ver saltando por el patio y dirigirse luego hacia la galería donde la
puertecilla del misterioso subterráneo estaba. Persiguiólos el
caballero, ¡y cuál no sería su sorpresa al notar que el subterráneo
estaba iluminado por dentro con una luz roja é intensa!...
El burgalés, presa de un terror profundo, no pudo seguir adelante, y
cayó en tierra sin sentido y aterrado...
Allí lo encontró por la mañana el viejo criado que le servía, y súpose
más tarde el origen de aquellas apariciones que turbaron su tranquilo
sueño, y que no era otro que el siguiente, bien prosáico á la verdad: el
subterráneo de la casa se comunicaba con un edificio próximo, y varios
habitantes de él decidieron una noche llevar á cabo una excursión por
las misteriosas bóvedas, viniendo á salir sin darse cuenta á la casa del
caballero, dando lugar á la escena que acabamos de narrar.
XXXI
LA CASA DE LOS ALCÁZARES
«Las cosas que hizo este ilustre varón viven por mi diligencia;
porque siempre que le visitaba escribía algo de lo que tenía
guardado en el tesoro de su prodigiosa memoria.»
F. PACHECO.
Con el nombre de Alcázares existe una calle en Sevilla, llamada en lo
antiguo _Ancha de San Pedro_, la cual es en su mayor parte recta, alegre
y con buenos y cómodos edificios.
En esta calle existe una casa que nada de particular ofrece en su
fachada, pero que es hermosa en su interior, y en ella nació en 1531 y
vivió largos años el insigne poeta Baltasar de Alcázar.
La mencionada finca, ocupada hoy por la benéfica asociación de _Hermanas
de los pobres_, perteneció desde el siglo XIV á la noble familia de
Arias de Saavedra, siendo adquirida mucho tiempo después por el hidalgo
D. Francisco Alcázar, que en unión de su esposa D.ª Leonor de Prado
fundó un mayorazgo, que vino á disfrutar más tarde su hijo segundo D.
Baltasar, gloria de las letras sevillanas.
El edificio pasó en 1790 á la propiedad del Marqués de Camponuevo, y á
la muerte de éste al convento de Santa Teresa, siendo adquirido hacia la
mitad del presente siglo por los señores Marqueses de San Gil.
Á pesar de las obras que en el interior de aquel local se han llevado á
cabo en el transcurso de los tiempos, aún conserva un carácter
marcadísimo de antigüedad, que fácilmente se echa de ver cuando se
traspasan sus umbrales.
En los magníficos jardines de esta casa se conserva todavía un árbol
llamado el _Mirto de Alcázar_, á cuya sombra es fama que se sentó á
componer muchas de sus poesías el festivo autor de _La cena jocosa_.
Nació Alcázar, como ya dijimos, en 1531, siendo destinado por su padre
al servicio de las armas, y adquiriendo fama de entendido y valeroso
guerrero junto al insigne D. Álvaro de Bazán, primer Marqués de Santa
Cruz, cuyos memorables hechos son orgullo de la patria.
Retirado de la milicia, y después de haberse encontrado en gloriosos
combates, Alcázar volvió á Sevilla, y estableciendo aquí su residencia,
contrajo matrimonio con una virtuosa dama muy elogiada por su hermosura.
Los poderosos Duques de Alcalá hicieron al poeta Alcaide Mayor de sus
propiedades, dispensándole grandes favores y teniéndolo á su servicio
durante cerca de veinte años.
En este largo período fué cuando Baltasar de Alcázar escribió casi todas
sus composiciones, las cuales por desgracia aún no se han visto todas
reunidas y coleccionadas con esmero, pues andan desparramadas en varios
libros, sin que en ninguno pueda decirse que están completas.
Su poesía que más ha elogiado la crítica, y que es sin duda más popular
que todas, es _La cena jocosa_, relación sencilla y espontánea,
abundante en donaires y graciosas locuciones, que despierta el interés
del lector y que puede servir como modelo de versificación natural y
suelta.
La afición que Baltasar de Alcázar tuvo por las bellas letras no fué
menos que la que sintió siempre por la música y la pintura; tocaba con
suma habilidad varios instrumentos, y también dibujaba, animado por su
excelente amigo Francisco Pacheco, quien le retrató en su célebre
colección de varones ilustres.
