y descompuesto el rostro, tuvo aún fuerzas para recoger el velón y
aplicar la luz á aquel rincón de la sala. Era el cuerpo de un hombre
joven, tenía la cabeza separada del tronco, tronchadas las piernas y
cortadas ambas manos por las muñecas. La luz cayó de sus manos, y quedó
á oscuras. D. Álvaro buscó á tientas la puerta, presa del mayor terror,
y cuál no sería su angustia al notar que estaba cerrada por fuera.
Entonces, y haciendo un supremo esfuerzo, trató de abrirla con
desesperación, valiéndose de sus manos, dando porrazos con sus pies, y
procurando, por último, hacer saltar la cerradura con la punta de su
espada. Este recurso extremo le proporcionó el placer de encontrarse en
la calle, después de haber sufrido los minutos más terribles de su vida;
pero cuando se consideraba libre y comenzaba á retirarse con
precipitados é inciertos pasos de aquel sitio, vió de pronto aparecer
cerca de él dos embozados con las espadas desnudas, que, acompañados de
la dama, se disponían á acometerle. D. Álvaro se volvió hacia atrás, y
sacando fuerzas de flaquezas emprendió la más rápida carrera que le fué
posible, internándose entre los revueltos callejones, donde merced á las
tinieblas pudo escaparse de la persecución de que era objeto.
Cuando estuvo ya solo, no pudo resistir por más tiempo las impresiones
que había, recibido, y cayó al suelo sin conocimiento.
Al volver en sí era ya día claro, y unos vecinos de la plaza de D.ª
Elvira lo habían encontrado al amanecer, y suponiendo por su tipo y
porte que era persona distinguida, lo recogieron, prodigándole toda
clase de cuidados. D. Álvaro refirió á todos lo que le había acontecido:
dióse parte á la justicia, y cuando ésta se presentó en la casa no
encontró ni el mutilado cadáver ni la más leve señal de que allí hubiese
habido álguien recientemente. La accesoria estaba vacía y desalquilada
desde mucho tiempo antes, no siendo posible, apesar de cuantas
diligencias se practicaron, descubrir nada de aquel crimen, que quedó
envuelto como otros tantos en el misterio, así como sus tenebrosos
autores.
L
LA CRUZ DE LA CERRAJERÍA
«Se encargó á la pericia del célebre rejero Sebastián Conde la
construcción de una cruz de hierro.»
VELÁZQUEZ Y SÁNCHEZ.
Las calles de nuestra población estaban en lo antiguo llenas de
arquillos, retablos y cruces, que les daban un aspecto por demás sombrío
é interceptaban el paso de los transeuntes.
Era una de las más famosas de las cruces la que se alzaba frente al
convento de las Mínimas, y de cuya historia vamos á hacer un breve
extracto.
Los vecinos devotos del barrio del Salvador acordaron en 1692 colocar
una cruz de hierro en la confluencia de las calles Sierpes (que entonces
se llamaba Espaderos) y Cerrajería, encargando su construcción á
Sebastián Conde, famoso maestro rejero, que por su habilidad y pericia
gozaba de bastante nombre en aquella época.
Instalóse la Cruz el 1.º de Noviembre del ya citado año, después de
haber dado permiso el Ayuntamiento, celebrándose en el lugar donde fué
colocada una solemne función religiosa, que se repetía todos los años el
3 de Mayo, hasta que en 1729, con motivo de la visita de la Corte á
Sevilla, se condujo la Cruz al convento de las Mínimas, para restituirla
á su sitio cuando terminasen las fiestas. Pero transcurrió el tiempo sin
que tal idea se llevase á cabo, y esto dió lugar á que en la sequía de
1734 pidiesen los vecinos su reinstalación, la cual se llevó á efecto
coincidiendo con ella una abundante lluvia, que todos tuvieron como
palpable milagro.
Volvió á quitarse la Cruz en 1796, y otra vez instalada, tornó á
removerse en 1816, cuando las Princesas del Brasil pasaron por nuestra
capital con dirección á la corte de España.
Por último, en 1818 se colocó nuevamente, desapareciendo al fin en 1847,
y siendo llevada al museo arqueológico instalado en el ex-convento de la
Merced, donde en la actualidad se encuentra.
Esta Cruz, acerca de la cual corrían en boca del vulgo no pocas
tradiciones, es una obra de gran trabajo, aunque no de muy buen gusto.
En los primeros años del siglo XVIII fué muerto en desafío al pie de
ella un caballero de la nobleza sevillana, famoso en su tiempo por sus
amoríos y su vida galante y aventurera.
La muerte de este caballero quedó envuelta en el misterio, sin que la
justicia pudiera sacar nada en claro de las averiguaciones que se
hicieron; y es fama que el santo tribunal de la Inquisición tomó cartas
en el asunto, y por su mandato cesaron todas las diligencias y todas las
investigaciones.
Años después acostumbraba á colocarse todas las noches al pie de la cruz
de la Cerrajería un hombre de aspecto venerable, el cual, hincado de
rodillas, parecía orar con la mayor devoción, pasando allí horas enteras
con la cabeza baja, como sumido en profundas meditaciones.
Pero cuando después del toque de _Queda_ pasaba cerca del devoto algún
trasnochador, veía con gran sorpresa que el pecador contrito se erguía
con la mayor presteza, y sacando una enorme navaja de la capa,
desbalijaba al transeunte de cuanto dinero ó ropa llevaba encima.
Por los años de 1800 al pié de la Cruz se celebraban alegres festejos
populares, y en las noches de primavera y estío se adornaba de flores y
de farolillos, reuniéndose en el corro los majos y majas, que bailaban
al són de guitarras y castañuelas.
En la cruz de la Cerrajería solían hacer estación las hermandades del
Rosario que á media noche recorrían las calles de la ciudad, y que no
siempre terminaban con el mayor orden, pues en muchas ocasiones se
promovían algaradas y motines, en los que tuvo más de una vez que
intervenir la ronda para poner en paz á los fervientes devotos, que con
la mejor buena fe se propinaban sendos garrotazos, labrando así la fama
de que hoy gozan los _Rosarios de la Aurora_.
Se dice que en la Cerrajería existió también otra cruz de madera,
adosada al muro de una casa; pero acerca de ésta conocemos bien escasos
detalles, y por tal motivo dejamos de ocuparnos de ella.
LI
EL CAPITÁN YELVES
«Pero los seres que, teniendo conciencia, se cubren con el antifaz
de la hipocresía, fingiendo la virtud que más conviene á sus
designios, no son ya viciosos, sinó criminales.»
ADOLFO LLANOS.
Pocos de nuestros lectores habrán oído el nombre de este militar, cuya
historia no deja de ser interesante y curiosa, y á título de lo qué
vamos á narrarla, siguiendo para ello las escasas noticias que de dicho
sujeto hemos podido encontrar.
D. Gaspar de Yelves era descendiente de una conocida familia de Castilla
la Nueva, y nacido en nuestra ciudad poco antes de mediar el siglo XVII,
siendo educado con bastante esmero por sus padres, señores muy amantes
de sus rancios pergaminos y del mayor ó menor brillo de su casa.
Apenas tuvo la edad precisa D. Gaspar, ingresó en el ejército y militó
largos años bajo las órdenes de algunos ilustres caudillos,
encontrándose en las campañas de Portugal sostenidas por el rey Felipe
IV, y en otras guerras, donde se distinguió por su bravura y arrojo.
Cansado ya de la vida agitada, y no queriendo correr, según parecía, más
riesgos, D. Gaspar Yelves se retiró del ejército y contrajo matrimonio
con una dama rica y huérfana, en compañía de la que parecía disfrutar de
la mayor tranquilidad y ventura.
Hacia el año 1672 D. Gaspar y su esposa vivían en una casa de buen
aspecto, que estaba situada en la calle de Alfaqueque, y frecuentaban el
trato de las personas más conocidas y principales del barrio de San
Vicente, quienes les guardaban toda clase de deferencias y atenciones.
El Capitán Yelves era, así en su trato como en sus modales, un perfecto
caballero, y era hombre muy instruído y de amena conversación, que se
captaba las simpatías de todos por su carácter franco y expansivo y por
su esplendidez y generosidad.
Ajeno de cuidados parecía vivir al lado de su esposa, y cuantos le
trataban creíanle feliz y dichoso, no faltando muchos que le envidiasen
y se hicieran lenguas de las buenas cualidades que poseía.
Al poco tiempo de instalarse D. Gaspar Yelves en su domicilio de la
calle Alfaqueque, comenzó á hacer algunos viajes, que le tenían alejado
de su casa varios días y semanas; y, según su mujer manifestaba á los
que iban á verle, negocios relacionados con unos bienes que estaban en
pleito eran los motivos de las ausencias del marido.
