trascurrido desde que se plantaron llaman actualmente la atención por su
lozanía, más aún que la llamaban cuando se colocó á principios del siglo
presente la lápida que acabamos de copiar.
Sevilla, que tantas y tantas tradiciones cuenta, no podía dejar de tener
algunas sobre estos rosales, y no solamente tiene una, sino varias; pero
nosotros nos limitaremos á relatar la más admitida, según hasta nuestros
oidos ha llegado.
Cuéntase que, después de fundado el hospital de la Caridad, D. Miguel de
Mañara, que acostumbraba á pasarse la mayor parte del día ejerciendo
obras meritorias, cuidando del buen orden y gobierno de la casa y
recogiendo limosnas para los enfermos, se entregaba varios ratos en su
celda á profundas meditaciones y fervorosos rezos, así como á la lectura
de libros piadosos que fortalecieran su espíritu y alejaran su
imaginación de toda idea pecaminosa.
Á veces, sin embargo, acudían á la mente del caballero algunos recuerdos
de sus años juveniles, cuando era su existencia nada pacífica ni
sosegada, cuando seguía con empeño galantes aventuras, y cuando llevaba
á efecto, en compañía de alegres camaradas, tantas empresas en las que
ponía á prueba su valor, su travesura ó su agudo ingenio.
Entre los recuerdos del pasado borrascoso alzábanse en la mente de D.
Miguel las figuras de varias mujeres á quienes había amado, y á las
cuales, por haberle quizá correspondido en demasía, había hecho derramar
muchas lágrimas.
Estas sombras que llegaban á turbar las meditaciones del entonces
piadoso caballero acongojaron más de una vez su espíritu; y cierta noche
en que vagaba por el jardín del hospital, sentóse en un banco, y
habiéndole acometido profundo sueño, vió en él á ocho damas cuyos
rostros guardaban perfecta semejanza con otras tantas que había
galanteado, y las cuales traían en las manos ocho rosas, que regaban con
el llanto que de sus ojos caía.
Se dice que en memoria de aquel sueño, y á manera de homenaje á las
infelices amadas del caballero, plantó éste en el jardín los ocho
rosales que aún se conservan, y los cuales cuidaba en vida don Miguel
con solícito esmero, pues diariamente cortaba sus hojas, arreglaba sus
ramas, poníalos al sol cuando lo habían de menester, y los regaba, sin
que consintiera nunca que nadie, sinó él, llevase á cabo estas
operaciones.
Después de muerto Mañara, la hermandad de la Caridad siguió cuidando
aquellas flores á que tanto cariño tuvo el fundador; y cuentan también
las tradiciones que en las noches de estío veíanse por el jardín ocho
sombras vestidas con blancos trajes, sueltos los cabellos y con los
rostros pálidos, que permanecían hasta el amanecer velando aquellos
ocho rosales, cada uno de los cuales representaba á una de las amadas
del caballero.
Como ya hemos dicho más arriba, á principios de siglo las macetas fueron
trasladadas al lugar que hoy ocupan, y donde puede aún verlas el que por
primera vez visite el hospital de la Caridad.
LVI
EL TORREÓN DEL DUENDE
«De vetustas raíces carcomidos, pálidos cual los restos de un
osario que brotan de las piedras desunidas en las terrazas, donde
nace á trechos el enebro lozano y espinoso...»
R. BLANCO ASENJO.
No lejos de la puerta llamada de la Macarena, única que aún se conserva
de las quince que tuvo Sevilla, hacia la mitad del trozo de muralla
romana que existe al Levante, se alza un torreón acerca del cual corrían
en boca del ignorante vulgo las más absurdas y fantásticas narraciones.
Era el torreón de elevada altura y de sólida construcción: en sus cuatro
lienzos veíanse pequeñas ventanas con gruesos hierros; en lo alto se
elevaban cuatro filas de almenas dentadas, y al pie crecían gigantescas
ortigas, malvas silvestres y campanillas blancas, cuyas matas subían por
el muro negruzco y toscamente labrado.
Esta mole de piedra, hoy casi destruída y olvidada, mirábanla con miedo
todos los habitantes del barrio de la Macarena, y ninguno, por jaque y
valentón que fuese, se atrevía á pasar de noche por el torreón, donde
era ya sabido que el diablo _Rascarrabias_ tenía su guarida.
El habitar allí el tal diablazo tenía también su razón, pues parece que
dentro de aquellos muros falleció al poco tiempo de la reconquista un
judío avaro y enemigo de Dios, el cual tomó tanta confianza con Lucifer
mismo, que le pidió un delegado suyo para que le acompañase en los ratos
de ocio, y el rey de los infiernos mandóle á _Rascarrabias_, que después
de estar mucho tiempo con el judío, cuando murió éste, quedó en el
torreón guardando su cadáver años y años.
Á mediados del siglo XVI parece que _Rascarrabias_ se cansó de estar
allí aburrido y sin hacer nada de provecho para su monarca, y huyó no se
sabe adónde, sin que se tuvieran más noticias de su vida y milagros.
Pero cuando las gentes sencillas se felicitaban por la ausencia del
endiablado vecino, apareció de pronto en el torreón el _duende
Narilargo_, el cual todas las noches, al dar las doce en el reloj de la
Catedral, salía á pasearse por la muralla envuelto en un amplio capuchón
negro, llevando en la cabeza una corona que despedía siniestros
fulgores, y lanzando al aire profundos y lastimeros ayes, que hacían
estremecer á las viejas y á los muchachos.
Contábanse de _Narilargo_ cosas estupendas y nunca oídas, y á él se le
achacaban todas las desgracias que en el populoso barrio ocurrían, sin
que fueran suficientes á atemorizarlo, ni los rezos, ni los votos, ni
los exorcismos. El _duende_ tomó cariño al torreón, y era imposible
arrojarle de él; pues en cierta ocasión en que la ronda, acompañada de
algunos frailes del próximo convento de la Trinidad, intentó escalar el
muro y sorprenderle en su guarida, cayó sobre ella tal chaparrón de
piedras y guijarros, que obligó á los ministros de la justicia á
desistir de su atrevida empresa.
En las noches sombrías y tempestuosas del crudo invierno, entre el ruido
monótono del aguacero y los silbidos del huracán furioso, salían del
torreón músicas extrañas, gritos de dolor, cantos ininteligibles, y las
estrechas ventanas se iluminaban con luces rojas que parecían enormes
pupilas de fuego, y de ellas se escapaba espeso humo, que flotaba sobre
aquellos lugares durante mucho tiempo.
Cerca de dos siglos vivió el _duende_ en el torreón, sin que nadie le
molestase, y desapareció un día como _Rascarrabias_, después de haber
sido el terror de muchas gentes y de haber prestado grandes servicios á
los contrabandistas, de quienes parece que _Narilargo_ fué muy gran
amigo.
Borróse poco á poco de la memoria de los macarenos el recuerdo de su
antiguo huésped. La acción destructora del tiempo grieteó aquellos
muros, rompió las almenas, hundió los sólidos techos, desfiguró las
ventanas, y hoy día el antiquísimo torreón del _duende_ se encuentra
abandonado y derruído, sin que nadie de los que cerca de él pasan tenga
conocimiento de quiénes fueron sus antiguos moradores.
Si, como está proyectado, se llevara á cabo algún día la restauración de
las murallas romanas de la Macarena, la antigua residencia de
_Rascarrabias_ y _Narilargo_ tomaría mejor aspecto, librándose de
desaparecer por completo, como puede suceder al seguir en su actual
estado de abandono.
LVII
UNA COFRADÍA
«Es tanto el mérito y perfección de la efigie de S. Juan
Evangelista, que no puede describirse.»
J. BERMEJO.
Las muchas cofradías que durante la Semana Santa hacen estación á la
Catedral gozan de gran fama desde muy antiguo por el lujo de sus
_pasos_, por la riqueza de sus insignias y por el mérito artístico de
las esculturas que ostentan á la pública devoción. En nuestros días una
de las hermandades que más llaman la atención de los viajeros que por
esta época del año visitan á Sevilla es la del _Cristo del Silencio_ y
la _Virgen de la Amargura_, establecida en la parroquia de San Juan
Bautista, y que sale en procesión la tarde del Domingo de Ramos.
La historia de esta Cofradía, que cuenta cerca de tres siglos de
existencia, quizá pueda tener algún interés para nuestros lectores; y en
esta creencia vamos á permitirnos dedicarle algunas líneas en los
apuntes que vamos reuniendo sobre Sevilla.
Algunos vecinos del barrio de San Julián organizaron á fines del siglo
XVII una hermandad en dicha iglesia, y después de no pocos trabajos,
consiguieron en la Semana Santa de 1699 salir en procesión, llevando
prestada la imagen de la Virgen de las Angustias, y la estatua de Jesús
que el escultor Pedro Roldán había construído hacía el 1680, á su
regreso del viaje que hizo á Jaén para concluir la portada de aquella
Catedral.
En los años siguientes al 1699 hizo también estación la Cofradía de que
nos vamos ocupando, aunque de manera bien modesta, pues los escasos
recursos de que la hermandad podía disponer no permitían otra cosa.
En 1718 se trasladó la hermandad á San Juan Bautista, colocando las
imágenes que ya poseía en una capilla, reformando los _pasos_ y
costeando un nuevo manto á la Virgen.
Por aquella época los escultores Pedro Duque Cornejo y Benito Hita del
Castillo construyeron las figuras que se ostentan en el _paso_ del
_Cristo del Silencio_, y el segundo de estos artistas hizo también el
San Juan que acompaña á la Virgen de la Amargura, y que es sin duda la
obra mejor y más acabada que su cincel produjo.
Desde el año 1783 hasta el 1788 salió la Cofradía unas veces el Jueves
Santo y otras el Domingo de Ramos; pero al poco tiempo, disgustos que
surgieron entre los individuos de la hermandad, hicieron que ésta cayese
en la mayor decadencia, no volviendo á hacer estación hasta el año
1808.
Nuevamente quedó casi disuelta la Cofradía, y así permaneció más de
veinte años, hasta que algunos jóvenes, por iniciativa de D. Fernando
Espinosa, Conde del Águila, se propusieron restablecerla, haciendo
estación en 1829 con el mayor lucimiento.
Los nazarenos de esta Cofradía fueron los primeros que usaron túnicas
blancas, estrenándolas en 1830. Desde esta fecha pocos son los años en
que ha dejado de salir, unas veces el Domingo de Ramos y otras el Martes
ó Miércoles Santos.
La hermandad, que cuenta hoy con fondos regulares, ha introducido en los
_pasos_ é insignias algunas reformas, costeando un rico manto á la
Virgen de la Amargura y unas andas nuevas al _paso_ del Cristo.
Éste es de largas dimensiones, y en su peana se ven prolijos adornos
dorados y algunos medallones de cierto mérito. Sobre ella aparece la
estatua de Jesús, vestido con blanca túnica y amarradas las manos con
cordones de plata, cuyas puntas sostienen dos soldados romanos, que
ejecutó Duque Cornejo, y que son muy inferiores á los otros dos que van
detrás, hechos por Hita del Castillo. Aunque los trajes y armas de estas
figuras contienen grandes anacronismos, la actitud de ambos y la
expresión que supo darles el artista merecen el mayor elogio.
En último término se levantaba un dosel, no de muy buen gusto, bajo el
que está sentado el Monarca de Judea, vestido con un traje que nada
tiene de adecuado, y sí mucho de impropio.
Va en el segundo _paso_ la Virgen de la Amargura, acompañada de San
Juan, que como ya dijimos es la estatua más notable que construyó Hita
del Castillo.
En la Semana Santa de 1893 ocurrió á esta Cofradía un accidente en
verdad desgraciado. Al llegar el segundo _paso_ ante la fachada del
Ayuntamiento, una de las velas prendió fuego al traje de la Virgen, y á
los pocos minutos las figuras se vieron envueltas en una gigantesca
llama, que amenazaba destruir todo aquel conjunto. Rápidamente acudieron
los hermanos á extinguir el fuego, que después de no poco trabajo fué
sofocado, padeciendo las imágenes algunos desperfectos, que después han
sido reparados.
La cofradía del _Cristo del Silencio_ es hoy de las que con más lujo y
ostentación se presentan, y la que con más afán acude á ver el público,
por ser la primera que sale en Semana Santa.
LVIII
LA BEATA DOLORES
«Pero como todos los extremos son viciosos... huyendo del Infierno
de la incredulidad, cayeron en el Limbo de la candidez.»
A. FLORES.
Hacia la derecha del prado de San Sebastián, y frente de la amplia
glorieta que hoy se extiende á la entrada del _Parque de María Luisa_,
estuvo situado durante algunos siglos el famoso _Quemadero_ de la
Inquisición, donde perecieron no pocas víctimas.
Levantóse esta construcción en los últimos años del siglo XV, y fué
destruída por completo en 1809, al acercarse á Sevilla las tropas
francesas. Componía la fábrica, según escribe el señor Palomo, «una mesa
cuadrada como de veinte varas de altura, cóncava en el centro, donde se
encendía la hoguera; y en los ángulos había cuatro columnas de diez pies
de alto empotradas en postes de ladrillo, y puestas sobre ellas otras
tantas grandes estatuas de barro cocido, de notable mérito artístico,
afianzadas con un espigón de hierro.»
Ignoramos quiénes serían los primeros desgraciados que allí sacrificó el
Tribunal, aunque algunos autores dicen que fué el arquitecto que dirigió
la obra; mas como han llegado hasta nosotros diversos datos sobre la
última víctima que pereció en el _Quemadero_, vamos á contar á nuestros
lectores el suceso, ocurrido en 1781, y del cual existen diversas
relaciones manuscritas é impresas.
Vivía en la capital de Andalucía, después de mediar el pasado siglo, una
mujer extravagante y alucinada, hija del pueblo y no muy favorecida por
la naturaleza en dotes físicas, la cual andaba siempre por las iglesias
y conventos asediando á los párrocos y á los frailes, á quienes trataba
de embaucar con los más absurdos cuentos y los más ridículas
narraciones, pretendiendo hacerles creer que tenía un ángel que le
aconsejaba todos sus actos, y que se le aparecían con frecuencia S.
José, S. Agustín, S. Juan Nepomuceno y otros santos, que estaban de
continuo instándole á cometer los actos más absurdos que es dado
imaginar. Llamábase ésta María de los Dolores López, conocida por la
_Beata Dolores_; y aunque se decía que había quedado ciega desde la edad
de doce años, aseguraban muchos testigos haberla visto coser y bordar
con primor, subir escaleras con las manos ocupadas, y dar minuciosas
señas de algunas personas como si las hubiese tenido ante sus ojos.
Largos años estuvo esta mujer entregada á los más lamentables extravíos:
hemos tenido ocasión de leer un extracto de su proceso, y renunciamos á
describir las acusaciones que se le hacían, pues por ellas se saca la
gran inmoralidad en que vivía y los repugnantes vicios á que de continuo
se entregaba. Bástele á nuestros lectores saber que, según se dice en el
extracto citado, _María de los Dolores_ «corrompió á una beata, con
quien tuvo entretenimientos poco honestos», sedujo á su confesor, con
quien vivió más de doce años, á pesar de que él la rechazaba de
continuo, aseguraba que tenía continuos éxtasis, y decía con la mayor
frescura las más graves blasfemias y espantosas herejías.
Presa en las cárceles de la Inquisición estuvo largo tiempo, sin que
pudiera sacarla de sus errores ninguno de los religiosos que de continuo
la visitaban, entre los cuales se contó el célebre Fr. Diego de Cádiz,
quien, no pudiendo conseguir de ella la menor frase de arrepentimiento,
se despidió de los inquisidores diciendo «que trabajar con ella era
gastar el tiempo en vano; que él no tenía corazón para ver tanta dureza
y ceguedad, y que tan lejos estaba de poderla convertir, que podía temer
que ella lo pervirtiese.»
Terminado el proceso por los señores del Santo Oficio, se la condenó á
muerte por _hereje formal_, _apóstata_, _iludente_, _ilusa_,
_revocante_, _pertinaz_, _impenitente_ y _fingidora_, señalándose para
el día 24 de Agosto de 1781 la ejecución de la sentencia.
Cuarenta y cinco años hacía que no se presenciaba en Sevilla un auto de
fe, y al anuncio de éste se notó gran animación en la ciudad, viniendo
á ella para presenciar el triste espectáculo multitud de gentes de los
pueblos de los alrededores.
En las primeras horas del día 24 salió de las mazmorras la ciega, á
quien montaron en un borriquillo, vistiéndola con su coroza de llamas y
trajes talares.
En el castillo de Triana se formó la comitiva que había de acompañar á
la reo en su último viaje, y que estaba compuesta del clero de Santa
Ana, de los familiares de la Inquisición y de unos cuantos frailes que,
con hachas encendidas, iban rezando en voz alta.
Hallábanse en la iglesia de San Pablo los individuos del Santo Oficio,
muy graves y muy cejijuntos, sentados bajo un rico dosel, y con ellos
estaban en lugares determinados el Asistente de la ciudad, el Alguacil
Mayor, el Alcalde de las cárceles secretas, los Comisarios y muchos
dependientes de la Inquisión, y padres de distintas órdenes.
Leído el voluminoso proceso, y la sentencia, por los secretarios, se
entregó la reo á la justicia ordinaria, sacándola del templo, donde
continuó la misa, y conduciéndola á la plaza de San Francisco, en cuyo
punto, al oir que la pena que se le imponía era la de ser quemada viva,
se arrojó al suelo presa de la mayor desesperación, dando terribles
gritos y llorando del modo más amargo. Entonces los frailes, creyendo
que se convertía, la volvieron á la cárcel, donde confesó y practicó
cuantos actos religiosos pidieron de ella, siendo llevada por la tarde
al _Quemadero_ con toda la solemnidad que se acostumbraba en tales
actos.
Dolores López murió á las cinco de la tarde á manos del verdugo, que la
agarrotó, y su cadáver arrojóse á la hoguera que estaba preparada, y que
consumió bien pronto su cuerpo extenuado y débil.
La desdichada _Beata_ fué la última víctima sacrificada en el
_Quemadero_, y su memoria se conservó largos años entre el pueblo de
Sevilla, que había sido testigo de sus absurdas inmoralidades y
patrañas.
LIX
VIAJE REGIO
«Rey que, olvidando su raza, por razón que no penetro, ha trocado
su real cetro por la escopeta de caza.»
J. PICÓN.
Muchas veces los jefes de la nación han visitado nuestra ciudad, y
siempre han salido altamente satisfechos de las muestras de respecto y
cariño que el pueblo de Sevilla espontáneamente les ha dado; pero en
pocas ocasiones el júbilo popular ha llegado á tanto como llegó en 1796,
cuando por primera vez vino Carlos IV, acompañado de su esposa y la real
familia, á cumplir el voto hecho á San Fernando por la salud del
Príncipe de Asturias.
Desde que se supieron las primeras noticias del viaje el Ayuntamiento
comenzó á disponer el ornato público con gran lujo, llevando á cabo
muchas obras de importancia, restaurando algunos edificios, limpiando
calles y plazuelas, tomando multitud de disposiciones para que todo
estuviese al corriente, y excitando, por último, por medio de bandos el
celo del vecindario á fin de que se hiciera á Sus Majestades un digno
recibimiento.
Tuvo lugar la entrada de los Reyes en la mañana del 18 de Febrero,
presentando aquel día la ciudad el aspecto de las grandes solemnidades.
La carrera que iba á llevar la comitiva estaba engalanada con el mayor
lujo, ostentando las casas ricas colgaduras y adornos; en varios puntos
se habían levantado grandes arcos de follaje; el gentío era inmenso por
las calles, y lo dulce y sereno del tiempo contribuía á dar vida y
esplendor á aquellos animados cuadros.
Cuando los alegres repiques de la _Giralda_ anunciaron que el coche real
estaba próximo, la muchedumbre agitóse presa de curiosidad y
satisfacción.
En un coche iban Carlos IV, María Luisa y el Príncipe de Asturias; iba
en otro el infante D. Antonio, y seguían en distintos vehículos las
Infantas, las damas de honor, el Príncipe de la Paz, los Consejeros y la
alta servidumbre de palacio, escoltando la comitiva los guardias
españoles y walonas, los guardias de Corps y una sección de Alabarderos.
La regia comitiva, que desde el Ronquillo venía acompañada de comisiones
del Ayuntamiento, de la Maestranza y de la Sociedad de Medicina, llegó
al barrio de Triana, donde aguardaban á Sus Majestades, el Asistente,
conde de Fuente-Blanca, y los caballeros Veinticuatros, rodeados de
músicos, maceros y gran número de criados vestidos con ricas libreas.
Cruzó la comitiva las calles de Triana, y, pasado el puente de barcas,
siguió por las calles San Pablo, Ángel, Cerrajería, Sierpes, plaza de
San Francisco, Génova y Gradas, penetrando en el Alcázar, donde se
celebró el besamanos.
Tanto á Carlos IV como á su esposa les agradó mucho el aspecto de la
ciudad, y aquella tarde salieron en carruaje á pasear por la orilla del
río, donde Sus Majestades fueron objeto de las mayores pruebas de
adhesión por parte de todos los que habían acudido al paseo.
Concurrieron el día siguiente los Monarcas á la Catedral con el Príncipe
de Asturias, á quien sus padres colocaron cerca de la urna que guarda
los restos de D. Fernando III; y allí, después de orar largo rato, y
cumplido el voto, examinaron los Reyes y las personas que les
acompañaban las capillas de la basílica, examinando las joyas que allí
se conservan y los cuadros, esculturas y demás objetos del culto, que
son la admiración de cuantos los conocen.
Durante los días siguientes se organizaron muchos y diversos festejos,
cuya enumeración resultaría prolija si fuésemos á relatarlos utilizando
los detalles que tenemos á la vista, y que bien pueden dar materiales
para un curioso y largo trabajo.
En el teatro hubo funciones de gala, en la plaza de toros corridas por
mañana y tarde, bailes de etiqueta en la Lonja, juegos de artificio en
el prado de San Sebastián, y la Universidad Literaria dispuso una
mascarada lucidísima, y compuesta de gran número de personas, que
visitó el palacio, presentándose también ante el Cabildo Catedral y el
Ayuntamiento.
El Rey, siguiendo sus aficiones, asistió á varias cacerías en Gerena y
Santiponce, solazándose también con la pesca en San Juan de Aznalfarache
y visitando en los días 24, 25 y 26 de Febrero el monasterio de la
Cartuja, la Fundición de Cañones y la Maestranza de Artillería.
Para el día 27 se dispuso la marcha de la real familia, como así se
verificó, con toda la pompa y solemnidad del caso, haciendo el pueblo de
Sevilla á los Monarcas una despedida tan cariñosa como lo fué el
recibimiento.
Complacidísimo debió quedar el débil Carlos IV de su viaje á nuestra
población; y cuenta Matute en sus _Anales_ que el bueno del Rey decía en
la mesa muchas tardes antes de despedirse.
--¡Oh! ¡quién pudiera quedarse aquí siempre!
En el rico Archivo Municipal de Sevilla existen gran número de papeles
relativos á aquel viaje regio, del cual también conocemos dos relaciones
impresas por demás curiosas.
LX
BIBLIOTECA COLOMBINA
«Incalculables son las riquezas que allí existen en impresos y
manuscritos.»
T. SANZ.
Diferentes bibliotecas existen en Sevilla; pero la más notable de todas,
y quizá una de las mejores de Europa, es la biblioteca llamada
_Colombina_ por haber sido fundada por D. Hernando Colón, hijo del gran
Almirante descubridor del Nuevo Mundo.
Conocidas son las altas cualidades que D. Hernando poseía, y su decidida
afición á las artes y á las letras, de las cuales fué siempre protector
entusiasta. Gastó este hombre ilustre un capital bastante crecido en
adquirir ediciones raras y curiosas y volúmenes escritos en todas las
lenguas, llegando á reunir una selecta y numerosa biblioteca, que
ocupaba más de dos amplios salones en su casa, situada en el barrio de
San Vicente, de la que sólo se conserva hoy uno de los árboles que en su
extensa huerta tenía.
Murió D. Hernando Colón el 12 de Julio de 1539, y en su testamento
legaba los quince mil trescientos volúmenes (muchos de los cuales se han
perdido) que había reunido en su librería á su sobrino D. Luis, con la
precisa condición de gastar cada año una cantidad de las rentas en la
compra de obras con que aumentar la biblioteca.
No habiéndose D. Luis presentado á recoger la inestimable herencia de su
tío, y estando todos los volúmenes depositados en una sala del convento
de San Pablo, ordenó la Chancillería de Granada que aquéllos pasasen á
poder del Cabildo Catedral, que, según el testamento de D. Hernando, era
también llamado á poseerlos.
Instalóse, pues, la _Biblioteca Colombina_ en el lugar que hoy ocupa
hacia el año 1553, según dice un autor, y en ella se juntaron también
los volúmenes, bastante crecidos en número por cierto, que desde remota
fecha poseía el Cabildo.