rostro, de estatura proporcionada y de formas correctas; tenía un
carácter dulce y expansivo: contrajo matrimonio con D. Luis de los
Arcos, caballero, sevillano, de quien no tuvo hijos; y habiendo recibido
aquella educación propia de su época, era muy dada á rezos y devociones,
aunque sin extraordinarias mojigaterías.
XLVI
EL PINTOR MONEDERO
«Es tu sér: que del coro empíreo vino al estilo y pincel vida y
concierto.»
CÉSPEDES.
En varios templos de Sevilla, tales como la Catedral, San Roque, Santa
Inés, San Bernardo, y también en el Museo Provincial, se encuentran
muchos lienzos de un notable artista que floreció en los comienzos del
siglo XVII, y cuyo nombre no será desconocido ciertamente para ninguno
de nuestros lectores. Estos lienzos, que por el color y la manera
especial con que están pintados se distinguen de todos, fueron
ejecutados por Francisco Herrera, á quien para distinguirlo de sus
hijos, que también al arte se dedicaron, se le da el nombre de Herrera
_el Viejo_.
De la vida de este pintor, nacido en Sevilla en 1576 y muerto en Madrid
el año 1650, se cuentan anécdotas y pormenores muy curiosos; y de ellos
vamos á relatar uno que, no por ser algo conocido, deja de tener
interés.
Á pesar de su talento y del mérito de las obras de Herrera, fué muy poco
estimado de sus coetáneos, siendo causa de aquella indiferencia con que
lo miraban el carácter violento, desabrido y colérico que poseía, por lo
cual se vió precisado á pasar la mayor parte de su existencia alejado
del trato de las gentes y encerrado en su casa, de donde en muy pocas
ocasiones salía.
Allí, solitario y taciturno, pintaba sus lienzos, ayudado, según se
dice, de una sirvienta, pues ningún joven quería ser su discípulo, y los
que llegaban á tomarle por maestro se alejaban bien pronto de su lado,
como hizo, entre otros muchos, el inmortal Velázquez.
Francisco Herrera tenía también muchos enemigos que se había acarreado
por su insociable carácter, y eran los primeros que le hacían guerra sus
compañeros de profesión, ninguno de los cuales dejaba de tener de él
alguna queja ó motivo de resentimiento.
No sólo se ocupaba Herrera _el Viejo_ en pintar hermosos cuadros como el
_Ultimo Juicio_ ó los _Pasajes de la vida de la Virgen_, sinó que
también hacía bellísimos dibujos y grabados en bronce, que eran dignos
de ser elogiados algo más que entonces lo fueron.
Lejos del mundo y olvidado de muchos vivía Herrera por los años de 1621,
cuando empezó á levantarse contra él un rumor que cada día se hizo más
insistente, y que parecía no estar desprovisto de fundamento. Decíase
por todos que el pintor se dedicaba en sus soledades á labrar monedas
falsas, y aseguraban muchos haberlas encontrado en su poder y estar
dispuestos á presentar cuantas pruebas se ofreciesen.
Tanta intensidad, y tantos vuelos tomaron aquellos rumores, que la
justicia tomó cartas en el asunto, y, avisado Herrera, corrió á
refugiarse en el Colegio de San Hermenegildo, para donde había pintado
algún tiempo atrás un magnífico cuadro, que estaba colocado en el
retablo mayor y que representaba una apoteosis del mártir titular.
Pasó mucho tiempo, y un día del año 1624, en la casa en que se albergaba
el pintor se empezaron á hacer grandes preparativos, arreglándola toda y
disponiéndola como si alguna gran solemnidad fuera á celebrarse. Á la
siguiente mañana el monarca Felipe IV, que se encontraba en Sevilla,
visitó el Colegio de Jesuítas, acompañado de la Reina y de gran número
de personajes de la corte, recorriendo con detenimiento las galerías,
patios y dependencias del edificio, y llegando al templo, donde lo
primero que llamó su atención fué el gran cuadro de San Hermenegildo que
en el altar mayor estaba colocado.
Permaneció el Monarca un buen rato contemplando aquella soberbia obra de
arte, y tanto le agradó, que mostró deseos de saber el nombre del que la
había ejecutado.
