Atravesó Chamseddin la puerta principal, llegando á un gran patio, en

cuyo fondo se alzaba la morada. La puerta era una maravilla de arcadas

de granito, embellecida con mármoles de todos los colores. En el umbral,

sobre una magnífica losa de mármol, vió el nombre de su hermano Nureddin

grabado con letras de oro. Se inclinó para besar aquel nombre, y se

afectó mucho, recitando estas estrofas:

_¡Todas las mañanas pido noticias suyas al sol que sale! ¡Y todas

las noches se las pido al relámpayo que brilla!_

_¡Cuando duermo, hasta cuando duermo, el deseo, el aguijón del

deseo, el peso del deseo, la sierra afilada del deseo, trabaja en

mí! ¡Y nunca clamo estos dolores!_

_¡Oh dulce amigo! ¡No prolongues más la dura ausencia! ¡Mi corazón

está destrozado, cortado en pedazos, por el dolor de esta

ausencia!_

_¡Oh! ¡Que día bendito, qué día tan incomparable sería aquel en que

al fin pudiéramos reunimos!_

_¡Pero no temas que por tu ausencia se haya llenado mi corazón con

el amor de otro! ¡Mi corazón no es bastante grande para encerrar

otro amor!_

Después entró Chamseddin en la casa y atravesó varios aposentos, hasta

llegar á aquel en que estaba generalmente su cuñada, la madre de Hassán

Badreddin El-Bassrauí.

Desde la desaparición de su hijo, se había encerrado en aquella

estancia, y allí pasaba días y noches en continuo llanto. Y había

mandado construir en medio de la habitación un pequeño edificio con su

cúpula, para que figurase la tumba de su pobre hijo, al cual creía

muerto desde mucho tiempo atrás. Y allí dejaba transcurrir entre

lágrimas su vida, y allí, extenuada por el dolor, abatía la cabeza

aguardando la muerte.

Al llegar junto á la puerta, Chamseddin oyó á su cuñada, que con voz

doliente recitaba estos versos:

_¡Oh tumba! ¡Dime, por Alah, si han desaparecido la hermosura y los

encantos de mi amigo! ¿Se desvaneció para siempre el magnífico

espectáculo de su belleza?_

_¡Oh tumba! No eres seguramente el jardín de las delicias ni el

elevado cielo; pero dime, ¿cómo veo resplandecer dentro de ti la

luna y florecer el ramo?_

Entonces entró el visir Chamseddin, saludó á su cuñada con el mayor

respeto, y la enteró de que era el hermano de su esposo Nureddin.

Después le refirió toda la historia, haciéndole saber que Hassán, su

hijo, se había acostado una noche con su hija Sett El-Hosn y había

desaparecido por la mañana, y Sett El-Hosn quedó preñada y parió á Agib.

Después añadió: «Agib ha venido conmigo. Es tu hijo, por ser el hijo de

tu hijo y mi hija.»

La viuda, que hasta aquel momento había estado sentada, como una mujer

de riguroso luto que renuncia á los usos sociales, al saber que vivía su

hijo y que su nieto estaba allí y tenía delante á su cuñado el visir de

Egipto, se levantó apresuradamente y se echó á los pies de Chamseddin,

besándoselos, y recitó en honor suyo estas estrofas:

_¡Por Alah! ¡Colma de beneficios á aquel que acaba de anunciarme

esta nueva feliz, pues para mí es la noticia más dichosa y mejor de

cuantas pueden oirse!_

_¡Y si le agradan los regalos, puedo hacerle el de un corazón

desgarrado por las ausencias!_

El visir ordenó que buscasen en seguida á Agib, y cuando éste se

presentó, su abuela se abrazó á él llorando. Y Chamseddin le dijo: «¡Oh

mi señora! No es el momento de llorar, sino de que prepares tu viaje á

Egipto en compañía de nosotros. ¡Y quiera Alah reunirnos con tu hijo y

sobrino mío Hassán!» Y la abuela de Agib respondió: «Escucho y

obedezco.» Y en el mismo instante fué á disponer todas las cosas

necesarias, y los víveres, y toda su servidumbre, no tardando en

hallarse dispuesta.

