quitó la cuerda del cuello del proveedor y la echó al cuello del médico
judío, cuando se vió llegar al sastre, que, atropellando á todo el
mundo, dijo: «¡Detente! Yo soy quien lo maté. Y he aquí lo que ocurrió.
Salí ayer de paseo y regresaba á mi casa al anochecer. En el camino
encontré á este jorobado, que estaba borracho y muy divertido, pues
llevaba en la mano una pandereta y se acompañaba con ella cantando de
una manera chistosísima. Me detuve para contemplarle y divertirme, y
tanto me regocijó, que lo convidé á comer en mi casa. Y compré pescado
entre otras cosas, y cuando estábamos comiendo, tomó mi mujer un trozo
de pescado, que colocó en otro de pan, y se lo metió todo en la boca á
este hombre, y el bocado le ahogó, muriendo en el acto. Entonces lo
cogimos entre mi mujer y yo y lo llevamos á casa del médico judío. Bajó
á abrirnos una negra, y yo le dije lo que le dije. Después le di un
cuarto de dinar para su amo. Y mientras ella subía, agarré en seguida al
jorobado y lo puse de pie contra el muro de la escalera, y yo y mi mujer
nos fuimos á escape. Entretanto, bajó el médico judío para ver al
enfermo; pero tropezó con el jorobado, que cayó en tierra, y el judío
creyó que lo había matado él.»
Y en este momento, el sastre se volvió hacia el médico judío y le dijo:
«¿No fué así?» El médico repuso: «¡Esa es la verdad!» Entonces, el
sastre, dirigiéndose al walí, exclamó: «¡Hay, pues, que soltar al judío
y ahorcarme á mí!»
El walí, prodigiosamente asombrado, dijo entonces: «En verdad que esta
historia merece escribirse en los anales y en los libros.» Después mandó
al portaalfanje que soltase al judío y ahorcase al sastre, que se había
declarado culpable. Entonces el portaalfanje llevó al sastre junto á la
horca, le echó la soga al cuello, y dijo: «¡Esta vez va de veras! ¡Ya no
habrá ningún otro cambio!» Y agarró la cuerda.
¡He aquí todo, por el momento!
* * * * *
En cuanto al jorobado, no era otro que el bufón del sultán, que ni una
hora podía separarse de él. Y el jorobado, después de emborracharse
aquella noche, se escapó de palacio, permaneciendo ausente toda la
noche. Y al otro día, cuando el sultán preguntó por él, le dijeron: «¡Oh
señor, el walí te dirá que el jorobado ha muerto, y que su matador iba á
ser ahorcado! Por eso el walí había mandado ahorcar al matador, y el
verdugo se preparaba á ejecutarle; pero entonces se presentó un segundo
individuo, y luego un tercero, diciendo todos: «¡Yo soy el único que ha
matado al jorobado!» Y cada cual contó al walí la causa de la muerte.
Y el sultán, sin querer escuchar más, llamó á un chambelán y le dijo:
«Baja en seguida en busca del walí y ordénale que traiga á toda esa
gente que está junto á la horca.»
Y el chambelán bajó, y llegó junto al patíbulo, precisamente cuando el
verdugo iba á ejecutar al sastre. Y el chambelán gritó: «¡Detente!» Y en
seguida le contó al walí que esta historia del jorobado había llegado á
oídos del rey. Y se lo llevó, y se llevó también al sastre, al médico
judío, al corredor nazareno y al proveedor, mandando transportar también
el cuerpo del jorobado, y con todos ellos marchó en busca del sultán.
Cuando el walí se presentó entre las manos del rey, se inclinó y besó la
tierra, y refirió toda la historia del jorobado, con todos sus
pormenores, desde el principio hasta el fin. Pero es inútil repetirla.
El sultán, al oir tal historia, se maravilló mucho y llegó al límite más
extremo de la hilaridad. Después mandó á los escribas de palacio que
escribieran esta historia con aguja de oro. Y luego preguntó á todos los
presentes: «¿Habéis oído alguna vez historia semejante á la del
jorobado?»
