la mano en su bolsillo y la sacó llena de oro, echándoselo á puñados á
las servidoras de Sett El-Hosn y á las cantoras y danzarinas, que
exclamaron: «¡Ojalá poseas á la novia!» Y Badreddin correspondió con una
gentil sonrisa á este deseo y á estas felicitaciones.
Y el jorobado se veía, durante esta escena, abandonado de todos, y
hallábase solo, más feo que un mico. Y todas las personas que por
casualidad se le acercaban, al pasar junto á él apagaban la vela en
señal de burla. Y así permaneció algún tiempo, aburriéndose y poniéndose
cada vez de peor humor. Y todas las damas se reían al mirarle, y le
dirigían bromas escandalosas. Una le decía: «¡Mico, ya podrás
masturbarte en seco y copular con el aire!» Otra le increpaba: «¡Mira!
¡Apenas abultas lo que el zib de nuestro buen amo! ¡Y tus dos jorobas
son la medida exacta de sus compañones!» Y decía una tercera: «Si te
diese un golpe con su zib, irías á caer de trasero en la cuadra.» Y todo
el mundo se reía.
La novia dió la vuelta al salón siete veces consecutivas, vestida cada
una de diferente modo, y seguida por todas las damas, y se paraba á cada
vuelta delante de Hassán Badreddin El-Bassrauí. Y cada traje nuevo era
mucho más hermoso que el anterior, y cada aderezo infinitamente superior
á los otros aderezos. Y mientras avanzaba lentamente la novia, las
tañedoras hacían maravillas y las cantoras decían las canciones más
apasionadamente amorosas y excitantes, y las danzarinas, acompañándose
con las panderetas, saltaban como pájaros. Y Hassán Badreddin
El-Bassrauí no dejaba de lanzar puñados de oro, esparciéndolo por todo
el salón, y las mujeres se precipitaban á recogerlo para tocar algo que
hubiera pasado por la mano del joven. Y hasta hubo algunas que,
aprovechándose de la hilaridad y la excitación generales, del sonar de
los instrumentos y de la embriaguez de las canciones, se tumbaron en
tierra, una encima de otra, para simular una copulación, contemplando á
Hassán, que desde su asiento sonreía. Y el jorobado presenciaba todo
esto muy desolado. Y su desolación aumentaba cada vez que veía á una de
las mujeres volverse hacia Hassán, y con la mano tendida y bajada
bruscamente, ofrecerle, por señas, la vulva; ó á otra agitar el dedo del
corazón, guiñando el ojo; ó á otra menear las caderas retorciéndose, y
dando con la mano derecha abierta en la izquierda cerrada; ó á otra, con
ademán más lúbrico, golpearse las nalgas, y decirle al jorobado: «¡Lo
catarás en tiempo de los albaricoques!» Y todo el mundo se reía.
Terminada la séptima vuelta, se acabó la boda, que había durado gran
parte de la noche. Y las tañedoras dejaron de pulsar los instrumentos,
las danzarinas y las cantoras se detuvieron, pasando con todas las damas
por delante de Hassán, besándole la mano ó tocándole la orla del traje.
Y todo el mundo le miraba al salir, haciéndole entender que no se
moviera de aquel sitio. Y en efecto, sólo quedaron en el salón el joven
Hassán, el jorobado y la novia con su servidumbre. Entonces las
doncellas se llevaron á Sett El-Hosn á la estancia destinada á
desnudarse, quitáronla uno por uno los vestidos, diciendo al caer cada
prenda: «¡En nombre de Alah!» para librarla del mal de ojo. Y después
se fueron, dejándola sola con su vieja nodriza, que antes de conducirla
á la cámara nupcial tenía que aguardar que entrase primero el novio
jorobado.
Y el jorobado se levantó entonces de la tarima, y advirtiendo que Hassán
no se movía de su asiento, le dijo secamente: «En verdad, señor, que nos
honraste mucho con tu presencia, colmándonos de beneficios esta noche.
Pero ahora, para salir, no esperarás que te echen.» Entonces, el joven,
que ignoraba lo que tenía que hacer, contestó: «¡En nombre de Alah!» Y
levantándose salió. Pero apenas había franqueado los umbrales de la
sala, se le apareció el efrit y le dijo: «¿Adonde vas, Badreddin?