Entonces el visir Chamseddin fué á despedirse del sultán de Bassra. Y el

sultán le entregó muchos regalos para él y para el sultán de Egipto.

Después, Chamseddin, las dos damas y Agib emprendieron la marcha

acompañados de todo su séquito.

Y no se detuvieron hasta llegar nuevamente á Damasco. Hicieron alto en

la plaza de Kânun, armaron las tiendas, y el visir dijo: «Ahora nos

detendremos en Damasco toda una semana, para tener tiempo de comprar

regalos como se los merece el sultán de Egipto.»

Y mientras el visir recibía á los ricos mercaderes que habían acudido

para ofrecerle sus géneros, Agib dijo al eunuco: «Baba Said, tengo ganas

de distraerme un rato. Vámonos al zoco para saber qué novedades hay y

qué le ocurrió á aquel pastelero cuyos dulces nos comimos, y teniendo

que agradecerle su hospitalidad le pagamos partiéndole la cabeza de una

pedrada. Realmente, le volvimos mal por bien.» Y el eunuco respondió:

«Escucho y obedezco.»

Entonces Agib y el eunuco abandonaron el campamento, porque Agib obraba

con un ciego impulso, como movido por un cariño filial inconsciente.

Llegados á la ciudad, anduvieron por todos los zocos hasta que

encontraron la pastelería. Y era la hora en que los creyentes marchaban

á la mezquita de los Bani-Ommiah para la oración del _asr_.

Y precisamente en dicho momento estaba Hassán Badreddin en su tienda,

ocupado en confeccionar el mismo plato delicioso de la otra vez: granos

de granada con almendras, azúcar y perfumes en su punto. Y entonces Agib

pudo observar al pastelero, y ver en su frente la cicatriz de la pedrada

con que le había herido. Y se le enterneció más el corazón, y le dijo:

«¡Oh pastelero, la paz sea contigo! El interés que me inspiras me hace

venir á saber de ti. ¿No me recuerdas?» Y apenas lo vió Hassán, se le

conmovieron las entrañas, le palpitó el corazón desordenadamente,

abatió la cabeza hacia el suelo, y su lengua, pegada al paladar, le

impedía decir palabra. Por fin hubo de levantar la vista hacia el

muchacho, y sumisa y humildemente recitó estas estrofas:

_¡Pensé reconvenir á mi amante, pero en cuanto le vi lo olvidé

todo, y no pude dominar mi lengua ni mis ojos!_

_¡He callado y bajé los ojos ante su apostura imponente y altiva, y

quise disimular lo que sentía, pero no lo pude conseguir!_

_¡He aquí cómo, después de haber escrito pliegos y pliegos de

reconvenciones, al hallarle ante mí me fué imposible leer ni una

palabra!_

Luego añadió: «¡Oh mis señores! ¿Queréis entrar sólo por condescendencia

y probar este plato? Porque, ¡por Alah! apenas te he visto, ¡oh lindo

muchacho! mi corazón se ha inclinado hacia tu persona, como la otra vez.

Y me arrepiento de haber cometido la locura de seguirte.» Y Agib

contestó: «¡Por Alah, que eres un amigo peligroso! Por unos dulces que

nos diste, estuvo en poco que nos comprometieras. Pero ahora no entraré,

ni comeré nada en tu casa, como no jures que no saldrás detrás de

nosotros como la otra vez. Y sabe que de otra manera nunca volveremos

aquí, porque vamos á pasar toda la semana en Damasco, á fin de que mi

abuelo pueda comprar regalos para el sultán.» Entonces Badreddin

exclamó: «¡Lo juro ante vosotros!» Y en seguida Agib y el eunuco

entraron en la tienda, y Badreddin les ofreció al instante una terrina

de granos de granada, su deliciosa especialidad. Y Agib le dijo: «Ven, y

come con nosotros. Y así puede que Alah conceda el éxito á nuestras

pesquisas.» Y Hassán se sintió muy feliz al sentarse frente á ellos.

