de su elevado cargo de Asistente, para el que había sido nombrado según
el curioso documento que copiamos á continuación:
«Atendiendo á los servicios, deseos y repetidas instancias de D. José
Aznares, Consejero de Estado sin ejercicio, para que se le releve del
penoso desempeño de la Intendencia de Ejército de Andalucía, que corre
unida con la Asistencia de Sevilla, cuyos destinos obtuvo en comisión
por Real Decreto de 24 de Diciembre de 1823, he venido, conformándome
con el dictamen de mi Consejo de Ministros, en acceder á la solicitud; y
al mismo tiempo tengo á bien nombrar para que sirva, también en
comisión, la Intendencia de Ejército de Andalucía y la Asistencia de
Sevilla á D. José Manuel de Arjona, de mi Consejo Real y Supremo de la
Cámara, conservando la propiedad de estos dos destinos, y dispondréis su
cumplimiento.--_Yo el Rey_.»
Desde aquel día no sosegó el nuevo Asistente hasta realizar
importantísimas mejoras, que contribuyeron muy poderosamente al
embellecimiento material de la población.
Jamás desde entonces retrocedió ante ninguno de los obstáculos,
poderosos muchas veces, que se opusieron á sus proyectos; jamás
consintió que se entorpecieran por favorecer los intereses particulares
obras que resultarían en interés del pueblo de Sevilla, y dotado como
estaba de un carácter serio y enérgico, se propuso cortar de raíz
infinidad de antiguos abusos, que, si no llegaron por completo á
corregirse, disminuyeron en gran parte.
Arjona hizo famoso su nombre en la historia de Sevilla por los actos
ejecutados durante su mando y por haber sido el primero que inició el
movimiento de progreso y comodidad, hasta entonces desconocido.
Digno émulo del Marqués de Pontejos, descendiente como aquél de noble
familia, y poseedor de una regular fortuna, el Asistente sevillano
trabajó infatigablemente por que la capital de Andalucía adquiriera el
mayor grado posible de esplendor y grandeza.
D. José Manuel de Arjona, según apunta Velázquez y Sánchez, mejoró los
servicios públicos, reformó el alumbrado, puso coto á las edificaciones
abusivas, planteó el ensanche de muchas calles, introdujo en ellas las
aceras, y sustituyó los nombres ridículos que muchas tenían por otros
más propios. Él comenzó el derribo del murallón que unía con el Alcázar
la torre del Oro; edificó el hermoso salón de Cristina y los jardines de
las Delicias; inauguró el hospicio de ancianos y niños que estaba frente
al convento de Madre de Dios; formó de nuevo la célebre cofradía del
Santo Entierro, que tanta celebridad llegó á adquirir; llevó á cabo
grandes mejoras en la Alameda, en el Arenal y en otros paseos; dió su
valioso apoyo á cuantos le propusieron alguna idea que fuese beneficiosa
para la cultura y adelanto de la ciudad, y castigó severamente á la
plebe realista, que en aquel funesto período absoluto era el azote de
los liberales.
Arjona fué «hombre de mando y hombre de mundo á la vez», y estuvo
dotado, entre sus buenas cualidades, de un tacto exquisito para llevar á
cabo las arduas empresas que por su categoría le fueron encomendadas.
En el mes de Mayo de 1833 abandonó Arjona su puesto, y en los ocho años
que lo ocupó dejó recuerdos imborrables de su celo, energía y actividad.
El pueblo sevillano dió á D. José Manuel de Arjona el hiperbólico nombre
de _Rey de las Andalucías_, significando así la autoridad de aquel
hombre, digno de que nuestra generación le dedicase algún monumento que
hiciera perpetua su memoria.
Como recuerdo de este Asistente se conserva en el Archivo del
Ayuntamiento el sillón que usó durante el período de su mando, cuando
acudía á presenciar y dirigir los trabajos de los famosos jardines de
las Delicias y del paseo de la Bella Flor.
Para terminar, diremos que el Asistente Arjona era natural de Osuna y
hermano del poeta del mismo apellido, y que fué uno de los que más
contribuyeron al establecimiento de la Escuela de Tauromaquia en 1830.
LXXV
LA ESCUELA DE TAUROMAQUIA
«Fernando mandaba establecer una Escuela de Tauromaquia, y nombraba
y dotaba los maestros que habían de enseñar... el modo de luchar
con las fieras y de derramar su sangre, con lo que acostumbraba al
pueblo, que ya veía con sobrada frecuencia verter la de los
hombres, á estos espectáculos.»
MODESTO LAFUENTE.
El edificio destinado á Matadero de reses para el consumo público se
terminó en los comienzos del siglo XVI, en las afueras de la puerta que
los árabes denominaron de _Mi-hoar_, siendo albergue al poco tiempo de
aquellos jiferos que, como dice el inmortal Cervantes, «era toda gente
ancha de conciencia, desalmada y sin temor al rey ni á su justicia...
que no dejaban de tener su ángel de guarda en la plaza de San Francisco,
granjeado con lomo y lenguas de vaca.»
En el siglo XVIII, y debido á la iniciativa del señor Asistente, se
amplió bastante el edificio, poniéndose algún freno á los abusos que
allí desde largos años se venían cometiendo á ciencia y paciencia de las
autoridades.
Nada de notable encontramos en la historia del Matadero que merezca
especial mención, hasta los últimos años del reinado de Fernando VII, en
que se fundó en él la célebre _Escuela de Tauromaquia_, que tanto dió
entonces que hablar á los que veían que al mismo tiempo que se
inauguraba este establecimiento se mandaban cerrar las cátedras en las
Universidades.
El Conde de la Estrella, gran taurófilo y hombre que no debía estar muy
ocupado, presentó al Monarca una _Memoria_ detenida y prolija para
probar lo conveniente que sería al país una escuela en la que se
aprendiese el arte de _Pepe-Illo_ y _Costillares_. Leyó el Rey el
trabajo del Conde, y tanto debió influir éste en su ánimo, que de allí á
poco, y después de algunas consultas, se acordó la fundación del
_beneficioso_ establecimiento.
¡Lástima que el original de tan curiosa _Memoria_ se haya perdido, y que
la posteridad ni los eruditos taurómacos puedan saborearla y recrearse
en su lectura!
Con fecha de 28 de Mayo de 1830 se publicó la real orden firmada por el
Monarca, y en ella se nombraba un maestro para la Escuela, con el sueldo
de 12.000 reales anuales, un ayudante con 8.000 y diez discípulos con
2.000 cada uno.
Se hizo el nombramiento de director á favor de Jerónimo Cándido; pero
habiendo acudido á Fernando VII, en solicitud de esta plaza, el viejo
Pedro Romero, fué atendida su petición, y, quedando de maestro por su
antigüedad, pasó Cándido á la categoría de ayudante.
Inauguróse el establecimiento en el mes de Octubre de 1830, bajo
detenida inspección del asistente, D. José Manuel de Arjona, siendo muy
crecido el número de los discípulos que allí acudieron á ejercitarse en
una tan arriesgada profesión como lo es la lidia de reses bravas.
De la _Escuela de Tauromaquia_ salieron diestros tan célebres como
Manuel Domínguez, que siguió las huellas del toreo rondeño; Francisco
Arjona _Cúchares_, si menos inteligente, dotado de gran habilidad y
ligereza; Francisco Montes _Paquiro_, incomparable en los lances de capa
y en el manejo de la muleta; Juan Yust, que tantos aplausos obtuvo
practicando la suerte de recibir; Juan Pastor _El barbero_, de quien
tantas anécdotas y chistes se oyen aún entre los viejos aficionados, y
otros muchos cuya enumeración resultaría por demás larga y difícil de
encerrar en estos apuntes.
El corral del Matadero donde se construyó la _Escuela_ era cómodo,
espacioso y adecuado; la arena estaba rodeada de una alta valla de
madera, el Asistente tenía un palco especial para presenciar si quería
las lecciones prácticas, y además se mandó construir una ancha gradería
para que la ocupase la concurrencia cuando se daban lecciones públicas,
costando la entrada dos reales.
Cuatro años después de su inauguración se cerró la _Escuela_ por real
orden de D.ª María Cristina, dada en 15 de Marzo de 1834, siendo el que
más trabajó por que se publicase este decreto el Subdelegado del
ministerio de Fomento D. Antonio Almagro, quien llegó hasta presentar á
la Reina gobernadora una solicitud pidiendo la clausura del
establecimiento taurómaco.
Nada, sinó el recuerdo, queda ya de él, y únicamente en el Matadero se
encuentra la siguiente lápida, adosada á un muro del corral donde estuvo
el circo, y que á título de curiosidad vamos á copiar.
Dice así:
«Reinando el señor D. Fernando VII, pío, feliz, restaurador, se
construyó esta Plaza para la enseñanza reservadora de la Escuela de
Tauromaquia, siendo Juez privativo de ella D. José Manuel de Arjona, y
Diputados encargados de la ejecución de la obra D. Francisco María
Martínez, Veinticuatro, D. Manuel Ziguri, Diputado del Común, y D. Juan
Fernández Roces, Jurado.--Año de 1830.»
LXXVI
EL SALÓN DE CRISTINA
«Y he de ir al Parque, porque su apacible sitio ameno de las flores
y las damas es el cortesano imperio.»
CALDERÓN DE LA BARCA.
Ya en otros apuntes nos ocupamos del asistente de Sevilla D. José Manuel
de Arjona, y citamos algunas de las más importantes obras que bajo su
mando se llevaron á cabo, y las cuales contribuyeron muy poderosamente
al mejoramiento de nuestra población.
Fué uno de los trabajos que con más cariño emprendió Arjona la
construcción de un agradable paseo á la orilla del río Guadalquivir, y
frente al Colegio Náutico de San Telmo.
Venciendo con energía todas las dificultades y obstáculos que se
presentaron á su paso, consiguió dar principio á la realización de su
proyecto, terminándose las obras en la primavera de 1830, y
verificándose la inauguración oficial del paseo el sábado 24 de Julio
del mismo año, día de la última esposa de Fernando VII, por lo cual se
le dió á aquel sitio el nombre de _Salón de Cristina_.
Aquella tarde fué numerosísima la concurrencia que asistió al nuevo
sitio de recreo, donde se celebró un baile, tocando las bandas militares
escogidas piezas y quemándose por la noche vistosos fuegos de artificio.
El _Salón de Cristina_ se puso de moda: durante mucho tiempo fué el
punto de cita de la buena sociedad sevillana. Por entonces había en el
centro del paseo un templete de graciosa forma, y en los jardines, á mas
de los muchos árboles y plantas, existían infinidad de estatuas y
jarrones de mármol, fuentes caprichosas, pajareras, cenadores, cómodos
asientos y emparrados que prestaban dulce y agradable sombra.
Aquellas espesuras favorecían mucho á los rendidos galanes y á las
discretas damas, que en las calurosas noches de estío y en las frescas
mañanas de primavera pasaban allí gratísimas horas. ¡Cuántos sabrosos
diálogos y cuántos amorosos suspiros, cuántas promesas y juramentos
escucharían aquellos frondosos plátanos orientales, aquellos
melancólicos cipreses y aquellos románticos sauces!...
El _Salón de Cristina_ se veía diariamente animadísimo, y presentaba un
hermoso cuadro. Allí acudían las niñas pálidas de miradas dulces y andar
voluptuoso, que soñaban con caballerescas aventuras; los mozalvetes
románticos de ojos tristes y largas melenas, levitas ajustadas y
corbatines de á cuarta; los comerciantes y empleados, con sus
relucientes sombreros de copa, sus fraques abiertos y sus guantes
amarillos; las señoras mayores, peinadas con abultadas cocas y vestidas
con faldas de seda llenas de cogidos y volantes; los padres de familia
con sus chalecos listados, sus camisas plegadas y sus cadenas y dijes de
similor; los militares de altos morriones y grandes charreteras; los
_calaveras_ de la partida del trueno, los patriotas del café del Turco,
y allí, en fin, acudían todos los principales tipos de una sociedad que
se fué para siempre y de la que sólo nos queda la memoria.
Cuando más orgulloso podía estar el _Salón de Cristina_, y cuando
asistir á él se había hecho casi una obligación para los sevillanos, se
construyó la plaza de San Fernando y se arregló el paseo de la Bella
Flor, y entonces poco á poco la nueva sociedad que naciera dejó aquel
sitio donde tan agradables ratos habían pasado sus padres.
Sucesivamente se hicieron en el _Salón de Cristina_ multitud de
reformas, perdiendo la mayoría de los adornos que antes tuviera; y hoy,
en que tan poca concurrencia asiste á él, ha perdido todo su carácter,
convirtiéndose en una especie de parque al estilo de los de Inglaterra,
y que para compararse con ellos deja mucho que desear.