Detente y oye mis instrucciones. El jorobado acaba de marchar al
retrete. Allí se las entenderá conmigo. Tú encamínate á la cámara
nupcial, y cuando veas entrar á la novia, le dices: «Tu verdadero marido
soy yo. El sultán, de acuerdo con tu padre, ha empleado esta estratagema
por temor al mal de ojo. Y en cuanto al palafrenero, que es el más
miserable de los palafreneros, para indemnizarle le están preparando en
la caballeriza un buen jarro de leche cuajada para que refresque á tu
salud.» Luego te acercarás á ella, y quitándole el velo, harás con su
persona lo que debes hacer.» Y dicho esto, desapareció el efrit.
El jorobado había ido, efectivamente, al retrete para descargarse antes
de entrar en la cámara de la novia. Y poniéndose de cuclillas sobre el
mármol, comenzó su obra. Pero súbitamente el efrit tomó la forma de una
rata y salió del agujero del retrete, dando gritos de rata: «¡Sik!
¡sik!» Y el jorobado dió una palmada para que huyese, y le chilló:
«¡Hesch! ¡hesch!» Pero la rata empezó á crecer y se convirtió en un
enorme gato de ojos feroces y brillantes, que rompió á maullar muy
enfurecido. Después, como el jorobado prosiguiese en su operación, el
gato fué creciendo, y se convirtió en un perro enorme, que se puso á
ladrar: «¡Guau! ¡guau!» Entonces el jorobado comenzó á asustarse, y le
dijo: «¡Marcha de ahí, monstruo!» Pero el perro, creciendo siempre, se
convirtió en un borrico, que se puso á rebuznar en la misma cara del
jorobado y á ventosear con un estrépito terrible. Y el jorobado, lleno
de terror, sintió que todo su vientre se deshacía en diarrea, y apenas
si pudo gritar: «¡Socorro! ¡socorro!» Y en seguida el borrico creció aún
más y se transformó en un búfalo monstruoso, que obstruyó por completo
la puerta del retrete para que no se le escapase, y el búfalo, esta vez,
habló con voz de hombre, y dijo: «¡Caiga la desgracia sobre ti, jorobeta
de mi trasero! ¡Eres el palafrenero más inmundo!» Al oir estas palabras,
sintió el jorobado que le invadía el frío de la muerte, y resbaló á
medio vestir hasta el pavimento, y las mandíbulas se le entrechocaron,
acabando el espanto por soldárselas. Entonces el búfalo gritó:
«¡Jorobado de betún! ¿No has podido buscar otra mujer mas que á mi
querida para atacarla con tu innoble herramienta?» Y el palafrenero,
lleno de terror, no pudo articular palabra. Y el efrit le dijo:
«¡Responde, ó te haré morder tus excrementos!» Entonces, el jorobado,
todo tembloroso por esta terrible amenaza, pudo decir: «¡Por Alah! ¡Yo
no tengo la culpa, pues sabe que me han obligado! Y además, ¡oh poderoso
soberano de los búfalos! yo no iba á adivinar que la joven tuviese un
búfalo por amante. Pero juro que me arrepiento y que pido perdón á Alah
y á ti.» Entonces el efrit le dijo: «Vas á jurar por Alah que obedecerás
mis órdenes.» Y el jorobado se apresuró á jurar, y el efrit le dijo:
«Pasarás aquí la noche, hasta que salga el sol, y no te marcharás hasta
esa hora. Pero sobre todo, no digas una palabra de esto, si no quieres
que te rompa la cabeza en mil pedazos. Y no vuelvas á poner los pies en
esta parte del palacio, ni á acercarte al harén, porque te repito que he
de aplastarte la cabeza y hundirte en el pozo negro.» Y luego añadió:
«Ahora voy á ponerte en una postura, y no te moverás hasta el amanecer.»
Entonces el búfalo agarró con los dientes al palafrenero y lo metió de
cabeza en el agujero del retrete, sin dejarle fuera mas que los pies. Y
le repitió: «¡Mucho cuidado con hacer ni un movimiento!» Y desapareció
en seguida.
Y esto es todo lo que le acaeció al jorobado.
Por su parte, Hassán Badreddin El-Bassrauí, dejando que se las
entendiesen el efrit y el jorobado, atravesó los aposentos particulares
y entró en la cámara nupcial, yendo á sentarse en el testero. Y apenas
había llegado, apareció la recién casada apoyada en su nodriza, que se
detuvo á la puerta, dejando entrar sólo á Sett El-Hosn. Y sin ver bien
al que estaba en el testero, y creyendo hablar con el jorobado, le dijo
la vieja: «¡Levántate, héroe valiente, coge á tu esposa y pórtate de una
manera brillante! ¡Y ahora, hijos míos, Alah sea con vosotros!» Y la
vieja se retiró.