Pero no dejaba ni un instante de contemplar á Agib. Y lo miraba de un

modo tan extraño y persistente, que Agib, cohibido, le dijo: «¡Por Alah!

¡Qué enamorado tan pesado y tan molesto eres! Ya te lo dije la otra vez.

No me mires de esa manera, pues parece que quieras devorar mi cara con

tus ojos.» Y á sus frases respondió Badreddin con estas estrofas:

_¡En lo más profundo de mi corazón hay para ti un secreto que no

puedo revelar, un pensamiento íntimo y oculto que nunca traduciré

en palabras!_

_¡Oh tú, que humillas á la brillante luna, orgullosa de su belleza!

¡oh tú, rostro radiante, que avergüenzas á la mañana y á la

resplandeciente aurora!_

_¡Te he consagrado un culto mudo; te dediqué, ¡oh vaso selecto! un

signo mortal y tinos votos que de continuo se acrecientan y

embellecen!_

_¡Y ahora ardo y me derrito por completo! ¡Tu rostro es mi paraíso!

¡Estoy seguro de morir de esta sed abrasadora! ¡Y sin embargo, tus

labios podrían apagarla y refrescarme con su miel!_

Terminadas estas estrofas, recitó otras no menos admirables, pero en

otro sentido, dirigidas al eunuco. Y así estuvo diciendo versos durante

una hora, tan pronto dedicados á Agib como al esclavo. Y luego que sus

huéspedes se hubieron saciado, Hassán se levantó á fin de traerles lo

indispensable para que se lavasen. Y al efecto les presentó un hermoso

jarro de cobre muy limpio; les echó agua perfumada en las manos y se las

limpió después con una hermosa toalla de seda que le pendía de la

cintura. Y en seguida les roció con agua de rosas, sirviéndose de un

aspersorio de plata que guardaba cuidadosamente en el estante más alto

de su tienda, sacándolo nada más que en las ocasiones solemnes. Y no

contento aún, salió un instante para volver en seguida, trayendo en la

mano dos alcarrazas llenas de sorbete de agua de rosas, y les ofreció

una á cada uno, diciendo: «Aceptadlo y coronad así vuestra

condescendencia.» Entonces Agib cogió una alcarraza y bebió, y luego se

la entregó al eunuco, que bebió y se la entregó otra vez á Agib, que

bebió y se la volvió á entregar al esclavo, y así sucesivamente, hasta

que llenaron bien el vientre y se vieron hartos como nunca lo habían

estado en su vida. Y por último, dieron las gracias al pastelero, y se

retiraron muy de prisa para llegar al campamento antes de que se

ocultase el sol.

Y llegados á las tiendas, Agib se apresuró á besar la mano á su abuela y

á su madre Sett El-Hosn. Y la abuela le dió otro beso, acordándose de su

hijo Badreddin, y hubo de suspirar y llorar mucho. Y después recitó

estas dos estrofas:

_¡Si no tuviese la esperanza de que los objetos separados han de

reunirse algún día, nada habría aguardado ya desde que te fuiste!_

_¡Pero hice el juramento de que no entraría en mi corazón más amor

que el tuyo! ¡Y Alah mi señor, que conoce todos los secretos, puede

atestiguar que lo he cumplido!_

Después le dijo á Agib: «Hijo mío, ¿por dónde estuviste?» Y él contestó:

«Por los zocos de Damasco.» Y ella dijo: «Ya debes tener mucho apetito.»

Y se levantó y le trajo una terrina llena del famoso dulce de granada,

deliciosa especialidad en que era muy diestra, y cuyas primeras nociones

había dado á su hijo Badreddin siendo él muy niño.

Y ordenó al eunuco: «Puedes comer con tu amo Agib.» Y el eunuco,

haciendo muecas, se decía: «¡Por Alah! ¡Maldito el apetito que tengo!

¡No podré comer ni un bocado!» Pero fué á sentarse junto á su señor.

