El día 11 de Mayo de 1825 D. José Manuel de Arjona y Cubas tomó posesión

de su elevado cargo de Asistente, para el que había sido nombrado según

el curioso documento que copiamos á continuación:

«Atendiendo á los servicios, deseos y repetidas instancias de D. José

Aznares, Consejero de Estado sin ejercicio, para que se le releve del

penoso desempeño de la Intendencia de Ejército de Andalucía, que corre

unida con la Asistencia de Sevilla, cuyos destinos obtuvo en comisión

por Real Decreto de 24 de Diciembre de 1823, he venido, conformándome

con el dictamen de mi Consejo de Ministros, en acceder á la solicitud; y

al mismo tiempo tengo á bien nombrar para que sirva, también en

comisión, la Intendencia de Ejército de Andalucía y la Asistencia de

Sevilla á D. José Manuel de Arjona, de mi Consejo Real y Supremo de la

Cámara, conservando la propiedad de estos dos destinos, y dispondréis su

cumplimiento.--_Yo el Rey_.»

Desde aquel día no sosegó el nuevo Asistente hasta realizar

importantísimas mejoras, que contribuyeron muy poderosamente al

embellecimiento material de la población.

Jamás desde entonces retrocedió ante ninguno de los obstáculos,

poderosos muchas veces, que se opusieron á sus proyectos; jamás

consintió que se entorpecieran por favorecer los intereses particulares

obras que resultarían en interés del pueblo de Sevilla, y dotado como

estaba de un carácter serio y enérgico, se propuso cortar de raíz

infinidad de antiguos abusos, que, si no llegaron por completo á

corregirse, disminuyeron en gran parte.

Arjona hizo famoso su nombre en la historia de Sevilla por los actos

ejecutados durante su mando y por haber sido el primero que inició el

movimiento de progreso y comodidad, hasta entonces desconocido.

Digno émulo del Marqués de Pontejos, descendiente como aquél de noble

familia, y poseedor de una regular fortuna, el Asistente sevillano

trabajó infatigablemente por que la capital de Andalucía adquiriera el

mayor grado posible de esplendor y grandeza.

D. José Manuel de Arjona, según apunta Velázquez y Sánchez, mejoró los

servicios públicos, reformó el alumbrado, puso coto á las edificaciones

abusivas, planteó el ensanche de muchas calles, introdujo en ellas las

aceras, y sustituyó los nombres ridículos que muchas tenían por otros

más propios. Él comenzó el derribo del murallón que unía con el Alcázar

la torre del Oro; edificó el hermoso salón de Cristina y los jardines de

las Delicias; inauguró el hospicio de ancianos y niños que estaba frente

al convento de Madre de Dios; formó de nuevo la célebre cofradía del

Santo Entierro, que tanta celebridad llegó á adquirir; llevó á cabo

grandes mejoras en la Alameda, en el Arenal y en otros paseos; dió su

valioso apoyo á cuantos le propusieron alguna idea que fuese beneficiosa

para la cultura y adelanto de la ciudad, y castigó severamente á la

plebe realista, que en aquel funesto período absoluto era el azote de

los liberales.

Arjona fué «hombre de mando y hombre de mundo á la vez», y estuvo

dotado, entre sus buenas cualidades, de un tacto exquisito para llevar á

cabo las arduas empresas que por su categoría le fueron encomendadas.

En el mes de Mayo de 1833 abandonó Arjona su puesto, y en los ocho años

que lo ocupó dejó recuerdos imborrables de su celo, energía y actividad.

El pueblo sevillano dió á D. José Manuel de Arjona el hiperbólico nombre

de _Rey de las Andalucías_, significando así la autoridad de aquel

hombre, digno de que nuestra generación le dedicase algún monumento que

hiciera perpetua su memoria.

Como recuerdo de este Asistente se conserva en el Archivo del

Ayuntamiento el sillón que usó durante el período de su mando, cuando

acudía á presenciar y dirigir los trabajos de los famosos jardines de

las Delicias y del paseo de la Bella Flor.

Para terminar, diremos que el Asistente Arjona era natural de Osuna y

hermano del poeta del mismo apellido, y que fué uno de los que más

contribuyeron al establecimiento de la Escuela de Tauromaquia en 1830.

