, á pesar de todo, que soy un hombre de bastante mérito y que
me merezco esta justicia.»
A estas palabras le respondí: «Eres un verdadero asesino, que te has
propuesto volverme loco y matarme de impaciencia.»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 29.ª NOCHE_
Ella dijo:
He llegado á saber ¡oh rey afortunado! que cuando el joven dijo al
barbero: «Vas á volverme loco y á matarme de impaciencia», el barbero
respondió:
«Sabe, sin embargo, ¡oh mi señor! que soy un hombre á quien todo el
mundo llama el Silencioso, á causa de mi poca locuacidad. De modo que no
me haces justicia creyéndome un charlatán, sobre todo si te tomas la
molestia de compararme, siquiera sea por un momento, con mis hermanos.
Porque sabe que tengo seis hermanos que ciertamente son muy charlatanes,
y para que los conozcas te voy á decir sus nombres: el mayor se llama
El-Bacbuk, ó sea el que al hablar hace un ruido como un cántaro que se
vacía; el segundo, El-Haddar, ó el que muge repetidas veces como un
camello; el tercero, Bacbac, ó el Cacareador hinchado; el cuarto, El-Kuz
El-Assuaní, ó el Botijo irrompible de Assuan; el quinto, El-Aschâ, ó la
Camella preñada, ó el Gran Caldero; el sexto, Schakalik, ó el Tarro
hendido, y el séptimo, El-Samet, ó el Silencioso; y este silencioso es
tu servidor.»
Cuando oí todo este flujo de palabras, sentí que la impaciencia me
reventaba la vejiga de la hiel, y exclamé dirigiéndome á mis criados:
«¡Dadle en seguida un cuarto de diñar á este hombre y que se largue de
aquí! Porque renuncio en absoluto á afeitarme.» Pero el barbero; apenas
oyó esta orden, dijo: «¡Oh mi señor! ¡qué palabras tan duras acabo de
escuchar de tus labios! Porque ¡por Alah! sabe que quiero tener el honor
de servirte sin ninguna retribución, y de servirte sin remedio, pues
considero un deber el ponerme á tus órdenes y ejecutar tu voluntad. Y me
creería deshonrado para toda mi vida si aceptara lo que quieres darme
tan generosamente. Porque sabe que si tú no tienes idea alguna de mi
valía, yo, en cambio, estimo en mucho la tuya. Y estoy seguro de que
eres digno hijo de tu difunto padre. (¡Alah lo haya recibido en Su
misericordia!) Pues tu padre era acreedor mío por todos los beneficios
de que me colmaba. Y era un hombre lleno de generosidad y de grandeza, y
me tenía gran estimación, hasta el punto de que un día me mandó llamar,
y era un día bendito como éste; y cuando llegué á su casa le encontré
rodeado de muchos amigos, y á todos los dejó para venir á mi encuentro,
y me dijo: «Te ruego que me sangres.» Entonces saqué el astrolabio, medí
la altura del sol, examiné escrupulosamente los cálculos, y descubrí que
la hora era nefasta y que aquel día era muy peligrosa la operación de
sangrar. Y en seguida comuniqué mis temores á tu difunto padre, y tu
padre se sometió dócilmente á mis palabras, y tuvo paciencia hasta que
llegó la hora fausta y propicia para la operación. Entonces le hice una
buena sangría, y se la dejó hacer con la mayor docilidad, y me dió las
gracias más expresivas, y por si no fuese bastante, me las dieron
también todos los presentes. Y para remunerarme por la sangría, me dió
en el acto tu difunto padre cien dinares de oro.»
Yo, al oir estas palabras, le dije: «¡Ojalá no haya tenido Alah
compasión de mi difunto padre, por lo ciego que estuvo al recurrir á un
barbero como tú!» Y el barbero, al oirme, se echó á reir, meneando la
cabeza, y exclamó: «¡No hay más Dios que Alah, y Mahoma es el enviado de
Alah! ¡Bendito sea el nombre de Aquel que transforma y no se transforma!
Ahora bien, ¡oh joven! yo te creía dotado de razón, pero estoy viendo
que la enfermedad que tuviste te ha perturbado por completo el juicio y
te hace divagar. Pero esto no me asombra, pues conozco las palabras
santas dichas por Alah en nuestro Santo y Precioso Libro, en el
versículo que empieza de este modo: «Los que reprimen su ira y perdonan
á los hombres culpables...» De modo, que me avengo á olvidar tu sinrazón
para conmigo y olvido también tus agravios, y de todo ello te disculpo.