Y Agib, que se había sentado también, se encontraba con el estómago

lleno de cuanto había comido y bebido en la pastelería. Sin embargo,

tomó un poco de aquel dulce, pero no pudo tragarlo por lo harto que

estaba. Además le pareció muy poco azucarado. Y en realidad no era así

ni mucho menos. Porque la culpa era de él, pues no podía estar más

ahíto de lo que estaba. Así es que, haciendo un gesto de repugnancia,

dijo á su abuela: «¡Oh abuela! Este dulce no está bien hecho.» Y la

abuela, despechada, exclamó: «¿Cómo te atreves á decir que no están bien

hechos mis dulces? ¿Ignoras que no hay en el mundo quien me iguale en el

arte de la repostería y la confitería, como no sea tu padre Hassán

Badreddin, y eso porque yo le enseñé?» Pero Agib repuso: «¡Por Alah,

abuela, que á este plato le falta algo de azúcar! No se lo digas á mi

madre ni á mi abuelo; pero sabe que acabamos de comer en el zoco, donde

nos ha obsequiado un pastelero, ofreciéndonos este mismo plato. ¡Ah!

¡sólo su perfume ensanchaba el corazón! Y su saber delicioso habría

despertado el apetito de un enfermo. Y realmente, este plato preparado

por ti no se le puede comparar ni con mucho, abuela mía.»

Y la abuela, enfurecida al oir estas palabras, lanzó una terrible mirada

al eunuco Said y le dijo...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

Entonces, su hermana, la joven Doniazada, le dijo: «¡Oh hermana

mía! ¡Cuán dulces y agradables son tus palabras, y cuán delicioso y

encantador ese cuento!»

Y Schahrazada sonrió y dijo: «Sí, hermana mía; pero nada vale

comparado con lo que os contaré la próxima noche, si vivo aún, por

merced de Alah y gusto del rey.»

Y el rey dijo para sí: «¡Por Alah! No la mataré antes de oir la

continuación de su historia, pues realmente es una historia en

extremo asombrosa y extraordinaria.»

Después el rey Schahriar y Schahrazada pasaron enlazados el resto

de la noche, hasta que salió el sol.

Inmediatamente el rey Schahriar fué á la sala de sus justicias, y

se llenó el diván con la multitud de visires, chambelanes, guardias

y gente de palacio. Y el rey juzgó y dispuso nombramientos y

destituciones, y gobernó y despachó los asuntos pendientes, hasta

que hubo acabado el día.

Y luego se levantó el diván, regresó el rey al palacio, y cuando

llegó la noche fué á buscar á Schahrazada, la hija del visir, y no

dejó de hacer con ella su cosa acostumbrada.

[imagen]

Y ERA LA 24.ª NOCHE

Y la joven Doniazada, en cuanto se hubo terminado la cosa, se apresuró á

levantarse del tapiz y dijo á Schahrazada:

«¡Oh hermana mía! Te suplico que termines ese cuento tan hermoso de la

historia del bello Hassán Badreddin y de su mujer, la hija de su tío

Chamseddin. Estabas precisamente en estas palabras: «La abuela lanzó una

terrible mirada al eunuco Said, y le dijo...» ¿Qué le dijo?»

Y Schahrazada, sonriendo á su hermana, repuso: «La proseguiré de todo

corazón y buena voluntad, pero no sin que este rey tan bien educado me

lo permita.»

Entonces, el rey, que aguardaba impaciente el final del relato,

dijo á Schahrazada: «Puedes continuar.»

Y Schahrazada dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que la abuela de Agib se

encolerizó mucho, miró al esclavo de una manera terrible, y le dijo:

«Pero ¡desdichado! ¡Así has pervertido á este niño! ¿Cómo te atreviste á

hacerle entrar en tiendas de cocineros ó pasteleros?» Á estas palabras

de la abuela de Agib, el eunuco, muy asustado, se apresuró á negar, y

dijo: «No hemos entrado en ninguna pastelería; no hicimos mas que pasar

por delante.» Pero Agib insistió tenazmente: «¡Por Alah! Hemos entrado y

hemos comido muy bien.» Y maliciosamente añadió: «Y te repito, abuela,

que aquel dulce estaba mucho mejor que este que nos ofreces.»