Nadie ponía esto en duda, y todos creían de buena fe á la señora, cuyas
palabras gozaban el mejor concepto.
Por los años de 1695, y cuando España atravesaba una situación harto
lamentable bajo el reinado del _Hechizado_ Monarca, aparecieron en los
campos andaluces unas numerosas partidas de bandoleros, que con la mayor
audacia llevaban á cabo robos y atropellos incalificables, cometiendo
también crueles asesinatos y brutales excesos.
Estas cuadrillas de ladrones eran el terror de la gente honrada; y
aunque las autoridades ponían en juego toda clase de resortes, nunca
podían echar mano á aquellos foragidos, que con exquisita táctica sabían
burlar á la justicia, y eran tan diestros en borrar las huellas de sus
pasos, como sanguinarios en la comisión de sus execrables delitos.
El capitán retirado D. Gaspar de Yelves seguía mientras tanto haciendo
sus frecuentes viajes, y el último que hizo á mediados del 1697 se
prolongó tanto, que puso en cuidado á su esposa y á cuantos eran sus
amigos.
Por aquellos días habían verificado los bandoleros un robo de gran
consideración en una iglesia, y fué tanta la actividad que se desplegó
entonces por la justicia, que no tardaron en ser capturados algunos de
los autores del hecho, siendo conducidos á la cárcel de Sevilla y
ahorcados en el mes de Enero de 1698 en la plaza de San Francisco.
Cuando el que aparecía como jefe de la partida llegó al patíbulo,
algunos de los que presenciaban la triste escena no pudieron contener
un grito de admiración y sorpresa. El capitán de los bandidos era el
capitán retirado D. Gaspar Yelves, que de tantas simpatías y
consideraciones gozaba en Sevilla.
La cabeza del reo--según dice un autor--estuvo tres días pendiente de
una escarpia en la fachada de la casa de la calle Alfaqueque, y el
cuerpo fué descuartizado, según la bárbara costumbre de aquellos
tiempos.
LII
EL COLEGIO DE SAN TELMO
«Dignos son de la residencia de un príncipe los jardines, el parque
y el palacio de San Telmo.»
J. GUICHOT.
En las afueras de la extinguida puerta de Jerez, y hacia la orilla del
río, se alza un magnífico palacio que sirve de habitual residencia á una
Infanta de España tan virtuosa como estimada del pueblo de Sevilla.
Este edificio, que ocupa una amplia extensión de terreno, es de los más
hermosos que existen en la capital, no sólo por la posición en que se
encuentra situado, sinó por el lujo de sus salones y sus comodidades y
desahogo.
En él estuvo el _Colegio de San Telmo_, de cuya historia vamos á hacer
un breve extracto, que no hará mal entre estas breves noticias que vamos
reuniendo.
D. Fernando Colón, hijo del insigne navegante, propuso en 1539 al
emperador Carlos V la fundación de un Colegio en el cual se instruyese
á los niños huérfanos para destinarlos á la marinería y pilotaje.
Propuso también aquel docto y sabio bibliófilo que dicho Colegio se
estableciera en lugar próximo al río, en el barrio de los Humeros y en
terrenos de su propiedad, demostrando vivos deseos de que se organizara
una clase especial de Matemáticas, á la cual serían llamados los mejores
profesores de esta ciencia que entonces había en España, y que por
cierto no eran muchos.
El loable proyecto de D. Fernando no encontró apoyo en el Emperador ni
en las personas de influencia y dineros; y al morir el hijo del
Almirante quedó olvidado, hasta que, cerca de dos siglos después, Carlos
II ordenó la fundación del Colegio, nombrando Juez al Presidente de la
Contratación, y disponiendo que lo administraran los individuos de la
_Universidad de Mareantes_ establecida en el populoso barrio de Triana
desde mediados del siglo XVII.
Construyóse el edificio cerca de la puerta de Jerez, siguiendo la
opinión de inteligentes alarifes, dando comienzo los trabajos en 1682 y
terminándose éstos en 1733.
La portada principal del Colegio (que era tal como se encuentra) es de
pésimo gusto, recargada de adornos y estatuas, y pertenece al estilo
churigueresco. Según hemos visto en algunos papeles consultados para
escribir estos apuntes, costó la obra 50.000 pesos, y duró desde el
1725 hasta el 1797.
De aquel Colegio salieron no pocos hombres notables, y los nombres de
muchos de ellos han pasado á la posteridad, que los admira.
El rey Carlos III dió nuevas ordenanzas al colegio de San Telmo, que
desde entonces, extinguida ya la _Universidad de Mareantes_, dependió
del Ministerio de Marina.
El año 1850 suprimióse el Colegio, y el amplio y hermoso edificio se
cedió á los Duques de Montpensier, los cuales establecieron allí su
residencia, después de llevar á cabo muchas é importantes reformas en el
vasto local.
En sus salones reunieron objetos de gran valor, antigüedades y muebles
riquísimos, y con ellos una colección de cuadros de autores españoles,
italianos y franceses, entre los cuales figuraban Murillo, Velázquez,
Zurbarán, Morales, Frutet, Piombio, Bessano, Valdemeulen, Duval y otros
muchos; pero esta riquísima galería de obras pictóricas se ha deshecho
en gran parte, pasando las obras á poder de individuos de la familia
Real.
Los jardines que rodean el palacio son quizá los más deliciosos de
cuantos existen en la ciudad; y lo mismo en los serenos días de
invierno, que en las agradables tardes de primavera y estío, ofrecen al
que pasea por ellos grato solaz y agradable y honesto esparcimiento.
Hace poco tiempo S. A. R. la Infanta viuda de Montpensier ha llevado á
cabo un buen rasgo de generosidad, cediendo gran parte de estos jardines
al pueblo de Sevilla para que pueda disfrutar de ellos. Actualmente,
llevadas á cabo las obras necesarias para abrir aquellos jardines al
público, son de los más concurridos de la capital.
LIII
LA PUERTA DE TRIANA
«¡Gran lástima fué la demolición de una puerta como la de Triana,
que tanto mérito tenía!»
C. P.
La más hermosa y acabada de cuantas puertas tenía Sevilla era la de
Triana, á la que vamos á dedicar un recuerdo, que quizá sea leído con
gusto por los que alcanzaron á verla.
Debióse su traza, según la opinión más recibida, al notable arquitecto
Juan de Herrera, que tan soberbios monumentos dejó en nuestra ciudad, y
quedó concluída á fines del año 1588, derribándose para hacerla otra
antigua puerta que estaba á la entrada del barrio de la Cestería.
Constaba la puerta de Triana de un solo cuerpo de arquitectura, de orden
dórico, y presentaba dos soberbias fachadas de gran elevación y
magnífico aspecto. Á ambos lados de su arco existían cuatro colosales y
estriadas columnas, que descansaban en sólidos pedestales y sostenían
una gran cornisa, en la que se hallaba un balcón espacioso y de largas
dimensiones; rematando el monumento en un ático triangular, adornado de
estatuas de regular tamaño y vistosas pirámides hábilmente labradas.
Bajo la cornisa del balcón existía una lápida, cuya inscripción latina
decía lo siguiente, según la traducción de un escritor muy versado en
las antigüedades de nuestra ciudad:
«_Siendo poderosísimo rey de las Españas y de nuestras provincias por la
parte del orbe Felipe II, el amplísimo Regimiento de Sevilla juzgó deber
ser adornada esta puerta nueva de Triana, puesta en nuevo sitio,
favoreciendo la obra y asistiendo á su perfección D. Juan Hurtado de
Mendoza y Guzmán, Conde de Orgaz, superior vigilantísimo en la misma
floreciente ciudad en el año de la salud cristiana de 1588._»
En la Puerta que vamos describiendo hallábase el extenso salón llamado
el _Castillo_, donde estaban las celdas que servían de prisión á los
nobles y caballeros de importancia.
Era esta Puerta la que más se adornaba en las festividades públicas, no
se cerraba á ninguna hora de la noche, y por ella entraron los monarcas
Felipe V, en 1729; Carlos IV, en 1796; Fernando VII, en 1823, y la reina
Isabel II, en 1862.
Delante del monumento se extendía el espacioso llano donde después se ha
construído la calle Reyes Católicos, y este lugar era sumamente
concurrido por los desocupados, que allí acudían á tomar el sol en
invierno, y á refrescarse en las noches de estío.
Cerca del arco de la puerta se encontraba á principios del siglo, en un
hueco de la pared, el célebre cafetín llamado de _Julio César_, donde se
reunían los rateros y truhanes que mejor cobraban el barato y tenían
siempre cuentas pendientes con la justicia.
En los días de toros el aspecto de los alrededores de la puerta de
Triana era en extremo alegre y animado, pues por debajo de aquel arco
pasaban las _manolas_, vestidas con ricos trajes; los majos, de
redecilla y castoreño, y los calesines, tirados por fogosas jacas,
adornadas de borlas, campanillas y cascabeles.
En la calle de San Pablo estaban entonces muchas de las posadas y
mesones que existían en Sevilla, y por esto veíanse reunidos siempre
junto á la puerta de Triana pintorescos grupos, formados por los hijos
de las distintas provincias, que llegaban á nuestra capital á vender los
productos de sus pueblos y á realizar multitud de tráficos y negocios
más ó menos importantes.
Cerca de la Puerta existían dos fuentes, una de las cuales se conserva
todavía, aunque muy variada, y que se construyó el año 1816 por el
asistente de la ciudad D. Francisco Laborda y Pleyler.
Entre los recuerdos históricos que iban unidos á esta notable puerta
sólo mencionaremos dos de no poca importancia. En Mayo de 1808 fué
arcabuceado en ella por las turbas populares el Conde del Águila, y en
Junio de 1823 el valiente López Baño penetró por ella después de haber
derribado á cañonazos sus hojas.
El soberbio monumento á que hemos dedicado estas líneas fué derribado en
1869, sin que bastaran á impedir su destrucción ni lo magnífico de la
obra ni los recuerdos históricos que en sí tenía.
LIV
EL CONVENTO DE SAN FRANCISCO
«El convento casa grande de San Francisco, reputado como uno de los
templos más notables de España.»
J. GUICHOT.
Uno de los mejores y más amplios edificios que las Órdenes religiosas
tenían en Sevilla era el convento de San Francisco, al que el vulgo daba
el nombre de _Casa grande_, y que ocupaba todo el terreno donde hoy
existe la plaza de San Fernando y varias de las calles que en ella
desembocan.
La iglesia del Convento era verdaderamente notable por su arquitectura;
sólo tenía una nave, pero de grandeza y capacidad; en sus paredes había
lienzos debidos á los más reputados maestros sevillanos; en sus altares
primorosas esculturas de Montañés, Roldán, Cornejo, Hita del Castillo y
Monler; y encerraba además el templo muchas riquezas en telas, joyas y
objetos del culto.
Tenía aquél su entrada por el arco que hace esquina á la calle Tintores,
y de él se pasaba al compás, donde existía la capilla de San Antonio de
los Portugueses.
En el convento de San Francisco existían gran número de buenas capillas,
y en ellas se encontraban establecidas las hermandades siguientes: la de
_San Luis de Francia_, la de _San Eligio_, la de _La Palma de los
Vizcaínos_, la de _Nuestra Señora de los Reyes y San Mateo_, la del
_Calvario_, la de _Nuestra Señora de Belén_, la de _San Antonio de los
Castellanos_, la de _Ánimas_, la de _Santiago_, la de la _Vera-Cruz_, la
de _Nuestra Señora del Rescate_, y por último la muy famosa del _Pecado
mortal_.
Poseía el Convento hermosos y alegres patios, con fuentes de abundante
agua, que le concedió el rey D. Enrique _el Doliente_; amplias galerías
con bellos artesonados; salones capaces para reunir gran número de
personas; multitud de celdas y dependencias, y una extensa huerta,
objeto de muchos cuidados, en la cual había toda clase de flores y
variados frutos, y en la que los regulares pasaban ratos muy deliciosos.
En los días tranquilos y transparentes del invierno y en las poéticas
tardes de primavera, ¡con cuánto sosiego verían los religiosos
deslizarse las horas en aquella huerta, lejos de los ruidos del mundo, y
escuchando sólo el alegre canto de las aves, el murmullo de las aguas ó
el manso ruido de las hojas mecidas suavemente por la brisa!...
El convento de San Francisco debió su fundación al rey D. Fernando III,
que lo cedió á los religiosos de la Orden que con él vinieron á la
conquista de Sevilla.
Ignórase cual sería el lugar primitivo donde se estableció, pero se sabe
con certeza que en el año 1268 D. Alfonso _el Sabio_ hizo que los
franciscanos se trasladasen á un palacio de su propiedad, el cual no es
otro que el edificio de que nos vamos ocupando.
D. Pedro _el Justiciero_ costeó algunas importantes obras en la casa,
haciendo que ésta se ampliase y dispusiera de mayores comodidades.
Los monarcas D. Enrique III y D. Juan II no escasearon sus mercedes al
convento de San Francisco, haciendo que éste fuera el mejor y más amplio
entre los innumerables que tenía la ciudad.
Durante el siglo XV se efectuaron obras de bastante importancia en el
edificio, y en 1650, habiéndose derrumbado buena parte de los techos,
construyéronse éstos nuevamente, así como varias capillas y altares.
Nada ocurrió en el Convento digno de ser mencionado durante el pasado
siglo, ó al menos hasta nosotros no ha llegado la noticia de ningún
hecho que merezca consignarse en estos apuntes; pero en 1810 sobrevino
una catástrofe que produjo la indignación de todos por las
circunstancias que en ella se pudieron notar.
Cuando los franceses entraron en Sevilla alojóse en la _Casa grande_ un
regimiento de línea, y en la madrugada del día 1.º de Noviembre se
declaró de pronto un voraz incendio, que destruyó en pocas horas todo
aquel inmenso edificio, quedando únicamente la iglesia y los muros
exteriores.
Los franceses nada hicieron por apagar el fuego; y como quiera que al
instante de iniciarse éste los invasores pusieron á salvo sus equipos y
demás utensilios, huyendo luego del lugar del siniestro, creyóse con
razón bastante fundada que el hecho distó mucho de ser casual.
En 1813 se abrió de nuevo al culto la iglesia, comenzando las obras de
reconstrucción del Convento en 1815, las cuales se siguieron muy
lentamente, trascurriendo años sin adelantar gran cosa, y sin que
pudiera acabarse más que un patio y algunas galerías y celdas.
Llegó la exclaustración en 1835, y entonces se suspendieron para siempre
los trabajos, la iglesia quedó separada del resto del edificio, y éste
sirvió largo tiempo para cuartel de los milicianos de la ciudad.
Iglesia y cuartel desaparecieron más tarde, y en Febrero del año 1850 se
colocó en aquellos lugares la primera piedra para edificar la hermosa
plaza de San Fernando.
LV
LOS ROSALES DE MAÑARA
«Rosales que, cuando al soplo de los céfiros gemían, para Mañara
decían tenues frases de dolor: cada rosal recordaba tristemente á
su memoria amarga y llorada historia de algún pecado de amor.»
CANO Y CUETO.
Buscando asunto para escribir uno de nuestros trabajos, hemos dado con
un detalle curioso, que quizá pase inadvertido para muchos de los que
visitan el edificio de la Caridad, situado desde su fundación en el
lugar que hoy ocupa, próximo á la orilla del río, y á la izquierda de la
antigua y casi derruída torre de la Plata.
Conocidas y apreciadas son de todos las muchas riquezas artísticas que
este hospital y su capilla encierran; los cuadros inimitables de Murillo
y Valdés que adornan sus paredes; las esculturas de Roldán, Simón y
Ramos que se hallan en sus altares; los objetos de culto que se guardan
en su sacristía; los muchos varones notables que allí están enterrados;
y, por último, conocidos son también los laudables y caritativos
servicios que á diario presta esta benéfica institución, cuyas reglas se
aprobaron en 1578, siendo más tarde reformadas por aquel caballero
sevillano, D. Miguel de Mañara, que después de una juventud tormentosa
se retiró á una vida consagrada á hacer el bien de los pobres y á
socorrer á los desvalidos.
El edificio de la Caridad es uno de los que en Sevilla conservan más
carácter de otros tiempos, y su iglesia, sus galerías y patios puede
decirse que apenas han sufrido alteración alguna desde la muerte del
fundador, ocurrida en el mes de Mayo del año 1679.
Á la terminación del corredor de uno de los patios existe un jardín, en
el cual suele llamar la atención del que visita por primera vez la casa
un espeso muro, sobre el que alzan sus ramas ocho rosales, cuyas flores,
que son muchas en primavera, embalsaman el aire puro que allí se
respira.
Encuéntrase en el citado muro una pequeña lápida, y en ella puede leerse
la siguiente inscripción:
«_Ocho plantas de rosal con sus macetas, traídas á esta santa casa por
el ilustre fundador, el venerable siervo de Dios D. Miguel de Mañara
Vicentelo de Leca, Caballero de la orden de Calatrava, en 1674,
conservadas en todo su vigor, y dando fruto todos los años en su propia
fuerza, como resulta del reconocimiento judicial que en 1749 se hizo de
ellos por los jueces del proceso informativo (folios 1292 á 1297) y
permanecieron hasta el día en el mismo estado. Se colocaron en este
lugar el año 1802._»