entonces se edificaban en la ciudad del Darro, y cuando su fama se iba
extendiendo por aquel punto una agria disputa que, por motivos que
ignoramos, tuvo con algunos señores de alta categoría le obligó á cerrar
su taller y á salir precipitadamente de aquella hermosa ciudad tan
cantada por las liras de nuestros poetas.
Entonces vino Torrijiano á Sevilla, ejecutando al poco tiempo de su
llegada obras tan notables como los bajo-relieves de la portada del
_Hospital de las Cinco Llagas_, según dice un autor, y el _San Jerónimo_
para el convento de Buenavista.
Algún tiempo después el poderoso Duque de Arcos encargó al florentino
una escultura de barro que representase á la Virgen con el Niño Jesús
en los brazos, escultura que había de ser colocada en el magnífico
oratorio que en su palacio tenía el Duque.
Cuando la estatua fué concluída envió el linajudo noble á sus criados á
casa de Torrijiano para que la recogiesen y al mismo tiempo entregaran
al autor el precio de su trabajo en varios talegos de maravedises.
Al ver Torrijiano la forma en que se le hacía el pago de la obra,
despertóse de súbito su cólera, deshaciéndose en denuestos contra el
Duque, y llegó á tanto su enojo y su indignación, que allí mismo cogió
la estatua, y arrojándola con violencia al suelo, la hizo trozos,
diciendo á los criados del poderoso magnate que, pues recibía el dinero
en tan pequeñas monedas, recibiese él también la estatua en pequeñas
fracciones.
Este hecho produjo gran escándalo en Sevilla y alborotó á la gente
devota, que lo calificó de terrible sacrilegio, haciendo que el Duque se
querellase al tribunal de la Inquisición, el cual prendió á Torrijiano,
acusándole de impío y hereje consumado.
Encerrado en una mazmorra del castillo de Triana pasó el escultor
insigne muchos meses, falleciendo por último en el año de 1522 entre
horribles torturas, pues se negó á comer el más corto alimento durante
bastante número de días.
XXVI
LA CALLE DEL DIABLO
«Mientras la infelice muere diz que el viento repetía: Mal haya
quien en promesas de hombre fia.»
_(Trova antigua.)_
Pocos tal vez al leer el título de estas líneas sabrán á qué calle nos
referimos y dónde se encuentra situada una vía con nombre tan poco
simpático.
Á fin de aclarar sus dudas, si es que las hay, diremos que el nombre de
calle del Diablo corresponde á la que después llevó el de San Antonio y
se encuentra en la parroquia de San Bartolomé.
Diósele el nombre de San Antonio porque en la fachada de una de sus
casas existió hasta 1840, próximamente, un nicho en el que se veía una
estatuita de barro representando al fraile penitente que con singular
valor supo rechazar las tentaciones del demonio.
Junto á esta imagen ardían en otros tiempos dos farolillos de aceite,
única luz que de noche alumbraba la vía que nos ocupa; y está probado
que los piadosos vecinos de aquellos alrededores tenían gran devoción
al santo, cuya colocación en aquel sitio debióse á un suceso
extraordinario en el cual creían á piés juntillas nuestros abuelos, que
por regla general tenían muy buenas creederas.
El caso fué el siguiente, poco más ó menos, según lo relata la tradición
que hasta nosotros ha llegado. Durante los días de Carnaval del año 1548
varios jóvenes de relajada vida y de licenciosas costumbres que había en
Sevilla cometieron muchos excesos y tropelías, sin que evitarlo
pudieran, ni el celo de las autoridades ni el temor que entonces á todos
inspiraba el tribunal de la Inquisición.
De aquellos mozos calaveras cuatro se distinguieron más que sus
acompañantes por las locuras de sus actos y por el singular escándalo
que promovieron.
No contentos de sus fechorías, después de haber alborotado grandemente
por las calles, herido á tres sujetos, insultado á muchos y saqueado un
bodegón, la noche del martes de Carnaval, cuando pasaban medio ebrios
por el convento de Madre de Dios, hallaron á un viejo que acompañado de
una joven venía, y les entraron ganas de darles una pesada broma.
Uno de los calaveras, sin andarse con más palabras, acercóse con
resolución á la muchacha, y con gran presteza dióle un fuerte tirón del
manto y estampó en sus mejillas un impuro y ruidoso beso.
Lleno de ira el anciano, iba á castigar el atrevimiento del mozo,
cuando los otros le sujetaron por la espalda y, envolviéndole la cabeza
en la capa que traía, lo arrastraron al callejón próximo, mientras la
joven caía desmayada y era recogida por el calavera que le dió el beso.
Tétrico, oscuro y estrecho el callejón donde metieron al anciano,
ofrecía el aspecto más á propósito para que en él se cometieran actos
que la luz clara alumbra pocas veces. En brazos del galán llegó allí
también la joven, cuyo rostro pálido por el desmayo excitó los deseos
del calavera y púsole en situación harto difícil.
Rugía amarrado el viejo, á quien habían tendido en el suelo para que no
pudiera defenderse, y en tanto aquellos perdidos rodearon á la muchacha,
haciendo todos muchos elogios de su belleza y encantos, que pudieron
apreciar merced á un débil rayo de luna que hasta el centro de la
callejuela se deslizaba.
Varios de los mozos quisieron besar á la joven, pero vieron con sorpresa
que el que primero lo había hecho opúsose á ello y con tono serio y
enérgico díjoles que no consentiría que ninguno la tocase.
Surgió de aquí una disputa, que se fué agriando por momentos; cruzáronse
palabras duras é insultos de ambas partes, salieron á relucir los
aceros, y no tardó en empezar una reñida pelea, en la que el galán
defensor de la beldad llevaba la peor parte, puesto que todos á él
dirigían sus armas. Habilísimo sin duda era éste, cuando en pocos
momentos logró, no sólo defenderse, sino herir á dos de los que le
combatían, y desarmó al tercero, que dejó el campo y huyó de manera no
muy airosa.
Cuando el mancebo se quedó solo con la dama sintió un rumor extraño
cerca de él, y vió entre las sombras una figura siniestra que blandía en
la mano un acero y se disponía á acometerle.
Los ojos del desconocido brillaban con luz fosforescente y en su rostro
se dibujaba una mueca espantosa. El joven y la sombra entablaron una
porfiada riña, en la que el primero fué herido de mortal estocada.
Al siguiente día fueron encontrados en la calleja el cuerpo de la
muchacha y el de su padre, que presentaban profundas heridas. El del
galán no pareció por parte alguna, y se cuenta que el diablo lo llevó
consigo, y que éste no era otro que el desconocido que se le apareció en
tan fea traza.
Para conmemorar este hecho, y espantar á Luzbel si en alguna ocasión le
daban ganas de volver por allí, se colocó en la calleja la imagen de san
Antonio que mencionamos más arriba.
XXVII
EL MAESTRO MALARA
«Aquí yace sin vida el cuerpo frío de Malara, que, roto el mortal
nudo donde á Vandalia riega el grande río, voló al Cielo su
espíritu desnudo.» HERRERA.
Lugar preferente ocupa en la larga lista de ilustres varones que
florecieron en Sevilla durante el siglo XVI el sabio humanista D. Juan
de Malara, cuyas numerosas obras han merecido el mayor elogio de la
verdadera crítica desapasionada y justa, que examinando con detenimiento
las producciones de cada autor, ni escatima los merecidos elogios, ni
calla los defectos en que han incurrido.
Malara es una verdadera gloria de su patria, fué uno de los hombres más
instruidos y sabios de su tiempo, y á él se debió en gran parte el alto
grado de florecimiento á que llegaron las letras sevillanas en el siglo
XVI.
Ajenos por completo á dar tinte pretensioso á estas líneas, para dedicar
en ellas un recuerdo al autor de la _Filosofía vulgar_, nos limitaremos
á trazar un breve resumen de su vida, apuntando de paso los principales
trabajos en prosa y verso que legó á las futuras generaciones.
Sevilla fué la cuna del maestro Juan de Malara, y vino al mundo en 1527,
ignorándose el día y mes de su nacimiento, aunque algunos autores los
han señalado sin verdaderas pruebas.
La regular posición que sus padres disfrutaban hizo que Malara recibiese
una instrucción bastante completa, siendo alumno del colegio de San
Miguel, donde de muy antiguo existía una cátedra pública de Gramática y
una escuela de primeras letras que el Cabildo Catedral á sus expensas
sostenía.
Muertos los autores de su existencia, y siendo aún muy joven, se hizo
Malara paje de dos señores principales á quienes unía estrecho
parentesco con el Cardenal Loaísa, y estando en servicio de ellos hizo
un viaje á Salamanca, de donde pasó á Alcalá de Henares, matriculándose
en la famosa Universidad de este último punto, donde residió largo
tiempo.
Terminados sus estudios, después de algunos años, en los cuales tuvo
ocasión de tratar á muchos de los escritores más notables de entonces,
volvió á Sevilla, donde fijó su residencia y donde contaba con muy
buenos y leales amigos.
Una vez en nuestra ciudad, abrió Malara una clase de Gramática
castellana, viéndose al poco tiempo con gran número de discípulos, que
más tarde honraron al maestro y que acudieron á él atraidos por su
saber é inteligencia, así como por el dulce y apacible carácter de que
estaba dotado.
Casó Malara en 1564 con D.ª María Ojeda, y pasó la mayor parte de su
existencia entregado á sus continuos trabajos, pero con el alma
tranquila y desprovista de ambiciones locas, que tan infelices hacen á
muchos hombres.
En 1568 publicó Malara su _Filosofía vulgar_, en la que reunió gran
número de antiguos refranes, ilustrándolos muy discretamente con citas y
anécdotas, que resultan en extremo curiosas y dan á conocer la vasta
erudición y los profundos conocimientos que en diversas materias poseía.
Su última obra vió la luz en 1570, y lleva por título _Recibimiento que
hizo la ciudad de Sevilla al rey D. Felipe II_ (libro reimpreso en
Sevilla hace pocos años): según lo que de ella escriben varios biógrafos
de Malara, puede decirse que, á más de su valor histórico y de las raras
noticias y detalles que contiene, es digna de apreciarse por el estilo
correcto y fácil que en ella campea.
Cuando más sosegados se deslizaban los días del sabio humanista; cuando
era de todos los ingenios de Sevilla atendido, y respetado por todos sus
discípulos; cuando su nombre había alcanzado una verdadera popularidad,
y sus numerosas obras eran leídas con la mayor avidez, la muerte vino á
destruir aquel poderoso ingenio, que falleció en 1571 á la edad de
cuarenta y cuatro años.
Algunas de las obras que dejó escritas Malara se han perdido, tales como
sus tragedias, citadas por Juan de la Cueva, y algunas traducciones
latinas de varios fragmentos de la _Iliada_.
Cuatro poemas compuso el docto humanista, titulados: _Hércules_, _La
Psiché_, _La muerte de Orfeo_ y el _Martirio de las Santas Justa y
Rufina_; mas no fueron estos trabajos los que han hecho célebre ya su
nombre, pues en opinión de los críticos Malara no fué versificador de
gran lozanía ni de potente y variada inspiración.
Falleció el ilustre literato cuando las letras sevillanas llegaban á su
mayor apogeo, y sus discípulos le lloraron, conservando vivo en sus
corazones el recuerdo del maestro y las saludables enseñanzas que de él
habían recibido.
XXVIII
LA ÚLTIMA PIEDRA DE LA CATEDRAL
«...Que se labre otra Iglesia, tal é tan buena, que no haya otra su
igual...»
(_Acta del Cabildo de 8 de Julio de 1401._)
Los interesantes detalles que hemos encontrado respecto á la ceremonia
que se verificó al colocar la última piedra de nuestra hermosa Basílica
nos han de servir de asunto para llenar esta página; pero antes diremos
algo sobre la construcción del templo admiración de propios, envidia de
extraños, y cuyo actual estado es bien lamentable.
Según las noticias más verídicas, la primera misa celebrada en la
Catedral, cuando aún tenía la forma de mezquita, se verificó el 22 de
Diciembre de 1248, asistiendo á ella el conquistador Fernando III y
todos los nobles personajes que le acompañaron en el cerco de la ciudad.
