El caballero, con los ojos desmesuradamente abiertos, el cabello erizado

y descompuesto el rostro, tuvo aún fuerzas para recoger el velón y

aplicar la luz á aquel rincón de la sala. Era el cuerpo de un hombre

joven, tenía la cabeza separada del tronco, tronchadas las piernas y

cortadas ambas manos por las muñecas. La luz cayó de sus manos, y quedó

á oscuras. D. Álvaro buscó á tientas la puerta, presa del mayor terror,

y cuál no sería su angustia al notar que estaba cerrada por fuera.

Entonces, y haciendo un supremo esfuerzo, trató de abrirla con

desesperación, valiéndose de sus manos, dando porrazos con sus pies, y

procurando, por último, hacer saltar la cerradura con la punta de su

espada. Este recurso extremo le proporcionó el placer de encontrarse en

la calle, después de haber sufrido los minutos más terribles de su vida;

pero cuando se consideraba libre y comenzaba á retirarse con

precipitados é inciertos pasos de aquel sitio, vió de pronto aparecer

cerca de él dos embozados con las espadas desnudas, que, acompañados de

la dama, se disponían á acometerle. D. Álvaro se volvió hacia atrás, y

sacando fuerzas de flaquezas emprendió la más rápida carrera que le fué

posible, internándose entre los revueltos callejones, donde merced á las

tinieblas pudo escaparse de la persecución de que era objeto.

Cuando estuvo ya solo, no pudo resistir por más tiempo las impresiones

que había, recibido, y cayó al suelo sin conocimiento.

Al volver en sí era ya día claro, y unos vecinos de la plaza de D.ª

Elvira lo habían encontrado al amanecer, y suponiendo por su tipo y

porte que era persona distinguida, lo recogieron, prodigándole toda

clase de cuidados. D. Álvaro refirió á todos lo que le había acontecido:

dióse parte á la justicia, y cuando ésta se presentó en la casa no

encontró ni el mutilado cadáver ni la más leve señal de que allí hubiese

habido álguien recientemente. La accesoria estaba vacía y desalquilada

desde mucho tiempo antes, no siendo posible, apesar de cuantas

diligencias se practicaron, descubrir nada de aquel crimen, que quedó

envuelto como otros tantos en el misterio, así como sus tenebrosos

autores.

L

LA CRUZ DE LA CERRAJERÍA

«Se encargó á la pericia del célebre rejero Sebastián Conde la

construcción de una cruz de hierro.»

VELÁZQUEZ Y SÁNCHEZ.

Las calles de nuestra población estaban en lo antiguo llenas de

arquillos, retablos y cruces, que les daban un aspecto por demás sombrío

é interceptaban el paso de los transeuntes.

Era una de las más famosas de las cruces la que se alzaba frente al

convento de las Mínimas, y de cuya historia vamos á hacer un breve

extracto.

Los vecinos devotos del barrio del Salvador acordaron en 1692 colocar

una cruz de hierro en la confluencia de las calles Sierpes (que entonces

se llamaba Espaderos) y Cerrajería, encargando su construcción á

Sebastián Conde, famoso maestro rejero, que por su habilidad y pericia

gozaba de bastante nombre en aquella época.

Instalóse la Cruz el 1.º de Noviembre del ya citado año, después de

haber dado permiso el Ayuntamiento, celebrándose en el lugar donde fué

colocada una solemne función religiosa, que se repetía todos los años el

3 de Mayo, hasta que en 1729, con motivo de la visita de la Corte á

Sevilla, se condujo la Cruz al convento de las Mínimas, para restituirla

á su sitio cuando terminasen las fiestas. Pero transcurrió el tiempo sin

que tal idea se llevase á cabo, y esto dió lugar á que en la sequía de

1734 pidiesen los vecinos su reinstalación, la cual se llevó á efecto

coincidiendo con ella una abundante lluvia, que todos tuvieron como

palpable milagro.

Volvió á quitarse la Cruz en 1796, y otra vez instalada, tornó á

removerse en 1816, cuando las Princesas del Brasil pasaron por nuestra

capital con dirección á la corte de España.

Por último, en 1818 se colocó nuevamente, desapareciendo al fin en 1847,

y siendo llevada al museo arqueológico instalado en el ex-convento de la

Merced, donde en la actualidad se encuentra.

Esta Cruz, acerca de la cual corrían en boca del vulgo no pocas

tradiciones, es una obra de gran trabajo, aunque no de muy buen gusto.