Entonces la abuela se marchó indignada en busca del visir para enterarle

de aquel «terrible delito del eunuco de alquitrán». Y de tal modo excitó

al visir contra el esclavo, que Chamseddin, hombre de mal genio, que

solía desahogarse á gritos contra la servidumbre, se apresuró á marchar

con su cuñada en busca de Agib y el eunuco. Y exclamó: «¡Said! ¿Es

cierto que entraste con Agib en una pastelería?» Y el eunuco, aterrado,

dijo: «No es cierto, no hemos entrado.» Pero Agib, maliciosamente,

repuso: «¡Sí que hemos entrado! ¡Y además, cuanto hemos comido! ¡Ay,

abuela! Tan rico estaba, que nos hartamos hasta la nariz. Y luego hemos

tomado un sorbete delicioso, con nieve, de lo más exquisito. Y el

complaciente pastelero no economizó en nada el azúcar, como la abuela.»

Entonces aumentó la ira del visir, y volvió á preguntar al eunuco, pero

éste seguía negando. En seguida el visir le dijo: «¡Said! Eres un

embustero. Has tenido la audacia de desmentir á este niño, que dice la

verdad, y sólo podría creerte si te comieras toda esta terrina preparada

por mi cuñada. Así me demostrarías que te hallas en ayunas.»

Entonces, Said, aunque ahito por la comilona en casa de Badreddin, quiso

someterse á la prueba. Y se sentó frente á la terrina, dispuesto á

empezar; pero hubo de dejarlo al primer bocado, pues estaba hasta la

garganta. Y tuvo que arrojar el bocado que tomó, apresurándose á decir

que la víspera había comido tanto en él pabellón con los demás esclavos,

que había cogido una indigestión. Pero el visir comprendió en seguida

que el eunuco había entrado realmente aquel día en la tienda del

pastelero. Y ordenó que los otros esclavos lo tendiesen en tierra, y él

mismo, con toda su fuerza, le propinó una gran paliza. Y el eunuco,

lleno de golpes, pedía piedad, pero seguía gritando: «¡Oh mi señor, es

cierto que cogí una indigestión!» Y como el visir ya se cansaba de

pegarle, se detuvo y le dijo: «¡Vamos! ¡Confiesa la verdad!» Entonces el

eunuco se decidió y dijo: «Sí, mi señor, es verdad. Hemos entrado en una

pastelería en el zoco. Y lo que se nos dió allí de comer era tan rico,

que en mi vida probé una cosa semejante. ¡No como este plato horrible y

detestable! ¡Por Alah! ¡Qué malo es!»

Entonces el visir se echó á reír de muy buena gana; pero la abuela no

pudo dominar su despecho, y dijo: «¡Calla, embustero! ¿A que no traes un

plato como éste? Todo eso que has dicho no es mas que una invención

tuya. Ve, si no, á buscar una terrina de ese mismo dulce. Y si la traes,

podremos comparar mi trabajo y el de ese pastelero. Mi cuñado será quien

juzgue.» Y el eunuco contestó: «No hay inconveniente.» Entonces la

abuela le dió medio dinar y una terrina de porcelana, vacía.

Y el eunuco salió, marchando á la pastelería, donde dijo al pastelero:

«He aquí que acabamos de apostar en favor de ese plato de granada, que

sabes hacer, contra otro que han preparado los criados. Aquí tienes

medio dinar, pero preséntalo con toda tu pericia, pues si no, me

apalearán de nuevo. Todavía me duelen las costillas.» Entonces Hassán se

echó á reír y le dijo: «No tengas cuidado; sólo hay en el mundo una

persona que sepa hacer este dulce, y es mi madre. ¡Pero está en un país

muy lejano!»

Después Badreddin llenó muy cuidadosamente la terrina, y aún hubo de

mejorarla añadiéndole un poco de almizcle y de agua de rosas. Y el

eunuco regresó á toda prisa al campamento. Entonces la abuela de Agib

tomó la terrina y se apresuró á probar el dulce, para darse cuenta de su

calidad y su sabor. Y apenas lo llevó á los labios, exhaló un grito y

cayó de espaldas.

