mañana, y se calló discretamente.
[imagen]
_PERO CUANDO LLEGÓ LA 26.ª NOCHE_
Ella dijo:
He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el mercader prosiguió así su
historia al corredor copto del Cairo, el cual se la contaba al sultán de
aquella ciudad de la China:
»Vi que se me acercaba la joven, adornada con perlas y pedrería,
luminosa la cara y asesinos los negros ojos. Me sonrió, me cogió entre
sus brazos, y me estrechó contra ella. En seguida juntó sus labios con
los míos, y gustó de mi lengua con la suya. Y yo hice lo propio. Y ella
me dijo: «¿Es cierto que te tengo aquí, ó es un sueño?» Yo respondí:
«¡Soy tu esclavo!» Y ella dijo: «¡Hoy es un día de bendición! ¡Por Alah!
¡Ya no vivía, ni podía disfrutar comiendo y bebiendo!» Yo contesté: «Y
yo igualmente.» Luego nos sentamos, y yo, confundido por aquel modo de
recibirme, no levantaba la cabeza.
Pero pusieron el mantel y nos presentaron platos exquisitos: carnes
asadas, pollos rellenos y pasteles de todas clases. Y ambos comimos
hasta saciarnos, y ella me ponía los manjares en la boca, invitándome
cada vez con dulces palabras y miradas insinuantes. Después me
presentaron el jarro y la palangana de cobre, y me lavé las manos, y
ella también, y nos perfumamos con agua de rosas y almizcle, y nos
sentamos para departir.
Entonces ella empezó á contarme sus penas, y yo hice lo mismo. Y con
esto me enamoré todavía más. Y en seguida empezamos con mimos y juegos,
y nos estuvimos besando y haciéndonos mil caricias, hasta que anocheció.
Pero no sería de ninguna utilidad detallarlos. Después nos fuimos al
lecho, y permanecimos enlazados hasta la mañana. Y lo demás, con sus
pormenores, pertenece al misterio.
A la mañana siguiente me levanté, puse disimuladamente debajo de la
almohada el bolsillo con los cincuenta dinares de oro, me despedí de la
joven y me dispuse á salir. Pero ella se echó á llorar, y me dijo: «¡Oh
dueño mío! ¿cuándo volveré á ver tu hermoso rostro?» Y yo le dije:
«Volveré esta misma noche.»
Y al salir encontré á la puerta el borrico que me condujo la víspera, y
allí estaba también el burrero esperándome. Monté en el burro, y llegué
al khan Serur, donde hube de apearme, y dando medio dinar de oro al
burrero, le dije: «Vuelve aquí al anochecer.» Y me contestó: «Tus
órdenes están sobre mi cabeza.» Entré entonces en el khan y almorcé.
Después salí para recoger de casa de los mercaderes el importe de mis
géneros. Cobré las cantidades, regresé á casa, dispuse que preparasen un
carnero asado, compré dulces, y llamé á un mandadero, al cual di las
señas de la casa de la joven, pagándole por adelantado y ordenándole que
llevara todas aquellas cosas. Y yo seguí ocupado en mis negocios hasta
la noche, y cuando vino á buscarme el burrero, cogí cincuenta dinares de
oro, que guardé en un pañuelo, y salí.
Al entrar en la casa pude ver que todo lo habían limpiado, lavado el
suelo, brillante la batería de cocina, preparados los candelabros,
encendidos los faroles, prontos los manjares y escanciados los vinos y
demás bebidas. Y ella, al verme, se echó en mis brazos, y acariciándome
me dijo: «¡Por Alah! ¡Cuánto te deseo!» Y después nos pusimos á comer
avellanas y nueces hasta media noche. Entonces nos enlazamos hasta por
la mañana. Y me levanté, puse los cincuenta dinares de oro en el sitio
de costumbre, y me fuí.