LXXV

LA ESCUELA DE TAUROMAQUIA

«Fernando mandaba establecer una Escuela de Tauromaquia, y nombraba

y dotaba los maestros que habían de enseñar... el modo de luchar

con las fieras y de derramar su sangre, con lo que acostumbraba al

pueblo, que ya veía con sobrada frecuencia verter la de los

hombres, á estos espectáculos.»

MODESTO LAFUENTE.

El edificio destinado á Matadero de reses para el consumo público se

terminó en los comienzos del siglo XVI, en las afueras de la puerta que

los árabes denominaron de _Mi-hoar_, siendo albergue al poco tiempo de

aquellos jiferos que, como dice el inmortal Cervantes, «era toda gente

ancha de conciencia, desalmada y sin temor al rey ni á su justicia...

que no dejaban de tener su ángel de guarda en la plaza de San Francisco,

granjeado con lomo y lenguas de vaca.»

En el siglo XVIII, y debido á la iniciativa del señor Asistente, se

amplió bastante el edificio, poniéndose algún freno á los abusos que

allí desde largos años se venían cometiendo á ciencia y paciencia de las

autoridades.

Nada de notable encontramos en la historia del Matadero que merezca

especial mención, hasta los últimos años del reinado de Fernando VII, en

que se fundó en él la célebre _Escuela de Tauromaquia_, que tanto dió

entonces que hablar á los que veían que al mismo tiempo que se

inauguraba este establecimiento se mandaban cerrar las cátedras en las

Universidades.

El Conde de la Estrella, gran taurófilo y hombre que no debía estar muy

ocupado, presentó al Monarca una _Memoria_ detenida y prolija para

probar lo conveniente que sería al país una escuela en la que se

aprendiese el arte de _Pepe-Illo_ y _Costillares_. Leyó el Rey el

trabajo del Conde, y tanto debió influir éste en su ánimo, que de allí á

poco, y después de algunas consultas, se acordó la fundación del

_beneficioso_ establecimiento.

¡Lástima que el original de tan curiosa _Memoria_ se haya perdido, y que

la posteridad ni los eruditos taurómacos puedan saborearla y recrearse

en su lectura!

Con fecha de 28 de Mayo de 1830 se publicó la real orden firmada por el

Monarca, y en ella se nombraba un maestro para la Escuela, con el sueldo

de 12.000 reales anuales, un ayudante con 8.000 y diez discípulos con

2.000 cada uno.

Se hizo el nombramiento de director á favor de Jerónimo Cándido; pero

habiendo acudido á Fernando VII, en solicitud de esta plaza, el viejo

Pedro Romero, fué atendida su petición, y, quedando de maestro por su

antigüedad, pasó Cándido á la categoría de ayudante.

Inauguróse el establecimiento en el mes de Octubre de 1830, bajo

detenida inspección del asistente, D. José Manuel de Arjona, siendo muy

crecido el número de los discípulos que allí acudieron á ejercitarse en

una tan arriesgada profesión como lo es la lidia de reses bravas.

De la _Escuela de Tauromaquia_ salieron diestros tan célebres como

Manuel Domínguez, que siguió las huellas del toreo rondeño; Francisco

Arjona _Cúchares_, si menos inteligente, dotado de gran habilidad y

ligereza; Francisco Montes _Paquiro_, incomparable en los lances de capa

y en el manejo de la muleta; Juan Yust, que tantos aplausos obtuvo

practicando la suerte de recibir; Juan Pastor _El barbero_, de quien

tantas anécdotas y chistes se oyen aún entre los viejos aficionados, y

otros muchos cuya enumeración resultaría por demás larga y difícil de

encerrar en estos apuntes.

El corral del Matadero donde se construyó la _Escuela_ era cómodo,

espacioso y adecuado; la arena estaba rodeada de una alta valla de

madera, el Asistente tenía un palco especial para presenciar si quería

las lecciones prácticas, y además se mandó construir una ancha gradería

para que la ocupase la concurrencia cuando se daban lecciones públicas,

costando la entrada dos reales.

Cuatro años después de su inauguración se cerró la _Escuela_ por real

orden de D.ª María Cristina, dada en 15 de Marzo de 1834, siendo el que

más trabajó por que se publicase este decreto el Subdelegado del

ministerio de Fomento D. Antonio Almagro, quien llegó hasta presentar á

la Reina gobernadora una solicitud pidiendo la clausura del

establecimiento taurómaco.

Nada, sinó el recuerdo, queda ya de él, y únicamente en el Matadero se

encuentra la siguiente lápida, adosada á un muro del corral donde estuvo

el circo, y que á título de curiosidad vamos á copiar.

Dice así:

«Reinando el señor D. Fernando VII, pío, feliz, restaurador, se

construyó esta Plaza para la enseñanza reservadora de la Escuela de

Tauromaquia, siendo Juez privativo de ella D. José Manuel de Arjona, y

Diputados encargados de la ejecución de la obra D. Francisco María

Martínez, Veinticuatro, D. Manuel Ziguri, Diputado del Común, y D. Juan

Fernández Roces, Jurado.--Año de 1830.»

LXXVI

EL SALÓN DE CRISTINA

«Y he de ir al Parque, porque su apacible sitio ameno de las flores

y las damas es el cortesano imperio.»

CALDERÓN DE LA BARCA.

Ya en otros apuntes nos ocupamos del asistente de Sevilla D. José Manuel

de Arjona, y citamos algunas de las más importantes obras que bajo su

mando se llevaron á cabo, y las cuales contribuyeron muy poderosamente

al mejoramiento de nuestra población.

Fué uno de los trabajos que con más cariño emprendió Arjona la

construcción de un agradable paseo á la orilla del río Guadalquivir, y

frente al Colegio Náutico de San Telmo.

Venciendo con energía todas las dificultades y obstáculos que se

presentaron á su paso, consiguió dar principio á la realización de su

proyecto, terminándose las obras en la primavera de 1830, y

verificándose la inauguración oficial del paseo el sábado 24 de Julio

del mismo año, día de la última esposa de Fernando VII, por lo cual se

le dió á aquel sitio el nombre de _Salón de Cristina_.

Aquella tarde fué numerosísima la concurrencia que asistió al nuevo

sitio de recreo, donde se celebró un baile, tocando las bandas militares

escogidas piezas y quemándose por la noche vistosos fuegos de artificio.

El _Salón de Cristina_ se puso de moda: durante mucho tiempo fué el

punto de cita de la buena sociedad sevillana. Por entonces había en el

centro del paseo un templete de graciosa forma, y en los jardines, á mas

de los muchos árboles y plantas, existían infinidad de estatuas y

jarrones de mármol, fuentes caprichosas, pajareras, cenadores, cómodos

asientos y emparrados que prestaban dulce y agradable sombra.

Aquellas espesuras favorecían mucho á los rendidos galanes y á las

discretas damas, que en las calurosas noches de estío y en las frescas

mañanas de primavera pasaban allí gratísimas horas. ¡Cuántos sabrosos

diálogos y cuántos amorosos suspiros, cuántas promesas y juramentos

escucharían aquellos frondosos plátanos orientales, aquellos

melancólicos cipreses y aquellos románticos sauces!...

El _Salón de Cristina_ se veía diariamente animadísimo, y presentaba un

hermoso cuadro. Allí acudían las niñas pálidas de miradas dulces y andar

voluptuoso, que soñaban con caballerescas aventuras; los mozalvetes

románticos de ojos tristes y largas melenas, levitas ajustadas y

corbatines de á cuarta; los comerciantes y empleados, con sus

relucientes sombreros de copa, sus fraques abiertos y sus guantes

amarillos; las señoras mayores, peinadas con abultadas cocas y vestidas

con faldas de seda llenas de cogidos y volantes; los padres de familia

con sus chalecos listados, sus camisas plegadas y sus cadenas y dijes de

similor; los militares de altos morriones y grandes charreteras; los

_calaveras_ de la partida del trueno, los patriotas del café del Turco,

y allí, en fin, acudían todos los principales tipos de una sociedad que

se fué para siempre y de la que sólo nos queda la memoria.

Cuando más orgulloso podía estar el _Salón de Cristina_, y cuando

asistir á él se había hecho casi una obligación para los sevillanos, se

construyó la plaza de San Fernando y se arregló el paseo de la Bella

Flor, y entonces poco á poco la nueva sociedad que naciera dejó aquel

sitio donde tan agradables ratos habían pasado sus padres.

Sucesivamente se hicieron en el _Salón de Cristina_ multitud de

reformas, perdiendo la mayoría de los adornos que antes tuviera; y hoy,

en que tan poca concurrencia asiste á él, ha perdido todo su carácter,

convirtiéndose en una especie de parque al estilo de los de Inglaterra,

y que para compararse con ellos deja mucho que desear.

