huella de sangre de la joven asesinada, y cuando me quedé tranquilo me
fuí al lecho, para descansar de las fatigas del viaje. Y al levantar la
almohada para ponerla bien, encontré debajo un collar de oro con tres
filas de perlas nobles. Era precisamente el collar de mi amada, y lo
había puesto allí la noche de nuestra dicha. Y ante este recuerdo
derramé lágrimas de pesar y deploré la muerte de aquella joven. Luego
oculté cuidadosamente el collar en el interior de mi ropón.
Pasados tres días de descanso en mi casa, pensé ir al zoco, para buscar
ocupación y ver á mis amigos. Llegué al zoco, pero estaba escrito por
acuerdo del Destino que había de tentarme el Cheitán y había de
sucumbir á su tentación, porque el Destino tiene que cumplirse. Y
efectivamente, me dió la tentación de deshacerme de aquel collar de oro
y de perlas. Lo saqué del interior del ropón, y se lo presenté al
corredor más hábil del zoco. Éste me invitó á sentarme en su tienda, y
en cuanto se animó el mercado, cogió el collar, me rogó que le esperase,
y se fué á someterlo á las ofertas de mercaderes y parroquianos. Y al
cabo de una hora volvió, y me dijo: «Creí á primera vista que este
collar era de oro de ley y perlas finas, y valdría lo menos mil dinares
de oro; pero me equivoqué: es falso. Está hecho según los artificios de
los francos, que saben imitar el oro, las perlas y las piedras
preciosas; de modo que no me ofrecen por él mas que mil dracmas, en vez
de mil dinares.» Yo contesté: «Verdaderamente, tienes razón. Este collar
es falso. Lo mandé construir para burlarme de una amiga, á quien se lo
regalé. Y ahora esta mujer ha muerto y le ha dejado el collar á la mía;
de modo que hemos decidido venderlo por lo que den. Tómalo, véndelo en
ese precio y tráeme los mil dracmas.» Y el astuto corredor se fué con el
collar, después de haberme mirado con el ojo izquierdo.»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[imagen]
_PERO CUANDO LLEGÓ LA 28.ª NOCHE_
Ella dijo:
He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el médico judío continuó de
este modo la historia del joven:
«El corredor, al ver que el joven no conocía el valor del collar, y se
explicaba de aquel modo, comprendió en seguida que lo había robado ó se
lo había encontrado, cosa que debía aclararse. Cogió, pues, el collar, y
se lo llevó al jefe de los corredores del zoco, que se hizo cargo de él
en seguida, y fué en busca del walí de la ciudad, á quien dijo: «Me
habían robado este collar, y ahora hemos dado con el ladrón, que es un
joven vestido como los hijos de los mercaderes, y está en tal parte, en
casa de tal corredor.»
Y mientras yo aguardaba al corredor con el dinero, me vi rodeado y
apresado por los guardias, que me llevaron á la fuerza á casa del walí.
Y el walí me hizo preguntas acerca del collar, y yo le conté la misma
historia que al corredor. Entonces el walí se echó á reir, y me dijo:
«Ahora te enseñaré el precio de ese collar.» E hizo una seña á sus
guardias, que me agarraron, me desnudaron, y me dieron tal cantidad de
palos y latigazos, que me ensangrentaron todo el cuerpo. Entonces,
lleno de dolor, les dije: «¡Os diré la verdad! ¡Ese collar lo he
robado!» Me pareció que esto era preferible á declarar la terrible
verdad del asesinato de la joven, pues me habrían sentenciado á muerte y
me habrían ejecutado, para castigar el crimen.
Y apenas me había acusado de tal robo, me asieron del brazo y me
cortaron la mano derecha, como á los ladrones, y me sumergieron el brazo
en aceite hirviendo para cicatrizar la herida. Y caí desmayado de dolor.
Y me dieron de beber una cosa que me hizo recobrar los sentidos.