Entonces entró muy desesperada Sett El-Hosn, y se decía: «¡Es preferible
la muerte, antes que este jorobado inmundo!» Pero apenas hubo reconocido
al maravilloso Badreddin, dió un grito de felicidad, y dijo: «¡Oh
querido mío! ¡Qué amable fuiste aguardándome tanto tiempo! Pero ¿estás
solo? ¡Oh, qué dicha tan grande! Te confieso que al verte en la sala
junto á ese odioso jorobado, creí que os habíais asociado los dos para
poseerme.» Y Badreddin contestó: «¡Oh mi señora! ¡qué pensaste! ¿Es
posible que te toque ese maldito jorobado? Y ¿cómo íbamos á asociarnos
para tal cosa?» Entonces Sett El-Hosn preguntó: «Pero en fin, ¿quién de
los dos es mi marido: él ó tú?» Y Badreddin repuso: «¡Soy yo, querida
mía! Se ha inventado esta farsa del jorobado para hacernos reir, y
también para librarnos del mal de ojo; pues todas las damas han oído
hablar de tu hermosura sin igual, y tu padre alquiló á ese palafrenero
para que conjurase el mal de ojo, gratificándole con diez dinares. Y
ahora está en la caballeriza á punto de tragarse á nuestra salud un
jarro de leche fresca bien cuajada.»
Al oír á Badreddin, Sett El-Hosn llegó al colmo de la alegría, y sonrió
gentilmente y rompió á reir más gentilmente aún. Y luego, sin poder
contenerse más, exclamó: «¡Por Alah, querido mío! ¡Poséeme! ¡Apriétame
bien! ¡Ven en seguida á mi regazo!» Y como Sett El-Hosn se había
despojado de las ropas interiores y estaba toda desnuda, sólo cubierta
por una falda, cuando dijo: «¡Ven en seguida á mi regazo!», la levantó
rápidamente hasta la altura de la vulva, mostrando en toda su
magnificencia sus muslos y sus nalgas de jazmín. Y á la vista de los
encantos de aquella carne de hurí, Badreddin sintió que el deseo
recorría todo su cuerpo y despertaba al niño dormido. Y levantándose
apresuradamente, se desnudó, despojándose del calzón de innumerables
pliegues y de la bolsa que contenía los mil dinares que le había dado el
judío ele Bassra, y la colocó en el diván, junto á los calzones, y luego
se quitó el hermoso turbante y lo puso en una silla, cubriéndose con
otro ligero de dormir que habían dejado allí para el jorobado, y sólo se
quedó con la fina camisa de muselina de seda bordada de oro y con el
ancho calzoncillo de seda azul, sujeto á la cintura por unos cordones
con borlas de oro.
Y soltando estos cordones, abrazó á Sett El-Hosn, que le ofrecía todo su
cuerpo. La levantó en alto, la tendió en la cama, y se echó sobre ella.
Y agachado, abiertas las piernas, cogió los muslos de Sett El-Hosn, los
atrajo hacia él y los separó. En seguida apuntó contra la ciudadela su
ariete, que estaba ya dispuesto. Empujó este ariete poderoso,
hundiéndolo en la brecha, y la brecha cedió. Y Badreddin pudo
entusiasmarse al comprobar que la perla no estaba perforada y que no
había penetrado en ella más ariete que el suyo, ni la habían tocado
siquiera con la punta de la nariz. Y comprobó también que aquel trasero
bendito nunca había resistido el peso de un cabalgador.
Y en el colmo de la dicha, le arrebató la virginidad y se deleitó á su
gusto con el sabor de aquella juventud. Y ataque tras ataque, el ariete
funcionó quince veces seguidas, entrando y saliendo sin interrumpirse. Y
todas ellas le parecieron deliciosas.
Y desde aquel instante, sin género de duda, quedó preñada Sett El-Hosn,
según verás en lo que sigue, ¡oh Emir de los Creyentes!
