Largos años trascurrieron, durante los cuales se fué enriqueciendo cada

vez más esta Biblioteca con la adquisición de nuevas é importantísimas

obras, donadas unas por particulares y otras por corporaciones amantes

de fomentar la afición á la buena lectura, sin que por esto dejara de

adquirir muchas el Cabildo, según los recursos pecuniarios lo permitían.

En 1852 se amplió la Biblioteca notablemente, instalóse en ella una

hermosa estantería, que costeó la reina D.ª Isabel II, y al poco tiempo

los señores Duques de Montpensier hicieron importantes donaciones,

costeando también otra magnífica estantería.

En las tres galerías de que consta la biblioteca _Colombina_ existe una

colección de retratos de andaluces ilustres, otra de hijos célebres de

Sevilla, y la última de los arzobispos que ha tenido nuestra ciudad.

Allí se conserva también una espada falsamente atribuída á Fernán

González, varios libros de Colón anotados y escritos por el Almirante,

un lienzo de Murillo que representa á S. Fernando, y un retrato del

descubridor del Nuevo Mundo, que regaló el rey de Francia Luis XVII.

En la _Colombina_ existen, según datos que publicó D. Joaquín Guichot,

más de 30.000 volúmenes y 1.600 manuscritos, entre los que se

encuentran: una copia del libro del _Tesoro_, el _Misal del Cardenal

Mendoza_, una _Biblia_ de Pedro Pamplona y un ejemplar de la _Divina

Comedia_, que pertenece á la misma época en que vivió su autor.

Imposible es dar una lista, por breve que sea, de las curiosidades

bibliográficas y de las obras raras que posee la _Colombina_, la cual es

visitada por los extranjeros con verdadera admiración. Sobre la puerta

que da paso á la Biblioteca existe una lápida de mármol blanco, en cuya

inscripción se lee lo siguiente:

«Memoria de D. Fernando Colón, hijo de don Cristóbal Colón, primer

almirante que descubrió las Indias, que siendo de edad de 50 años, 10

meses y 27 días, y habiendo trabajado lo que pudo por el aumento de las

letras, falleció en 12 días del mes de Julio de 1539 años, después del

fallecimiento de su padre. Rogad á Dios por ellos.»

Recientemente se han publicado dos gruesos volúmenes del _Catálogo_ de

los libros que pertenecieron á D. Hernando Colón y que se conservan en

la Biblioteca: trabajo por demás notable y que, una vez concluído, dará

idea de lo que serían los tesoros bibliográficos reunidos por el hijo

del descubridor del Nuevo Mundo.

LXI

EL SEÑOR DEL GRAN PODER

«Talento, relaciones, actividad, valor, astucia, voluntad

inflexible, perseverancia, odio sin piedad y orgullo sin

transacciones, hacían al señor Bruna uno de esos hombres... que en

último resultado saben sepultarse entre las ruinas por aplastar á

sus enemigos.»

VELÁZQUEZ Y SÁNCHEZ.

Con este nombre era conocido en Sevilla, desde mediados del pasado

siglo, entre la gente burlona y maleante el Excmo. Sr. D. Francisco

Bruna y Ahumada, persona de rancia nobleza, alta posición, buen capital,

y protector decidido de las bellas artes.

Fué Bruna caballero de la orden de Calatrava, Regente de la Audiencia en

trece ocasiones, Oidor de la misma desde la edad de veinticinco años,

Decano desde 1767, Consejero de Estado, Administrador de los regios

Alcázares y Patrimonio de la Corona y Director de la Escuela de Nobles

Artes, desempeñando todos estos cargos de manera que demostró en ellos

las altas cualidades que poseía.

La influencia y prestigio que entre lo más escogido de la sociedad

gozaba Bruna, y algunos rasgos de su carácter un tanto original y

orgulloso, dieron motivo á que le llamasen _El Señor del Gran Poder_.

Entre los hombres que más han contribuído al mejoramiento moral y

material de nuestra población figura Bruna en lugar preferente, pues á

su iniciativa se debieron no pocos adelantos y progresos hasta entonces

desconocidos.

Sus aficiones artísticas le llevaron á emprender muchos trabajos de

consideración, haciendo que se restauraran antiguos monumentos y sacando

del imperdonable olvido en que yacían sepultados no pocos objetos

arqueológicos, que quizá se hubieran perdido para siempre.