Entonces el corredor nazareno avanzó un paso, besó la tierra entre las
manos del rey, y dijo: «¡Oh rey de los siglos y del tiempo! Sé una
historia mucho más asombrosa que nuestra aventura con el jorobado. La
referiré, si me das tu venia, porque es mucho más sorprendente, más
extraña y más deliciosa que la del jorobado.»
Y dijo el rey: «¡Ciertamente! Desembucha lo que hayas de decir para que
lo oigamos.»
Entonces, el corredor nazareno dijo:
[Illustration: Relato del corredor nazareno]
«Sabe, ¡oh rey del tiempo! que vine á este país para un asunto
comercial. Soy un extranjero á quien el Destino encaminó á tu reino.
Porque yo nací en la ciudad de El Cairo y soy copto entre los coptos. Y
es igualmente cierto que me crié en El Cairo, y en aquella ciudad fué
corredor mi padre antes que yo.
Cuando murió mi padre ya había llegado yo á la edad de hombre. Y por eso
fuí corredor como él, pues contaba con toda clase de cualidades para
este oficio, que es la especialidad entre nosotros los coptos.
Pero un día entre los días, estaba yo sentado á la puerta del khan de
los mercaderes de granos, y vi pasar á un joven, hermoso como la luna
llena, vestido con el más suntuoso traje y montado en un borrico blanco
ensillado con una silla roja. Cuando me vió este joven me saludó, y yo
me levanté por consideración hacia él. Sacó entonces un pañuelo que
contenía una muestra de sésamo, y me preguntó: «¿Cuánto vale el
_ardeb_[14] de esta clase de sésamo?» Y yo le dije: «Vale cien dracmas.»
Entonces me contestó: «Avisa á los medidores de granos y ven con ellos
al khan Al-Gaonalí, en el barrio de Bab Al-Nassr; allí me encontrarás.»
Y se alejó, después de darme el pañuelo que contenía la muestra de
sésamo.
Entonces me dirigí á todos los mercaderes de granos y les enseñé la
muestra que yo había justipreciado en cien dracmas. Y los mercaderes la
tasaron en ciento veinte dracmas por _ardeb_. Entonces me alegré
sobremanera, y haciéndome acompañar de cuatro medidores, fuí en busca
del joven, que, efectivamente, me aguardaba en el khan. Y al verme,
corrió á mi encuentro y me condujo á un almacén donde estaba el grano, y
los medidores llenaron sus sacos, y lo pesaron todo, que ascendió en
total á cincuenta medidas en _ardebs_. Y el joven me dijo: «Te
corresponden por comisión diez dracmas por cada _ardeb_ que se venda á
cien dracmas. Pero has de cobrar en mi nombre todo el dinero, y lo
guardarás cuidadosamente en tu casa, hasta que lo reclame. Como su
precio total es cinco mil dracmas, te quedarás con quinientos, guardando
para mí cuatro mil quinientos. En cuanto despache mis negocios, iré á
buscarte para recoger esa cantidad.» Entonces yo le contesté: «Escucho y
obedezco.» Después le besé las manos y me fui.
Y efectivamente, aquel día gané mil dracmas de corretaje, quinientos del
vendedor y quinientos de los compradores, de modo que me correspondió el
veinte por ciento, según la costumbre de los corredores egipcios.
En cuanto al joven, después de un mes de ausencia, vino á verme y me
dijo: «¿Dónde están los dracmas?» Y le contesté en seguida: «A tu
disposición; helos aquí metidos en este saco.» Pero él me dijo: «Sigue
guardándolos algún tiempo, hasta que yo venga á buscarlos.» Y se fué y
estuvo ausente otro mes, y regresó y me dijo: «¿Dónde están los
dracmas?» Entonces yo me levanté, le saludé y le dije: «Aquí están á tu
disposición. Helos aquí.» Después añadí: «¿Y ahora quieres honrar mi
casa viniendo á comer conmigo un plato ó dos, ó tres ó cuatro?» Pero se
negó y me dijo: «Sigue guardando el dinero, hasta qué venga á
reclamártelo, después de haber despachado algunos asuntos urgentes.» Y
se marchó. Y yo guardé cuidadosamente el dinero que le pertenecía, y
esperé su regreso.