Pero, en realidad, he de confesarte que no comprendo tu impaciencia ni
me explico su causa. ¿No sabes que tu padre no emprendía nunca nada sin
consultar antes mi opinión? Y á fe que en esto seguía el proverbio que
dice: «¡El hombre que pide consejo se resguarda!» Y yo, está seguro de
ello, soy un hombre de valía, y no encontrarás nunca tan buen consejero
como este tu servidor, ni persona más versada en los preceptos de la
sabiduría y en el arte de dirigir hábilmente los negocios. Heme, pues,
aquí, plantado sobre mis dos pies, aguardando tus órdenes y dispuesto
por completo á servirte. Pero dime, ¿cómo es que tú no me aburres y en
cambio te veo tan fastidiado y tan furioso? Verdad es que si tengo tanta
paciencia contigo es sólo por respeto á la memoria de tu padre, á quien
soy deudor de muchos beneficios.» Entonces le repliqué: «¡Por Alah! ¡Ya
es demasiado! Me estás matando con tu charla. Te repito que sólo te he
mandado llamar para que me afeites la cabeza y te marches en seguida.»
Y diciendo esto, me levanté muy furioso, y quise echarle y alejarle de
allí, á pesar de tener ya mojado y jabonado el cráneo. Entonces, sin
alterarse, prosiguió: «En verdad que acabo de comprobar que te fastidio
sobremanera. Pero no por eso te tengo mala voluntad, pues comprendo que
tu inteligencia no está muy desarrollada, y que además eres todavía
demasiado joven. Pues no hace mucho tiempo que aún te llevaba yo á
caballo sobre mis espaldas, para conducirte de este modo á la escuela, á
la cual no querías ir.» Y le contesté: «¡Vamos, hermano, te conjuro por
Alah y por su verdad santa, que te vayas de aquí y me dejes dedicarme á
mis ocupaciones! ¡Vete por tu camino!» Y al pronunciar estas palabras,
me dió tal ataque de impaciencia, que me desgarré las vestiduras y
empecé á dar gritos inarticulados, como un loco.
Y cuando el barbero me vió en aquel estado, se decidió á coger la navaja
y á pasarla por la correa que llevaba á la cintura. Pero gastó tanto
tiempo en pasar y repasar el acero por el cuero, que estuve á punto de
que se me saliese el alma del cuerpo. Pero, al fin, acabó por acercarse
á mi cabeza, y empezó á afeitarme por un lado, y, efectivamente, iban
desapareciendo algunos pelos. Después se detuvo, levantó la mano, y me
dijo: «¡Oh joven dueño mío! Los arrebatos son tentaciones del Cheitán.»
Y me recitó estas estrofas:
_¡Oh sabio! ¡Medita mucho tiempo tus propósitos, y no tomes nunca
resoluciones precipitadas, sobre todo cuando te elijan para ser
juez en la tierra!_
_¡Oh juez! ¡Nunca juzgues con dureza, y encontrarás misericordia
cuando te toque el turno fatal!_
_¡Y no olvides jamás que no hay en la tierra mano tan poderosa que
no pueda ser humillada por la mano de Alah, que la domina!_
_¡Y tampoco olvides que el tirano ha de encontrar siempre otro
tirano que le oprimirá!_
Después me dijo: «¡Oh mi señor! Ya veo sobradamente que no te merecen
ninguna consideración mis méritos ni mi talento. Y sin embargo, esta
misma mano que hoy te afeita es la misma mano que toca y acaricia la
cabeza de los reyes, emires, visires y gobernadores; en una palabra, la
cabeza de toda la gente ilustre y noble. Y debía referirse á mí ó á
alguien que se me pareciese el poeta que habló de este modo:
_¡Considero todos los oficios como collares preciosos, pero el de
barbero es la perla más hermosa del collar!_
_¡Supera en sabiduría y grandeza de alma á los más sabios y á los
más ilustres, y su mano domina la cabeza de los reyes!»_
Y replicando á tanta palabrería, le dije: «¿Quieres ocuparte en tu
oficio, sí ó no? Has conseguido destrozarme el corazón y hundirme el
cerebro.» Y entonces exclamó: «Voy sospechando que tienes prisa de que
acabe.» Y le dije: «¡Sí que la tengo! ¡Sí que la tengo! ¡Sí que la
tengo!» Y él insistió: «Que aprenda tu alma un poco de paciencia y de
moderación. Porque sabe, ¡oh mi joven amo! que el apresuramiento es una
mala sugestión del Tentador, y sólo trae consigo el arrepentimiento y el
fracaso. Y además, nuestro soberano Mohamed (¡sean con él las
bendiciones y la paz!) ha dicho: «Lo más hermoso del mundo es lo que se
hace con lentitud y madurez.» Pero lo que acabas de decirme excita
grandemente mi curiosidad, y te ruego que me expliques el motivo de
tanta impaciencia, pues nada perderás con decirme qué es lo que te
obliga á apresurarte de este modo. Confío, en mi buen deseo hacia ti,
que será un motivo agradable, pues me causaría mucho sentimiento que
fuese de otra clase. Pero ahora tengo que interrumpir por un momento mi
tarea, pues como quedan pocas horas de sol, necesito aprovecharlas.»