Entonces recogí mi mano cortada y regresé á mi casa.
Pero al llegar á ella, el propietario, que se había enterado de todo, me
dijo: «Desde el momento que te has declarado culpable de robo y de
hechos indignos, no puedes seguir viviendo en mi casa. Recoge, pues, lo
tuyo y ve á buscar otro alojamiento.» Yo contesté: «Señor, dame dos ó
tres días de plazo para que pueda buscar casa.» Y él me dijo: «Me avengo
á otorgarte ese plazo.» Y dejándome, se fué.
En cuanto á mí, me eché al suelo, me puse á llorar, y decía: «¡Cómo he
de volver á Mossul, mi país natal; cómo he de atreverme á mirar á mi
familia, después que me han cortado una mano!... Nadie me creerá cuando
diga que soy inocente. No puedo hacer mas que entregarme á la voluntad
de Alah, que es el único que puede procurarme un medio de salvación.»
Los pesares y las tristezas me pusieron enfermo, y no pude ocuparme en
buscar hospedaje. Y al tercer día, estando en el lecho, vi invadida mi
habitación por los soldados del gobernador de Damasco, que venían con el
amo de la casa y el jefe de los corredores. Y entonces el amo de la casa
me dijo: «Sabe que el walí ha comunicado al gobernador general lo del
robo del collar. Y ahora resulta que el collar no es de este jefe de los
corredores, sino del mismo gobernador general, ó mejor dicho, de una
hija suya, que desapareció también hace tres años. Y vienen para
prenderte.»
Al oir esto, empezaron á temblar todos mis miembros y coyunturas, y me
dije: «Ahora sí que me condenan á muerte sin remisión. Más vale
declarárselo todo al gobernador general. El será el único juez de mi
vida ó de mi muerte.» Pero ya me habían cogido y atado, y me llevaban
con una cadena al cuello á presencia del gobernador general. Y nos
pusieron entre sus manos á mí y al jefe de los corredores. Y el
gobernador, mirándome, dijo á los suyos: «Este joven que me traéis no es
un ladrón, y le han cortado la mano injustamente. Estoy seguro de ello.
En cuanto al jefe de los corredores, es un embustero y un calumniador.
¡Apoderaos de él y metedlo en un calabozo!» Después el gobernador dijo
al jefe de los corredores: «Vas á indemnizar en seguida á este joven por
haberle cortado la mano; si no, mandaré que te ahorquen y confiscaré
todos tus bienes, corredor maldito.» Y añadió, dirigiéndose á los
guardias: «¡Quitádmelo de delante, y salid todos!» Entonces el
gobernador y yo nos quedamos solos. Pero ya me habían libertado de la
argolla del cuello, y tenía también los brazos libres.
Cuando todos se marcharon, el gobernador me miró con mucha lástima y me
dijo: «¡Oh hijo mío! Ahora vas á hablarme con franqueza, diciéndome toda
la verdad, sin ocultarme nada. Cuéntame, pues, cómo llegó este collar á
tus manos.» Yo le contesté: «¡Oh mi señor y soberano! Te diré la
verdad.» Y le referí cuanto me había ocurrido con la primera joven, cómo
ésta me había proporcionado y traído á la casa á la segunda joven, y
cómo, por último, llevada de los celos, había sacrificado á su
compañera. Y se lo conté con todos sus pormenores. Pero no hay utilidad
en repetirlos.
Y el gobernador, en cuanto lo hubo oído, inclinó la cabeza, lleno de
dolor y amargura, y se cubrió la cara con el pañuelo. Y así estuvo
durante una hora, y su pecho se desgarraba en sollozos. Después se
acercó á mí, y me dijo:
«Sabe, ¡oh hijo mío! que la primera joven es mi hija mayor. Fué desde su
infancia muy perversa, y por este motivo hube de criarla severamente.