LXXVII

LOS SOLDADOS DE ÁFRICA

«Murió por el patrio suelo, y Dios lo llevó consigo.»

P. R.

Los sentimientos patrióticos de que tantas pruebas tiene dadas nuestro

pueblo levantáronse no hace mucho tiempo con la misma fuerza que en

pasados tiempos se levantaron para gloria de las armas españolas. Ante

las brutales é infames agresiones de las salvajes kábilas africanas se

alzó un grito unánime de indignación y de dolor en toda la Península,

grito que era imposible acallar, y pedía enérgicamente un ejemplar

castigo para los que ultrajaron villanamente la honra nacional en los

campos de Melilla.

Vivos permanecen aún en los corazones de todos los gloriosos recuerdos

de Tetuán y Wad-Rás, y las pruebas de heroísmo dadas en aquella campaña

inolvidable debieron ser poderoso estímulo para los que de nuevo iban á

aprestarse contra los hijos del Profeta, eternos contendientes

nuestros.

No traeremos aquí á cuento sucesos que todos conocen, ni describiremos

episodios que la historia tiene consignados y guardará eternamente en

sus páginas; limitándonos tan sólo á consagrar en estas líneas una

memoria á un puñado de valientes de los que fallecieron en aquella

lucha, y á cuyos restos mortales dió honrosa y digna sepultura el

Ayuntamiento de esta ciudad.

En más de una ocasión, cuando alguno de nuestros lectores haya acudido

al cementerio, se habrá detenido á contemplar un hermoso y severo

mausoleo que se encuentra situado en la primera glorieta de la izquierda

y á corta distancia de la capilla nuevamente construída. Bajo aquel

fúnebre monumento yacen sesenta y un soldados muertos en Sevilla desde

el 25 de Diciembre de 1859 hasta el 25 de Julio de 1860 á consecuencia

de las heridas que recibieron luchando con las tropas africanas de

Sidi-Mohjamed, emperador entonces de Marruecos.

Consta el monumento de una escalinata de regular altura, sobre la que se

levanta un zócalo desprovisto de todo adorno, y sobre él un pedestal con

cuatro lápidas, en las cuales están grabados los nombres de los

infelices que allí reposan y una inscripción laudatoria de los mismos.

Tiene el pedestal su correspondiente cornisamento, y encima una columna

en cuya base se ostentan de relieve los atributos del valor y de la

victoria. Rodean, por último, el mausoleo una sencilla verja y algunos

cipreces de gran corpulencia de oscuras y tupidas hojas.

La inscripción colocada en el frente dice así:

«Aquí yacen sesenta y un soldados muertos en esta ciudad de las heridas

que recibieron en África, peleando como buenos por la honra de la patria

en guerra contra los moros. Para conservar á las generaciones venideras

el glorioso recuerdo de su heróico valor, Sevilla erigió este sepulcro.

1860.»

Los nombres de los soldados son los siguientes:

Bernardino López, Valentín Montero, José Medialdea, Nicolás Carbó,

Salvador Berenguer, Antonio Tortosa, Francisco Pacheco, Francisco Luna,

Tomás Moreno, Lorenzo Villalonga, Antonio Montaña, José Olisilla,

Antonio Garpallo, José Gascón, Tomás Castro, Juan de Mina, Felipe

Beltrán, Domingo Ruisón, Manuel González, Gil Rubio, Gaspar Rodríguez,

León Iribárren, Pedro Puente, José Cubillas, Leocadio Calleiro, Antonio

Sotelo, Juan Hibias, Francisco Guirado, Domingo Pardo, Santiago Miguel,

Tomás Grinade, Joaquín Márquez, Francisco Panadero, Pedro Sánchez,

Saturnino Baras, Andrés Paz, Diego Camacho, Salustiano Alonso, José

Pastoriza, José López, José Montoto, Bartolomé Riaño, Blas Morates,

Calixto Pinilla, Ramón Hernández, Francisco Parallada, Fabián Fernández,

Andrés Lareno, Santos Ramos, Andrés Mateo, Miguel Sicte, Mateo García,

Benito Rodríguez, Julián Plaza, Francisco Vázquez, Fulgencio Fernández,

Ramón La-cumba, Valeriano Álvarez, Rufino Iberias, Domingo Tornos y

Antonio Caldero y Taberner.