LXXVII
LOS SOLDADOS DE ÁFRICA
«Murió por el patrio suelo, y Dios lo llevó consigo.»
P. R.
Los sentimientos patrióticos de que tantas pruebas tiene dadas nuestro
pueblo levantáronse no hace mucho tiempo con la misma fuerza que en
pasados tiempos se levantaron para gloria de las armas españolas. Ante
las brutales é infames agresiones de las salvajes kábilas africanas se
alzó un grito unánime de indignación y de dolor en toda la Península,
grito que era imposible acallar, y pedía enérgicamente un ejemplar
castigo para los que ultrajaron villanamente la honra nacional en los
campos de Melilla.
Vivos permanecen aún en los corazones de todos los gloriosos recuerdos
de Tetuán y Wad-Rás, y las pruebas de heroísmo dadas en aquella campaña
inolvidable debieron ser poderoso estímulo para los que de nuevo iban á
aprestarse contra los hijos del Profeta, eternos contendientes
nuestros.
No traeremos aquí á cuento sucesos que todos conocen, ni describiremos
episodios que la historia tiene consignados y guardará eternamente en
sus páginas; limitándonos tan sólo á consagrar en estas líneas una
memoria á un puñado de valientes de los que fallecieron en aquella
lucha, y á cuyos restos mortales dió honrosa y digna sepultura el
Ayuntamiento de esta ciudad.
En más de una ocasión, cuando alguno de nuestros lectores haya acudido
al cementerio, se habrá detenido á contemplar un hermoso y severo
mausoleo que se encuentra situado en la primera glorieta de la izquierda
y á corta distancia de la capilla nuevamente construída. Bajo aquel
fúnebre monumento yacen sesenta y un soldados muertos en Sevilla desde
el 25 de Diciembre de 1859 hasta el 25 de Julio de 1860 á consecuencia
de las heridas que recibieron luchando con las tropas africanas de
Sidi-Mohjamed, emperador entonces de Marruecos.
Consta el monumento de una escalinata de regular altura, sobre la que se
levanta un zócalo desprovisto de todo adorno, y sobre él un pedestal con
cuatro lápidas, en las cuales están grabados los nombres de los
infelices que allí reposan y una inscripción laudatoria de los mismos.
Tiene el pedestal su correspondiente cornisamento, y encima una columna
en cuya base se ostentan de relieve los atributos del valor y de la
victoria. Rodean, por último, el mausoleo una sencilla verja y algunos
cipreces de gran corpulencia de oscuras y tupidas hojas.
La inscripción colocada en el frente dice así:
«Aquí yacen sesenta y un soldados muertos en esta ciudad de las heridas
que recibieron en África, peleando como buenos por la honra de la patria
en guerra contra los moros. Para conservar á las generaciones venideras
el glorioso recuerdo de su heróico valor, Sevilla erigió este sepulcro.
1860.»
Los nombres de los soldados son los siguientes:
Bernardino López, Valentín Montero, José Medialdea, Nicolás Carbó,
Salvador Berenguer, Antonio Tortosa, Francisco Pacheco, Francisco Luna,
Tomás Moreno, Lorenzo Villalonga, Antonio Montaña, José Olisilla,
Antonio Garpallo, José Gascón, Tomás Castro, Juan de Mina, Felipe
Beltrán, Domingo Ruisón, Manuel González, Gil Rubio, Gaspar Rodríguez,
León Iribárren, Pedro Puente, José Cubillas, Leocadio Calleiro, Antonio
Sotelo, Juan Hibias, Francisco Guirado, Domingo Pardo, Santiago Miguel,
Tomás Grinade, Joaquín Márquez, Francisco Panadero, Pedro Sánchez,
Saturnino Baras, Andrés Paz, Diego Camacho, Salustiano Alonso, José
Pastoriza, José López, José Montoto, Bartolomé Riaño, Blas Morates,
Calixto Pinilla, Ramón Hernández, Francisco Parallada, Fabián Fernández,
Andrés Lareno, Santos Ramos, Andrés Mateo, Miguel Sicte, Mateo García,
Benito Rodríguez, Julián Plaza, Francisco Vázquez, Fulgencio Fernández,
Ramón La-cumba, Valeriano Álvarez, Rufino Iberias, Domingo Tornos y
Antonio Caldero y Taberner.
