El odio popular que en toda España se había levantado contra el favorito

de Carlos IV, D. Manuel Godoy, estalló de una manera terrible y

amenazadora conforme se divulgaron por la Península las noticias de las

escenas que acababan de ocurrir en Aranjuez, y que tan claros ponían de

manifiesto al fanático pueblo la perfidia y doblés del Príncipe de

Asturias.

Ciegos los sevillanos por el joven que contra sus propios padres

conspiraba, y creyéndole dechado de todas las virtudes, le atribuían

cuantas perfecciones pueden adornar á un monarca para hacer la felicidad

de una nación. Aborrecían todos á aquellos personajes que rodeaban á los

reyes, suponiéndoles verdugos y opresores de D. Fernando; pero el hombre

que más generalmente era aborrecido era Godoy, tan injustamente

calumniado por los historiadores de nuestros días, como lo fué por sus

contemporáneos.

Los encarnizados enemigos del Príncipe de la Paz solían reunirse en un

café que había por entonces en la calle Génova, y en este local,

convertido en _club_, pronunciábanse á diario discursos contra el

favorito, y salían de boca de todos los concurrentes las frases más

obscenas y los dichos más denigrantes.

La tarde del 22 de Marzo súpose en Sevilla la caída del valido; y,

conforme circuló esta noticia por la ciudad, levantóse el pueblo,

acaudillado por aquellos asiduos contertulios del café de calle Génova.

Numerosos grupos de gente de la plebe invadieron las calles, dando

mueras á Godoy, y produciendo infernal gritería, reuniéndose en la

plaza de San Francisco en actitud amenazadora y terrible.

Allí permanecieron largo rato vociferando y reuniendo gente, y cuando

los amotinados formaban un número bastante crecido, penetraron por la

calle Sierpes, dirigiéndose al hospital de S. Juan de Dios, situado en

la de Gallegos.

El año 1807 el Príncipe de la Paz, patrono de la capilla mayor de dicho

hospital, habíase declarado protector de la Orden de San Juan de Dios, y

con tal motivo habíase celebrado en la iglesia una función solemne,

colocándose el retrato de Godoy en las paredes del templo, cercano al

altar mayor.

Era este retrato, pintado por D. José Cabral, una verdadera obra de

arte, no sólo por su perfecto parecido, sinó por lo correcto del dibujo,

la hábil combinación de los colores y lo acabado de la ejecución. En el

lienzo aparecía el generalísimo vestido con un lujoso uniforme militar,

cubierto el pecho de condecoraciones y bandas y en una actitud sencilla,

pero que no dejaba de tener cierta majestad y arrogancia. Rodeaba el

cuadro un lujoso marco con primorosas labores, en cuyo penacho se

ostentaba el escudo del Príncipe.

Llegó la multitud, como decíamos, á las puertas de San Juan de Dios;

allí pidieron todos la entrega del hermoso retrato, para saciar en él la

rabia y el encono de que estaban poseídos.

Reclamáronse las llaves del templo al Prior, y como los comisionados

para este caso tardasen en salir con ellas, el pueblo furioso entró

como una avalancha en el patio del hospital, derribando la puerta de la

capilla y arrancando de la pared el lienzo, que fué arrastrado á la

calle entre feroces gritos de insensato júbilo.

La plaza del Salvador fué teatro entonces de una escena singular y

extraña. Había cerrado la noche, y los amotinados trajeron luces de las

casas próximas, aplicándolas al lienzo, que fué destrozado y convertido

en leves cenizas, que disipó el viento.

Mientras acababa de perecer el retrato del favorito, sus enemigos

formaron corro alrededor, escarneciendo aquella figura tan hábilmente

trazada por el artista y llenándola de insultos y desvergüenzas de todas

clases.

Perdióse para siempre aquel hermoso cuadro, que podía hoy ser admirado

en cualquier museo, y al trocarse en humo aquel lienzo, trocábanse

también en humo la grandeza y los honores de D. Manuel Godoy, cuya vida

política ha sido tan calumniada.

LXX

EL CURA DE TRIANA

Los viles españoles

afrancesados,

ya han recibido el premio

de sus cuidados:

á pie caminan,

y aguardan por momentos

ver su rüina.