Monté en el borrico, me dirigí al khan, y allí estuve durmiendo. Al
anochecer me levanté y dispuse que el cocinero del khan preparase la
comida: un plato de arroz salteado con manteca y aderezado con nueces y
almendras, y otro plato de cotufas fritas, con varias cosas más. Luego
compré flores, frutas y varias clases de almendras, y las envié á casa
de mi amada. Y cogiendo cincuenta dinares de oro, los puse en un pañuelo
y salí. Y aquella noche me sucedió con la joven lo que estaba escrito
que sucediese.
Y siguiendo de este modo, acabé por arruinarme en absoluto, y ya no
poseía un dinar, ni siquiera un dracma. Entonces dije para mí que todo
ello había sido obra del Cheitán. Y recité las siguientes estrofas:
_¡Si la fortuna abandonase al rico, lo veréis empobrecerse y
extinguirse sin gloria, como el sol que amarillea al ponerse!_
_¡Y al desaparecer, su recuerdo se borra para siempre de todas las
memorias! ¡Y si vuelve algún día, la suerte no le sonreirá nunca!_
_¡Ha de darle vergüenza presentarse en las calles! ¡Y á solas
consigo mismo, derramará todas las lágrimas de sus ojos!_
_¡Oh, Alah! ¡El hombre nada puede esperar de sus amigos, porque si
cae en la miseria, hasta sus parientes renegarán de él!_
Y no sabiendo qué hacer, dominado por tristes pensamientos, salí del
khan para pasear un poco, y llegué á la plaza de Bain Al-Kasrain, cerca
de la puerta de Zauilat. Allí vi un gentío enorme que llenaba toda la
plaza, por ser día de fiesta y de feria. Me confundí entre la
muchedumbre, y por decreto del Destino hallé á mi lado un jinete muy
bien vestido. Y como la gente aumentaba, me apretujaron contra él, y
precisamente mi mano se encontró pegada á su bolsillo, y noté que el
bolsillo contenía un paquetito redondo. Entonces metí rápidamente la
mano y saqué el paquetito; pero no tuve bastante destreza para que él no
lo notase. Porque el jinete comprobó por la disminución de peso que le
habían vaciado el bolsillo. Volvióse iracundo, blandiendo la maza de
armas, y me asestó un golpazo en la cabeza. Caí al suelo, y me rodeó un
corro de personas, algunas de las cuales impidieron que se repitiera la
agresión cogiendo al caballo de la brida y diciendo al jinete: «¿No te
da vergüenza aprovecharte de las apreturas para pegar á un hombre
indefenso?» Pero él dijo: «¡Sabed todos que ese individuo es un ladrón!»
En aquel momento volví en mí del desmayo en que me encontraba, y oí que
la gente decía: «¡No puede ser! Este joven tiene sobrada distinción para
dedicarse al robo.» Y todos discutían si yo habría ó no robado, y cada
vez era mayor la disputa. Hube de verme al fin arrastrado por la
muchedumbre, y quizá habría podido escapar de aquel jinete, que no
quería soltarme, cuando, por decreto del Destino, acertaron á pasar por
allí el walí y su guardia, que atravesando la puerta de Zauilat, se
aproximaron al grupo en que nos encontrábamos. Y el walí preguntó: «¿Qué
es lo que pasa?» Y contestó el jinete: «¡Por Alah! ¡Oh Emir! He aquí á
un ladrón. Llevaba yo un bolsillo azul con veinte dinares de oro, y
entre las apreturas ha encontrado manera de quitármelo.» Y el walí
preguntó al jinete: «¿Tienes algún testigo?» Y el jinete contestó: «No
tengo ninguno.» Entonces el walí llamó al mokadem, jefe de policía, y le
dijo: «Apodérate de ese hombre y regístralo.» Y el mokadem me echó mano,
porque ya no me protegía Alah, y me despojó de toda la ropa, acabando
por encontrar el bolsillo, que era efectivamente de seda azul. El walí
lo cogió y contó el dinero, resultando que contenía exactamente los
veinte dinares de oro, según el jinete había afirmado.