La casa de Bruna, situada en el número 29 de la calle de la Muela,

estaba convertida en un museo de preciosidades históricas, de joyas de

arte y de libros y manuscritos notabilísimos.

D. Leandro de Moratín, en sus _Apuntes de viaje_, escribe lo siguiente,

que da una idea de las riquezas que había reunido Bruna: «Dudo que haya

en España otro particular que posea una librería y un gabinete de

curiosidades más numeroso. Ediciones raras, entre ellas una de los

_Oficios_ de Cicerón, 1466, en Maguncia, imitando la letra manuscrita; y

dice al fin que aquel libro no se escribió con pluma, sinó por medio de

otro arte mucho más bello... Cuatro comedias de Lope de Rueda y varios

coloquios. Manuscritos raros. Ocho mil monedas, entre ellas muchas

góticas de oro... Curiosidades naturales de España y América. Una moneda

del príncipe don Carlos, hijo de Felipe II, y una sala toda llena de

muebles y pinturas chinescas, etc.»

El erudito viajero D. Antonio Pons elogia también mucho las riquezas que

en su domicilio en el Alcázar había reunido Bruna, y en el mismo sentido

se expresan Croix, Sempere y Guarinos, González de León y otros.

Á la iniciativa de Bruna, unido al Conde del Águila, se debieron las

importantes excavaciones llevadas á cabo en las eras de Santiponce en

1782, y las cuales dieron por resultado que, entre otras preciosidades,

se descubriese un pavimento de mosaico y algunas estatuas de Nerón,

Trajano, Minerva, Adriano y Julio Bruto, que yacían sepultadas bajo

aquellos terrenos donde existió Itálica.

Fué D. Francisco de Bruna hombre de carácter enérgico, aunque pocas

veces descortés, altivo con los superiores, de costumbres pacíficas, de

vida arreglada y sumamente laboriosa, pues atendía con el mayor cuidado

los infinitos cargos y comisiones de interés que á diario le eran

encomendados.

Ceán Bermúdez, Pons, Zeballos, Matute y otros varones ilustres de su

tiempo recibieron señaladísimos favores de Bruna, quien también les

ayudó bastante en las obras que legaron á la posteridad.

Bruna era natural de Granada, donde había nacido en 1719; desde muy

joven se dedicó al estudio de leyes, y, merced á causas que no se saben

con certeza, pudo alcanzar la omnímoda influencia que ejercía en toda la

provincia de Sevilla.

La figura del grave Oidor era popularísima en la capital de Andalucía;

pero las clases inferiores no lo miraban con buenos ojos, y en más de

una ocasión sostuvieron con él rudos pugilatos para humillar la soberbia

que tenía.

Por los años en que el bandido Diego Corriente era el terror de los

campos de Sevilla, púsose por indicación del Regente á precio su cabeza

en diez mil reales, que serían entregados á la persona que presentase al

ladrón vivo ó muerto.

Corriente tuvo la osadía de visitar una noche á Bruna en su despacho, y

encontrándole solo, le amenazó con dos pistolas si no le daba los dos

mil escudos. Amedrentado el Regente, se apresuró á soltar el dinero; y

cuando, repuesto de su asombro, reclamó auxilio, ya el bandido había

logrado escaparse y se encontraba á gran distancia.

Este mismo famoso ladrón encontró cierta tarde en el campo á Bruna, que

venía solo en un coche, de regreso de una hacienda de su propiedad;

acercóse á él, y con las más corteses razones le invitó á que le

abrochase varios botones de los borceguíes que entonces se gastaban,

para humillarlo: no hubo más remedio que obedecer la petición de Diego

Corriente; pero desde aquel día Bruna juró que capturaría al bandido,

gastando considerables sumas en pagar espías y gentes que lo batieran,

pudiendo al fin verse libre de aquel enemigo. Se dice que Corriente fué

indultado por el Rey de la pena capital: pero sabedor de ello Bruna,

mandó al camino un hombre de confianza que entretuviera con cualquier

pretexto al correo que traía el indulto, el cual llegó á Sevilla la

noche del 30 de Mayo de 1781, algunas horas después que el bandido había

dejado de existir.

Cuando la fiebre amarilla de 1800, ocurrió á Bruna un suceso que prueba

su altivo carácter, y que por ser escasamente conocido vamos á

relatarlo.

«Habíanse dado algunos casos en un pueblo inmediato á Sevilla, y

establecióse aquí el cordón sanitario, el cual detuvo á Bruna, que

quería entrar en la ciudad sin ir antes al lazareto como todos iban. Con

este motivo--dice el autor de quien tomamos la noticia--trabóse una

polémica entre Bruna y la Junta de Sanidad, triunfando ésta y obligando

á cumplir las leyes al viejo Oidor, que, mal de su agrado, y con no poca

contrariedad, permaneció algunos días en el lazareto.» El pueblo, que

conocía demasiado la soberbia y el orgullo de Bruna, cuando supo el caso

cantó para mortificarle coplas alusivas, una de las cuales decía:

«El Señor del Gran Poder

se ha vuelto de la Humildad;

este milagro lo ha hecho

la Junta de Sanidad.»

D. Francisco de Bruna y Ahumada falleció en la mañana del 27 de Abril de

1807, víctima de una pulmonía, celebrándose con gran pompa sus exequias

en la parroquia del Sagrario, á la que asistieron cuantas personas

importantes había en Sevilla.

En el salón de sesiones de la Academia de Bellas Artes se conserva hoy

un excelente retrato de Bruna, y para perpetuar su nombre se dió éste á

la antigua calle de Papeleros.

Hace algunos años el señor Andérica hizo activas gestiones para que en

la fachada de la Audiencia se colocara una lápida en memoria del _Señor

del Gran Poder_, cosa que no pudo conseguir.

LXII

MANOLITO GÁZQUEZ

«Hasta tiene á Manolito Gázquez, cuyas hipérboles graciosas han

dado la vuelta á España, y parece que forman las bases de la

riqueza anecdótica nacional.»

B. PÉREZ GALDÓS.

Hé aquí un sevillano cuyo nombre es conocido en toda España, y del cual

se cuentan los sucesos más graciosos y estupendos, haciéndolo autor de

todas las embusterías y despropósitos que pueden imaginarse.

El tipo de Gázquez es ya tradicional, y bien merece que á su memoria

consagremos algunos párrafos, utilizando los únicos datos auténticos que

conocemos de tan original personaje.

El vulgo, con sus exageraciones, ha desfigurado hasta tal punto al hábil

velonero, que sus ingeniosidades y donaires se han convertido en

absurdas y sandias chocarrerías.

Manolito Gázquez, como todos le llamaban, poseía una imaginación fecunda

y rica, y «si hubiese recibido educación literaria,--escribe el Deán

López Cepero, que llegó á tratarlo,--si hubiese cultivado las dotes que

le dió la naturaleza, en vez de la fama ridícula que ha dejado de

embustero, hubiese dejado el nombre de un ingenio sobresaliente.»

Y así era en efecto: Gázquez nació en modesta esfera y de ella no logró

salir en su larga vida, siendo tan limitadas sus aspiraciones, que, á

pesar de las muchas personas de talento y posición que frecuentaban su

casa, ni pidió nada á ninguna, ni obtuvo el menor beneficio positivo.

El taller y tienda donde nuestro sevillano trabajaba y vendía sus

velones y demás objetos de metal estaba situado en un humilde edificio

de calle Gallegos, donde diariamente se juntaba una tertulia que

escuchaba con el mayor placer los cuentos y gracias del dueño de la

casa.

Era éste según dicen de mediana estatura, grueso y mofletudo, y su

rostro bonachón y sonriente expresaba en medio de su burda sencillez

algo de la más discreta y sazonada malicia.

Español neto, y andaluz en todos sus gustos, aficiones é ideas, podía

servir de modelo para trazar el tipo popular de su época. Como gran

devoto, todas las noches acompañaba á los rosarios que salían por las

calles, tocando el fagot, instrumento en cuyo manejo se preciaba de

hábil; y tanta era su afición á las corridas de toros, que ningún lunes

de la temporada dejaba de asistir á su _asiento de cajón_, desde el cual

daba lecciones á los diestros, de quien era gran amigo, y muy

particularmente de José Delgado, _Illo_, á quien censuraba con la mayor

energía si alguna suerte no le parecía bien concluída.

Nació Gázquez á mediados del siglo XVIII, y se crió en medio de las

mayores privaciones; al cabo de muchos años de trabajo pudo verse dueño

de una tienda, y entonces se casó con una mujer más joven que él y no

exenta de gracia y hermosura; fué sumamente económico, aunque la echaba

de hombre de rumbo; gozó de una popularidad extraordinaria, pues todos

los vecinos de Sevilla le conocían, y falleció de unas calenturas á

principio de Abril de 1808, cuando ya contaba una edad no poco avanzada.

Pero los años no consiguieron marchitar su inteligencia ni acabar con el

buen humor que siempre tuvo, siendo hasta poco antes de caer enfermo el

regocijo de los que le trataban por sus chistosos embustes, que sabía

contarlos de manera que pretendiesen pasar por indiscutibles verdades.

El modo de hablar que tenía Gázquez y su pronunciación peregrina y

extraña, así como el tono formal y grave que daba á sus discursos,

acrecentaban la risa de cuantos le oían y entablaban con él polémicas y

discusiones.

Era costumbre suya asistir por las tardes al célebre puesto de aguas de

Tomares situado en las afueras de la puerta de Triana, junto á los

Almacenes del Rey, y allí pasaba larguísimos ratos, pagando dos ó tres

cuartos á un individuo para que le leyese la _Gaceta_, único papel que

por entonces andaba en manos de la gente, oyendo la lectura con la mayor

atención, para añadirle luego los más sabrosos y saladísimos

comentarios.

Imposible es relatar aquí las anécdotas, cuentos y chascarrillos que

salieron de los labios de Gázquez, y que todos conocen: reuniéndolos,

aunque fuesen sólo aquellos sobre los que no cabe duda de su

autenticidad, se formaría un volumen. ¿Quién no ha reído con los donosos

embustes de Manolito Gázquez? ¿Quién no conoce hoy su nombre en España?

_El Solitario_ le dedicó un precioso artículo en sus _Escenas

Andaluzas_; D. Mariano Pina lo sacó á escena en una linda comedia, y

nosotros únicamente nos hemos propuesto en estas líneas consagrarle un

recuerdo y bosquejar el tipo sin las exageraciones absurdas que el vulgo

le atribuye.

LXIII

EL TEATRO PRINCIPAL

«Las contradicciones que sufrió el teatro desde el siglo XVII en

Sevilla darían materia á una interesante memoria.»

VELÁZQUEZ Y SÁNCHEZ.

En la calle de la Muela, y frente al convento de San Acasio, de la orden

agustina, se construyó en 1795 un teatro, al que, por ser el más

importante que tuvo Sevilla en la primera mitad del siglo, se le dió el

nombre de _Principal_.

Durante largo tiempo los empresarios de este coliseo tuvieron que luchar

con la oposición de numerosas y principales familias de la ciudad, que

habían declarado guerra sin cuartel á las representaciones escénicas.

«No contribuyó poco--dice un autor--á la persecución rencorosa contra D.

Pablo Olavide el tesón y formal empeño con que, siendo Asistente,

afrontó en esta capital la pugna de ciertas clases y personas en odio al

arte dramático, protegiendo los espectáculos líricos.»

Los fogosos sermones de algunos frailes obligaron á las autoridades á

mandar cerrar el teatro en 1800, tomando por pretexto la invasión de la

fiebre amarilla: y hubo un predicador famoso que aseguró que si se

derribaba el teatro, jamás se vería la ciudad invadida por la peste.

Cuatro años después, atendiendo el Rey á las justas reclamaciones de la

empresaria, señora Sciomeri, hizo que se abriera el _Principal_, y en

Mayo de 1808 la Junta de Gobierno volvió á prohibir las comedias,

autorizadas más tarde cuando vino á esta ciudad José Bonaparte.

Entonces, y por el mes de Enero de 1810, el Ayuntamiento costeó una

magnífica función de gala para obsequiar al _Intruso_ y á los personajes

de su séquito.

Permitióse en ella la entrada gratuita al público para las galerías, y

se puso en escena _La dama sutil_, comedia entonces muy en boga,

representándose también un sainete, y terminando el espectáculo con el

indispensable baile nacional.

El nuevo Rey ocupó el palco del Ayuntamiento, y no el del Asistente, que

era el que le estaba destinado, y tras él tomaron asiento sus consejeros

Aranza, Cabarrús y Montarco, los generales Darricau y Senarmont, el

Marqués de Riomilano, el Duque de Treviso y el Corregidor de Sevilla,

que lo era por aquella época D. Joaquín Lendro de Solís.

Dentro y fuera del teatro se desplegó gran aparato de fuerza, ocupando

los soldados invasores todos los pasillos del coliseo y un largo trecho

de la calle de la Muela.

Otra función célebre se verificó en el _Principal_ años después, y la

que no nos parece importuno recordar. El viernes 11 de Octubre de 1822

entró de nuevo en nuestra ciudad D. Rafael del Riego entre las

aclamaciones delirantes de sus partidarios, y la noche del siguiente día

asistió al teatro, que se había adornado con banderas y trofeos,

iluminándose con gran profusión y gusto.

Apenas se presentó Riego en el palco, el público comenzó á vitorearle

con el mayor entusiasmo, y en uno de los entreactos la concurrencia

entonó á coro el famoso _himno_ tan popular en España, siendo escuchado

con la mayor complacencia por el héroe de Las Cabezas, que tan

aficionado fué á recibir muestras de simpatías en público.

En 1823 las hordas absolutistas al grito de _¡Vivan las caenas!_

produjeron grandes destrozos en el teatro _Principal_, desbaratando la

maquinaria, incendiando su guardaropía y no dejando nada del rico

_atrezzo_ y mobiliario, arruinando casi por completo á Calderi, popular

empresario por aquella época tristísima.

En 1833 su propietario el Marqués de Guadalcázar hizo importantísimas

mejoras en el local, que se inauguró en 26 de Marzo del año siguiente

con tres selectas compañías de ópera, verso y bailes nacionales.

Por aquella escena cruzaron los artistas más notables de la época: allí

escucharon los primeros aplausos Arjona y Valero; allí deleitaron á los

concurrentes con sus chistes de buena ley el famoso Cubas y Mariano

Fernández; allí recibieron las más calurosas ovaciones Joaquina Baus,

Matilde Díez y la malograda Pepa Valero, y allí, en fin, se escucharon

las primeras obras de Rossini, Donizzeti y Bellini, interpretadas por

cantantes tan notables como la Rafaeli, la Passerini, Samartén, Lombardi

y Curti.

En el _Principal_ se estrenaron los más notables dramas de la escuela

romántica, las comedias más famosas de nuestro teatro antiguo, y

aquellas inolvidables obras llamadas de _magia_, que tanto deleitaron al

vulgo en la tercera década de nuestro siglo.

González de León describe así el interior del coliseo, según estaba en

1834:

«Consta de cuatro pisos, y tiene una altura de veinte varas. Su figura

es un semicírculo, dejando en el centro un gran patio cubierto de cielo

raso de madera... En el piso bajo hay catorce huecos que llaman plateas.

En el piso primero, y al frente, está el palco de la autoridad...

decorado de colgaduras y puertas de cristales, y por los lados

veinticuatro palcos comunes. En el tercer piso hay veintidós palcos

comunes, y sobre el de la presidencia y otros dos uno grande con gradas,

que se llama tertulia. El cuarto piso es lo que se llama _cazuela_, y es

el sitio destinado para sólo mujeres. En el patio, que tiene 25 varas de

largo por 19 de ancho... hay trescientas treinta y siete lunetas, que

son bancos con espaldar y cojines de tafilete. Al frente hay unas

gradas para la entrada de los hombres. Es capaz el teatro de 1.200

personas.»

La sala estaba pintada y dorada. Cada cuerpo pertenecía á un género: uno

era gótico, otro árabe y otro chinesco, de lo cual resultaba un conjunto

abigarrado, que no debía ser del mejor gusto.

Entre los numerosos y curiosísimos apuntes que hemos hallado relativos

al _Principal_, citaremos uno que probablemente será desconocido para

nuestros lectores.

La noche del 6 de Setiembre de 1841 estrenóse en este teatro una ópera

titulada _El solitario del monte Salvaje_, que despertó grandemente el

entusiasmo del público y le hizo prorumpir en continuos y atronadores

aplausos.

Pidió la concurrencia el nombre del autor de la partitura, y resultó ser

ésta de D. Miguel Hilarión Eslava, Maestro de capilla de la Catedral,

quien fué obligado á presentarse en el palco del Asistente, ya que su

calidad de sacerdote le prohibía salir á escena, recibiendo una ovación

franca y espontánea, que volvió á repetirse en las siguientes noches en

que se anunció en los carteles la ópera del autor del _Miserere_.