(_Copla patriótica._)

En Febrero de 1810 Sevilla se encontraba bajo el poder de las tropas

imperiales, que cometían en la ciudad los mayores desafueros, burlándose

descaradamente de las capitulaciones ajustadas, conduciendo diariamente

al patíbulo á cuantos hacían el menor esfuerzo para contribuir á romper

aquel ominoso yugo.

Henchidos de rabia y de coraje estaban los pechos de los verdaderos

patriotas, y con el mayor sigilo preparaban una conspiración terrible

que, de no haberse malogrado, quizá hubiese hecho á Sevilla teatro de

los episodios más gloriosos y sangrientos.

En tales circunstancias, y cuando más acalorados estaban los ánimos,

repartiéronse á las personas de la población convocatorias, en las

cuales se invitaba á los devotos para asistir á una gran función

religiosa, que habría de celebrarse el domingo 25 de Marzo, en la

parroquia de Santa Ana, para _dar gracias al Cielo por la feliz venida

al trono español de su majestad José I_.

La sorpresa y el enojo que semejante impreso produjo pueden figurárselos

nuestros lectores; y subió de punto la indignación al saberse que ni las

hermandades ni el clero de Triana habían autorizado semejante conducta,

y que todo era obra de un cura de la iglesia de Nuestra Señora de la O,

quien, no sabiendo cómo atraerse la gracia del intruso, tuvo aquella

idea imprudente y digna de la mayor censura.

D. José Areijas, que así se llamaba el presbítero afrancesado, no llegó

á amedrentarse por la actitud de todos los trianeros; y contando con la

defensa de los invasores, desoyó cuantas reflexiones algunos amigos

llegaron á hacerle, y el día anunciado por la convocatoria dispuso con

la mayor actividad cuanto era necesario para la función religiosa

aplicada al buen hermano de Napoleón.

Serían las once de la mañana cuando numerosos grupos de hombres

penetraron en el templo, y colocándose con el mayor disimulo en varios

puntos, aguardaron á otros muchos, que poco á poco fueron entrando, y al

comenzar la misa las naves de la iglesia de Santa Ana se veían

completamente llenas, nó de aquel público devoto y tranquilo que

diariamente asistía á los cultos, sinó de una muchedumbre inquieta y

nada pacífica, cuyos rostros no eran á la verdad muy sosegados.

Continuó la misa en el altar mayor sin que nada de particular ocurriera:

lanzaba el órgano sus notas armoniosas; entonaban los sochantres sus

continuas salmodias, y cuando la música y los cantos terminaron,

apareció en lo alto del púlpito el cura Areijas, quien, después de los

latines de ordenanza, dió principio al sermón que ya tantas veces había

preparado.

¡Qué sermón aquel! ¡qué palabras, qué párrafos, qué pensamientos

aquellos!... Trataba de probar el buen padre de almas que á los ojos de

Dios era muy agradable el reinado de _Pepe-Botella_, que la felicidad de

España dependía de los invasores, y condenaba la guerra que se les

hacía, aplicando los dictados más injuriosos á los que él llamaba

traidores é ilusos empeñados en rechazar los que el Cielo había

destinado para ser nuestros amigos y leales hermanos.

Á medida que avanzaba en su discurso, excitábase el cura Areijas, y

manoteaba entusiasmado: ora extendía los brazos, adoptando trágicas

actitudes; ora pateaba con furia y alzaba al cielo los ojos vivos y

chispeantes, y ora, en fin, apretando los puños, descargaba fuertes

golpes sobre la baranda del púlpito. Guardaba el concurso profundo

silencio; pero cuando más embebido y fuera de sí estaba el padre,

escucháronse de pronto estas palabras, que nadie supo de qué lugar del

templo salían:

--¡Embustero!--dijo la voz con acento terrible;--eso es profanar la

cátedra del Espíritu Santo...

Entonces estalló la tormenta que hacía largo rato estaba contenida; por

doquier se oyeron gritos y protestas, la gente corrió buscando la calle,

unos se atropellaban, otros se dirigían á encontrar al cura, muchos

mostraban armas, y cuando mayor era la confusión, el escándalo y el

alboroto, sonó un disparo en la plaza, y apareció en seguida en el

templo un escuadrón de dragones franceses, quienes dispersaron á

sablazos los grupos, cerraron la iglesia y escoltaron al cura

antipatriota, para librarlo de las iras populares, terminando así

aquella función religiosa en mal hora organizada por el atrevido

presbítero.