Entonces soltó la navaja, cogió el astrolabio, y salió en busca de los
rayos del sol, y estuvo mucho tiempo en el patio. Y midió la altura del
sol, pero todo esto sin perderme de vista y haciéndome preguntas.
Después, volviéndose hacia mí, me dijo: «Si tu impaciencia es sólo por
asistir á la oración, puedes aguardar tranquilamente, pues sabe que en
realidad aún nos quedan tres horas, ni más ni menos. Nunca me equivoco
en mis cálculos.», Y yo contesté: «¡Por Alah! ¡Ahórrame estos discursos,
pues me tienes con el hígado hecho trizas!»
Entonces cogió la navaja y volvió á suavizarla, como lo había hecho
antes, y reanudó la operación de afeitarme muy poco á poco; pero no
podía dejar de hablar, y prosiguió: «Mucho siento tu impaciencia, y si
quisieras revelarme su causa, sería bueno y provechoso para ti. Pues ya
te dije que tu difunto padre me profesaba gran estimación, y nunca
emprendía nada sin oir mi parecer.» Entonces hube de convencerme que
para librarme del barbero no me quedaba otro recurso que inventar algo
para justificar mi impaciencia, pues pensé: «He aquí que se aproxima la
hora de la plegaria, y si no me apresuro á marchar á casa de la joven,
se me hará tarde, pues la gente saldrá de las mezquitas, y entonces todo
lo habré perdido.» Dije, pues, al barbero: «Abrevia de una vez y déjate
de palabras ociosas y de curiosidades indiscretas. Y ya que te empeñas
en saberlo, te diré que tengo que ir á casa de un amigo que acaba de
enviarme una invitación urgente convidándome á un festín.»
Pero cuando oyó hablar de convite y festín, el barbero dijo: «¡Que Alah
te bendiga y te llene de prosperidades! Porque precisamente me haces
recordar que he convidado á comer en mi casa á varios amigos y se me ha
olvidado prepararles comida. Y me acuerdo ahora, cuando ya es demasiado
tarde.» Entonces le dije: «No te preocupe ese retraso, que lo voy á
remediar en seguida. Ya que no como en mi casa, por haberme convidado á
un festín, quiero darte cuantos manjares y bebidas tenía dispuestos,
pero con la condición de que termines en seguida tu negocio y acabes
pronto de afeitarme la cabeza.» Y el barbero contestó: «¡Ojalá Alah te
colme de sus dones y te lo pague en bendiciones en su día! Pero ¡oh mi
señor! ten la bondad de enumerar, aunque sea muy sucintamente, las cosas
con que va á obsequiarme tu generoso desprendimiento, para que yo las
conozca.» Y le dije: «Tengo á tu disposición cinco marmitas llenas de
cosas excelentes: berenjenas y calabacines rellenos, hojas de parra
sazonadas con limón, albondiguillas con trigo partido y carne mechada,
arroz con tomate y filetes de carnero, guisado con cebolletas. Y además
diez pollos asados y un carnero á la parrilla. Después, dos grandes
bandejas: una de kenafa y la otra de pasteles, quesos, dulce y miel. Y
frutas de todas clases: pepinos, melones, manzanas, limones, dátiles
frescos y otras muchas más.» Entonces me dijo: «Manda traer todo eso
aquí, para verlo.» Y yo mandé que lo trajesen, y lo fué examinando y lo
probó todo, y me dijo: «¡Grande es tu generosidad, pero faltan las
bebidas!» Y yo contesté: «También las tengo.» Y replicó: «Di que las
traigan.» Y mandé traer seis vasijas, llenas de seis clases de bebidas,
y las probó una por una, y me dijo: «¡Alah te provea de todas sus
gracias! ¡Cuán generoso es tu corazón! Pero ahora falta el incienso, y
el benjuí, y los perfumes para quemar en la sala, y el agua de rosas y
la de azahar para rociar á mis huéspedes.» Entonces mandé traer un
cofrecillo lleno de ámbar gris, áloe, nadd, almizcle, incienso y benjuí,
que valía más de cincuenta dinares de oro, y no se me olvidaron las
esencias aromáticas ni los hisopos de plata con agua de olor. Y como el
