Rápido salió el burgalés de su estancia tras los fantasmas, que creyó

ver saltando por el patio y dirigirse luego hacia la galería donde la

puertecilla del misterioso subterráneo estaba. Persiguiólos el

caballero, ¡y cuál no sería su sorpresa al notar que el subterráneo

estaba iluminado por dentro con una luz roja é intensa!...

El burgalés, presa de un terror profundo, no pudo seguir adelante, y

cayó en tierra sin sentido y aterrado...

Allí lo encontró por la mañana el viejo criado que le servía, y súpose

más tarde el origen de aquellas apariciones que turbaron su tranquilo

sueño, y que no era otro que el siguiente, bien prosáico á la verdad: el

subterráneo de la casa se comunicaba con un edificio próximo, y varios

habitantes de él decidieron una noche llevar á cabo una excursión por

las misteriosas bóvedas, viniendo á salir sin darse cuenta á la casa del

caballero, dando lugar á la escena que acabamos de narrar.

XXXI

LA CASA DE LOS ALCÁZARES

«Las cosas que hizo este ilustre varón viven por mi diligencia;

porque siempre que le visitaba escribía algo de lo que tenía

guardado en el tesoro de su prodigiosa memoria.»

F. PACHECO.

Con el nombre de Alcázares existe una calle en Sevilla, llamada en lo

antiguo _Ancha de San Pedro_, la cual es en su mayor parte recta, alegre

y con buenos y cómodos edificios.

En esta calle existe una casa que nada de particular ofrece en su

fachada, pero que es hermosa en su interior, y en ella nació en 1531 y

vivió largos años el insigne poeta Baltasar de Alcázar.

La mencionada finca, ocupada hoy por la benéfica asociación de _Hermanas

de los pobres_, perteneció desde el siglo XIV á la noble familia de

Arias de Saavedra, siendo adquirida mucho tiempo después por el hidalgo

D. Francisco Alcázar, que en unión de su esposa D.ª Leonor de Prado

fundó un mayorazgo, que vino á disfrutar más tarde su hijo segundo D.

Baltasar, gloria de las letras sevillanas.

El edificio pasó en 1790 á la propiedad del Marqués de Camponuevo, y á

la muerte de éste al convento de Santa Teresa, siendo adquirido hacia la

mitad del presente siglo por los señores Marqueses de San Gil.

Á pesar de las obras que en el interior de aquel local se han llevado á

cabo en el transcurso de los tiempos, aún conserva un carácter

marcadísimo de antigüedad, que fácilmente se echa de ver cuando se

traspasan sus umbrales.

En los magníficos jardines de esta casa se conserva todavía un árbol

llamado el _Mirto de Alcázar_, á cuya sombra es fama que se sentó á

componer muchas de sus poesías el festivo autor de _La cena jocosa_.

Nació Alcázar, como ya dijimos, en 1531, siendo destinado por su padre

al servicio de las armas, y adquiriendo fama de entendido y valeroso

guerrero junto al insigne D. Álvaro de Bazán, primer Marqués de Santa

Cruz, cuyos memorables hechos son orgullo de la patria.

Retirado de la milicia, y después de haberse encontrado en gloriosos

combates, Alcázar volvió á Sevilla, y estableciendo aquí su residencia,

contrajo matrimonio con una virtuosa dama muy elogiada por su hermosura.

Los poderosos Duques de Alcalá hicieron al poeta Alcaide Mayor de sus

propiedades, dispensándole grandes favores y teniéndolo á su servicio

durante cerca de veinte años.

En este largo período fué cuando Baltasar de Alcázar escribió casi todas

sus composiciones, las cuales por desgracia aún no se han visto todas

reunidas y coleccionadas con esmero, pues andan desparramadas en varios

libros, sin que en ninguno pueda decirse que están completas.

Su poesía que más ha elogiado la crítica, y que es sin duda más popular

que todas, es _La cena jocosa_, relación sencilla y espontánea,

abundante en donaires y graciosas locuciones, que despierta el interés

del lector y que puede servir como modelo de versificación natural y

suelta.

La afición que Baltasar de Alcázar tuvo por las bellas letras no fué

menos que la que sintió siempre por la música y la pintura; tocaba con

suma habilidad varios instrumentos, y también dibujaba, animado por su

excelente amigo Francisco Pacheco, quien le retrató en su célebre

colección de varones ilustres.

Juan de la Cueva, Cervantes y el _divino_ Herrera tributaron no pocos

elogios á Baltasar de Alcázar, que vivió siempre muy estimado de cuantos

le trataron y lleno de consideraciones por sus envidiables cualidades.

Falleció el poeta en 1606, á la edad de setenta y seis años y en la

misma casa donde vió la luz, dejando gratísima memoria en sus coetáneos

y un nombre brillante é ilustre en las hispanas letras.

XXXII

UN PER-AFÁN DE RIVERA

«Corazón gastado, mofa de la mujer que corteja, y hoy,

despreciándola, deja la que ayer se le rindió.»

ESPRONCEDA.

Al extremo Norte de la Alameda, y en una plaza que se llamó en lo

antiguo _Plaza de la Cruz del Rodeo_, existe una capilla de humilde

aspecto y fachada sencillísima, que se dedicó á la Virgen del Carmen, y

fué levantada en memoria de un trágico suceso que vamos á recordar en

estas líneas.

Los poderosos y linajudos Condes de la Torre tenían á principios del

siglo XVI un hijo único, joven de apuesto continente y alegre carácter,

que estaba llamado á heredar con los títulos nobilísimos de sus padres

la cuantiosa fortuna que éstos poseían.

D. Per-Afán de Rivera, que así se llamaba el joven, aunque criado con

toda severidad y recogimiento, cuando llegó á la mayor edad mostróse

gran aficionado á correr aventuras y llevar aquella vida de peligros y

diversiones que era peculiar á los _calaveras_ de su tiempo.

No carecía de gracia y desenvoltura el hijo de los Condes de la Torre, y

gozaba de cierta fama de valiente y decidor, así como de galante con el

sexo bello, al cual era en extremo aficionado.

Muchas fueron sus travesuras y conquistas, muchas también sus pendencias

y acaloradas disputas, y no fueron menos los relucientes escudos que

derrochó en pocos años.

Á semejanza del _Burlador de Sevilla_, D. Per-Afán de Rivera no

distinguía clases en cuestiones de faldas, y lo mismo ponía los ojos en

la casta doncella que seguida de la dueña rodrigona cruzaba la calle

envuelta en tupido manto, que en la desgarrada moza del partido, de

andar resuelto y de traje corto y descotado.

Requirió de amores D. Per-Afán á una muchacha de posición humilde, la

cual, seducida por el marcial talante y distinguido porte del

galanteador, cayó en la debilidad de enamorarse de él con tanto ahinco

cual si no hubiese en el mundo otro hombre de sus prendas.

Holgóse mucho el joven aristócrata de haber despertado en la incauta

niña pasión tan verdadera, y le hizo mil promesas y juramentos, que,

aunque no pensó cumplir, acabaron de trastornar el seso de la muchacha,

que creyó de buena fe cuanto su amante le decía.

Poca paciencia tenía D. Per-Afán, y no gustaba de perder el tiempo en

sus conquistas, por lo cual no dejó pasar mucho sin que la niña cayese

en sus redes; y si antes le había dado su alma, dióle entonces su

cuerpo, que era lindo y lleno de encantos.

Duró hasta aquel día el amor que juró sentir el hijo de los Condes; y

siguiendo su sistema, abandonó pronto á la muchacha, olvidándola también

por otra y otras conquistas que entonces reclamaban su atención.

Pero la doncella burlada, que era huérfana y pobre, tenía un hermano,

que al enterarse por pruebas inequívocas del lance, alborotó el barrio

de la Feria, y se dispuso á tomar venganza, ayudado por otros individuos

que también tenían odio profundo á D. Per-Afán por motivo de sus

calaveradas.

Formóse, pues, una conjuración siniestra, y durante muchos días el

mujeriego aristócrata fué perseguido y acechado con la mayor

insistencia.

Había éste una noche de estío asistido con varios amigos y amigas á la

casa de cierto _Monipodio_ que había en la plaza del Quemadero, y en

hora avanzada salió á la calle solo, embozado en su capa y fiándolo

todo, según costumbre, en su destreza en el manejo de la tizona. Pero al

llegar á la _Cruz del Rodeo_ encontró unos vecinos que estaban tomando

el fresco tranquilamente, y sin motivo alguno arremetió contra ellos,

insultándolos y amenazándolos de palabras y obras.