En el siguiente año comenzaron á construirse las capillas, siguiendo
estas obras lentamente, hasta que, medio siglo después, como quiera que
se notaran en el edificio señales bien claras de próxima ruina, el
Cabildo acordó destruir la mezquita y edificar de nueva planta una
basílica que causase asombro á cuantos la vieran. Dieron principio los
trabajos de derribar la antigua fábrica de los árabes, y en 1403, según
hemos visto escrito, se colocó la primera piedra del monumento que
tantas riquezas atesora, poniéndose la última á los ciento tres años, ó
sea en 10 de Octubre de 1506.
Día solemne fué éste para Sevilla, y sentimos mucho que las noticias de
que disponemos no sean tan amplias como fueran nuestros deseos. El
templo remataba entonces en un elevado cimborrio, que descansaba en los
cuatro pilares del crucero, y allí colocóse la última piedra por el deán
D. Fernando de la Torre, con el Duque de Medina-Sidonia y don Fadrique
Enríquez.
En derredor del cimborrio se habían construído amplios andamiajes, y
allí subieron todos los canónigos, el Asistente y otras autoridades
civiles, y gran número de personas de la nobleza sevillana, á las cuales
seguía infinidad de acólitos, pajes y músicos.
Á las doce quedó la piedra en el lugar que le correspondía, y acto
seguido cantóse por cuantos allí estaban un solemne _Te-Deum_ con la fe
y entusiasmo religioso de aquellos tiempos. Y en verdad que el acto que
acababa de realizarse era para llenar de alegría á todos los amantes de
la patria. La obra de tantos años estaba concluída; el deseo de varias
generaciones se veía al fin realizado; y si desde aquel día la Religión
católica contaba con un suntuoso templo para rendir culto á su Dios, el
Arte contaba también desde entonces con una maravilla para rendir
admiración al genio del hombre.
Después del _Te-Deum_ bajó la comitiva á la iglesia, donde había quedado
el Arzobispo Deza, que por sus años no pudo subir al cimborrio, y
pasando á la capilla de la Antigua, que se encontraba adornada con ricas
telas y flores é iluminada con gran número de cirios y lámparas de
plata, se dió principio á una misa cantada por el Arzobispo, que duró
hasta el mediodía.
El pueblo de Sevilla presenció con el mayor júbilo la terminación de su
Catedral, y aunque estaban preparados para aquel día fiestas y
regocijos, éstos no llegaron á verificarse á causa de encontrarse de
luto la nación por la muerte de Felipe I _el Hermoso_, que había
fallecido en Burgos el 25 de Setiembre del mismo año 1506.
Hasta el siguiente no se abrió á los fieles el templo, celebrándose
entonces otras funciones religiosas, acerca de las cuales existen
particulares muy curiosos.
Como no es nuestro propósito hacer que este breve apunte resulte una
descripción de la hermosa Basílica, terminaremos recomendando al lector
cualquiera de los muchos trabajos que por hombres eminentes se han hecho
sobre el famoso templo, y ¡ojalá éste sea terminado de nuevo antes que
desaparezca la actual generación!
XXIX
EL DIVINO HERRERA
«Ese es ¡oh Dios! el sonoroso acento con que canta triunfal sublime
Herrera.»
EL DUQUE DE FRÍAS.
Más que difícil, imposible es dar en estos breves apuntes un extracto de
la vida y un juicio de las obras del insigne poeta fundador de la
Escuela Sevillana, Fernando de Herrera, á quien sus contemporáneos
llamaron el _Divino_, nombre que, según el gran Quintana, nadie mereció
con más justicia que él.
Nuestra ciudad tuvo la honra de ser cuna de tan esclarecido ingenio, y
según los datos más autorizados vino al mundo en 1534, siendo sus padres
de posición harto modesta.
Dedicóse Herrera á los estudios de Teología, ordenándose de sacerdote
cuando se encontraba en todo el apogeo de su lozana juventud. Disfrutó
más tarde de un beneficio en la parroquia de San Andrés, y nunca quiso
abandonar el estado humilde en que vivía, aunque sus muchos y buenos
amigos hicieron, como dice Pacheco, «por acrecentalle en dignidad y
hacienda.»
Murió Herrera en la capital de Andalucía el año 1597, y con él murió el
poeta más notable de la Escuela Sevillana, que tanto esplendor y honra
dió á las letras patrias.
Los versos de Herrera encantan al lector y conmueven las fibras más
delicadas del sentimiento, sobre todo los que van dedicados á aquella
_Eliodora_, por quien sintió una pasión tan honda, tan verdadera y tan
constante, que torturó siempre su alma sedienta de ternuras, y le hizo
gustar entre muchas amarguras esos supremos placeres que sólo están
reservados á los que aman como debe amarse en la tierra.
Fué aquella mujer tan ciegamente idolatrada por el poeta, según las más
autorizadas noticias, la nobilísima señora D.ª Leonor de Milán, Condesa
de Gelves, cuyo esposo, gran aficionado y protector de las bellas
letras, sostuvo no poca amistad con Herrera, á quien dió por algún
tiempo entrada en su casa, distinguiéndole con marcadas deferencias.
Todas estas circunstancias, que hacían imposible que la pasión del vate
sevillano fuese satisfecha, la acrecentaron más y más, haciendo que
dominara todos sus sentimientos y fuese el constante martirio de su
corazón.
La poesía más hermosa de Herrera, la que siempre es leída con deleite, y
la que bastaría sólo á inmortalizar su nombre, fué la que compuso
cuando murió la Condesa algunos años después, joven aún y adornada de
todas sus poderosas gracias y atractivos.
El dolor, la pena y la más desconsolada amargura se desbordaron entonces
en el corazón del vate y le dictaron aquellas estrofas, que no pueden
ser leídas sin sentir tanta admiración como melancolía.
¿Quién no se conmueve con las palabras del enamorado, cuando escribe
esto?
«Desconfío, aborrezco, amo, espero,
y llega á tal extremo el desconcierto,
que ya no sé si quiero ó si no quiero.
Testigo es de mis males el desierto,
que me ve en su desnuda y roja arena
tendido de dolor y casi muerto.
Cándida Luna, que con luz serena
miras indiferente el llanto mío,
¿has visto de otro amante otra igual pena?»
De esta composición dice Fernandez-Espino que es «la más tierna, sincera
y apasionada de cuantas existen en castellano»; y bien quisiéramos
reproducirla entera aquí, para que nuestros lectores saboreasen otra vez
las inimitables bellezas que encierra.
Gran mérito tiene la elegía dedicada á su amigo Juan de Malara, y no son
ménos notables las odas á D. Juan de Austria y á la derrota del rey D.
Sebastián en África.
Herrera fué hombre que poseía gran erudición y atesoraba muchos y
diversos conocimientos en todos los ramos del saber. Enriqueció la
lengua, aumentándole giros, epítetos y frases; cultivó la prosa en obras
tan celebradas como la _Guerra de Chipre_, la _Vida de Tomás Moro_ y las
_Anotaciones sobre Garcilaso_, y entre los muchos trabajos suyos que se
han perdido figuraba una _Historia general del mundo, hasta la edad del
emperador Carlos V_, que terminó en 1590, y que por desgracia no llegó á
imprimirse.
El retrato más auténtico de Herrera es el que dibujó su íntimo amigo
Pacheco en su célebre colección de varones ilustres, y por el cual están
sacados los que existen en algunas bibliotecas y museos.
El nombre de Fernando de Herrera ha llegado hasta nosotros rodeado de
esa aureola que envuelve á los genios, y será siempre admirado donde
exista un amante de las letras; pero Sevilla, á quien tanta honra dió,
aún no ha erigido á su memoria ni el más pequeño monumento ni la más
modesta lápida.
XXX
LAS SOMBRAS DEL SUBTERRÁNEO
«Seres fantásticos que por las noches amedrentan al triste
desvelado, y desaparecen con los primeros albores del nuevo día...»
FERNÁNDEZ Y GONZÁLEZ.
La calle Abades es de las más antiguas de nuestra ciudad, y en algunas
de sus casas se encuentran unos profundos subterráneos, acerca de los
cuales han escrito muy curiosas noticias Argote de Molina, Rodrigo Caro,
González de León, Benavides y otros historiadores de Sevilla.
Tanta es la extensión de estos subterráneos, que algunas de sus
ramificaciones, según dicen, se extienden á la calle Borceguinería y
forman un complicado laberinto que es imposible conocer y estudiar con
detenimiento.
Cuantos trabajos se han hecho á fin de reconocer aquellos lugares han
dado escaso resultado; pues, sobre ser sumamente difícil penetrar en
ellos, apenas si se puede permanecer allí por la atmósfera que se
respira, por el frío, y por la infinidad de murciélagos que, al decir
de un autor, vagan entre las oscuridades.
Según la opinión más recibida los tales subterráneos fueron descubiertos
casualmente, estando practicándose unas obras en la casa del canónigo D.
Juan de Falce en el año 1298; y aunque se ignora el en que se
construyeran, se cree que los árabes los utilizaban para establecer la
_Escuela de mágia diabólica_.
Desde tan remota fecha son conocidos aquellos antros, y el vulgo,
siempre crédulo é inclinado á aumentar y dar tinte fantástico á las
cosas, ha fraguado multitud de cuentos y leyendas sobre ellos.
Entre los muchos que suelen contarse ha llegado á nuestra noticia un
suceso que, por tener algo de verdad en su fondo y ser poco conocido, lo
creemos digno de figurar entre esta colección de apuntes.
En las habitaciones bajas de algunos edificios de calle Abades existen
todavía unas pequeñas puertas (hoy tapiadas) que conducen por estrechas
escalerillas á los misteriosos subterráneos, mirados siempre con miedo
por las personas ignorantes y supersticiosas.
Cierta casa que tenía su puerta y escalerilla en el rincón de una
galería que daba al patio era habitada hacia los años de 1695 por un
caballero burgalés, hombre rico, soltero y de buena presencia, que vivía
con las mayores comodidades y servido por un solo criado, viejo y no muy
avisado.
Este señor contaba con muy buenas relaciones en Sevilla, y, libre como
era, gustaba de correr aventuras galantes, cuidando sin embargo de no
dar ejemplo escandaloso ni lugar á que su nombre sirviese de pasto como
el de otros á las hablillas y murmuraciones de los ociosos desocupados.
Solía recogerse tarde á su domicilio nuestro caballero burgalés, y,
provisto de una llave, abría la puerta y penetraba en sus habitaciones,
donde no tardaba en rendirse al sueño.
Una tranquila y calurosa noche de estío hubo de recogerse más temprano
que de costumbre, y como por ser verano su dormitorio estaba en una sala
baja próxima al patio, para llegar á él tuvo que pasar muy cerca de la
puerta que al subterráneo daba, y que creyó verla sin alteración alguna.
Entróse luego el caballero en su lecho y quedó profundamente dormido,
pensando quizá en sus pasadas aventuras ó en las que tenía proyectadas,
y no bien había trascurrido media hora, cuando un ruido singular y
extraño le hizo volver á la realidad y abrir los ojos.
Escuchó con atención, y entonces oyó claramente rumores intensos bajo el
piso de su habitación y algunos golpes secos, desiguales y prolongados.
No era el burgalés hombre que se amedrentaba con niñerías; y ya iba á
saltar del lecho para coger su espada, cuando por una ventana de la
habitación, que se encontraba abierta, vió, merced á la luz de la luna,
pasar una sombra, á la que siguieron otras y otras, que le parecieron
de gigantesca altura y raro porte.
Pruebas suficientes había dado el caballero durante su vida de no ser
cobarde; pero la aparición de aquellas sombras turbó su espíritu,
quitóle toda energía y le hizo temblar de pavor.
Quiso bajar de la cama y no pudo, quiso gritar y la voz se ahogó en su
garganta; subiendo de punto el terror al notar que los fantasmas
entraban en el dormitorio y se agrupaban en un rincón murmurando algunas
palabras ininteligibles.
Así pasaron algunos momentos, momentos terribles de agitación y zozobra
para el rico caballero, que se creía cercado de asesinos ó de almas de
otro mundo que venían á llevarlo sabe Dios á dónde.
El caballero hizo un esfuerzo supremo para dominar su espanto, y con voz
que procuró serenar dijo:--¿Quién sois? ¿qué queréis?
Pero no bien había pronunciado estas palabras, las sombras salieron
precipitadas de la habitación y caminaron hacia el patio, produciendo un
ruido sordo y desigual.