Y cuando Badreddin acabó de hincar los quince clavos, dijo para sí: «¡Me
parece que es bastante por ahora!» Y se tendió al lado de Sett El-Hosn,
pasándole con suavidad la mano por debajo de la cabeza, y ella le rodeó
también con su brazo, enlazándose ambos estrechamente, y antes de
dormirse se recitaron estas estrofas admirables:
_¡No temas nada! ¡Penetra tu lanza en el objeto de tu amor! ¡Y no
hagas caso de los consejos del envidioso, pues no será el envidioso
quien sirva á tus amores!_
_¡Piensa que el Clemente no creó más hermoso espectáculo que el de
dos amantes entrelazados en la cama!_
_¡Míralos! ¡Ahí están, pegados uno á otro, cubiertos de
bendiciones! ¡Sus manos y sus brazos les sirven de almohadas!_
_¡Cuando el mundo ve á dos corazones unidos por ardiente pasión,
trata de herirlos con el acero frío!_
_¡Pero tú no hagas caso! ¡Cuando el Destino pone una beldad á tu
paso, es para que la ames y para que con ella únicamente vivas!_
Y esto es todo lo que acaeció á Hassán Badreddin y á Sett El-Hosn, la
hija de su tío.
El efrit, por su parte, se apresuró á ir en busca de su compañera la
efrita, y uno y otra admiraron á los dos jóvenes dormidos, asistiendo
antes á sus juegos y contando los ataques del ariete. Luego el efrit
dijo á la efrita: «Habrás visto, hermana, que tenía yo razón. Ahora
debes cargar con el joven y llevarlo al mismo sitio de donde lo cogí, al
cementerio de Bassra, en la _tourbeh_ de su padre Nureddin. Y hazlo
pronto, que yo te ayudaré, pues ya apunta el día y no es posible que
dejemos así las cosas.» Entonces la efrita levantó al joven Hassán
dormido, se lo echó á cuestas, sin más ropa que la camisa, porque el
calzoncillo se le había caído en uno de sus embates, y voló con él,
seguida de cerca por el efrit. De improviso, durante esta carrera por el
aire, al efrit le asaltaron ideas lúbricas respecto á la efrita, y quiso
violarla yendo cargada con el hermoso Hassán. Y la efrita no se hubiese
opuesto en otra ocasión, pero ahora temía por el joven. Además
intervino, afortunadamente, Alah, enviando contra el efrit á unos
ángeles, que le echaron encima una columna de fuego y lo abrasaron. Y la
efrita y Hassán se vieron libres del terrible efrit, que acaso los
hubiese desplomado desde aquella altura. ¡Porque el efrit es terrible en
su copulación! Entonces la efrita descendió al suelo, hacia el mismo
sitio donde había caído el efrit, con el cual habría copulado de no
llevar á Hassán, por el que temía mucho la efrita.
Pero había escrito el Destino que el lugar donde la efrita depositara á
Hassán Badreddin (por no atreverse á transportarlo ella sola más lejos)
estaría muy próximo á la ciudad de Damasco, en el país de Scham[7]. Y
entonces la efrita llevó á Hassán muy cerca de una de las puertas de la
ciudad, lo dejó suavemente en tierra y echó á volar otra vez.
Cuando llegó la aurora, abriéronse las puertas de la ciudad, y los que
salieron de ella se asombraron, ante aquel maravilloso joven dormido,
sin más ropa que la camisa y con un gorro de dormir en la cabeza en vez
de turbante. Y se decían unos á otros: «¡Es asombroso! ¡Mucho habrá
tenido que velar para estar ahora dormido tan profundamente!» Y otros
dijeron: «¡Alah, Alah! ¡Hermoso joven! ¡Dichosa y afortunada la mujer
que con él se ha acostado! Pero ¿por qué estará completamente desnudo?»
Otros contestaron: «Probablemente, este pobre joven habrá pasado en la
taberna más tiempo del preciso, y habrá bebido más de lo que pueda
resistir. Y al regresar de noche, habrá encontrado cerradas las puertas,
decidiéndose á dormir en el suelo.»
Pero mientras conversaban de este modo, se levantó la brisa matinal, y
acariciando al hermoso joven, le alzó la camisa. ¡Y entonces se vió
aparecer un vientre, un ombligo, unas piernas y unos muslos como de
cristal! Y un zib y unos compañones muy bien proporcionados. Y este
espectáculo maravilló á las gentes, que admiraban todo aquello.
Despertó entonces Badreddin, y hallándose tumbado cerca de aquella
puerta desconocida y rodeado por tantas personas, se sorprendió mucho, y
exclamó: «¿Dónde estoy, buena gente? Os ruego que lo digáis. ¿Y por qué
me rodeáis así? ¿Qué es lo que ocurre?» Y le contestaron: «Nos hemos
detenido por el gusto de verte. Pero ¿no sabes que te hallas á las
puertas de Damasco? ¿En dónde has pasado la noche, para estar
completamente en cueros?» Y Hassán replicó: «¡Por Alah, buena gente!
