Vino Cervantes á Andalucía poco antes del año 1588, cuando, después de

haber compuesto sin resultados prácticos algunas obras para el teatro,

solicitó y obtuvo un destino de Comisario de los proveedores de galeras

D. Antonio de Guevara y don Pedro Insusa; y continuó en su empleo hasta

el 1596, en que presentó con toda exactitud, según el erudito

Navarrete, sus cuentas y las de los ayudantes que le acompañaban.

Empleóse también en otras comisiones; y como, á más de la anterior,

obtuvo la de Recaudador de los tercios y alcabalas, que le dió Felipe

II, y la persona á quien llevó ciertas cantidades recaudadas para que

las llevase á la corte se fugó de España, hubo una serie de incidentes

que sería prolijo contar, y que dieron por resultado la prisión de

Cervantes en la Cárcel de Sevilla, donde algunos escritores suponen que

dió comienzo al _Ingenioso Hidalgo_, sin que existan pruebas suficientes

para creerlo así.

Salió Cervantes de la prisión en Diciembre de 1597, después de haber

hecho al Rey presente, por documentos, su deseo de pasar á la corte,

donde aclararía sus cuentas, y una vez en libertad ignóranse los sucesos

que ocurrirían; pero es lo cierto que el autor insigne del _Quijote_

siguió viviendo en nuestra ciudad todo el año de 1598, en situación no

muy desahogada por cierto.

Ocupóse luego en negocios y diligencias que le encomendaron D. Hernando

de Toledo y algunas personas de posición, saliendo de Sevilla por último

á fines de 1602, dirigiéndose á Valladolid, donde se encontraba su

familia, aunque también suponen algunos biógrafos que se detuvo en la

Mancha y en el pueblo de Argamasilla, en cuyo punto fué preso y

encerrado en la casa del Alcalde Medrano.

Por los datos anteriores se ve el tiempo que Cervantes residió en

nuestra capital, y las diversas ocupaciones que ejerció; mas como nada

hemos dicho hasta ahora de sus trabajos literarios de entonces ni de

algunas particularidades curiosas, vamos á hacerlo en el menor espacio

posible.

En los ratos que le dejaban libres sus cuentas y enojosas comisiones

Cervantes frecuentaba el trato de los muchos varones ilustres que vivían

en Sevilla, y los cuales habían hecho que nuestra población fuese centro

de cultura, ya que era emporio del comercio y riquezas del Nuevo Mundo.

El _divino_ Herrera, D. Juan de Jáuregui y el pintor Pacheco fueron

grandes amigos de Cervantes, quien concurrió más de una vez á la famosa

Academia de que en otro lugar nos ocuparemos, y en la que vinieron á

juntarse hombres tan sabios y dotados de ingenio.

En Sevilla escribió Cervantes varias de sus novelas, entre las que se

cuentan _Rinconete y Cortadillo_, _Coloquio de los perros_, _El celoso

extremeño_, _La tía fingida_ y _El curioso impertinente_; aquí compuso

la poesía que se premió en el certamen de Zaragoza cuando la

canonización de S. Jacinto, el soneto á la muerte de Herrera y el

conocidísimo al túmulo levantado en la Catedral para las honras de

Felipe II; aquí recogió muchos apuntes, que utilizó más tarde, y entabló

por último conocimiento con muchas personas que habían de servirle para

tipos de sus admirables creaciones.

En el convento de Santa Paula de nuestra ciudad estuvo la hermosa

Isabela de _La española inglesa_, y cuenta la tradición que Cervantes

pasaba largos ratos en la torre de San Marcos, desde cuyo punto solía

ver en el jardín del convento á la linda muchacha, cuya casa estaba

frente á la puerta del Compás.

Para terminar, diremos que el Príncipe de nuestros ingenios solía pasear

con frecuencia por los antiguos portales de la plaza de San Francisco,

donde era muy conocido de todos los que á aquel punto céntrico de la

ciudad concurrían.

Habitó, según parece, tres casas en Sevilla: una próxima á Santa Paula;

otra en la calle Alfolí de la Sal, y la última en la feligresía de San

Isidoro; siendo de lamentar que nadie se haya ocupado en hacer algunas

averiguaciones para señalar cuáles fueron estos edificios, que merecían

ser adornados con alguna lápida conmemorativa.

XXXVI

DON JUAN TENORIO

«Á quien quise provoqué, con quien quiso me batí, y nunca consideré

que pudo matarme á mí aquel á quien yo maté.»

ZORRILLA.

En esta colección de apuntes sevillanos no podía faltar en modo alguno

el popularísimo caballero, hijo de nuestra ciudad, sobre quien tanto se

ha escrito y tanto se ha discutido.

Llega el mes de Noviembre con su Conmemoración de los difuntos, y al

mismo tiempo aparece en la escena de nuestros teatros ese personaje

esencialmente español, audaz hasta la temeridad, pendenciero por

naturaleza, burlador de mujeres y lleno de vicios que tienen un sello

especial de grandeza y de hidalguía.

La figura de Tenorio resucita todos los años al sonido de las campanas

que doblan tristemente por los que fueron; y el pueblo, que durante el

día visitó el campo-santo para llevar coronas y faroles á las tumbas

del padre, de la esposa ó del hijo por siempre ausentes, acude en la

noche al teatro, donde presencia una vez más la escandalosa escena de la

hostería, el rapto de la ideal novicia, el convite interrumpido por la

fatídica sombra de Ulloa, y la salvación del alma pecadora del

protagonista.

Esto de que las costumbres hacen leyes probado se ve únicamente con las

representaciones del _Tenorio_. Ley se ha hecho ponerlo en escena en los

primeros días de Noviembre; y tan es así, que otro cualquier día del año

nadie concurre al coliseo que anuncia en sus carteles la popular obra de

Zorrilla.

Sólo parecen bien las arriesgadas aventuras del audaz sevillano en los

momentos en que la Naturaleza, despojada de sus espléndidas galas, cual

si se asociase al duelo de la humanidad, se prepara á recibir al anciano

Invierno.

Y ahora preguntamos: ¿ese D. Juan Tenorio, tipo acabado del calavera de

otros tiempos, conjunto de todas las maldades, alma indómita y corazón

de fuego, ha vivido en el mundo real, ó es únicamente la creación de un

poeta?

Hé aquí una duda difícil de aclarar. Los críticos no han podido

averiguar aún la verdad en este punto, y el origen de D. Juan Tenorio es

un misterio.

Cada escritor de los que tratan el asunto dice una cosa distinta; cada

uno lo presenta de modo diferente, si bien están conformes en achacar al

héroe todas las travesuras imaginables; pero la fuente primitiva, el

cimiento sobre el que se han construído tantas obras, no se ha precisado

de manera clara, terminante y que no ofrezca lugar á dudas.

Á _Tirso de Molina_ corresponde desde luego la gloria de haber sido el

primer poeta que dió á conocer al D. Juan famoso. Cuantos después de

Téllez le han tratado en leyendas, dramas y novelas, inspiráronse en lo

que él dijo, y siguieron sus huellas más ó menos cerca ó con peor ó

mejor acierto.

_El burlador de Sevilla_ dió origen á cuanto de este personaje

escribieron Molière, Corneille, Dumas, Byron, Junqueiro y otros autores

extranjeros y nacionales; ¿pero en qué tradición, en qué documento, en

qué hecho se inspiró _Tirso de Molina_?

Aquí entran las opiniones particulares de los críticos, que, como casi

siempre ocurre, son muy diversas, y no es cosa de reproducirlas ahora.

Dejo, pues, á un lado el origen de D. Juan Tenorio, para que otro con

más instrucción y paciencia se dedique á ponerlo en claro; y para

concluir dedicaré algunos párrafos á la obra del inmortal poeta, que,

abrumado de años y de laureles, era hasta hace poco el único que nos

quedaba de una época gloriosa para las letras españolas.

Cuando Zorrilla escribió su célebre drama estaba muy lejos de sospechar

que iba á ser la más popular y aplaudida de sus obras. Él mismo, en sus

_Recuerdos del tiempo viejo_, nos dice de qué manera tan curiosa comenzó

el trabajo. Sin haber formado plan ni haber meditado el asunto, dejó

correr la pluma, y fué llenando cuartillas y más cuartillas de versos,

si á veces incorrectos, fáciles, inspirados y armoniosos; y tras una

escena imaginó otra, y en corto número de días la obra quedó terminada,

y se estrenó sin que su autor llegara á repasarla con algún

detenimiento.

El éxito fué grande; el público de entonces aplaudió, como aplaude el de

hoy y como aplaudirá el de mañana, porque las creaciones del genio

siempre causan admiración, cualquiera que sean los gustos que priven y

las escuelas que estén en moda.

Parecía casi olvidado el _Tenorio_ de Zorrilla algunos años después de

su estreno. Lo puso en escena el actor D. Pedro Delgado, que se hallaba

en todo el apogeo de sus facultades, y entonces se inició la costumbre

de representarlo en los primeros días de Noviembre, y entonces se

extendió por todas partes, y el propietario de la obra hizo una fortuna.

Zorrilla había vendido la propiedad, en cantidad no muy crecida por

cierto, y nada percibió de lo mucho que produjo, cosa que el vate ha

lamentado no pocas veces en diversas composiciones.

Hablar aquí del drama sería á mi juicio perder el tiempo, cuando no hay

español que no le haya visto representar, ni persona medianamente

ilustrada que no sepa sus versos de memoria. Nuestro propósito no ha

sido otro sino que el nombre del legendario personaje sevillano figure

en este libro, donde sólo se tratan cosas de Sevilla.

XXXVII

EL ANGOSTILLO DE SAN ANDRÉS

«Una calle estrecha y alta la calle del Ataúd, cual si de negro

crespón lóbrego eterno capuz la vistieran...»

ESPRONCEDA.

Hoy no tiene esta vía nada de particular; es una de tantas calles

estrechas é irregulares como en Sevilla existen, no muy limpia, y de

poco tránsito: pero en otros tiempos, cuando el vulgo era más ignorante

que ahora; cuando había aún quien creyese en brujas, duendes, fantasmas

y toda esa caterva de seres extraordinarios; cuando las patrañas y

absurdas consejas eran artículos de fe para el pueblo supersticioso, el

Angostillo era sitio terrible, donde tenían lugar los sucesos más

extraordinarios.

Era entonces el aspecto de esta estrecha y tortuosa calleja el más

sombrío que puede imaginarse. Á un lado se alzaban los muros de la

parroquia de San Andrés; al otro los altos paredones del hospital del

Pozo Santo; había dos ó tres casas de miserable aspecto, viejas y

ruinosas; á la desembocadura de la calle Cadenas se veía un edificio muy

antiguo, que estaba siempre deshabitado desde que la Inquisición

sorprendió en él una sociedad de molinistas; y para acabar de dar

carácter á esta vía, se encontraba en ella un pesado retablo, donde

existió un lienzo representando á la Concepción, ante el cual ardía de

noche triste lamparilla de aceite, que lanzaba sobre la imagen sus

menguados resplandores.

Mas no por haber allí un cuadro piadoso dejaban de vagar los diablos y

duendes por el Angostillo; y tanta afición habían tomado al lugar, que

ninguno les parecía tan á propósito para hacer sus sandeces y picardías.

¡Con cuánto terror contaban las viejas los sucesos del Angostillo! ¡Con

qué miedo se oían los relatos de trágicas escenas allí ocurridas! ¡Con

qué exageraciones y comentarios circulaban por toda la ciudad las

hazañas que diariamente cometían las brujas y endemoniados!...

Paseaban durante la noche por la estrecha calleja pálidos espectros de

ojos fosforescentes y largas túnicas, los cuales solían algunas veces

asaltar al incauto transeunte, obligándolo á entregarles cuanto llevase

encima, y dándole muerte si mostraba resistencia á ser despojado.

Vagaba también por el Angostillo el famoso duende _Martinito_, á quien

nadie vió nunca, pero que todos hablaban de él ponderando su pequeñez

excesiva y su travesura singular, que ejercitaba muy particularmente en

engañar doncellas, á las cuales tenía encerradas en un palacio bajo

tierra para irlas entregando según convenía á los caballeros enamorados

y que le daban en cambio la salvación de sus almas.

Al pie del retablo que ya hemos citado verificábanse con frecuencia

desafíos y riñas entre Maniferros y Repolidos, y muchas veces fueron de

allí levantados por la mañana los cuerpos de no pocos infelices

acribillados de estocadas.

En una de las casuchas del Angostillo veíanse entrar todos los domingos

al toque de la _Queda_ varios embozados, los cuales permanecían en el

edificio hasta sonar el _Alba_, hora en que volvían á salir con el mismo

silencio; y aunque parte del vulgo se deshacía en conjeturas, jamás pudo

averiguar con certeza cuál era el objeto que á aquella casa llevaba á

los misteriosos embozados.

Un individuo, sin embargo, más curioso ó más atrevido, quiso enterarse

de lo que tales reuniones querían decir, y cierta noche púsose en

acecho, favorecido por las sombras, junto al umbral de la casucha,

distinguiendo entre las tinieblas á los embozados que iban llegando

cuando las campanas de la Catedral dieron la _Queda_.

Con el silencio de la noche, que era templada y hermosa, oyó al poco

rato un ruido singular dentro del edificio, escuchando también débiles

quejidos y sollozos entrecortados, que parecían de mujer; mas cuando

estaba el curioso con toda atención, se vió rodeado sin saber cómo de

un grupo de hombres, quienes sin proferir palabra alguna le amarraron,

vendándole los ojos, y cargaron con él á cuestas.

Fué tal el terror que se apoderó entonces del infeliz, que perdió el

conocimiento, y cuando volvió en sí hallóse tendido en el Campo de los

Mártires y en el más completo estado de idiotismo, en el cual vivió

hasta los últimos días de su existencia.

Hoy, que ya nadie teme al Angostillo, nos ha parecido oportuno dedicarle

un recuerdo en esta colección de ligeros apuntes.

XXXVIII

LA ACADEMIA DE PACHECO

«Por tí, honor de Sevilla, el docto, el erudito, el virtuoso

Pacheco, que con lápiz generoso guarda aquellos borrones que

honraron las naciones.»

QUEVEDO.

Tanta fué la prosperidad y grandeza de Sevilla en el siglo XVI, que

algunos historiadores la comparan con Atenas en tiempos de Pericles y

con Roma en la época de Augusto.

Con verdad puede decirse que la capital andaluza era centro de cultura

intelectual, pues en ella tenían residencia esclarecidos varones que

lograron adquirir fama imperecedera como poetas, pintores, escultores,

prosistas y guerreros.

Entre estos hombres, orgullo de la patria, vivía Francisco Pacheco,

artista por naturaleza, alma noble y henchida de bellos sentimientos y

espíritu muy aficionado al estudio de todos los ramos del saber y al

cultivo de las Musas.

Nació Pacheco, según los datos más auténticos, en 1573, dedicándose

desde muy joven á la pintura bajo la dirección de Luis Fernández, que

por aquella época tenía su taller en nuestra ciudad. Los primeros

lienzos de Pacheco se dieron al público en 1590. Siete años después

pintó al temple uno de los trozos del soberbio catafalco levantado en la

Catedral para los funerales de Felipe II, que inspiró al gran Cervantes

el más popular de sus sonetos.

Trasladóse Pacheco á Madrid hacia el 1611, volviendo á la corte pasado

algún tiempo, y en los meses de su residencia en la villa estudió con

sumo detenimiento las obras del Greco, de Carducho y de Céspedes. Vuelto

á Sevilla, comenzó á pintar numerosos cuadros para las iglesias y

conventos, inaugurando de allí á poco su famosa Academia, á la que

concurrieron los mayores ingenios que por entonces existían en España.

Estaba instalada esta Academia en la calle Armas, en un edificio cómodo

y espacioso, donde también tenía su estudio Pacheco, y del cual salieron

tan notables pintores como Alfonso Coello y el gran maestro Diego

Velázquez.

No tardaron en hacerse célebres las tertulias de la Academia que tanta

honra dió á las letras patrias, pues allí asistieron: el inspirado

Arguijo, protector de los ingenios de su tiempo; el P. Juan de Pineda;

el racionero Pablo de Céspedes, pintor famoso, arquitecto y poeta;

Gutiérrez de Cetina, el autor de tiernísimos madrigales; el _divino_

Herrera, fundador de la Escuela Sevillana; Rioja, el cantor de las

flores; el docto agustino Fr. Pedro de Valderrama; el maestro Francisco

de Medina; el licenciado Cristóbal Mosquera, discípulo del ilustre

Malara; el piadoso fraile Núñez Delgadillo; el malogrado doctor Gonzalo

Sánchez Lucero; el inimitable poeta festivo Alcázar; Argote de Molina,

cuyo nombre tanto se respeta hoy; el insigne pintor maese Pedro de

Campaña; Rodrigo Caro; Miguel de Cervantes, y otros muchos varones

ilustres que acudieron á aquel torneo de la inteligencia, donde se

llevaron tantas cuestiones literarias y científicas, tantos pensamientos

elevados y tan diversos y varios asuntos.

«Francisco Pacheco,--escribe el señor Asensio--al ver llegar á su

reunión tantos varones notables, tuvo la feliz idea de irlos retratando

unos después de otros, y la delicada atención de añadir á cada imagen un

resumen ó elogio, en el que daba noticias de la vida y de las obras del

personaje.»

Cultivó Pacheco, como ya hemos dicho, la poesía y la pintura,

sobresaliendo en ambas cosas, pues su inteligencia privilegiada y su

infatigable laboriosidad y amor al estudio se reunieron para dar vida á

sus inmortales obras.

Entre las literarias se encuentran bellísimas poesías, doctas

_disertaciones_ y un _Tratado del arte de la pintura_, que, según

palabras de un eminente crítico, «excede en erudición histórica y en la

seguridad de los consejos á cuanto en la materia se había escrito hasta

aquella época.»

Entre sus lienzos más notables mencionaremos su _Juicio final_, sus

pasajes de la _Historia de Ícaro_, _Dédalo_, su _San Miguel_, y los que

existen en las iglesias de Brenes y Alcalá de Guadaira.

Falleció Pacheco en Sevilla el año 1654. Juan de la Cueva, Lope de Vega

y otros de sus coetáneos le dedicaron sentidos elogios, y la posteridad,

que le admira, rendirá siempre tributo á su genio y sabiduría.

XXXIX

EL SERMÓN DE LAS MANCEBÍAS

«¿... Qué te vale tu lindeza? ocasiones de tristeza: tu beldad y

hermosura, para ser mal empleada: más te valiera ser fea...»

C. DE CASTILLEJO.

La calle de la Laguna, que por sus hermosos edificios, su esmerada

limpieza y su rectitud y anchura es una de las mejores calles de nuestra

ciudad, edificóse á mediados del siglo XVII en el lugar donde desde muy

antiguo tuvieron sus viviendas las mozas del partido, que se hallaban

entonces separadas del resto de la población en aquel barrio, conocido

con el nombre de barrio de las Mancebías.

Formábanlo éste multitud de casuchas desiguales y de horrible aspecto, y

para entrar en él había que traspasar un arquillo situado al final de la

calle de Atocha.

En aquel barrio existía una laguna de pestilentes aguas, que allí

afluían de diversos sitios, y á esto se debió que la calle tomase el

nombre que aún lleva.

Muy crecido era á la verdad el número de las distraídas mozas que en las

mancebías habitaban, y, á fin de tenerlas á raya, el Ayuntamiento

costeaba un personal bastante numeroso que de continuo las vigilase y

examinara, dando también con frecuencia sabias órdenes encaminadas á

contener los excesos y abusos de aquellas mujeres que por tan malos

caminos iban.

No satisfecho con esto, y á fin de atraer á las ninfas por la mejor

senda, el Cabildo nombraba un alguacil que las llevaba los domingos á

oir misa, haciéndolas confesar y comulgar en la iglesia de San Francisco

cuando era llegado el tiempo de Cuaresma; y por si aún no era

suficiente, todos los años se celebraba en la misma mancebía una función

religiosa, acerca de la cual hemos leído detalles muy curiosos y que tal

vez desconocerán nuestros lectores.

Celebrábase esta fiesta de las rameras el día 22 de Julio, revistiendo

caracteres de grande solemnidad, á la que contribuía mucho el

Ayuntamiento, y aun algunas personas ricas y devotas.

Alzábase en el centro de una calle de la Mancebía cierta cruz de hierro

que descansaba en un ancho pedestal con gradas, y ante esta cruz

colocábase un púlpito, desde el cual algún fraile anciano y que reuniese

buenas dotes oratorias pronunciaba un larguísimo sermón dirigido á las

_Aspasias_ y _Proserpinas_.

Éstas, á quienes se obligaba á abandonar sus tugurios, rodeaban al

predicador guardando la mejor compostura que podían, y escuchando con el

mayor silencio las palabras del fraile, empeñado en convencerlas de lo

que las mozas no se querían convencer.

Á este sermón no faltaban nunca los señores del Cabildo municipal, y

algunos caballeros de la nobleza, quienes solían colocarse en largos

bancos que en lugar señalado se situaban.

Daba principio la fiesta religiosa al mediodía, y cuando el orador

sagrado bajaba del púlpito, después de agotar todos sus razonamientos y

amenazas con las ninfas, éstas oían una arenga de los individuos

encargados de vigilarlas, y terminaba el acto con una detenida

inspección del burdel y de sus moradoras.

«Pero no siempre--escribe el médico Pizarro en un curioso folleto--las

predicaciones daban su fruto, pues algunos mal intencionados hallaban

modo de turbarlas con escenas inconvenientes, ora ocultándose de

antemano en la Mancebía, ora penetrando por un portillo que existía

cerca de la laguna...»

Los días de fiesta iban á los lupanares algunos sacerdotes, quienes

pronunciaban de tugurio en tugurio pláticas religiosas encaminadas á

salvar á aquellas almas pecadoras empedernidas.

Las mozas, que no eran muy aficionadas á recibir tales visitas, para

excusarse de ellas, comenzaron á salir de la Mancebía, estableciéndose

en aquellos puntos de la ciudad donde creían estar más tranquilas para

dedicarse á sus negocios, y de aquí resultó que el barrio fué quedando

desierto de sus antiguas moradoras.

Por los años 1640 empezaron los derribos de aquellos lupanares,

construyéndose algún tiempo después la hermosa calle de la Laguna, y

desapareciendo para siempre el inmundo barrio de las Mancebías.

XL

DON JUAN DE ARGUIJO

«Aquí don Juan de Arguijo, del sacro Apolo y de las Musas hijo,

¿qué lugar no tuviera, si viviera? mas, si viviera, ¿quién lugar

tuviera?»

LOPE DE VEGA.

En aquella época memorable de feliz renacimiento de las letras

sevillanas, al mismo tiempo casi que Herrera, Pacheco, Jáuregui,

Escobar, Malara, Guzmán, Álvarez y otros muchos ingenios, floreció un

varón ilustre, hijo de nuestra ciudad, y á cuya memoria vamos á

consagrar hoy estas modestas líneas.

Aludimos al insigne poeta D. Juan de Arguijo y Manuel, autor de aquellas

hermosas composiciones de las que Lope de Vega hizo grandes elogios, tan

justos como merecidos.

Pocas son las poesías que D. Juan de Arguijo ha legado á la posteridad;

pero son suficientes á inmortalizar su nombre, que va hoy unido al de

los más preclaros é insignes literatos de su época, con quienes sostuvo

gran amistad y frecuente trato.

Heredó Arguijo de sus padres un capital bastante crecido, y recibió una

educación esmerada, conforme á su clase, llamando la atención desde los

primeros años de su juventud por sus aficiones al estudio y por las

disposiciones que tenía para ejercitarse en el cultivo de las Musas.

No son en verdad muy completos los datos que de la dilatada vida de D.

Juan de Arguijo han llegado hasta nuestros días; mas por ellos sabemos

que estudió Humanidades con gran aplicación, que fué caballero

Veinticuatro del Ayuntamiento, que estuvo casado con D.ª Sebastiana

Pérez de Guzmán, señora de ilustre familia, que tuvo entusiasta afición

por la música y las bellas artes, y que murió por los años de 1624 á una

edad respetable.

Una de las condiciones que poseía Arguijo, y que realza notablemente su

nombre, es su generosidad sin ejemplo, la cual le granjeó infinitas

simpatías entre sus coetáneos. Sus manos estuvieron siempre prontas á

socorrer con largueza á cuantos ingenios necesitados encontró al paso, y

protegió las letras, estimulando con sus liberalidades á cuantos hombres

acaudalados había en Sevilla.

Nunca dejó Arguijo sin amparo á un escritor que solicitase su apoyo, ni

nunca desatendió á los hombres que, dotados de talento, carecían de

medios materiales para abrirse paso. El generoso sevillano, que disponía

de rentas muy suficientes á vivir con gran desahogo, invirtió la mayor

parte de su fortuna en costear libros ajenos, en fomentar los estudios

de quienes los necesitaban, y en proporcionar á sus amigos cuantas

relaciones y conocimientos pudieran serles útiles y provechosos.

Como rasgo de la prodigalidad del poeta se cita que cuando la Marquesa

de Denia pasó por Sevilla dióle tan espléndido alojamiento Arguijo en su

hacienda de Tablantes, que por el gasto que entonces hizo quedó tan

mermada su fortuna, que le obligó á vivir con bastante modestia el resto

de sus días.

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