Volvió al cabo de un mes, y me dijo: «Esta noche pasaré por aquí y
recogeré el dinero.» Y le preparé los fondos; pero aunque le estuve
aguardando toda la noche y varios días consecutivos, no volvió hasta
pasado un mes, mientras yo decía para mí: «¡Qué confiado es ese joven!
En toda mi vida, desde que soy corredor en los khanes y los zocos, he
visto confianza como esta.» Se me acercó y le vi, como siempre, en su
borrico, con suntuoso traje; y era tan hermoso como la luna llena, y
tenía el rostro brillante y fresco como si saliese del hammam, y
sonrosadas las mejillas y la frente como una flor lozana, y en un
extremo del labio un lunar, como gota de ámbar negro, según dice el
poeta:
_¡La luna llena se encontró con el sol en lo alto de la torre,
ambos en todo el esplendor de su belleza!_
_¡Tales eran los dos amantes! ¡Y cuantos los veían, tenían que
admirarlos y desearles completa felicidad!_
_¡Y ahora son tan hermosos, que cautivan el alma!_
_¡Gloria, pues, á Alah, que realiza tales prodigios y forma sus
criaturas á su deseo!_
Y al verle, le besó las manos ó invoqué para él todas las bendiciones de
Alah, y le dije: «¡Oh mi señor! Supongo que ahora recogerás tu dinero.»
Y me contestó: «Ten todavía un poco de paciencia; pues en cuanto acabe
de despachar mis asuntos vendré á recogerlo.» Y me volvió la espalda y
se fué. Y yo supuse que tardaría en volver, y saqué el dinero y lo
coloqué con un interés de veinte por ciento, obteniendo de él cuantiosa
ganancia. Y dije para mí: «¡Por Alah! Cuando vuelva, le rogaré que
acepte mi invitación, y le trataré con toda largueza, pues me aprovecho
de sus fondos y me estoy haciendo muy rico.»
Y transcurrió un año, al cabo del cual regresó, y le vi vestido con
ropas más lujosas que antes, y siempre montado en su borrico blanco, de
buena raza.
Entonces le supliqué fervorosamente que aceptase mi invitación y comiera
en mi casa, á lo cual me contestó: «No tengo inconveniente, pero con la
condición de que el dinero para los gastos no lo saques de los fondos
que me pertenecen y están en tu casa.» Y se echó á reir. Y yo hice lo
mismo. Y le dije: «Así sea, y de muy buena gana.» Y le llevé á casa, y
le rogué que se sentase, y corrí al zoco á comprar toda clase de
víveres, bebidas y cosas semejantes, y lo puse todo sobre el mantel
entre sus manos, y le invité á empezar, diciendo: «¡Bismilah!» Entonces
se acercó á los manjares, pero alargó la mano izquierda, y se puso á
comer con esta mano izquierda. Y yo me quedé sorprendidísimo, y no supe
qué pensar. Terminada la comida, se lavó la mano izquierda sin auxilio
de la derecha, y yo le alargué la toalla para que se secase, y después
nos sentamos á conversar.
Entonces le dije: «¡Oh mi generoso señor! Líbrame de un peso que me
abruma y de una tristeza que me aflige. ¿Por qué has comido con la mano
izquierda? ¿Sufres alguna enfermedad en tu mano derecha?» Y al oirlo el
mancebo, me miró y recitó estas estrofas:
_¡No preguntes por los sufrimientos y dolores de mi alma!
¡Conocerías mi mal!_
_¡Y sobre todo, no preguntes si soy feliz! ¡Lo fuí! ¡Pero hace
tanto tiempo! ¡Desde entonces, todo ha cambiado! ¡Y contra lo
inevitable no hay mas que invocar la cordura!_
Después sacó el brazo derecho ele la manga del ropón, y vi que la mano
estaba cortada, pues aquel brazo terminaba en un muñón. Y me quedé
asombrado profundamente. Pero él me dijo: «¡No te asombres tanto! Y
sobre todo, no creas que he comido con la mano izquierda por falta de
consideración á tu persona, pues ya ves que ha sido por tener cortada la
derecha. Y el motivo de ello no puede ser más sorprendente.» Entonces le
pregunté: «¿Y cuál fué la causa?» Y el joven suspiró, se le llenaron de
lágrimas los ojos, y dijo:
* * * * *
«Sabe que yo soy de Bagdad. Mi padre era uno de los principales
personajes entre los personajes. Y yo, hasta llegar á la edad de hombre,
pude oir los relatos de los viajeros, peregrinos y mercaderes que en
casa de mi padre nos contaban las maravillas de los países egipcios. Y
retuve en la memoria todos estos relatos, admirándolos en secreto, hasta
que falleció mi padre. Entonces cogí cuantas riquezas pude reunir, y
mucho dinero, y compré gran cantidad de mercancías en telas de Bagdad y
de Mossul, y otras muchas de alto precio y excelente clase; lo empaqueté
todo y salí de Bagdad. Y como estaba escrito por Alah que había de
llegar sano y salvo al término de mi viaje, no tardé en hallarme en
esta ciudad de El Cairo, que es tu ciudad.»
Pero en este momento el joven se echó á llorar y recitó estas estrofas:
_¡A veces, el ciego, el ciego de nacimiento, sabe sortear la zanja
donde cae el que tiene buenos ojos!_
_¡A veces, el insensato sabe callar las palabras que, pronunciadas
por el sabio, son la perdición del sabio!_
_¡A veces, el hombre piadoso y creyente sufre desventuras, mientras
que el loco, el impío, alcanza la felicidad!_
_¡Así, pues, conozca el hombre su impotencia! ¡La fatalidad es la
única reina del mundo!_
Terminados los versos, siguió en esta forma su relación:
«Entré, pues, en El Cairo, y fuí al khan Serur, deshice mis paquetes,
descargué mis camellos y puse las mercancías en un local que alquilé
para almacenarlas. Después di dinero á un criado para que comprase
comida, dormí en seguida un rato, y al despertarme salí á dar una vuelta
por Bain Al-Kasrain, regresando después al khan Serur, en donde pasé la
noche.
Cuando me desperté por la mañana, dije para mí, desliando un paquete de
telas: «Voy á llevar esta tela al zoco y á enterarme de cómo van las
compras.» Cargué las telas en los hombros de un criado, y me dirigí al
zoco, para llegar al centro de los negocios, un gran edificio rodeado
de pórticos y de tiendas de todas clases y de fuentes. Ya sabes que allí
suelen estar los corredores, y que aquel sitio se llama la kaisariat
Guergués.
Cuando llegué, todos los corredores, avisados de mi viaje, me rodearon,
y yo les di las telas, y salieron en todas direcciones á ofrecer mis
géneros á los principales compradores de los zocos. Pero al volver me
dijeron que el precio ofrecido por mis mercaderías no alcanzaba al que
yo había pagado por ellas ni á los gastos desde Bagdad hasta El Cairo. Y
como no sabía qué hacer, el jeique principal de los corredores me dijo:
«Yo sé el medio de que debes valerte para que ganes algo. Es
sencillamente que hagas lo que hacen todos los mercaderes. Vender al por
menor tus mercaderías á los comerciantes con tienda abierta, por tiempo
determinado, ante testigos y por escrito, que firmaréis ambos, con
intervención de un cambiante. Y así, todos los lunes y todos los jueves
cobrarás el dinero que te corresponda. Y de este modo, cada dracma te
producirá dos dracmas y á veces más. Y durante este tiempo tendrás
ocasión de visitar El Cairo y de admirar el Nilo.»
Al oir estas palabras, dije: «Es en verdad una idea excelente.» Y en
seguida reuní á los pregoneros y corredores y marchó con ellos al khan
Serur y les di todas las mercaderías, que llevaron á la kaisariat. Y lo
vendí todo al por menor á los mercaderes, después que se escribieron las
cláusulas de una y otra parte, ante testigos, con intervención de un
cambista de la kaisariat.