Al poco rato saliéronle al paso dos hombres encubiertos por antifaces,

los cuales dieron una palmada, y al sonido de ella un grupo numeroso

apareció por una callejuela, rodeando al mancebo en actitud amenazadora.

Hizo éste por arrojar la capa, y, sacando el acero, acometió á los

enmascarados; pero antes que pudiera herirlos, el grupo cayó sobre él,

descargándole terribles golpes y llenándolo de heridas.

Entonces uno de los encubiertos (que no era otro que el hermano de la

joven burlada) sacó una daga y clavóla iracundo en el pecho de D.

Per-Afán de Rivera, que exhaló al instante su último suspiro.

Cuando se divulgó por la ciudad la noticia de este trágico suceso causó

honda sensación en todas las personas que conocían al infeliz, y los

poderosos Condes, cuyo dolor puede imaginarse, costearon en el mismo

sitio que murió su hijo la ermita dedicada á la Virgen del Carmen que

existe aún en nuestros días.

Los pacíficos vecinos, á los cuales se atribuyó la muerte del joven

caballero, fueron más tarde condenados á severas penas por la justicia,

mientras el verdadero matador quedó en las sombras del misterio.

XXXIII

LA VELADA DE SAN JUAN

«Muy linda y elegante debía estar, cuando toda la nobleza sevillana

concurría á ella, y sólo á ella porque no había otro paseo.»

EL DUQUE DE RIVAS.

Feliz ocurrencia, sin duda, fué aquella que tuvo el buen asistente D.

Francisco Zapata, Conde de Barajas, cuando por los años 1574 mandó

construir la Alameda de Hércules, paseo el más antiguo de la ciudad,

convirtiendo en agradable sitio de solaz y honesto esparcimiento el

lugar donde antes se formaba un ancho pantano al que afluían las aguas

sucias y corrompidas de toda la población.

Terminó su obra el Asistente elevando el piso, colocando asientos de

piedra, fuentes elegantes, y ocho hileras de árboles que prestaban dulce

y grata sombra, sirviendo al mismo tiempo para recreo de la vista y

saneamiento del aire. Mas pareciéndole quizá que aún no estaba completo

su trabajo, mandó trasladar allí dos soberbias columnas desenterradas de

los barrios altos de la ciudad, donde se cree que existió un suntuoso

templo consagrado á _Hércules_.

Ambas columnas, sostenidas por anchos pedestales, y sobre las que se

ostentan dos estatuas, han sido descritas multitud de veces, y á ellas

dedicó uno de sus más bellísimos artículos el insigne Duque de Rivas,

que tanto cariño profesaba á nuestra capital, cuyas tradiciones cantó

más de una vez en poesías inmortales.

Es opinión de muchos historiadores que en remotos tiempos penetraba un

ramal del Guadalquivir por el lugar donde se levantó la puerta de la

Barqueta, y que este ramal seguía por donde hoy existe la Alameda,

atravesando la ciudad y saliendo cerca de la puerta de Jerez. No sabemos

qué habrá de verdad en esto; mas sí puede asegurarse que á fines del

siglo XV el lugar donde se encuentra la Alameda era un pantano, como

hemos dicho, en extremo perjudicial para la salud por el total abandono

en que se encontraba.

La Alameda de _Hércules_ fué desde su fundación el paseo predilecto de

los sevillanos, y á él concurrían los domingos serenos del invierno y

las frescas tardes de primavera y estío las damas más lujosas, ricamente

ataviadas, los caballeros más encumbrados y linajudos, los más ricos

mercaderes y los jóvenes más apuestos y arrogantes.

Allí se juntaban muchas veces los doctos varones que formaban las

ilustres academias de Pacheco y Malara; allí D.ª Feliciana de Enríquez y

la Duquesa de Gelves concurrían en elegantes literas, rodeadas de

entusiastas y aduladores mancebos; Medinilla y Per-Afán de Rivera

sostuvieron reñidas batallas con Maniferros y Repolidos; el _divino_

Herrera lloró tristemente los desdenes de su amada _Eliodora_; Rinconete

y Cortadillo practicaron allí innumerables obras de caridad con bolsas

ajenas; los señores inquisidores y asistentes pasearon embebidos en

reposada plática; más de una casta y púdica doncella, aprovechando

ligero descuido de su indispensable dueña rodrigona, deslizó perfumado y

tierno billete en manos de rendido y discreto _barbilindo_; y allí, en

fin, desde los comienzos del reinado de Felipe IV, se comenzaron á

celebrar las famosas veladas en las noches de S. Juan y S. Pedro.

