estas reflexiones. Y los mercaderes vinieron á reclamarme su dinero en
forma tan apremiante, que para tranquilizarlos hube de decirles que iba
á vender mi tienda con todos los géneros, y mi casa y todos mis bienes.
Me hallé, pues, próximo á la ruina, y estaba muy afligido, cuando vi á
la joven que entraba en el zoco y se dirigía á mi tienda. Y al verla se
desvanecieron todas mis zozobras, y hasta olvidé la triste situación en
que me había encontrado durante su ausencia. Y ella se me acercó, y con
su voz llena de dulzura me dijo: «Saca la balanza, para pesar el dinero
que te traigo.» Y me dió, en efecto, cuanto me debía y algo más, en pago
de las compras que para ella había hecho.
En seguida se sentó á mi lado y me habló con gran afabilidad, y yo
desfallecía de ventura. Y acabó por decirme: «¿Eres soltero ó tienes
esposa?» Y yo dije: «¡Por Alah! No tengo ni mujer legítima ni
concubina.» Y al decirlo, me eché á llorar. Entonces ella me preguntó:
«¿Por qué lloras?» Y yo respondí: «Por nada; es que me ha pasado una
cosa por la mente.» Luego me acerqué á su criado, le di algunos dinares
de oro y le rogué que sirviese de mediador entre ella y mi persona para
lo que yo deseaba. Y él se echó á reir, y me dijo: «Sabe que mi señora
está enamorada de ti. Pues ninguna necesidad tenía de comprar telas, y
sólo las ha comprado para poder hablar contigo y darte á conocer su
pasión. Puedes, por tanto, dirigirte á ella, seguro de que no te reñirá
ni ha de contrariarte.»
Y cuando ella iba á despedirse, me vió entregar el dinero al servidor
que la acompañaba. Y entonces volvió á sentarse y me sonrió. Y yo le
dije: «Otorga á tu esclavo la merced que desea solicitar de ti y
perdónale anticipadamente lo que va á decirte.» Después le hablé de lo
que tenía en mi corazón. Y vi que le agradaba, pues me dijo: «Este
esclavo te traerá mi respuesta y te señalará mi voluntad. Haz cuanto te
diga que hagas.» Después se levantó y se fué.
Entonces fuí á entregar á los mercaderes su dinero con los intereses que
les correspondían. En cuanto á mí, desde el instante que dejé de verla
perdí todo mi sueño durante todas mis noches. Pero en fin, pasados
algunos días, vi llegar al esclavo y lo recibí con solicitud y
generosidad, rogándole que me diese noticias. Y él me dijo: «Ha estado
enferma estos días.» Y yo insistí: «Dame algunos pormenores acerca de
ella.» Y él respondió: «Esta joven ha sido educada por nuestra ama
Zobeida, esposa favorita de Harún Al-Rachid, y ha entrado en su
servidumbre. Y nuestra ama Zobeida la quiere como si fuese hija suya, y
no le niega nada. Pero el otro día le pidió permiso para salir,
diciéndole: «Mi alma desea pasearse un poco y volver en seguida á
palacio.» Y se le concedió el permiso. Y desde aquel día no dejó de
salir y de volver á palacio, con tal frecuencia, que acabó por ser
peritísima en compras, y se convirtió en la proveedora de nuestra ama
Zobeida. Entonces te vió, y le habló de ti á nuestra ama, rogándole que
la casase contigo. Y nuestra ama le contestó: «Nada puedo decirte sin
conocer á ese joven. Si me convenzo de que te iguala en cualidades, te
uniré con él.» Pero ahora vengo á decirte que nuestro propósito es que
entres en palacio. Y si logramos hacerte entrar sin que nadie se entere,
puedes estar seguro de casarte, pero si se descubre te cortarán la
cabeza. ¿Qué dices á esto?» Yo respondí: «Que iré contigo.» Entonces me
dijo: «Apenas llegue la noche, dirígete á la mezquita que Sett-Zobeida
ha mandado edificar junto al Tigris. Entra, haz tu oración, y
aguárdame.» Y yo respondí: «Obedezco, amo, y honro.»
Y cuando vino la noche fuí á la mezquita, entré, me puse á rezar, y pasé
allí toda la noche. Pero al amanecer vi, por una de las ventanas que dan
al río, que llegaban en una barca unos esclavos llevando dos cajas
vacías. Las metieron en la mezquita y se volvieron á su barca. Pero uno
de ellos, que se había quedado detrás de los otros, era el que me había
servido de mediador. Y á los pocos momentos vi llegar á la mezquita á mi
amada, la dama de Sett-Zobeida. Y corrí á su encuentro, queriendo
estrecharla entre mis brazos. Pero ella huyó hacia donde estaban las
cajas vacías é hizo una seña al eunuco, que me cogió, y antes de que
pudiese defenderme me encerró en una de aquellas cajas. Y en el tiempo
que se tarda en abrir un ojo y cerrar el otro, me llevaron al palacio
del califa. Y me sacaron de la caja. Y me entregaron trajes y efectos
que valdrían lo menos cincuenta mil dracmas. Después vi á otras veinte
esclavas blancas, todas con pechos de vírgenes. Y en medio de ellas
estaba Sett-Zobeida, que no podía moverse de tantos esplendores como
llevaba á partir del ombligo.
Y las damas formaban dos filas frente á la sultana. Yo di un paso y besé
la tierra entre sus manos. Entonces me hizo seña de que me sentase, y
me senté entre sus manos. En seguida me interrogó acerca de mis
negocios, mi parentela y mi linaje, contestándole yo á cuanto me
preguntaba. Y pareció muy satisfecha, y dijo: «¡Alah! ¡Ya veo que no he
perdido el tiempo criando á esta joven, pues le encuentro un esposo cual
éste!» Y añadió: «¡Sabe que la considero como si fuese mi propia hija, y
será para ti una esposa sumisa y dulce ante Alah y ante ti!» Y entonces
me incliné, besé la tierra y consentí en casarme.
Y Sett-Zobeida me invitó á pasar en el palacio diez días. Y allí
permanecí estos diez días, pero sin saber nada de la joven. Y eran otras
jóvenes las que me traían el almuerzo y la comida y servían á la mesa.
Transcurrido el plazo indispensable para los preparativos de la boda,
Sett-Zobeida rogó al Emir de los Creyentes el permiso para la boda. Y el
califa, después de dar su venia, regaló á la joven diez mil dinares de
oro. Y Sett-Zobeida mandó á buscar al kadí y á los testigos, que
escribieron el contrato de matrimonio. Después empezó la fiesta. Se
prepararon dulces de todas clases y los manjares de costumbre. Comimos,
bebimos y se repartieron platos de comida por toda la ciudad, durando el
festín diez días completos. Después llevaron á la joven al hammam para
prepararla, según es uso.
Y durante este tiempo se puso la mesa para mí y mis convidados, se
trajeron platos exquisitos, y entre otras cosas, en medio de pollos
asados, pasteles de todas clases, rellenos deliciosos y dulces
perfumados con almizcle y agua de rosas, había un plato de rozbaja capaz
de volver loco al espíritu más equilibrado. Y yo, ¡por Alah! en cuanto
me senté á la mesa, no pude menos de precipitarme sobre este plato de
rozbaja y hartarme de él. Después me sequé las manos.
Y así estuve tranquilo hasta la noche. Pero se encendieron las antorchas
y llegaron las cantoras y tañedoras de instrumentos. Después se procedió
á vestir á la desposada. Y la vistieron siete veces con trajes
diferentes, en medio de los cantos y del sonar de los instrumentos. En
cuanto al palacio, estaba lleno completamente por una muchedumbre de
convidados. Y yo, cuando hubo terminado la ceremonia, entró en el
aposento reservado, y me trajeron á la novia, procediendo su servidumbre
á despojarla de todos los vestidos, retirándose después.
Cuando la vi toda desnuda y estuvimos solos en nuestro lecho, la cogí
entre mis brazos; y tal era mi ventura, que me parecía mentira el
poseerla. Pero en este momento notó el olor de mi mano con la cual había
comido la rozbaja, y apenas lo notó lanzó un agudo chillido.
Inmediatamente acudieron por todas partes las damas de palacio, mientras
que yo, trémulo de emoción, no me daba cuenta de la causa de todo
aquello. Y le dijeron: «¡Oh hermana nuestra! ¿qué te ocurre?» Y ella
contestó: «¡Por Alah sobre vosotras! ¡Libradme al instante de este
estúpido, al cual creí hombre de buenas maneras!» Y yo le pregunté: «¿Y
por qué me juzgas estúpido ó loco?» Y ella dijo: «¡Insensato! ¡Ya no te
quiero, por tu poco juicio y tu mala acción!» Y cogió un látigo que
estaba cerca de ella, y me azotó con tan fuertes golpes, que perdí el
conocimiento. Entonces ella se detuvo, y dijo á las doncellas: «Cogedlo
y llevádselo al gobernador de la ciudad, para que le corten la mano con
que comió los ajos.» Pero ya había yo recobrado el conocimiento, y al
oir aquellas palabras, exclamé: «¡No hay poder y fuerza mas que en Alah
Todopoderoso! ¿Pero por haber comido ajos me han de cortar una mano?
¿Quién ha visto nunca semejante cosa?» Entonces las doncellas empezaron
á interceder en mi favor, y le dijeron: «¡Oh hermana, no le castigues
esta vez! ¡Concédenos la gracia de perdonarle!» Entonces ella dijo: «Os
concedo lo que pedís; no le cortarán la mano, pero de todos modos algo
he de cortarle de sus extremidades.» Después se fué y me dejó solo.
En cuanto á mí, estuve diez días completamente solo y sin verla. Pero
pasados los diez días, vino á buscarme y me dijo: «¡Oh tú, el de la cara
ennegrecida![16]. ¿Tan poca cosa soy para ti, que comiste ajo la noche
de la boda?» Después llamó á sus siervas y les dijo: «¡Atadle los brazos
y las piernas!» Y entonces me ataron los brazos y las piernas, y ella
cogió una cuchilla de afeitar bien afilada y me cortó los dos pulgares
de las manos y los dedos gordos de ambos pies. Y por eso, ¡oh todos
vosotros! me veis sin pulgares en las manos y en los pies.
En cuanto á mí, caí desmayado. Entonces ella echó en mis heridas polvos
de una raíz aromática, y así restañó la sangre. Y yo dije, primero entre
mí y luego en alta voz: «¡No volveré á comer rozbaja sin lavarme después
las manos cuarenta veces con potasa, cuarenta con sosa y cuarenta con
jabón!» Y al oirme, me hizo jurar que cumpliría esta promesa, y que no
comería rozbaja sin cumplir con exactitud lo que acababa de decir.
Por eso, cuando me apremiabais todos los aquí reunidos á comer de ese
plato de rozbaja que hay en la mesa, he palidecido y me he dicho: «He
aquí la rozbaja que me costó perder los pulgares.» Y al empeñaros en que
la comiera, me vi obligado por mi juramento á hacer lo que visteis.»
* * * * *
Entonces, ¡oh rey de los siglos!--dijo el intendente continuando la
historia, mientras los demás circunstantes estaban escuchando--pregunté
al joven mercader de Bagdad: «¿Y qué te ocurrió luego con tu esposa?» Y
él me contestó:
* * * * *
«Cuando hice aquel juramento ante ella, se tranquilizó su corazón, y
acabó por perdonarme. Entonces la cogí y me acosté con ella. Y ¡por
Alah! recuperé bien el tiempo perdido y olvidé mis pesares. Y
permanecimos unidos largo tiempo de aquel modo. Después ella me dijo:
«Has de saber que nadie de la corte del califa sabe lo que ha pasado
entre nosotros. Eres el único que logró introducirse en este palacio. Y
has entrado gracias al apoyo de El-Sayedat[17] Zobeida.» Después me
entregó diez mil dinares de oro, diciéndome: «Toma este dinero y ve á
comprar una buena casa en que podamos vivir los dos.»
Entonces salí, y compré una casa magnífica. Y allí transporté las
riquezas de mi esposa y cuantos regalos le habían hecho, los objetos
preciosos, telas, muebles y demás cosas bellas. Y todo lo puse en
aquella casa que había comprado. Y vivimos juntos hasta el límite de los
placeres y de la expansión.
Pero al cabo de un año, por voluntad de Alah, murió mi mujer. Y no
busqué otra esposa, pues quise viajar. Salí entonces de Bagdad, después
de haber vendido todos mis bienes, y cogí todo mi dinero y emprendí el
viaje, hasta que llegué á esta ciudad.»
* * * * *
Y tal es, ¡oh rey del tiempo!--prosiguió el intendente--la historia que
me refirió el joven mercader de Bagdad. Entonces todos los invitados
seguimos comiendo, y después nos fuimos.
Pero al salir me ocurrió la aventura con el jorobado. Y entonces sucedió
lo que sucedió.
Esta es la historia. Estoy convencido de que es más sorprendente que
nuestra aventura con el jorobado. ¡Uasalam![18].
Entonces dijo el rey de la China: «Pues te equivocas. No es más
maravillosa que la aventura del jorobado. Porque la aventura del
jorobado es mucho más sorprendente. Y por eso van á crucificaros á
todos, desde el primero hasta el último.»
Pero en este momento avanzó el médico judío, besó la tierra entre las
manos del sultán, y dijo: «¡Oh rey del tiempo! Te voy á contar una
historia que es seguramente más extraordinaria que todo cuanto oíste, y
que la misma aventura del jorobado.»
Entonces dijo el rey de la China: «Cuéntala pronto, porque no puedo
aguardar más.»
Y el médico judío dijo:
[Illustration: Relato del médico judío]
«La cosa más extraordinaria que me ocurrió en mi juventud es
precisamente esta que vais á oir, ¡oh mis señores llenos de cualidades!
Estudiaba entonces medicina y ciencias en la ciudad de Damasco. Y
cuando tuve bien aprendida mi profesión, empecé á ejercerla y á ganarme
la vida.
Pero un día entre los días, cierto esclavo del gobernador de Damasco
vino á mi casa, y diciéndome que le acompañase, me llevó al palacio del
gobernador. Y allí, en medio de una gran sala, vi un lecho de mármol
chapeado de oro. En este lecho estaba echado y enfermo un hijo de Adán.
Era un joven tan hermoso, que no se habría encontrado otro como él entre
todos los de su tiempo. Me acerqué á su cabecera, y le deseé pronta
curación y completa salud. Pero él sólo me contestó haciéndome una seña
con los ojos. Y yo le dije: «¡Oh mi señor, dame la mano!» Y él me alargó
la mano izquierda, lo cual me asombró mucho, haciéndome pensar: «¡Por
Alah! ¡Qué cosa tan sorprendente! He aquí un joven de buena apariencia y
de elevada condición, y que está sin embargo muy mal educado.» No por
eso dejé de tomarle el pulso, y receté un medicamento á base de agua de
rosas. Y le seguí visitando, hasta que, pasados diez días, recuperó las
fuerzas y pudo levantarse como de costumbre. Entonces le aconsejé que
fuese al hammam y que después volviese á descansar.