En los primeros años del siglo XVIII fué muerto en desafío al pie de

ella un caballero de la nobleza sevillana, famoso en su tiempo por sus

amoríos y su vida galante y aventurera.

La muerte de este caballero quedó envuelta en el misterio, sin que la

justicia pudiera sacar nada en claro de las averiguaciones que se

hicieron; y es fama que el santo tribunal de la Inquisición tomó cartas

en el asunto, y por su mandato cesaron todas las diligencias y todas las

investigaciones.

Años después acostumbraba á colocarse todas las noches al pie de la cruz

de la Cerrajería un hombre de aspecto venerable, el cual, hincado de

rodillas, parecía orar con la mayor devoción, pasando allí horas enteras

con la cabeza baja, como sumido en profundas meditaciones.

Pero cuando después del toque de _Queda_ pasaba cerca del devoto algún

trasnochador, veía con gran sorpresa que el pecador contrito se erguía

con la mayor presteza, y sacando una enorme navaja de la capa,

desbalijaba al transeunte de cuanto dinero ó ropa llevaba encima.

Por los años de 1800 al pié de la Cruz se celebraban alegres festejos

populares, y en las noches de primavera y estío se adornaba de flores y

de farolillos, reuniéndose en el corro los majos y majas, que bailaban

al són de guitarras y castañuelas.

En la cruz de la Cerrajería solían hacer estación las hermandades del

Rosario que á media noche recorrían las calles de la ciudad, y que no

siempre terminaban con el mayor orden, pues en muchas ocasiones se

promovían algaradas y motines, en los que tuvo más de una vez que

intervenir la ronda para poner en paz á los fervientes devotos, que con

la mejor buena fe se propinaban sendos garrotazos, labrando así la fama

de que hoy gozan los _Rosarios de la Aurora_.

Se dice que en la Cerrajería existió también otra cruz de madera,

adosada al muro de una casa; pero acerca de ésta conocemos bien escasos

detalles, y por tal motivo dejamos de ocuparnos de ella.

LI

EL CAPITÁN YELVES

«Pero los seres que, teniendo conciencia, se cubren con el antifaz

de la hipocresía, fingiendo la virtud que más conviene á sus

designios, no son ya viciosos, sinó criminales.»

ADOLFO LLANOS.

Pocos de nuestros lectores habrán oído el nombre de este militar, cuya

historia no deja de ser interesante y curiosa, y á título de lo qué

vamos á narrarla, siguiendo para ello las escasas noticias que de dicho

sujeto hemos podido encontrar.

D. Gaspar de Yelves era descendiente de una conocida familia de Castilla

la Nueva, y nacido en nuestra ciudad poco antes de mediar el siglo XVII,

siendo educado con bastante esmero por sus padres, señores muy amantes

de sus rancios pergaminos y del mayor ó menor brillo de su casa.

Apenas tuvo la edad precisa D. Gaspar, ingresó en el ejército y militó

largos años bajo las órdenes de algunos ilustres caudillos,

encontrándose en las campañas de Portugal sostenidas por el rey Felipe

IV, y en otras guerras, donde se distinguió por su bravura y arrojo.

Cansado ya de la vida agitada, y no queriendo correr, según parecía, más

riesgos, D. Gaspar Yelves se retiró del ejército y contrajo matrimonio

con una dama rica y huérfana, en compañía de la que parecía disfrutar de

la mayor tranquilidad y ventura.

Hacia el año 1672 D. Gaspar y su esposa vivían en una casa de buen

aspecto, que estaba situada en la calle de Alfaqueque, y frecuentaban el

trato de las personas más conocidas y principales del barrio de San

Vicente, quienes les guardaban toda clase de deferencias y atenciones.

El Capitán Yelves era, así en su trato como en sus modales, un perfecto

caballero, y era hombre muy instruído y de amena conversación, que se

captaba las simpatías de todos por su carácter franco y expansivo y por

su esplendidez y generosidad.

Ajeno de cuidados parecía vivir al lado de su esposa, y cuantos le

trataban creíanle feliz y dichoso, no faltando muchos que le envidiasen

y se hicieran lenguas de las buenas cualidades que poseía.

Al poco tiempo de instalarse D. Gaspar Yelves en su domicilio de la

calle Alfaqueque, comenzó á hacer algunos viajes, que le tenían alejado

de su casa varios días y semanas; y, según su mujer manifestaba á los

que iban á verle, negocios relacionados con unos bienes que estaban en

pleito eran los motivos de las ausencias del marido.

Nadie ponía esto en duda, y todos creían de buena fe á la señora, cuyas

palabras gozaban el mejor concepto.

Por los años de 1695, y cuando España atravesaba una situación harto

lamentable bajo el reinado del _Hechizado_ Monarca, aparecieron en los

campos andaluces unas numerosas partidas de bandoleros, que con la mayor

audacia llevaban á cabo robos y atropellos incalificables, cometiendo

también crueles asesinatos y brutales excesos.

Estas cuadrillas de ladrones eran el terror de la gente honrada; y

aunque las autoridades ponían en juego toda clase de resortes, nunca

podían echar mano á aquellos foragidos, que con exquisita táctica sabían

burlar á la justicia, y eran tan diestros en borrar las huellas de sus

pasos, como sanguinarios en la comisión de sus execrables delitos.

El capitán retirado D. Gaspar de Yelves seguía mientras tanto haciendo

sus frecuentes viajes, y el último que hizo á mediados del 1697 se

prolongó tanto, que puso en cuidado á su esposa y á cuantos eran sus

amigos.

Por aquellos días habían verificado los bandoleros un robo de gran

consideración en una iglesia, y fué tanta la actividad que se desplegó

entonces por la justicia, que no tardaron en ser capturados algunos de

los autores del hecho, siendo conducidos á la cárcel de Sevilla y

ahorcados en el mes de Enero de 1698 en la plaza de San Francisco.

Cuando el que aparecía como jefe de la partida llegó al patíbulo,

algunos de los que presenciaban la triste escena no pudieron contener

un grito de admiración y sorpresa. El capitán de los bandidos era el

capitán retirado D. Gaspar Yelves, que de tantas simpatías y

consideraciones gozaba en Sevilla.

La cabeza del reo--según dice un autor--estuvo tres días pendiente de

una escarpia en la fachada de la casa de la calle Alfaqueque, y el

cuerpo fué descuartizado, según la bárbara costumbre de aquellos

tiempos.

LII

EL COLEGIO DE SAN TELMO

«Dignos son de la residencia de un príncipe los jardines, el parque

y el palacio de San Telmo.»

J. GUICHOT.

En las afueras de la extinguida puerta de Jerez, y hacia la orilla del

río, se alza un magnífico palacio que sirve de habitual residencia á una

Infanta de España tan virtuosa como estimada del pueblo de Sevilla.

Este edificio, que ocupa una amplia extensión de terreno, es de los más

hermosos que existen en la capital, no sólo por la posición en que se

encuentra situado, sinó por el lujo de sus salones y sus comodidades y

desahogo.

En él estuvo el _Colegio de San Telmo_, de cuya historia vamos á hacer

un breve extracto, que no hará mal entre estas breves noticias que vamos

reuniendo.

D. Fernando Colón, hijo del insigne navegante, propuso en 1539 al

emperador Carlos V la fundación de un Colegio en el cual se instruyese

á los niños huérfanos para destinarlos á la marinería y pilotaje.

Propuso también aquel docto y sabio bibliófilo que dicho Colegio se

estableciera en lugar próximo al río, en el barrio de los Humeros y en

terrenos de su propiedad, demostrando vivos deseos de que se organizara

una clase especial de Matemáticas, á la cual serían llamados los mejores

profesores de esta ciencia que entonces había en España, y que por

cierto no eran muchos.

El loable proyecto de D. Fernando no encontró apoyo en el Emperador ni

en las personas de influencia y dineros; y al morir el hijo del

Almirante quedó olvidado, hasta que, cerca de dos siglos después, Carlos

II ordenó la fundación del Colegio, nombrando Juez al Presidente de la

Contratación, y disponiendo que lo administraran los individuos de la

_Universidad de Mareantes_ establecida en el populoso barrio de Triana

desde mediados del siglo XVII.

Construyóse el edificio cerca de la puerta de Jerez, siguiendo la

opinión de inteligentes alarifes, dando comienzo los trabajos en 1682 y

terminándose éstos en 1733.

La portada principal del Colegio (que era tal como se encuentra) es de

pésimo gusto, recargada de adornos y estatuas, y pertenece al estilo

churigueresco. Según hemos visto en algunos papeles consultados para

escribir estos apuntes, costó la obra 50.000 pesos, y duró desde el

1725 hasta el 1797.

De aquel Colegio salieron no pocos hombres notables, y los nombres de

muchos de ellos han pasado á la posteridad, que los admira.