¿qué me decís? He pasado la noche en El Cairo. ¿Y me decís que estoy en
Damasco?» Entonces se echaron á reir todos, y uno de ellos dijo: «¡Ah,
gran tragador de haschich!» Y dijeron otros: «Está loco, sin remedio.
¡Lástima que esté demente un joven tan hermoso!» Y otros añadieron:
«Pero en fin, ¿qué historia es esa con que has querido engañarnos?»
Entonces Hassán Badreddin contestó: «¡Por Alah! ¡buena gente, yo no
miento nunca! Os afirmo y repito que esta noche la he pasado en El
Cairo, y la anterior en mi pueblo, que es Bassra.» Al oirle, uno gritó:
«¡Qué cosa más sorprendente!» Otro dijo: «¡Está loco!» Y algunos se
desternillaban de risa, dando palmadas. Y otros dijeron: «¿No es una
verdadera lástima que un joven tan admirable haya perdido la razón? ¡Qué
loco tan singular!» Y otro, más prudente, le dijo: «Hijo mío, vuelve en
ti y no digas semejantes extravagancias.» Entonces Hassán contestó: «Sé
muy bien lo que digo. Además, habéis de saber que anoche, en El Cairo,
pasé una noche muy agradable como recién casado.» Entonces todos se
convencieron de su locura. Y uno de ellos exclamó riéndose: «Ya veis que
este pobre joven se ha casado en sueños. ¿Y qué tal es ese matrimonio?
¿Cuántos cayeron? ¿Era una hurí ó una ramera?» Pero Badreddin empezaba á
enfadarse, y les dijo: «Pues sí que era una hurí, y no he copulado en
sueños, sino quince veces entre sus muslos, y he ocupado el lugar de un
asqueroso jorobado, y me he puesto su gorro de dormir, que es éste.» Y
luego recapacitó un momento, y dijo: «Pero ¡por Alah! buena gente, ¿en
dónde está mi turbante, y mis calzoncillos, y mi ropón, y mis calzones?
Y sobre todo, ¿en dónde está mi bolsillo?»
Y Hassán se levantó y buscó su traje á su alrededor. Y entonces todos
empezaron á guiñarse el ojo y hacérse señas de que el joven estaba loco
de remate.
Entonces el pobre Hassán se decidió á entrar en la ciudad tal como
estaba, y tuvo que atravesar las calles y los zocos en medio de un gran
cortejo de niños y de mayores, que gritaban: «¡Es un loco! ¡un loco!» Y
el pobre Hassán ya no sabía qué hacer, cuando Alah, temiendo que al
hermoso joven le ocurriese algo, le hizo pasar por junto á una
pastelería que acababa de abrirse. Y Hassán se refugió en la tienda, y
como el pastelero era un hombre de puños, cuyas hazañas eran muy
conocidas en la ciudad, la gente tuvo miedo y se retiró, dejando en paz
al joven.
Cuando el pastelero, que se llamaba El-Hadj Abdalá, vió al joven Hassán
Badreddin y pudo examinarle á su gusto, le maravilló su hermosura, sus
encantos y sus dones naturales, y rebosante de cariño el corazón, le
dijo: «¡Oh gentil mancebo! dime de dónde vienes. Nada temas; pero
refiéreme tu historia, pues ya te quiero más que á mi misma vida.» Y
Hassán contó entonces toda su historia al pastelero Hadj Abdalá, desde
el principio hasta el fin.
Y el pastelero, profundamente maravillado, dijo á Hassán: «¡Oh mi joven
señor Badreddin! En verdad que esa historia es muy sorprendente y muy
extraordinario tu relato. Pero te aconsejo, hijo mío, que á nadie se lo
cuentes, pues es peligroso hacer confidencias. Te ofrezco mi tienda, y
vivirás conmigo hasta que Alah se digne dar término á las desgracias
que te afligen. Además, yo no tengo hijos, y me darás mucho gusto si
quieres aceptarme por padre. Yo te adoptaría como hijo.» Y Hassán
respondió: «¡Aceptado! ¡sea según tu deseo!»
En seguida fué al zoco el pastelero, y compró trajes magníficos con que
vestir al joven, y lo llevó á casa del kadí, y ante testigos prohijó á
Hassán Badreddin.