LXXI

ENTRADA DEL REY INTRUSO

«El que veis, sevillanos, es el justo, es vuestro amable rey Josef

Primero, cuyo semblante plácido y augusto muestra que, corazón

grande y sincero, ver su pueblo feliz sólo es su gusto, pues dirige

á este fin todo su esmero...»

A. LISTA.

Una página de la historia de nuestra ciudad vamos á recordar aquí,

página triste para los buenos patriotas de otros tiempos, y alegre para

los ejércitos del Capitán del siglo, que invadieron nuestro suelo,

dejando en él eterna memoria.

El jueves, primero de Febrero de 1810 entraron en Sevilla los franceses,

después de haber cometido todo género de excesos en los pueblos de la

provincia.

Cuando las tropas imperiales se acercaban á la población, el paisanaje,

alborotado, recurrió á las autoridades en demanda de auxilios para

preparar una defensa heróica contra los invasores; pero lo mismo el

Capitán General que el Asistente y que el Cabildo Eclesiástico,

procuraron calmar la laudable efervescencia del pueblo, y por cuantos

medios les fué posible impidieron que éste se dejase llevar de sus

patrióticos sentimientos.

«Ansiaban los invasores--escribe el señor Gómez Ímaz--verse dueños de

Sevilla; y si á ello les incitaba la codicia por la fama que siempre

gozó de bella, alegre y riquísima, en la que esperaban hallar una

especie de edén á lo morisco donde gozar de regalada vida con

acrecentamiento de la hacienda, no menos la apetecían como punto

estratégico y cuartel general de operaciones en la zona andaluza, por la

situación topográfica... Maestranza, Pirotecnia, Fundición, Parque de

Artillería y vía fluvial, unido todo esto á propios recursos,

importancia y riquezas.»

Hallándose los franceses en Torreblanca, una comisión, formada por

individuos del clero, de la magistratura, de las armas y de la nobleza,

pasó á entenderse con José Bonaparte, proponiéndole una capitulación que

librase á la ciudad de desgracias y de atropellos.

Aceptó el _Intruso_ la capitulación, que después fué cumplida con

poquísima exactitud, y poniendo en marcha las tropas, entraron éstas en

la ciudad á las once de la mañana del ya citado primer día de Febrero.

Los soldados invasores penetraron por la puerta de San Fernando,

haciendo alarde de sus fuerzas, con esa fanfarronería tan característica

de nuestros vecinos del Pirineo. El aspecto de aquellos soldados tan

bien equipados y tan arrogantes contrastaba singularmente con el de las

pocas personas que acudieron á presenciar su llegada.

Al divisarse el coche donde venía José Bonaparte las campanas de la

_Giralda_ lanzaron alegres repiques, disparáronse multitud de cohetes, y

el Ayuntamiento y el Cabildo salieron á saludar al _Intruso_ al prado de

San Sebastián.

El hermano de Napoleón se apeó del vehículo, y montó á caballo,

colocándose al frente de su Estado mayor, y marchando precedido de una

numerosa escolta de coraceros de la guardia municipal.

Era aquel día sereno y apacible; el sol brillaba sobre un cielo azulado

y transparente, la atmósfera estaba limpia y despejada, todo lo cual

contribuyó mucho á dar lucimiento al acto de pisar las calles de Sevilla

las poderosas huestes de Bonaparte.

Entre los diversos personajes que acompañaban al flamante Monarca, á más

del general Soult, duque de Dalmacia, del Barón Darica y de Senarmont,

venían sus consejeros Aranza, Cabarrús, Solís, Montarco y Meléndez

Valdés, el Duque de Treviso, el Marqués de Riomilano, O-Farril, Urquijo,

Almenara y otros muchos hombres que hicieron importantísimos papeles en

aquel tiempo digno de eterna recordación.

Toda la lujosa comitiva, vestida con ricos uniformes y rodeada de

militar estruendo, pasó por las calles Nueva de San Fernando, Puerta de

Jerez, Santo Tomás y Gradas.

