El domingo 23 de Noviembre cantóse con toda solemnidad el _Te-Deum_ en

la Catedral, asistiendo el arzobispo D. Luis María de Borbón, Infante de

España, el Capitán General con los jefes y oficiales de la guarnición,

el Asistente con el Cabildo del Municipio, y todas las corporaciones y

entidades de Sevilla, celebrándose en los días sucesivos multitud de

funciones religiosas en todos los templos y capillas de la ciudad.

LXV

EL PUESTO DE AGUA

«¿Qué persona de buen gusto, viviendo en Sevilla, puede dejar de

venir todas las tardes de verano á beber la deliciosa agua de

Tomares que con tanta limpieza nos da el tío Paco, y á ver este

puente de Triana, que es lo mejor del mundo?»

EL DUQUE DE RIVAS.

Á la entrada del paseo del Arenal, cerca del antiguo puente de barcas, y

teniendo á su derecha el edificio conocido por los Almacenes del Rey y

el espacioso terreno que hoy ocupa la calle Reyes Católicos, hubo en

otros tiempos una especie de botillería al aire libre, ó puesto de agua,

que llegó á ser famoso por más de un concepto, y que aventajaba á

cuantos establecimientos de igual índole había en Sevilla.

Todavía existen algunos ancianos que lo recuerdan, y cuando traen á su

memoria aquel lugar, que va en ellos unido á los plácidos ecos de la

juventud perdida, se complacen en describir el célebre puesto de agua

inmortalizado por la pluma del Duque de Rivas, y por el pincel de

Jiménez Aranda en uno de sus más bellísimos lienzos.

¿Quién no ha visto ese drama grandioso que se titula _Don Álvaro ó la

fuerza del sino_? En su primer acto se presenta al público el puesto de

agua, donde se hallan reunidos los principales tipos que á él asistían,

y donde tiene principio la exposición de la obra.

El establecimiento estaba formado por una alta estantería, un mostrador

y varios bancos de madera, y mesillas pequeñas colocadas

convenientemente. En la estantería encontrábanse cuatro grandes cántaras

de barro, una estampa religiosa y algunas macetas de olorosa albahaca,

que en estío presentaban agradable aspecto. Sobre el mostrador, limpios

vasos de cristal, puestos en fila, convidaban á apagar la sed de los

transeuntes, y cerca de ellos se veía la cesta de panales, las botellas

con almíbar para los refrescos, las cajas con pastillas de almendras, y

otros diversos objetos que se utilizaban en el servicio del público.

En la parte más elevada de la estantería, y con gruesos caracteres,

había un letrero donde podían leerse estas palabras: _Puesto de agua de

Tomares_; y la fama que dicho puesto tenía comenzó á hacer que la gente

asistiese allí, convirtiendo el lugar en casino y centro donde se

reunían muchas personas de las más conocidas en Sevilla á fines del

siglo XVIII.

Todas las tardes de primavera y verano el dueño del _establecimiento_,

que era un gallego bonachón y pacífico, cuando pasaban las horas de

calor sofocante y empezaba á esconderse el sol, regaba la caliente

tierra, quitaba las cortinas y disponía los asientos para los

contertulios, que no tardaban en presentarse y formar un número regular.

Allí asistían señores de bordadas casacas y empolvadas pelucas, majos de

chupetines y sombreros de queso, frailes y curas, militares retirados,

comerciantes enriquecidos, y no faltaba tampoco, de cuando en cuando,

algún estudiante locuaz ó algún desocupado ingenioso que amenizara la

tertulia con sus dichos ó agudezas.

Diversos grupos se formaban alrededor del puesto de agua, que eran

dignos de la mayor atención. En unos se leía en voz alta la _Gaceta_,

descubriéndose todos cuando al Rey se nombraba en ella; en otro se

jugaba á las damas ó al _solito_; en éste se conversaba sosegadamente

sobre cualquier asunto de actualidad, y en aquél se pasaba el rato

mirando á las buenas mozas que transitaban luciendo la gracia y el

donaire natural de las hijas de esta tierra.

Uno de los concurrentes más asiduos al puesto de _agua de Tomares_ era

el célebre velonero Manolito Gázquez (de quien ya nos ocupamos), que

hacía las delicias de cuantos le oían por sus ingeniosidades con visos

de inocente simplicidad; otro era el diestro _Pepe-Illo_, que más de una

vez improvisó allí alegres _juergas_, y pagó el gasto de todos con aquel

rumbo de los toreros de otros tiempos; y también merece recordarse que

allí asistían el grave Oidor Bruna, el padre _Verita_, el poeta Arjona

y otros muchos hombres de más ó menos importancia.

La agradable vista que desde el _puesto de agua_ se disfrutaba hacía

mucho más amena la estancia en él, y á veces solían prolongarse las

tertulias hasta que las campanas de la _Giralda_ daban el toque de

Queda.

Durante los días de invierno tranquilos y serenos, cuando las damas y

los petimetres salían á solazarse por el Arenal, en diferentes ocasiones

hacían alto en el célebre puesto, donde en aquella estación se vendían

castañas, frutas secas y agua templada con sus correspondientes anises,

según era tradicional costumbre.

Los contertulios del establecimiento variaron bien poco durante largo

número de años; y cuando comenzaron á sentirse los primeros chispazos de

aquella revolución que había de trastornar por completo el antiguo orden

de cosas; cuando Sevilla, al igual de otras poblaciones, empezó á sentir

los efectos de aquella funesta guerra nunca cantada como se merece, el

humilde, el olvidado, el sencillo _puesto de agua de Tomares_ se

convirtió en centro de patriotas, que más de una vez prestaron

estimables servicios á la nación. Y entonces ya no se conversaba

pacíficamente como en otros tiempos; entonces no se jugaba á las damas

ni al _solito_, y únicamente se discutían planes y se formaban

combinaciones para destruir el común enemigo.

Á todo llega su término, y llegó también para el _puesto de agua de

Tomares_, que desapareció por los años de 1820, después de haber visto

pasar y reunirse en derredor suyo á los manolos y á los majos, á los

petimetres y tutores, á los liberales y absolutistas, y á otros muchos y

famosos tipos, que jugaron importantísimos papeles en aquellas

generaciones.

El Duque de Rivas en su drama, y Jiménez Aranda en su cuadro ya citado;

han hecho imperecedera la memoria del _puesto de agua de Tomares_, y á

él nos ha parecido oportuno dedicar también aquí un modestísimo

recuerdo.

LXVI

MATUTE Y GAVIRIA

«No sólo se consagraba animoso Matute al estudio de las letras

amenas, sinó que se afanaba por infundir su entusiasmo en el ánimo

de los demás.»

EL MARQUÉS DE VALMAR.

El nombre de D. Justino Matute y Gaviria, escritor sevillano de grandes

méritos, muy amante de su patria, y persona de ilustración, no es tan

conocido como debiera serlo, y puede decirse que, á no ser por la

generosidad del Duque de T'Serclaes y el buen acuerdo de la _Sociedad

del Archivo Hispalense_, que publicaron algunas de sus obras, sería muy

reducido el número de las personas que podrían hoy apreciar el valor de

sus trabajos, muchos de los cuales se encuentran todavía inéditos, en la

_Biblioteca Colombina_ algunos, y en poder de particulares otros.

Con objeto de contribuir con nuestras escasas fuerzas á vulgarizar el

nombre de Matute, daremos aquí una breve noticia de su vida, que hemos

sacado teniendo presentes varias biografías y apuntes literarios.

Nació el día 28 de Mayo de 1764, y se bautizó en la iglesia parroquial

del Sagrario. Disfrutaban sus padres cómoda posición, y desde muy niño

lo dedicaron al estudio, ingresando en el colegio de Santo Tomás.

Estudió luego la carrera de Medicina, y se graduó de Bachiller en 1787.

Al siguiente año, en unión de otros varios amigos, organizó una Academia

literaria, donde dió á conocer sus primeros trabajos en prosa y verso.

Prestó grande ayuda al erudito Ceán Bermúdez cuando vino á estudiar los

monumentos de Sevilla, y su frecuente trato con las personas más

ilustradas de esta capital hizo que su nombre obtuviera gran

consideración y estima. En 1803 fundó _El Correo de Sevilla_, periódico

cuya colección es bastante curiosa, que vivió hasta el mes de Mayo de

1808, y en el que colaboraron los mejores literatos que había aquí

entonces, tales como Lista, Reinoso, Arjona, Mármol, Castro, Roldán y

otros.

Desde 1807 á 1810 desempeñó la cátedra de Retórica en la Universidad; y

habiéndose hecho afrancesado, obtuvo el nombramiento de Subprefecto de

Jerez de la Frontera, cargo que conservó hasta el verano de 1812. En

Setiembre de este año fué preso en la citada población, viéndose libre á

los dos años, gracias á un indulto de Fernando VII, á quien había

presentado una respetuosa solicitud. Durante su prisión escribió algunos

trabajos, y vuelto á Sevilla se dedicó con verdadero afán á las

investigaciones históricas y arqueológicas. Sufrió un ataque de

parálisis en 1824, y á consecuencia de esta enfermedad, que le hizo

pasar sus últimos días en estado lamentable, murió el 11 de Mayo de 1830

en su patria.

La posteridad ha sido ingrata con Matute, pues á pesar de las muchas

obras que este hombre dejó escritas, á pesar de sus muchos

conocimientos, y de lo que se afanó por enaltecer á Sevilla, no tiene en

ella el menor recuerdo; y á no ser por los motivos que ya apuntamos al

principio de estas líneas, sus obras serían casi ignoradas del público.

Fué D. Justino Matute persona de grande ilustración, de claro juicio, y

de buen gusto en materias artísticas y literarias. No se cansaba de

atesorar conocimientos, y era incansable reuniendo apuntes, notas y

pormenores curiosos, muchos de los cuales permanecen todavía inéditos.

Distó Matute algo de ser excelente prosista, pero escribía con claridad;

y aunque desaliñado é incorrecto, se leen con agrado sus trabajos.

Participaba de muchos defectos comunes á los autores de su tiempo, y era

imparcial en sus juicios y poco apasionado en sus opiniones.

Hizo también versos; pero de mérito tan escaso, que seguramente no

tendrán hoy ni media docena de lectores. Vázquez y Ruiz, biógrafo y

entusiasta de D. Justino, dice con mucha razón que «Matute, aunque

conocía perfectamente las leyes y preceptos del arte, nunca pudo

remontar su vuelo á la cumbre del Parnaso»; y D. Leopoldo Augusto de

Cueto escribe: «Carecía de inspiración, de naturalidad, de vigor

poético, de gracia y de soltura, y muy especialmente de cadencia y de

encanto rítmico. Por ningún lado era poeta.»

Como historiador diremos de él que, como no poseía imaginación lozana y

fantasía suficiente para presentar los asuntos que narraba con bello

ropaje, ni sabía utilizar sus notas y curiosidades de un modo ameno, sus

libros ofrecen sólo un cúmulo de materiales, en extremo apreciables, de

los que se puede sacar mucho importante y algo también inútil.

Las obras más conocidas de Matute son las siguientes:

_Aparato para escribir la historia de Triana_, _Bosquejo de Itálica_,

_Adiciones á los Hijos de Sevilla de Arana de Varflora_, _Anales

eclesiásticos y seculares de Sevilla_ y _los Hijos de Sevilla señalados

en santidad, letras, armas, artes ó dignidad_. Estas tres últimas han

sido publicadas hace poco tiempo, como ya apuntamos, y bien merecen un

aplauso los que las han dado á luz.

Falleció D. Justino Matute en la casa número 21 de la calle Pajería, y

creemos que el Ayuntamiento debiera colocar una lápida conmemorativa en

la fachada del citado edificio, que lleva hoy el número 32, el cual se

encuentra en igual estado que cuando en sus habitaciones espiró, anciano

y casi pobre, aquel escritor, que pasó su vida entregado á continuos

trabajos y desvelándose por engrandecer á la ciudad donde tuvo su cuna.

LXVII

LA PLAZA DE TOROS

«Las plazas, circos, cosos ó palenques, que de todos los dichos

modos se les ha llamado, donde se han dado y se dan fiestas de

toros, lejos de ir decreciendo en número, han tenido notable

aumento.»

J. SÁNCHEZ DE NEIRA.

Este edificio, situado no lejos de la orilla del río, y en el paseo que

antes se llamaba del Arenal, merece ocupar aquí un lugar, ya que siempre

fué el pueblo de Sevilla tan dado á las corridas de toros.

Como quiera que el espacio de que disponemos no nos permite hacer

mención de todas las curiosas noticias que hemos recogido sobre la plaza

de Toros, nos limitaremos á dar un breve extracto de su historia, que

quizá sea leído con gusto por los taurófilos que la ignoren.

Á principios de Febrero del año 1729 visitó á Sevilla el monarca D.

Felipe V, acompañado de su esposa D.ª Isabel de Farnesio y de los

Infantes y alta servidumbre de la real casa.

Celebró entonces la población multitud de festejos en honor del Monarca,

invirtiendo las corporaciones muy crecidas sumas en disponer las

solemnidades que más agradasen al jefe del estado.

Á su regreso de Cádiz, y poco antes de marchar á Madrid, asistió el Rey

á una fiesta hípica que organizó la Maestranza de Caballería, y fué tan

de su gusto aquel acto, que, deseando premiar á los caballeros

maestrantes, concedióles, entre otras gracias y facultades, la de poder

celebrar anualmente dos corridas de toros en plaza cerrada, cuyos

productos se destinarían á la conservación de la Hermandad.

Pasados algunos años, la Maestranza escogió para construir el circo unos

terrenos en el monte del Baratillo, y en Enero de 1760 comenzaron los

trabajos, que se llevaron á cabo con mucha actividad, pues en ellos se

ocuparon gran número de operarios y maestros de los más inteligentes.

Hemos tenido ocasión de ver un curioso ejemplar del cartel de las

primeras corridas, que se celebraron en la plaza de Sevilla en los días

20 y 23 de Abril de 1763, y, por parecemos de interés, copiamos los

siguientes párrafos.

Los toros lidiados eran de las ganaderías siguientes, y llevaban las

divisas que se expresan.

«Del Marqués de Ruchena, _Anteada_.--De don Francisco del Río y Risco,

_Blanca_.--Del Algaravejo, _Negra_.--De D. Ramón Liberal, _Encarnada y

blanca_.--De D. Tomás de Rivas, _Encarnada_.--De D. Francisco Ezquivel,

_Azul y encarnada_.--De don Fernando Offorno, _Verde y blanca_.--Del

Conde del Águila, _Azul y blanca_.--Del Marqués de Medina, _Azul y

anteada_.--De D. Luis de Ibárburu, _Encarnada, azul y blanca_.--De

Manuel González, _Pajiza y morada_.--De Gregorio Vázquez, _Negra y

blanca_.»

Es digno de conocerse el resto del cartelillo por la forma de su

redacción y los detalles que encierra. Dice así:

«En los dos referidos días se dará muerte á 44 toros de las dichas

castas, probando fortuna á su braveza de caballo los diestros Cristóbal

Ravisco, Francisco Gil y Juan de Escobar; y de á pie los conocidos Juan

Miguel, Manuel Palomo, Joaquín Rodríguez y Antonio Albano. Dios quiera

se ejecuten sin la menor desgracia; recordando á los aficionados á esta

diversión contamos desde las primeras fiestas públicas en España

seiscientos sesenta y tres años, en cuyo espacio se han formado varias

plazas en nuestra Península, excediendo, estando acabada (no sé si diga

á las del Orbe), la de esta ciudad.»

Era entonces la plaza casi toda de madera; y, por efecto tal vez de la

precipitación con que se construyó, hundióse la mayor parte en el

invierno de 1766.

Entonces se hizo de material, según el plano de D. Vicente Sanmartín, y

capaz para veinte mil espectadores. El redondel era el más extenso que

se conocía; los tendidos tenían nueve filas de asientos; las gradas

altas se cubrieron con sencillos arcos, que descansaban en airosas

columnas, y el palco real fué construído de piedra tallada, con

antepecho de mármol y rematando en un gran escudo con las armas de

España.

Desde que se terminó la plaza no hubo un solo diestro del pasado siglo

que no trabajase en ella. _Martincho_, José Cándido, Miguel Gálvez,

Antonio de los Santos, Francisco Herrera _Curro_, Julián Arocha, Lorenzo

Baden, _Perucho_, y otros más, cuya enumeración sería enojosa, lidiaron

reses en el circo sevillano, que ocupaba el primer lugar entre todos los

de Andalucía.

En esta plaza alcanzó las mayores ovaciones Joaquín Rodríguez

_Costillares_, inventor de la suerte del volapié; en esta plaza se

celebraron las famosas competencias entre Romero y _Pepe-Illo_, que

tanto daban que discutir á los aficionados de antaño; y por último, en

esta plaza sufrieron gravísimas cogidas no pocos diestros de á pie y de

á caballo.

En el día 26 de Octubre de 1805 descargó sobre nuestra ciudad un ciclón

como pocos se habían conocido, y entre muchos destrozos, los produjo

grandísimos en el circo taurino, pues derribó toda la gradería de madera

que formaba los tendidos de sol, arrojando á muy considerable distancia

los tablones y herrajes.

Durante la dominación francesa se dieron en la plaza algunas corridas en

honor del intruso; pero aunque los invasores pusieron á veces la entrada

libre, costaba gran trabajo que el público asistiese á las fiestas, por

lo cual las localidades se veían llenas de dragones, de _mamelucos_ y

demás gente de tropa extranjera, que presenciaban la lidia en medio del

más religioso silencio.

Cuando estuvo Fernando VII en Sevilla en 1823 concurría todos los lunes

á la corrida de toros, y muchas veces dirigía la lidia con señas que ya

tenía convenidas, complaciéndose mucho cuando el pueblo se alborotaba

por cualquier cambio de suerte inoportuno ó cuando silbaba á un diestro

que pertenecía á los _negros_.

Juan León, _Rigores_, Montes, Domínguez, _Cúchares_, Pastor, _El Lavi_ y

Redondo trabajaron en la plaza de Sevilla durante casi todas las

temporadas desde 1829 á 1840, y las parcialidades que por estos

lidiadores tenían sus partidarios dieron en más de una ocasión motivo á

serios disgustos y alborotos, en muchos de los cuales tuvo que

intervenir la autoridad para aplacar los acalorados ánimos.

Imposible nos sería encerrar aquí los nombres de todos los diestros que

en la plaza de Sevilla se han distinguido por su destreza y habilidad,

así como también los muchos sucesos curiosos en ella ocurridos, y las

sensibles desgracias que en no pocas ocasiones ha presenciado el

público.

Quédese este trabajo para los que gusten de la fiesta llamada nacional,

y dispongan de la paciencia y tiempo que á nosotros nos falta, y

concluyamos estas líneas haciendo mención únicamente de las obras que se

llevaron á cabo en la plaza el año 1884, y después de las cuales ha

quedado como una de las mejores de la Península.

LXVIII

UN AUTO DE FE

«Más allá: ¡santo Dios! Aquí yace la Inquisición... murió de

vejez.»

MARIANO JOSÉ DE LARRA.

Aunque durante los tristes años de la reacción absolutista, ó sea desde

1814 al 20 y desde el 1823 al 32, se celebraron en algunos puntos de

España, como Murcia, Valencia y Logroño, autos públicos por las _Juntas

de la Fe_, sin que estuviera establecido de derecho el tribunal de la

Inquisición, Sevilla tuvo la suerte de no presenciar estos tristes

espectáculos, si bien fué teatro de otros no menos lamentables, llevados

á cabo por las pasiones políticas, tan excitadas en aquellos tiempos.

La última víctima sacrificada por el Santo Oficio en la capital de

Andalucía fué una mujer ciega llamada Dolores López, conocida por la

_Beata Dolores_, de quien ya hemos hablado, que fué ahorcada y reducido

su cuerpo á cenizas en el lugar del _Quemadero_, situado en el extenso

prado de San Sebastián.

Desde esta fecha no tenemos noticias de que el tribunal de la

Inquisición de Sevilla celebrase otro auto público de fe hasta el

verificado en la tarde del 20 de Junio de 1803, que fué el último de los

que en nuestra ciudad se presenciaron, y que, á decir verdad, distó

mucho de encerrar toda la importancia que solían tener los que se

efectuaron en los siglos XVI y XVII.

Aunque hemos tenido ocasión de ver algunos papeles relativos al suceso

objeto de estas líneas, no nos extenderemos en el asunto gran cosa;

limitándonos á extractar las noticias recogidas por nosotros, que puede

ampliarlas el lector, si gusta, repasando el _Diario_ manuscrito de

González de León y las obras impresas de algunos otros.

El tribunal de la Inquisición estaba á principios de siglo establecido,

como todos saben, en un espacioso y antiguo edificio situado en la

Alameda de Hércules, edificio que hasta la expulsión de los jesuítas

había servido de colegio á los discípulos de Ignacio de Loyola, y que

casi fué destruído por una explosión el memorable día de S. Antonio del

año 1823, día terrible en los fastos de nuestra moderna historia.

En el auto que vamos á describir figuraba un reo vecino de esta ciudad,

si bien no hemos podido averiguar su nombre, pues los autores

consultados no lo citan, y en el manuscrito de González de León están

como borradas las letras que formaban los apellidos de la persona

castigada. Sólo sabemos que el tal sujeto era hombre de mediana

posición, dependiente de rentas, de estado viudo, y nacido en la isla de

León (hoy de San Fernando).

Era acusado este individuo de haber negado en público y con gran calor

los dogmas de la Religión católica, y de haber cometido actos inmorales

y bárbaros con tres jóvenes y agraciadas hermanas y con su propia hija.

Hacía ya tiempo que el reo de tan repugnantes delitos se encontraba

preso en la Inquisición, y en el citado día 10 de Junio celebróse por

fin el auto público, al que concurrió una inmensa muchedumbre.

Los inquisidores D. Francisco Rodríguez Caraza, D. Ramón Vicente y

Monzón y D. Joaquín Mururi y Eluarte formaban el tribunal, que se situó

sobre amplio tablado cubierto de alfombras y severos adornos, dispuesto

para el caso en la plaza de San Francisco, con gran acompañamiento de

familiares, alguaciles y soldados, asistiendo también á aquel acto el

Cabildo de la ciudad, presidido por el Conde de Fuente-Blanca; el

regente de la Audiencia y decano de sus oidores D. Francisco Bruna; los

jefes de distintas corporaciones, y gran número de invitados, que

tomaron asiento en larga fila de bancos colocados paralelos á la fachada

de las Casas Capitulares, llevando todos los individuos trajes de gala,

y luciendo las insignias con que estaban honrados.

Ya dispuesto todo, comenzó á la una del día la ceremonia con toda la

gravedad del caso, y después de largos preliminares, dió principio la

misa en el altar preparado al efecto, y dicha por el presbítero D. Justo

Ballesteros.

«Llegado que fué el _Introito_--escribe un testigo ocular--se empezó á

leer la causa por el secretario del secreto D. Diego Pérez Téllez; y

acabada que fué de leer la dicha causa, siguió la misa hasta su

conclusión. El reo fué condenado á tres años de presidio en África,

forzosos, y á tres años de penitencia en el mismo para enseñarle la

doctrina cristiana.»

La crecida multitud que se apiñaba en la plaza de San Francisco no quiso

perder un detalle del largo espectáculo, y permaneció quieta en aquel

lugar hasta bien entrada la tarde, hora en que se dió por terminado, con

gran satisfacción de muchos de los que por obligación habían asistido.

Al bajar el reo del tablado, un grupo de hombres que estaban cerca le

dirigieron algunas palabras insultantes, á las cuales contestaron otros

grupos que ocupaban la plaza y que por sus dichos demostraron no ser muy

afectos al acto que acababa de celebrarse. Este incidente dió motivo á

alguna confusión, que no tardó en sofocarse, sin que tuviera más

consecuencias.

Rodeado de alguaciles y familiares, fué de nuevo el delincuente á la

prisión, saliendo de ella al poco tiempo para cumplir la condena que se

le había impuesto, condena en verdad que era harto benigna comparada

con las que en otros tiempos imponía el Santo Oficio.

Ese fué el último auto público de fe que se celebró en Sevilla, según

los datos que hemos podido reunir, y que tenemos por muy autorizados.

LXIX

EL RETRATO DE GODOY

«D. Álvaro de Luna, perdiendo en uno vida y privanza, es menos

digno de lástima que aquel que fué condenado por el destino á

sobrevivir á su desgracia y á verse privado de todo, después de

haberlo gozado todo.»

MARIANO JOSÉ DE LARRA.

Referir aquí, por breves palabras con que lo hiciéramos, el famoso motín

de Aranjuez, que tuvo lugar en los días 17, 18 y 19 de Marzo del

inolvidable año 1808, sobre ser contrario á nuestro propósito,

resultaría fuera completamente de la índole de estos apuntes.

Hacemos merced á los lectores de aquellos sucesos, creyéndolos

sobradamente ilustrados para que ignoren las causas y circunstancias que

les dieron origen; y, limitándonos á Sevilla, referiremos una anécdota

olvidada tal vez de muchos y desconocida quizá de no pocos.

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