Entonces el walí llamó á sus guardias, y les dijo: «Traed acá á ese
hombre.» Y me pusieron en sus manos, y me dijo: «Es necesario declarar
la verdad. Dime si confiesas haber robado este bolsillo.» Y yo,
avergonzado, bajé la cabeza y reflexioné un momento, diciendo entre mí:
«Si digo que no he sido yo, no me creerán, pues acaban de encontrarme el
bolsillo encima, y si digo que lo he robado, me pierdo.» Pero acabé por
decidirme, y contesté: «Sí, lo he robado.»
Al verme quedó sorprendido el walí, y llamó á los testigos, para que
oyesen mis palabras, mandándome que las repitiese ante ellos. Y ocurría
todo aquello en la Bab-Zauilat.
El walí mandó entonces al portaalfanje que me cortase la mano, según la
ley contra los ladrones. Y el portaalfanje me cortó inmediatamente la
mano derecha. Y el jinete se compadeció de mí é intercedió con el walí
para que no me cortasen la otra mano. Y el walí le concedió esa gracia y
se alejó. Y la gente me tuvo lástima, y me dieron un vaso de vino para
infundirme alientos, pues había perdido mucha sangre, y me hallaba muy
débil. En cuanto al jinete, se acercó á mí, me alargó el bolsillo y me
lo puso en la mano, diciendo: «Eres un joven bien educado y no se hizo
para ti el oficio de ladrón.» Y dicho esto se alejó, después de haberme
obligado á aceptar el bolsillo. Y yo me marché también, envolviéndome el
brazo con un pañuelo y tapándolo con la manga del ropón. Y me había
quedado muy pálido y muy triste á consecuencia de lo ocurrido.
Sin darme cuenta, me fuí hacia la casa de mi amiga. Y al llegar, me
tendí extenuado en el lecho. Pero ella, al ver mi palidez y mi
decaimiento, me dijo: «¿Qué te pasa? ¿Cómo estás tan pálido?» Y yo
contesté: «Me duele mucho la cabeza; no me encuentro bien.» Entonces,
muy entristecida, me dijo: «¡Oh dueño mío, no me abrases el corazón!
Levanta un poco la cabeza hacia mí, te lo ruego, ¡ojo de mi vida! y dime
lo que te ha ocurrido. Porque adivino en tu rostro muchas cosas.» Pero
yo le dije: «¡Por favor! Ahórrame la pena de contestarte.» Y ella,
echándose á llorar, replicó: «¡Ya veo que te cansaste de mí, pues no
estás conmigo, como de costumbre!» Y derramó abundantes lágrimas
mezcladas con suspiros, y de cuando en cuando interrumpía sus lamentos
para dirigirme preguntas, que quedaban sin respuesta; y así estuvimos
hasta la noche. Entonces nos trajeron de comer y nos presentaron los
manjares, como solían. Pero yo me guardé bien de aceptar, pues me habría
avergonzado coger los alimentos con la mano izquierda, y temía que me
preguntase el motivo de ello. Y por tanto, exclamé: «No tengo ningún
apetito ahora.» Y ella dijo: «Ya ves como tenía razón. Entérame de lo
que te ha pasado, y por qué estás tan afligido y con luto en el alma y
en el corazón.» Entonces acabé por decirle: «Te lo contaré todo, pero
poco á poco, por partes.» Y ella, alargándome una copa de vino, repuso:
«¡Vamos, hijo mío! Déjate de pensamientos tristes. Con esto se cura la
melancolía. Bebe este vino, y confíame la causa de tus penas.» Y yo le
dije: «Si te empeñas, dame tú misma de beber con tu mano.» Y ella acercó
la copa á mis labios, inclinándola con suavidad, y me dió de beber.
Después la llenó de nuevo, y me la acercó otra vez. Hice un esfuerzo,
tendí la mano izquierda y cogí la copa. Pero no pude contener las
lágrimas y rompí á llorar.
Y cuando ella me vió llorar, tampoco pudo contenerse, me cogió la cabeza
con ambas manos, y dijo: «¡Oh, por favor! ¡Dime el motivo de tu llanto!