Á la puerta de la Catedral, que estaba ricamente adornada, se detuvo

José Bonaparte, siendo recibido en el atrio por el Cabildo, y después de

breves minutos, en los que hubo corteses saludos y graves reverencias,

se dirigió al Real Alcázar, donde ya tenían preparado su alojamiento.

Era entonces asistente de Sevilla D. Joaquín Leandro Solís, quien,

deseando captarse las simpatías de los invasores, mandó colocar en los

puntos más céntricos de la ciudad dos ó tres bandas de música, que

ejecutaron alegres tocatas, organizando también una profusa iluminación

en los edificios públicos, y obligando á muchos vecinos á que adornasen

las fachadas de sus casas con ricas colgaduras.

Aquella misma tarde las tropas francesas se alojaron en los conventos de

San Francisco, Santo Tomás, el Carmen y San Jacinto, y por la noche los

soldados imperiales recorrieron las calles en numerosos grupos,

promoviendo singular escándalo y alboroto, hasta hora muy avanzada.

El pueblo de Sevilla contempló lleno de despecho y coraje aquellas

escenas, y permaneció casi todo encerrado en sus domicilios hasta el

nuevo día, siendo muy escaso el número de los que demostraron la menor

curiosidad por conocer al Monarca, á quien los andaluces dieron el

nombre de _Pepe-Botella_.

Sin embargo de esto, el periódico oficial de los invasores, que estaba

dirigido por D. Alberto Lista, decía lo siguiente al ocuparse de la

entrada de José Bonaparte:

«S. M. ha sido objeto de las más sinceras muestras de respeto por parte

del noble vecindario de Sevilla. Es seguro que á poco que nuestro amable

y justo Rey permanezca en esta ciudad, cautivará todos los corazones de

sus súbditos, á quienes ama como padre, y á quienes sólo desea ver

felices y gozando de las dulzuras de una paz duradera.»

LXXII

LA CONSTITUCIÓN

«Constitución ó muerte será nuestra divisa: si algún traidor la

pisa, al punto morirá.»

(_Himno patriótico._)

Las tropas francesas, que tantos estragos causaron en Andalucía,

permanecieron en Sevilla desde principios de 1810, como dejarnos dicho,

hasta mediados de Agosto de 1812, y durante este tiempo los invasores

cometieron toda clase de atropellos y desmanes, conduciendo al patíbulo

infinidad de individuos que defendían con heroísmo la causa nacional.

En el mes de Abril llegaron tropas españolas para disponer el ataque de

la ciudad, lo cual no llegó á verificarse, comenzando en Agosto la

evacuación de franceses, que sostuvieron un nutrido tiroteo en

Castilleja con los vecinos de Triana y con el batallón de Zamora, que

mandaba el general don Juan de la Cruz Mourgerón.

El pueblo de Sevilla, viéndose libre de los invasores, se entregó á los

mayores trasportes de alegría, celebrando iluminaciones, funciones de

teatro, conciertos en los paseos, bailes y procesiones, que tuvieron

lugar en medio de un entusiasmo indescriptible.

Entonces se reunieron las autoridades locales, y acordaron publicar

solemnemente la Constitución política, obra de las inolvidables Cortes

gaditanas.

Señalóse para este acto el día 29 de Agosto, y en él apareció engalanada

la ciudad, viéndose las calles ocupadas por numeroso público de todas

las clases sociales, que se disponían á saludar en el nuevo código una

era venturosa y de feliz regeneración para la patria.

Aquella tarde, que fué templada y magnífica, salió á las cinco de la

casa Ayuntamiento la comitiva que iba á dar lectura á la Constitución,

dirigiéndose á un amplio tablado que se había construído en el centro de

la plaza de San Francisco.

Colocáronse en el tablado, el alférez mayor don Lope Olloqui, que

conducía el pendón de la ciudad, el jefe político Ruiz del Burgo, el

Asistente con los señores jurados, y el escribano del Municipio don

Ventura Ruiz Huidobro, quien dió lectura al documento ante una numerosa

y compacta muchedumbre.

La comitiva recorrió luego las calles Vizcaínos, Mar y Gradas, llegando

á la puerta de la Catedral, que se había adornado con ricas telas, en la

que se encontraba el Cabildo.