Y Hassán permaneció en la pastelería como hijo del amo, y cobraba el
dinero de los parroquianos, y les vendía pasteles, tarros de dulce,
fuentes llenas de crema y toda la confitería famosa de Damasco, y
aprendió en seguida el oficio de pastelero, que le gustaba mucho, por
las lecciones recibidas de su madre, la mujer del visir Nureddin, que
preparaba pasteles, y dulces delante de él cuando era niño.
Y como en toda la ciudad de Damasco fué elogiada la hermosura de Hassán,
el gallardo joven de Bassra, hijo adoptivo del pastelero, la tienda de
Hadj Abdalá llegó á ser la más frecuentada de todas las pastelerías de
Damasco.
¡Y esto fué todo lo de Hassán Badreddin!
En cuanto á la recién casada Sett El-Hosn, hija del visir Chamseddin, he
aquí lo que hubo de ocurrirle:
Cuando se despertó Sett El-Hosn, la mañana siguiente á la noche de sus
bodas, no encontró á su lado al hermoso Hassán; pero figurándose que
habría ido al retrete, le aguardó muy tranquila.
En aquel momento se presentó á saber de ella su padre el visir
Chamseddin. Llegaba muy inquieto. Estaba poseído de indignación por la
injusticia del sultán obligándole á casar á la hermosa Sett El-Hosn con
el palafrenero jorobado. Y al entrar en las habitaciones de su hija, se
dijo: «Como sepa que se ha entregado á ese inmundo jorobado, la mato.»
Golpeó en la puerta de la cámara nupcial y llamó: «¡Sett El-Hosn!» Y
desde dentro ella contestó: «¡Ya voy á abrir, padre mío!» Y levantándose
en seguida, abrió la puerta. Parecía más hermosa que de costumbre, y
mostraba resplandeciente el rostro y el alma, satisfecha por haber
sentido las briosas caricias de aquel hermoso ciervo. E inclinándose
ante su padre con coquetería, le besó las manos. Pero su padre, al verla
tan contenta, en lugar de encontrarla afligida por su unión con el
jorobado, le dijo: «¡Ah, desvergonzada! ¿Cómo te atreves á mostrarte con
esa cara de alegría, después de haber dormido con el horrendo jorobeta?»
Y Sett El-Hosn, al oirlo, se echó á reir, y exclamó: «¡Por Alah, padre
mío, dejémonos de bromas! Bastante tengo con haber sido la irrisión de
todos los invitados, á causa de mi supuesto marido, ese jorobado que no
vale ni la recortadura de una uña de mi verdadero esposo de esta noche.
¡Oh, qué noche! ¡Cuán llena de delicias junto á mi amado! Basta, pues,
de bromas, padre mío. No me hables más del jorobado.» El visir temblaba
de coraje escuchando á su hija, y sus ojos estaban azules de furor, y
dijo: «¿Qué dices, desdichada? ¿No pasaste aquí la noche con el
jorobado?» Y ella contestó: «Por Alah sobre ti, ¡oh padre mío! No me
hables más del jorobado. ¡Confúndalo Alah, á él, á su padre, á su madre
y á toda su familia! Sabe de una vez que estoy enterada de la
superchería que inventaste para defenderme del mal de ojo.» Y dió á su
padre todos los pormenores de la boda y de cuanto le había ocurrido
aquella noche, añadiendo: «¡Qué bien lo pasé sintiendo en mi regazo á mi
adorado esposo, el hermoso joven de exquisitas maneras y espléndidos y
negros ojos y de arqueadas cejas!»
Oído esto, gritó el visir: «Pero hija, ¿estás loca? ¿sabes lo que dices?
¿Dónde se halla el joven á quien llamas tu esposo?» Y Sett El-Hosn
respondió: «Ha ido al retrete.» Entonces, el visir, muy alarmado, se
precipitó afuera de la habitación, y corriendo hacia el retrete, se
encontró al jorobado que seguía inmóvil, con los pies hacia arriba y la
cabeza dentro del agujero. Estupefacto hasta más no poder, exclamó el
visir: «¿Qué veo? ¿Eres tú, jorobeta?» Y como no le contestase, repitió
esta pregunta en voz más alta. Pero el jorobado tampoco quiso contestar,
porque seguía aterrado, creyendo que quien le hablaba era el efrit...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente
[imagen]
_PERO CUANDO LLEGÓ LA 22.ª NOCHE_
Ella dijo:
He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que Giafar prosiguió así la
historia contada al califa Harún Al-Rachid: