juzgadas por la crítica y por los más autorizados maestros, los cuales,
analizándolas con la mayor atención, han puesto de relieve las muchas
bellezas que encierran.
El soneto, la más difícil quizá de las composiciones castellanas, fué lo
que más cultivó el vate sevillano; y algunos de ellos pueden servir,
como efectivamente sirven, de modelo. Díganlo sinó el que dedicó al
_Guadalquivir_, y varios de los que figuran en el _Parnaso español_, en
la _Colección de poesías selectas castellanas_ y en el opúsculo anotado
por el maestro Francisco de Medina.
Arguijo siguió en sus versos al _divino_ Herrera, y según palabras de un
crítico moderno, «por el gusto, por su rica y esmerada dicción poética,
por la fuerza de su fantasía y por la gravedad y arrebato del
pensamiento compite con los primeros líricos españoles.»
La casa donde vivió y murió D. Juan de Arguijo existe todavía, y está
situada en el número 2 de la calle que tiene su nombre, y que en otros
tiempos se llamaba de la Virreina por haber morado en ella una señora de
grandes virtudes y singular hermosura viuda de un virrey del Perú.
El edificio, que es bastante amplio, ha sufrido notables alteraciones,
pero aún tiene cierto carácter antiguo, que contribuye á dárselo el gran
balcón de su fachada y el escudo de armas que en ella se ostenta. En el
jardín se encuentran todavía las hornacinas que, según dice Fabié en sus
notas á los _Sucesos_ de Ariño, contuvieron gran número de esculturas
que el poeta hizo traer de Italia.
Arguijo fué sepultado en la iglesia de la casa que los jesuítas fundaron
en 1569 en la calle Compañía, al pie del altar de la Concepción, donde
también descansaban sus padres, hermanos y cercanos parientes.
XLI
LOS FANTASMAS DEL BLANQUILLO
«... Entre los giros secretos que van formando las brisas hacia
ella avanzan inquietos, entre canciones y risas, larga fila de
esqueletos.»
S. RUEDA.
En una especie de plazuela llamada de _Vib-Arragel_, que existía frente
á la histórica puerta que se conoció con el nombre de la Barqueta, hubo
un ancho terraplén, elevado á la altura de la muralla, al cual se subía
por dos escaleras cómodas y desahogadas.
Este sitio era conocido con el nombre del _Blanquillo_, ignoro por qué
causa, y era lugar tan sombrío y de tan triste aspecto, que sólo el
contemplar aquellas negruzcas paredes, que llegaban al río, aquellos
robustos torreones que las cercaban y aquellas zarzas que entre las
piedras crecían, inclinaba el ánimo á las ideas melancólicas.
Por eso el vulgo nunca miró con buenos ojos el _Blanquillo_, y á
propósito de él contábanse cien historias de fantasmas y encantamentos
desde tiempos muy remotos, llegando á tanto las supersticiones, que uno
de los actos más heróicos que podía entonces cometer un jaque sevillano
era ir de noche al terraplén y pasearse allí algunos ratos tomando el
fresco.
Cuando las nocturnas sombras caían sobre la población, el _Blanquillo_
tomaba un tinte singular y fantástico, y en aquellas horas de tinieblas
salían los espectros y los duendes con todo el aparato que tales
alimañas traen consigo.
Los torreones que rodeaban el terraplén servían de albergue á los brujos
y brujas, á quienes muchos juraban haber visto correr por los aires,
atravesar el río sobre las aguas y ejecutar otras muchas habilidades de
esta calaña. En el _Blanquillo_ decíase que un moro descomunal enterró
viva á una doncella hija suya que dejó de serlo por cierto caballero
cristiano; allí los judíos habían sacrificado muchos chiquillos con gran
refinamiento de crueldades; allí aparecieron un día los cadáveres de dos
amantes que tuvieron el mal gusto de escoger aquel sitio para sus
amorosas expansiones, y allí, en fin, ocurrían todas las noches las más
extraordinarias y terribles cosas que pueden imaginarse.
Pero uno de los sucesos que más consternaron al vecindario y á todo el
pueblo de Sevilla fué el que vamos á narrar, acaecido, si no miente la
tradición, en los comienzos del siglo XVII, que fué siglo de cosas
estupendas y nunca vistas.
En el barrio famoso de la Macarena, donde siempre habitaron hombres de
conciencia ancha, perdonavidas y barateros, había uno que solía tener á
raya á los valientes, gloriándose de haber despachado para el otro mundo
á varios formidables _ternes_, por lo cual su fama era grande y por
todos los de su jaez estaba públicamente reconocida.
Cierta noche de invierno serena y clara encontrábase el matón reunido
con varios amigos en una taberna, y no se sabe por qué se habló de los
fantasmas del _Blanquillo_, contándose algunas de las últimas hazañas de
ellos, y muy particularmente de las que cometía uno que á las dos en
punto de la noche salía á pasearse por la muralla hasta el convento de
San Juan de Acre.
Hizo el valiente macareno burla y chacota de aquellas niñerías; y como
manifestase á los suyos que habíanle entrado deseos de entendérselas con
el tal fantasma para quitarle las ganas de hacer más sandeces, dijéronle
los amigos que fuera á buscarle al mismo _Blanquillo_, donde no tardaría
en topar con él.
No quiso el mozo desperdiciar la ocasión de perlas que se le ofrecía
para dar una prueba más de su heroísmo, y prometió que aquella misma
noche iba á concluir con cuantos fantasmas le viniesen á las manos.
Dudáronlo algunos, creyéronlo otros, hablóse mucho y nació una apuesta,
que el _terne_ prometió cumplir; y de allí á poco salió de la taberna
acompañado de sus amigos, que le dejaron en las tapias del convento de
Calatrava, siguiendo él resueltamente hacia la plaza de _Vib-Arragel_.
Quedóse solo nuestro hombre, y comenzó á subir la escalera del
_Blanquillo_ en el momento en que las campanas de la Giralda daban las
dos de la noche.
Todo era silencio en aquel lugar; la luna sólo se veía en algunos
intervalos por entre espesos nubarrones, el frío era intenso, y en
conjunto el aspecto de aquel cuadro no podía ser más imponente.
Llegó el mozo al centro de la esplanada y se detuvo largo rato, paseando
luego con el mayor sosiego, y cuando más tranquilo se figuró que podía
estar, vió con gran sorpresa que por el filo del asiento que rodeaba el
_Patín de las damas_ avanzaba una figura, que mal podía calcular de
dónde saliera, cubierta con blanco traje, tapado el rostro por un
capuchón blanco también y de larga punta, y llevando en sus manos una
larga vara, en cuyo extremo superior ardía cierta llama azulada y
fatídica.
Dirigió el valiente algunas palabras al fantasma, pero éste no hizo caso
alguno, y sin amedrentarse por las bravatas siguió su marcha reposada
hasta colocarse cerca del macareno.
Éste, á pesar de sus bríos, sintióse sobrecogido un punto, y echando
mano á un pistolón que llevaba al cinto, apuntó é hizo fuego dos veces
sobre el blanco personaje; mas cuando esperaba que el fantasma caería
desplomado á sus pies, observó con asombro que éste se llevaba la mano
izquierda al pecho y sacaba de su seno las dos balas que el macareno le
había disparado.
Entonces nuestro hombre quedó atónito, un sudor frío corrió por su
cuerpo, turbóse su vista, y cuando iba á emprender rápida fuga
descargaron sin saber cómo un golpe tan violento sobre su cabeza, que
cayó en el suelo sin sentido.
Por la mañana el cuerpo del _terne_ apareció flotando sobre las aguas
del río, cerca de San Jerónimo, sin que dieran ningún resultado cuantas
diligencias practicó la justicia para esclarecer este misterioso crimen.
«Y si, lector, dijeres ser comento,
como me lo contaron te lo cuento.»
XLII
EL ESCULTOR MARTÍNEZ MONTAÑÉS
«Famoso artífice, que por estas y otras obras adquirió grandes
créditos, no sólo en Sevilla, sinó también en los países
extranjeros.»
ARANA DE VARFLORA.
No se ha podido averiguar todavía, á pesar de las activas diligencias de
los eruditos, si este insigne escultor, el más notable sin duda que en
el siglo XVII tuvo España, es ó no hijo de Sevilla; pues mientras unos
señalan nuestra patria como punto de su nacimiento, otros lo niegan, y
sin presentar documento alguno afirman que nació en Alcalá la Real,
pequeño pueblo de la provincia de Jaén, por los años de 1590.
Mas sea ó no sevillano, es lo cierto que Martínez Montañés vivió en la
capital de Andalucía desde su infancia, que en esta ciudad pasó toda su
existencia, y que aquí ejecutó todas las inimitables esculturas que hoy
admira la posteridad.
Los templos de Sevilla se encuentran llenos de obras del insigne
artista, con quien en vano quisieron competir en su tiempo otros
escultores, también andaluces, quedando á gran distancia.
La más notable, quizás, de las figuras que produjo su habilísimo cincel
es la del Jesús que construyó para el convento de la Merced Calzada, que
hoy posee la hermandad llamada de la Pasión, y que excede al elogio más
alto que de ella se haga.
La actitud del Nazareno, agobiado por el peso de la cruz; la dolorosa
expresión de su rostro, que se inclina suavemente sobre el pecho;
aquellos brazos que se extienden desfallecidos, sujetando á duras penas
el instrumento del cruel suplicio; aquellos pies ensangrentados que
pisan las abruptas peñas de la subida del Gólgota; toda la figura en sí
resulta tan artística, tan humana, tan perfectamente concluída, y tiene
rasgos tan llenos de inspiración, que es imposible contemplarla sin
sentir algo, que conmueve y llega al corazón. ¡Lástima grande que tan
hermosa figura se vea cubierta hoy por un ropaje de terciopelo lleno de
costosos bordados y lentejuelas, que es verdaderamente antiestético y un
ridículo anacronismo!
Se cuenta que la primera vez que esta hermosa escultura salió en
procesión las gentes lloraron conmovidas al verla; y escribe el padre
Valderrama, que el mismo Martínez Montañés iba á buscarla por las calles
que había de pasar, diciendo á sus amigos «que era imposible hubiese él
ejecutado obra tan admirable.»
Otra de sus figuras muy celebrada es el Crucificado que existe en la
iglesia de San Leandro; y deben citarse tras de ella el Santo Domingo
que hizo para el convento de Porta-Coeli, el Jesús llamado del _Gran
Poder_, que posee la cofradía de San Lorenzo, el San Pedro Alcántara que
se colocó en el monasterio de esta Orden, y el retablo mayor del
convento de Santiponce, ejecutado por él en 1622.
Sería tarea por demás larga enumerar todas las esculturas que Martínez
Montañés nos ha dejado como otras tantas pruebas de su admirable genio,
y sería más larga y difícil tarea aún señalar la multitud de bellezas
que en cada una se encuentran. Un reputado crítico dice «que pocos
escultores le han aventajado en la naturalidad de las actitudes, en el
plegar de los paños y en la dulzura y expresión de los rostros.»
Hizo también preciosos niños, muchos de los cuales se conservan todavía
y se distinguen al momento de todos los que en aquella época se
construyeron.
Juan Martínez Montañés falleció á principios del año 1649 en una humilde
casa de la calle llamada entonces Cruz de la Parra, siendo causada su
muerte por la cruel epidemia llamada peste _levantina_, que tan
horrorosos estragos causó en Sevilla.
El cadáver del insigne artista fué enterrado en una ancha fosa que por
entonces se hizo á la salida de la Puerta Real, confundiéndose sus
huesos con los de los muchos desgraciados que allí se arrojaban en los
días de la epidemia.
Martínez Montañés fué casado, y tuvo varios hijos; su existencia fué
modesta y oscura, sus costumbres intachables y su mano estuvo siempre
pródiga en socorrer á cuantos pobres llegaban á su puerta.
Para terminar, citaré un detalle que no es muy conocido: en 1636 pasó á
Madrid para hacer el modelo de la estatua ecuestre de Felipe IV por el
retrato que pintó Velázquez, y cuyo modelo se envió al florentino Tacca,
y en 1648 aún no le había sido posible cobrar en completo el dinero en
que se estipuló su trabajo.
XLIII
LOS ESCLAVOS NEGROS
«¿No será menos amargo el pesar que su tormento? un hondo
arrepentimiento finará con el morir.»
J. BALMES.
Hay en el barrio de San Bartolomé una calle de corta extensión, que se
llamó en lo antiguo calle de la Rosa y hoy se conoce con el nombre de
Armenta, y en cuya calle aún se conserva un edificio donde ocurrió el
trágico suceso que vamos á narrar, teniendo presentes cuantas noticias
hemos podido recoger al efecto.
