Durante todo aquel tiempo, el joven Hassán Badreddin no aban

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CÉLEBRES

ESPAÑOLES

Y

EXTRANJEROS]

Director literario: V. Blasco Ibáñez

[imagen: EL LIBRO

DE LAS

MIL NOCHES Y UNA NOCHE]

ES PROPIEDAD. DERECHOS

EXCLUSIVOS DE TRADUCCIÓN

AL ESPAÑOL.

[Illustration: EX-LIBRIS

MANUEL TARANCÓN]

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EL LIBRO

DE LAS MIL NOCHES

Y UNA NOCHE

TRADUCCIÓN DIRECTA Y LITERAL DEL ÁRABE POR EL

DOCTOR J. C. MARDRUS

Versión española de VICENTE BLASCO IBAÑEZ

PRÓLOGO DE E. GÓMEZ CARRILLO

TOMO SEGUNDO

Historias: Del visir Nureddin, de su hermano el

visir Chamseddin y de Hassan Bareddin.--Del

Jorobado, con el Sastre, el Corredor nazareno,

el Intendente y el Médico judío; lo que de ello resultó,

y sus aventuras sucesivamente referidas.

PROMETEO

Germanías, 33.--VALENCIA

(Published in Spain)

]

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DEDICO ESTE SEGUNDO TOMO

AL ADMIRABILÍSIMO

SEÑOR BERGERET

Á TRAVÉS DE ANATOLE FRANCE

J. C. M.

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Historia del visir Nureddin, de su hermano el visir Chamseddin y de

Hassán Badreddin

Entonces, Giafar Al-Barmakí dijo:

[imagen]

«Sabe, ¡oh Comendador de los Creyentes! que había en el país de Mesr[1]

un sultán justo y benéfico. Este sultán tenía un visir sabio y prudente,

versado en las ciencias y las letras. Y este visir, que era muy viejo,

tenía dos hijos que parecían dos lunas. El mayor se llamaba Chamseddin y

el menor Nureddin[2]; pero Nureddin, el más pequeño, era ciertamente más

guapo y mejor formado que Chamseddin, el cual, por otra parte, era

perfecto. Pero nadie igualaba en todo el mundo á Nureddin. Era tan

admirable, que en ninguna comarca se ignoraba su hermosura, y muchos

viajeros iban á Egipto, desde los países más remotos, sólo por el gusto

de contemplar su perfección y las facciones de su rostro.

Pero quiso el Destino que falleciera su padre el visir. Y el sultán se

condolió mucho. En seguida mandó llamar á los dos jóvenes, hizo que se

aproximaran á él, les regaló trajes de honor, y les dijo: «Desde ahora

desempeñaréis junto á mí el cargo de vuestro padre.» Entonces ellos se

alegraron, y besaron la tierra entre las manos del sultán. Después

hicieron que duraran todo un mes las exequias fúnebres de su padre, y en

seguida empezaron á desempeñar su nuevo cargo de visires, y cada uno

ejercía durante una semana las funciones del visirato. Y cuando el

sultán salía de viaje, sólo llevaba consigo á uno de los dos hermanos.

Y una noche entre las noches, ocurrió que el sultán tenía que salir á la

mañana siguiente, y habiéndole tocado el cargo de visir aquella semana á

Chamseddin, el mayor, los dos hermanos departían sobre asuntos diversos

para entretener la velada. En el transcurso de la conversación, el mayor

dijo al menor: «¡Oh hermano mío! creo que debemos pensar en casarnos, y

mi intención es que nos casemos la misma noche.» Y Nureddin contestó:

«Hágase según tu voluntad, ¡oh hermano mío! pues estoy de acuerdo

contigo en esta y en todas las cosas.» Y convenido ya entre los dos este

primer punto, Chamseddin dijo á Nureddin: «Cuando, gracias á Alah, nos

hayamos unido con dos jóvenes, y la misma noche nos acostemos con ellas,

y hayan parido el mismo día, y (¡si Alah lo quiere!) tu esposa dé á luz

un niño y la mía una niña, tendremos que casar uno con otro á los dos

primos.» Y Nureddin repuso: «¡Oh hermano mío! ¿y qué piensas pedir

entonces como dote á mi hijo para darle á tu hija?» Y Chamseddin dijo:

«Pediré á tu hijo, como precio de mi hija, tres mil dinares de oro, tres

huertos y tres de los mejores pueblos de Egipto. Y realmente esto será

bien poca cosa, comparado con mi hija. Y si tu hijo no quiere aceptar

ese contrato, no habrá nada de lo dicho.» Al oirlo, respondió Nureddin:

«Pero ¿estás soñando? ¿Qué dote quieres pedirle á mi hijo? ¿Has olvidado

que somos dos hermanos, y hasta dos visires en uno solo? En vez de esas

exigencias, deberías ofrecer como presente tu hija á mi hijo, sin pensar

en pedirle ninguna dote. Además, ¿no sabes que el varón vale siempre más

que la hembra? Y he aquí que el varón es mi hijo, ¿y aún aspiras á que

lleve la dote, cuando es tu hija quien debiera traerla? Obras como aquel

comerciante que no quiere vender su mercancía, y para asustar al

parroquiano empieza por pedirle cuatro veces su precio.» Entonces dijo

Chamseddin: «Sin duda te figuras que tu hijo es más noble que mi hija,

lo cual demuestra que careces en absoluto de razón y sentido común, y

sobre todo de agradecimiento. Porque al hablar del visirato, olvidas

que tan altas funciones me las debes á mí solo, y si te asocié conmigo,

fué por lástima únicamente, para que pudieses ayudarme en mi labor.

¡Pero, en fin, ya está dicho! Puedes creer lo que gustes; porque yo,

desde el momento en que piensas así, ¡ya no quiero casar á mi hija con

tu hijo ni aun á peso de oro!» Mucho le dolieron estas palabras á

Nureddin, que contestó: «¡Tampoco yo quiero casar á mi hijo con tu

hija!» Y Chamseddin replicó entonces: «Pues no hay para qué hablar más

del asunto. Y como mañana tengo que marchar con el sultán, no dispongo

de tiempo para que comprendas lo inconveniente de tus palabras. Pero

después, ¡ya verás! ¡Cuando regrese, si Alah lo permite, sucederá lo que

ha de suceder!»

Entonces Nureddin se alejó, muy apenado por esta escena, y se fué á

dormir solo, con sus tristes pensamientos.

A la mañana siguiente salió de viaje el sultán, acompañado del visir

Chamseddin, y se dirigió hacia la ribera del Nilo, lo atravesó en barca

para llegar á Guesirah, y desde allí hasta las Pirámides.