¡Me estás abrasando el corazón! Dime también por qué tomaste la copa con
la mano izquierda.» Y yo le contesté: «Tengo un tumor en la derecha.» Y
ella replicó: «Enséñamelo; lo sajaremos, y te aliviarás.» Y yo respondí:
«No es el momento oportuno para tal operación. No insistas, porque estoy
resuelto á no sacar la mano.» Vacié por completo la copa, y seguí
bebiendo cada vez que ella me la ofrecía, hasta que me poseyó la
embriaguez, madre del olvido. Y tendiéndome en el mismo sitio en que me
hallaba, me dormí.
Al día siguiente, cuando me desperté, vi que me había preparado el
almuerzo: cuatro pollos cocidos, caldo de gallina y vino abundante. De
todo me ofreció, y comí y bebí, y después quise despedirme y marcharme.
Pero ella me dijo: «¿Adónde piensas ir?» Y yo contesté: «A cualquier
sitio en que pueda distraerme y olvidar las penas que me oprimen el
corazón.» Y ella me dijo: «¡Oh, no te vayas! ¡Quédate un poco más!» Y yo
me senté, y ella me dirigió una intensa mirada, y me dijo: «Ojo de mi
vida, ¿qué locura te aqueja? Por mi amor te has arruinado. Además,
adivino que tengo también la culpa de que hayas perdido la mano derecha.
Tu sueño me ha hecho descubrir tu desgracia. Pero ¡por Alah! jamás me
separaré de ti. Y quiero casarme contigo legalmente.»
Y mandó llamar á los testigos, y les dijo: «Sed testigos de mi
casamiento con este joven. Vais á redactar el contrato de matrimonio,
haciendo constar que me ha entregado la dote.»
Y los testigos redactaron nuestro contrato de matrimonio. Y ella les
dijo: «Sed testigos asimismo de que todas las riquezas que me
pertenecen, y que están en esa arca que veis, así como cuanto poseo, es
desde ahora propiedad de este joven.» Y los testigos lo hicieron
constar, y levantaron acta de su declaración, así como de que yo
aceptaba, y se fueron después de haber cobrado sus honorarios.
Entonces la joven me cogió de la mano, y me llevó frente á un armario,
lo abrió y me enseñó un gran cajón, que abrió también, y me dijo: «Mira
lo que hay en esa caja.» Y al examinarla, vi que estaba llena de
pañuelos, cada uno de los cuales formaba un paquetito. Y me dijo: «Todo
esto son los bienes que durante el transcurso del tiempo fuí aceptando
de ti. Cada vez que me dabas un pañuelo con cincuenta dinares de oro,
tenía yo buen cuidado de guardarlo muy oculto en esa caja. Ahora recobra
lo tuyo. Alah te lo tenía reservado y lo había escrito en tu Destino.
Hoy te protege Alah, y me eligió para realizar lo que él había escrito.
Pero por causa mía perdiste la mano derecha, y no puedo corresponder
como es debido á tu amor ni á tu adhesión á mi persona, pues no bastaría
aunque para ello sacrificase mi alma.» Y añadió: «Toma posesión de tus
bienes.» Y yo mandé fabricar una nueva caja, en la cual metí uno por uno
los paquetes que iba sacando del armario de la joven.
Me levanté entonces y la estreché en mis brazos. Y siguió diciéndome las
palabras más gratas y lamentando lo poco que podía hacer por mí en
comparación de lo que yo había hecho por ella. Después, queriendo colmar
cuanto había hecho, se levantó é inscribió á mi nombre todas las alhajas
y ropas de lujo que poseía, así como sus valores, terrenos y fincas,
certificándolo con su sello y ante testigos.
Y aquella noche, á pesar de los transportes de amor á que nos
entregamos, se durmió muy entristecida por la desgracia que me había
ocurrido por su causa.