Repitióse ante él la lectura en la misma forma que acababa de hacerse en

la plaza de San Francisco, y, por último, se verificó en el patio de

Banderas, donde también se había levantado una tribuna al efecto.

Quince días después de la promulgación del código, ó sea el 12 de

Setiembre, se celebró la jura en medio del mayor orden y entusiasmo.

Juró la Constitución el Cabildo en la Sala Capitular de la Basílica, y

casi al mismo tiempo juró el Municipio, el Claustro de doctores de la

Universidad, los magistrados de la Audiencia, los cuerpos de la plaza y

todas las corporaciones y entidades oficiales, jurando por último el

pueblo al siguiente día, domingo 13 de Setiembre.

Las naves de la Catedral se vieron ocupadas por numerosa concurrencia, y

dió comienzo la función religiosa, con asistencia de las autoridades

civiles y militares, que se situaron en unos escaños levantados á la

derecha del altar mayor.

Éste ofrecía un hermoso golpe de vista; se hallaba iluminado

profusamente y con el aparato de las grandes solemnidades. Comenzó la

misa cantada, y á la mitad de ella el escribano Ruiz Huidobro apareció

en el púlpito, llevando en sus manos un ejemplar de la Constitución, el

cual leyó en voz alta para que de todos fuese oído.

El canónigo Maestre, terminada la lectura, pronunció un sermón

encareciendo las ventajas que á la patria traería el nuevo código, de

quien hizo grandes elogios, concluyendo su plática, que fué por cierto

muy elocuente, recomendando al pueblo la obediencia á la obra de los

legisladores gaditanos.

Terminada la misa, se adelantó Ruiz del Burgo, como jefe político que

era de la ciudad, y dirigiéndose á la multitud que ocupaba el templo,

pronunció estas palabras:

--¿Juráis guardar y observar la nueva Constitución política, publicada

por la Regencia, y sancionada por las Cortes generales, que se os acaba

de hacer presente?

--¡Sí juramos!--contestó la multitud.

--¿Juráis conocer y defender á vuestro rey el señor D. Fernando VII, que

Dios guarde?

--¡Si juramos!--volvieron á responder todos.

Entonces las campanas de la _Giralda_ comenzaron sus alegres repiques,

los cañones hicieron salvas, y el Cabildo entonó el _Te-Deum_, dando fin

la ceremonia cerca del medio día.

¡Quién hubiera imaginado entonces que el nuevo código que con tanto

regocijo se acogía iba á ser causa de tan hondas perturbaciones para la

nación!

LXXIII

LA FIESTA DEL QUEMADERO

«Mas ¡ay! que ya se acaban las aspas y garrotes, y jansenistas,

moros y hugonotes se burlan de mi celo y mi porfía... Todos á un

tiempo trinan viendo que está apagado el tizón venerado que á los

reyes temblar hizo algún día.»

EUGENIO DE TAPIA.

No hace muchos años oímos contar á un anciano el suceso que da origen á

este trabajo, y habiendo encontrado recientemente algunos detalles sobre

el caso en papeles de la época, vamos á referirlo al lector, á quien

suponemos pacientísimo.

Á principios del memorable año de 1820 era gobernador militar de Sevilla

el General Odonojú, quien, al tener las primeras noticias del alzamiento

de Las Cabezas de San Juan y de la isla de León, afilióse en secreto al

partido de la Constitución, cuidando mucho que sus ideas no fuesen

advertidas por nadie hasta la llegada del oportuno momento.

Había marchado á Cádiz el capitán general de Andalucía D. Tomás Freiree

para combatir á los que por tan noble causa se habían sublevado, y el

día 10 de Marzo, cuando más tranquilos aguardaban los partidarios del

absolutismo la derrota de sus enemigos, y más confiados estaban todos en

las seguridades que en Sevilla tenían, alborotóse de pronto el pueblo,

que, alentado por los patriotas que tenían su punto de reunión en el

café de San Fernando, llegó al Ayuntamiento, dando término á la sesión

que el Cabildo celebraba, y de allí, tras recorrer algunas calles,

quitar el título á la plaza de San Francisco y hacer repicar las

campanas, se dirigió la muchedumbre al edificio en donde estaba situado

el tribunal de la Inquisición, no sin haber proclamado antes el nuevo

código, del cual esperaban tantos la salvación de la patria.

Libertados los dos presos que en las cárceles del Tribunal estaban,

destruídos los muebles, y quemados los procesos que se guardaban en el

archivo, entregóse la multitud á otros excesos, que tuvieron que ser

reprimidos con energía por las autoridades que acababan de tomar el

mando.

Tranquilizáronse un poco los ánimos y dió comienzo la nueva época

constitucional, sobre la que tanto se ha dicho y tanto bueno queda

todavía que decir; y cuando las Cortes en el año siguiente, después de

larguísimos debates, decretaron la suspensión del Tribunal de la Fe,

alborotóse de nuevo el pueblo bajo de Sevilla, y se propuso llevar á

cabo un acto que demostrase su adhesión al decreto y fuese una burla

grotesca de aquella abolida institución.

Era Domingo de Ramos de 1821, y por la mañana el lugar donde estuvo el

famoso _Quemadero_ (hacia un extremo del prado de San Sebastián)

apareció dispuesto y aderezado de manera bien airosa. La noche antes

habíanse colocado allí algunos trasparentes de lienzo y madera,

pintarrajeados con muñecos deformes, vestidos con los trajes que usaban

los familiares del Santo Oficio, en posturas extrañas y entregados á

diversos y raros entretenimientos. Los trasparentes tenían gran altura,

y sobre ellos se veía un enorme cerdo de cartón, con una medalla en el

hocico y un letrero en la parte posterior, que no queremos copiar aquí

por creerlo nada oportuno.

La gente de los barrios bajos, los patriotas de los cafés del Turco y de

San Fernando, los individuos de muchas sociedades políticas y la gente

moza y regocijada acudieron al prado de San Sebastián, rodeando el

aparato allí levantado, y haciéndolo objeto de sabrosos comentarios y de

dichos y frases de esas tan gráficas en nuestra tierra.

Al ocultarse el sol, una banda de música tocó el himno de Riego que

acababa de componer San Miguel, y al escucharse sus notas muchos de los

que allí se encontraban, no pudiendo contener su entusiasmo, cantaron y

bailaron con la mayor alegría.

Luego un grupo de mozos del barrio de San Bernardo entonó junto al

improvisado monumento gran número de responsos, y como para remojar las

fauces de los cantores se trajeron algunos jarrillos de vino, éste no

tardó en hacer sus efectos, y entonces las coplas se convirtieron en

desvergüenzas, y el alboroto y escándalo subió de punto.

Así transcurrieron algunas horas, y á las nueve de la noche comenzaron á

disparar cohetes, quemando un castillo de fuegos artificiales, é

incendiando por último aquellos pintarrajeados lienzos en medio del

mayor desorden y de la más ensordecedora gritería.

Cuando el monumento se convirtió en cenizas, la gente se fué retirando

poco á poco de aquel sitio, teatro de tan tristes escenas en multitud de

ocasiones.

Los partidarios del absolutismo llevaron muy á mal aquel desahogo de los

liberales exaltados, que pagaron bien caros éste y otros actos en el

funesto día de S. Antonio del año de 1823.

LXXIV

EL ASISTENTE ARJONA

«Asistente é Intendente en comisión de Sevilla.... donde le

esperaba la gloria de reformador ilustrado de la hermosa ciudad de

San Fernando.»

A. MARTÍN VILLA.

Pocos hombres de los que han presidido la Corporación municipal de

Sevilla han demostrado tanto interés por la ciudad y han reunido tan

apreciables dotes para su cargo como el inolvidable asistente D. José

Manuel de Arjona y Cubas, á quien justo creemos dedicar un recuerdo.

Arjona gobernó los intereses de la población en época tan difícil como

lo eran aquellos últimos años del reinado de Fernando VII, en los que el

estado general de nuestra nación no era nada lisonjero ni próspero por

cierto.

El estar Arjona al servicio de aquel Gobierno no ha de ser causa de que

le escatimemos nuestras alabanzas, mucho más cuando estuvo muy lejos de

cometer los abusos y atropellos que casi todas las autoridades

absolutistas cometían, y llegó á captarse con habilidad suma el aprecio

y estimación de todos los andaluces, aunque éstos profesaren las más

avanzadas ideas.

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