En cuanto á Nureddin, después de haber pasado aquella noche

contrariadísimo por el modo de proceder de su hermano, se levantó casi

al amanecer, hizo sus abluciones, dijo la primera oración matinal, y

después se dirigió á su armario, del cual sacó una alforja, y la llenó

de oro, pensando siempre en las palabras despectivas de Chamseddin y en

la humillación sufrida. Y entonces recitó estas estrofas:

_¡Marcha, amigo mío! ¡Abandónalo todo, y marcha! ¡Otros amigos

encontrarás en vez de los que dejas! ¡Marcha! ¡Deja la ciudad y arma tu

tienda de campaña! ¡Y vive en ella! ¡Allí, y nada mas que allí,

encontrarás las delicias de la vida!_

_¡En las moradas civilizadas y estables, no hay fervor ni hay amistad!

¡Créeme! ¡Huye de tu patria! ¡Arráncate del suelo de tu patria!

¡Intérnate en países extranjeros!_

_¡Escucha! ¡He comprobado que el agua que se estanca se corrompe; podría

librarse de su podredumbre corriendo nuevamente! ¡Pero de otro modo es

incurable!_

_¡He observado también la luna llena, y pude averiguar el número de sus

ojos, de sus ojos de luz! ¡Pero si no hubiese seguido sus revoluciones

en el espacio, no habría podido conocer los ojos de cada cuarto de luna,

los ojos que me miraban!_

_¿Y el león? ¿Sería posible cazar al león si no hubiese salido del

espeso bosque?... ¿Y la flecha? ¿Mataría la flecha si no escapara

violentamente del arco tenso?_

_¿Y el oro y la plata? ¿No serían polvo vil si no hubiesen salido de sus

yacimientos? ¿Y el armonioso laúd?_ _¡Ya sabes! ¡Sólo sería un pedazo de

leño si el obrero no lo arrancase de la tierra para darle forma!_

_¡Expátriate y alcanzarás las cumbres! ¡Si permaneces adherido á tu

suelo, jamás escalarás la altura!_

Cuando acabó de recitar estos versos, mandó á uno de sus esclavos que le

ensillase una mula torda, poderosa y rápida para la marcha. Y el

esclavo preparó la mejor de todas las mulas, le puso una silla

guarnecida de brocado y de oro, con estribos indios y una gualdrapa de

terciopelo de Ispahán. Y lo hizo tan bien, que la mula parecía una

recién casada con su traje nuevo y brillante. Después todavía dispuso

Nureddin que le echasen encima de todo un tapiz grande de seda y otro

más pequeño de raso, terminado lo cual, colocó entre los dos tapices la

alforja llena de oro y de alhajas.

En seguida dijo á este esclavo y á todos los demás: «Me voy á dar una

vuelta por fuera de la ciudad, hacia la parte de Kaliubia, donde pienso

pasar tres noches. Siento una opresión en el pecho, y voy á dilatar mis

pulmones respirando el aire libre. Pero prohibo á todo el mundo que me

siga.»

Y provisto de víveres para el camino, montó en la mula y se alejó

rápidamente. No bien salió del Cairo, anduvo tan ligero, que al mediodía

llegó á Belbeis, donde se detuvo. Bajó de la mula para descansar y

dejarla descansar, comió algo, compró en Belbeis cuanto podía necesitar

para él y para la mula, y reanudó el viaje. Dos días después,

precisamente al mediodía, merced al paso de su mula, entró en Jerusalén,

la ciudad santa. Allí se apeó de la mula, descansó y la dejó reposar,

extrajo del saco algo de comida, y después de alimentarse colocó el saco

en el suelo para que le sirviese de almohada, luego de haber extendido

el tapiz grande de seda, y se durmió, pensando siempre con indignación

en la conducta de su hermano.

Al otro día, al amanecer, montó de nuevo y no dejó de caminar á buen

paso, hasta llegar á la ciudad de Alepo. Allí se hospedó en uno de los

khanes de la ciudad y dejó transcurrir tranquilamente tres días,

descansando y dejando descansar á la mula, y cuando hubo respirado bien

el aire puro de Alepo, pensó en continuar el viaje. Y al efecto, montó

otra vez en la mula, después de haber comprado los maravillosos dulces

que se hacen en Alepo, rellenos de piñones y almendras, cubiertos de

azúcar, y que le gustaban mucho desde la niñez.

Y dejó que la mula se encaminase por donde quisiese, pues al salir de

Alepo ya no sabía adónde dirigirse. Y cabalgó día y noche, hasta que una

tarde, después de puesto el sol, se encontró en la ciudad de Bassra,

pero no sabía que aquella ciudad fuese Bassra. Y no supo su nombre hasta

después de llegado al khan, donde se lo dijeron. Se apeó entonces de la

mula, la descargó de los dos tapices, de las provisiones y de la

alforja, y encargó al portero del khan que la paseara un poco, para que

no se enfriase por descansar en seguida. Y en cuanto á Nureddin, él

mismo tendió su tapiz, y se sentó en el khan para reposar.

El portero del khan cogió la mula de la brida, y se fué con ella. Pero

ocurrió la coincidencia de que precisamente entonces el visir de Bassra

hallábase sentado á la ventana de su palacio, contemplando la calle. Y

al divisar una mula tan hermosa, con sus magníficos jaeces de gran

valor, sospechó que esta mula pertenecía indudablemente á algún visir

entre los visires extranjeros, ó acaso á algún rey entre los reyes. Y se

puso á mirarla, sintiendo una gran perplejidad. Y después ordenó á uno

de sus esclavos que le trajese en seguida al portero que paseaba á la

mula. Y el esclavo corrió en busca del portero y lo llevó ante el visir.

Entonces el portero avanzó un paso y besó la tierra entre las manos del

visir, que era un anciano de mucha edad y muy respetable. Y el visir

dijo al portero: «¿Quién es el amo de esta mula, y qué posición tiene?»

El portero contestó: «¡Oh mi señor! el amo de esta mula es un joven muy

hermoso, lleno de seducciones, ricamente vestido, como hijo de algún

gran mercader, y todo su aspecto impone el respeto y la admiración.»

Al oirle, el visir se puso de pie, montó á caballo, y marchando

apresuradamente al khan, entró en el patio. Cuando lo vió Nureddin,

corrió á su encuentro y le ayudó á apearse del caballo. Entonces el

visir le dirigió el saludo acostumbrado, y Nureddin se lo devolvió y lo

recibió muy cordialmente. Y el visir se sentó á su lado, y le dijo: «¡Oh

hijo mío! ¿de dónde vienes y por qué estás en Bassra?» Y Nureddin

contestó: «¡Oh mi señor! vengo del Cairo, mi ciudad natal. Mi padre era

visir del sultán de Egipto, pero murió al ser llamado á la misericordia

de Alah.» Después contó toda su historia, desde el principio hasta el

fin. Y luego añadió: «No he de volver á Egipto hasta después de haber

recorrido el mundo, visitando todas las ciudades y todas las comarcas.»

