«El cobarde jorobeta, creyendo que le hablaba el efrit, tenía un miedo

horrible, y no se atrevía á contestar. Entonces, muy enfurecido, el

visir le increpó: «¡Respóndeme, jorobado maldito, ó te atravieso con

este alfanje!» Y entonces el jorobado, sin sacar del agujero la cabeza,

contestó desde dentro: «¡Por Alah! ¡Oh jefe de los efrits, tenme

compasión! Te juro que te he obedecido, sin moverme de aquí en toda la

noche.» Al oirle, el visir ya no supo qué pensar, y exclamó: «Pero ¿qué

estás diciendo? No soy ningún efrit, sino el padre ele la novia.» Y el

jorobado, dando un gran suspiro, contestó entonces; «Pues márchate de

aquí, que nada tengo que ver contigo. Y vete antes de que aparezca el

terrible efrit, arrebatador de almas. Además, te odio, porque tú tienes

la culpa de todas mis desdichas, al casarme con la querida de los

búfalos, los asnos y los efrits. ¡Malditos seáis tú, tu hija y todos los

que obran tan mal como vosotros!» Y el visir le dijo: «Pero ¿estás loco?

Sal de ahí, para que escuche bien eso que acabas de contar.» Entonces

el jorobado replicó: «Acaso esté loco; pero no lo estaré hasta el punto

de moverme de este sitio sin permiso del terrible efrit. Porque me ha

prohibido salir del agujero antes de que amanezca. Así, pues, vete y

déjame en paz. Pero antes dime: ¿falta mucho para que salga el sol?» Y

el visir, cada vez más perplejo, contestó: «¿Pero qué efrit es ese del

cual hablas?» Y entonces el jorobado le contó la historia, su ida al

retrete para hacer sus necesidades antes de entrar al cuarto de la

desposada, la aparición del efrit bajo las diversas formas de rata,

gato, perro, asno y búfalo, y por fin la prohibición hecha y el trato

sufrido. Y terminado el relato, rompió á llorar.

Entonces el visir se acercó al jorobado, y tirándole de los pies le sacó

del agujero. Y el jorobado, con la faz lastimosamente embadurnada de

amarillo, gritó al visir: «¡Maldito seas tú, y maldita tu hija, la

amante de los búfalos!» Y por temor de que se le apareciese de nuevo el

efrit, echó á correr con todas sus fuerzas, dando alaridos y sin

atreverse á volver la cara. Y llegó al palacio, y fué á ver al sultán, y

le explicó su aventura con el efrit.

En cuanto al visir Chamseddin, regresó como loco al aposento de su hija

Sett El-Hosn, y le dijo: «Hija mía, noto que pierdo la razón. Aclárame

lo sucedido.» Entonces, Sett El-Hosn le dijo: «Sabe, ¡oh padre mío! que

el joven encantador que logró los honores de la boda durmió toda la

noche conmigo, gozando mis primicias; y tendré un hijo seguramente. Y en

prueba de lo que hablo, ahí en la silla tienes su turbante, sus calzones

en el diván, y su calzoncillo en mi cama. Además, en sus calzones

encontrarás algo que ha escondido y que yo no pude adivinar.» A estas

palabras, se dirigió el visir hacia la silla, cogió el turbante, y le

dió vueltas en todos sentidos para examinarlo bien, y luego exclamó:

«¡Es un turbante como el de los visires de Bassra y de Mossul!» Después

desenrolló la tela, y encontró un pliego que allí estaba cosido, y se

apresuró á guardarlo, y examinó luego los calzones, encontrando en ellos

el bolsillo con los mil dinares que el judío había dado á Hassán

Badreddin. Y en el bolsillo había un papel, donde el judío había escrito

lo siguiente: «Yo, comerciante de Bassra, declaro haber entregado la

cantidad de mil dinares al joven Hassán Badreddin, hijo del visir

Nureddin (á quien Alah haya recibido en Su misericordia), por el

cargamento de la primera nave que arribe á Bassra.» Al leer el papel, el

visir Chamseddin lanzó un grito y quedó desmayado. Cuando volvió en sí,

se apresuró á abrir el pliego que había encontrado en el turbante, é

inmediatamente conoció la letra de su hermano Nureddin. Y entonces

empezó á llorar y á lamentarse, diciendo: «¡Pobre hermano mío! ¡pobre

hermano mío!»