Pero apenas llegó á la pubertad, me apresuré á casarla, y con tal fin la
envié al Cairo, á casa de un tío suyo, para unirla con uno de mis
sobrinos, y por lo tanto, primo suyo. Se casó con él, pero su esposo
murió al poco tiempo, y entonces ella volvió á mi casa. Y no había
dejado de aprovechar su estancia en Egipto para aprender todo género de
libertinaje. Y tú, que estuviste en Egipto, ya sabrás cuán expertas son
en esto aquellas mujeres. No les basta con los hombres, y se aman y se
mezclan unas con otras, y se embriagan y se pierden. Por eso, apenas
estuvo de regreso mi hija, te encontró y se entregó á ti, y te fué á
buscar cuatro veces seguidas. Pero con esto no le bastaba. Como ya había
tenido tiempo para pervertir á su hermana, mi segunda hija, hasta el
punto de inspirarle un amor apasionado, no le costó trabajo llevarla á
tu casa, después de contarle cuanto hacía contigo. Y mi segunda hija me
pidió permiso para acompañar á su hermana al zoco, y yo se lo concedí.
¡Y sucedió lo que sucedió!
Pero cuando mi hija mayor regresó sola, le pregunté dónde estaba su
hermana. Y me contestó llorando, y acabó por decirme, sin cesar en sus
lágrimas: «Se me ha perdido en el zoco, y no he podido averiguar qué ha
sido de ella.» Eso fué lo que me dijo á mí. Pero no tardó en confiarse á
su madre, y acabó por decirle en secreto la muerte de su hermana,
asesinada en tu lecho por sus propias manos. Y desde entonces no cesa de
llorar, y no deja de repetir día y noche: «¡Tengo que llorar hasta que
me muera!» Y tus palabras, ¡oh hijo mío! no han hecho mas que confirmar
lo que yo sabía, probando que mi hija había dicho la verdad. ¡Ya ves,
hijo mío, cuan desventurado soy! De modo que he de expresarte un deseo y
pedirte un favor, que confío no has de rehusarme. Deseo ardientemente
que entres en mi familia, y quisiera darte por esposa á mi tercera
hija, que es una joven buena, ingenua y virgen, y no tiene ninguno de
los vicios de sus hermanas. Y no te pediré dote para este casamiento,
sino que, al contrario, te remuneraré con largueza, y te quedarás en mi
casa como un hijo.»
Entonces le contesté: «Hágase tu voluntad, ¡oh mi señor! Pero antes,
como acabo de saber que mi padre ha muerto, quisiera mandar recoger su
herencia.»
En seguida el gobernador envió un propio á Mossul, mi ciudad natal, para
que en mi nombre recogiese la herencia dejada por mi padre. Y
efectivamente, me casé con la hija del gobernador, y desde aquel día
todos vivimos aquí la vida más próspera y dulce.
Y tú mismo, ¡oh médico! has podido comprobar con tus propios ojos cuán
amado y honrado soy en esta casa. ¡Y no tendrás en cuenta la descortesía
que he cometido contigo durante toda mi enfermedad tendiéndote la mano
izquierda, puesto que me cortaron la derecha!
* * * * *
En cuanto á mí--prosiguió el médico judío--, mucho me maravilló esta
historia, y felicité al joven por haber salido de aquel modo de tal
aventura. Y él me colmó de presentes y me tuvo consigo tres días en
palacio, y me despidió cargado de riquezas y bienes.
Y entonces me dediqué á viajar y á recorrer el mundo, para
perfeccionarme en mi arte. Y he aquí que llegué á tu Imperio, ¡oh rey
espléndido y poderoso! Y entonces fué cuando la noche pasada me ocurrió
la desagradable aventura con el jorobado. ¡Tal es mi historia!