tiempo se acortaba tanto como se me oprimía el corazón, dije al barbero:
«Toma todo esto, pero acaba de afeitarme la cabeza, por la vida de
Mohamed (¡sean con El la oración y la paz de Alah!)» Y el barbero dijo
entonces: «¡Por Alah! No cogeré ese cofrecillo sin haberlo abierto, á
fin de saber su contenido.» Y no hubo más remedio que llamar á un criado
para que abriese el cofrecillo. Y entonces el barbero soltó el
astrolabio, se sentó en el suelo, y empezó á sacar todos los perfumes,
incienso, benjuí, almizcle, ámbar gris, áloe, y los olfateó uno tras
otro con tanta lentitud y tanta parsimonia, que se me figuró otra vez
que el alma se me salía del cuerpo. Después se levantó, me dió las
gracias, cogió la navaja, y volvió á reanudar la operación de afeitarme
la cabeza. Pero apenas había empezado, se detuvo de nuevo y me dijo:
«¡Por Alah, ¡oh hijo de mi vida! no sé á cuál de los dos alabar y
bendecir hoy más extremadamente, si á ti ó á tu difunto padre! Porque,
en realidad, el festín que voy á dar en mi casa se debe por completo á
tu iniciativa generosa y á tus magnánimos donativos. Pero ¿te lo diré?
Permíteme que te haga esta confianza. Mis convidados son personas poco
dignas de tan suntuoso festín. Son, como yo, gente de diversos oficios,
pero resultan deliciosos. Y para que te convenzas, nada mejor que los
enumere: en primer lugar, el admirable Zeitún, el que da masaje en el
hammam; el alegre y bromista Salih, que vende torrados; Haukal, vendedor
de habas cocidas; Hakraschat, verdulero; Hamid, basurero, y finalmente,
Hakaresch, vendedor de leche cuajada.
»Todos estos amigos á quienes he invitado no son, ni con mucho, de esos
charlatanes, curiosos é indiscretos, sino gente muy festiva, á cuyo lado
no puede haber tristeza. El que menos, vale más en mi opinión que el rey
más poderoso. Pues sabe que cada uno de ellos tiene fama en toda la
ciudad por un baile y una canción diferentes. Y por si te agradase
alguna, voy á bailar y cantar cada danza y cada canción.
»Fíjate bien: he aquí la danza de mi amigo Zeitún el del hammam... ¿Qué
te ha parecido? Y en cuanto á su canción, es ésta:
_¡Mi amiga es tan gentil, que el cordero más dulce no la iguala en
dulzura! ¡La quiero apasionadamente, y ella me ama lo mismo! ¡Y me
quiere tanto, que apenas me alejo un instante la veo acudir y
echarse en mi cama!_
_¡Mi amiga es tan gentil, que el cordero más dulce no la iguala en
dulzura!_
»Pero ¡oh hijo de mi vida!--prosiguió el barbero--he aquí ahora la danza
de mi amigo el basurero Hamid. ¡Observa cuán sugestiva es, cuánta es su
alegría y cuánta es su ciencia!... Y escucha la canción:
_¡Mi mujer es avara, y si la hiciese caso me moriría de hambre!_
_¡Mi mujer es fea, y si la hiciese caso estaría siempre encerrado
en mi casa!_
_¡Mi mujer esconde el pan en la alacena! ¡Pero si no como pan y
sigue siendo tan fea que haría correr á un negro de narices
aplastadas, tendré que acabar por castrarme!_
Después, el barbero, sin darme tiempo ni para hacer una seña de
protesta, imitó todas las danzas de sus amigos y entonó todas sus
canciones. Y luego me dijo: «Eso es lo que saben hacer mis amigos. De
modo que si quieres reirte de veras, he de aconsejarte, por interés tuyo
y placer para todos, que vengas á mi casa, para estar en nuestra
compañía, y dejes á esos amigos á quienes me has dicho que tenías
intención de ver. Porque observo aún en tu cara huellas de fatiga, y
además de esto, como acabas de salir de una enfermedad, convendría que
te precavieses, pues es muy posible que haya entre esos amigos alguna
persona indiscreta, de esas aficionadas á la palabrería, ó cualquier
charlatán sempiterno, curioso é importuno, que te haga recaer en tu
enfermedad de modo más grave que la primera vez.»