El gobernador de Damasco me demostró su gratitud regalándome un
magnífico ropón de honor y nombrándome, no sólo médico suyo, sino
también del hospital de Damasco. En cuanto al joven, que durante su
enfermedad había seguido alargándome la mano izquierda, me rogó que le
acompañase al hammam, que se había reservado para él solo, prohibiendo
entrar á los demás clientes. Y cuando llegamos al hammam se acercaron
los criados del joven, le ayudaron á desnudarse, cogiendo su ropa y
dándole otra, limpia y nueva. Y al ver desnudo al joven, noté que
carecía de mano derecha. Y me sorprendió y apenó grandemente el
descubrimiento. Y aumentó mi asombro cuando vi huellas de varazos en
todo su cuerpo. Entonces el joven se volvió hacia mí, y me dijo: «¡Oh
médico del siglo! No te asombre el verme como me ves, pues voy á
contarte el motivo, y oirás una relación muy extraordinaria. Pero
tenemos que aguardar á estar fuera del hammam.»
Después de salir del hammam llegamos al palacio, y nos sentamos para
descansar y comer luego. Pero el joven me dijo: «¿No prefieres que
subamos á la sala alta?» Y yo le contesté que sí, y entonces mandó á los
criados que asaran un carnero y lo subieran á la sala alta, á la cual
nos encaminamos. Y los esclavos no tardaron en subir el carnero asado y
toda clase de frutas. Y nos pusimos á comer, y él siempre se servía de
la mano izquierda. Entonces yo le dije: «Cuéntame ahora esa historia.» Y
él contestó: «¡Oh médico del siglo, te la voy á contar! Escucha, pues.»
* * * * *
Sabe que nací en la ciudad de Mossul, donde mi familia figuraba entre
las más principales. Mi padre era el mayor de los diez vástagos que dejó
mi abuelo al morir, y cuando esto ocurrió, mi padre estaba ya casado,
como todos mis tíos. Pero él era el único que tuvo un hijo, que fuí yo,
pues ninguno de mis tíos los tuvo. Por eso fuí creciendo entre las
simpatías de todos mis tíos, que me querían muchísimo y se alegraban
mirándome.
Un día que estaba con mi padre en la gran mezquita de Mossul para rezar
la oración del viernes, vi que después de la plegaria todo el mundo se
había marchado, menos mi padre y mis tíos. Se sentaron todos en la gran
estera, y yo me senté con ellos. Y se pusieron á hablar, versando la
conversación sobre los viajes y las maravillas de los países extranjeros
y de las grandes ciudades lejanas. Pero sobre todo hablaron de Egipto y
del Cairo. Y mis tíos repitieron los relatos admirables de los viajeros
que habían estado en Egipto, y decían que no había en la tierra país más
bello ni río más maravilloso que el Nilo. Por eso los poetas han hecho
muy bien en cantar ese país y su Nilo, y dice la verdad el poeta cuando
dice:
_¡Por Alah! ¡Te conjuro que digas al río de mi país, al Nilo de mi
país, que aquí no puedo extinguir la sed, que el Éufrates no puede
apagar la sed que me atormenta!_
Mis tíos empezaron á enumerar las maravillas de Egipto y de su río, con
tal elocuencia y tanto calor, que cuando dejaron de hablar y se fué
cada cual á su casa, quedé muy pensativo y preocupado, y no podía
apartarse de mi espíritu el grato recuerdo de todas aquellas cosas que
acababa de oir con motivo de aquel país tan admirable. Y cuando volví á
casa, no pude pegar los ojos en toda la noche, y perdí el apetito.
Averigüé á los pocos días que mis tíos estaban preparando un viaje á
Egipto, y rogué con tanto ardor á mi padre, y tanto laboré para que me
dejase ir con ellos, que me lo permitió y hasta me compró mercaderías
muy estimables. Y encargó á mis tíos que no me llevasen con ellos á
Egipto, sino que me dejasen en Damasco, donde debía yo ganar dinero con
los géneros que llevaba. Me despedí de mi padre, me junté con mis tíos,
y salimos de Mossul.