El proyecto fué trazado por el arquitecto D. José de la Coba, quien lo
presentó al Cabildo municipal, presidido por Vinuesa, en Noviembre de
1861, comenzando los trabajos de levantar el panteón á fines del año
siguiente, y terminándose en Julio de 1864, por el contratista de la
obra, D. José Frápolli. Para no cansar con más datos, diremos que el
mausoleo costó al Ayuntamiento más de 41.391 reales, y que en la
reparación general que se llevó á cabo en 1870 se invirtieron 1.793
pesetas próximamente.
El primer valiente que allí recibió sepultura fué el soldado de la
segunda compañía del segundo batallón del regimiento infantería de
Córdoba, Bernardino López, que falleció en el Hospital Militar el 25 de
Diciembre de 1859, de resulta de las graves heridas que sufrió en
campaña, si bien no puedo precisar la acción, pues en ningún documento
de los que hemos consultado consta cuál fuera ésta. De la gloriosa
batalla del 4 de Febrero yace allí el soldado Felipe Beltrán, de quien
dijo un periódico de aquellos días que «se le vió luchando con un
denuedo inimitable hasta que pudo ponerse en pie, y que su
comportamiento fué el de todo un héroe.» El subteniente del regimiento
de África D. León Iribárren, que, después de tomar parte en diferentes
acciones, cayó herido mortalmente por el plomo enemigo, yace también
allí; y entre los demás valientes citaré á Tomás Moreno, soldado del
regimiento de León, que por su heroísmo mereció que su entierro se
verificase con gran pompa, acudiendo á él el Ayuntamiento y
corporaciones de Sevilla, además de una inmensa concurrencia de todas
las clases de la sociedad.
Cuando para cumplir algún deber, triste siempre, hemos acudido al
Cementerio, nunca salimos sin detenernos algún rato ante el mausoleo que
guarda los restos de los soldados de África. Allí se ven pocas veces
coronas de flores; allí pocos son los que se detienen á rezar una
oración.... La curiosidad es generalmente la que mueve á muchos á
pararse ante aquel mármol y á leer los nombres de los valientes que bajo
él descansan.
¿Quién se acuerda hoy de ellos? Fueron héroes anónimos; fueron parte de
ese montón informe que sucumbe en las batallas, sin que su recuerdo viva
y se perpetúe de generación en generación; fueron, en fin, de esas
víctimas para quienes la historia no tiene una página ni la gloria un
laurel.... Pelearon y murieron por la patria: eso es todo lo que se sabe
de ellos.
Poco es en verdad; pero ¡á cuántas meditaciones hace inclinar el ánimo!
LXXVIII
DOMÍNGUEZ BÉCQUER
«En tus rimas dolientes palpitan las luchas terribles que el alma
destrozan, y es en ellas un ¡ay! cada verso y un tierno poema de
amor cada estrofa.»
ATAULFO FRIERA.
Amantes de la buena poesía, y entusiastas por los hombres ilustres de
nuestra patria, con gusto tomamos la pluma para decir algo de este
poeta, el más artista y original quizá de los poetas españoles del
presente siglo. Breve fué su existencia, fecunda en amarguras y
sinsabores domésticos: escaso el número de las obras que dejó escritas,
pero ellas han bastado á inmortalizar su nombre.
Pocos conocieron á Bécquer mientras vivió; pocos leyeron entonces sus
sentidos versos, y ninguno de sus íntimos amigos pudo sospechar la fama
que tenía reservada, ni el lugar distinguido que iba á ocupar en nuestra
literatura contemporánea.
No nos detendremos en sus obras, por no permitirlo los estrechos límites
de este artículo; además, se ha dicho mucho, y muy bien, de ellas, y
las bellezas que encierran están al alcance de todas las personas que
tienen corazón y saben sentir.
Las obras de Bécquer no deben analizarse con la frialdad severa de la
crítica: ésta pudiera tal vez encontrar algunos defectos, poca unidad en
las concepciones, repetición de los mismos cuadros, escasa variedad en
la forma... Las obras de Bécquer son para admirarlas, y la persona que
desde luego no comprenda sus méritos, será inútil cuanto se haga por
demostrárselos. «Las teorías--dijo Larra--las doctrinas, los sistemas,
se explican: los sentimientos se sienten.»