El teatro _Principal_ cerró para siempre sus puertas el año de 1858,

después de inaugurarse el de San Fernando, y en el lugar en que estuvo

se alza hoy uno de los mejores y más amplios edificios que embellecen á

la capital de Andalucía.

LXIV

LA FIEBRE AMARILLA

Á medida que crecía el número de atacados de la peste y el de las

defunciones, aumentaba el horror del vecindario, los apuros de las

autoridades y los abusos y desórdenes.

JUSTINO MATUTE.

El primer año del presente siglo no pudo ser más funesto para nuestra

ciudad, pues ocurrió en él la invasión de la terrible epidemia conocida

con el nombre de fiebre amarilla, y por tal suceso auguraban muchas

personas infinitos males para el siglo que acababa de nacer.

Los daños que causó la epidemia fueron tantos, y tantas las víctimas que

de ella sucumbieron, que Sevilla quedó en la situación más angustiosa; y

como entonces no se contaba ni con los adelantos científicos, ni con los

medios que hoy se cuenta para aliviar estas épocas calamitosas, pueden

formarse idea nuestros lectores de lo que sería aquella invasión,

comparable sólo á la _peste levantina_ de 1649.

Á poco de iniciarse la fiebre en Cádiz, donde la introdujeron unos

buques que del Norte de América venían, comunicóse á Sevilla, cuando

más descuidadas estaban las autoridades, y cuando más sosegado el

vecindario disponíase á pasar el estío del año 1800.

Corrían los primeros días del mes de Agosto, y una mañana empezaron á

sentirse enfermos del mal algunos individuos del barrio de Triana, y

casi al mismo tiempo fallecieron otros en Santa Lucía, extendiéndose la

epidemia con rapidez extraordinaria por los Humeros, San Vicente, San

Román y Santiago y otras parroquias.

Entonces se apoderó de los habitantes de la ciudad un miedo terrible;

muchas familias emigraron precipitadamente; á la Junta Sanitaria

faltáronle medios para evitar el aumento de la invasión, y todo fué en

los primeros momentos confusiones, apuros y congojas.

Á poco llegó de Madrid una comisión facultativa, bajo la presidencia del

médico de cámara don José Queralto, y en unión del Asistente interino,

que lo era D. Antonio Fernández Soler, por hallarse en la corte el Conde

de Fuenteblanca, comenzó á tomar medidas oportunas y á dar prudentes y

acertadas disposiciones.

Crecía entre tanto la epidemia, alcanzando unas proporciones

aterradoras; crecía al mismo tiempo el pánico y la angustiosa situación

de los vecinos de Sevilla, y á fines de Agosto y principios de Setiembre

hubo día en que fallecieron más de 460 personas.

Nada tan terrible como el aspecto que entonces ofrecía nuestra ciudad:

llenas las iglesias de cadáveres, sepultábanse en anchas fosas abiertas

en los Humeros, en San Vicente y en Triana; las hermandades recorrían de

noche las calles, sacando en procesión de rogativa sus imágenes, á las

cuales entonaban en voz alta fervorosas oraciones; tañían lúgubremente

las campanas de todas las iglesias; veíanse en todas las casas escenas

desgarradoras de llanto y de desolación; en los hospitales prestaban

servicio de enfermeros los presos de la cárcel, por haber muerto cuantos

empleados había; los talleres y establecimientos estaban cerrados, así

como las oficinas y salas de la Audiencia; los vecinos formaban

cuadrillas, que recogían cadáveres y les daban sepultura; los hermanos

de la Caridad cruzaban por los lugares céntricos demandando limosnas

para los enfermos; escaseaban los artículos de primera necesidad en los

mercados y almacenes, y en las horas de la calurosa siesta reinaba por

los barrios un silencio imponente, que era turbado tan sólo por el ruido

de los carros pintados de negro que conducían muertos á las fosas ó por

los llantos y lamentos que de las viviendas salían.

Duró tan terrible período hasta fines de Octubre, comenzando entonces á

descender el número de las invasiones, y siendo menos cada día el de los

fallecimientos.

Según los datos que tenemos á la vista, y que están tomados del

manifiesto que hizo publicar el Ayuntamiento, sucumbieron en nuestra

población de la fiebre amarilla 14.685 personas, fueron atacadas 76.483,

y curaron del mal 61.718.

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