Entonces dije: «Hoy no me es posible aceptar tu invitación; otro día
será.» Y él contestó: «Lo más ventajoso para ti es que apresures el
momento de venir á mi casa, para que disfrutes de toda la urbanidad de
mis amigos y te aproveches de sus admirables cualidades. Así, obrarás
según dice el poeta:
_¡Amigo, no difieras nunca el aprovecharte del goce que se te
ofrece! ¡No dejes nunca para otro día la voluptuosidad que pasa!
¡Porque la voluptuosidad no pasa todos los días, ni el goce ofrece
diariamente sus labios á tus labios! ¡Sabe que la fortuna es mujer,
y como la mujer, mudable!»_
Entonces, con tanta arenga y tanta habladuría, hube de echarme á reir,
pero con el corazón lleno de rabia. Y después dije al barbero: «Ahora te
mando que acabes de afeitarme y me dejes ir por el camino de Alah, bajo
su santa protección, y por tu parte, ve á buscar á tus amigos, que á
estas horas te estarán aguardando.» Y el barbero repuso: «Pero ¿por qué
te niegas? Realmente, no es que te pida una gran cosa. Fíjate bien: que
vengas á conocer á mis amigos, que son unos compañeros deliciosos y que
nada tienen de indiscretos ni de importunos. Y aún podría decirte que,
en cuanto los veas una vez nada más, no querrás tener trato con otros, y
abandonarás para siempre á tus actuales amigos.» Y yo dije: «¡Aumente
Alah la satisfacción que su amistad te causa! Algún día los convidaré á
un banquete que daré para ellos.»
Entonces ese maldito barbero me dijo: «Ya veo que de todos modos
prefieres el festín de tus amigos y su compañía á la compañía de los
míos; pero te ruego que tengas un poco de paciencia y que aguardes á que
lleve á mi casa estas provisiones que debo á tu generosidad. Las pondré
en el mantel, delante de mis convidados, y como mis amigos no cometerán
la majadería de molestarse si los dejo solos para que honren mi mesa,
les diré que por hoy no cuenten conmigo ni aguarden mi regreso. Y en
seguida vendré á buscarte, para ir contigo adonde quieras ir.» Entonces
exclamé: «¡Oh! ¡Sólo hay fuerzas y recursos en Alah Altísimo y
Omnipotente! Pero tú ¡oh ser humano! vete á buscar á tus amigos,
diviértete con ellos cuanto quieras, y déjame marchar en busca de los
míos, que á esta hora precisamente esperan mi llegada.» Y el barbero
dijo: «¡Eso nunca! De ningún modo consentiré en dejarte solo.» Y yo,
haciendo mil esfuerzos para no insultarle, le dije: «Sabe, en fin, que
al sitio donde voy no puedo ir mas que solo.» Y él dijo: «¡Entonces ya
comprendo! Es que tienes cita con una mujer, pues si no, me llevarías
contigo. Y sin embargo, sabe que no hay en el mundo quien merezca ese
honor como yo, y sabe además que podría ayudarte mucho en cuanto
quisieras hacer. Pero ahora se me ocurre que acaso esa mujer sea una
forastera embaucadora. Y si es así, ¡desdichado de ti si vas solo!
¡Allí perderás el alma seguramente! Porque esta ciudad de Bagdad no se
presta á esa clase de citas. ¡Oh, nada de eso! Sobre todo, desde que
tenemos este nuevo gobernador, cuya severidad es tremenda para estas
cosas. Y dicen que no tiene zib ni compañones, y por odio y por envidia
castiga con tal crueldad esa clase de aventuras.»
