la Catedral, asistiendo el arzobispo D. Luis María de Borbón, Infante de
España, el Capitán General con los jefes y oficiales de la guarnición,
el Asistente con el Cabildo del Municipio, y todas las corporaciones y
entidades de Sevilla, celebrándose en los días sucesivos multitud de
funciones religiosas en todos los templos y capillas de la ciudad.
LXV
EL PUESTO DE AGUA
«¿Qué persona de buen gusto, viviendo en Sevilla, puede dejar de
venir todas las tardes de verano á beber la deliciosa agua de
Tomares que con tanta limpieza nos da el tío Paco, y á ver este
puente de Triana, que es lo mejor del mundo?»
EL DUQUE DE RIVAS.
Á la entrada del paseo del Arenal, cerca del antiguo puente de barcas, y
teniendo á su derecha el edificio conocido por los Almacenes del Rey y
el espacioso terreno que hoy ocupa la calle Reyes Católicos, hubo en
otros tiempos una especie de botillería al aire libre, ó puesto de agua,
que llegó á ser famoso por más de un concepto, y que aventajaba á
cuantos establecimientos de igual índole había en Sevilla.
Todavía existen algunos ancianos que lo recuerdan, y cuando traen á su
memoria aquel lugar, que va en ellos unido á los plácidos ecos de la
juventud perdida, se complacen en describir el célebre puesto de agua
inmortalizado por la pluma del Duque de Rivas, y por el pincel de
Jiménez Aranda en uno de sus más bellísimos lienzos.
¿Quién no ha visto ese drama grandioso que se titula _Don Álvaro ó la
fuerza del sino_? En su primer acto se presenta al público el puesto de
agua, donde se hallan reunidos los principales tipos que á él asistían,
y donde tiene principio la exposición de la obra.
El establecimiento estaba formado por una alta estantería, un mostrador
y varios bancos de madera, y mesillas pequeñas colocadas
convenientemente. En la estantería encontrábanse cuatro grandes cántaras
de barro, una estampa religiosa y algunas macetas de olorosa albahaca,
que en estío presentaban agradable aspecto. Sobre el mostrador, limpios
vasos de cristal, puestos en fila, convidaban á apagar la sed de los
transeuntes, y cerca de ellos se veía la cesta de panales, las botellas
con almíbar para los refrescos, las cajas con pastillas de almendras, y
otros diversos objetos que se utilizaban en el servicio del público.
En la parte más elevada de la estantería, y con gruesos caracteres,
había un letrero donde podían leerse estas palabras: _Puesto de agua de
Tomares_; y la fama que dicho puesto tenía comenzó á hacer que la gente
asistiese allí, convirtiendo el lugar en casino y centro donde se
reunían muchas personas de las más conocidas en Sevilla á fines del
siglo XVIII.
Todas las tardes de primavera y verano el dueño del _establecimiento_,
que era un gallego bonachón y pacífico, cuando pasaban las horas de
calor sofocante y empezaba á esconderse el sol, regaba la caliente
tierra, quitaba las cortinas y disponía los asientos para los
contertulios, que no tardaban en presentarse y formar un número regular.
Allí asistían señores de bordadas casacas y empolvadas pelucas, majos de
chupetines y sombreros de queso, frailes y curas, militares retirados,
comerciantes enriquecidos, y no faltaba tampoco, de cuando en cuando,
algún estudiante locuaz ó algún desocupado ingenioso que amenizara la
tertulia con sus dichos ó agudezas.
Diversos grupos se formaban alrededor del puesto de agua, que eran
dignos de la mayor atención. En unos se leía en voz alta la _Gaceta_,
descubriéndose todos cuando al Rey se nombraba en ella; en otro se
jugaba á las damas ó al _solito_; en éste se conversaba sosegadamente
sobre cualquier asunto de actualidad, y en aquél se pasaba el rato
mirando á las buenas mozas que transitaban luciendo la gracia y el
donaire natural de las hijas de esta tierra.
Uno de los concurrentes más asiduos al puesto de _agua de Tomares_ era
el célebre velonero Manolito Gázquez (de quien ya nos ocupamos), que
hacía las delicias de cuantos le oían por sus ingeniosidades con visos
de inocente simplicidad; otro era el diestro _Pepe-Illo_, que más de una
vez improvisó allí alegres _juergas_, y pagó el gasto de todos con aquel
rumbo de los toreros de otros tiempos; y también merece recordarse que
allí asistían el grave Oidor Bruna, el padre _Verita_, el poeta Arjona
y otros muchos hombres de más ó menos importancia.
La agradable vista que desde el _puesto de agua_ se disfrutaba hacía
mucho más amena la estancia en él, y á veces solían prolongarse las
tertulias hasta que las campanas de la _Giralda_ daban el toque de
Queda.
Durante los días de invierno tranquilos y serenos, cuando las damas y
los petimetres salían á solazarse por el Arenal, en diferentes ocasiones
hacían alto en el célebre puesto, donde en aquella estación se vendían
castañas, frutas secas y agua templada con sus correspondientes anises,
según era tradicional costumbre.
Los contertulios del establecimiento variaron bien poco durante largo
número de años; y cuando comenzaron á sentirse los primeros chispazos de
aquella revolución que había de trastornar por completo el antiguo orden
de cosas; cuando Sevilla, al igual de otras poblaciones, empezó á sentir
los efectos de aquella funesta guerra nunca cantada como se merece, el
humilde, el olvidado, el sencillo _puesto de agua de Tomares_ se
convirtió en centro de patriotas, que más de una vez prestaron
estimables servicios á la nación. Y entonces ya no se conversaba
pacíficamente como en otros tiempos; entonces no se jugaba á las damas
ni al _solito_, y únicamente se discutían planes y se formaban
combinaciones para destruir el común enemigo.
Á todo llega su término, y llegó también para el _puesto de agua de
Tomares_, que desapareció por los años de 1820, después de haber visto
pasar y reunirse en derredor suyo á los manolos y á los majos, á los
petimetres y tutores, á los liberales y absolutistas, y á otros muchos y
famosos tipos, que jugaron importantísimos papeles en aquellas
generaciones.
El Duque de Rivas en su drama, y Jiménez Aranda en su cuadro ya citado;
han hecho imperecedera la memoria del _puesto de agua de Tomares_, y á
él nos ha parecido oportuno dedicar también aquí un modestísimo
recuerdo.
LXVI
MATUTE Y GAVIRIA
«No sólo se consagraba animoso Matute al estudio de las letras
amenas, sinó que se afanaba por infundir su entusiasmo en el ánimo
de los demás.»
EL MARQUÉS DE VALMAR.
El nombre de D. Justino Matute y Gaviria, escritor sevillano de grandes
méritos, muy amante de su patria, y persona de ilustración, no es tan
conocido como debiera serlo, y puede decirse que, á no ser por la
generosidad del Duque de T'Serclaes y el buen acuerdo de la _Sociedad
del Archivo Hispalense_, que publicaron algunas de sus obras, sería muy
reducido el número de las personas que podrían hoy apreciar el valor de
sus trabajos, muchos de los cuales se encuentran todavía inéditos, en la
_Biblioteca Colombina_ algunos, y en poder de particulares otros.
Con objeto de contribuir con nuestras escasas fuerzas á vulgarizar el
nombre de Matute, daremos aquí una breve noticia de su vida, que hemos
sacado teniendo presentes varias biografías y apuntes literarios.
Nació el día 28 de Mayo de 1764, y se bautizó en la iglesia parroquial
del Sagrario. Disfrutaban sus padres cómoda posición, y desde muy niño
lo dedicaron al estudio, ingresando en el colegio de Santo Tomás.
Estudió luego la carrera de Medicina, y se graduó de Bachiller en 1787.
Al siguiente año, en unión de otros varios amigos, organizó una Academia
literaria, donde dió á conocer sus primeros trabajos en prosa y verso.
Prestó grande ayuda al erudito Ceán Bermúdez cuando vino á estudiar los
monumentos de Sevilla, y su frecuente trato con las personas más
ilustradas de esta capital hizo que su nombre obtuviera gran
consideración y estima. En 1803 fundó _El Correo de Sevilla_, periódico
cuya colección es bastante curiosa, que vivió hasta el mes de Mayo de
1808, y en el que colaboraron los mejores literatos que había aquí
entonces, tales como Lista, Reinoso, Arjona, Mármol, Castro, Roldán y
otros.
Desde 1807 á 1810 desempeñó la cátedra de Retórica en la Universidad; y
habiéndose hecho afrancesado, obtuvo el nombramiento de Subprefecto de
Jerez de la Frontera, cargo que conservó hasta el verano de 1812. En
Setiembre de este año fué preso en la citada población, viéndose libre á
los dos años, gracias á un indulto de Fernando VII, á quien había
presentado una respetuosa solicitud. Durante su prisión escribió algunos
trabajos, y vuelto á Sevilla se dedicó con verdadero afán á las
investigaciones históricas y arqueológicas. Sufrió un ataque de
parálisis en 1824, y á consecuencia de esta enfermedad, que le hizo
pasar sus últimos días en estado lamentable, murió el 11 de Mayo de 1830
en su patria.
La posteridad ha sido ingrata con Matute, pues á pesar de las muchas
obras que este hombre dejó escritas, á pesar de sus muchos
conocimientos, y de lo que se afanó por enaltecer á Sevilla, no tiene en
ella el menor recuerdo; y á no ser por los motivos que ya apuntamos al
principio de estas líneas, sus obras serían casi ignoradas del público.
Fué D. Justino Matute persona de grande ilustración, de claro juicio, y
de buen gusto en materias artísticas y literarias. No se cansaba de
atesorar conocimientos, y era incansable reuniendo apuntes, notas y
pormenores curiosos, muchos de los cuales permanecen todavía inéditos.
Distó Matute algo de ser excelente prosista, pero escribía con claridad;
y aunque desaliñado é incorrecto, se leen con agrado sus trabajos.
Participaba de muchos defectos comunes á los autores de su tiempo, y era
imparcial en sus juicios y poco apasionado en sus opiniones.
Hizo también versos; pero de mérito tan escaso, que seguramente no
tendrán hoy ni media docena de lectores. Vázquez y Ruiz, biógrafo y
entusiasta de D. Justino, dice con mucha razón que «Matute, aunque
conocía perfectamente las leyes y preceptos del arte, nunca pudo
remontar su vuelo á la cumbre del Parnaso»; y D. Leopoldo Augusto de
Cueto escribe: «Carecía de inspiración, de naturalidad, de vigor
poético, de gracia y de soltura, y muy especialmente de cadencia y de
encanto rítmico. Por ningún lado era poeta.»
Como historiador diremos de él que, como no poseía imaginación lozana y
fantasía suficiente para presentar los asuntos que narraba con bello
ropaje, ni sabía utilizar sus notas y curiosidades de un modo ameno, sus
libros ofrecen sólo un cúmulo de materiales, en extremo apreciables, de
los que se puede sacar mucho importante y algo también inútil.
Las obras más conocidas de Matute son las siguientes:
_Aparato para escribir la historia de Triana_, _Bosquejo de Itálica_,
_Adiciones á los Hijos de Sevilla de Arana de Varflora_, _Anales
eclesiásticos y seculares de Sevilla_ y _los Hijos de Sevilla señalados
en santidad, letras, armas, artes ó dignidad_. Estas tres últimas han
sido publicadas hace poco tiempo, como ya apuntamos, y bien merecen un
aplauso los que las han dado á luz.
Falleció D. Justino Matute en la casa número 21 de la calle Pajería, y
creemos que el Ayuntamiento debiera colocar una lápida conmemorativa en
la fachada del citado edificio, que lleva hoy el número 32, el cual se
encuentra en igual estado que cuando en sus habitaciones espiró, anciano
y casi pobre, aquel escritor, que pasó su vida entregado á continuos
trabajos y desvelándose por engrandecer á la ciudad donde tuvo su cuna.
LXVII
LA PLAZA DE TOROS
«Las plazas, circos, cosos ó palenques, que de todos los dichos
modos se les ha llamado, donde se han dado y se dan fiestas de
toros, lejos de ir decreciendo en número, han tenido notable
aumento.»
J. SÁNCHEZ DE NEIRA.
Este edificio, situado no lejos de la orilla del río, y en el paseo que
antes se llamaba del Arenal, merece ocupar aquí un lugar, ya que siempre
fué el pueblo de Sevilla tan dado á las corridas de toros.
Como quiera que el espacio de que disponemos no nos permite hacer
mención de todas las curiosas noticias que hemos recogido sobre la plaza
de Toros, nos limitaremos á dar un breve extracto de su historia, que
quizá sea leído con gusto por los taurófilos que la ignoren.
Á principios de Febrero del año 1729 visitó á Sevilla el monarca D.
Felipe V, acompañado de su esposa D.ª Isabel de Farnesio y de los
Infantes y alta servidumbre de la real casa.
Celebró entonces la población multitud de festejos en honor del Monarca,
invirtiendo las corporaciones muy crecidas sumas en disponer las
solemnidades que más agradasen al jefe del estado.
Á su regreso de Cádiz, y poco antes de marchar á Madrid, asistió el Rey
á una fiesta hípica que organizó la Maestranza de Caballería, y fué tan
de su gusto aquel acto, que, deseando premiar á los caballeros
maestrantes, concedióles, entre otras gracias y facultades, la de poder
celebrar anualmente dos corridas de toros en plaza cerrada, cuyos
productos se destinarían á la conservación de la Hermandad.
Pasados algunos años, la Maestranza escogió para construir el circo unos
terrenos en el monte del Baratillo, y en Enero de 1760 comenzaron los
trabajos, que se llevaron á cabo con mucha actividad, pues en ellos se
ocuparon gran número de operarios y maestros de los más inteligentes.
Hemos tenido ocasión de ver un curioso ejemplar del cartel de las
primeras corridas, que se celebraron en la plaza de Sevilla en los días
20 y 23 de Abril de 1763, y, por parecemos de interés, copiamos los
siguientes párrafos.
Los toros lidiados eran de las ganaderías siguientes, y llevaban las
divisas que se expresan.
«Del Marqués de Ruchena, _Anteada_.--De don Francisco del Río y Risco,
_Blanca_.--Del Algaravejo, _Negra_.--De D. Ramón Liberal, _Encarnada y
blanca_.--De D. Tomás de Rivas, _Encarnada_.--De D. Francisco Ezquivel,
_Azul y encarnada_.--De don Fernando Offorno, _Verde y blanca_.--Del
Conde del Águila, _Azul y blanca_.--Del Marqués de Medina, _Azul y
anteada_.--De D. Luis de Ibárburu, _Encarnada, azul y blanca_.--De
Manuel González, _Pajiza y morada_.--De Gregorio Vázquez, _Negra y
blanca_.»
Es digno de conocerse el resto del cartelillo por la forma de su
redacción y los detalles que encierra. Dice así:
«En los dos referidos días se dará muerte á 44 toros de las dichas
castas, probando fortuna á su braveza de caballo los diestros Cristóbal
Ravisco, Francisco Gil y Juan de Escobar; y de á pie los conocidos Juan
Miguel, Manuel Palomo, Joaquín Rodríguez y Antonio Albano. Dios quiera
se ejecuten sin la menor desgracia; recordando á los aficionados á esta
diversión contamos desde las primeras fiestas públicas en España
seiscientos sesenta y tres años, en cuyo espacio se han formado varias
plazas en nuestra Península, excediendo, estando acabada (no sé si diga
á las del Orbe), la de esta ciudad.»
Era entonces la plaza casi toda de madera; y, por efecto tal vez de la
precipitación con que se construyó, hundióse la mayor parte en el
invierno de 1766.
Entonces se hizo de material, según el plano de D. Vicente Sanmartín, y
capaz para veinte mil espectadores. El redondel era el más extenso que
se conocía; los tendidos tenían nueve filas de asientos; las gradas
altas se cubrieron con sencillos arcos, que descansaban en airosas
columnas, y el palco real fué construído de piedra tallada, con
antepecho de mármol y rematando en un gran escudo con las armas de
España.
Desde que se terminó la plaza no hubo un solo diestro del pasado siglo
que no trabajase en ella. _Martincho_, José Cándido, Miguel Gálvez,
Antonio de los Santos, Francisco Herrera _Curro_, Julián Arocha, Lorenzo
Baden, _Perucho_, y otros más, cuya enumeración sería enojosa, lidiaron
reses en el circo sevillano, que ocupaba el primer lugar entre todos los
de Andalucía.
En esta plaza alcanzó las mayores ovaciones Joaquín Rodríguez
_Costillares_, inventor de la suerte del volapié; en esta plaza se
celebraron las famosas competencias entre Romero y _Pepe-Illo_, que
tanto daban que discutir á los aficionados de antaño; y por último, en
esta plaza sufrieron gravísimas cogidas no pocos diestros de á pie y de
á caballo.
En el día 26 de Octubre de 1805 descargó sobre nuestra ciudad un ciclón
como pocos se habían conocido, y entre muchos destrozos, los produjo
grandísimos en el circo taurino, pues derribó toda la gradería de madera
que formaba los tendidos de sol, arrojando á muy considerable distancia
los tablones y herrajes.
Durante la dominación francesa se dieron en la plaza algunas corridas en
honor del intruso; pero aunque los invasores pusieron á veces la entrada
libre, costaba gran trabajo que el público asistiese á las fiestas, por
lo cual las localidades se veían llenas de dragones, de _mamelucos_ y
demás gente de tropa extranjera, que presenciaban la lidia en medio del
más religioso silencio.
Cuando estuvo Fernando VII en Sevilla en 1823 concurría todos los lunes
á la corrida de toros, y muchas veces dirigía la lidia con señas que ya
tenía convenidas, complaciéndose mucho cuando el pueblo se alborotaba
por cualquier cambio de suerte inoportuno ó cuando silbaba á un diestro
que pertenecía á los _negros_.
Juan León, _Rigores_, Montes, Domínguez, _Cúchares_, Pastor, _El Lavi_ y
Redondo trabajaron en la plaza de Sevilla durante casi todas las
temporadas desde 1829 á 1840, y las parcialidades que por estos
lidiadores tenían sus partidarios dieron en más de una ocasión motivo á
serios disgustos y alborotos, en muchos de los cuales tuvo que
intervenir la autoridad para aplacar los acalorados ánimos.
Imposible nos sería encerrar aquí los nombres de todos los diestros que
en la plaza de Sevilla se han distinguido por su destreza y habilidad,
así como también los muchos sucesos curiosos en ella ocurridos, y las
sensibles desgracias que en no pocas ocasiones ha presenciado el
público.
Quédese este trabajo para los que gusten de la fiesta llamada nacional,
y dispongan de la paciencia y tiempo que á nosotros nos falta, y
concluyamos estas líneas haciendo mención únicamente de las obras que se
llevaron á cabo en la plaza el año 1884, y después de las cuales ha
quedado como una de las mejores de la Península.
LXVIII
UN AUTO DE FE
«Más allá: ¡santo Dios! Aquí yace la Inquisición... murió de
vejez.»
MARIANO JOSÉ DE LARRA.
Aunque durante los tristes años de la reacción absolutista, ó sea desde
1814 al 20 y desde el 1823 al 32, se celebraron en algunos puntos de
España, como Murcia, Valencia y Logroño, autos públicos por las _Juntas
de la Fe_, sin que estuviera establecido de derecho el tribunal de la
Inquisición, Sevilla tuvo la suerte de no presenciar estos tristes
espectáculos, si bien fué teatro de otros no menos lamentables, llevados
á cabo por las pasiones políticas, tan excitadas en aquellos tiempos.
La última víctima sacrificada por el Santo Oficio en la capital de
Andalucía fué una mujer ciega llamada Dolores López, conocida por la
_Beata Dolores_, de quien ya hemos hablado, que fué ahorcada y reducido
su cuerpo á cenizas en el lugar del _Quemadero_, situado en el extenso
prado de San Sebastián.
Desde esta fecha no tenemos noticias de que el tribunal de la
Inquisición de Sevilla celebrase otro auto público de fe hasta el
verificado en la tarde del 20 de Junio de 1803, que fué el último de los
que en nuestra ciudad se presenciaron, y que, á decir verdad, distó
mucho de encerrar toda la importancia que solían tener los que se
efectuaron en los siglos XVI y XVII.
Aunque hemos tenido ocasión de ver algunos papeles relativos al suceso
objeto de estas líneas, no nos extenderemos en el asunto gran cosa;
limitándonos á extractar las noticias recogidas por nosotros, que puede
ampliarlas el lector, si gusta, repasando el _Diario_ manuscrito de
González de León y las obras impresas de algunos otros.
El tribunal de la Inquisición estaba á principios de siglo establecido,
como todos saben, en un espacioso y antiguo edificio situado en la
Alameda de Hércules, edificio que hasta la expulsión de los jesuítas
había servido de colegio á los discípulos de Ignacio de Loyola, y que
casi fué destruído por una explosión el memorable día de S. Antonio del
año 1823, día terrible en los fastos de nuestra moderna historia.
En el auto que vamos á describir figuraba un reo vecino de esta ciudad,
si bien no hemos podido averiguar su nombre, pues los autores
consultados no lo citan, y en el manuscrito de González de León están
como borradas las letras que formaban los apellidos de la persona
castigada. Sólo sabemos que el tal sujeto era hombre de mediana
posición, dependiente de rentas, de estado viudo, y nacido en la isla de
León (hoy de San Fernando).
Era acusado este individuo de haber negado en público y con gran calor
los dogmas de la Religión católica, y de haber cometido actos inmorales
y bárbaros con tres jóvenes y agraciadas hermanas y con su propia hija.
Hacía ya tiempo que el reo de tan repugnantes delitos se encontraba
preso en la Inquisición, y en el citado día 10 de Junio celebróse por
fin el auto público, al que concurrió una inmensa muchedumbre.
Los inquisidores D. Francisco Rodríguez Caraza, D. Ramón Vicente y
Monzón y D. Joaquín Mururi y Eluarte formaban el tribunal, que se situó
sobre amplio tablado cubierto de alfombras y severos adornos, dispuesto
para el caso en la plaza de San Francisco, con gran acompañamiento de
familiares, alguaciles y soldados, asistiendo también á aquel acto el
Cabildo de la ciudad, presidido por el Conde de Fuente-Blanca; el
regente de la Audiencia y decano de sus oidores D. Francisco Bruna; los
jefes de distintas corporaciones, y gran número de invitados, que
tomaron asiento en larga fila de bancos colocados paralelos á la fachada
de las Casas Capitulares, llevando todos los individuos trajes de gala,
y luciendo las insignias con que estaban honrados.
Ya dispuesto todo, comenzó á la una del día la ceremonia con toda la
gravedad del caso, y después de largos preliminares, dió principio la
misa en el altar preparado al efecto, y dicha por el presbítero D. Justo
Ballesteros.
«Llegado que fué el _Introito_--escribe un testigo ocular--se empezó á
leer la causa por el secretario del secreto D. Diego Pérez Téllez; y
acabada que fué de leer la dicha causa, siguió la misa hasta su
conclusión. El reo fué condenado á tres años de presidio en África,
forzosos, y á tres años de penitencia en el mismo para enseñarle la
doctrina cristiana.»
La crecida multitud que se apiñaba en la plaza de San Francisco no quiso
perder un detalle del largo espectáculo, y permaneció quieta en aquel
lugar hasta bien entrada la tarde, hora en que se dió por terminado, con
gran satisfacción de muchos de los que por obligación habían asistido.
Al bajar el reo del tablado, un grupo de hombres que estaban cerca le
dirigieron algunas palabras insultantes, á las cuales contestaron otros
grupos que ocupaban la plaza y que por sus dichos demostraron no ser muy
afectos al acto que acababa de celebrarse. Este incidente dió motivo á
alguna confusión, que no tardó en sofocarse, sin que tuviera más
consecuencias.
Rodeado de alguaciles y familiares, fué de nuevo el delincuente á la
prisión, saliendo de ella al poco tiempo para cumplir la condena que se
le había impuesto, condena en verdad que era harto benigna comparada
con las que en otros tiempos imponía el Santo Oficio.
Ese fué el último auto público de fe que se celebró en Sevilla, según
los datos que hemos podido reunir, y que tenemos por muy autorizados.
LXIX
EL RETRATO DE GODOY
«D. Álvaro de Luna, perdiendo en uno vida y privanza, es menos
digno de lástima que aquel que fué condenado por el destino á
sobrevivir á su desgracia y á verse privado de todo, después de
haberlo gozado todo.»
MARIANO JOSÉ DE LARRA.
Referir aquí, por breves palabras con que lo hiciéramos, el famoso motín
de Aranjuez, que tuvo lugar en los días 17, 18 y 19 de Marzo del
inolvidable año 1808, sobre ser contrario á nuestro propósito,
resultaría fuera completamente de la índole de estos apuntes.
Hacemos merced á los lectores de aquellos sucesos, creyéndolos
sobradamente ilustrados para que ignoren las causas y circunstancias que
les dieron origen; y, limitándonos á Sevilla, referiremos una anécdota
olvidada tal vez de muchos y desconocida quizá de no pocos.