La época en que estas fiestas alcanzaron mayor esplendor, si hemos de

creer á los fieles y puntuales cronistas, fué en los últimos años del

pasado siglo y primeros del presente, cuando la aristocracia y el pueblo

español, lejos de sospechar las próximas desgracias que amenazaban á la

patria, entregábanse con más calor que nunca á las diversiones y

regocijos, mientras el Príncipe de la Paz manejaba á su capricho los

negocios del reino.

Volvamos los ojos hacia aquella época, y veamos la velada de San Juan

tal como se celebraba á fines del siglo XVII, por ejemplo, cuando la

riqueza y prosperidad de Sevilla aventajaban á las de muchas importantes

ciudades de la Península.

Por entonces se habían llevado á cabo algunas reformas en el paseo,

aumentando sus fuentes, añadiéndole nuevas calles de árboles y elevando

al extremo Norte otras dos columnas más pequeñas, de escaso mérito, las

cuales constan de ocho pedazos cada una y rematan en dos menguados

leones con los escudos de España.

Era de ver por las noches en aquella época el aspecto que presentaban

los alrededores de la Alameda.

En la antigua calle Pellejería, desde el convento de San Pedro Alcántara

y hasta la del Barco, se alzaban entonces multitud de puestos y barracas

en los que _trianeros_ y _ferianos_ vendían muñecos de barro y estampas

religiosas, piñones y avellanas, alfajores de almendras y merenguillos

de color. En la esquina de la calle Puerco, y frente la cruz del

_Paraíso_, se situaban las buñolerías, donde las gitanas de la Cava

Vieja, á la luz del tradicional candil y envueltas en espesas nubes de

humo, fabricaban los dorados buñuelos para los mozos de _rumbo_ y las

mozas de _empuje_: allá cerca del convento de Belén se instalaban las

casetas del siempre aporreado _don Cristóbal_, con su inseparable _D.ª

Rosita_; y bajo los álamos blancos, los cipreses y los naranjos del

arrecife formaban coro los vecinos del barrio, y al són de la guitarra y

las castañuelas bailaban las majas y los majos el _Olé_, el _Polvillo_,

los _Panaderos_ ó cualquiera otro de los bailes populares más en boga

por aquella época. Entre la doble fila de árboles de la calle central de

la Alameda se veían colocadas largas hileras de vasillos de colores;

junto á los _Hércules_ se elevaban graciosos arcos de follaje, costeados

por la hermandad de la _Cruz del Rodeo_; lucían los puestos de agua

farolillos de papel y macetas de olorosa albahaca; en los dilatados

asientos de piedra se formaban animadas tertulias, y la concurrencia

apiñada y numerosa bullía alegre y regocijada, produciendo multitud de

ruidos imposibles de calificar.

Sobre este animado cuadro lucía un cielo transparente y magnífico

poblado de millares de estrellas, y en el cual se destacaba la blanca

Luna, el astro de tristeza eterna y de eterna melancolía, que,

deslizando sus rayos por entre el ramaje, iba á veces á sorprender un

coloquio amoroso, y, con él, el secreto de dos almas jóvenes,

apasionadas y soñadoras.

Era la noche de S. Juan noche de jolgorio, que solían pasarse en claro

muchas personas, y era la Alameda de _Hércules_ el sitio donde se

juntaban y confundían la multitud de personajes que formaban la sociedad

de nuestros abuelos, y que, como ellos, para no volver, han

desaparecido.

Aquí la bella _macarena_, llevando airoso traje de medio-paso, peineta

de carey y monillo de hombreras, desafiaba arrogante las miradas de los

_lechuguinos_ y los piropos de los _manolos_; allí el almibarado

_boqui-rubio_, vestido según el último figurín de la moda francesa,

chaleco de tisú, frac de raso y botas á lo _bombé_, dirigía su

_impertinente_ á los grupos de encopetadas _damiselas_; allá el

_chispero_ de tez morena y patillas cortas, camisa de chorrera, sombrero

de queso y chupetín de _sarasa_ bromeaba y reía con los compadres y

padrinos; allí la interesante _petimetra_, con su rica falda cubierta de

encajes, su talle alto con mangas de farolón y sus dos moños de colonia

sobre el exagerado tupé, sostenía chispeante y animada conversación

entre caballeros de empolvados peluquines y casacas bordadas; y lo mismo

el discreto y ladino abate de rostro malicioso y correctos modales que

el grave corregidor cachazudo y templado, lo mismo el orondo fraile de

la Trinidad ó la Merced que el militar aventurero, el mercader de la

calle Génova que el comerciante de la plaza, todo el pueblo de Sevilla,

en fin, y todas las clases de la sociedad acudían gustosas á prestar

animación y brillo á la tradicional velada.

Las casas del barrio de la Alameda eran la noche de S. Juan puntos de

reuniones y alegres tertulias. En el ancho patio adornado de flores y

lleno de luces se alojaba el elemento joven, encontrando ocasión de

hacer gala de sus gracias y encantos _ellas_, y _ellos_ de su galantería

y donaire.

Había entonces una costumbre, que fué decayendo poco á poco, hasta

concluir á fines del segundo tercio del siglo. Las muchachas casaderas

se colocaban en las rejas al oscurecer, y desde allí solían llamar con

el nombre de _Juan_ á cuantos transeuntes les parecían á propósito; y

cuando ellos se acercaban á las ventanas amables y sonrientes, se

entablaban amenos diálogos, que concluían por lo general con dirigirse

el transeunte á la confitería más próxima y volver cargado de enorme

papelón de dulces, que repartía entre las niñas más lindas y que más le

agradaban.

¡Á cuántas chistosas escenas daba margen esta costumbre! ¡Cuánto ingenio

y agudeza, se derrochaban en aquellas conversaciones! ¡y cuántos

noviajos y bodas se fraguaban en aquellas noches tan suspiradas por las

jóvenes en estado de merecer!

En aquella bendita época los mancebos eran sin duda más crédulos que

hoy, y por eso eran engañados más fácilmente por el sexo femenino, que

en todos los tiempos sólo ha tratado de _seducir y perder á los

hombres_, como dijo un santo padre, que debió ser persona experimentada

y conocedor práctico de tan sutiles materias.

XXXIV

EL SANTO ENTIERRO

«Mucho, á la verdad, podía decirse de esta Hermandad, si

minuciosamente hubieran de consignarse las particularidades,

pormenores y variaciones de su procesión de Semana Santa en todo

tiempo.»

J. BERMEJO.

Algunos años hace ya que la famosa cofradía del Santo Entierro no

aparece en la lista de las muchas hermandades de luz y vela que durante

la semana de Pasión recorren con sus imágenes las calles de nuestra

ciudad.

La historia y vicisitudes por que ha pasado dicha cofradía no dejan de

ser curiosas; y por si algunos de nuestros lectores tienen interés en

conocerlas, vamos á relatarlas en las menores líneas posibles, si bien

otros lo han hecho con más extensión.

El nombre de la hermandad es el de _Santo Entierro y María Santísima de

Villaviciosa_; saca tres _pasos_ de regular mérito, en el primero de los

cuales se ve una alegoría de la muerte, en el segundo una estatua

yacente de Jesús, y en el último aparece la Virgen con S. Juan y las

tres Marías.

La escultura del segundo _paso_ es una de las mejores obras de Martínez

Montañés, y fué construída en sustitución de otra antiquísima que dió

origen á la fundación de la hermandad.

La tal fundación se debe á un caso por demás raro, ocurrido en Triana, y

que las tradiciones refieren de este modo:

Había, pocos años después de conquistada Sevilla, en una casa de dicho

barrio una vieja enferma que desde largo tiempo sufría una parálisis que

la tenía postrada en el lecho, donde de continuo pasaba las horas

muertas rezando y pidiendo á todos los santos que la llevaran de este

mundo, puesto que sus graves dolencias no tenían cura. Cierto día,

cuando más tranquila hallábase la anciana embebida en sus cuotidianas

oraciones, vió con el mayor asombro hundirse gran parte del muro de la

habitación, apareciendo ante sus ojos una imagen de Jesús tendido y

amortajado. Á pesar de la parálisis, la vieja saltó del lecho ligera

como una garza, y salió á la calle dando voces y poniendo en movimiento

á todo el barrio, cuyos vecinos acudieron al lugar del suceso,

quedándose con la boca abierta, no sólo por la aparición de la imagen,

sinó por la cura milagrosa de la desahuciada vieja.