Entonces, no pudiendo reprimirme, exclamé violentamente: «¡Oh tú el más
maldito de los verdugos! ¿Vas á acabar de una vez con esa infame manía
de hablar?» Y el barbero consintió en callar un momento, cogió de nuevo
la navaja, y por fin acabó de afeitarme la cabeza. Y á todo esto, ya
hacía rato que había llegado la hora de la plegaria. Y para que el
barbero se marchase, le dije: «Ve á casa de tus amigos á llevarles esos
manjares y bebidas, que yo te prometo aguardar tu vuelta para que puedas
acompañarme á esa cita.» E insistí mucho, á fin de convencerle. Y
entonces me dijo: «Ya veo que quieres engañarme para deshacerte de mí y
marcharte solo. Pero sabe que te atraerás una serie de calamidades de
las que no podrás salir ni librarte. Te conjuro, pues, por interés tuyo,
á que no te vayas hasta que yo vuelva, para acompañarte y saber en qué
para tu aventura.» Yo le dije: «Sí, pero ¡por Alah! no tardes mucho en
volver.»
Entonces el barbero me rogó que le ayudara á echarse á cuestas todo lo
que le había regalado, y á ponerse encima de la cabeza las dos grandes
bandejas de dulces, y salió cargado de este modo. Pero apenas se vió
fuera el maldito, cuando llamó á dos ganapanes, les entregó la carga,
les mandó que la llevasen á su casa, y se emboscó en una calleja,
acechando mi salida.
En cuanto á mí, apenas desapareció el barbero, me lavé lo más de prisa
posible, me puse la mejor ropa, y salí de mi casa. E inmediatamente oí
la voz de los muezines, que llamaban á los creyentes á la oración aquel
santo día de viernes:
_¡Bismillahi'rramani'rrahim! ¡En nombre de Alah, el Clemente sin
límites, el Misericordioso!_
_¡Loor á Alah, Señor de los hombres, Clemente y Misericordioso!_
_¡Supremo soberano, Arbitro absoluto el día de la Retribución!_
_¡A ti adoramos, tu socorro imploramos!_
_¡Dirígenos por el camino recto,_
_Por el camino de aquellos á quienes colmaste de beneficios,_
_Y no por el camino de aquellos que incurrieron en tu cólera, ni de
los que se han extraviado!_
Al verme fuera de casa, me dirigí apresuradamente á la de la joven. Y
cuando llegué á la puerta del kadí, instintivamente volví la cabeza y vi
al maldito barbero á la entrada del callejón. Pero como la puerta estaba
entornada, esperando que yo llegase, me precipité dentro y la cerré en
seguida. Y vi en el patio á la vieja, que me guió al piso alto, donde
estaba la joven.
Pero apenas había entrado, oímos gente que venía por la calle. Era el
kadí, que, con su séquito, volvía de la oración. Y vi en la esquina al
barbero, que seguía aguardándome. En cuanto al kadí, me tranquilizó la
joven, diciéndome que la visitaba pocas veces, y que además siempre se
encontraría medio de ocultarme.
Pero, por mi desgracia, había dispuesto Alah que ocurriera un incidente,
cuyas consecuencias hubieron de serme fatales. Se dió la coincidencia de
que precisamente aquel día una de las esclavas del kadí hubiese merecido
un castigo. Y el kadí, en cuanto entró, se puso á apalearla, y debía
pegarle muy recio, porque la esclava empezó á dar alaridos. Y entonces
uno de los negros de la casa intercedió por ella; pero, enfurecido el
kadí, le dió también de palos, y el negro empezó á gritar. Y se armó tal
tumulto, que alborotó toda la calle, y el maldito barbero creyó que me
habían sorprendido y que era yo quien chillaba. Entonces comenzó á
lamentarse, y se desgarró la ropa, se cubrió de polvo la cabeza y pedía
socorro á los transeuntes que empezaban á reunirse á su alrededor. Y
llorando decía: «¡Acaban de asesinar á mi amo en la casa del kadí!»
Después, siempre chillando, corrió á mi casa seguido de la multitud, y
avisó á mis criados, que en seguida se armaron de garrotes y corrieron
hacia la casa del kadí, vociferando y alentándose mutuamente. Y
llegaron todos, con el barbero á la cabeza. Y el barbero seguía
destrozándose la ropa y gritando á voz en cuello delante de la puerta
del kadí, junto adonde yo estaba.
Y cuando el kadí oyó este tumulto, miró por una ventana y vió á todos
aquellos energúmenos que golpeaban su puerta con los palos. Entonces,
juzgando que la cosa era bastante grave, bajó, abrió la puerta y
preguntó: «¿Qué pasa, buena gente?» Y mis criados le dijeron: «¿Eres tú
quien ha matado á nuestro amo?» Y él repuso: «¿Pero quién es vuestro
amo, y qué ha hecho para que yo le mate?...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[imagen]
_PERO CUANDO LLEGÓ LA 30.ª NOCHE_
Ella dijo: