Estos ocho rosales tienen una agradable vista, y á pesar del tiempo

trascurrido desde que se plantaron llaman actualmente la atención por su

lozanía, más aún que la llamaban cuando se colocó á principios del siglo

presente la lápida que acabamos de copiar.

Sevilla, que tantas y tantas tradiciones cuenta, no podía dejar de tener

algunas sobre estos rosales, y no solamente tiene una, sino varias; pero

nosotros nos limitaremos á relatar la más admitida, según hasta nuestros

oidos ha llegado.

Cuéntase que, después de fundado el hospital de la Caridad, D. Miguel de

Mañara, que acostumbraba á pasarse la mayor parte del día ejerciendo

obras meritorias, cuidando del buen orden y gobierno de la casa y

recogiendo limosnas para los enfermos, se entregaba varios ratos en su

celda á profundas meditaciones y fervorosos rezos, así como á la lectura

de libros piadosos que fortalecieran su espíritu y alejaran su

imaginación de toda idea pecaminosa.

Á veces, sin embargo, acudían á la mente del caballero algunos recuerdos

de sus años juveniles, cuando era su existencia nada pacífica ni

sosegada, cuando seguía con empeño galantes aventuras, y cuando llevaba

á efecto, en compañía de alegres camaradas, tantas empresas en las que

ponía á prueba su valor, su travesura ó su agudo ingenio.

Entre los recuerdos del pasado borrascoso alzábanse en la mente de D.

Miguel las figuras de varias mujeres á quienes había amado, y á las

cuales, por haberle quizá correspondido en demasía, había hecho derramar

muchas lágrimas.

Estas sombras que llegaban á turbar las meditaciones del entonces

piadoso caballero acongojaron más de una vez su espíritu; y cierta noche

en que vagaba por el jardín del hospital, sentóse en un banco, y

habiéndole acometido profundo sueño, vió en él á ocho damas cuyos

rostros guardaban perfecta semejanza con otras tantas que había

galanteado, y las cuales traían en las manos ocho rosas, que regaban con

el llanto que de sus ojos caía.

Se dice que en memoria de aquel sueño, y á manera de homenaje á las

infelices amadas del caballero, plantó éste en el jardín los ocho

rosales que aún se conservan, y los cuales cuidaba en vida don Miguel

con solícito esmero, pues diariamente cortaba sus hojas, arreglaba sus

ramas, poníalos al sol cuando lo habían de menester, y los regaba, sin

que consintiera nunca que nadie, sinó él, llevase á cabo estas

operaciones.

Después de muerto Mañara, la hermandad de la Caridad siguió cuidando

aquellas flores á que tanto cariño tuvo el fundador; y cuentan también

las tradiciones que en las noches de estío veíanse por el jardín ocho

sombras vestidas con blancos trajes, sueltos los cabellos y con los

rostros pálidos, que permanecían hasta el amanecer velando aquellos

ocho rosales, cada uno de los cuales representaba á una de las amadas

del caballero.

Como ya hemos dicho más arriba, á principios de siglo las macetas fueron

trasladadas al lugar que hoy ocupan, y donde puede aún verlas el que por

primera vez visite el hospital de la Caridad.

LVI

EL TORREÓN DEL DUENDE

«De vetustas raíces carcomidos, pálidos cual los restos de un

osario que brotan de las piedras desunidas en las terrazas, donde

nace á trechos el enebro lozano y espinoso...»

R. BLANCO ASENJO.

No lejos de la puerta llamada de la Macarena, única que aún se conserva

de las quince que tuvo Sevilla, hacia la mitad del trozo de muralla

romana que existe al Levante, se alza un torreón acerca del cual corrían

en boca del ignorante vulgo las más absurdas y fantásticas narraciones.

Era el torreón de elevada altura y de sólida construcción: en sus cuatro

lienzos veíanse pequeñas ventanas con gruesos hierros; en lo alto se

elevaban cuatro filas de almenas dentadas, y al pie crecían gigantescas

ortigas, malvas silvestres y campanillas blancas, cuyas matas subían por

el muro negruzco y toscamente labrado.

Esta mole de piedra, hoy casi destruída y olvidada, mirábanla con miedo

todos los habitantes del barrio de la Macarena, y ninguno, por jaque y

valentón que fuese, se atrevía á pasar de noche por el torreón, donde

era ya sabido que el diablo _Rascarrabias_ tenía su guarida.

El habitar allí el tal diablazo tenía también su razón, pues parece que

dentro de aquellos muros falleció al poco tiempo de la reconquista un

judío avaro y enemigo de Dios, el cual tomó tanta confianza con Lucifer

mismo, que le pidió un delegado suyo para que le acompañase en los ratos

de ocio, y el rey de los infiernos mandóle á _Rascarrabias_, que después

de estar mucho tiempo con el judío, cuando murió éste, quedó en el

torreón guardando su cadáver años y años.

Á mediados del siglo XVI parece que _Rascarrabias_ se cansó de estar

allí aburrido y sin hacer nada de provecho para su monarca, y huyó no se

sabe adónde, sin que se tuvieran más noticias de su vida y milagros.

Pero cuando las gentes sencillas se felicitaban por la ausencia del

endiablado vecino, apareció de pronto en el torreón el _duende

Narilargo_, el cual todas las noches, al dar las doce en el reloj de la

Catedral, salía á pasearse por la muralla envuelto en un amplio capuchón

negro, llevando en la cabeza una corona que despedía siniestros

fulgores, y lanzando al aire profundos y lastimeros ayes, que hacían

estremecer á las viejas y á los muchachos.

Contábanse de _Narilargo_ cosas estupendas y nunca oídas, y á él se le

achacaban todas las desgracias que en el populoso barrio ocurrían, sin

que fueran suficientes á atemorizarlo, ni los rezos, ni los votos, ni

los exorcismos. El _duende_ tomó cariño al torreón, y era imposible

arrojarle de él; pues en cierta ocasión en que la ronda, acompañada de

algunos frailes del próximo convento de la Trinidad, intentó escalar el

muro y sorprenderle en su guarida, cayó sobre ella tal chaparrón de

piedras y guijarros, que obligó á los ministros de la justicia á

desistir de su atrevida empresa.

En las noches sombrías y tempestuosas del crudo invierno, entre el ruido

monótono del aguacero y los silbidos del huracán furioso, salían del

torreón músicas extrañas, gritos de dolor, cantos ininteligibles, y las

estrechas ventanas se iluminaban con luces rojas que parecían enormes

pupilas de fuego, y de ellas se escapaba espeso humo, que flotaba sobre

aquellos lugares durante mucho tiempo.

Cerca de dos siglos vivió el _duende_ en el torreón, sin que nadie le

molestase, y desapareció un día como _Rascarrabias_, después de haber

sido el terror de muchas gentes y de haber prestado grandes servicios á

los contrabandistas, de quienes parece que _Narilargo_ fué muy gran

amigo.

Borróse poco á poco de la memoria de los macarenos el recuerdo de su

antiguo huésped. La acción destructora del tiempo grieteó aquellos

muros, rompió las almenas, hundió los sólidos techos, desfiguró las

ventanas, y hoy día el antiquísimo torreón del _duende_ se encuentra

abandonado y derruído, sin que nadie de los que cerca de él pasan tenga

conocimiento de quiénes fueron sus antiguos moradores.

Si, como está proyectado, se llevara á cabo algún día la restauración de

las murallas romanas de la Macarena, la antigua residencia de

_Rascarrabias_ y _Narilargo_ tomaría mejor aspecto, librándose de

desaparecer por completo, como puede suceder al seguir en su actual

estado de abandono.

LVII

UNA COFRADÍA

«Es tanto el mérito y perfección de la efigie de S. Juan

Evangelista, que no puede describirse.»

J. BERMEJO.

Las muchas cofradías que durante la Semana Santa hacen estación á la

Catedral gozan de gran fama desde muy antiguo por el lujo de sus

_pasos_, por la riqueza de sus insignias y por el mérito artístico de

las esculturas que ostentan á la pública devoción. En nuestros días una

de las hermandades que más llaman la atención de los viajeros que por

esta época del año visitan á Sevilla es la del _Cristo del Silencio_ y

la _Virgen de la Amargura_, establecida en la parroquia de San Juan

Bautista, y que sale en procesión la tarde del Domingo de Ramos.

La historia de esta Cofradía, que cuenta cerca de tres siglos de

existencia, quizá pueda tener algún interés para nuestros lectores; y en

esta creencia vamos á permitirnos dedicarle algunas líneas en los

apuntes que vamos reuniendo sobre Sevilla.

Algunos vecinos del barrio de San Julián organizaron á fines del siglo

XVII una hermandad en dicha iglesia, y después de no pocos trabajos,

consiguieron en la Semana Santa de 1699 salir en procesión, llevando

prestada la imagen de la Virgen de las Angustias, y la estatua de Jesús

que el escultor Pedro Roldán había construído hacía el 1680, á su

regreso del viaje que hizo á Jaén para concluir la portada de aquella

Catedral.

En los años siguientes al 1699 hizo también estación la Cofradía de que

nos vamos ocupando, aunque de manera bien modesta, pues los escasos

recursos de que la hermandad podía disponer no permitían otra cosa.

En 1718 se trasladó la hermandad á San Juan Bautista, colocando las

imágenes que ya poseía en una capilla, reformando los _pasos_ y

costeando un nuevo manto á la Virgen.

Por aquella época los escultores Pedro Duque Cornejo y Benito Hita del

Castillo construyeron las figuras que se ostentan en el _paso_ del

_Cristo del Silencio_, y el segundo de estos artistas hizo también el

San Juan que acompaña á la Virgen de la Amargura, y que es sin duda la

obra mejor y más acabada que su cincel produjo.

Desde el año 1783 hasta el 1788 salió la Cofradía unas veces el Jueves

Santo y otras el Domingo de Ramos; pero al poco tiempo, disgustos que

surgieron entre los individuos de la hermandad, hicieron que ésta cayese

en la mayor decadencia, no volviendo á hacer estación hasta el año

1808.

Nuevamente quedó casi disuelta la Cofradía, y así permaneció más de

veinte años, hasta que algunos jóvenes, por iniciativa de D. Fernando

Espinosa, Conde del Águila, se propusieron restablecerla, haciendo

estación en 1829 con el mayor lucimiento.

Los nazarenos de esta Cofradía fueron los primeros que usaron túnicas

blancas, estrenándolas en 1830. Desde esta fecha pocos son los años en

que ha dejado de salir, unas veces el Domingo de Ramos y otras el Martes

ó Miércoles Santos.

La hermandad, que cuenta hoy con fondos regulares, ha introducido en los

_pasos_ é insignias algunas reformas, costeando un rico manto á la

Virgen de la Amargura y unas andas nuevas al _paso_ del Cristo.

Éste es de largas dimensiones, y en su peana se ven prolijos adornos

dorados y algunos medallones de cierto mérito. Sobre ella aparece la

estatua de Jesús, vestido con blanca túnica y amarradas las manos con

cordones de plata, cuyas puntas sostienen dos soldados romanos, que

ejecutó Duque Cornejo, y que son muy inferiores á los otros dos que van

detrás, hechos por Hita del Castillo. Aunque los trajes y armas de estas

figuras contienen grandes anacronismos, la actitud de ambos y la

expresión que supo darles el artista merecen el mayor elogio.

En último término se levantaba un dosel, no de muy buen gusto, bajo el

que está sentado el Monarca de Judea, vestido con un traje que nada

tiene de adecuado, y sí mucho de impropio.

Va en el segundo _paso_ la Virgen de la Amargura, acompañada de San

Juan, que como ya dijimos es la estatua más notable que construyó Hita

del Castillo.

En la Semana Santa de 1893 ocurrió á esta Cofradía un accidente en

verdad desgraciado. Al llegar el segundo _paso_ ante la fachada del

Ayuntamiento, una de las velas prendió fuego al traje de la Virgen, y á

los pocos minutos las figuras se vieron envueltas en una gigantesca

llama, que amenazaba destruir todo aquel conjunto. Rápidamente acudieron

los hermanos á extinguir el fuego, que después de no poco trabajo fué

sofocado, padeciendo las imágenes algunos desperfectos, que después han

sido reparados.

La cofradía del _Cristo del Silencio_ es hoy de las que con más lujo y

ostentación se presentan, y la que con más afán acude á ver el público,

por ser la primera que sale en Semana Santa.

LVIII

LA BEATA DOLORES

«Pero como todos los extremos son viciosos... huyendo del Infierno

de la incredulidad, cayeron en el Limbo de la candidez.»

A. FLORES.

Hacia la derecha del prado de San Sebastián, y frente de la amplia

glorieta que hoy se extiende á la entrada del _Parque de María Luisa_,

estuvo situado durante algunos siglos el famoso _Quemadero_ de la

Inquisición, donde perecieron no pocas víctimas.

Levantóse esta construcción en los últimos años del siglo XV, y fué

destruída por completo en 1809, al acercarse á Sevilla las tropas

francesas. Componía la fábrica, según escribe el señor Palomo, «una mesa

cuadrada como de veinte varas de altura, cóncava en el centro, donde se

encendía la hoguera; y en los ángulos había cuatro columnas de diez pies

de alto empotradas en postes de ladrillo, y puestas sobre ellas otras

tantas grandes estatuas de barro cocido, de notable mérito artístico,

afianzadas con un espigón de hierro.»

Ignoramos quiénes serían los primeros desgraciados que allí sacrificó el

Tribunal, aunque algunos autores dicen que fué el arquitecto que dirigió

la obra; mas como han llegado hasta nosotros diversos datos sobre la

última víctima que pereció en el _Quemadero_, vamos á contar á nuestros

lectores el suceso, ocurrido en 1781, y del cual existen diversas

relaciones manuscritas é impresas.

Vivía en la capital de Andalucía, después de mediar el pasado siglo, una

mujer extravagante y alucinada, hija del pueblo y no muy favorecida por

la naturaleza en dotes físicas, la cual andaba siempre por las iglesias

y conventos asediando á los párrocos y á los frailes, á quienes trataba

de embaucar con los más absurdos cuentos y los más ridículas

narraciones, pretendiendo hacerles creer que tenía un ángel que le

aconsejaba todos sus actos, y que se le aparecían con frecuencia S.

José, S. Agustín, S. Juan Nepomuceno y otros santos, que estaban de

continuo instándole á cometer los actos más absurdos que es dado

imaginar. Llamábase ésta María de los Dolores López, conocida por la

_Beata Dolores_; y aunque se decía que había quedado ciega desde la edad

de doce años, aseguraban muchos testigos haberla visto coser y bordar

con primor, subir escaleras con las manos ocupadas, y dar minuciosas

señas de algunas personas como si las hubiese tenido ante sus ojos.

Largos años estuvo esta mujer entregada á los más lamentables extravíos:

hemos tenido ocasión de leer un extracto de su proceso, y renunciamos á

describir las acusaciones que se le hacían, pues por ellas se saca la

gran inmoralidad en que vivía y los repugnantes vicios á que de continuo

se entregaba. Bástele á nuestros lectores saber que, según se dice en el

extracto citado, _María de los Dolores_ «corrompió á una beata, con

quien tuvo entretenimientos poco honestos», sedujo á su confesor, con

quien vivió más de doce años, á pesar de que él la rechazaba de

continuo, aseguraba que tenía continuos éxtasis, y decía con la mayor

frescura las más graves blasfemias y espantosas herejías.

Presa en las cárceles de la Inquisición estuvo largo tiempo, sin que

pudiera sacarla de sus errores ninguno de los religiosos que de continuo

la visitaban, entre los cuales se contó el célebre Fr. Diego de Cádiz,

quien, no pudiendo conseguir de ella la menor frase de arrepentimiento,

se despidió de los inquisidores diciendo «que trabajar con ella era

gastar el tiempo en vano; que él no tenía corazón para ver tanta dureza

y ceguedad, y que tan lejos estaba de poderla convertir, que podía temer

que ella lo pervirtiese.»

Terminado el proceso por los señores del Santo Oficio, se la condenó á

muerte por _hereje formal_, _apóstata_, _iludente_, _ilusa_,

_revocante_, _pertinaz_, _impenitente_ y _fingidora_, señalándose para

el día 24 de Agosto de 1781 la ejecución de la sentencia.

Cuarenta y cinco años hacía que no se presenciaba en Sevilla un auto de

fe, y al anuncio de éste se notó gran animación en la ciudad, viniendo

á ella para presenciar el triste espectáculo multitud de gentes de los

pueblos de los alrededores.

En las primeras horas del día 24 salió de las mazmorras la ciega, á

quien montaron en un borriquillo, vistiéndola con su coroza de llamas y

trajes talares.

En el castillo de Triana se formó la comitiva que había de acompañar á

la reo en su último viaje, y que estaba compuesta del clero de Santa

Ana, de los familiares de la Inquisición y de unos cuantos frailes que,

con hachas encendidas, iban rezando en voz alta.

Hallábanse en la iglesia de San Pablo los individuos del Santo Oficio,

muy graves y muy cejijuntos, sentados bajo un rico dosel, y con ellos

estaban en lugares determinados el Asistente de la ciudad, el Alguacil

Mayor, el Alcalde de las cárceles secretas, los Comisarios y muchos

dependientes de la Inquisión, y padres de distintas órdenes.

Leído el voluminoso proceso, y la sentencia, por los secretarios, se

entregó la reo á la justicia ordinaria, sacándola del templo, donde

continuó la misa, y conduciéndola á la plaza de San Francisco, en cuyo

punto, al oir que la pena que se le imponía era la de ser quemada viva,

se arrojó al suelo presa de la mayor desesperación, dando terribles

gritos y llorando del modo más amargo. Entonces los frailes, creyendo

que se convertía, la volvieron á la cárcel, donde confesó y practicó

cuantos actos religiosos pidieron de ella, siendo llevada por la tarde

al _Quemadero_ con toda la solemnidad que se acostumbraba en tales

actos.

Dolores López murió á las cinco de la tarde á manos del verdugo, que la

agarrotó, y su cadáver arrojóse á la hoguera que estaba preparada, y que

consumió bien pronto su cuerpo extenuado y débil.

La desdichada _Beata_ fué la última víctima sacrificada en el

_Quemadero_, y su memoria se conservó largos años entre el pueblo de

Sevilla, que había sido testigo de sus absurdas inmoralidades y

patrañas.

LIX

VIAJE REGIO

«Rey que, olvidando su raza, por razón que no penetro, ha trocado

su real cetro por la escopeta de caza.»

J. PICÓN.

Muchas veces los jefes de la nación han visitado nuestra ciudad, y

siempre han salido altamente satisfechos de las muestras de respecto y

cariño que el pueblo de Sevilla espontáneamente les ha dado; pero en

pocas ocasiones el júbilo popular ha llegado á tanto como llegó en 1796,

cuando por primera vez vino Carlos IV, acompañado de su esposa y la real

familia, á cumplir el voto hecho á San Fernando por la salud del

Príncipe de Asturias.

Desde que se supieron las primeras noticias del viaje el Ayuntamiento

comenzó á disponer el ornato público con gran lujo, llevando á cabo

muchas obras de importancia, restaurando algunos edificios, limpiando

calles y plazuelas, tomando multitud de disposiciones para que todo

estuviese al corriente, y excitando, por último, por medio de bandos el

celo del vecindario á fin de que se hiciera á Sus Majestades un digno

recibimiento.

Tuvo lugar la entrada de los Reyes en la mañana del 18 de Febrero,

presentando aquel día la ciudad el aspecto de las grandes solemnidades.

La carrera que iba á llevar la comitiva estaba engalanada con el mayor

lujo, ostentando las casas ricas colgaduras y adornos; en varios puntos

se habían levantado grandes arcos de follaje; el gentío era inmenso por

las calles, y lo dulce y sereno del tiempo contribuía á dar vida y

esplendor á aquellos animados cuadros.

Cuando los alegres repiques de la _Giralda_ anunciaron que el coche real

estaba próximo, la muchedumbre agitóse presa de curiosidad y

satisfacción.

En un coche iban Carlos IV, María Luisa y el Príncipe de Asturias; iba

en otro el infante D. Antonio, y seguían en distintos vehículos las

Infantas, las damas de honor, el Príncipe de la Paz, los Consejeros y la

alta servidumbre de palacio, escoltando la comitiva los guardias

españoles y walonas, los guardias de Corps y una sección de Alabarderos.

La regia comitiva, que desde el Ronquillo venía acompañada de comisiones

del Ayuntamiento, de la Maestranza y de la Sociedad de Medicina, llegó

al barrio de Triana, donde aguardaban á Sus Majestades, el Asistente,

conde de Fuente-Blanca, y los caballeros Veinticuatros, rodeados de

músicos, maceros y gran número de criados vestidos con ricas libreas.

Cruzó la comitiva las calles de Triana, y, pasado el puente de barcas,

siguió por las calles San Pablo, Ángel, Cerrajería, Sierpes, plaza de

San Francisco, Génova y Gradas, penetrando en el Alcázar, donde se

celebró el besamanos.

Tanto á Carlos IV como á su esposa les agradó mucho el aspecto de la

ciudad, y aquella tarde salieron en carruaje á pasear por la orilla del

río, donde Sus Majestades fueron objeto de las mayores pruebas de

adhesión por parte de todos los que habían acudido al paseo.

Concurrieron el día siguiente los Monarcas á la Catedral con el Príncipe

de Asturias, á quien sus padres colocaron cerca de la urna que guarda

los restos de D. Fernando III; y allí, después de orar largo rato, y

cumplido el voto, examinaron los Reyes y las personas que les

acompañaban las capillas de la basílica, examinando las joyas que allí

se conservan y los cuadros, esculturas y demás objetos del culto, que

son la admiración de cuantos los conocen.

Durante los días siguientes se organizaron muchos y diversos festejos,

cuya enumeración resultaría prolija si fuésemos á relatarlos utilizando

los detalles que tenemos á la vista, y que bien pueden dar materiales

para un curioso y largo trabajo.

En el teatro hubo funciones de gala, en la plaza de toros corridas por

mañana y tarde, bailes de etiqueta en la Lonja, juegos de artificio en

el prado de San Sebastián, y la Universidad Literaria dispuso una

mascarada lucidísima, y compuesta de gran número de personas, que

visitó el palacio, presentándose también ante el Cabildo Catedral y el

Ayuntamiento.

El Rey, siguiendo sus aficiones, asistió á varias cacerías en Gerena y

Santiponce, solazándose también con la pesca en San Juan de Aznalfarache

y visitando en los días 24, 25 y 26 de Febrero el monasterio de la

Cartuja, la Fundición de Cañones y la Maestranza de Artillería.

Para el día 27 se dispuso la marcha de la real familia, como así se

verificó, con toda la pompa y solemnidad del caso, haciendo el pueblo de

Sevilla á los Monarcas una despedida tan cariñosa como lo fué el

recibimiento.

Complacidísimo debió quedar el débil Carlos IV de su viaje á nuestra

población; y cuenta Matute en sus _Anales_ que el bueno del Rey decía en

la mesa muchas tardes antes de despedirse.

--¡Oh! ¡quién pudiera quedarse aquí siempre!

En el rico Archivo Municipal de Sevilla existen gran número de papeles

relativos á aquel viaje regio, del cual también conocemos dos relaciones

impresas por demás curiosas.

LX

BIBLIOTECA COLOMBINA

«Incalculables son las riquezas que allí existen en impresos y

manuscritos.»

T. SANZ.

Diferentes bibliotecas existen en Sevilla; pero la más notable de todas,

y quizá una de las mejores de Europa, es la biblioteca llamada

_Colombina_ por haber sido fundada por D. Hernando Colón, hijo del gran

Almirante descubridor del Nuevo Mundo.

Conocidas son las altas cualidades que D. Hernando poseía, y su decidida

afición á las artes y á las letras, de las cuales fué siempre protector

entusiasta. Gastó este hombre ilustre un capital bastante crecido en

adquirir ediciones raras y curiosas y volúmenes escritos en todas las

lenguas, llegando á reunir una selecta y numerosa biblioteca, que

ocupaba más de dos amplios salones en su casa, situada en el barrio de

San Vicente, de la que sólo se conserva hoy uno de los árboles que en su

extensa huerta tenía.

Murió D. Hernando Colón el 12 de Julio de 1539, y en su testamento

legaba los quince mil trescientos volúmenes (muchos de los cuales se han

perdido) que había reunido en su librería á su sobrino D. Luis, con la

precisa condición de gastar cada año una cantidad de las rentas en la

compra de obras con que aumentar la biblioteca.

No habiéndose D. Luis presentado á recoger la inestimable herencia de su

tío, y estando todos los volúmenes depositados en una sala del convento

de San Pablo, ordenó la Chancillería de Granada que aquéllos pasasen á

poder del Cabildo Catedral, que, según el testamento de D. Hernando, era

también llamado á poseerlos.

Instalóse, pues, la _Biblioteca Colombina_ en el lugar que hoy ocupa

hacia el año 1553, según dice un autor, y en ella se juntaron también

los volúmenes, bastante crecidos en número por cierto, que desde remota

fecha poseía el Cabildo.

Páginas sevillanas Sucesos Históricos, Personajes Célebres, Monumentos Notables, Tradiciones Populares, Cuentos Viejos, Leyendas y Curiosidades. · 第 11 / 16 段