Hacia los últimos años del siglo XVI habitaban en esta casa dos hermanos
de distinto sexo, de linajuda familia, de posición bastante desahogada y
muy estimados en Sevilla, pues frecuentaban el trato de la gente más
distinguida de la ciudad.
Por razones que luego comprenderá fácilmente el lector callamos los
apellidos de estos dos hermanos, y sólo diremos de ellos los nombres:
llamábase él D. Luis y ella D.ª Aurora, habían quedado huérfanos y
pasaban tranquilamente la existencia disfrutando los muchos bienes que
de sus ancianos padres habían heredado.
Era el D. Luis caballero que poseía bellísimas cualidades de carácter, y
era la D.ª Aurora doncella de rara hermosura, que apenas contaba
veintitrés abriles y estaba adornada de todas las gracias y encantos que
una mujer puede atesorar, amén de otras dotes que la hacían digna de
toda consideración y respeto.
Los hermanos, que se profesaban entrañable afecto, estaban servidos por
dos criados antiguos en la casa de sus padres, hacia quienes tenían
muchas deferencias, no comunes, ni entonces ni ahora, entre el que es
servido y el que sirve.
Habían sido estos criados en su niñez esclavos en África, y si negros
eran sus rostros, más negros aún eran los pensamientos que en mal hora
comenzaron á cruzar por los oscuros rincones de sus cerebros.
La gracia juvenil, las turgentes formas y aquel gracioso continente de
D.ª Aurora hicieron nacer en el pecho del más joven de los criados una
pasión brutal y torpe, que, cuando no pudo tenerla más en silencio,
comunicóla á su compañero, trazándole un plan horrible, é invitándole á
que con él gozase á la peregrina hermosura.
Transcurrieron algunos meses, y durante este tiempo los pérfidos
servidores maduraron su proyecto infame; y mientras encontraban ocasión
propicia de llevarlo á efecto, crecía en el mísero corazón del esclavo
aquel volcán de impuros apetitos y de lascivos deseos.
Asuntos particulares obligaron por su mal á don Luis á ausentarse
algunos días de la casa, y cierta noche, á la hora de las _Ánimas_,
cuando D.ª Aurora se disponía para recogerse, se vió sorprendida por el
feroz negrazo, cuyo gesto y actitud demostraron bien pronto á la infeliz
doncella el grave riesgo que su preciada honra en tales momentos corría.
Imposible le fué á la joven pedir socorro, é imposible le fué medir sus
débiles fuerzas con las del esclavo, y éste huyó luego saboreando su
bárbaro triunfo, ocultándose donde no creía llegase á ser capturado. Mas
su compañero, que, horrorizado de aquel crimen desistió de tomar parte
en él, cuando regresó D. Luis de su corto viaje contóle el caso,
indicándole el lugar donde se refugiaba el autor de su deshonra.
Guardó silencio el caballero, sin que á nadie trascendiese lo que había
ocurrido, y lanzóse en busca del servidor infame, á quien encontró al
fin y dió muerte de certera estocada.
Al punto regresó ciego de ira á su domicilio, y al salirle al encuentro
el otro esclavo se arrojó sobre él y lo estranguló, echando su cadáver
en un pozo. Y quizás hubiera hecho lo mismo con su infeliz hermana, á no
esconderse D.ª Aurora en el rincón más apartado del edificio.
Al siguiente día desapareció D. Luis, suponiéndose que se embarcó con
rumbo á América, de donde no tornó jamás, y á los pocos meses la hermosa
dama entró en un convento, que era entonces el lugar donde se acogían
cuantos deseaban pasar tranquila la existencia.
XLIV
LA CARTUJA
«Que invirtáis todos mis bienes en proseguir con ahinco la
fundación comenzada, para que sirva de asilo á religiosos cartujos
cerca la orilla del río.»
J. GESTOSO.
Magnífico y soberbio era á la verdad el monasterio que en las afueras de
Sevilla, y á la derecha del Guadalquivir, poseían los frailes cartujos,
y al evocar su recuerdo sentimos algo así como una sombra de envidia
hacia aquellos dichosos seres que, alejados de miserias y cuidados,
vieron deslizarse allí con la mayor tranquilidad las horas de esta breve
y pasajera existencia.
La Cartuja ocupaba una grandísima porción de terreno, y «su aspecto
exterior era más bien el de un pueblo, no pequeño, que el de un convento
de anacoretas», según escribe González de León, que alcanzó á verlo
cuando los frailes estaban en todo su apogeo.
Á más del edificio ocupado por los monjes y por el templo, había
graneros y departamentos, repletos siempre de cereales y vituallas;
almacenes de maderas, hierros, casas habitadas por trabajadores y
criados, talleres de carpintería, jardines deliciosos, y huertas que
rendían abundantes frutos.
La comunidad era bien numerosa; en las arcas de la tesorería se
guardaban muchos millones en relucientes monedas de oro y plata, y en
los estantes de la biblioteca infinidad de volúmenes raros y curiosos;
en las bodegas exquisitos vinos, y en las despensas sabrosos manjares; y
para que nada faltase á los frailes, los mejores artistas habían dejado
en el convento numerosas joyas de arte de inestimable precio.
La Cartuja se fundó el año 1401 por el arzobispo de Sevilla D. Gonzalo
de Mena, quien costeó los primeros trabajos para la erección del
edificio, y dejóle á su muerte más de treinta mil doblas de oro.
En el lugar donde se comenzó á levantar tan soberbio edificio existía
una ermita, en la que se conservaba una antiquísima imagen de la Virgen,
llamada de las Cuevas, la cual fué colocada en el retablo mayor de la
iglesia.
La suma donada por el Arzobispo fué á parar en gran parte á manos del
Rey de Aragón, quien dispuso de ella para costear la guerra contra los
moros; pero el adelantado de Andalucía D. Per-Afán de Rivera le dió á
los frailes una cantidad igual á la que habían perdido, y entonces se
siguieron las obras, que, merced á las muchas donaciones de otros
caballeros, se terminaron después de mediar el siglo XV. Á propósito de
esto extractamos estas curiosas noticias de la Historia eclesiástica del
Abad Gordillo:
«Tenía el Arzobispo Mena un criado natural de Burgos, llamado Juan
Martínez de Victoria, á quien había dado un canonicato de la Catedral...
y teniéndole consigo en Cantillana, al tiempo de su muerte le encomendó
la continuación de la fábrica y aumento del monasterio, y en su
confianza le dejó treinta mil doblas de oro moriscas para que con ellas
acudiese á su intento y confianza que de él hacía. El canónigo Martínez
de Victoria tomó á su cargo la prosecución de la fábrica del monasterio.
Fué esto en tiempo en que el infante de Castilla D. Fernando vino á
Sevilla á buscar dinero para hacer la guerra á los moros. El Infante
llamó al canónigo Victoria y le pidió las treinta mil doblas para la
guerra; éste negó tener las doblas, y entonces el Infante determinó
darle tormento, y se lo dió muy recio. Viendo que no declaraba, el
Infante le hizo jurar que no tenía el dinero; y por no jurar en falso,
Martínez de Victoria confesó dónde tenía la cantidad que tanto había
defendido como fiel criado.»
Dado el poco espacio de nuestros apuntes, sólo nos detendremos en hablar
de la iglesia de la Cartuja, que causaba admiración en todos los que la
visitaban.
Llegábase á ella después de pasar un extenso patio, y era de una sola y
amplia nave, de altos techos y macizas paredes de ladrillos y piedras.
En los altares, que eran muchos y de varios gustos, existían hermosas
figuras de Martínez Montañés y Roldán; cuadros debidos á los pinceles de
Morales, Alonso Cano y Durero: la sillería del coro principal era obra
de Duque Cornejo, y las estatuas que cerca de ella estaban colocadas
fueron construídas por el florentino Torrijiano, según he visto escrito.
Ocupaba la sacristía mayor una hermosa pieza de buenas luces, de
pintadas vidrieras, y de sólidas y labradas estanterías, en las cuales
se guardaban riquísimas telas, preciosas joyas y toda clase de objetos
para el culto.
El Arzobispo Mena, fundador de la casa, estaba enterrado en la capilla
de la Magdalena, y en otra capilla, á expensas del primer Marqués de
Tarifa, se construyó un soberbio mausoleo, donde fueron sepultados D.
Per-Afán de Ribera, sus dos esposas, que yacen hoy en la Universidad, y
desde 1512 hasta 1536 estuvieron allí en modesto nicho los restos de
Colón, que, llevados á Santo Domingo, pasaron á la isla de Cuba en 1795,
donde se encuentran actualmente.