* * * * *
Entonces el rey de la China dijo: «Esa historia, aunque logró
interesarme, te equivocas, ¡oh médico, porque no es tan maravillosa ni
sorprendente como la aventura del jorobado; de modo que no me queda mas
que mandaros ahorcar á los cuatro, y principalmente á ese maldito
sastre, que es causa y principio de vuestro crimen.»
* * * * *
Oídas tales palabras, el sastre se adelantó entre las manos del rey de
la China, y dijo: «¡Oh rey lleno de gloria! Antes de mandarnos ahorcar,
permíteme hablar á mí también, y te referiré una historia que encierra
cosas más extraordinarias que todas las demás historias juntas, y es más
prodigiosa que la historia misma del jorobado.»
Y el rey de la China dijo: «Si dices la verdad, os perdonaré á todos.
Pero ¡desdichado de ti si me cuentas una historia poco interesante y
desprovista de cosas sublimes! Porque no vacilaré entonces en empalaros
ti y á tus tres compañeros, haciendo que os atraviesen de parte á parte,
desde la base hasta la cima.»
* * * * *
Entonces el sastre dijo:
[Illustration: Relato del sastre]
Sabe, pues, ¡oh rey del tiempo! que antes de mi aventura con el jorobado
me habían convidado en una casa donde se daba un festín á los
principales miembros de los gremios de nuestra ciudad: sastres,
zapateros, lenceros, barberos, carpinteros y otros.
Y era muy de mañana. Por eso, desde el amanecer, estábamos todos
sentados en corro para desayunarnos, y no aguardábamos mas que al amo de
la casa, cuando le vimos entrar acompañado de un joven forastero,
hermoso, bien formado, gentil y vestido á la moda de Bagdad. Y era todo
lo hermoso que se podía desear, y estaba tan bien vestido como pudiera
imaginarse. Pero era ostensiblemente cojo. Luego que entró adonde
estábamos, nos deseó la paz, y nos levantamos todos para devolverle su
saludo. Después íbamos á sentarnos, y él con nosotros, cuando
súbitamente le vimos cambiar de color y disponerse á salir. Entonces
hicimos mil esfuerzos para detenerle entre nosotros. Y el amo de la casa
insistió mucho y le dijo: «En verdad, no entendemos nada de esto. Te
ruego que nos digas qué motivo te impulsa á dejarnos.»
Entonces el joven respondió: «¡Por Alah te suplico, ¡oh mi señor! que
no insistas en retenerme! Porque hay aquí una persona que me obliga á
retirarme, y es ese barbero que está sentado en medio de vosotros.»
Estas palabras sorprendieron extraordinariamente al amo de la casa, y
nos dijo: «¿Cómo es posible que á este joven, que acaba de llegar de
Bagdad, le moleste la presencia de ese barbero que está aquí?» Entonces
todos los convidados nos dirigimos al joven, y le dijimos: «Cuéntanos,
por favor, el motivo de tu repulsión hacia ese barbero.» Y él contestó:
«Señores, ese barbero de cara de alquitrán y alma de betún fué la causa
de una aventura extraordinaria que me sucedió en Bagdad, mi ciudad, y
ese maldito tiene también la culpa de que yo esté cojo. Así es que he
jurado no vivir nunca en la ciudad en que él viva, ni sentarme en sitio
en donde él se sentara. Y por eso me vi obligado á salir de Bagdad, mi
ciudad, para venir á este país lejano. Pero ahora me lo encuentro aquí.
Y por eso me marcho ahora mismo, y esta noche estaré lejos de esta
ciudad, para no ver á ese hombre de mal agüero.»
Y al oirlo, el barbero se puso pálido, bajó los ojos y no pronunció
palabra. Entonces insistimos tanto con el joven, que se avino á
contarnos de este modo su aventura con el barbero.
[Illustration: Historia del joven cojo con el barbero de Bagdad
(CONTADA POR EL COJO Y REPETIDA POR EL SASTRE)]
«Sabed, ¡oh todos los aquí presentes! que mi padre era uno de los
principales mercaderes de Bagdad, y por voluntad de Alah fuí su único
hijo. Mi padre, aunque muy rico y estimado por toda la población,
llevaba en su casa una vida pacífica, tranquila y llena de reposo. Y en
ella me educó, y cuando llegué á la edad de hombre me dejó todas sus
riquezas, puso bajo mi mando á todos sus servidores y á toda la familia,
y murió en la misericordia de Alah, á quien fué á dar cuenta de la deuda
de su vida. Yo seguí, como antes, viviendo con holgura, poniéndome los
trajes más suntuosos y comiendo los manjares más exquisitos. Pero he de
deciros que Alah, Omnipotente y Gloriosísimo, había infundido en mi
corazón el horror á la mujer y á todas las mujeres, de tal modo, que
sólo verlas me producía sufrimiento y agravio. Vivía, pues, sin ocuparme
de ellas, pero muy feliz y sin desear cosa alguna.
Un día entre los días, iba yo por una de las calles de Bagdad, cuando vi
venir hacia mí un grupo numeroso de mujeres. En seguida, para librarme
de ellas, emprendí rápidamente la fuga y me metí en una calleja sin
salida. Y en el fondo de esta calle había un banco, en el cual me senté
á descansar.
Y cuando estaba sentado se abrió frente á mí una celosía, y apareció en
ella una joven con una regadera en la mano, y se puso á regar las flores
de unas macetas que había en el alféizar de la ventana.
¡Oh mis señores! He de deciros que al ver á esta joven sentí nacer en mí
algo que en mi vida había sentido. Así es que en aquel mismo instante mi
corazón quedó hechizado y completamente cautivo, mi cabeza y mis
pensamientos no se ocuparon mas que de aquella joven, y todo mi pasado
horror á las mujeres se transformó en un deseo abrasador. Pero ella, en
cuanto hubo regado las plantas, miró distraídamente á la izquierda y
luego á la derecha, y al verme me dirigió una larga mirada que me sacó
por completo el alma del cuerpo. Después cerró la celosía y desapareció.
Y por más que la estuve esperando hasta la puesta del sol, no volvió á
aparecer. Y yo parecía un sonámbulo ó un ser que ya no pertenece á este
mundo.
Mientras seguía sentado de tal suerte, he aquí que llegó y bajó de su
mula, á la puerta de la casa, el kadí de la ciudad, precedido de sus
negros y seguido de sus criados. El kadí entró en la misma casa en cuya
ventana había yo visto á la joven, y comprendí que debía ser su padre.
Entonces volví á mi casa en un estado deplorable, lleno de pesar y de
zozobra, y me dejé caer en el lecho. Y en seguida se me acercaron todas
las mujeres de la casa, mis parientes y servidores, y se sentaron á mi
alrededor y empezaron á importunarme acerca de la causa de mi mal. Y
como nada quería decirles sobre aquel asunto, no les contesté palabra.
Pero de tal modo fué aumentando mi pena de día en día, que caí
gravemente enfermo y me vi muy atendido y muy visitado por mis amigos y
parientes.
Y he aquí que uno de los días vi entrar en mi casa á una vieja, que en
vez de gemir y compadecerse, se sentó á la cabecera del lecho y empezó á
decirme palabras cariñosas para calmarme. Después me miró, me examinó
atentamente, y pidió á mi servidumbre que me dejaran solo con ella.
Entonces me dijo: «Hijo mío, sé la causa de tu enfermedad, pero necesito
que me des pormenores.» Y yo le comuniqué en confianza todas las
particularidades del asunto, y me contestó: «Efectivamente, hijo mío,
esa es la hija del kadí de Bagdad y aquella casa es ciertamente su casa.