Tal caso llegó á noticias de D. Fernando III, quien ordenó se

construyera una capilla en las afueras de la Puerta Real para la estatua

aparecida y se fundase una hermandad que hiciese procesión todos los

años.

Llevóse á cabo todo conforme lo dispuso el Monarca, transcurriendo

algunos siglos sin que la piadosa congregación sufriese alteraciones que

hayan pasado á la historia: pero allá por los años de 1587 un alfarero

muy hábil é inteligente en su arte, natural de Génova y vecino de

Triana, llamado Tomás Péssaro, movido por su devoción, estableció una

hermandad en el hospital de Villaviciosa, situado en la calle Colcheros,

para rendir culto á la imagen que allí se conservaba con dicho nombre, y

la cual era una escultura de mediano valor artístico.

No prosperó mucho la congregación de Péssaro, según dice Bermejo en sus

_Glorias religiosas_, aunque eran muy buenos los deseos de su fundador;

y en 1601, habiéndose trasladado dicha hermandad á la capilla que

ocupaba el Cristo aparecido en tiempos de D. Fernando III, se organizó

la cofradía del Santo Entierro, que hizo su primera salida la tarde del

Viernes Santo de 1602, que fué por cierto lluviosa en extremo y en

extremo desagradable.

Desde el siguiente año fueron tantas las personas de posición que se

interesaron por la nueva cofradía, que ésta llegó á su mayor apogeo,

aventajando á cuantas hasta entonces hacían estación á la Catedral; y

antes de morir el devoto alfarero Péssaro tuvo el gusto de ver en

primera fila aquella congregación iniciada por él con tan modestos

recursos y tan escasos medios.

Á fines del siglo XVII decayó un tanto la cofradía del Santo Entierro;

pero recobró su antiguo esplendor en 1729 cuando el rey Felipe V se

trasladó á Sevilla con la Corte, permaneciendo en nuestra capital cerca

de cinco años.

No permiten las dimensiones de estos apuntes hacer detallada descripción

de la manera con que en aquella época se presentaba al público la

cofradía del Santo Entierro; pero bástenos con decir, para que el lector

pueda formarse idea, que en ella figuraban las cruces de todas las

parroquias, los frailes de todas las órdenes, el clero, las autoridades,

y gran número de penitentes, músicos, soldados romanos, ángeles vestidos

de caprichosos trajes, sibilas, coros, pobres de los asilos y numeroso

acompañamiento de convidados.

En los comienzos de nuestro siglo la cofradía del Santo Entierro sufrió

no pocas vicisitudes, que menciona González de León; la hermandad

recorrió con sus imágenes varios templos, como San Pedro y San Juan de

la Palma; los recursos de que disponía disminuyeron mucho, y cuando la

invasión francesa puede decirse que quedó disuelta por completo, y sin

duda no se hubiera vuelto á formar jamás si el Asistente Arjona no se

encargara de ello, reconstruyendo los _pasos_ y organizando de nuevo la

congregación, que volvió á presentarse en la calle en 1830 y en los años

siguientes, hasta en 1842, con raras excepciones.

En 1850 hizo estación, llevando casi todos los _pasos_ de las demás

cofradías, repitiéndose esto en otras ocasiones, y últimamente en 1889,

después de cuya fecha no ha efectuado más su salida, á pesar de los

buenos deseos de la hermandad y de los de muchos vecinos de Sevilla.

Gran número de pormenores y detalles dejamos de consignar respecto al

Santo Entierro; pero á ello nos obligan las cortas dimensiones á que nos

sujetamos en estas noticias.

XXXV

CERVANTES EN SEVILLA

«¿Pero por qué han de llorar los que nunca te leyeren ó que

indiferentes fueren en libro tan ejemplar?»

E. SOJO.

El Príncipe de los ingenios españoles, cuyo nombre es la admiración de

todos, durante su larga y agitada existencia residió más de doce años en

nuestra ciudad, visitando la mayor parte de los pueblos de la provincia,

teniendo ocasión de estudiar sus costumbres, caracteres y principales

rasgos, como lo demostró luego en diversos pasajes de sus inmortales

escritos.

Páginas sevillanas Sucesos Históricos, Personajes Célebres, Monumentos Notables, Tradiciones Populares, Cuentos Viejos, Leyendas y Curiosidades. · 第 6 / 16 段