El proyecto fué trazado por el arquitecto D. José de la Coba, quien lo

presentó al Cabildo municipal, presidido por Vinuesa, en Noviembre de

1861, comenzando los trabajos de levantar el panteón á fines del año

siguiente, y terminándose en Julio de 1864, por el contratista de la

obra, D. José Frápolli. Para no cansar con más datos, diremos que el

mausoleo costó al Ayuntamiento más de 41.391 reales, y que en la

reparación general que se llevó á cabo en 1870 se invirtieron 1.793

pesetas próximamente.

El primer valiente que allí recibió sepultura fué el soldado de la

segunda compañía del segundo batallón del regimiento infantería de

Córdoba, Bernardino López, que falleció en el Hospital Militar el 25 de

Diciembre de 1859, de resulta de las graves heridas que sufrió en

campaña, si bien no puedo precisar la acción, pues en ningún documento

de los que hemos consultado consta cuál fuera ésta. De la gloriosa

batalla del 4 de Febrero yace allí el soldado Felipe Beltrán, de quien

dijo un periódico de aquellos días que «se le vió luchando con un

denuedo inimitable hasta que pudo ponerse en pie, y que su

comportamiento fué el de todo un héroe.» El subteniente del regimiento

de África D. León Iribárren, que, después de tomar parte en diferentes

acciones, cayó herido mortalmente por el plomo enemigo, yace también

allí; y entre los demás valientes citaré á Tomás Moreno, soldado del

regimiento de León, que por su heroísmo mereció que su entierro se

verificase con gran pompa, acudiendo á él el Ayuntamiento y

corporaciones de Sevilla, además de una inmensa concurrencia de todas

las clases de la sociedad.

Cuando para cumplir algún deber, triste siempre, hemos acudido al

Cementerio, nunca salimos sin detenernos algún rato ante el mausoleo que

guarda los restos de los soldados de África. Allí se ven pocas veces

coronas de flores; allí pocos son los que se detienen á rezar una

oración.... La curiosidad es generalmente la que mueve á muchos á

pararse ante aquel mármol y á leer los nombres de los valientes que bajo

él descansan.

¿Quién se acuerda hoy de ellos? Fueron héroes anónimos; fueron parte de

ese montón informe que sucumbe en las batallas, sin que su recuerdo viva

y se perpetúe de generación en generación; fueron, en fin, de esas

víctimas para quienes la historia no tiene una página ni la gloria un

laurel.... Pelearon y murieron por la patria: eso es todo lo que se sabe

de ellos.

Poco es en verdad; pero ¡á cuántas meditaciones hace inclinar el ánimo!

LXXVIII

DOMÍNGUEZ BÉCQUER

«En tus rimas dolientes palpitan las luchas terribles que el alma

destrozan, y es en ellas un ¡ay! cada verso y un tierno poema de

amor cada estrofa.»

ATAULFO FRIERA.

Amantes de la buena poesía, y entusiastas por los hombres ilustres de

nuestra patria, con gusto tomamos la pluma para decir algo de este

poeta, el más artista y original quizá de los poetas españoles del

presente siglo. Breve fué su existencia, fecunda en amarguras y

sinsabores domésticos: escaso el número de las obras que dejó escritas,

pero ellas han bastado á inmortalizar su nombre.

Pocos conocieron á Bécquer mientras vivió; pocos leyeron entonces sus

sentidos versos, y ninguno de sus íntimos amigos pudo sospechar la fama

que tenía reservada, ni el lugar distinguido que iba á ocupar en nuestra

literatura contemporánea.

No nos detendremos en sus obras, por no permitirlo los estrechos límites

de este artículo; además, se ha dicho mucho, y muy bien, de ellas, y

las bellezas que encierran están al alcance de todas las personas que

tienen corazón y saben sentir.

Las obras de Bécquer no deben analizarse con la frialdad severa de la

crítica: ésta pudiera tal vez encontrar algunos defectos, poca unidad en

las concepciones, repetición de los mismos cuadros, escasa variedad en

la forma... Las obras de Bécquer son para admirarlas, y la persona que

desde luego no comprenda sus méritos, será inútil cuanto se haga por

demostrárselos. «Las teorías--dijo Larra--las doctrinas, los sistemas,

se explican: los sentimientos se sienten.»