Y desde aquel momento no dejó de lamentarse y afligirse de tal modo, que
al cabo de un mes se apoderó de ella un decaimiento, que se fué
acentuando y se agravó, hasta el punto de que murió á los cincuenta
días.
Entonces dispuse todos los preparativos de los funerales, y yo mismo la
deposité en la sepultura y mandé verificar cuantas ceremonias preceden
al entierro. Al regresar del cementerio entré en la casa y examiné todos
sus legados y donaciones, y vi que entre otras cosas me había dejado
grandes almacenes llenos de sésamo. Precisamente de este sésamo cuya
venta te encargué, ¡oh mi señor! por lo cual te aviniste á aceptar un
escaso corretaje, muy inferior á tus méritos.
Y esos viajes que he realizado y que te asombraban eran indispensables
para liquidar cuanto ella me ha dejado, y ahora mismo acabo de cobrar
todo el dinero y arreglar otras cosas.
Te ruego, pues, que no rechaces la gratificación que quiero ofrecerte,
¡oh tú que me das hospitalidad en tu casa y me invitas á compartir tus
manjares! Me harás un favor aceptando todo el dinero que has guardado y
que cobraste por la venta del sésamo.
Y tal es mi historia y la causa de que coma siempre con la mano
izquierda.
* * * * *
Entonces, yo, ¡oh poderoso rey! dije al joven: «En verdad que me colmas
de favores y beneficios.» Y me contestó: «Eso no vale nada. ¿Quieres
ahora, ¡oh excelente corredor! acompañarme á mi tierra, que, como sabes,
es Bagdad? Acabo de hacer importantes compras de géneros en El Cairo, y
pienso venderlos con mucha ganancia en Bagdad. ¿Quieres ser mi compañero
de viaje y mi socio en las ganancias?» Y contesté: «Pongo tus deseos
sobre mis ojos.» Y determinamos partir á fin del mes.
Mientras tanto, me ocupé en vender sin pérdida ninguna todo lo que
poseía, y con el dinero que aquello me produjo compré también muchos
géneros. Y partí con el joven hacia Bagdad, y desdo allí, después de
obtener ganancias cuantiosas y comprar otras mercancías, nos encaminamos
á este país que gobiernas, ¡oh rey de los siglos!
Y el joven vendió aquí todos sus géneros y ha marchado de nuevo á
Egipto, y me disponía á reunirme con él, cuando me ha ocurrido esta
aventura con el jorobado, debida á mi desconocimiento del país, pues soy
un extranjero que viaja para realizar sus negocios.
Tal es, ¡oh rey de los siglos! la historia, que juzgo más extraordinaria
que la del jorobado.
Pero el rey contestó: «Pues á mi no me lo parece. Y voy á mandar que os
ahorquen á todos, para que paguéis el crimen cometido en la persona de
mi bufón, este pobre jorobado á quien matasteis.»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[imagen]
_PERO CUANDO LLEGÓ LA 27.ª NOCHE_
Ella dijo:
He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el rey de la China
dijo: «Voy á mandar que os ahorquen á todos», el intendente dió un paso,
prosternándose ante el rey, y dijo: «Si me lo permites, te contaré una
historia que ha ocurrido hace pocos días, y que es más sorprendente y
maravillosa que la del jorobado. Si así lo crees después de haberla
oído, nos indultarás á todos.» El rey de la China dijo: «¡Así sea!» Y el
intendente contó lo que sigue:
[Illustration: Relato del intendente del rey de la China]
«Sabe, ¡oh rey de los siglos y del tiempo! que la noche última me
convidaron á una comida de boda, á la cual asistían los sabios versados
en el Libro de la Nobleza. Terminada la lectura del Corán, se tendió el
mantel, se colocaron los manjares y se trajo todo lo necesario para el
festín. Pero entre otros comestibles, había un plato de arroz preparado
con ajos, que se llama _rozbaja_, y que es delicioso si está en su punto
el arroz y se han dosificado bien los ajos y especias que lo sazonan.