Juan de la Cueva, Cervantes y el _divino_ Herrera tributaron no pocos
elogios á Baltasar de Alcázar, que vivió siempre muy estimado de cuantos
le trataron y lleno de consideraciones por sus envidiables cualidades.
Falleció el poeta en 1606, á la edad de setenta y seis años y en la
misma casa donde vió la luz, dejando gratísima memoria en sus coetáneos
y un nombre brillante é ilustre en las hispanas letras.
XXXII
UN PER-AFÁN DE RIVERA
«Corazón gastado, mofa de la mujer que corteja, y hoy,
despreciándola, deja la que ayer se le rindió.»
ESPRONCEDA.
Al extremo Norte de la Alameda, y en una plaza que se llamó en lo
antiguo _Plaza de la Cruz del Rodeo_, existe una capilla de humilde
aspecto y fachada sencillísima, que se dedicó á la Virgen del Carmen, y
fué levantada en memoria de un trágico suceso que vamos á recordar en
estas líneas.
Los poderosos y linajudos Condes de la Torre tenían á principios del
siglo XVI un hijo único, joven de apuesto continente y alegre carácter,
que estaba llamado á heredar con los títulos nobilísimos de sus padres
la cuantiosa fortuna que éstos poseían.
D. Per-Afán de Rivera, que así se llamaba el joven, aunque criado con
toda severidad y recogimiento, cuando llegó á la mayor edad mostróse
gran aficionado á correr aventuras y llevar aquella vida de peligros y
diversiones que era peculiar á los _calaveras_ de su tiempo.
No carecía de gracia y desenvoltura el hijo de los Condes de la Torre, y
gozaba de cierta fama de valiente y decidor, así como de galante con el
sexo bello, al cual era en extremo aficionado.
Muchas fueron sus travesuras y conquistas, muchas también sus pendencias
y acaloradas disputas, y no fueron menos los relucientes escudos que
derrochó en pocos años.
Á semejanza del _Burlador de Sevilla_, D. Per-Afán de Rivera no
distinguía clases en cuestiones de faldas, y lo mismo ponía los ojos en
la casta doncella que seguida de la dueña rodrigona cruzaba la calle
envuelta en tupido manto, que en la desgarrada moza del partido, de
andar resuelto y de traje corto y descotado.
Requirió de amores D. Per-Afán á una muchacha de posición humilde, la
cual, seducida por el marcial talante y distinguido porte del
galanteador, cayó en la debilidad de enamorarse de él con tanto ahinco
cual si no hubiese en el mundo otro hombre de sus prendas.
Holgóse mucho el joven aristócrata de haber despertado en la incauta
niña pasión tan verdadera, y le hizo mil promesas y juramentos, que,
aunque no pensó cumplir, acabaron de trastornar el seso de la muchacha,
que creyó de buena fe cuanto su amante le decía.
Poca paciencia tenía D. Per-Afán, y no gustaba de perder el tiempo en
sus conquistas, por lo cual no dejó pasar mucho sin que la niña cayese
en sus redes; y si antes le había dado su alma, dióle entonces su
cuerpo, que era lindo y lleno de encantos.
Duró hasta aquel día el amor que juró sentir el hijo de los Condes; y
siguiendo su sistema, abandonó pronto á la muchacha, olvidándola también
por otra y otras conquistas que entonces reclamaban su atención.
Pero la doncella burlada, que era huérfana y pobre, tenía un hermano,
que al enterarse por pruebas inequívocas del lance, alborotó el barrio
de la Feria, y se dispuso á tomar venganza, ayudado por otros individuos
que también tenían odio profundo á D. Per-Afán por motivo de sus
calaveradas.
Formóse, pues, una conjuración siniestra, y durante muchos días el
mujeriego aristócrata fué perseguido y acechado con la mayor
insistencia.
Había éste una noche de estío asistido con varios amigos y amigas á la
casa de cierto _Monipodio_ que había en la plaza del Quemadero, y en
hora avanzada salió á la calle solo, embozado en su capa y fiándolo
todo, según costumbre, en su destreza en el manejo de la tizona. Pero al
llegar á la _Cruz del Rodeo_ encontró unos vecinos que estaban tomando
el fresco tranquilamente, y sin motivo alguno arremetió contra ellos,
insultándolos y amenazándolos de palabras y obras.
Al poco rato saliéronle al paso dos hombres encubiertos por antifaces,
los cuales dieron una palmada, y al sonido de ella un grupo numeroso
apareció por una callejuela, rodeando al mancebo en actitud amenazadora.
Hizo éste por arrojar la capa, y, sacando el acero, acometió á los
enmascarados; pero antes que pudiera herirlos, el grupo cayó sobre él,
descargándole terribles golpes y llenándolo de heridas.
Entonces uno de los encubiertos (que no era otro que el hermano de la
joven burlada) sacó una daga y clavóla iracundo en el pecho de D.
Per-Afán de Rivera, que exhaló al instante su último suspiro.
Cuando se divulgó por la ciudad la noticia de este trágico suceso causó
honda sensación en todas las personas que conocían al infeliz, y los
poderosos Condes, cuyo dolor puede imaginarse, costearon en el mismo
sitio que murió su hijo la ermita dedicada á la Virgen del Carmen que
existe aún en nuestros días.
Los pacíficos vecinos, á los cuales se atribuyó la muerte del joven
caballero, fueron más tarde condenados á severas penas por la justicia,
mientras el verdadero matador quedó en las sombras del misterio.
XXXIII
LA VELADA DE SAN JUAN
«Muy linda y elegante debía estar, cuando toda la nobleza sevillana
concurría á ella, y sólo á ella porque no había otro paseo.»
EL DUQUE DE RIVAS.
Feliz ocurrencia, sin duda, fué aquella que tuvo el buen asistente D.
Francisco Zapata, Conde de Barajas, cuando por los años 1574 mandó
construir la Alameda de Hércules, paseo el más antiguo de la ciudad,
convirtiendo en agradable sitio de solaz y honesto esparcimiento el
lugar donde antes se formaba un ancho pantano al que afluían las aguas
sucias y corrompidas de toda la población.
Terminó su obra el Asistente elevando el piso, colocando asientos de
piedra, fuentes elegantes, y ocho hileras de árboles que prestaban dulce
y grata sombra, sirviendo al mismo tiempo para recreo de la vista y
saneamiento del aire. Mas pareciéndole quizá que aún no estaba completo
su trabajo, mandó trasladar allí dos soberbias columnas desenterradas de
los barrios altos de la ciudad, donde se cree que existió un suntuoso
templo consagrado á _Hércules_.
Ambas columnas, sostenidas por anchos pedestales, y sobre las que se
ostentan dos estatuas, han sido descritas multitud de veces, y á ellas
dedicó uno de sus más bellísimos artículos el insigne Duque de Rivas,
que tanto cariño profesaba á nuestra capital, cuyas tradiciones cantó
más de una vez en poesías inmortales.
Es opinión de muchos historiadores que en remotos tiempos penetraba un
ramal del Guadalquivir por el lugar donde se levantó la puerta de la
Barqueta, y que este ramal seguía por donde hoy existe la Alameda,
atravesando la ciudad y saliendo cerca de la puerta de Jerez. No sabemos
qué habrá de verdad en esto; mas sí puede asegurarse que á fines del
siglo XV el lugar donde se encuentra la Alameda era un pantano, como
hemos dicho, en extremo perjudicial para la salud por el total abandono
en que se encontraba.
La Alameda de _Hércules_ fué desde su fundación el paseo predilecto de
los sevillanos, y á él concurrían los domingos serenos del invierno y
las frescas tardes de primavera y estío las damas más lujosas, ricamente
ataviadas, los caballeros más encumbrados y linajudos, los más ricos
mercaderes y los jóvenes más apuestos y arrogantes.
Allí se juntaban muchas veces los doctos varones que formaban las
ilustres academias de Pacheco y Malara; allí D.ª Feliciana de Enríquez y
la Duquesa de Gelves concurrían en elegantes literas, rodeadas de
entusiastas y aduladores mancebos; Medinilla y Per-Afán de Rivera
sostuvieron reñidas batallas con Maniferros y Repolidos; el _divino_
Herrera lloró tristemente los desdenes de su amada _Eliodora_; Rinconete
y Cortadillo practicaron allí innumerables obras de caridad con bolsas
ajenas; los señores inquisidores y asistentes pasearon embebidos en
reposada plática; más de una casta y púdica doncella, aprovechando
ligero descuido de su indispensable dueña rodrigona, deslizó perfumado y
tierno billete en manos de rendido y discreto _barbilindo_; y allí, en
fin, desde los comienzos del reinado de Felipe IV, se comenzaron á
celebrar las famosas veladas en las noches de S. Juan y S. Pedro.
La época en que estas fiestas alcanzaron mayor esplendor, si hemos de
creer á los fieles y puntuales cronistas, fué en los últimos años del
pasado siglo y primeros del presente, cuando la aristocracia y el pueblo
español, lejos de sospechar las próximas desgracias que amenazaban á la
patria, entregábanse con más calor que nunca á las diversiones y
regocijos, mientras el Príncipe de la Paz manejaba á su capricho los
negocios del reino.
Volvamos los ojos hacia aquella época, y veamos la velada de San Juan
tal como se celebraba á fines del siglo XVII, por ejemplo, cuando la
riqueza y prosperidad de Sevilla aventajaban á las de muchas importantes
ciudades de la Península.
Por entonces se habían llevado á cabo algunas reformas en el paseo,
aumentando sus fuentes, añadiéndole nuevas calles de árboles y elevando
al extremo Norte otras dos columnas más pequeñas, de escaso mérito, las
cuales constan de ocho pedazos cada una y rematan en dos menguados
leones con los escudos de España.
Era de ver por las noches en aquella época el aspecto que presentaban
los alrededores de la Alameda.
En la antigua calle Pellejería, desde el convento de San Pedro Alcántara
y hasta la del Barco, se alzaban entonces multitud de puestos y barracas
en los que _trianeros_ y _ferianos_ vendían muñecos de barro y estampas
religiosas, piñones y avellanas, alfajores de almendras y merenguillos
de color. En la esquina de la calle Puerco, y frente la cruz del
_Paraíso_, se situaban las buñolerías, donde las gitanas de la Cava
Vieja, á la luz del tradicional candil y envueltas en espesas nubes de
humo, fabricaban los dorados buñuelos para los mozos de _rumbo_ y las
mozas de _empuje_: allá cerca del convento de Belén se instalaban las
casetas del siempre aporreado _don Cristóbal_, con su inseparable _D.ª
Rosita_; y bajo los álamos blancos, los cipreses y los naranjos del
arrecife formaban coro los vecinos del barrio, y al són de la guitarra y
las castañuelas bailaban las majas y los majos el _Olé_, el _Polvillo_,
los _Panaderos_ ó cualquiera otro de los bailes populares más en boga
por aquella época. Entre la doble fila de árboles de la calle central de
la Alameda se veían colocadas largas hileras de vasillos de colores;
junto á los _Hércules_ se elevaban graciosos arcos de follaje, costeados
por la hermandad de la _Cruz del Rodeo_; lucían los puestos de agua
farolillos de papel y macetas de olorosa albahaca; en los dilatados
asientos de piedra se formaban animadas tertulias, y la concurrencia
apiñada y numerosa bullía alegre y regocijada, produciendo multitud de
ruidos imposibles de calificar.
Sobre este animado cuadro lucía un cielo transparente y magnífico
poblado de millares de estrellas, y en el cual se destacaba la blanca
Luna, el astro de tristeza eterna y de eterna melancolía, que,
deslizando sus rayos por entre el ramaje, iba á veces á sorprender un
coloquio amoroso, y, con él, el secreto de dos almas jóvenes,
apasionadas y soñadoras.
Era la noche de S. Juan noche de jolgorio, que solían pasarse en claro
muchas personas, y era la Alameda de _Hércules_ el sitio donde se
juntaban y confundían la multitud de personajes que formaban la sociedad
de nuestros abuelos, y que, como ellos, para no volver, han
desaparecido.
Aquí la bella _macarena_, llevando airoso traje de medio-paso, peineta
de carey y monillo de hombreras, desafiaba arrogante las miradas de los
_lechuguinos_ y los piropos de los _manolos_; allí el almibarado
_boqui-rubio_, vestido según el último figurín de la moda francesa,
chaleco de tisú, frac de raso y botas á lo _bombé_, dirigía su
_impertinente_ á los grupos de encopetadas _damiselas_; allá el
_chispero_ de tez morena y patillas cortas, camisa de chorrera, sombrero
de queso y chupetín de _sarasa_ bromeaba y reía con los compadres y
padrinos; allí la interesante _petimetra_, con su rica falda cubierta de
encajes, su talle alto con mangas de farolón y sus dos moños de colonia
sobre el exagerado tupé, sostenía chispeante y animada conversación
entre caballeros de empolvados peluquines y casacas bordadas; y lo mismo
el discreto y ladino abate de rostro malicioso y correctos modales que
el grave corregidor cachazudo y templado, lo mismo el orondo fraile de
la Trinidad ó la Merced que el militar aventurero, el mercader de la
calle Génova que el comerciante de la plaza, todo el pueblo de Sevilla,
en fin, y todas las clases de la sociedad acudían gustosas á prestar
animación y brillo á la tradicional velada.
Las casas del barrio de la Alameda eran la noche de S. Juan puntos de
reuniones y alegres tertulias. En el ancho patio adornado de flores y
lleno de luces se alojaba el elemento joven, encontrando ocasión de
hacer gala de sus gracias y encantos _ellas_, y _ellos_ de su galantería
y donaire.
Había entonces una costumbre, que fué decayendo poco á poco, hasta
concluir á fines del segundo tercio del siglo. Las muchachas casaderas
se colocaban en las rejas al oscurecer, y desde allí solían llamar con
el nombre de _Juan_ á cuantos transeuntes les parecían á propósito; y
cuando ellos se acercaban á las ventanas amables y sonrientes, se
entablaban amenos diálogos, que concluían por lo general con dirigirse
el transeunte á la confitería más próxima y volver cargado de enorme
papelón de dulces, que repartía entre las niñas más lindas y que más le
agradaban.
¡Á cuántas chistosas escenas daba margen esta costumbre! ¡Cuánto ingenio
y agudeza, se derrochaban en aquellas conversaciones! ¡y cuántos
noviajos y bodas se fraguaban en aquellas noches tan suspiradas por las
jóvenes en estado de merecer!
En aquella bendita época los mancebos eran sin duda más crédulos que
hoy, y por eso eran engañados más fácilmente por el sexo femenino, que
en todos los tiempos sólo ha tratado de _seducir y perder á los
hombres_, como dijo un santo padre, que debió ser persona experimentada
y conocedor práctico de tan sutiles materias.
XXXIV
EL SANTO ENTIERRO
«Mucho, á la verdad, podía decirse de esta Hermandad, si
minuciosamente hubieran de consignarse las particularidades,
pormenores y variaciones de su procesión de Semana Santa en todo
tiempo.»
J. BERMEJO.
Algunos años hace ya que la famosa cofradía del Santo Entierro no
aparece en la lista de las muchas hermandades de luz y vela que durante
la semana de Pasión recorren con sus imágenes las calles de nuestra
ciudad.
La historia y vicisitudes por que ha pasado dicha cofradía no dejan de
ser curiosas; y por si algunos de nuestros lectores tienen interés en
conocerlas, vamos á relatarlas en las menores líneas posibles, si bien
otros lo han hecho con más extensión.
El nombre de la hermandad es el de _Santo Entierro y María Santísima de
Villaviciosa_; saca tres _pasos_ de regular mérito, en el primero de los
cuales se ve una alegoría de la muerte, en el segundo una estatua
yacente de Jesús, y en el último aparece la Virgen con S. Juan y las
tres Marías.
La escultura del segundo _paso_ es una de las mejores obras de Martínez
Montañés, y fué construída en sustitución de otra antiquísima que dió
origen á la fundación de la hermandad.
La tal fundación se debe á un caso por demás raro, ocurrido en Triana, y
que las tradiciones refieren de este modo:
Había, pocos años después de conquistada Sevilla, en una casa de dicho
barrio una vieja enferma que desde largo tiempo sufría una parálisis que
la tenía postrada en el lecho, donde de continuo pasaba las horas
muertas rezando y pidiendo á todos los santos que la llevaran de este
mundo, puesto que sus graves dolencias no tenían cura. Cierto día,
cuando más tranquila hallábase la anciana embebida en sus cuotidianas
oraciones, vió con el mayor asombro hundirse gran parte del muro de la
habitación, apareciendo ante sus ojos una imagen de Jesús tendido y
amortajado. Á pesar de la parálisis, la vieja saltó del lecho ligera
como una garza, y salió á la calle dando voces y poniendo en movimiento
á todo el barrio, cuyos vecinos acudieron al lugar del suceso,
quedándose con la boca abierta, no sólo por la aparición de la imagen,
sinó por la cura milagrosa de la desahuciada vieja.
Tal caso llegó á noticias de D. Fernando III, quien ordenó se
construyera una capilla en las afueras de la Puerta Real para la estatua
aparecida y se fundase una hermandad que hiciese procesión todos los
años.
Llevóse á cabo todo conforme lo dispuso el Monarca, transcurriendo
algunos siglos sin que la piadosa congregación sufriese alteraciones que
hayan pasado á la historia: pero allá por los años de 1587 un alfarero
muy hábil é inteligente en su arte, natural de Génova y vecino de
Triana, llamado Tomás Péssaro, movido por su devoción, estableció una
hermandad en el hospital de Villaviciosa, situado en la calle Colcheros,
para rendir culto á la imagen que allí se conservaba con dicho nombre, y
la cual era una escultura de mediano valor artístico.
No prosperó mucho la congregación de Péssaro, según dice Bermejo en sus
_Glorias religiosas_, aunque eran muy buenos los deseos de su fundador;
y en 1601, habiéndose trasladado dicha hermandad á la capilla que
ocupaba el Cristo aparecido en tiempos de D. Fernando III, se organizó
la cofradía del Santo Entierro, que hizo su primera salida la tarde del
Viernes Santo de 1602, que fué por cierto lluviosa en extremo y en
extremo desagradable.
Desde el siguiente año fueron tantas las personas de posición que se
interesaron por la nueva cofradía, que ésta llegó á su mayor apogeo,
aventajando á cuantas hasta entonces hacían estación á la Catedral; y
antes de morir el devoto alfarero Péssaro tuvo el gusto de ver en
primera fila aquella congregación iniciada por él con tan modestos
recursos y tan escasos medios.
Á fines del siglo XVII decayó un tanto la cofradía del Santo Entierro;
pero recobró su antiguo esplendor en 1729 cuando el rey Felipe V se
trasladó á Sevilla con la Corte, permaneciendo en nuestra capital cerca
de cinco años.
No permiten las dimensiones de estos apuntes hacer detallada descripción
de la manera con que en aquella época se presentaba al público la
cofradía del Santo Entierro; pero bástenos con decir, para que el lector
pueda formarse idea, que en ella figuraban las cruces de todas las
parroquias, los frailes de todas las órdenes, el clero, las autoridades,
y gran número de penitentes, músicos, soldados romanos, ángeles vestidos
de caprichosos trajes, sibilas, coros, pobres de los asilos y numeroso
acompañamiento de convidados.
En los comienzos de nuestro siglo la cofradía del Santo Entierro sufrió
no pocas vicisitudes, que menciona González de León; la hermandad
recorrió con sus imágenes varios templos, como San Pedro y San Juan de
la Palma; los recursos de que disponía disminuyeron mucho, y cuando la
invasión francesa puede decirse que quedó disuelta por completo, y sin
duda no se hubiera vuelto á formar jamás si el Asistente Arjona no se
encargara de ello, reconstruyendo los _pasos_ y organizando de nuevo la
congregación, que volvió á presentarse en la calle en 1830 y en los años
siguientes, hasta en 1842, con raras excepciones.
En 1850 hizo estación, llevando casi todos los _pasos_ de las demás
cofradías, repitiéndose esto en otras ocasiones, y últimamente en 1889,
después de cuya fecha no ha efectuado más su salida, á pesar de los
buenos deseos de la hermandad y de los de muchos vecinos de Sevilla.
Gran número de pormenores y detalles dejamos de consignar respecto al
Santo Entierro; pero á ello nos obligan las cortas dimensiones á que nos
sujetamos en estas noticias.
XXXV
CERVANTES EN SEVILLA
«¿Pero por qué han de llorar los que nunca te leyeren ó que
indiferentes fueren en libro tan ejemplar?»
E. SOJO.
El Príncipe de los ingenios españoles, cuyo nombre es la admiración de
todos, durante su larga y agitada existencia residió más de doce años en
nuestra ciudad, visitando la mayor parte de los pueblos de la provincia,
teniendo ocasión de estudiar sus costumbres, caracteres y principales
rasgos, como lo demostró luego en diversos pasajes de sus inmortales
escritos.