Cuando por primera vez se dieron á luz las composiciones de Bécquer,

reunidas en un par de tomos, después de muerto su autor, despertaron

grandísimo entusiasmo en la república literaria, y la juventud de

entonces se declaró partidaria de aquel género de poesía, que resucitaba

el ya muerto romanticismo, que á tantos extravíos condujo en la primera

mitad del siglo.

Hoy la fama del vate andaluz descansa en sólidas bases, su popularidad

es grandísima, y van acabando, por fortuna, los imitadores, que tanto le

perjudicaron.

¿Quién no ha leído aquellas _Rimas_ llenas de sinceridad y pasión, que

condensan en breves frases las alegrías, los dolores, las aspiraciones y

los deseos que agitaron el alma soñadora y amorosa del poeta sevillano?

¿Quién no conoce aquellas _cartas_, modelos de sencillez y limpieza de

estilo, impregnadas de suave melancolía y dulce tristeza, que conmueven

el corazón con palabras mágicas y con imágenes delicadas y tiernas?

¿Quién, en fin, no ha hojeado aquellas fantásticas leyendas, aquellos

cuentos orientales y aquellos episodios caballerescos, que demuestran

una fecundidad creadora admirable, una potente imaginación de primer

orden y un perfecto conocimiento en las artes plásticas de los siglos

medios?

«En Bécquer--escribe un reputado crítico--se funden dos elementos que

parecen opuestos: la imaginación excepcionalmente esplendorosa del genio

meridional y la vaga idealidad germánica.» Muchos le comparan con

Enrique Heine, y á nuestro juicio existe gran diferencia entre ellos; el

poeta alemán es mordaz, excéptico en el fondo, enemigo de todo cuanto le

rodea, y su risa irónica molesta y hace daño; el poeta sevillano es casi

siempre sincero, tierno, sencillo, y si alguna vez, cediendo al peso del

infortunio, asoma la duda á su cerebro, busca consuelo en la religión,

que le brinda un bálsamo á sus punzantes heridas.

La biografía de Bécquer es bien corta, y ocupa pocas páginas; puede

condensarse en estas palabras de Blasco: «nació, vivió, escribió y

murió.»

Nació Bécquer en los primeros meses de 1836; en esta Sevilla tan cantada

por los poetas pasaron las días serenos de su infancia, y llegó á la

adolescencia con el alma «henchida--como él dice--de deseos sin nombre,

de pensamientos puros y de esa esperanza sin límites que es la más

preciada joya de la juventud.»

Había quedado huérfano á los cinco años, y en 1845 ingresó en el antiguo

colegio de San Telmo para estudiar la carrera de náutica; en esta época

comenzaron á nacer sus aficiones literarias, y en colaboración con su

amigo Campillo, alumno también del colegio, y casi de su misma edad,

escribió un drama, empezó una novela y compuso multitud de versos,

ensayando todos los metros y todos los géneros.

Á los catorce años entró Gustavo en el estudio de D. Antonio Bejarano,

profesor de la Academia de Bellas Artes, que gozaba gran celebridad y

fué maestro de muchos notables artistas; estuvo luego bajo la dirección

de su tío D. Joaquín Domínguez Bécquer, y, siguiendo los consejos que

éste le diera, abandonó la pintura para dedicarse por completo á las

letras y realizar sus mayores deseos y esperanzas.

Llegó á Madrid en Octubre de 1854, y bien pronto comenzó á ver

desvanecerse como el humo los dorados sueños de su febril adolescencia.

Fué primero empleado con modestísimo sueldo, periodista político

después, censor de novelas más tarde, admitiendo estos y otros cargos,

que repugnaba, para atender á sus más precisas obligaciones.

En 1861 contrajo matrimonio, pero éste no resultó á la verdad feliz; mal

se avenía el poeta idealista y soñador á la monótona y vulgar

existencia de su nuevo estado; lejos de su esposa, retiróse á vivir en

compañía del más querido de sus hermanos, artista espontáneo y de

corazón, que supo reproducir como pocos los tipos y las costumbres

populares.

Indiscreto y triste sería entrar en detalles de este período de la

biografía de Gustavo Bécquer; su porvenir presentábase cada vez más

oscuro; su alma sensible la había desgarrado el infortunio; sus

ilusiones se habían perdido para siempre....

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