El rey Carlos III dió nuevas ordenanzas al colegio de San Telmo, que

desde entonces, extinguida ya la _Universidad de Mareantes_, dependió

del Ministerio de Marina.

El año 1850 suprimióse el Colegio, y el amplio y hermoso edificio se

cedió á los Duques de Montpensier, los cuales establecieron allí su

residencia, después de llevar á cabo muchas é importantes reformas en el

vasto local.

En sus salones reunieron objetos de gran valor, antigüedades y muebles

riquísimos, y con ellos una colección de cuadros de autores españoles,

italianos y franceses, entre los cuales figuraban Murillo, Velázquez,

Zurbarán, Morales, Frutet, Piombio, Bessano, Valdemeulen, Duval y otros

muchos; pero esta riquísima galería de obras pictóricas se ha deshecho

en gran parte, pasando las obras á poder de individuos de la familia

Real.

Los jardines que rodean el palacio son quizá los más deliciosos de

cuantos existen en la ciudad; y lo mismo en los serenos días de

invierno, que en las agradables tardes de primavera y estío, ofrecen al

que pasea por ellos grato solaz y agradable y honesto esparcimiento.

Hace poco tiempo S. A. R. la Infanta viuda de Montpensier ha llevado á

cabo un buen rasgo de generosidad, cediendo gran parte de estos jardines

al pueblo de Sevilla para que pueda disfrutar de ellos. Actualmente,

llevadas á cabo las obras necesarias para abrir aquellos jardines al

público, son de los más concurridos de la capital.

LIII

LA PUERTA DE TRIANA

«¡Gran lástima fué la demolición de una puerta como la de Triana,

que tanto mérito tenía!»

C. P.

La más hermosa y acabada de cuantas puertas tenía Sevilla era la de

Triana, á la que vamos á dedicar un recuerdo, que quizá sea leído con

gusto por los que alcanzaron á verla.

Debióse su traza, según la opinión más recibida, al notable arquitecto

Juan de Herrera, que tan soberbios monumentos dejó en nuestra ciudad, y

quedó concluída á fines del año 1588, derribándose para hacerla otra

antigua puerta que estaba á la entrada del barrio de la Cestería.

Constaba la puerta de Triana de un solo cuerpo de arquitectura, de orden

dórico, y presentaba dos soberbias fachadas de gran elevación y

magnífico aspecto. Á ambos lados de su arco existían cuatro colosales y

estriadas columnas, que descansaban en sólidos pedestales y sostenían

una gran cornisa, en la que se hallaba un balcón espacioso y de largas

dimensiones; rematando el monumento en un ático triangular, adornado de

estatuas de regular tamaño y vistosas pirámides hábilmente labradas.

Bajo la cornisa del balcón existía una lápida, cuya inscripción latina

decía lo siguiente, según la traducción de un escritor muy versado en

las antigüedades de nuestra ciudad:

«_Siendo poderosísimo rey de las Españas y de nuestras provincias por la

parte del orbe Felipe II, el amplísimo Regimiento de Sevilla juzgó deber

ser adornada esta puerta nueva de Triana, puesta en nuevo sitio,

favoreciendo la obra y asistiendo á su perfección D. Juan Hurtado de

Mendoza y Guzmán, Conde de Orgaz, superior vigilantísimo en la misma

floreciente ciudad en el año de la salud cristiana de 1588._»

En la Puerta que vamos describiendo hallábase el extenso salón llamado

el _Castillo_, donde estaban las celdas que servían de prisión á los

nobles y caballeros de importancia.

Era esta Puerta la que más se adornaba en las festividades públicas, no

se cerraba á ninguna hora de la noche, y por ella entraron los monarcas

Felipe V, en 1729; Carlos IV, en 1796; Fernando VII, en 1823, y la reina

Isabel II, en 1862.

Delante del monumento se extendía el espacioso llano donde después se ha

construído la calle Reyes Católicos, y este lugar era sumamente

concurrido por los desocupados, que allí acudían á tomar el sol en

invierno, y á refrescarse en las noches de estío.

Cerca del arco de la puerta se encontraba á principios del siglo, en un

hueco de la pared, el célebre cafetín llamado de _Julio César_, donde se

reunían los rateros y truhanes que mejor cobraban el barato y tenían

siempre cuentas pendientes con la justicia.

En los días de toros el aspecto de los alrededores de la puerta de

Triana era en extremo alegre y animado, pues por debajo de aquel arco

pasaban las _manolas_, vestidas con ricos trajes; los majos, de

redecilla y castoreño, y los calesines, tirados por fogosas jacas,

adornadas de borlas, campanillas y cascabeles.

En la calle de San Pablo estaban entonces muchas de las posadas y

mesones que existían en Sevilla, y por esto veíanse reunidos siempre

junto á la puerta de Triana pintorescos grupos, formados por los hijos

de las distintas provincias, que llegaban á nuestra capital á vender los

productos de sus pueblos y á realizar multitud de tráficos y negocios

más ó menos importantes.

Cerca de la Puerta existían dos fuentes, una de las cuales se conserva

todavía, aunque muy variada, y que se construyó el año 1816 por el

asistente de la ciudad D. Francisco Laborda y Pleyler.

Entre los recuerdos históricos que iban unidos á esta notable puerta

sólo mencionaremos dos de no poca importancia. En Mayo de 1808 fué

arcabuceado en ella por las turbas populares el Conde del Águila, y en

Junio de 1823 el valiente López Baño penetró por ella después de haber

derribado á cañonazos sus hojas.

El soberbio monumento á que hemos dedicado estas líneas fué derribado en

1869, sin que bastaran á impedir su destrucción ni lo magnífico de la

obra ni los recuerdos históricos que en sí tenía.

LIV

EL CONVENTO DE SAN FRANCISCO

«El convento casa grande de San Francisco, reputado como uno de los

templos más notables de España.»

J. GUICHOT.

Uno de los mejores y más amplios edificios que las Órdenes religiosas

tenían en Sevilla era el convento de San Francisco, al que el vulgo daba

el nombre de _Casa grande_, y que ocupaba todo el terreno donde hoy

existe la plaza de San Fernando y varias de las calles que en ella

desembocan.

La iglesia del Convento era verdaderamente notable por su arquitectura;

sólo tenía una nave, pero de grandeza y capacidad; en sus paredes había

lienzos debidos á los más reputados maestros sevillanos; en sus altares

primorosas esculturas de Montañés, Roldán, Cornejo, Hita del Castillo y

Monler; y encerraba además el templo muchas riquezas en telas, joyas y

objetos del culto.

Tenía aquél su entrada por el arco que hace esquina á la calle Tintores,

y de él se pasaba al compás, donde existía la capilla de San Antonio de

los Portugueses.

En el convento de San Francisco existían gran número de buenas capillas,

y en ellas se encontraban establecidas las hermandades siguientes: la de

_San Luis de Francia_, la de _San Eligio_, la de _La Palma de los

Vizcaínos_, la de _Nuestra Señora de los Reyes y San Mateo_, la del

_Calvario_, la de _Nuestra Señora de Belén_, la de _San Antonio de los

Castellanos_, la de _Ánimas_, la de _Santiago_, la de la _Vera-Cruz_, la

de _Nuestra Señora del Rescate_, y por último la muy famosa del _Pecado

mortal_.

Poseía el Convento hermosos y alegres patios, con fuentes de abundante

agua, que le concedió el rey D. Enrique _el Doliente_; amplias galerías

con bellos artesonados; salones capaces para reunir gran número de

personas; multitud de celdas y dependencias, y una extensa huerta,

objeto de muchos cuidados, en la cual había toda clase de flores y

variados frutos, y en la que los regulares pasaban ratos muy deliciosos.

En los días tranquilos y transparentes del invierno y en las poéticas

tardes de primavera, ¡con cuánto sosiego verían los religiosos

deslizarse las horas en aquella huerta, lejos de los ruidos del mundo, y

escuchando sólo el alegre canto de las aves, el murmullo de las aguas ó

el manso ruido de las hojas mecidas suavemente por la brisa!...

El convento de San Francisco debió su fundación al rey D. Fernando III,

que lo cedió á los religiosos de la Orden que con él vinieron á la

conquista de Sevilla.

Ignórase cual sería el lugar primitivo donde se estableció, pero se sabe

con certeza que en el año 1268 D. Alfonso _el Sabio_ hizo que los

franciscanos se trasladasen á un palacio de su propiedad, el cual no es

otro que el edificio de que nos vamos ocupando.

D. Pedro _el Justiciero_ costeó algunas importantes obras en la casa,

haciendo que ésta se ampliase y dispusiera de mayores comodidades.

Los monarcas D. Enrique III y D. Juan II no escasearon sus mercedes al

convento de San Francisco, haciendo que éste fuera el mejor y más amplio

entre los innumerables que tenía la ciudad.

Durante el siglo XV se efectuaron obras de bastante importancia en el

edificio, y en 1650, habiéndose derrumbado buena parte de los techos,

construyéronse éstos nuevamente, así como varias capillas y altares.

Nada ocurrió en el Convento digno de ser mencionado durante el pasado

siglo, ó al menos hasta nosotros no ha llegado la noticia de ningún

hecho que merezca consignarse en estos apuntes; pero en 1810 sobrevino

una catástrofe que produjo la indignación de todos por las

circunstancias que en ella se pudieron notar.

Cuando los franceses entraron en Sevilla alojóse en la _Casa grande_ un

regimiento de línea, y en la madrugada del día 1.º de Noviembre se

declaró de pronto un voraz incendio, que destruyó en pocas horas todo

aquel inmenso edificio, quedando únicamente la iglesia y los muros

exteriores.

Los franceses nada hicieron por apagar el fuego; y como quiera que al

instante de iniciarse éste los invasores pusieron á salvo sus equipos y

demás utensilios, huyendo luego del lugar del siniestro, creyóse con

razón bastante fundada que el hecho distó mucho de ser casual.

En 1813 se abrió de nuevo al culto la iglesia, comenzando las obras de

reconstrucción del Convento en 1815, las cuales se siguieron muy

lentamente, trascurriendo años sin adelantar gran cosa, y sin que

pudiera acabarse más que un patio y algunas galerías y celdas.

Llegó la exclaustración en 1835, y entonces se suspendieron para siempre

los trabajos, la iglesia quedó separada del resto del edificio, y éste

sirvió largo tiempo para cuartel de los milicianos de la ciudad.

Iglesia y cuartel desaparecieron más tarde, y en Febrero del año 1850 se

colocó en aquellos lugares la primera piedra para edificar la hermosa

plaza de San Fernando.

LV

LOS ROSALES DE MAÑARA

«Rosales que, cuando al soplo de los céfiros gemían, para Mañara

decían tenues frases de dolor: cada rosal recordaba tristemente á

su memoria amarga y llorada historia de algún pecado de amor.»

CANO Y CUETO.

Buscando asunto para escribir uno de nuestros trabajos, hemos dado con

un detalle curioso, que quizá pase inadvertido para muchos de los que

visitan el edificio de la Caridad, situado desde su fundación en el

lugar que hoy ocupa, próximo á la orilla del río, y á la izquierda de la

antigua y casi derruída torre de la Plata.

Conocidas y apreciadas son de todos las muchas riquezas artísticas que

este hospital y su capilla encierran; los cuadros inimitables de Murillo

y Valdés que adornan sus paredes; las esculturas de Roldán, Simón y

Ramos que se hallan en sus altares; los objetos de culto que se guardan

en su sacristía; los muchos varones notables que allí están enterrados;

y, por último, conocidos son también los laudables y caritativos

servicios que á diario presta esta benéfica institución, cuyas reglas se

aprobaron en 1578, siendo más tarde reformadas por aquel caballero

sevillano, D. Miguel de Mañara, que después de una juventud tormentosa

se retiró á una vida consagrada á hacer el bien de los pobres y á

socorrer á los desvalidos.

El edificio de la Caridad es uno de los que en Sevilla conservan más

carácter de otros tiempos, y su iglesia, sus galerías y patios puede

decirse que apenas han sufrido alteración alguna desde la muerte del

fundador, ocurrida en el mes de Mayo del año 1679.

Á la terminación del corredor de uno de los patios existe un jardín, en

el cual suele llamar la atención del que visita por primera vez la casa

un espeso muro, sobre el que alzan sus ramas ocho rosales, cuyas flores,

que son muchas en primavera, embalsaman el aire puro que allí se

respira.

Encuéntrase en el citado muro una pequeña lápida, y en ella puede leerse

la siguiente inscripción:

«_Ocho plantas de rosal con sus macetas, traídas á esta santa casa por

el ilustre fundador, el venerable siervo de Dios D. Miguel de Mañara

Vicentelo de Leca, Caballero de la orden de Calatrava, en 1674,

conservadas en todo su vigor, y dando fruto todos los años en su propia

fuerza, como resulta del reconocimiento judicial que en 1749 se hizo de

ellos por los jueces del proceso informativo (folios 1292 á 1297) y

permanecieron hasta el día en el mismo estado. Se colocaron en este

lugar el año 1802._»

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