Y cuando se hubo calmado un poco, exclamó: «¡Alah es Todopoderoso!» Y

dijo á Sett El-Hosn: «¡Oh hija mía! ¿sabes el nombre de aquel á quien

te has entregado esta noche? Pues es Hassán Badreddin, mi sobrino, el

hijo de tu tío Nureddin. Y esos mil dinares son tu dote. ¡Alah sea

loado!» Después recitó estas dos estrofas:

_¡Vuelvo á encontrar sus huellas, y al instante me domina el deseo!

¡Y al recordar la mansión de la dicha, derramo todas las lágrimas

de mis ojos!_

_Y pregunto y grito, sin lograr respuesta: «¿Quién me ha arrancado

lejos de él? ¡Oh! ¡tenga piedad de mí el autor de mis desventuras,

y permítame que vuelva!»_

En seguida leyó cuidadosamente la Memoria de su hermano, y encontró

relatada toda la vida de Nureddin y el nacimiento de su hijo Badreddin.

Y quedó muy maravillado, sobre todo cuando contrastó las fechas anotadas

por su hermano con las de su propio casamiento en El Cairo, y del

nacimiento de Sett El-Hosn. Y vió que estas fechas concordaban

perfectamente.

Y tanto hubo de asombrarse, que se apresuró á ir en busca del sultán

para contarle la historia y mostrarle aquellos papeles. Y el sultán se

asombró también de tal modo, que mandó á los escribas de palacio

redactasen tan admirable historia para conservarla escrupulosamente en

el archivo.

En cuanto al visir Chamseddin, marchó á su casa y esperó en compañía de

su hija el regreso de su sobrino Hassán Badreddin. Pero acabó por darse

cuenta de que Hassán había desaparecido. Y no pudiendo explicarse la

causa, se dijo: «¡Por Alah! ¡Qué aventura tan extraordinaria es esta

aventura! No he conocido otra semejante...»

Al llegar á este momento ele su narración, Schahrazada vió aparecer

la mañana, y discreta, interrumpió su relato, para no cansar al

sultán Schahriar, rey de las islas de la India y de la China.

[imagen]

_PERO CUANDO LLEGÓ LA 23.ª NOCHE_

Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que Giafar al-Barmakí, visir del

rey Harún Al-Rachid, prosiguió de este modo la historia que contaba al

califa:

«Cuando el visir Chamseddin se convenció de que su sobrino Hassán

Badreddin había desaparecido», se dijo: «Puesto que el mundo está hecho

de vida y de muerte, nada tan oportuno como que procure que mi sobrino

Hassán encuentre á su regreso esta vivienda igual que la ha dejado.» Y

el visir Chamseddin cogió un tintero, un cálamo y un pliego de papel, y

anotó uno por uno todos los muebles y enseres de la casa, en esta forma:

«Tal armario está en tal sitio; tal cortina en tal otro», y así

sucesivamente. Cuando terminó, selló el papel después de leérselo á su

hija Sett El-Hosn, y lo guardó con mucho cuidado en la caja de los

papeles. Después recogió el turbante, el gorro, los calzones, el ropón y

el bolsillo, é hizo con todo ello un paquete, que guardó con el mismo

esmero.

En cuanto á Sett El-Hosn, la hija del visir, quedó preñada efectivamente

la primera noche de bodas, y á los nueve meses cumplidos parió un hijo

tan hermoso como la luna y que se parecía á su padre en todo, en lo

bello, lo gentil y lo perfecto. En seguida que nació lo lavaron las

mujeres y le ennegrecieron los ojos con kohl. Después le cortaron el

cordón umbilical, y lo confiaron á las criadas y á la nodriza. Y por su

hermosura sorprendente se le llamó Agib[8].

Pero cuando el admirable Agib llegó, día por día, mes por mes y año por

año, á cumplir los siete de su edad, su abuelo el visir Chamseddin le

mandó á la escuela de un maestro muy famoso, recomendándoselo mucho á

este maestro. Y Agib, acompañado diariamente del esclavo negro Said,

eunuco de su padre, iba á la escuela para regresar á su casa al mediodía

y al anochecer. Y así fué á la escuela durante cinco años, hasta cumplir

los doce. Pero á todo esto los demás niños de la escuela no podían

soportar á Agib, que les pegaba y les insultaba y les decía: «¿Cuál de

vosotros puede compararse conmigo? Mi padre, es el visir de Egipto.» Al

fin se reunieron los niños y fueron á quejarse al maestro contra la

conducta de Agib. Y el maestro, al ver que sus exhortaciones al hijo del

visir no daban resultado, sin atreverse á despedirle, por ser quien era,

dijo á los otros niños: «Os voy á indicar una cosa que en cuanto se la

digáis le impedirá volver á la escuela. Mañana á la hora del recreo os

reuniréis todos en torno de Agib y os diréis los unos á los otros: «¡Por

Alah! ¡Vamos á jugar á un juego maravilloso! Pero para jugarlo es

preciso que diga en alta voz cada uno su nombre, y el nombre de su padre

y de su madre. Pues el que no pueda decir el nombre de su padre y de su

madre será considerado como hijo adulterino y no jugará con nosotros.»

Y aquella mañana, cuando Agib hubo llegado á la escuela, todos los niños

se reunieron á su alrededor, y uno de ellos dijo; «¡Vamos á jugar á un

juego maravilloso! Pero nadie podrá jugar sino con la condición de decir

su nombre y los de sus padres. ¡Empecemos, uno á uno!» Y les guiñó el

ojo.

Entonces avanzó uno de los niños, y dijo: «Me llamo Nahib, mi madre se

llama Nahiba y mi padre Izeddin.» Y otro dijo: «Yo me llamo Naguib, mi

madre se llama Gamila y mi padre se llama Mustafá.» Y el tercero y el

cuarto y los otros se expresaron en la misma forma. Cuando le tocó el

turno á Agib, dijo orgullosamente: «Yo soy Agib, mi madre se llama Sett

El-Hosn y mi padre se llama Chamseddin, visir de Egipto.»

Pero todos los niños replicaron: «¡No, por Alah! ¡El visir no es tu

padre!» Y Agib gritó enfurecido: «¡Alah os confunda! ¡El visir es mi

padre!» Pero los niños comenzaron á reirse y á palmotear, y le volvieron

la espalda, gritando: «¡Vete, vete! ¡No sabes cómo se llama tu padre!

¡Chamseddin no es tu padre, sino tu abuelo, el padre de tu madre! ¡No

jugarás con nosotros!» Y los niños se desbandaron, riendo á carcajadas.

Entonces Agib sintió que se le oprimía el pecho y le ahogaban los

sollozos. Y en seguida se le acercó el maestro, y le dijo: «Pero ¡cómo,

Agib! ¿no sabías que el visir no es tu padre, sino tu abuelo, el padre

de tu madre Sett El-Hosn? A tu padre, ni tú, ni nosotros, ni nadie le

conoce. Porque el sultán había casado á Sett El-Hosn con un palafrenero

jorobado, pero el tal no pudo acostarse con ella, y ha ido contando por

toda la ciudad que la noche de su boda los efrits le habían encerrado á

él, para dormir ellos con Sett El-Hosn. Y ha contado también historias

asombrosas de búfalos, perros, borricos y otros seres semejantes. De

modo, ¡oh mi querido Agib! que nadie sabe el nombre de tu padre. Sé,

pues, humilde ante Alah y con tus compañeros, que te miran como á hijo

adulterino. Considera que te hallas en la misma situación que un niño

vendido en el mercado y que ignora quién es su padre. Sabe, pues, que el

visir Chamseddin no es mas que tu abuelo, y que tu padre nadie lo

conoce. Y en adelante procura ser modesto.»

Después de oir al maestro de escuela, Agib salió corriendo á casa de su

madre Sett El-Hosn, llorando tanto, que no pudo al principio articular

palabra. Entonces su madre empezó á consolarle, y viéndole tan

conmovido, se le llenó el corazón de lástima, y le dijo: «¡Hijo mío,

cuéntale á tu madre la causa de tu pena!» Y le besó y le acarició.