Todos empezamos á comerlo con gran apetito, excepto uno de los
convidados, que se negó rotundamente á tocar este plato de rozbaja. Y
como le instábamos á que lo probase, juró que no haría tal cosa.
Entonces repetimos nuestro ruego, pero él nos dijo: «Por favor, no me
apremiéis de ese modo. Bastante lo pagué una vez que tuve la desgracia
de probarlo.» Y recitó esta estrofa:
_¡Si no quieres tratarte con el que fué tu amigo y deseas evitar su
saludo, no pierdas el tiempo en inventar estratagemas: huye de él!_
Entonces no quisimos insistir más. Pero le preguntamos: «¡Por Alah!
¿Cuál es la causa que te impide probar este delicioso plato de
rozbaja?» Y contestó: «He jurado no comer rozbaja sin haberme lavado las
manos cuarenta veces seguidas con sosa, otras cuarenta con potasa y
otras cuarenta con jabón, ó sean ciento veinte veces.»
Y el dueño de la casa mandó á los criados que trajesen inmediatamente
agua y las demás cosas que había pedido el convidado. Y después de
lavarse se sentó de nuevo el convidado, y aunque no muy á gusto, tendió
la mano hacia el plato en que todos comíamos, y trémulo y vacilante
empezó á comer. Mucho nos sorprendió aquello, pero más nos sorprendimos
cuando al mirar su mano vimos que sólo tenía cuatro dedos, pues carecía
del pulgar. Y el convidado no comía mas que con cuatro dedos. Entonces
le dijimos: «¡Por Alah sobre ti! Dinos por qué no tienes pulgar. ¿Es una
deformidad de nacimiento, obra de Alah, ó has sido víctima de algún
accidente?»
Y entonces contestó: «Hermanos, aún no lo habéis visto todo. No me falta
un pulgar, sino los dos, pues tampoco le tengo en la mano izquierda. Y
además, en cada pie me falta otro dedo. Ahora lo vais á ver.» Y nos
enseñó la otra mano, y descubrió ambos pies, y vimos que, efectivamente,
no tenía mas que cuatro dedos en cada uno. Entonces aumentó nuestro
asombro, y le dijimos: «Hemos llegado al límite de la impaciencia, y
deseamos averiguar la causa de que perdieras los dos pulgares y esos
otros dos dedos de los pies, así como el motivo de que te hayas lavado
las manos ciento veinte Veces seguidas.» Entonces nos refirió lo
siguiente:
«Sabed, ¡oh todos vosotros! que mi padre era un mercader entre los
grandes mercaderes, el principal de los mercaderes de la ciudad de
Bagdad en tiempo del califa Harún Al-Rachid. Y eran sus delicias el vino
en las copas, los perfumes de las flores, las flores en su tallo,
cantoras y danzarinas, los ojos negros y las propietarias de estos ojos.
Así es que cuando murió no me dejó dinero, porque todo lo había gastado.
Pero como era mi padre, le hice un entierro según su rango, di festines
fúnebres en honor suyo, y le llevé luto días y noches. Después fuí á la
tienda que había sido suya, la abrí, y no hallé nada que tuviese valor;
al contrario, supe que dejaba muchas deudas. Entonces fuí á buscar á los
acreedores de mi padre, rogándoles que tuviesen paciencia, y los
tranquilicé lo mejor que pude. Después me puse á vender y comprar, y á
pagar las deudas, semana por semana, conforme á mis ganancias. Y no dejé
de proceder del mismo modo hasta que pagué todas las deudas y acrecenté
mi capital primitivo con mis legítimas ganancias.