Y el visir y todos los demás no salían de su asombro, y se apresuraron á

rociar con agua de rosas la cara de la abuela, que al cabo de una hora

pudo volver en sí. Y dijo: «¡Por Alah! ¡El autor de este plato de

granada no puede ser mas que mi hijo Hassán Badreddin, y no otro alguno!

¡Estoy segura de ello! ¡Soy la única que sabe prepararlo de esta manera,

y sólo se lo enseñé á mi hijo Hassán!»

Y al oirla, el visir llegó al límite de la alegría y de la impaciencia,

y exclamó: «¡Alah va á permitir por fin que nos reunamos!» En seguida

llamó á sus servidores, y después de meditar unos momentos, concibió un

plan, y les dijo: «Id veinte de vosotros inmediatamente á la pastelería

de ese Hassán, conocido en el zoco por Hassán El-Bassrauí, y haced

pedazos cuanto haya en la tienda. Amarrad al pastelero con la tela de su

turbante y traédmelo aquí, pero sin hacerle daño alguno.»

Luego montó á caballo, y provisto de las cartas oficiales, se fué á la

casa del gobierno para ver al lugarteniente que representaba en Damasco

á su señor el sultán de Egipto. Y mostró las cartas del sultán al

lugarteniente gobernador, que se inclinó al leerlas, besándolas

respetuosamente y poniéndoselas sobre la cabeza con veneración. Después,

volviéndose al visir, le dijo: «Estoy á tus órdenes. ¿De quién quieres

apoderarte?» Y el visir le contestó: «Solamente de un pastelero del

zoco.» Y el gobernador dijo: «Pues es muy fácil.» Y mandó á sus guardias

que fuesen á prestar auxilio á los servidores del visir. Y después de

despedirse del gobernador, volvió el visir á sus tiendas.

Por su parte, Hassán Badreddin vió llegar gente armada con palos,

piquetas y hachas, que invadieron súbitamente la pastelería, haciéndolo

pedazos todo, tirando por los suelos los dulces y pasteles, y

destruyendo, en fin, la tienda entera. Después, apoderándose del

espantadísimo pastelero, le ataron con la tela de su turbante, sin decir

palabra. Y Hassán pensaba: «¡Por Alah! La causa de todo esto debe haber

sido esa maldita terrina. ¿Qué habrán encontrado en ella?»

Y acabaron por llevarle al campamento, á presencia del visir. Y Hassán

Badreddin, muy asustado, exclamó: «¡Señor! ¿Qué crimen he cometido?» Y

el visir le dijo: «¿Eres tú quien ha preparado ese dulce de granada?» Y

Hassán repuso: «¡Oh mi señor! ¿Has encontrado en él algo por lo cual

deban cortarme la cabeza?» Y el visir replicó severamente: «¿Cortarte la

cabeza? Eso sería un castigo demasiado suave. Algo peor te ha de pasar,

como irás viendo.»

Porque el visir había encargado á las dos damas que le dejasen obrar á

su gusto, pues no quería darles cuenta de sus investigaciones hasta su

llegada al Cairo.

Llamó, pues, á sus esclavos, y les dijo: «Que se me presente uno de

nuestros camelleros. Y traed un cajón grande de madera.» Y los esclavos

obedecieron en seguida. Después, por orden del visir, se apoderaron del

atemorizado Hassán y le hicieron entrar en el cajón, que cerraron

cuidadosamente. En seguida lo cargaron en el camello, levantaron las

tiendas, y la comitiva se puso en marcha. Y así caminaron hasta la

noche. Entonces se detuvieron para comer, y á fin de que Hassán también

comiese, le dejaron salir unos instantes, encerrándole después de nuevo.

Y de este modo prosiguieron el viaje. De cuando en cuando se detenían, y

se hacía salir á Hassán para encerrarle luego de ser sometido á un

interrogatorio del visir, que le preguntaba cada vez: «¿Eres tú el que

preparó el dulce de granada?» Y Hassán contestaba siempre: «¡Oh mi

señor! Así es, en verdad.» Y el visir exclamaba: «¡Atad á ese hombre y

encerradle en el cajón!»