Despachado este asunto, volví al khan, permaneciendo allí tranquilo, sin
privarme de ningún placer ni escatimar ningún gasto. Todos los días
comía magníficamente, siempre con la copa de vino encima del mantel. Y
nunca faltaba en mi mesa buena carne de carnero, dulces y confituras de
todas clases. Y así seguí, hasta que llegó el mes en que debía cobrar
con regularidad mis ganancias. En efecto, desde la primera semana de
aquel mes, cobre como es debido mi dinero. Y los jueves y los lunes me
iba á sentar en la tienda de alguno de los deudores míos, y el cambista
y el escribano público recorrían cada una de las tiendas, recogían el
dinero y me lo entregaban.
Y fué en mi una costumbre el ir á sentarme, ya en una tienda, ya en
otra. Pero un día, después de salir del hammam, descansé un rato,
almorcé un pollo, bebí algunas copas de vino, me lavé en seguida las
manos, me perfumé con esencias aromáticas y me fuí al barrio de la
kaisariat Guergués, para sentarme en la tienda de un vendedor de telas
llamado Badreddin Al-Bostaní. Cuando me hubo visto me recibió con gran
consideración y cordialidad, y estuvimos hablando una hora.
Pero mientras conversábamos vimos llegar una mujer con un largo velo de
seda azul. Y entró en la tienda para comprar géneros, y se sentó á mi
lado en un taburete. Y el velo, que le cubría la cabeza y le tapaba
ligeramente el rostro, estaba echado á un lado, y exhalaba delicados
aromas y perfumes. Y la negrura de sus pupilas, bajo el velo, asesinaba
las almas y arrebataba la razón. Se sentó y saludó á Badreddin, que
después de corresponder á su salutación de paz, se quedó de pie ante
ella, y empezó á hablar, mostrándole telas de varias clases. Y yo, al
oir la voz de la dama, tan llena de encanto y tan dulce, sentí que el
amor apuñalaba mi hígado.
Pero la dama, después de examinar algunas telas, que no le parecieron
bastante lujosas, dijo á Badreddin: «¿No tendrías por casualidad una
pieza de seda blanca tejida con hilos de oro puro?» Y Badreddin fué al
fondo de la tienda, abrió un armario pequeño, y de un montón de varias
piezas de tela sacó una de seda blanca tejida con hilos de oro puro, y
luego la desdobló delante de la joven. Y ella la encontró muy á su gusto
y á su conveniencia, y le dijo al mercader: «Como no llevo dinero
encima, creo que me la podré llevar, como otras veces, y en cuanto
llegue á casa te enviaré el importe.» Pero el mercader le dijo: «¡Oh mi
señora! No es posible por esta vez, porque esa tela no es mía, sino del
comerciante que está ahí sentado, y me he comprometido á pagarle hoy
mismo.» Entonces sus ojos lanzaron miradas de indignación, y dijo: «Pero
desgraciado, ¿no sabes que tengo la costumbre de comprarte las telas más
caras y pagarte más de lo que me pides? ¿No sabes que nunca he dejado
de enviarte su importe inmediatamente?» Y el mercader contestó:
«Ciertamente, ¡oh mi señora! Pero hoy tengo que pagar ese dinero en
seguida.» Y entonces la dama cogió la pieza de tela, se la tiró á la
cara al mercader, y le dijo: «¡Todos sois lo mismo en tu maldita
corporación!» Y levantándose airada, volvió la espalda para salir.