Entonces el pequeño le dijo: «Dime, madre, ¿quién es mi padre?» Y Sett

El-Hosn, muy asombrada, dijo: «¡Pues el visir!» Y, Agib le contestó,

ahogado por el llanto: «¡No; ese no es mi padre! ¡No me ocultes la

verdad! ¡El visir es tu padre, pero no el mío! Si no me dices la verdad,

con este puñal me mataré ahora mismo.» Y Agib le repitió á su madre las

palabras del maestro de escuela.

Entonces, al recordar á su primo y marido, la hermosa Sett El-Hosn

recordó también su primera noche de bodas y la belleza y encantos del

maravilloso Hassán Badreddin El-Bassrauí, y lloró muy emocionada,

suspirando estas estrofas:

_¡Encendió el deseo en mi corazón, y se ausentó muy lejos! ¡Y se

ausentó hacia lo más distante de nuestra morada!_

_¡Mi pobre razón no he de recobrarla hasta que él vuelva! ¡Y

aguardándole, he perdido asimismo el sueño reparador y toda la

paciencia!_

_¡Me abandonó, y con él me abandonó la dicha, arrebatándome la

tranquilidad! ¡Y desde entonces perdí todo reposo!_

_¡Me dejó, y las lágrimas de mis ojos lloran su ausencia, y al

correr, sus arroyos llenan los mares;_

_Que no pasa un día sin que mi deseo me empuje hacia él y palpite

mi corazón con el dolor de su ausencia;_

_Por eso su imagen se alza frente á mí, y al mirarla, aumentan mi

cariño, mi anhelo y mis recuerdos!_

_¡Oh! ¡Su imagen amada es siempre lo primero que se presenta á mis

ojos en la primera hora de la mañana! ¡Y así ha de ser siempre,

pues no tengo otro pensamiento ni otros amores!_

Después prosiguió en sus sollozos. Y Agib, viendo llorar á su madre, se

echó á llorar también. Y mientras los dos estaban llorando, entró en la

habitación el visir Chamseddin, que había oído los llantos y las voces.

Y al ver cómo lloraban, se le oprimió el corazón, y dijo muy alarmado:

«Hijos míos, ¿por qué lloráis así?» Entonces Sett El-Hosn le refirió la

aventura de Agib con los chicos de la escuela. Y el visir, al oirla, se

acordó de todas las desventuras pasadas, las que le habían ocurrido á

él, á su hermano Nureddin, á su sobrino Hassán Badreddin, y por último á

su nieto Agib, y al reunir todos estos recuerdos no pudo menos de llorar

también. Y se fué muy desesperado en busca del emir, y le contó lo que

pasaba, diciéndole que aquella situación no podía durar, ni por su buen

nombre ni por el de sus hijos; y le pidió su venia para partir hacia los

países de Levante, y llegar á la ciudad de Bassra, en donde pensaba

encontrar á su sobrino Hassán Badreddin. Rogó asimismo que el sultán le

escribiera unos decretos que le permitiesen realizar por los países las

gestiones necesarias para encontrar y atraerse á su sobrino. Y como no

cesaba en su amargo llanto, se enterneció el sultán y le concedió los

decretos. Y después de darle gracias mil veces y hacer votos por su

engrandecimiento, prosternándose ante él y besando la tierra entre sus

manos, el visir se despidió. Inmediatamente hizo los preparativos para

la marcha y partió con su hija Sett El-Hosn y con Agib.

Anduvieron el primer día y el segundo y el tercero, y así sucesivamente,

en dirección á Damasco, y por fin llegaron sin dificultad á Damasco. Y

se detuvieron cerca de las puertas, en el meidán de Hasba, donde armaron

sus tiendas para descansar dos días antes de seguir el camino. Y les

pareció Damasco una ciudad admirable, llena de árboles y aguas

corrientes, siendo en realidad como la cantó el poeta:

_¡He pasado un día y una noche en Damasco! ¡Damasco! ¡Su creador

juró no hacer en adelante nada parecido!_

_¡La noche cubre amorosamente á Damasco con sus alas! ¡Y cuando

llega el día, tiende por encima la sombra de sus árboles

frondosos!_

_¡El rocío en las ramas de estos árboles no es rocío, sino perlas,

perlas que caen como copos de nieve á merced de la brisa que las

empuja!_

_¡En sus bosques luce la Naturaleza todas sus galas: el ave da su

lectura matutina; el agua es como una página blanca abierta; la

brisa responde y escribe lo que dicta el ave, y las blancas nubes

derraman gotas para la escritura!_

La servidumbre del visir fué á visitar la ciudad y sus zocos para

comprar lo que necesitaban y vender las cosas traídas de Egipto. Y no

dejaron de bañarse en los hammams famosos, y entraron en la mezquita de

los Bani-Ommiah[9], situada en el centro de la población, y que no tiene

igual en todo el mundo.

Agib marchó también á la ciudad para distraerse, acompañado de su fiel

eunuco Said. Y el eunuco le seguía muy próximo y llevaba en la mano un

látigo capaz de matar á un camello, pues sabía la fama que tienen los

habitantes de Damasco, y con aquel látigo quería impedirles acercarse á

su amo el hermoso Agib. Y efectivamente, no se engañaba, pues apenas

hubieron visto al hermoso Agib, los habitantes de Damasco se percataron

de lo encantador y gracioso que era, hallándole más suave que la brisa

del Norte, más delicioso que el agua fresca para el paladar del sediento

y más grato que la salud para el convaleciente. Y en seguida la gente de

la calle, de las casas y de las tiendas siguieron á Agib, sin dejarle, á

pesar del látigo del eunuco. Y otros corrían para adelantarse y se

sentaban en el suelo, á su paso, para contemplarle más tiempo y mejor.

Al fin, por voluntad del Destino, Agib y el eunuco llegaron á una

pastelería, donde se detuvieron para escapar de tan indiscreta

muchedumbre.

Y precisamente aquella pastelería era la de Hassán Badreddin, padre de

Agib. Había muerto el anciano pastelero que adoptó á Hassán, y éste

había heredado la tienda. Y aquel día Hassán estaba ocupado en preparar

un plato delicioso con granos de granada y otras cosas azucaradas y

sabrosas. Y cuando vió pararse á Agib y al eunuco, quedó encantado con

la hermosura de Agib, y no solamente encantado, sino conmovido con una

emoción cordial y extraordinaria, que le hizo exclamar lleno de cariño:

«¡Oh mi joven señor! Acabas de conquistar mi corazón y reinas para

siempre en lo íntimo de mi ser, sintiéndome atraído hacia ti desde el

fondo de mis entrañas. ¿Quieres honrarme entrando en mi tienda? ¿Quieres

hacerme la merced de probar mis dulces, sencillamente por piedad?» Y

Hassán, al decir esto, sentía que, sin poder remediarlo, sus ojos se

arrasaban en lágrimas, y lloró mucho al recordar entonces su pasado y su

situación presente.

Y cuando Agib oyó las palabras de su padre, se le enterneció también el

corazón, y volviéndose hacia el esclavo, le dijo: «¡Said! Este pastelero

me ha enternecido. Se me figura que ha de tener algún hijo ausente y

que yo le recuerdo este hijo. Entremos, pues, en su tienda para

complacerle, y probemos lo que nos ofrece. Y si aliviamos con esto su

pena, es probable que Alah se apiade á su vez de nosotros y haga que

logren buen éxito las pesquisas para encontrar á mi padre.»

Pero Said, al oír á Agib, exclamó: «¡Oh mi señor, no hagamos eso! ¡Por

Alah! ¡De ningún modo! No es propio del hijo de un visir entrar en una

pastelería del zoco, y menos todavía comer públicamente en ella. ¡Oh!

¡No puede ser! Si lo haces por temor á estas gentes que te siguen, y por

eso quieres entrar en esa tienda, ya sabré yo espantarlas y defenderte

con mi látigo. ¡Pero lo que es entrar en la pastelería, en modo alguno!»

Y Hassán Badreddin se afectó muchísimo al oir al eunuco. Y luego,

volviéndose hacia él, con los ojos llenos de lágrimas, le dijo: «¡Oh

eunuco! ¿Por qué no quieres apiadarte y darme el gusto de entrar en mi

tienda? ¡Porque tú, como la castaña, eres negro por fuera, pero por

dentro blanco! Y te han elogiado todos nuestros poetas en versos

admirables, hasta el punto de que puedo revelarte el secreto de que

aparezcas tan blanco por fuera como por dentro lo eres.» Entonces el

buen eunuco se echó á reir á carcajadas, y exclamó: «¿Es de veras?

¿Puedes hacerlo así? ¡Por Alah, apresúrate á decírmelo!» En seguida

Hassán le recitó estos versos admirables en loor de los eunucos:

_¡Su cortesía exquisita, la dulzura de sus modales y su noble

apostura han hecho de él el guardián respetado de las casas de los

reyes!_

_¡Y para el harén, qué servidor tan incomparable! ¡Tal es su

gentileza, que los ángeles del cielo bajan á su vez para servirle!_

Estos versos eran, efectivamente, tan maravillosos y tan oportunos, y

fueron tan admirablemente recitados por Hassán, que el eunuco se

conmovió y se sintió halagadísimo, hasta el punto de que, cogiendo de la

mano á Agib, entró con él en la tienda.

Entonces Hassán Badreddin llegó al colmo de la alegría y se apresuró á

hacer cuanto pudo para honrarlos. Cogió un tazón de porcelana de los más

ricos, lo llenó de granos de granada preparados con azúcar y almendras

mondadas, perfumado todo deliciosamente y muy en su punto, y lo presentó

sobre la más suntuosa de sus bandejas de cobre repujado. Y al verlos

comer con manifiesta satisfacción, se sintió muy halagado y muy

complacido: «¡Oh, qué honor para mí! ¡Qué fortuna la mía! ¡Que os sea

tan agradable como provechoso!»

Agib, después de probar los primeros bocados, invitó á sentarse al

pastelero, y le dijo: «Puedes quedarte con nosotros y comer con

nosotros. Porque Alah lo tendrá en cuenta, haciendo que encontremos al

que buscamos.» Y Hassán Badreddin se apresuró á replicar: «Pero ¡cómo,

hijo mío! ¿Acaso lamentas ya, siendo tan joven, la pérdida de un ser

querido?» Y Agib contestó: «¡Oh buen hombre! ¡La ausencia de un ser

querido ha destrozado ya mi corazón! ¡Y ese ser por quien lloro es nada

menos que mi padre! Porque mi abuelo y yo hemos abandonado nuestro país

para recorrer todas las comarcas en su busca.» Y Agib, al recordar su

desgracia, rompió á llorar, mientras que Badreddin, emocionado por aquel

dolor, lloraba también. Y hasta el eunuco inclinó la cabeza en señal de

sentimiento. Sin embargo, hicieron los honores al magnífico tazón de

granada perfumada, dispuesta con tanto arte. Y comieron hasta la

saciedad, pues tan exquisita estaba.

Pero como apremiaba el tiempo, Hassán no pudo saber más, porque el

eunuco hizo que Agib partiese con él hacia las tiendas del visir.

Y apenas se hubo marchado Agib, Hassán sintió que su alma se iba con él,

y no pudo sustraerse al deseo de seguirle. Cerró en seguida su tienda, y

sin sospechar que Agib era su hijo, marchó á buen paso, para alcanzarles

antes de que hubiesen traspuesto la puerta principal de la ciudad.

Entonces el eunuco se apercibió de que el pastelero les seguía, y

volviéndose hacia él, le dijo: «Pastelero, ¿por qué nos sigues?» Y

Badreddin respondió: «Tengo que despachar un asunto fuera de la ciudad,

y he querido alcanzaros para que vayamos juntos y regresar después en

seguida. Además, vuestra partida me ha arrancado el alma del cuerpo.»

Estas palabras indignaron profundamente al eunuco, que exclamó: «¡Parece

que va á salirnos muy caro el dichoso dulce! ¡Qué maldito tazón! ¡Este

hombre nos lo va á amargar! ¡Y he aquí que ahora nos seguirá á todas

partes!» Entonces, Agib, al volverse y ver al pastelero, se puso muy

colorado, y balbuceó: «¡Déjalo, Said, que el camino de Alah es libre

para todos los musulmanes!» Y añadió después: «Si viene hasta las

tiendas, ya no habrá duda de que nos persigue, y entonces lo echaremos.»

Y dicho esto, Agib bajó la cabeza y continuó andando, y el eunuco

marchaba á pocos pasos detrás de él.

En cuanto á Hassán, no dejó de seguirles hasta el meidán de Hasba, donde

estaban las tiendas. Y entonces Agib y el eunuco se volvieron, viéndole

á pocos pasos detrás de ellos. Y esta vez acabó por enfadarse Agib,

temiendo que el eunuco se lo contase todo á su abuelo: ¡que Agib había

entrado en una pastelería y que el pastelero había seguido á Agib! Y

asustado de que esto ocurriese, cogió una piedra y volvió á mirar á

Hassán, que seguía inmóvil, contemplándole siempre con una extraña luz

en los ojos. Y Agib, sospechando que esta llama de los ojos del

pastelero era una llama equívoca, se puso aún más furioso y lanzó con

toda su fuerza la piedra contra él, hiriéndole de gravedad en la frente.

Después, Agib y el eunuco huyeron hacia las tiendas. En cuanto á Hassán

Badreddin, cayó al suelo, desmayado y con la cara cubierta de sangre.

Pero afortunadamente no tardó en volver en sí, se restañó la sangre, y

con un trozo de su turbante se vendó la herida. Después comenzó á

reconvenirse de este modo: «¡Verdaderamente, toda la culpa la tengo yo!

He procedido muy mal al cerrar la tienda y seguir á ese hermoso

muchacho, haciéndole creer que le acosaba con fines sospechosos.» Y

suspiró después: «¡Alah karim!»[10]. Luego regresó á la ciudad, abrió la

tienda y siguió preparando sus pasteles y vendiéndolos como antes hacía,

pensando siempre, lleno de dolor, en su pobre madre, que en la ciudad de

Bassra le había enseñado desde muy niño las primeras lecciones del arte

de la pastelería. Y se puso á llorar, y para consolarse, recitó esta

estrofa:

_¡No pidas justicia al infortunio! ¡Sólo hallarás el desengaño!

¡Porque el infortunio jamás te hará justicia!_

En cuanto al visir Chamseddin, tío del pastelero Hassán Badreddin,

transcurridos los tres días de descanso en Damasco, dispuso que

levantasen el campamento del meidán, y continuando su viaje á Bassra,

siguió el camino de Homs, luego el de Hama y por fin el de Alepo. Y en

todas partes hacía investigaciones. De Alepo marchó á Mardin, después á

Mossul y luego á Diarbekir. Y llegó por último á la ciudad de Bassra.

Entonces, apenas hubo descansado, se apresuró á presentarse al sultán

de Bassra, que le recibió con mucha amabilidad, preguntándole el motivo

de su viaje. Y Chamseddin le relató toda la historia, y le dijo que era

hermano de su antiguo visir Nureddin. Y al oir el nombre de Nureddin

exclamó el sultán: «¡Alah lo tenga en su gracia!» Y añadió:

«Efectivamente, Nureddin fué mi visir, y lo quise mucho, y murió hace

quince años. Y dejó un hijo llamado Hassán Badreddin, que era mi

favorito predilecto; mas un día desapareció, y no hemos vuelto á saber

de él. Pero en Bassra está todavía su madre, la esposa de tu hermano, é

hija de mi antiguo visir, el antecesor de Nureddin.»

Esta noticia colmó de alegría á Chamseddin, que dijo: «¡Oh rey!

¡Quisiera ver á mi cuñada!» Y el rey lo consintió.

Chamseddin corrió á casa de su difunto hermano inmediatamente después de

haber averiguado las señas. Y no tardó en llegar, pensando durante todo

el camino en Nureddin, muerto lejos de él, con la tristeza de no poder

abrazarle. Y llorando, recitó estas dos estrofas:

_¡Oh! ¡Vuelva yo á la morada de mis antiguas noches! ¡Logre yo

besar sus paredes!_

_¡Pero no es el amor á estos muros de la casa querida el que me ha

herido en mitad del corazón, sino el amor al que en ella vivía!_

El libro de las mil noches y una noche; t. 2 · 第 3 / 12 段