Pero sabe que el kadí no vive en el mismo piso que su hija, sino en el
de abajo. Y de todos modos, aunque la joven vive sola, está vigiladísima
y bien guardada. Pero sabe también que yo voy mucho á esa casa, pues soy
amiga de esa joven, y puedes estar seguro de que no has de lograr lo que
deseas mas que por mi mediación. ¡Anímate, pues, y ten alientos!»
Estas palabras me armaron de firmeza, y en seguida me levanté y me sentí
el cuerpo ágil y recuperada la salud. Y al ver esto, se alegraron todos
mis parientes. Y entonces la anciana se marchó, prometiéndome volver al
día siguiente para darme cuenta de la entrevista que iba á tener con la
hija del kadí de Bagdad.
Y en efecto, volvió al día siguiente. Pero apenas le vi la cara,
comprendí que no traía buenas noticias. Y la vieja me dijo; «Hijo mío,
no me preguntes lo que acaba de suceder. Todavía estoy trastornada.
Figúrate que en cuanto le dije al oído el objeto de mi visita, se puso
de pie y me replicó muy airada: «Malhadada vieja, si no te callas en el
acto y no desistes de tus vergonzosas proposiciones, te mandaré castigar
como mereces.» Entonces, hijo mío, ya no dije nada; pero me propongo
intentarlo por segunda vez. No se dirá que he fracasado en estos
empeños, en los que soy más experta que nadie. Después me dejó y se fué.
Pero yo volví á caer enfermo con mayor gravedad, y dejé de comer y
beber.
Sin embargo, la vieja, como me había ofrecido, volvió á mi casa á los
pocos días, y su cara resplandecía, y me dijo sonriendo: «Vamos, hijo,
¡dame albricias por las buenas nuevas que te traigo!» Y al oirlo, sentí
tal alegría, que me volvió el alma al cuerpo, y dije en seguida á la
anciana: «Ciertamente, buena madre, te deberé el mayor beneficio.»
Entonces ella me dijo: «Volví ayer á casa de la joven. Y cuando me vió
muy triste y abatida y con los ojos arrasados en lágrimas, me preguntó:
«¡Oh mísera! ¿por qué está tan oprimido tu pecho? ¿Qué te pasa?»
Entonces se aumentó mi llanto, y le dije: «¡Oh hija mía y señora! ¿no
recuerdas que vine á hablarte de un joven apasionadamente prendado de
tus encantos? Pues bien; hoy está para morirse por culpa tuya.» Y ella,
con el corazón lleno de lástima, y muy enternecida, preguntó: «¿Pero
quién es ese joven de que me hablas?» Y yo le dije: «Es mi propio hijo,
el fruto de mis entrañas. Te vió hace algunos días, cuando estabas
regando las flores, y pudo admirar un momento los encantos de tu cara, y
él, que hasta ese momento no quería ver ninguna mujer y se horrorizaba
de tratar con ellas, está loco de amor por ti. Por eso, cuando le conté
la mala acogida que me hiciste, recayó gravemente en su enfermedad. Y
ahora acabo de dejarle tendido en los almohadones de su lecho, á punto
de rendir el último suspiro al Creador. Y me temo que no haya esperanza
de salvación para él.» A estas palabras palideció la joven, y me dijo:
«¿Y todo eso es por causa mía?» Yo le contesté: «¡Por Alah, que así es!
¿Pero qué piensas hacer ahora? Soy tu sierva, y pondré tus órdenes sobre
mi cabeza y sobre mis ojos.» Y la joven me dijo: «Ve en seguida á su
casa, y transmítele de mi parte el saludo, y dile que me causa mucho
dolor su pena. Y en seguida le dirás que mañana viernes, antes de la
plegaria, le aguardo aquí. Que venga á casa, y ya diré á mi gente que le
abran la puerta, y le haré subir á mi aposento, y pasaremos juntos toda
una hora. Pero tendrá que marcharse antes de que mi padre vuelva de la
oración.»