Así viajamos hasta Alepo, donde nos detuvimos algunos días, y desde allí
reanudamos el viaje hacia Damasco, adonde no tardamos en llegar.
Y vimos que Damasco es una hermosa ciudad, entre jardines, arroyos,
árboles, frutas y pájaros. Nos albergamos en uno de los khanes, y mis
tíos se quedaron en Damasco hasta que vendieron sus mercaderías de
Mossul, comprando otras en Damasco para despacharlas en El Cairo, y
vendieron también mis géneros tan ventajosamente, que cada dracma de
mercadería me valió cinco dracmas de plata. Después mis tíos me dejaron
solo en Damasco y prosiguieron su viaje á Egipto.
En cuanto á mí, continué viviendo en Damasco, en donde alquilé una casa
maravillosa, cuyas bellezas no puede enumerar la lengua humana. Me
costaba dos dinares de oro al mes. Pero no me contenté con esto. Empecé
á hacer cuantiosos gastos, satisfaciendo todos mis caprichos, sin
privarme de ninguna clase de manjares ni bebidas. Y este género de vida
duró hasta que hube gastado el dinero con que contaba.
Y por entonces, estando sentado un día á la puerta de mi casa para tomar
el fresco, vi acercarse á mí, viniendo no sé de dónde, á una joven
ricamente vestida, sobrepasando en elegancia á todo cuanto había visto
en mi vida. Me levanté súbitamente y la invité á que honrase mi casa con
su presencia. No hizo ningún reparo, sino que traspuso el umbral y
penetró en la casa gentilmente. Cerré entonces la puerta detrás de
nosotros, y lleno de júbilo la cogí en brazos y la transporté al salón.
Allí se descubrió, se quitó el velo, y se me apareció en toda su
hermosura. Y tan hechicera la encontré, que me sentí completamente
dominado por su amor.
Salí en seguida en busca del mantel, lo cubrí con manjares suculentos y
frutas exquisitas y cuanto era de mi obligación en aquellas
circunstancias. Y nos pusimos á comer y á jugar, y luego á beber, y de
tal manera lo hicimos, que nos emborrachamos por completo. La poseí
entonces. Y la noche que pasé con ella hasta la mañana se contará entre
las más benditas.
Al día siguiente creí que hacía bien las cosas ofreciéndole diez dinares
de oro. Pero los rechazó y dijo que nunca aceptaría nada de mí. Después
me dijo: «Y ahora, ¡oh querido mío! sabe que volveré á verte dentro de
tres días, al anochecer. Aguárdame, porque no he de faltar. Y como yo
misma me convido, no quiero ocasionarte gastos; de modo que te voy á dar
dinero para que prepares otro festín como el de hoy.» Y me entregó diez
dinares de oro que me obligó á aceptar, y se despidió, llevándose tras
ella toda mi alma.
Pero, como me había prometido, volvió á los tres días, más ricamente
vestida que la primera vez. Por mi parte, había preparado todo lo
indispensable, y en realidad no había escatimado nada. Y comimos y
bebimos como la otra vez, y no dejamos de hacer juntos aquello que
hicimos hasta que brilló la mañana. Entonces me dijo: «¡Oh mi dueño
amado! ¿de veras me encuentras hermosa?» Yo le contesté: «¡Por Alah! Ya
lo creo.» Y ella me dijo: «Si es así, puedo pedirte permiso para traer á
una muchacha más hermosa y más joven que yo, á fin de que se divierta
con nosotros y podamos reirnos y jugar juntos, pues me ha rogado que la
saque conmigo, para regocijarnos y hacer locuras los tres.» Acepté de
buena gana, y dándome entonces veinte dinares de oro, me encargó que no
economizase nada para preparar lo necesario y recibirlas dignamente en
cuanto llegasen ella y la otra joven. Después se despidió y se fué.
Al cuarto día me dediqué, como de costumbre, á prepararlo todo, con la
largueza de siempre, y aún más todavía, por tener que recibir á una
persona extraña. Y apenas puesto el sol, vi llegar á mi amiga acompañada
por otra joven que venía envuelta en un velo muy grande. Entraron y se
sentaron. Y yo, lleno de alegría, me levanté, encendí los candelabros y
me puse enteramente á su disposición. Ellas se quitaron entonces sus
velos, y pude contemplar á la otra joven. ¡Alah, Alah! Parecía la luna
llena. Me apresuré á servirlas, y les presenté las bandejas repletas de
manjares y bebidas, y empezaron á comer y beber. Y yo, entretanto,
besaba á la joven desconocida, y le llenaba la copa y bebía con ella.
Pero esto acabó por encender los celos de la otra, que supo
disimularlos, y hasta me dijo: «¡Por Alah! ¡Cuán deliciosa es esa joven!
¿No te parece más hermosa que yo?» Y yo respondí ingenuamente: «Es
verdad; razón tienes.» Y ella dijo: «Pues cógela y ve á dormir con ella.
Así me complacerás.» Yo respondí: «Respeto tus órdenes y las pongo sobre
mi cabeza y mis ojos.» Ella se levantó entonces, y nos preparó el lecho,
invitándonos á ocuparlo. Y después me tendí junto á mi nueva amiga, y la
poseí hasta por la mañana.
Pero he aquí que al despertarme me encontré la mano llena de sangre, y
vi que no era sueño, sino realidad. Como ya era de día claro, quise
despertar á mi compañera, dormida aún, y le toqué ligeramente la
cabeza. Y la cabeza se separó inmediatamente del cuerpo y cayó al suelo.
En cuanto á mi primera amiga, no había de ella ni rastro ni olor.
Sin saber qué hacer, estuve una hora recapacitando, y por fin me decidí
á levantarme, para abrir una huesa en aquella misma sala. Levanté las
losas de mármol, empecé á cavar, é hice una hoya lo bastante grande para
que cupiese el cadáver, y lo enterré inmediatamente. Cegué luego el
agujero y puse las losas lo mismo que antes estaban.
Hecho esto fuí á vestirme, cogí el dinero que me quedaba, salí en busca
del amo de la casa, y pagándole el importe de otro año de alquiler, le
dije: «Tengo que ir á Egipto, donde mis tíos me esperan.» Y me fuí,
precediendo mi cabeza á mis pies.
Al llegar al Cairo encontré á mis tíos, que se alegraron mucho al verme,
y me preguntaron la causa de aquel viaje. Y yo les dije: «Pues
únicamente el deseo de volveros á ver y el temor de gastarme en Damasco
el dinero que me quedaba.» Me invitaron á vivir con ellos, y acepté. Y
permanecí en su compañía todo un año, divirtiéndome, comiendo, bebiendo,
visitando las cosas interesantes de la ciudad, admirando el Nilo y
distrayéndome de mil maneras. Desgraciadamente, al cabo del año, como
mis tíos habían realizado buenas ganancias vendiendo sus géneros,
pensaron en volver á Mossul; pero como yo no quería acompañarlos,
desaparecí para librarme de ellos, y se marcharon solos, pensando que
yo habría ido á Damasco para prepararles alojamiento, puesto que conocía
bien esta ciudad. Después seguí gastando, y permanecí allí otros tres
años, y cada año mandaba el precio del alquiler á mi casero de Damasco.
Transcurridos los tres años, como apenas me quedaba dinero para el viaje
y estaba aburrido de la ociosidad, decidí volver á Damasco.
Y apenas llegué, me dirigí á mi casa, y fuí recibido con gran alegría
por mi casero, que me dió la bienvenida, y me entregó las llaves,
enseñándome la cerradura, intacta y provista de mi sello. Y
efectivamente, entré y vi que todo estaba como lo había dejado.