La Cartuja fué casi destruída por los invasores soldados de Napoleón en
1811, y al marcharse éstos restauróse la iglesia, que se abrió al culto
en 1816.
Cuando los nuevos frailes empezaban las obras de reparación del convento
vino la exclaustración, y en 1843 se estableció en el edificio la
fábrica de loza que tan conocida es en todas partes por sus productos, y
de la cual nada diremos por parecernos que nos apartaríamos del
principal objeto que nos ha movido á trazar estas líneas.
XLV
LA ROLDANA
«Roldán dejó varios discípulos, entre ellos su hija Luisa, notable
artista, á quien los sevillanos dieron el nombre de la Roldana.»
J. H.
Vamos á ocuparnos de la célebre escultora Luisa Roldán y Mena, conocida
por _la Roldana_; y si bien son pocos los datos biográficos que de ella
conocemos, sus obras son suficientes á llenar muchas páginas en su
elogio.
Hija de Pedro Roldán, artista que trabajó mucho para los templos de
Sevilla, aprendió desde pequeña la escultura, aventajando con el tiempo
á su padre, el cual, aunque ejecutó algunas figuras no exentas de
mérito, hizo muchas que no resisten la crítica más indulgente.
Nació _la Roldana_ en 1656, y, como siendo muy joven quedó huérfana de
madre, encargóse del gobierno interior de su casa, ayudando al mismo
tiempo en las esculturas á su padre, sin abandonar por ello las labores
domésticas, á que debe dar particular atención toda mujer hacendosa y
prudente.
Con las lecciones que á diario recibía y con el talento de que la
naturaleza la había dotado fué cada vez adelantando más en los trabajos
que comenzaba, llegando á construir estatuas tan bellas como las que se
encontraban en el extinguido convento de las Mínimas.
Cuéntase que por entonces, habiendo rechazado el Cabildo una escultura
que por su encargo hizo Pedro Roldán, su hija la arregló de tal modo,
que fué admitida por los canónigos con satisfacción extraordinaria.
Y no fué ésta la sola ocasión en que _la Roldana_ corrigió á su padre,
pues en la Virgen de los Dolores que existe en San Pablo y en el _paso_
de la Mortaja de Santa Marina también puso sus manos, y por cierto con
los mejores resultados.
Para la iglesia de San Bernardo ejecutó cuatro figuras, que merecen
citarse por la verdad que tienen, por la sencillez de las actitudes y
por los conocimientos anatómicos que revelan.
Representan tales esculturas á San Miguel, á San Agustín y á Santo
Tomás, siendo la más notable la última, de la Fe, que como las
anteriores se hallaba en el altar donde también existía el célebre
cuadro de la _Cena_ pintado en 1622 por Francisco Varela.
Cuando Pedro Roldán se encargó de construir el _paso_ de la _Oración del
Huerto_, de Monte-Sión, su hija le ayudó notablemente; y son de su mano,
el ángel que sobre nubes se levanta bajo la palmera y los medallones de
relieve que ostenta el zócalo en la peana.
Para la magnífica iglesia de San Miguel hizo Luisa Roldán la estatua de
dicho arcángel, puesta en el retablo mayor, y de la que escribía un
erudito historiador las siguientes palabras:
«La gallardía y franqueza del dibujo, la hermosura del joven rostro, en
que á la vez se expresan el valor guerrero y la dulzura, y la exacta
conclusión de las carnes y ropajes, es encantadora. Pocas veces se
habrán ocupado las gubias de los escultores para cortar su madera con
más acierto y facilidad.»
En lo que más sobresalió _la Roldana_ fué en las figuras pequeñas; y
existen de ella algunos niños admirables, que se conservan en los
conventos de monjas.
La fama de esta mujer llegó hasta Madrid, y el desdichado monarca Carlos
II la mandó llamar á la corte, nombrándola escultora de cámara y
encargándole algunos trabajos con destino al monasterio del Escorial.
Desde el año 1695 _la Roldana_ vivió en Madrid, hasta 1704, en que
falleció víctima de una enfermedad aguda.
Su padre había muerto en 1700 sin dejar bienes algunos de fortuna y en
medio de la soledad y el reposo de una casa de campo que tenía próxima á
Sevilla.