Pero un día que estaba yo sentado en mi tienda, vi avanzar montada en
una mula torda, un milagro entre los milagros, una joven deslumbrante de
hermosura. Delante de ella iba un eunuco y otro detrás. Paró la mula, y
á la entrada del zoco se apeó, y penetró en el mercado, seguida de uno
de los dos eunucos. Y éste le elijo: «¡Oh mi señora! Por favor, no te
dejes ver de los transeúntes. Vas á atraer contra nosotros alguna
calamidad. Vámonos de aquí.» Y el eunuco quiso llevársela. Pero ella no
hizo caso de sus palabras, y estuvo examinando todas las tiendas del
zoco, una tras otra, sin que viera ninguna más lujosa ni mejor
presentada que la mía. Entonces se dirigió hacia mí, siempre seguida por
el eunuco, se sentó en mi tienda y me deseó la paz. Y en mi vida había
oído voz más suave ni palabras más deliciosas. Y la miré, y sólo con
verla me sentí turbadísimo, con el corazón arrebatado. Y no pude apartar
mis miradas de su semblante, y recité estas dos estrofas:
_¡Di á la hermosa del velo suave, tan suave como el ala de un
palomo!_
_¡Dile que al pensar en lo que padezco, creo que la muerte me
aliviaría!_
_¡Dile que sea buena un poco nada más! ¡Por ella, para acercarme á
sus alas, he renunciado á mi tranquilidad!_
Cuando oyó mis versos, me correspondió con los siguientes:
_¡He gastado mi corazón amándote! ¡Y este corazón rechaza otros
amores!_
_¡Y si mis ojos viesen alguna vez otra beldad, ya no podrían
alegrarse!_
_¡Juré no arrancar nunca tu amor de mi corazón! ¡Y sin embargo, mi
corazón está triste y sediento de tu amor!_
_¡He bebido en una copa en la cual encontré el amor puro! ¿Por qué
no han humedecido tus labios esa copa en que encontré el amor?..._
Después me dijo: «¡Oh joven mercader! ¿tienes telas buenas que
enseñarme?» A lo cual contesté: «¡Oh mi señora! Tu esclavo es un pobre
mercader, y no posee nada digno de ti. Ten, pues, paciencia, porque como
todavía es muy temprano, aún no han abierto las tiendas los demás
mercaderes. Y en cuanto abran, iré á comprarles yo mismo los géneros que
buscas.» Luego estuve conversando con ella, sintiéndome cada vez más
enamorado.
Pero cuando los mercaderes abrieron sus establecimientos, me levanté y
salí á comprar lo que me había encargado, y el total de las compras, que
tomé por mi cuenta, ascendía á cinco mil dracmas. Y todo se lo entregué
al eunuco. Y en seguida la joven partió con él, dirigiéndose al sitio
donde la esperaba el otro esclavo con la mula. Y yo entré en mi casa
embriagado de amor. Me trajeron la comida y no pude comer, pensando
siempre en la hermosa joven. Y cuando quise dormir huyó de mí el sueño.
De este modo transcurrió una semana, y los mercaderes me reclamaron el
dinero; pero como no volví á saber de la joven, les rogué que tuviesen
un poco de paciencia, pidiéndoles otra semana de plazo. Y ellos se
avinieron. Y efectivamente, al cabo de la semana vi llegar á la joven,
montada en su mula y acompañada por un servidor y los dos eunucos. Y la
joven me saludó y me dijo: «¡Oh mi señor! Perdóname que hayamos tardado
tanto en pagarte. Pero ahí tienes el dinero. Manda venir á un cambista,
para que vea estas monedas de oro.» Mandé llamar al cambista, y en
seguida uno de los eunucos le entregó el dinero, lo examinó y lo
encontró de ley. Entonces tomé el dinero, y estuve hablando con la joven
hasta que se abrió el zoco y llegaron los mercaderes á sus tiendas. Y
ella me dijo: «Ahora necesito estas y aquellas cosas. Ve á
comprármelas.» Y compré por mi cuenta cuanto me había encargado,
entregándoselo todo. Y ella lo tomó, como la primera vez, y se fué en
seguida. Y cuando la vi alejarse, dije para mí: «No entiendo esta
amistad que me tiene. Me trae cuatrocientos dinares y se lleva géneros
que valen mil. Y se marcha sin decirme siquiera dónde vive. ¡Pero
solamente Alah sabe lo que se oculta en un corazón!»