Y el visir contestó á Nureddin: «Hijo mío, prescinde de esas ideas de

continuo viaje, porque causarán tu perdición. Sabe que el viajar por

países extranjeros es la ruina y lo último de lo último. Atiende esta

advertencia, pues temo que te perjudiquen los percances de la vida y del

tiempo.»

Después el visir ordenó á sus esclavos que desensillaran la mula y le

quitasen los tapices y las sedas, y se llevó consigo á Nureddin,

alojándole en su casa, y lo dejó descansar, luego de haberle

proporcionado todo lo que necesitaba.

Nureddin permaneció algún tiempo en casa del visir, y el visir le veía

diariamente y le colmaba de consideraciones y favores. Y acabó por

estimarle enormemente, hasta el punto de que un día le dijo: «Hijo mío,

ya soy muy viejo, y no tengo ningún hijo varón. Pero Alah me ha

concedido una hija que te iguala en belleza y perfecciones. Y hasta

ahora se la he negado á cuantos me la pidieron en matrimonio. Pero á ti,

á quien quiero con todo el cariño de mi corazón, he de preguntarte si

consientes en aceptarla como esclava tuya. Porque yo deseo

fervientemente que seas el esposo de mi hija. Y si quieres aceptar,

marcharé en busca del sultán y le diré que eres un sobrino mío, recién

llegado de Egipto, y que has venido á Bassra expresamente para pretender

á mi hija en matrimonio. Y el sultán, por cariño á mí, te dará el

visirato, porque yo ya estoy muy viejo y necesito descansar. Y así

podré encerrarme muy á gusto en mi casa para no salir de ella.»

Al oir esta proposición, bajó los ojos Nureddin, y después dijo:

«Escucho y obedezco.»

Entonces el visir llegó al colmo de la alegría, é inmediatamente ordenó

á sus esclavos que preparasen el festín y adornasen é iluminasen la sala

de recepción, la más espaciosa de todas, reservada especialmente al más

grande entre los emires.

Después reunió á todos sus amigos, é invitó á todos los nobles del reino

y á todos los mercaderes de Bassra, y todos acudieron á presentarse

entre sus manos. Entonces, el visir, para explicarles el haber elegido á

Nureddin con preferencia á todos los demás, les dijo: «Yo tenía un

hermano que era visir en Egipto, y Alah le había favorecido con dos

hijos, como á mí me favoreció con una hija, según sabéis. Mi hermano,

poco antes de morir, me encargó que casara á mi hija con uno de sus

hijos, y yo se lo prometí. Y precisamente este joven á quien veis es uno

de los dos hijos de mi hermano el visir de Egipto. Ha venido á Bassra

con tal objeto. ¡Y mi mayor anhelo es que se escriba su contrato con mi

hija, y que viva con ella en mi casa!»

Entonces contestaron todos: «¡Sea como dices! ¡Ponemos sobre nuestra

cabeza cuanto hagas!»

Y todos tomaron parte en el gran festín, bebieron toda clase de vinos, y

comieron una cantidad prodigiosa de pasteles y confituras. Y después,

rociada la sala con agua de rosas, según costumbre, se despidieron del

visir y de Nureddin.

Entonces el visir mandó á sus esclavos que llevasen á Nureddin al hammam

y le diesen un buen baño. Y el visir le regaló uno de sus mejores trajes

entre sus trajes, y después le envió toallas, palanganas de cobre,

pebeteros y todas las demás cosas necesarias para el baño. Y Nureddin se

bañó y salió del hammam con su traje nuevo, y estaba más hermoso que la

luna llena en la más bella de las noches. Después Nureddin cabalgó en su

mula torda, encaminándose hacia el palacio del visir, y al pasar por las

calles le admiraban todos, elogiando su hermosura y la obra de Alah. Y

descendió de la mula, entró en casa del visir y le besó la mano.

Entonces el visir...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y

se calló discretamente.

[imagen]

_PERO CUANDO LLEGÓ LA 20.ª NOCHE_

Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que entonces el visir se

levantó, acogiendo con júbilo al hermoso Nureddin y diciéndole: «Entra,

¡oh hijo mío! en la cámara de tu esposa, y sé dichoso. Mañana te

llevaré á ver al sultán. Y ahora sólo me resta implorar de Alah que te

conceda todos sus favores y todos sus bienes.»

Entonces Nureddin besó otra vez la mano del visir su suegro, y entró en

el aposento de la doncella. ¡Y sucedió lo que había de suceder!

Y esto fué lo referente á Nureddin.

En cuanto á Chamseddin su hermano... he aquí lo que ocurrió. Terminada

la expedición que hizo con el sultán de Egipto, hacia el lado de las

Pirámides, regresó inmediatamente á su casa. Y se inquietó mucho al no

encontrar á su hermano Nureddin. Y preguntó por él á sus esclavos, que

le respondieron: «Nuestro amo Nureddin, el mismo día que te fuiste con

el sultán, montó en una mula enjaezada con gran lujo, como en los días

solemnes, y nos dijo: «Me voy hacia la parte de Kaliubia, estaré fuera

unos días, pues noto opresión en el pecho y necesito aire libre; pero

que no me siga nadie.» Y desde entonces no hemos vuelto á tener noticias

suyas.»

Entonces Chamseddin deploró mucho la ausencia de su hermano, y fué

aumentando su dolor de día en día, hasta que acabó por convertirse en

una aflicción inmensa. Y pensaba: «Seguramente, el motivo de que se haya

marchado no es otro que aquellas palabras tan duras que le dije la

víspera de mi viaje con el sultán. Y esto y no otra cosa le ha obligado

á huir. Pero es preciso que repare la falta cometida contra él y

disponga que lo busquen.»

Y Chamseddin fué inmediatamente á ver al sultán, y le refirió lo que

ocurría. Y el sultán mandó escribir mensajes autorizados con su sello y

los envió con emisarios de á caballo en todas direcciones á todos sus

lugartenientes de todas las comarcas, y les decía en estos pliegos que

Nureddin había desaparecido y que precisaba buscarle fuese donde fuese.

Pero transcurrido algún tiempo, todos los correos regresaron sin ninguna

noticia, porque ni uno solo había ido á Bassra, donde estaba Nureddin.

Entonces Chamseddin, lamentándose hasta el límite de las lamentaciones,

exclamó: «¡Mía es toda la culpa! ¡Todo esto me ocurre por mi poco tacto

y mi falta de discreción!»

Pero como todo tiene su término, Chamseddin acabó por consolarse, y un

día pidió en matrimonio á la hija de un gran comerciante del Cairo, hizo

su contrato con ella y con ella se casó. ¡Y sucedió lo que había de

suceder!

Y se dió la coincidencia de que la misma noche que penetró Chamseddin en

la cámara nupcial, fué justamente la misma en que Nureddin penetró en el

aposento de la hija del visir de Bassra. Y permitió Alah esta

coincidencia del matrimonio de los dos hermanos en la misma noche, para

demostrar que manda en el destino de las criaturas.

Y todo se verificó además según lo habían combinado los dos hermanos

antes de su querella, pues las dos esposas quedaron preñadas la misma

noche: parieron el mismo día y á la misma hora, y la de Chamseddin,

visir de Egipto, parió una niña cuya hermosura no tuvo igual en todo el

país, y la de Nureddin, de Bassra, dió á luz un niño tan hermoso que no

había otro como él en todo el mundo. Ya lo dijo el poeta:

_¡El niño!... ¡Cuan delicado es!... ¡Y que gentil! ¡Y qué gracioso!...

¡Beber su boca! ¡Beber esta boca hace olvidar las cosas llenas y los

vasos desbordantes!_

¡_Beber en sus labios, apagar la sed en la frescura de sus mejillas y

mirarse en el manantial de sus ojos, es olvidar la púrpura de los vinos,

sus aromas, su sabor y toda su embriaguez!_

_¡Si viniese la misma Belleza á compararse con este niño, bajaría

humillada la cabeza!_

_Y si le preguntaseis: «¡Oh Belleza! ¿Qué te parece? ¿Viste jamás nada

semejante?» Ella contestaría: «¡Como él, verdaderamente, ninguno!»_

Al hijo de Nureddin se le llamó Hassán Badreddin, á causa de su

hermosura[3].

Su nacimiento motivó grandes regocijos públicos. Y el séptimo día se

dieron fiestas y banquetes dignos de príncipes.

Terminados los festejos, el visir de Bassra fué con Nureddin á ver al

sultán. Entonces Nureddin besó la tierra entre las manos del sultán, y

como estaba dotado de una gran elocuencia y era muy versado en las

bellezas literarias, le recitó estos versos del poeta:

_¡Ante él se inclina y se eclipsa, el mayor de los bienhechores;

pues ha conquistado el corazón de todos los seres elegidos!_

_¡Canto sus obras, aunque no son obras, sino cosas tan bellas que

debería formarse con ellas un collar que adornara el cuello!_

_¡Y si beso la punta de tus dedos, es porque no son dedos, sino la

llave de todos los beneficios!_

Tanto gustaron al sultán estos versos, que obsequió espléndidamente á

Nureddin y á su suegro el visir, ignorando aún lo del matrimonio y

cuanto se relacionaba con su existencia, por lo cual preguntó al visir

después de haber felicitado á Nureddin: «¿Quién es este joven tan

hermoso y tan elocuente?»

Entonces el visir contó al sultán toda la historia, desde el principio

al fin, y le dijo: «Este joven es sobrino mío.» Y el sultán exclamó: «¿Y

cómo no había yo oído hablar de él?» Y el visir dijo: «¡Oh mi soberano y

señor! Sabe que un hermano mío era visir de Egipto. Al morir dejó dos

hijos, el mayor de los cuales heredó el cargo, y el otro, que es éste,

ha venido á buscarme, pues prometí y juré á mi hermano que casaría á mi

hija con uno de mis sobrinos. Así es que apenas llegó lo casé con mi

hija. Este sobrino mío es joven, como ves, y yo ya soy demasiado viejo

y estoy sordo y no puedo atender á los negocios del reino. Por eso vengo

á pedir á mi soberano el sultán que se digne nombrar á mi sobrino, que

es también mi yerno, para el cargo de visir. Y puedo asegurarte que

merece este cargo, pues es hombre de buen consejo, pródigo en ideas

excelentes y muy ducho en el modo de despachar los asuntos.»

Entonces el sultán miró con más detenimiento á Nureddin, y quedó

encantado de este examen, aceptó el consejo de su anciano visir y nombró

para el cargo á Nureddin en lugar de su suegro, y le regaló un magnífico

traje de honor, el mejor de todos lo que pudo encontrar, y una mula de

sus propias caballerizas, y le señaló sus guardias y sus chambelanes.

Nureddin besó entonces la mano del sultán, y salió con su suegro, y

ambos regresaron á su casa en el colmo de la alegría y besaron al recién

nacido Hassán Badreddin y dijeron: «El nacimiento de esta criatura nos

trajo buena suerte.»

Al día siguiente, Nureddin fué á palacio á desempeñar sus nuevas

funciones, y al llegar besó la tierra entre las manos del sultán, y

recitó estas dos estrofas:

_¡Para ti son nuevas las felicidades todos los días, y las

prosperidades también! ¡Y el envidioso se consume de despecho!_

_¡Ojalá sean blancos para ti todos los días, y negros los días de

todos los envidiosos!_

Entonces el sultán le permitió que se sentara en el diván del visirato,

y Nureddin se sentó en el diván del visirato. Y empezó á desempeñar su

cargo, despachando los asuntos pendientes y administrando justicia como

si llevara muchos años de visir, y lo hizo tan á conciencia ante el

sultán, que se maravilló de su inteligencia, de su comprensión para

aquellos asuntos y de su admirable manera de administrar justicia, y le

distinguió más aún, entrando en gran intimidad con él.

Y Nureddin siguió desempeñando á maravilla sus elevadas funciones; pero

no por eso olvidó la educación de su hijo Hassán Badreddin, á pesar de

todos los asuntos del reino. Porque Nureddin era cada día más poderoso y

más favorecido del sultán, que aumentó el número de sus chambelanes,

servidores, guardias y correos. Y llegó á ser tan rico, que pudo

dedicarse al comercio en gran escala, fletando naves mercantes que

recorrían todo el mundo, construyendo molinos y ruedas elevadoras de

agua y plantando magníficos huertos y jardines. Y todo esto antes de que

su hijo cumpliera los cuatro años.

Falleció entonces el anciano visir, suegro de Nureddin, y éste le hizo

un entierro solemne, al cual asistieron él y todos los grandes del

reino.

Y desde entonces Nureddin se consagró exclusivamente á la educación de

su hijo. Y lo confió al sabio más versado en leyes religiosas y civiles.

Este sabio venerable iba todos los días á dar lecciones de lectura al

niño Hassán Badreddin, y poco á poco, con método, le inició en la

interpretación del Corán, que acabó por aprenderse de memoria, y después

el sabio siguió años y años enseñando á su discípulo todos los

conocimientos útiles. Y Hassán no dejaba de crecer en hermosura, gracia

y perfección, como dice el poeta:

_¡Este joven! ¡Es la luna, y, como ella, resplandece de hermosura,

aunque el sol tome el esplendor de sus rayos de las anémonas de sus

mejillas!_

_¡Es el rey de la hermosura por su distinción sin igual! ¡Y habrá

que suponer que prestó su lozanía á las flores y las praderas!_

Durante todo aquel tiempo, el joven Hassán Badreddin no abandonó un

instante el palacio de su padre Nureddin, pues el sabio le exigía una

gran atención á sus lecciones. Pero cuando Hassán cumplió los quince

años y ya no tuvo que aprender nada más del viejo maestro, su padre le

llamó, le puso el traje más lujoso que encontró entre los suyos, le hizo

que montara en la mejor de sus mulas y se dirigió con él al palacio del

sultán, atravesando con numeroso séquito las calles de Bassra. Y todos

los habitantes, al ver al joven Hassán Badreddin, prorrumpían en gritos

de admiración, por su hermosura, la esbeltez de su talle, su gracia y

sus modales encantadores. Y exclamaban: «¡Por Alah! ¡Es hermoso como la

luna! ¡Que Alah lo libre del mal de ojo!» Y aquello duró hasta la

llegada de Badreddin y su padre al palacio, y entonces comprendió la

gente el sentido de las estrofas del poeta[4].

Cuando el sultán vió la hermosura del joven Hassán Badreddin, quedó tan

sorprendido, que perdió la respiración y se olvidó de respirar durante

un buen rato. Y le mandó acercarse, y le estimó mucho, le hizo su

favorito, colmándole de regalos, y dijo á su padre Nureddin: «Visir, es

absolutamente indispensable que me lo envíes todos los días, pues

comprendo que no podría pasarme sin él.» Y el visir Nureddin tuvo que

contestar: «Escucho y obedezco.»

Cuando Hassán Badreddin hubo llegado á ser amigo y favorito del sultán,

su padre Nureddin cayó gravemente enfermo, y sospechando que no tardaría

Alah en llamarle á Su misericordia, mandó á buscar á su hijo y le

dirigió las últimas advertencias, diciéndole: «Sabe, ¡oh hijo mío! que

este mundo es para nosotros una morada pasajera, porque el mundo futuro

es eterno. Por eso antes de morir quiero darte algunas instrucciones;

óyelas bien y ábreles tu corazón.» Y Nureddin explicó á su hijo Hassán

las mejores normas para conducirse como es debido con sus semejantes y

guiarse en la vida.

Luego se acordó Nureddin de su hermano Chamseddin, el visir de Egipto,

y de su país y de sus parientes y de todos sus amigos del Cairo, y al

recordarlos no pudo dejar de llorar por no haberlos vuelto á ver. Pero

en seguida se acordó de que tenía que aconsejarle algo más á Hassán, y

le dijo: «Hijo mío, conserva en tu memoria las palabras que voy á

decirte, porque son muy importantes. Sabe que tengo en El Cairo un

hermano llamado Chamseddin, que es tío tuyo, y además visir de Egipto.

Hace tiempo que nos separamos algo disgustados, y yo estoy aquí, en

Bassra, sin licencia suya. Voy, pues, á dictarte mis últimas

disposiciones sobre esto. Toma un papel y un cálamo y escribe lo que

dicte.»

Entonces Hassán Badreddin cogió una hoja de papel, extrajo el tintero

del cinturón, sacó del estuche el mejor cálamo, que era el que estaba

mejor cortado, lo mojó en la estopa empapada en tinta que estaba dentro

del tintero, se sentó, dobló el pliego de papel sobre la mano izquierda,

y cogiendo el cálamo con la derecha, le dijo á Nureddin: «¡Oh padre mío,

escucho tus palabras!» Y Nureddin empezó á dictar: «En nombre de Alah el

Clemente, el Misericordioso...» Y continuó dictando en seguida á su hijo

toda su historia, desde el principio hasta el fin, y además le dictó la

fecha de su llegada á Bassra, y de su casamiento con la hija del viejo

visir, y le dicto su genealogía completa, sus ascendientes directos é

indirectos, con sus nombres; el nombre de su padre y de su abuelo, su

origen, su grado de nobleza personal adquirida, y en fin, todo su

linaje paterno y materno.

Después le dijo: «Conserva cuidadosamente ese pliego de papel. Y si por

mandato del Destino te ocurriese alguna desgracia en tu vida, regresa al

país de origen de tu padre, en donde nací yo, ó sea El Cairo, la ciudad

próspera; pregunta allí por tu tío el visir, que vive en nuestra casa, y

salúdale de mi parte, deseándole la paz, y dile que he muerto afligido

por morir en el extranjero, lejos de él, y que antes de morir no tenía

más deseo que verle. He aquí, ¡oh hijo mío Hassán! los consejos que

quería darte. ¡Te conjuro á que no los olvides!»

Entonces Hassán Badreddin dobló cuidadosamente el papel, después de

echarle arenilla, secarlo y sellarlo con el sello de su padre el visir,

y luego lo colocó en el forro de su turbante, y lo cosió allí,

habiéndolo envuelto en un pedazo de hule para preservarlo de la humedad.

Hecho esto, no pensó mas que en llorar, besando la mano de su padre

Nureddin y afligiéndose al comprender que se quedaba solo, siendo tan

joven, y privado de la compañía de su padre. Y Nureddin no dejó de dar

consejos á su hijo Hassán Badreddin hasta que entregó el alma.

Entonces Hassán Badreddin sintió un pesar grandísimo, así como el sultán

y todos los emires, y los grandes y los humildes. Y enterraron á

Nureddin según su rango.

Hassán Badreddin hizo durar dos meses las ceremonias del luto, y

durante todo este tiempo no salió un instante de su casa y hasta olvidó

la visita á palacio para saludar al sultán, según costumbre.

Y el sultán no comprendió que era la aflicción la que retenía al hermoso

Hassán Badreddin lejos de él, sino que pensó que Hassán lo abandonaba y

lo menospreciaba. Y entonces se indignó mucho, y en vez de nombrar á

Hassán sucesor de su padre el visir Nureddin, nombró á otro para este

cargo, haciendo privado suyo á un joven chambelán.

No contento con esto, hizo más el sultán contra Hassán Badreddin. Mandó

sellar y confiscar todos sus bienes, todas sus casas y todas sus

propiedades, y después dispuso que prendiesen á Hassán Badreddin y se lo

llevasen encadenado. Y en seguida el nuevo visir, en compañía de varios

chambelanes, se dirigió á la casa del joven Hassán, que no podía

sospechar la desgracia que le amenazaba.

Pero afortunadamente, había entre los esclavos de su palacio un joven

mameluco que quería mucho á Hassán Badreddin. En cuanto supo lo que

pasaba, echó á correr, y llegó á casa del joven Hassán, al cual halló

muy triste, con la cabeza baja y el corazón dolorido, sin dejar de

pensar en la muerte de su padre. Y el esclavo le enteró entonces de lo

que ocurría. Y Hassán le preguntó: «¿Pero no tendré tiempo para coger

algo con que subsistir durante mi huida al extranjero?» Y el mameluco le

elijo: «El tiempo urge. No pienses mas que en salvar tu persona.»

Al oirle, el joven Hassán, vestido tal como estaba, y sin llevar nada

consigo, salió apresuradamente, después de echarse la orla de su túnica

por encima de la cabeza para que no lo conociesen. Y siguió caminando

hasta que se vió fuera de la ciudad.

Al saber los habitantes de Bassra que se había intentado prender á

Hassán Badreddin, hijo del difunto visir Nureddin, y la confiscación de

sus bienes y su probable sentencia de muerte, se afligieron en extremo y

exclamaron: «¡Qué lástima de hermosura y de joven tan agradable!» Y

Hassán, al recorrer las calles sin que le conociesen, oía estos lamentos

y exclamaciones. Pero aún se apresuró más, y siguió andando, hasta que

la suerte y el destino hicieron que precisamente pasase por el

cementerio donde estaba la _tourbeh_[5] de su padre. Entonces entró en

el cementerio, y caminando por entre las tumbas llegó á la _tourbeh_ de

su padre. Y se quitó la ropa que le cubría la cabeza, entró bajo la

cúpula de la tourbeh, y resolvió pasar allí la noche.

Pero mientras permanecía sentado y sumido en sus pensamientos, vió que

se le acercaba un judío de Bassra, mercader conocidísimo en la ciudad.

Este mercader judío regresaba de un pueblo cercano, encaminándose á

Bassra. Y al pasar cerca de la _tourbeh_ de Nureddin, miró hacia el

interior, y vió al joven Hassán Badreddin, á quien conoció en seguida.

Entonces entró, se acercó á él respetuosamente y le dijo: «¡Oh mi

señor! ¡qué mal semblante tienes y qué desmejorado estás, siendo tan

hermoso! ¿Te ha ocurrido alguna nueva desgracia además del fallecimiento

de tu padre el visir Nureddin, á quien respeté, y que tanto me quería y

estimaba? ¡Téngale Alah en Su misericordia!» Pero Hassán Badreddin no

quiso revelarle el verdadero motivo de su trastorno, y le contestó:

«Esta tarde, mientras estaba durmiendo, se me presentó mi difunto padre,

y me ha reconvenido porque no visitaba su _tourbeh_. De pronto me

desperté, lleno de terror y remordimiento, y me vine aquí en seguida. Y

aún estoy bajo aquella impresión tan penosa.»

Entonces el judío le dijo: «¡Oh mi señor! Hace tiempo que pensaba ir en

tu busca para hablarte de un asunto, y ahora me favorece la casualidad,

puesto que te encuentro. Sabe, pues, ¡oh mi joven señor! que tu padre el

visir, con quien estaba yo en relaciones mercantiles, había fletado

naves que ahora vuelven cargadas de mercancías. Estas naves vienen

consignadas á él. Si quisieras cederme su carga, te ofrecería mil

dinares por cada una, y te pagaría al contado.»

Y el judío sacó de su bolsillo un monedero lleno de oro, contó mil

dinares, y se los ofreció en seguida á Hassán, que no dejó de aceptar

este ofrecimiento, ordenado por Alah para sacarlo del apuro en que se

hallaba. Y el judío añadió: «Ahora, ¡oh mi señor! ponme el recibo,

provisto de tu sello.» Y Hassán Badreddin cogió el papel que le

alargaba el judío, así como el cálamo, mojó éste en el tintero de

cobre, y escribió en el papel:

«Declaro que quien ha escrito este papel es Hassán Badreddin, hijo del

difunto visir Nureddin (¡Alah lo haya acogido en su misericordia!), y

que ha vendido al judío N., hijo de N., mercader de Bassra, el

cargamento de la primera nave que llegue á la ciudad de Bassra y forme

parte de las pertenecientes á mi padre Nureddin. Y vendo esto por mil

dinares, y nada más.» Luego puso su sello en la parte inferior de la

hoja, y se la entregó al judío, que lo saludó respetuosamente y se fué.

Entonces Hassán rompió á llorar, pensando en su padre, en su posición

pasada y en su suerte presente; pero como ya se había hecho de noche, le

venció el sueño y se quedó dormido en la _tourbeh_. Y así siguió hasta

que salió la luna, y como en aquel momento se le había escurrido la

cabeza de encima de la piedra de la _tourbeh_, hubo de dar una vuelta

completa, echándose de espaldas, y la luna iluminó por completo su

rostro, que resplandecía con toda su belleza.

Aquel cementerio era frecuentado por efrits de la buena especie, efrits

musulmanes y creyentes. Y por casualidad, aquella noche, una encantadora

efrita volaba por allí, tomando el fresco, y vió á la luz de la luna al

joven Hassán que estaba durmiendo, y observó su belleza y sus hermosas

proporciones, y quedándose maravillada, dijo: «¡Gloria á Alah! ¡Oh, qué

hermoso joven! ¡Cómo me enamoran sus hermosos ojos, que me figuro muy

negros y de una blancura...!» Pero después pensó: «Mientras se

despierta, voy á seguir mi paseo por los aires.» Y echó á volar, subió

muy arriba buscando el fresco, y se encontró en lo más alto con uno de

sus compañeros, un efrit también musulmán. Le saludó muy gentilmente y

él le devolvió el saludo con mucha deferencia. Entonces ella le

preguntó: «¿De dónde vienes, compañero?» Y él le contestó: «Del Cairo.»

Y la efrita volvió á preguntar: «¿Les va bien á los buenos creyentes del

Cairo?» Y el efrit contestó: «Gracias á Alah, les va bien.» Entonces la

efrita le dijo: «Compañero, ¿quieres venir conmigo para admirar la

hermosura de un joven que está durmiendo en el cementerio de Bassra?» Y

el efrit dijo: «Estoy á tus órdenes.» Entonces se cogieron de la mano,

descendieron juntos al cementerio, y se pararon delante de Hassán,

dormido. Y la efrita dijo al efrit, guiñándole el ojo: «¿Eh? ¿Tenía yo

razón?» Y el efrit, asombrado por la maravillosa hermosura de Hassán

Badreddin, exclamó: «¡Por Alah! ¡No he visto cosa parecida! ¡Ha sido

creado para poner en combustión todas las vulvas!» Después reflexionó un

momento, y dijo: «Sin embargo, hermana mía, he de decirte que he visto á

otra persona que puede compararse con este joven tan hermoso.» Y la

efrita exclamó: «¡No es posible!» Y dijo el efrit: «¡Por Alah, que la he

visto. Ha sido bajo el clima de Egipto, en El Cairo, y es la hija del

visir Chamseddin.» La efrita dijo: «Pues no la conozco.» Y el efrit le

replicó: «Escucha. He aquí la historia de esa joven:

«Su padre, el visir Chamseddin, ha caído en desgracia por causa de ella.

Habiendo oído el sultán de Egipto hablar á sus mujeres de la belleza

extraordinaria de la hija del visir, se la pidió en matrimonio á su

padre. Pero el visir Chamseddin, que había pensado otra cosa para su

hija, se vió en una gran confusión, y dijo al sultán: «¡Oh mi señor y

soberano! Ten la bondad de permitirme que me excuse, y perdóname por

ello. Ya sabes la historia de mi pobre hermano Nureddin, que era visir

conmigo. Ya sabes que desapareció un día, sin que hayamos vuelto á saber

de él. Y el motivo de su marcha no pudo ser más leve.» Y contó al sultán

detalladamente este motivo. Y después añadió: «He jurado ante Alah, el

día que nació mi hija, que, ocurriera lo que ocurriera, no la casaría

mas que con el hijo de mi hermano Nureddin. Y han transcurrido desde

entonces diez y ocho años. Pero afortunadamente, he sabido hace pocos

días que mi hermano Nureddin se había casado con la hija del visir de

Bassra, y que había tenido un hijo. Por lo tanto, mi hija, nacida de mis

obras con su madre, está destinada y escriturada á su primo, el hijo de

mi hermano Nureddin. En cuanto á ti, ¡oh mi señor y soberano! puedes

elegir otra joven. El Egipto está lleno de ellas. ¡Y muchas son bocado

de rey!»

Pero el sultán, al oirle, se enfureció mucho, y gritó: «¿Qué has dicho,

miserable visir? Te quise honrar descendiendo hasta ti para casarme con

tu hija, ¿y aún te atreves á negármela, alegando ese pretexto tan

estúpido? ¡Está muy bien! Pero ¡juro por mi cabeza que te obligaré á

casarla, á despecho de tu nariz, con el último de mis servidores!» «Y el

sultán tenía un palafrenero contrahecho y jorobado, con una joroba

delante y otra joroba detrás, y le mandó llamar en seguida y dispuso que

se escribiese su contrato de matrimonio con la hija del visir

Chamseddin, á pesar de las súplicas del padre. Y ordenó al jorobado que

se acostara aquella misma noche con la joven. Además, mandó que la boda

se celebrase lujosamente y con música.»

Así los he dejado, ¡oh hermana mía! en el momento en que los esclavos de

palacio rodeaban al jorobado y le dirigían bromas egipcias muy

graciosas, llevando cada uno en la mano las velas de la boda para

acompañar al novio. Y éste tomaba el baño en el hammam, entre las risas

y las burlas de los esclavos, que decían: «¡Mejor quisiéramos tener la

herramienta pelada de un borrico, que el asqueroso zib de ese jorobeta!»

«Y efectivamente, hermana mía, el jorobado es muy feo y repulsivo.» Y el

efrit, al recordarle, escupió en el suelo con un gesto de repugnancia.

Después dijo: «En cuanto á la joven, es la criatura más bella que he

visto en mi vida. Puedo asegurarte que es todavía más hermosa que este

mancebo. La llaman Sett El-Hosn[6], y se merece el nombre. Ha quedado

llorando amargamente, alejada de su padre, al cual se le ha prohibido

asistir á la ceremonia. Y está sola, en medio de los festejos, entre los

músicos, danzarinas y cantadoras. Y el repugnante palafrenero no tardará

en salir del hammam, y le aguardan para empezar la fiesta.

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[imagen]

_PERO CUANDO LLEGÓ LA 21.ª NOCHE_

Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el efrit terminó su relato

con estas palabras: «Y no esperan otra cosa sino que el jorobado salga

del hammam.» Y la efrita repuso: «Se me figura, ¡oh compañero! que te

equivocas al afirmar que Sett El-Hosn es más hermosa que ese joven. No

es posible. Es indudablemente el más hermoso de su tiempo.» Pero el

efrit respondió: «¡Por Alah, hermana mía! te aseguro que aquella joven

es más bella todavía. No tienes mas que venir conmigo, para que á su

vista te convenzas. Bien fácil te ha de ser esto. Además, podríamos

aprovechar la ocasión para burlar al maldito jorobado aquella maravilla

hecha carne. Porque los dos jóvenes son dignos el uno del otro, y tanto

se parecen, que diríase que son hermanos, ó primos por lo menos. Y sería

una lástima que el jorobado copulase á Sett El-Hosn.»

Entonces contestó la efrita: «Razón tienes, hermano mío. Llevemos en

brazos á ese mancebo dormido y juntémoslo con la joven de quien hablas.

Así haremos una buena obra, y veremos además cuál es más hermoso de los

dos.» Y el efrit dijo: «¡Escucho y obedezco! Tus palabras están llenas

de rectitud y de justicia. ¡Vamos, pues!» Y entonces el efrit se echó á

cuestas al joven y comenzó á volar, seguido de cerca por la efrita, que

le ayudaba para llegar antes, y ambos, de este modo, llegaron cargados

al Cairo con toda rapidez. Y allí soltaron al hermoso Hassán, dejándole

dormido sobre el banco de una calle próxima al palacio, que rebosaba de

gente. Y entonces le despertaron.

Hassán se despertó, y quedó en la más extrema perplejidad al no verse en

Bassra, en la _tourbeh_ de su padre. Y miró á la derecha. Y miró á la

izquierda. Y no conocía nada de aquello. Pues aquello era una ciudad,

pero una ciudad muy distinta á la de Bassra. Tan sorprendido quedó, que

abrió la boca para gritar; pero en seguida vió delante de sí á un hombre

gigantesco y barbudo, que le guiñó el ojo para indicarle que no gritase.

Y Hassán se contuvo. Y aquel hombre, que era el efrit, le presentó una

vela encendida, y le mandó que se uniera á las muchas personas que

llevaban velas encendidas para acompañar á la boda, y le dijo: «¡Sabe

que soy un efrit, pero creyente! Te transporté aquí durante tu sueño.

Esta ciudad es El Cairo. Te he traído porque te quiero y deseo

favorecerte sin ningún interés, sólo por amor á Alah y por tu hermosura.

Toma esta vela encendida, intérnate entre la muchedumbre y marcha con

ella hasta ese hammam que allí ves. De él ha de salir una especie de

jorobado á quien llevarán triunfalmente. ¡Síguele! Ve siempre á su lado,

pues es el novio. Entrarás en el palacio con él, y al llegar á la gran

sala de recepciones te colocarás á su derecha, como si fueses de la

casa. Y cada vez que veas llegar ante vosotros un músico, una danzarina

ó una cantora, métete la mano en el bolsillo, que ya cuidaré yo de que

esté siempre lleno de oro, y cógelo á puñados sin vacilación alguna y

arrójaselo á todos. Y no temas que se te acabe, que eso es cuenta mía.

Obsequia, pues, con puñados de oro á cuantos se te acerquen. Aventúrate

y no te detengas ante nada. Confía en Alah que te creó tan hermoso y en

mí que te estimo. Además, todo lo que te suceda, te sucederá por la

voluntad y el poder del Altísimo.» Y dichas estas palabras, el efrit

desapareció.

Entonces Hassán Badreddin de Bassra dijo para sí: «¿Qué querrá decir

todo esto? ¿De qué favores me ha hablado este asombroso efrit?» Pero sin

perder más tiempo en estas preguntas, echó á andar, encendió su vela en

la de un invitado, y llegó al hammam cuando el jorobado había acabado de

bañarse y salía á caballo con un traje magnífico.

Hassán Badreddin se internó entonces entre la muchedumbre, dándose tanta

maña, que llegó á la cabeza de la comitiva, junto al jorobado. Y

entonces brilló en todo su esplendor la maravillosa hermosura de Hassán.

Iba vestido con el más suntuoso de sus trajes de Bassra, llevaba un

manto de seda tejido con hilo de oro, y en la cabeza un birrete rodeado

de un magnífico turbante bordado en oro y plata, puesto á la usanza de

Bassra. Y todo ello realzaba su apuesto continente y su hermosura.

Durante la marcha del cortejo, cada vez que una cantora ó una danzarina

se separaba del grupo de los músicos y se acercaba á él para llegar

frente al jorobado, Hassán Badreddin se echaba mano al bolsillo, y

sacándola llena de oro, lo derramaba á puñados á su alrededor, y echaba

más en la pandereta de la danzarina ó de la cantora, llenándola de oro,

con ademanes de sin igual donosura.

Y por eso todas estas mujeres, lo mismo que la muchedumbre, quedaron

asombradas de aquella esplendidez, admirando la belleza y los encantos

de Hassán.

La comitiva acabó por llegar al palacio. Entonces los chambelanes

detuvieron á la multitud, y sólo dejaron entrar detrás del jorobado á

los músicos, las danzarinas y las cantoras.

Pero las cantoras y las danzarinas interpelaron unánimemente á los

chambelanes, y les dijeron: «¡Por Alah! Hacéis bien en impedir á esos

hombres que entren con nosotras en el harén para presenciar cómo se

viste la novia. Pero por nuestra parte, nos negaremos á entrar si no nos

acompaña este joven que nos ha colmado de beneficios. Y no hemos de

festejar á la novia como no sea en presencia de este joven, amigo

nuestro.»

Entonces las mujeres se apoderaron á la fuerza del joven Hassán y lo

llevaron con ellas al harén, en medio de la gran sala de fiestas. Y fué

el único hombre que estuvo en el harén á despecho de la nariz del

jorobado, que no pudo impedirlo. Allí se hallaban reunidas todas las

damas de palacio, las esposas de los emires, visires y chambelanes. Y se

alineaban en dos filas, sosteniendo cada una en la mano un gran cirio; y

todas tenían la cara cubierta con el velillo de seda blanca, á causa de

la presencia de aquellos dos hombres. Y Hassán y el jorobado pasaron por

entre las dos hileras y fueron á sentarse en una tarima alta, teniendo

que atravesar las dos filas de mujeres, que se prolongaban desde la sala

de festejos hasta la cámara nupcial, de donde había de salir la novia

para la boda.

Al ver á Hassán Badreddin y advertir su hermosura, sus encantos y su

rostro luminoso cual la luna creciente, las mujeres se emocionaron hasta

casi quedarse sin aliento y perder la razón. Y ardía cada cual en deseos

de abrazar á aquel joven maravilloso, y traerle á su regazo,

permaneciendo unidos un año, ó un mes, ó siquiera una hora, solamente el

tiempo preciso para que la asaltase una vez y sentirlo dentro de ella.

Y en un momento dado, todas estas mujeres, no pudiendo resistir por más

tiempo, se descubrieron el rostro, levantando el velillo. ¡Y se

mostraron sin pudor, olvidando la presencia del jorobado! Y todas se

acercaron á Hassán Badreddin para admirarle más de cerca y decirle

palabras de amor, ó siquiera guiñarle un ojo para que pudiese comprender

cuánto le deseaban. Y además las danzarinas y las cantoras ponderaban la

generosidad de Hassán, alentando á las damas á que le sirviesen lo mejor

posible. Y las damas decían: «¡Por Alah! ¡He aquí un hermoso joven!

¡Éste sí que puede dormir con Sett El-Hosn! ¡Nacieron el uno para el

otro! ¡Confunda, pues, Alah á ese maldito jorobado!»

Y mientras las damas seguían alabando á Hassán y lanzando imprecaciones

contra el jorobado, las tañedoras de instrumentos rompieron á tocar, se

abrió la puerta de la cámara nupcial y la novia Sett El-Hosn entró en la

sala de festejos rodeada de eunucos y doncellas.

Sett El-Hosn, hija del visir Chamseddin, apareció en medio de su

servidumbre, y brillaba como una hurí. Las otras, comparadas con ella,

no eran mas que unos astros que formaran su cortejo, como las estrellas

que rodean á la luna al salir de una nube. Se había perfumado con ámbar,

almizcle y rosa, y su peinada cabellera brillaba bajo la seda que la

cubría. Sus hombros admirables marcábanse á través de su traje suntuoso.

Iba de un modo regio: entre otras galas, llevaba un vestido bordado de

oro rojo, con dibujos de pájaros y flores. Y esto era el traje exterior,

pues los interiores sólo Alah sería capaz de conocerlos y estimarlos en

su verdadero mérito. En la garganta lucía un collar que suponía

incalculables millares de dinares. Y cada una de sus piedras era de tal

valor, que ningún mortal, ni el rey en persona, las había visto iguales.

En una palabra, Sett El-Hosn aparecía tan hermosa como la luna llena en

la decimacuarta noche.

Y Hassán Badreddin seguía sentado entre el grupo de damas, causando la

admiración de todas. Y la novia avanzó con un gracioso movimiento,

dirigiéndose hacia el estrado. Entonces el jorobado se levantó y quiso

besarla. Pero ella, horrorizada, lo rechazó y fué á colocarse

rápidamente al lado del hermoso Hassán. ¡Y pensar que era su primo, y

ella no lo sabía, lo mismo que él!

Y todas las damas se echaron á reir, principalmente cuando la novia se

detuvo ante el hermoso Hassán, por el cual se sintió al instante

abrasada en deseos, y exclamó, levantando al cielo las manos:

«¡Alahumma! ¡Haz que este hermoso joven sea mi marido, y líbrame de ese

palafrenero jorobado!»

El libro de las mil noches y una noche; t. 2 · 第 1 / 12 段