donde éste las dejó: el turbante en la silla, el calzoncillo en el
lecho, los calzones y el ropón en el diván, con la bolsa de los mil
dinares y el contrato del judío, volviendo á coser en el turbante el
pedazo de hule con los papeles que contenía.
Después recomendó á Sett El-Hosn que se vistiese como la primera noche,
disponiéndose á recibir á su primo y esposo Hassán Badreddin, y que
cuando éste entrase, le dijera: «¡Oh, cuánto tiempo has estado en el
retrete! ¡Por Alah! Si estás indispuesto, ¿por qué no lo dices? ¿Acaso
no soy tu esclava?» Y le recomendó también, aunque en realidad Sett
El-Hosn no necesitaba esta advertencia, que se mostrase muy cariñosa con
su primo y le hiciese pasar la noche lo más agradablemente posible.
Y luego el visir apuntó la fecha de este día bendito. Y fué al aposento
donde estaba Hassán encerrado en el cajón. Lo mandó sacar mientras
dormía, le desató las piernas, lo desnudó y no le dejó mas que una
camisa fina y un gorro en la cabeza, lo mismo que la noche de la boda. Y
después se escabulló, abriendo las puertas que conducían á la cámara
nupcial, para que Hassán se despertase solo.
Y Hassán no tardó en despertarse, y atónito al verse casi desnudo en
aquel corredor tan maravillosamente alumbrado, y que no se le hacia
desconocido, dijo: «¡Por Alah! ¿estaré despierto ó soñando?»
Pasados los primeros instantes de sorpresa, se arriesgó á levantarse y
mirar á través de una de las puertas que se abrían en el pasillo. Y al
momento perdió la respiración. Acababa de reconocer la sala donde se
había celebrado la fiesta en honor suyo y con tal detrimento para el
jorobado. Y al mirar por la puerta que conducía á la cámara nupcial, vió
su turbante encima de una silla y en el diván su ropón y sus calzones.
Entonces, llena de sudor la frente, se dijo: «¿Estaré despierto? ¿Estaré
soñando? ¿Estaré loco?» Y quiso avanzar, pero adelantaba un paso y
retrocedía otro, limpiándose á cada momento la frente, bañada de un
sudor frío. Y al fin exclamó: «¡Por Alah! No es posible dudarlo. ¡Esto
es un sueño! Pero ¿no estaba yo amarrado y metido en un cajón? ¡No; esto
no es un sueño!» Y así llegó hasta la entrada de la cámara nupcial, y
cautelosamente avanzó la cabeza.
Y he aquí que Sett El-Hosn, tendida en el lecho, en toda su hermosura,
levantó gentilmente una de las puntas del mosquitero de seda azul y
dijo: «¡Oh dueño querido! ¡Cuánto tiempo has estado en el retrete! ¡Ven
en seguida!»
Y entonces el pobre Hassán se echó á reir á carcajadas, como un tragador
de haschich ó un fumador de opio, y gritaba: «¡Oh, qué sueño tan
asombroso! ¡Qué sueño tan embrollado!» Y avanzó con infinitas
precauciones, como si pisara serpientes, agarrando con una mano el
faldón de la camisa y tentando en el aire con la otra, como un ciego ó
como un borracho.
Después, sin poder resistir la emoción, se sentó en la alfombra y empezó
á reflexionar profundamente. Y es el caso que veía allí mismo, delante
de él, sus calzones tal como eran, abombados y con sus pliegues bien
hechos, su turbante de Bassra, su ropón, y colgando, los cordones de la
bolsa.
Y nuevamente le habló Sett El-Hosn desde el interior del lecho y le
dijo: «¿Qué haces, mi querido? ¡Te veo perplejo y tembloroso! ¡Ah! ¡No
estabas así al principio!»
Entonces, Badreddin, sin levantarse y apretándose la frente con las
manos, empezó á abrir y á cerrar la boca, con una risa de loco, y al fin
pudo decir: «¿Qué principio? ¿Y de qué noche? ¡Por Alah! ¡Si hace años y
años que me ausenté!»
Entonces Sett El-Hosn le dijo: «¡Oh querido mío! ¡Tranquilízate! ¡Por el
nombre de Alah sobre ti y en torno de ti! ¡Tranquilízate! Hablo de esta
noche que acabas de pasar en mis brazos, ¡la noche del poderoso ariete!
Saliste un instante y has tardado cerca de una hora. Pero ya veo que no
te encuentras bien. ¡Ven, ojos míos, á que te dé calor; ven, alma mía!»
Pero Badreddin siguió riendo como un loco, y dijo: «¡Puede que digas la
verdad! ¡Es posible que me haya dormido en el retrete y que haya
soñado!» Después añadió: «¡Pero qué sueño tan desagradable! Figúrate que
he soñado que era algo así como cocinero ó pastelero en la ciudad de
Damasco, en Siria, muy lejos de aquí, y que vivía diez años en ese
oficio. He soñado también con un muchacho, seguramente hijo de noble, al
que acompañaba un eunuco. Y me ocurrió con él tal aventura...» Y el
pobre Hassán, notando que el sudor le bañaba la frente, fué á
enjugarla, pero entonces tentó la huella de la piedra que le había
herido, y dió un salto y dijo: «¡Por Alah! ¡Esta es la cicatriz de la
pedrada que me tiró aquel muchacho!» Después reflexionó un instante, y
añadió: «¡Es efectivamente un sueño! Este golpe es posible que me lo
hayas dado tú hace un momento, en uno de nuestros transportes.» Y luego
dijo: «Sigo contándote mi sueño. Llegué á Damasco, pero no sé cómo. Era
una mañana, y yo iba como ahora me ves, en camisa y con un gorro blanco:
el gorro del jorobado. Y los habitantes no sé qué querían hacer conmigo.
Heredé la tienda de un pastelero, un viejecillo muy amable. ¡Pero claro,
esto no ha sido un sueño! Porque he preparado un plato de granada que no
tenía bastante aroma... ¿Y después?... ¿Pero he soñado todo esto ó ha
sido realidad?...»
Entonces Sett El-Hosn exclamó: «¡Querido mío, realmente has soñado cosas
muy extrañas! ¡Por favor, prosigue hasta el final!»
Y Hassán Badreddin, interrumpiéndose de cuando en cuando para lanzar
exclamaciones, refirió á Sett El-Hosn toda la historia, real ó soñada,
desde el principio hasta el fin. Y luego añadió: «¡Cuando pienso que por
poco me crucifican! ¡Y me hubiesen crucificado si no se disipa
oportunamente el sueño! ¡Por Alah! ¡Todavía sudo al acordarme del
cajón!»
Y Sett El-Hosn le preguntó: «¿Y por qué te querían crucificar?» Y él
contestó: «Por haber aromatizado poco el dulce de granada. ¡Oh! Me
esperaba la terrible picota con un carretón arrastrado por dos búfalos
del Nilo. Pero gracias á Alah, todo ha sido un sueño... Y á fe que la
pérdida de mi pastelería, destruída por completo, me dió mucha pena.»
Entonces, Sett El-Hosn, que ya no podía más, saltó de la cama, se echó
en brazos de Hassán Badreddin, y estrechándole contra su pecho empezó á
besarle todo. Pero él no se movía. Y de pronto dijo: «¡No, no! ¡Esto no
es un sueño! ¡Por Alah! ¿dónde estoy? ¿dónde está la verdad?»
Y el pobre Hassán, llevado suavemente al lecho en brazos de Sett
El-Hosn, se tendió extenuado y cayó en un sueño profundo, velado por su
esposa, que de cuando en cuando le oía murmurar: «¡Es la realidad! ¡No!
¡Es un sueño!»
Con la mañana volvió la calma al espíritu de Hassán Badreddin, que al
despertarse se encontró en brazos de Sett El-Hosn, viendo al pie del
lecho á su tío el visir Chamseddin, que en seguida le deseó la paz. Y
Badreddin le dijo: «¡Por Alah! ¿No has sido tú quien mandó que me atasen
los brazos y has dispuesto la destrucción de mi tienda? ¡Y todo ello por
estar poco aromatizado el dulce de granada!»
Entonces, el visir Chamseddin, como ya no había razón para callar, le
dijo:
«¡Oh hijo mío! Sabe que eres Hassán Badreddin, hijo de mi difunto
hermano Nureddin, visir de Bassra. Y si te he hecho sufrir tales tratos
ha sido para tener una nueva prueba con que identificarte y saber que
eras tú, y no otro, el que entró en la casa de mi hija la noche de la
boda. Y esa prueba la he tenido al ver que conocías (pues yo estaba
escondido detrás de ti) la casa y los muebles, y después tu turbante,
tus calzones y tu bolsillo, y sobre todo, la etiqueta de esta bolsa y el
pliego sellado del turbante, que contiene las instrucciones de tu padre
Nureddin. Dispénsame, pues, hijo mío; porque no tenía otro medio de
conocerte, ya que no te hube visto nunca, pues naciste en Bassra. ¡Oh
hijo mío! Todo esto se debe á una divergencia que surgió hace muchos
años entre tu padre Nureddin y yo, que soy tu tío.»
Y el visir le contó toda la historia, y después le dijo: «¡Oh hijo mío!
En cuanto á tu madre, la he traído de Bassra, y la vas á ver, lo mismo
que á tu hijo Agib, fruto de tu primera noche de bodas con tu prima.» Y
el visir corrió á llamarlos.
El primero en llegar fué Agib, que esta vez se echó en brazos de su
padre, y Badreddin, lleno de alegría, recitó estos versos:
_¡Cuando te fuiste, me puse á llorar, y las lágrimas se desbordaban
de mis párpados!_
_¡Y juré que si Alah reunía alguna vez á los amantes, afligidos por
su separación, mis labios no volverían á hablar de la pasada
ausencia!_
_¡La felicidad ha cumplido lo que ofreció y ha pagado su deuda! ¡Y
mi amigo ha vuelto! ¡Levántate hacia aquel que trajo la dicha y
recógete los faldones de tu ropón para servirle!_
Apenas concluyó de recitar, cuando llegó sollozando la abuela de Agib,
madre de Badreddin, y se precipitó en los brazos de su hijo, casi
desmayada de júbilo.
Y á la vuelta de grandes expansiones y lágrimas de alegría, se contaron
mutuamente sus historias y sus penas y todos sus padecimientos.
Dieron después gracias á Alah por haberlos reunido sanos y salvos, y
volvieron á vivir en la felicidad y entre puras delicias y sin privarse
de nada, ¡hasta que les visitó la Separadora de los amigos, la
Destructora de la felicidad, la Irreparable, la Inevitable!»
* * * * *
Y esta es ¡oh rey afortunado!--dijo Schahrazada al rey Schahriar--la
historia maravillosa que el visir Giafar Al-Barmakí refirió al califa
Harún Al-Rachid, Emir de los Creyentes de la ciudad de Bagdad. Y son
estas también las aventuras del visir Chamseddin, de su hermano el visir
Nureddin y de Hassán Badreddin, hijo de Nureddin.
Y el califa Harún Al-Rachid dijo: «¡Por Alah, que todo esto es
verdaderamente asombroso!» Y admirado hasta el límite de la admiración,
sonrió agradecido á su visir Giafar, y ordenó á los escribas de palacio
que escribiesen con oro y con su más bella letra esta maravillosa
historia y que la conservasen cuidadosamente en el armario de los
papeles, para que sirviese de lección á los hijos de los hijos.
Y la discreta y sagaz Schahrazada, dirigiéndose al rey Schahriar,
sultán de la India y de la China, prosiguió de este modo: «Pero no
creas, ¡oh rey afortunado! que esta historia sea tan admirable como
la que ahora te contaré si no estás cansado!» Y el rey Schahriar le
preguntó: «¿Qué historia es esa?» Y Schahrazada dijo: «Es mucho más
admirable que todas las otras.» Y el rey Schahriar preguntó: «Pero
¿cómo se llama?» Y ella dijo:
«Es la historia del sastre, el jorobado, el judío, el nazareno y el
barbero de Bagdad.»
Entonces el rey exclamó: «¡Te lo concedo! ¡Puedes contarla!»
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Historia del jorobado, con el sastre, el corredor nazareno, el
intendente y el médico judío; lo que de ello resultó, y sus aventuras
sucesivamente referidas.
Entonces Schahrazada dijo al rey Schahriar:
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He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que en la antigüedad del tiempo
y en lo pasado de las edades y de los siglos, hubo en una ciudad de la
China un hombre que era sastre y estaba muy satisfecho de su condición.
Amaba las distracciones apacibles y tranquilas y de cuando en cuando
acostumbraba á salir con su mujer, para pasearse y recrear la vista con
el espectáculo de las calles y los jardines. Pero cierto día que ambos
habían pasado fuera de casa, al regresar á ella, al anochecer,
encontraron en el camino á un jorobado de tan grotesca facha, que era
antídoto de toda melancolía y haría reir al hombre más triste, disipando
todo pesar y toda aflicción. Inmediatamente se le acercaron el sastre y
su mujer, divirtiéndose tanto con sus chanzas, que le convidaron á
pasar la noche en su compañía. El jorobado hubo de responder á esta
oferta como era debido, uniéndose á ellos, y llegaron juntos á la casa.
Entonces el sastre se apartó un momento para ir al zoco antes de que los
comerciantes cerrasen sus tiendas, pues quería comprar provisiones con
que obsequiar al huésped. Compró pescado frito, pan fresco, limones, y
un gran pedazo de _halaua_[11] para postre. Después volvió, puso todas
estas cosas delante del jorobado, y todos se sentaron á comer.
Mientras comían alegremente, la mujer del sastre tomó con los dedos un
gran trozo de pescado y lo metió por broma todo entero en la boca del
jorobado, tapándosela con la mano para que no escupiera el pedazo, y
dijo: «¡Por Alah! Tienes que tragarte ese bocado de una vez sin remedio,
ó si no, no te suelto.»
Entonces, el jorobado, tras de muchos esfuerzos, acabó por tragarse el
pedazo entero. Pero desgraciadamente para él, había decretado el Destino
que en aquel bocado hubiese una enorme espina. Y esta espina se le
atravesó en la garganta, ocasionándole en el acto la muerte.
Al llegar á este punto de su relato, vió Schahrazada, hija del
visir, que se acercaba la mañana, y con su habitual discreción no
quiso proseguir la historia, para no abusar del permiso concedido
por el rey Schahriar.
Entonces, su hermana la joven Doniazada le dijo: «¡Oh hermana mía!
¡Cuán gentiles, cuán dulces y cuán sabrosas son tus palabras!» Y
Schahrazada respondió: «¿Pues qué dirás la noche próxima, cuando
oigas la continuación, si es que vivo aún, porque así lo disponga
la voluntad de este rey lleno de buenas maneras y de cortesía?»
Y el rey Schahriar dijo para sí: «¡Por Alah! No la mataré hasta no
oir lo que falta de esta historia, que es muy sorprendente.»
Después el rey Schahriar cogió á Schahrazada entre sus brazos, y
pasaron enlazados el resto de la noche, hasta que llegó la mañana.
Entonces el rey se levantó y se fué á la sala de justicia. Y en
seguida entró el visir, y entraron asimismo los emires, los
chambelanes y los guardias, y el diván se llenó de gente. Y el rey
empezó á juzgar y á despachar asuntos, dando un cargo á este,
destituyendo á aquel, sentenciando en los pleitos pendientes, y
ocupando su tiempo de este modo hasta acabar el día. Terminado el
diván, el rey volvió á sus aposentos y fué en busca de Schahrazada.
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Y CUANDO LLEGÓ LA 25.ª NOCHE
Doniazada dijo á Schahrazada: «¡Oh hermana mía! Te ruego que nos
cuentes la continuación de esa historia del jorobado, con el sastre
y su mujer.» Y Schahrazada repuso: «¡De todo corazón y como debido
homenaje! Pero no sé si lo consentirá el rey.» Entonces el rey se
apresuró á decir: «Puedes contarla.» Y Schahrazada dijo:
He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el sastre vió morir
de aquella manera al jorobado, exclamó: «¡Sólo Alah el Altísimo y
Omnipotente posee la fuerza y el poder! ¡Qué desdicha que este pobre
hombre haya venido á morir precisamente entre nuestras manos!» Pero la
mujer replicó: «¿Y qué piensas hacer ahora? ¿No conoces estos versos del
poeta?»
_¡Oh alma mía! ¿por qué te sumerges en lo absurdo hasta enfermar?
¿Por qué te preocupas con aquello que te acarreará la pena y la
zozobra?_
_¿No temes al fuego, puesto que vas á sentarte en él? ¿No sabes que
quien se acerca al fuego se expone á abrasarse?_
Entonces su marido le dijo: «No sé, en verdad, qué hacer.» Y la mujer
respondió: «Levántate, que entre los dos lo llevaremos, tapándole con
una colcha de seda, y lo sacaremos ahora mismo de aquí, yendo tú detrás
y yo delante. Y por todo el camino irás diciendo en alta voz: «¡Es mi
hijo, y ésta es su madre! Vamos buscando á un médico que lo cure. ¿En
dónde hay un médico?»
Al oír el sastre estas palabras se levantó, cogió al jorobado en
brazos, y salió de la casa en seguimiento de su esposa. Y la mujer
empezó á clamar: «¡Oh mi pobre hijo! ¿Podremos verte sano y salvo?
¡Dime! ¿Sufres mucho? ¡Oh maldita viruela! ¿En qué parte del cuerpo te
ha brotado la erupción?» Y al oirlos, decían los transeuntes: «Son un
padre y una madre que llevan á un niño enfermo de viruelas.» Y se
apresuraban á alejarse.
Y así siguieron andando el sastre y su mujer, preguntando por la casa de
un médico, hasta que los llevaron á la de un médico judío. Llamaron
entonces, y en seguida bajó una negra, abrió la puerta, y vió á aquel
hombre que llevaba un niño en brazos, y á la madre que lo acompañaba. Y
ésta le dijo: «Traemos un niño para que lo vea el médico. Toma este
dinero, un cuarto de dinar, y dáselo adelantado á tu amo, rogándole que
baje á ver al niño, porque está muy enfermo.»
Volvió á subir entonces la criada, y en seguida la mujer del sastre
traspuso el umbral de la casa, hizo entrar á su marido, y le dijo: «Deja
en seguida ahí el cadáver del jorobado. Y vámonos á escape.» Y el sastre
soltó el cadáver del jorobado, dejándolo arrimado al muro, sobre un
peldaño de la escalera, y se apresuró á marcharse, seguido por su mujer.
En cuanto á la negra, entró en casa de su amo el médico judío, y le
dijo: «Ahí abajo queda un enfermo, acompañado de un hombre y una mujer,
que me han dado para ti este cuarto de dinar para que recetes algo que
le alivie.» Y cuando el médico judío vió el cuarto de dinar, se alegró
mucho y se apresuró á levantarse; pero con la prisa no se acordó de
coger una luz para bajar. Y por esto tropezó con el jorobado,
derribándole. Y muy asustado, al ver rodar á un hombre, le examinó en
seguida, y al comprobar que estaba muerto, se creyó causante de su
muerte. Y gritó entonces: «¡Oh Señor! ¡Oh Alah justiciero! Por las diez
palabras santas!» Y siguió invocando á Harún, á Yuschah[12], hijo de
Nun, y á los demás. Y dijo: «He aquí que acabo de tropezar con este
enfermo, y le he tirado rodando por la escalera. Pero ¿cómo salgo yo
ahora de casa con un cadáver?» De todos modos, acabó por cogerlo y
llevarlo desde el patio á su habitación, donde lo mostró á su mujer,
contando todo lo ocurrido. Y ella exclamó aterrorizada: «¡No, aquí no lo
podemos tener! ¡Sácalo de casa cuanto antes! Como continúe con nosotros
hasta la salida del sol, estamos perdidos sin remedio. Vamos á llevarlo
entre los dos á la azotea y desde allí lo echaremos á la casa de nuestro
vecino el musulmán. Ya sabes que nuestro vecino es el intendente
proveedor de la cocina del rey, y su casa está infestada de ratas,
perros y gatos, que bajan por la azotea para comerse las provisiones de
aceite, manteca y harina. Por tanto, esos bichos no dejarán de comerse
este cadáver, y lo harán desaparecer.»
Entonces el médico judío y su mujer cogieron al jorobado y lo llevaron
á la azotea, y desde allí lo hicieron descender pausadamente hasta la
casa del mayordomo, dejándolo de pie contra la pared de la cocina.
Después se alejaron, descendiendo á su casa tranquilamente.
Pero haría pocos momentos que el jorobado se hallaba arrimado contra la
pared, cuando el intendente, que estaba ausente, regresó á su casa,
abrió la puerta, encendió una vela, y entró. Y encontró á un hijo de
Adán de pie en un rincón, junto á la pared de la cocina. Y el
intendente, sorprendidísimo, exclamó: «¿Qué es eso? ¡Por Alah! He aquí
que el ladrón que acostumbraba á robar mis provisiones no era un bicho,
sino un ser humano. Este es el que me roba la carne y la manteca, á
pesar de que las guardo cuidadosamente por temor á los gatos y á los
perros. Bien inútil habría sido matar á todos los perros y gatos del
barrio, como pensé hacer, puesto que este individuo es el que bajaba por
la azotea.» Y en seguida agarró el intendente una enorme estaca, yéndose
para el hombre, y le dió de garrotazos, y aunque le vió caer, le siguió
apaleando. Pero como el hombre no se movía, el intendente advirtió que
estaba muerto, y entonces dijo desolado: «¡Sólo Alah el Altísimo y
Omnipotente posee la fuerza y el poder!» Y después añadió: «¡Malditas
sean la manteca y la carne, y maldita esta noche! Se necesita tener toda
la mala suerte que yo tengo para haber matado así á este hombre. Y no sé
qué hacer con él.» Después lo miró con mayor atención, comprobando que
era jorobado. Y le dijo: «¿No te basta con ser jorobeta? ¿Querías
también ser ladrón y robarme la carne y la manteca de mis provisiones?
¡Oh Dios protector, ampárame con el velo de tu poder!» Y como la noche
se acababa, el intendente se echó á cuestas al jorobado, salió de su
casa y anduvo cargado con él, hasta que llegó á la entrada del zoco.
Paróse entonces, colocó de pie al jorobado junto á una tienda, en la
esquina de una bocacalle, y se fué.