Cuando por primera vez se dieron á luz las composiciones de Bécquer,
reunidas en un par de tomos, después de muerto su autor, despertaron
grandísimo entusiasmo en la república literaria, y la juventud de
entonces se declaró partidaria de aquel género de poesía, que resucitaba
el ya muerto romanticismo, que á tantos extravíos condujo en la primera
mitad del siglo.
Hoy la fama del vate andaluz descansa en sólidas bases, su popularidad
es grandísima, y van acabando, por fortuna, los imitadores, que tanto le
perjudicaron.
¿Quién no ha leído aquellas _Rimas_ llenas de sinceridad y pasión, que
condensan en breves frases las alegrías, los dolores, las aspiraciones y
los deseos que agitaron el alma soñadora y amorosa del poeta sevillano?
¿Quién no conoce aquellas _cartas_, modelos de sencillez y limpieza de
estilo, impregnadas de suave melancolía y dulce tristeza, que conmueven
el corazón con palabras mágicas y con imágenes delicadas y tiernas?
¿Quién, en fin, no ha hojeado aquellas fantásticas leyendas, aquellos
cuentos orientales y aquellos episodios caballerescos, que demuestran
una fecundidad creadora admirable, una potente imaginación de primer
orden y un perfecto conocimiento en las artes plásticas de los siglos
medios?
«En Bécquer--escribe un reputado crítico--se funden dos elementos que
parecen opuestos: la imaginación excepcionalmente esplendorosa del genio
meridional y la vaga idealidad germánica.» Muchos le comparan con
Enrique Heine, y á nuestro juicio existe gran diferencia entre ellos; el
poeta alemán es mordaz, excéptico en el fondo, enemigo de todo cuanto le
rodea, y su risa irónica molesta y hace daño; el poeta sevillano es casi
siempre sincero, tierno, sencillo, y si alguna vez, cediendo al peso del
infortunio, asoma la duda á su cerebro, busca consuelo en la religión,
que le brinda un bálsamo á sus punzantes heridas.
La biografía de Bécquer es bien corta, y ocupa pocas páginas; puede
condensarse en estas palabras de Blasco: «nació, vivió, escribió y
murió.»
Nació Bécquer en los primeros meses de 1836; en esta Sevilla tan cantada
por los poetas pasaron las días serenos de su infancia, y llegó á la
adolescencia con el alma «henchida--como él dice--de deseos sin nombre,
de pensamientos puros y de esa esperanza sin límites que es la más
preciada joya de la juventud.»
Había quedado huérfano á los cinco años, y en 1845 ingresó en el antiguo
colegio de San Telmo para estudiar la carrera de náutica; en esta época
comenzaron á nacer sus aficiones literarias, y en colaboración con su
amigo Campillo, alumno también del colegio, y casi de su misma edad,
escribió un drama, empezó una novela y compuso multitud de versos,
ensayando todos los metros y todos los géneros.
Á los catorce años entró Gustavo en el estudio de D. Antonio Bejarano,
profesor de la Academia de Bellas Artes, que gozaba gran celebridad y
fué maestro de muchos notables artistas; estuvo luego bajo la dirección
de su tío D. Joaquín Domínguez Bécquer, y, siguiendo los consejos que
éste le diera, abandonó la pintura para dedicarse por completo á las
letras y realizar sus mayores deseos y esperanzas.
Llegó á Madrid en Octubre de 1854, y bien pronto comenzó á ver
desvanecerse como el humo los dorados sueños de su febril adolescencia.
Fué primero empleado con modestísimo sueldo, periodista político
después, censor de novelas más tarde, admitiendo estos y otros cargos,
que repugnaba, para atender á sus más precisas obligaciones.
En 1861 contrajo matrimonio, pero éste no resultó á la verdad feliz; mal
se avenía el poeta idealista y soñador á la monótona y vulgar
existencia de su nuevo estado; lejos de su esposa, retiróse á vivir en
compañía del más querido de sus hermanos, artista espontáneo y de
corazón, que supo reproducir como pocos los tipos y las costumbres
populares.
Indiscreto y triste sería entrar en detalles de este período de la
biografía de Gustavo Bécquer; su porvenir presentábase cada vez más
oscuro; su alma sensible la había desgarrado el infortunio; sus
ilusiones se habían perdido para siempre....