Díjole entonces uno de los padres jesuítas que aquel cuadro estaba
pintado por un monedero falso, que, á fin de librarse de la persecución
de la justicia, se había refugiado en aquel convento.
Entonces contestó el Rey:
--En esta causa soy yo el juez y la parte; venga, pues, el artista
monedero, que tengo ganas de conocerlo.
Avisado Herrera, de allí á poco se presentó en la iglesia, arrojándose á
los pies de Felipe IV todo conmovido y temeroso.
Entonces el Rey le dijo, después de mirar un rato el soberbio lienzo:
--Quien tales obras ejecuta no ha menester más plata ni oro;--y tocando
con sus manos la frente de Herrera, que yacía hincado de rodillas,
añadió:--alzad, que estáis ya libre, siempre que no volváis á incurrir
en tan feo delito como el de que se os acusa.
Herrera _el Viejo_ no pudo contener su emoción ante aquel rasgo del
Monarca, y á pesar de ser duro de corazón y nada sensible, sus ojos se
arrasaron de lágrimas, y con frases entrecortadas por la emoción dió las
gracias al Rey, quien hizo grandes elogios de la pintura que en el altar
mayor se ostentaba.
Este cuadro de San Hermenegildo puede admirarse hoy en el extenso salón
del Museo Provincial, donde es una de las verdaderas joyas que le
enriquecen.
XLVII
DRAMA DE AMORES
«Él ofendió á mi marido, y de ello fuí yo la causa; y con todo esto
le quiero y lo tengo acá en el alma.»
(_Romancero de Gazul._)
Hojeando un libro hace mucho tiempo, que de la historia de Sevilla
trataba, encontramos el asunto del dramático suceso que vamos á narrar;
y como dudásemos algo del caso, hemos preguntado ahora á distintas
personas versadas en noticias de nuestra población, las cuales nos han
asegurado ser cierta, más no en todos sus detalles, la tragedia, que
ocurrió de modo distinto á como en el libro decía.
Entre los buenos edificios que existen en la histórica calle de las
Armas hay uno de construcción antigua, de hermosa fachada y de extensas
proporciones, que se comunicaba con el abandonado callejón de los
Estudiantes por un postigo que ha desaparecido.
Era morador de esta casa á fines del siglo XVII un caballero de edad
algo avanzada y de buena fortuna, que para su desgracia había contraído
matrimonio con una joven linda y dotada de un corazón volcánico y
apasionado.
Creíase dichoso el buen señor, sin que ningún pesar turbara la calma en
que vivía, entregado á su afición predilecta, que era la floricultura, y
enamorado de D.ª Elvira, mujer en quien tenía absoluta confianza, sin
que nunca cruzara por su mente la idea atormentadora de los celos.
Pero mientras él cuidaba las macetas y arreglaba las flores de su
jardín, álguien había tenido ocasión de acercarse á la joven esposa y
deslizar en sus oidos palabras de amor y frases apasionadas, que,
despertando en el corazón femenino deseos que parecían olvidados,
hicieron nacer un amor ilegítimo, pero profundo, arraigado y sincero.
La confianza del marido prestaba alientos á los enamorados, quienes,
sabiendo ocultar aquellos sentimientos que les unían, nunca dieron el
menor motivo á la más leve sospecha de nadie ni á la más ligera
murmuración.
Sin embargo de esto, al cabo de muchos meses hubo álguien que creyó
descubrir un leve indicio, y espió con cautela para conseguir su
intento. Una astuta criada de D.ª Elvira comenzó á dudar de la fidelidad
de su señora, y después de no pocas observaciones y hábiles pesquisas,
notó que casi todas las noches, cuando el reloj daba la una y la casa
yacía en profunda oscuridad y silencio, una sombra se deslizaba por el
patio, entreabría con sigilo la puerta que comunicaba al jardín y
cruzaba éste; luego descorría el cerrojo del postigo que daba al
callejón de los Estudiantes, y á los pocos momentos solía penetrar en él
un bulto, que en unión de aquella sombra se ocultaba en una pequeña
habitación que cerca del jardín existía.
¡Cuán ajenos estaban los cautos amantes de que sus dulces coloquios y
sus naturales expansiones tenían un testigo que no eran ciertamente los
frondosos árboles, ni la blanca luna que en el trasparente cielo se
alzaba!
La astuta sirvienta, convencida hasta la saciedad de la grave falta que
D.ª Elvira cometía, demostró por ella tan mala voluntad, que con el
mayor disimulo y la más pérfida astucia hizo llegar al confiado marido
la horrible noticia de su deshonor, oculto para el mundo durante tanto
tiempo.
Pero el viejo no era hombre de violento carácter ni de grandes bríos, y
en vez de tomar rápida venganza, calló como si nada supiera, y siguió
cuidando sus flores y contentando á su esposa, mientras en su cerebro
maduraba un plan terrible y sangriento.
Seguía el jardín siendo punto de las citas que con su amante tenía D.ª
Elvira, y al mediar la noche nunca faltaba ella á descorrer el cerrojo
del postigo por donde entraba su rendido y constante adorador.
El año 1697 tocaba á su término, y en una de las de aquel Diciembre la
infiel esposa cruzaba á la hora convenida el solitario jardín con el
ánimo casi tranquilo y el pecho lleno de ilusiones y de deseos, que
pronto iban á verse satisfechos una vez más.
Aunque las sombras que rodeaban á D.ª Elvira eran profundas, ya conocía
el camino, y con seguro paso llegó á la puertecilla y, una vez abierta,
aguardó la primera caricia del hombre á quien amaba.
Á los pocos instantes un hombre embozado hasta los ojos apareció en el
dintel; pero lejos de estrechar entre sus brazos á la dama, se le acercó
rápidamente, y sacando de entre los pliegues de su capa un enorme
cuchillo, lo hundió con violencia en el seno palpitante de D.ª Elvira,
que como herida por un rayo cayó en tierra, exhalando su vida en un
indescriptible sollozo. El embozado salió de nuevo, y cuando instantes
después vió entre la oscuridad de la calleja que un hombre penetraba con
cautela por el postigo, cerró éste por fuera con llave, y salió con
precipitación, dando vuelta al edificio, en cuyo patio aguardábale la
delatora sirvienta.
Al ruido y las voces que luego en el jardín se oyeron acudieron los
criados que dormían, y el dueño de la casa, aparentando la mayor
sorpresa; pudiendo entonces ver todos á D.ª Elvira en el suelo con el
pecho ensangrentado, y junto á ella un hombre, á quien tomaron por autor
del bárbaro asesinato. Este hombre fué preso, y ahorcado más tarde, sin
que se supiera hasta muchos años después la verdad de lo ocurrido en
aquella terrible noche, y por confesión de la criada cuando estaba en el
lecho de muerte.
XLVIII
BARTOLOMÉ ESTEBAN MURILLO
«¿Quién de tus bellas Vírgenes la norma, gran Murillo, te dió?
¿Dónde las viste, ó cómo al mundo presentar supiste tipos celestes
con humana forma?»
M. A. PRÍNCIPE.
El gran pintor, gloria de España y honra de su siglo, que tan acabadas
pruebas de su genio ha legado á la posteridad, debe tener un recuerdo
entre estos apuntes; y al tomar ahora la pluma, á él vamos á dedicar las
presentes líneas.
Bartolomé Esteban Murillo, hijo de nuestra población, pasó en ella su
tranquila y laboriosa existencia consagrado al arte, sin que por
entonces su nombre, hoy universal, llegase á ser conocido apenas fuera
del círculo de sus amigos. Uníase en él la modestia al genio, y por esta
causa rehusó cuantas ocasiones se le presentaron de adquirir esos
títulos y honores que tanto buscan otros hombres sin mérito alguno para
obtenerlos.
En la humilde casa donde vivía el gran maestro pintaba sus lienzos
prodigiosos, y pasando del taller á la iglesia ó al convento para donde
se ejecutaron, quedaban allí, limitándose el triunfo que alcanzaba el
artista á bien poca cosa.
Juan del Castillo, pintor que residía en nuestra ciudad por los años de
1640, tuvo la honra de ser el que enseñó á Murillo los primeros
rudimentos del arte, sin que jamás llegara el discípulo á imitar en nada
el estilo del maestro, como puede verse en los cuadros que del segundo
existen en el Museo y en varios templos y capillas.
Con sólo las lecciones que había recibido, comenzó Murillo á pintar
siguiendo su propia fantasía, hasta que encantado por las obras de
Frutet y de Pedro de Campaña, y deseando admirar los tesoros artísticos
que se encontraban en el Real Palacio de Madrid, trasladóse á la corte
en 1643, donde se encontraba el insigne Velázquez, con quien hizo buena
amistad, y tuvo ocasión de estudiar los mejores modelos. Cuando á los
dos años regresó á Sevilla, de donde había salido sin participar ni á
sus amigos el viaje, comenzó á trabajar con verdadero empeño, causando
bien pronto la admiración de cuantos tuvieron ocasión de contemplar las
obras que sus pinceles producían.
Desde el 1648 hizo para la Catedral los cuadros de _San Leandro y San
Isidoro_, el _San Antonio_ de la capilla del bautismo, las mártires
_Santas Justa y Rufina_, _San Fernando_, _San Hermenegildo_, los cuatro
_Arzobispos de la diócesis_, la magnífica _Concepción_, el _Ecce-homo_
y otros varios, trabajando también en la restauración de la Sala
Capitular, que por entonces sufrió algunas obras.
Cuando el piadoso caballero D. Miguel de Mañara construyó la iglesia del
_Hospital de la Caridad_, Murillo pintó para ella ocho lienzos, que
están reputados por los mejores que hasta entonces había producido.
Innumerables fueron los cuadros que ejecutó desde entonces hasta el
1680, y entre ellos sólo citaremos varias _Concepciones_, en las cuales
ni antes ni ahora ha tenido rival; el _Retrato de D. Justino Neve_, _San
Pedro_, la _Virgen con el Niño_ y los dieciocho que pintó para el
monasterio de Capuchinos.
Salió Murillo de su querida ciudad poco tiempo después, dirigiéndose á
Cádiz, donde comenzó la que había de ser su última obra. Estando un día
trabajando en el lienzo que representa los _Desposorios de Santa
Catalina_, tuvo la desgracia de caer del andamio en que se hallaba
subido, lastimándose varias partes del cuerpo.
Trasladáronle entonces á Sevilla, donde al poco tiempo de su llegada,
habiéndose agravado en su dolencia, falleció el día 3 de Abril de 1682,
á las cinco de la tarde, mientras estaba dictando su testamento.
Su cadáver fué enterrado en la parroquia de Santa Cruz, colocándose
sobre el nicho una modesta lápida, en la cual se dibujó un esqueleto y
la frase siguiente: _Vive moriturus_.
Cuando el derribo de la iglesia se perdieron los restos del gran pintor,
siendo imposible encontrarlos, á pesar de cuantas diligencias se
hicieron después.
Bartolomé Esteban Murillo nació en una casa de la calle Tiendas, y su
partida de bautismo, que se conserva en San Pablo, dice así:
«En lunes primero día del mes de Enero de mil y seiscientos y dieciocho
años, yo el licenciado Francisco Heredia, beneficiado y cura de esta
Iglesia de la Magdalena de Sevilla, bauticé á Bartolomé, hijo de Gaspar
Esteban y de su legítima mujer María Pérez. Fué su padrino Antonio
Pérez, al cual amonesté el parentesco espiritual, y lo firmé. Fecha ut
supra.--_Licenciado Francisco Heredia._»
Terminaremos estos breves apuntes con el acta de su enterramiento, que,
según la copia que tenemos á la vista, dice así:
«En cuatro de Abril de mil seiscientos ochenta y dos años se enterró en
esta iglesia de Santa Cruz de Sevilla el cuerpo de Bartolomé Murillo,
insigne maestro del arte de pintura, viudo que fué de doña Beatriz
Cabrera y Sotomayor: otorgó su testamento por ante Juan Antonio
Guerrero, escribano público de Sevilla, y dijo la misa de cuerpo
presente el licenciado Francisco González de Porras.»
XLIX
UNA AVENTURA
«En vano, dueña, es callar ni hacerme señas que nó; he resuelto que
sí yo, y os tengo de acompañar: y he de saber dónde vais, y si sois
hermosa ó fea, quién sois, y cómo os llamáis, y aun cuanto
imposible sea.»
ESPRONCEDA.
El suceso que nos mueve á tomar la pluma no es de aquellos que ocupan un
lugar más ó menos importante en los anales de Sevilla; pero á pesar del
silencio que sobre él guardan las historias, bien creemos hacer en
sacarlo á luz, pues no nos merece duda su autenticidad.
Hé aquí el caso como lo hemos oído á personas respetables, que de igual
modo lo oyeron referir á sus padres y abuelos.
En los primeros años del siglo XVII era muy conocido en Sevilla y
estimado por personas de todas las clases sociales un joven de gallarda
presencia, de esmerada educación y de pingües rentas, llamado D. Álvaro
González de Aguilar, oriundo de una ilustre familia granadina, y nacido
y educado en la capital de Andalucía. Hombre mozo de ardiente sangre, y
sin el freno de respetables personas, llevaba D. Álvaro una vida alegre
y bien poco ordenada, tomando siempre muy principal parte en todos
aquellos lances y aventuras de los que esperaba sacar algún provecho,
sin que le hiciera desistir de ello el mayor ó menor riesgo que se
exponía á correr por llevarlos á cabo.
Nuestro joven era gran adorador del sexo bello, y no por cierto de los
platónicos; que de haber sido de éstos más de una vez hubiérase librado
de graves compromisos que en distintas ocasiones le estrecharon, y de
los que había logrado salir por su destreza y valentía unas veces, y
otras por sus auríferos doblones, que D. Álvaro prodigaba cuando era
caso como hombre generoso y conocedor de los corazones femeninos.
González de Aguilar no era ciertamente un calavera provocador,
corrompido y vicioso; sus excesos no llegaban á vergonzosas
degradaciones; solamente en ocasión muy rara daba alimento á las
murmuraciones con sus aventuras, que dicho sea en verdad, ni á la honra
de su casa ofendían, ni al nombre que llevaba imprimían mengua.
Una noche de principios de otoño de 1605 vagaba D. Álvaro por los
intrincados y sombríos callejones del barrio de Santa Cruz sin rumbo
fijo, muy embozado en su amplia capa, con el sombrero hacia los ojos y
con la imaginación abstraída en muchos y varios pensamientos.
Era la noche aquella en que rondaba el joven noche de luna clara, merced
á la cual podían distinguirse los lugares que recorría; pues en lo
tocante á alumbrado artificial no había por allí ni siquiera la
socorrida lamparilla de un retablo, que pudiera servir de guía al
extraviado caminante por aquellas tenebrosidades.
Cuando más abstraído parecía el apuesto joven en sus pensamientos, oyó
lejanos pasos que avanzaban en dirección igual á la suya; y como pudiera
apreciar ser aquéllos por lo breves y menudos pasos de mujer, activó los
suyos D. Álvaro hasta colocarse cerca de la persona que á tan desusada
hora recorría sitios tan poco frecuentados. Era ésta, como supuso, una
dama; pero tan envuelta iba en su negro manto, y con tal destreza, se
recataba el rostro, que era imposible distinguir sus facciones, pudiendo
asegurarse sólo que su cuerpo era esbelto y su andar gallardo y airoso.
Siempre ha sido el barrio de Santa Cruz, como ya hemos dicho en otro
lugar, uno de los más á propósito de Sevilla para aventuras y lances de
todas especies; y si hoy todavía tienen fama aquellas callejas por lo
sombrías, misteriosas y solitarias, calcúlese el lector lo que serían en
la época del suceso que vamos á referir.
Acercóse González de Aguilar á la desconocida, no tardando en dirigirle
algunas frases galantes, que no obtuvieron contestación alguna, con lo
cual acrecentóse la curiosidad del galanteador y nació en su pecho vivo
deseo de dar digno remate á la que ya consideraba como feliz aventura.
Siguió la tapada sin detenerse ni precipitar el paso, y siguió el joven
cerca de ella, apurando todos los recursos de su ingenio para poderla
hacer hablar, cosa que le fué imposible conseguir en muy largo espacio
de tiempo, notando él con cierta extrañeza que la dama tampoco debía
llevar dirección fija en su marcha, pues con frecuencia volvía á la
misma calleja por donde antes había pasado, rodeaba una manzana de
edificios para salir al mismo lugar, ó cruzaba una plazuela para
internarse de nuevo en otra travesía lóbrega que ya tenía recorrida.
Pasaba así el tiempo, y D. Álvaro comenzaba á desesperarse; todas las
casas estaban cerradas, el silencio era absoluto, y el frío de la noche
comenzaba á molestar al galanteador impenitente. De pronto lo dama se
detuvo, volvióse hacia Gonzalo de Aguilar, y con voz firme y tono
misterioso le dijo:
--¿Estáis dispuesto á seguirme mucho tiempo?
--Si no os es enojosa mi compañía,--contestó D. Álvaro--estaré cerca de
vos toda la noche.
--Decidido estáis, caballero--replicó la tapada; y apartando el manto de
su rostro, dejó ver á la luz de la luna una cara hermosa y joven, de
facciones correctas y sensuales, en la que se destacaban dos grandes
ojos, negrísimos y brillantes, sombreados de largas pestañas.
Pronto comprendió nuestro galán que su conquista no era una de tantas
_busconas_ como le salían al paso muchas noches; y al contemplar las
perfecciones de aquel rostro, las redondas curvas que bajo los pliegues
de aquel manto se adivinaban, y aquel elevado seno aprisionado en
ajustado corpiño, no pudo menos, á fuer de perfecto amador, que aumentar
sus palabras galantes y en extremo expresivas.
Guardó la hermosa silencio mientras D. Álvaro expresaba con la mayor
vehemencia sus amorosos pensamientos, y cuando pareció haber terminado
le dijo:
--Si vuestras palabras son verdaderas, seguidme, que no os pesará
haberme acompañado por estas soledades.
Un momento después los dos personajes se ponían en marcha; pero entonces
iban muy juntos y hablaban en voz muy baja. Algunas calles más
recorrieron con lentos pasos, con los brazos enlazados y la mayor
satisfacción por parte del caballero, llegando á salir por último á una
calleja, formada la acera derecha por una larga tapia de los jardines
del Alcázar y la izquierda por algunas casuchas de pobre aspecto. Esta
calleja, perteneciente á la antigua Aljamia de los judíos, se llama hoy
Muro del Agua, y apenas ha sufrido alteración alguna desde la época del
suceso que vamos relatando.
Cuando la rendida pareja llegó á aquel lugar, ella sacó de entre los
pliegues del manto una llave, y abriendo con ella una puertecilla baja y
estrecha, formada toscamente en el muro, invitó á entrar á D. Álvaro.
El mancebo se encontró en una habitación de regulares dimensiones y
modesto mobiliario, alumbrada por un colosal velón puesto sobre una mesa
de pino. Había también en aquella estancia un arca vieja, algunas
sillas, y en el fondo, revueltas sin cuidado alguno, las ropas de un
lecho.
D. Álvaro se despojó de su capa y tomó asiento, preparándose á pasar un
rato en extremo agradable; había tomado ya gran confianza con la hermosa
dama, y no tardó en entablarse entre los dos un amenísimo diálogo, donde
abundaron las frases galantes por parte del mancebo y las palabras
tiernas por la de la dama, cuyos pudores y escrúpulos estaban vencidos
en toda línea.
Al poco tiempo, por indicaciones de González de Aguilar, la hermosa se
dispuso á salir, pues viniéronle deseos á él de apurar algún vaso de
vino que le alegrase en la amorosa velada, y ella aseguróle que en una
casa próxima había un amigo que se prestaría á darlo de la mejor gana.
Salió la bella, y cuando D. Álvaro quedó solo comenzó á pasear la
habitación, y fijándose en las ropas del lecho, que en un rincón yacían,
tiró de un lienzo blanco que parecía tapar alguna cosa, y al instante
retrocedió espantado, lanzando un grito indefinible. Bajo aquellas
ropas había descubierto una cosa horrorosa: el cuerpo de una persona,
cubierto de sangre y mutilado con la mayor crueldad.