Y al poco tiempo de estar allí el cadáver del jorobado, acertó á pasar
un nazareno. Era el corredor de comercio del sultán. Y aquella noche
estaba beodo. Y en tal estado iba al hammam á bañarse. Su borrachera le
incitaba á las cosas más curiosas, y se decía: «¡Vamos, que eres casi
como el Mesías!» Y marchaba haciendo eses y tambaleándose, y acabó por
llegar adonde estaba el jorobado. Y entonces quiso orinar. Pero de
pronto vió al jorobado delante de él, apoyado contra la pared. Y al
encontrarse con aquel hombre, que seguía inmóvil, se le figuró que era
un ladrón y que acaso fuese quien le había robado el turbante, pues el
corredor nazareno iba sin nada á la cabeza. Entonces se abalanzó contra
aquel hombre, y le dió un golpe tan violento en la nuca, que lo hizo
caer al suelo. Y en seguida empezó á dar gritos llamando al guarda del
zoco. Y con la excitación de su embriaguez, siguió golpeando al jorobado
y quiso estrangularlo, apretándole la garganta con ambas manos. En este
momento llegó el guarda del zoco, y vió al nazareno encima del musulmán,
dándole golpes y á punto de ahogarlo. Y el guarda dijo: «¡Deja á ese
hombre y levántate!» Y el cristiano se levantó.
Entonces el guarda del zoco se acercó al jorobado, que se hallaba
tendido en el suelo, lo examinó, y vió que estaba muerto. Y gritó
entonces: «¿Cuándo se ha visto que un nazareno tenga la audacia de
golpear á un musulmán y matarlo?» Y el guarda se apoderó del nazareno,
le ató las manos á la espalda y le llevó á casa del walí[13]. Y el
nazareno se lamentaba y decía: «¡Oh Mesías, oh Virgen! ¿Cómo habré
podido matar á ese hombre? ¡Y qué pronto ha muerto, sólo de un puñetazo!
Se me pasó la borrachera, y ahora viene la reflexión.»
Llegados á casa del walí, el nazareno y el cadáver del jorobado quedaron
encerrados toda la noche, hasta que el walí se despertó por la mañana.
Entonces el walí interrogó al nazareno, que no pudo negar los hechos
referidos por el guarda del zoco. Y el walí no pudo hacer otra cosa que
condenar á muerte á aquel nazareno que había matado á un musulmán. Y
ordenó que el portaalfanje pregonara por toda la ciudad la sentencia de
muerte del corredor nazareno. Luego mandó que levantasen la horca y
llevasen á ella al sentenciado.
Entonces se acercó el portaalfanje y preparó la cuerda, hizo el nudo
corredizo, se lo pasó al nazareno por el cuello, y ya iba á tirar de
él, cuando de pronto el proveedor del sultán hendió la muchedumbre y
abriéndose camino hasta el nazareno, que estaba de pie junto á la horca,
dijo al portaalfanje: «¡Detente! ¡Yo soy quien ha matado á ese hombre!»
Entonces el walí le preguntó: «¿Y por qué le mataste?» Y el intendente
dijo: «Vas á saberlo. Esta noche, al entrar en mi casa, advertí que se
había metido en ella descolgándose por la terraza, para robarme las
provisiones. Y le di un golpe en el pecho con un palo, y en seguida le
vi caer muerto. Entonces le cogí á cuestas; y le traje al zoco,
dejándole de pie arrimado contra una tienda en tal sitio y en tal
esquina. Y he aquí que ahora, con mi silencio, iba á ser causa de que
matasen á este nazareno, después de haber sido yo quien mató á un
musulmán. ¡A mí, pues, hay que ahorcarme!»
Cuando el walí hubo oído las palabras del proveedor, dispuso que
soltasen al nazareno, y dijo al portaalfanje: «Ahora mismo ahorcarás á
este hombre, que acaba de confesar su delito.»
Entonces el portaalfanje cogió la cuerda que había pasado por el cuello
del cristiano y rodeó con ella el cuello del proveedor, lo llevó junto
al patíbulo, y lo iba á levantar en el aire, cuando de pronto el médico
judío atravesó la muchedumbre, y dijo á voces al portaalfanje:
«¡Aguarda! ¡El único culpable soy yo!» Y después contó así la cosa:
«Sabed todos que este hombre me vino á buscar para consultarme, á fin de
que lo curara. Y cuando yo bajaba la escalera para verle, como era de
noche, tropecé con él y rodó hasta lo último de la escalera,
convirtiéndose en un cuerpo sin alma. De modo que no deben matar al
proveedor, sino á mí solamente.»