Pero yo comprendí que mi alma se iba con ella, me levanté
apresuradamente y le dije: «¡Oh mi señora! Concédeme la gracia de
volverte un poco hacia mí y desandar generosamente tus pasos.» Entonces
ella volvió su rostro hacia donde yo estaba, sonrió discretamente, y me
dijo: «Consiento en pisar otra vez esta tienda, pero es sólo en obsequio
tuyo.» Y se sentó en la tienda frente á mí. Entonces, volviéndome hacia
Badreddin, le dije: «¿Cuál es el precio de esta tela?» Badreddin
contestó: «Mil cien dracmas.» Y yo repuse: «Está bien. Te pagaré además
cien dracmas de ganancia. Trae un papel para que te dé el precio por
escrito.» Y cogí la pieza de seda tejida con oro, y á cambio le di el
precio por escrito, y luego entregué la tela á la dama, diciéndole:
«Tómala, y puedes irte sin que te preocupe el precio, pues ya me lo
pagarás cuando gustes. Y para esto te bastará venir un día entre los
días á buscarme en el zoco, donde siempre estoy sentado en una ó en otra
tienda. Y si quieres honrarme aceptándola como homenaje mío, te
pertenece desde ahora.» Entonces me contestó: «¡Alah te lo premie con
toda clase de favores! ¡Ojalá alcances todas las riquezas que me
pertenecen, convirtiéndote en mi dueño y en corona de mi cabeza! ¡Así
oiga Alah mi ruego!» Y yo le repliqué: «¡Oh señora mía, acepta, pues,
esta pieza de seda! ¡Y que no sea esta sola! Pero te ruego que me
otorgues el favor de que admire un instante el rostro que me ocultas.»
Entonces se levantó el finísimo velo que le cubría la parte inferior de
la cara y no dejaba ver mas que los ojos.
Y vi aquel rostro de bendición, y esta sola mirada bastó para aturdirme,
avivar el amor en mi alma y arrebatarme la razón. Pero ella se apresuró
á bajar el velo, cogió la tela, y me dijo: «¡Oh dueño mío, que no dure
mucho tu ausencia, ó moriré desolada!» Y después se marchó. Y yo me
quedé solo con el mercader, hasta la puesta del sol.
Y me hallaba como si hubiese perdido la razón y el sentido, dominado en
absoluto por la locura de aquella pasión tan repentina. Y la violencia
de este sentimiento hizo que me arriesgase á preguntar al mercader
respecto á aquella dama. Y antes de levantarme para irme, le dije:
«¿Sabes quién es esa dama?» Y me contestó: «Claro que sí. Es una dama
muy rica. Su padre fué un emir ilustre, que murió, dejándole muchos
bienes y riquezas.»
Entonces me despedí del mercader y me marché, para volver al khan Serur,
donde me alojaba. Y mis criados me sirvieron de comer; pero yo pensaba
en ella, y no pude probar bocado. Me eché á dormir; pero el sueño huía
de mi persona, y pasé toda la noche en vela, hasta por la mañana.
Entonces me levanté, me puse un traje más lujoso todavía que el de la
víspera, bebí una copa de vino, me desayuné con un buen plato, y volví á
la tienda del mercader, á quien hube de saludar, sentándome en el sitio
de costumbre. Y apenas había tomado asiento, vi llegar á la joven,
acompañada de una esclava. Entró, se sentó y me saludó, sin dirigir el
menor saludo de paz á Badreddin. Y con su voz tan dulce y su
incomparable modo de hablar, me dijo: «Esperaba que hubieses enviado á
alguien á mi casa para cobrar los mil doscientos dracmas que importa la
pieza de seda.» A lo cual contesté: «¿Por qué tanta prisa, si á mí no me
corre ninguna?» Y ella me dijo: «Eres muy generoso; pero yo no quiero
que por mí pierdas nada.» Y acabó por dejar en mi mano el importe de la
tela, no obstante mi oposición. Y empezamos á hablar. Y de pronto me
decidí á expresarle por señas la intensidad de mi sentimiento. Pero
inmediatamente se levantó y se alejó á buen paso, despidiéndose por pura
cortesía. Y sin poder contenerme, abandoné la tienda, y la fuí siguiendo
hasta que salimos del zoco. Y la perdí ele vista; pero se me acercó una
muchacha, cuyo velo no me permitía adivinar quién fuese, y me dijo: «¡Oh
mi señor! Ven á ver á mi señora, que quiere hablarte.» Entonces, muy
sorprendido, le dije: «¡Pero si aquí nadie me conoce!» Y la muchacha
replicó: «¡Oh cuán escasa es tu memoria! ¿No recuerdas á la sierva que
has visto ahora mismo en el zoco, con su señora, en la tienda de
Badreddin?» Entonces eché á andar detrás de ella, hasta que vi á su
señora en una esquina de la calle de los Cambios.