Oídas las palabras de la anciana, sentí que recobraba las fuerzas y que
se desvanecían todos mis padecimientos y descansaba mi corazón. Y saqué
del ropón una bolsa repleta de dinares y rogué á la anciana que la
aceptase. Y la vieja me dijo: «Ahora reanima tu corazón y ponte alegre.»
Y yo le contesté: «En verdad que se acabó mi mal.» Y en efecto, mis
parientes notaron bien pronto mi curación, y llegaron al colmo de la
alegría, lo mismo que mis amigos.
Aguardé, pues, de este modo hasta el viernes, y entonces vi llegar á la
vieja. Y en seguida me levanté, me puse mi mejor traje, me perfumé con
esencia de rosas, é iba á correr á casa de la joven, cuando la anciana
me dijo: «Todavía queda mucho tiempo. Más vale que entretanto vayas al
hammam á tomar un buen baño y que te den masaje, que te afeiten y
depilen, puesto que ahora sales de una enfermedad. Verás qué bien te
sienta.» Y yo respondí: «Verdaderamente, es una idea acertada. Pero
mejor será llamar á un barbero, para que me afeite la cabeza, y después
podré ir á bañarme al hammam.»
Mandé entonces á un sirviente que fuese á buscar á un barbero, y le
dije: «Ve en seguida al zoco y busca un barbero que tenga la mano
ligera, pero sobre todo que sea prudente y discreto, sobrio en palabras
y nada curioso, que no me rompa la cabeza con su charla, como hacen la
mayor parte de los de su profesión.» Y mi servidor salió á escape y me
trajo un barbero viejo.
Y el barbero era ese maldito que veis delante de vosotros, ¡oh mis
señores!
Cuando entró, me deseó la paz, y yo correspondí á su saludo de paz. Y me
dijo: «¡Que Alah aparte de ti toda desventura, pena, zozobra, dolor y
adversidad!» Y contesté: «¡Ojalá atienda Alah tus buenos deseos!» Y
prosiguió: «He aquí que te anuncio la buena nueva, ¡oh mi señor! y la
renovación de tus fuerzas y tu salud. ¿Y qué he de hacer ahora?
¿Afeitarte ó sangrarte? Pues no ignoras que nuestro gran Ibn-Abbas dijo:
«El que se corta el pelo el día del viernes alcanza el favor de Alah,
pues aparta de él setenta clases de calamidades.» Y el mismo Ibn-Abbas
ha dicho: «Pero el que se sangra el viernes ó hace que le apliquen ese
mismo día ventosas escarificadas, se expone á perder la vista y corre el
riesgo de coger todas las enfermedades.» Entonces le contesté: «¡Oh
jeique! basta ya de chanzas; levántate en seguida para afeitarme la
cabeza, y hazlo pronto, porque estoy débil y no puedo hablar ni aguardar
mucho.»
Entonces se levantó y cogió un paquete cubierto con un pañuelo, en que
debía llevar la bacía, las navajas y las tijeras; lo abrió, y sacó, no
la navaja, sino un astrolabio de siete facetas. Lo cogió, se salió al
medio del patio de mi casa, levantó gravemente la cara hacia el sol, lo
miró atentamente, examinó el astrolabio, volvió, y me dijo: «Has de
saber que este viernes es el décimo día del mes de Safar del año 763 de
la hégira de nuestro Santo Profeta; ¡vayan á él la paz y las mejores
bendiciones! Y lo sé por la ciencia de los números, la cual me dice que
este viernes coincide con el preciso momento en que se verifica la
conjunción del planeta Mirrikh con el planeta Hutared, por siete grados
y seis minutos. Y esto viene a demostrar que el afeitarse hoy la cabeza
es una acción fausta y de todo punto admirable. Y claramente me indica
también que tienes la intención de celebrar una entrevista con una
persona cuya suerte se me muestra como muy afortunada. Y aún podría
contarte más cosas que te han de suceder, pero son cosas que debo
callarlas.»