Y de este modo llegaron al Cairo. Pero antes de entrar en la ciudad, el

visir hizo que sacaran á Hassán del cajón y se lo presentasen. Y

entonces dispuso: «¡Que venga en seguida un carpintero!» Y el carpintero

compareció, y el visir le dijo: «Toma las medidas de alto y de ancho

para construir una picota que le vaya bien á este hombre, y adáptala á

un carretón, que arrastrará una pareja de búfalos.» Y Hassán, espantado,

exclamó: «¡Señor! ¿Qué vas á hacer conmigo?» Y el visir dijo: «Clavarte

en la picota y llevarte por la ciudad para que todos te vean.» Y Hassán

repuso: «Pero ¿cuál es mi crimen, para que me castigues de ese modo?»

Entonces el visir Chamseddin le dijo: «¡La negligencia con que

preparaste el plato de granada! Le faltaban condimento y aroma.» Y al

oirlo Hassán se aporreó con las manos la cabeza, y dijo: «¡Por Alah!

¡Todo eso es mi crimen! ¿Y no es otra la causa de este suplicio del

viaje, y de que sólo me hayas dado de comer una vez al día, y pienses,

por añadidura, clavarme en la picota?» Y el visir respondió:

«Ciertamente, esa es toda la causa; ¡por la falta de condimento!»

Entonces Hassán llegó al límite del asombro, y levantando los brazos al

cielo se puso á reflexionar profundamente. Y el visir le dijo: «¿En qué

piensas?» Y Hassán respondió: «¡Por Alah! Pienso en que hay muchos locos

en este mundo. Porque si tú no fueses el más loco de todos los locos, no

me hubieras tratado así porque falte un poco de aroma en un plato de

granada.» Y el visir elijo: «He de enseñarte á que no reincidas, y no

veo otro medio.» Pero Hassán exclamó: «¡Pues tu manera de proceder es un

crimen muchísimo mayor que el mío, y debías empezar por castigarte!»

Entonces el visir contestó: «¡No te preocupes! ¡La picota es lo que más

te conviene!»

Y mientras tanto, el carpintero seguía preparando allí mismo el poste

del suplicio, y de cuando en cuando dirigía miradas á Hassán, como

queriéndole decir: «¡Por Alah, que has de estar muy á tu gusto!»

Pero á todo esto se hizo de noche. Y se apoderaron de Hassán y

nuevamente lo encerraron en el cajón. Y su tío le dijo: «¡Mañana te

crucificaremos!» Después aguardó á que Hassán se hubiese dormido dentro

de su cárcel. Entonces dispuso que cargasen la caja en un camello y dió

la orden de partir, no deteniéndose hasta llegar al palacio.

Y fué entonces cuando quiso revelárselo todo á su hija y á su cuñada. Y

dijo á su hija Sett El-Hosn: «¡Loado sea Alah, que nos ha permitido

encontrar á tu primo Hassán Badreddin! ¡Ahí le tienes! ¡Marcha, hija

mía, y sé feliz! Y procura colocar los muebles, los tapices y todo lo de

la casa y de la cámara nupcial exactamente lo mismo que estaban la noche

de tus bodas.» Y Sett El-Hosn, casi en el límite de la emoción, dió al

momento las órdenes necesarias, y sus siervas se levantaron en seguida,

y pusieron manos á la obra, encendiendo los candelabros. Y el visir les

dijo: «Voy á auxiliar vuestra memoria.» Y abrió un armario, y sacó el

papel con la lista de los muebles y de todos los objetos, con la

indicación de los sitios que ocupaban. Y fué leyendo muy detenidamente

esta lista, cuidando que cada cosa se pusiera en su lugar. Y tan á

maravilla se hizo todo, que el observador más inteligente se habría

creído aún en la noche de la boda de Sett El-Hosn con el jorobado.

El libro de las mil noches y una noche; t. 2 · 第 4 / 12 段