Cuando ella me vió, se acercó á mí rápidamente, y llevándome á un rincón
de la calle, me dijo: «¡Ojo de mi vida! Sabe que con tu amor llenas todo
mi pensamiento y mi alma. Y desde la hora que te vi, ni disfruto del
sueño reparador, ni como, ni bebo.» Y yo le contesté: «A mí me pasa
igual; pero la dicha que ahora gozo me impide quejarme.» Y ella dijo:
«¡Ojo de mi vida! ¿Vas á venir á mi casa, ó iré yo á la tuya?» Yo
repuse: «Soy forastero y no dispongo de otro lugar que el khan, en donde
hay demasiada gente. Por tanto, si tienes bastante confianza en mi
cariño para recibirme en tu casa, colmarás mi felicidad.» Y ella
respondió: «Cierto que sí; pero esta noche es la noche del viernes y no
puedo recibirte... Pero mañana, después de la oración del mediodía,
monta en tu borrico, y pregunta por el barrio de Habbania, y cuando
llegues á él, averigua la casa de Barakat, el que fué gobernador,
conocido por Aby-Schama. Allí vivo yo. Y no dejes de ir, que te estaré
esperando.»
Yo estaba loco de alegría; después nos separamos. Volví al khan Serur,
en donde habitaba, y no pude dormir en toda la noche. Pero al amanecer
me apresuré á levantarme, y me puse un trajo nuevo, perfumándome con los
más suaves aromas, y me proveí de cincuenta dinares ele oro, que guardé
en un pañuelo. Salí del khan Serur, y me dirigí hacia el lugar llamado
Bab-Zauilat, alquilando allí un borrico, y le dije al burrero: «Vamos al
barrio de Habbania.» Y me llevó en muy escaso tiempo, llegando á una
calle llamada Darb Al-Monkari, y dije al burrero: «Pregunta en esta
calle por la casa del nakib[15] Aby-Schama.» El burrero se fué, y volvió
á los pocos momentos con las señas pedidas, y me dijo: «Puedes apearte.»
Entonces eché pie á tierra, y le dije: «Ve adelante para enseñarme el
camino.» Y me llevó á la casa, y entonces le ordené: «Mañana por la
mañana volverás aquí para llevarme de nuevo al khan.» Y el hombre me
contestó que así lo haría. Entonces le di un cuarto de dinar de oro, y
cogiéndolo, se lo llevó á los labios y después á la frente, para darme
las gracias, marchándose en seguida.
Llamé entonces á la puerta de la casa. Me abrieron dos jovencitas, dos
vírgenes de pechos firmes y blancos, redondos como lunas, y me dijeron:
«Entra, ¡oh señor! nuestra ama te aguarda impaciente. No duerme por las
noches á causa de la pasión que le inspiras.»
Entré en un patio, y vi un soberbio edificio con siete puertas; y
aparecía toda la fachada llena de ventanas, que daban á un inmenso
jardín. Este jardín encerraba todas las maravillas de árboles frutales
y de flores; lo regaban arroyos y lo encantaba el gorjeo de las aves. La
casa era toda de mármol blanco, tan diáfano y pulimentado, que reflejaba
la imagen de quien lo miraba, y los artesonados interiores estaban
cubiertos de oro y rodeados de inscripciones y dibujos de distintas
formas. Todo su pavimento era de mármol muy rico y de fresco mosaico. En
medio de la sala hallábase una fuente incrustada de perlas y pedrería.
Alfombras de seda cubrían los suelos, tapices admirables colgaban de los
muros, y en cuanto á los muebles, el lenguaje y la escritura más
elocuentes no podrían describirlos.
A los pocos momentos de entrar y sentarme...