Comprendió el regular que aquella desgracia podía arreglarse, y

compadecido de los lamentos de la vieja y de los ayes del zafio, corrió

con premura á rezar un par de Salves á la Virgen de la Antigua, y lo

mismo fué hacerlo al llegar á la Catedral, se apagaron las llamas

instantáneamente, saliendo en seguida el muchacho del horno sin la más

leve quemadura.

Ante el milagro, la anciana abandonó sus brevajes, sus filtros y sus

brujerías, haciéndose ferviente devota, y el mozo tomó la buena senda,

llegando á ser con el tiempo prior de un convento de franciscanos en

Granada.

Esta es la tradición que dió origen á que la calle que tiene hoy el

nombre ilustre de Argote de Molina se llamase durante muchísimos años

calle del _Horno de las brujas_; si bien no me es desconocido el origen

que otros autores le atribuyen con buenas pruebas, asegurando que allí

vivieron dos hermanas que tenían un horno donde fabricaban tortas al

estilo del pueblo de Brujas.

XX

LA INQUISICIÓN

«Y pudo ya mi vista descubrir más claramente la profundidad donde

la inefable justicia ministra de Dios Supremo castiga á los

falsificadores.»

DANTE.

Cuando el pontífice Sixto IV, á petición de los reyes Católicos D.

Fernando y D.ª Isabel, instituyó la Inquisición para combatir los

herejes en los reinos de España, no tardó Sevilla en tener su Tribunal

de la Fe, como una de las ciudades más importantes de la Península.

En tiempos de D. Fernando III construyóse un castillo donde hoy se

encuentra la plaza de Abastos de Triana, y en este edificio se

estableció en 1481 el Tribunal de la Inquisición, llevando á cabo en él

no pocas reformas para el objeto á que se destinaba.

Entonces se le hicieron multitud de calabozos, salas de tormentos con

todos los útiles necesarios, capilla, salón de consejo y cuantas

dependencias eran ocupadas por los familiares, carceleros y demás

individuos que se dedicaban á la persecución de los impíos, asalariados

por los inquisidores.

El aspecto que ofrecía el castillo, según se ve en antiguas estampas, no

podía ser más tétrico; sus altos muros, de negruzca piedra, eran lisos y

sin adorno alguno; sus cinco torres almenadas presentaban pequeñas

ventanas, cubiertas de espesos hierros; su puerta principal era sólida y

severa en demasía, y sobre ella se colocó una lápida en conmemoración

del establecimiento del Tribunal.

Los inquisidores, que entonces se hallaban en todo el apogeo de su

fuerza, no debieron perder el tiempo en bagatelas; pues consta por una

inscripción hecha por los mismos que desde el citado año de 1481, hasta

fines del 1524, quemaron en la hoguera á mil herejes y convirtieron á

veinte mil.

En el invierno de 1626 una avenida del Guadalquivir inundó el castillo

inquisitorial, obligando á los que le habitaban á trasladarse á un

edificio situado en la calle Real de San Marcos, lo que se verificó con

gran aparato.

La nueva casa que durante trece años ocupó el Tribunal de la Fe era la

misma que habitó D.ª Estrella de Tavera, la heroína de la famosísima

comedia de Lope de Vega, cuyos amores con Sancho Ortiz dieron tanto que

hablar por mediar en ellos el rey D. Sancho IV.

Á principios de 1639 concluyéronse las obras de reparación en el

castillo de Triana, y éste volvió á ser ocupado por los inquisidores.

Cerca de dos siglos permaneció todavía la Inquisición en el castillo de

Triana; pero como éste, á pesar de las obras en él practicadas, no

ofrecía grandes seguridades á causa de la mucha antigüedad de su

construcción, fué preciso abandonarlo, y en Noviembre de 1785 trasladóse

el Tribunal á un palacio que había sido colegio de jesuítas hasta la

expulsión de la Orden en 1767.

Estaba este edificio al final de la Alameda, y ocupaba gran parte de las

calles Hombre de Piedra y Becas, siendo bastante amplio y capaz para

tener encerrados más de doscientos presos. Gracias á que por entonces el

Tribunal hacía pocas víctimas, contentándose con quemar en efigie á los

reos ó tenerlos encerrados en inmundos calabozos.

El año 1805 se celebró el último auto de fe, siendo entregado el

delincuente á la justicia ordinaria, que lo condenó á presidio; y en

1810, al ser invadida Sevilla por las tropas de Napoleón, se extinguió

el Tribunal, que ya daba pocas señales de vida.

Cuando la reacción absolutista de 1814 la Inquisición se organizó de

nuevo en el mismo edificio de la Alameda; pero entonces, aunque contaba

con el apoyo de muchos, ni era temida, ni hacía nada que respondiese á

los fines para que se creó.

Disolvióse para siempre el Tribunal en 1820, y el local que ocupaba se

destinó á cuartel de infantería, destruyéndose casi por completo el 13

de Junio de 1823, cuando estalló el depósito de pólvora que en él

existía, causando grandes destrozos y matando á gran número de los que

formaban las hordas absolutistas que en aquel memorable día cometieron

tantos excesos en nuestra ciudad.

Del último edificio ocupado por el Santo Tribunal sólo quedan hoy restos

muy incompletos, pues los distintos usos á que ha sido destinado durante

largos años han hecho que no se pueda formar exacta idea de lo que fué

en no lejanos tiempos.

XXI

LA MISA DE LOS NAVEGANTES

«En tanto el gran Magallanes áncoras levar ordena, y á su voz

vibrante y firme se da la armada á la vela. Ya, cual cisnes, se

deslizan las gallardas carabelas del padre Betis undoso por la

corriente serena...»

LAMARQUE DE NOVOA.

En aquel tiempo en que España era la más poderosa nación del mundo y

jamás en sus dominios se ponía el sol llegóse á la Corte del emperador

Cárlos V un navegante cuyo nombre solo causa admiración y respeto á la

posteridad.

Nos referimos al portugués Hernando de Magallanes, bravo guerrero,

viajero infatigable, y vencedor en África y en la India, que después de

haber servido al rey D. Manuel, partió para nuestra patria, donde fué

acogida y puesta en práctica aquella gigantesca empresa de dar la vuelta

al mundo, cosa que hasta entonces nadie se había atrevido á llevar á

cabo.

Sevilla, cuya prosperidad y florecimiento eran entonces grandísimos, fué

el lugar donde preparóse la expedición, que salió del puerto el

miércoles 10 de Agosto del año 1519, y en las primeras horas de su

mañana.

Pero antes de partir los valientes que en aquellas cinco carabelas iban

á realizar tan peligroso y memorable viaje, asistieron á una ceremonia

religiosa que, por ser quizá de pocos conocida, vamos á relatarla

conforme á los datos que hemos conseguido adquirir.

El día 6 de Agosto una multitud inmensa rodeaba el convento de Santa

María de la Victoria, situado en Triana, donde poco antes se habían

establecido los frailes de la orden de San Francisco de Paula. La

iglesia se veía llena de gran número de fieles, y por todas partes se

notaba que alguna importante ceremonia iba á tener lugar en ella.

Y así era en efecto: después de una solemne misa, el Asistente de la

ciudad iba á hacer entrega á Hernando de Magallanes del pendón de S. M.

que llevaría consigo en la arriesgada empresa, cuyos preparativos

estaban del todo terminados.

Serían las nueve de la mañana cuando el navegante portugués llegó al

templo, seguido de los capitanes, oficiales y demás gente de tropa que

se había reunido, y algunos momentos después entró el grave asistente D.

Sancho Martínez de Leiva, acompañado de los señores del Cabildo, en

unión de los cuales colocóse en un lugar preferente que cerca del altar

mayor se le tenía dispuesto. Acto seguido subieron los sacerdotes las

gradas del ara y comenzó la misa cantada, que escuchó el numeroso

concurso de fieles con la devoción y respeto de aquellos tiempos.

Hermoso golpe de vista el que la iglesia presentaba. Magallanes y sus

compañeros, vestidos con ricos trajes militares y armados de todas

armas, se hallaban sentados en largas tribunas á la izquierda de la

Epístola; frente los caballeros y nobles señores del Cabildo; ante el

altar, lleno de luces y de flores, los sacerdotes con sus ricas capas de

tisú y primorosos bordados de oro; en el resto del templo la multitud

apiñada, que guardaba profundo silencio; en el coro los regulares, que

entonaban por lo bajo sus eternos rezos; y para embellecer aquel cuadro,

los rayos del sol de estío, que, penetrando por las pintadas vidrieras,

iban á deshacerse en los dorados retablos ó en el rojo terciopelo que

cubría los muros.

Concluida la misa, levantóse el Asistente, y con toda la seriedad del

caso puso en manos del navegante portugués el pendón real. Magallanes

entonces avanzó algunos pasos hasta colocarse en lugar donde todos

pudieran verle, y una vez allí, desnudó su acero, y mostrando el pendón,

pronunció con palabras claras y reposado tono el juramento de fidelidad

al Monarca á nombre de quien había de tomar posesión de las tierras que

en el viaje descubriera.

Acto seguido, escribe un historiador que «por su orden de categorías en

la armada prestaron juramento á Magallanes los capitanes y oficiales que

á partir se disponían, ofreciéndole además, bajo el propio empeño, de

seguir los rumbos y derrotas que el Capitán general les mandase,

obedeciéndole en todo como si al mismo Rey en persona sirviesen.»

Largo rato duró aquella escena, y cuando fué concluída, con igual

parsimonia que había entrado salió el Asistente Leiva, seguido del

Cabildo, y el navegante con sus soldados, que eran objeto de gran

curiosidad por parte de los vecinos de Triana, quienes apenas podían

comprender la magnitud de aquella expedición que estaba preparada.

Según dijimos más arriba, los cinco barcos se dieron á la vela el día 10

de Agosto de 1519; el estrecho fué descubierto por Magallanes á mediados

de 1520, y el 27 de Abril del siguiente año falleció el ilustre hijo de

Villa de Sabrosa en un reñido combate que con los indios sostuvo.

El 27 de Setiembre de 1522 regresaron á Sanlúcar las carabelas, mandadas

por Sebastián del Cano, y se dice, aunque lo tenemos por verdad muy

dudosa, que una de estas naves permaneció casi destrozada en el muelle

de los Remedios hasta los comienzos del pasado siglo.

XXII

EL ALMA EN PENA

«Densa niebla cubre el cielo, y de espíritus se puebla

vagarosos...»

ESPRONCEDA.

Entre la multitud de leyendas, cuentos y tradiciones que han llegado

hasta nuestros días acerca de las calles y edificios más ó menos

notables de la capital de Andalucía, hay algunas casi ignoradas de la

mayor parte de las gentes, y las cuales conviene dar á luz, á fin de que

no se olviden del todo ni por completo se pierdan; que cuando algún

curioso las saca de nuevo á plaza ataviadas con apropiado ropaje,

seguramente son del agrado del público.

Tal ocurre quizá con el suceso que vamos á relatar en las presentes

líneas, que bien pudiera servir de asunto para una novela si cayese en

manos de quien, con alguna fantasía y conocimiento de la época en que

tuvo lugar, supiera aderezarlo y ofrecerlo como merece.

Larga es la fecha en que ocurrió el caso; mas no por esto debe dudarse

de él, pues existen autores que con toda formalidad lo relatan como

verídico, y hasta hace próximamente medio siglo se conservó en la calle

del Caño, situada en la collación de Santa Lucía, la casa donde vivió el

principal personaje de este hecho.

Gobernaba España la católica majestad de don Felipe II, y á principios

de 1566 habitaba una modesta finca de la citada calle Caño cierta mujer

pobre y anciana, viuda de un soldado muerto en Portugal, que tenía una

hija, á lo sumo de catorce primaveras, de tan lindo rostro y singular

donaire, que á pesar de su pobreza era objeto de ciertas preferencias

por parte de los vecinos, y solicitada por más de un amador, codicioso

de los favores de tan bella criatura.

Conociendo esto la vieja, ejercía de continuo gran vigilancia sobre su

pimpollo; que si al morir el soldado no dejó un escudo, dejó en cambio á

su esposa un buen concepto del honor, para que éste no se empañase ni

perdiera.

Difícil nos sería describir las perfecciones de la joven, que se llamaba

Costanza, pues la tradición sólo dice que era hermosa, y añade que

también era muy recatada y honesta, y que cuantos mozos le hacían cerco

se veían obligados á renunciar á sus pretensiones.

Hubo uno, sin embargo, que supo proceder con más habilidad y maña, y

haciéndose oir de Costanza, requirióla de amores con tanta fortuna, que

la incauta niña tomóle singular afición y dió en celebrar con él

nocturnas y solitarias entrevistas, que cuando la madre dormía se

llevaron á cabo.

Pasaron así algunos meses, y cuando más felices parecían los novios, la

honesta y recatada doncella, que tan prendada había estado, tomó de

pronto invencible antipatía á su galán, y decidió romper con él á todo

trance.

El mozo, que debía estar ya entonces muy enamorado, y que seguramente

era poco conocedor de las veleidades y mudanzas del sexo femenino, hizo

cuanto pudo por volver á atraerse el cariño de Costanza, pero todo

resultó inútil; y harto de aguantar desdenes, convencido de que nada

podía conseguir, desistió de sus proyectos con gran pesar y profunda

pena.

Tan á pechos tomó el hombre aquella mala acción, que viniéronle

terribles melancolías y esquivó el trato de las gentes, desapareciendo

por fin de Sevilla sin que se supiera á dónde había marchado.

Costanza, que tan honesta y recatada fué siempre, según la tradición,

sintió bien poca cosa la ausencia del amante, y apenas habían pasado

algunos meses admitió el cariño que otro le ofrecía, guiado de

intenciones no muy sanas y laudables.

Un amigo del desdeñado amador dijo que éste había muerto entonces; y

aunque Costanza lo supo, ni se apenó por ello ni mostró sentimiento

alguno, distraída como estaba con su nuevo galán.

Poco después de haber empezado la niña sus nuevas relaciones comenzó á

susurrarse entre los vecinos de la collación de Santa Lucía que por la

calle del Caño y sus alrededores había aparecido un fantasma de los que

en aquella época eran tan frecuentes; pero algunos vecinos que parecían

estar mejor informados aseguraron que se trataba de _un alma en pena_

que venía á este mundo para arreglar algún asuntillo que dejó pendiente.

Hiciéronse cruces al conocer la noticia, y más se asombraron los

ignorantes cuando supieron que desde la media noche hasta la hora del

alba en la calle Caño oíanse de tiempo en tiempo lamentos

ininteligibles, arrastres de cadenas y otros cuantos sonidos que

demostraban la presencia _del alma en pena_.

Cuando esto llegó á oído de la madre de Costanza no fué la última en

amedrentarse, cuidando mucho de cerrar por las noches las puertas de su

casa con llaves, cerrojos y trancas, y rezar, á más del Rosario, antes

de acostarse otras muchas oraciones propias para alejar las _almas en

pena_ que vienen á molestar el sueño del vecindario.

Crecía entre tanto el pavor á medida que trascurrían las noches, y así

pasaron algunos meses, al cabo de los cuales una mañana los transeuntes

y los habitantes de la calle del Caño se veían formando grupo frente á

la casa de Costanza y entretenidos en sabrosos diálogos.

Avisóse á la justicia y se presentaron los alguaciles, que penetraron

en el edificio, encontrando á la vieja dando lastimeros gritos y

llorando á lágrima viva como suele decirse.

Interrogada por los golillas, manifestó que su hija había desaparecido

sin saber por dónde, y que no había dejado huella alguna en su

escapatoria...

Pasado algún tiempo se supo, no sabemos por quién, que Costanza había

sido arrebatada de su casa por el _alma en pena_, y que ésta no era otra

que la de su desdeñado amador.

XXIII

LA CAPILLA DE LOS REYES

«Anhelaba el Cabildo ofrecer al poderoso Monarca de ambos mundos

una obra digna de su grandeza, y para alcanzarlo pensó abrir una

especie de liza entre los más célebres artistas de aquel tiempo.»

J. AMADOR DE LOS RÍOS.

Entre las muchas bellezas dignas de ser admiradas que encuentra el que

visita la Catedral de Sevilla, llama notablemente su atención la Capilla

de los Reyes, cuyos planos fueron debidos al maestro Martín Gainza,

dando comienzo su construcción en 1550.

Veinticinco años duraron los trabajos de esta suntuosa Capilla, en la

que siguieron los arquitectos Fernán Ruiz y Pedro Díaz Palacios, y que

fué terminada en 1575 por Juan de Maeda, que ejecutó algunas obras de

importancia en los templos de nuestra capital.

Pertenece su arquitectura al estilo greco-romano; tiene, en opinión de

los inteligentes críticos, poca elegancia, demasiados adornos, y está

dividida en siete espacios por ocho pilastras con capiteles

esmeradamente acabados.

En el centro de esta Capilla suntuosa, y sobre una elevada gradería, se

encuentra el altar, obra de Luis Ortiz, donde está colocada una

escultura de madera, de autor desconocido, que representa á la Virgen

con el Niño sobre la falda, el cual está vestido con traje del siglo

pasado: esto es, casaca, pantalón corto y medias de seda.

La imagen, que por su carácter parece del siglo XIII, según los

historiadores, fué regalada al monarca Fernando III por su primo el rey

de Francia Luis IX, y acerca de ella corren las más curiosas

tradiciones.

Está la imagen sentada en rico sillón, que ostenta primorosas labores y

adornos de plata: sale en procesión todos los años el día 15 de Agosto,

recorriendo las calles que rodean á la Catedral, y tienen los vecinos de

Sevilla gran devoción por ella.

Al pié del ara donde está la Virgen existe la rica urna de plata que

guarda desde 1729 los restos de D. Fernando III, primer rey de Castilla

y Aragón y conquistador de Andalucía, que falleció en esta ciudad el día

30 de Mayo de 1252, y á quien el papa Clemente X declaró santo en 1671,

celebrándose con tal motivo suntuosas fiestas en Sevilla, describiendo

las cuales hemos leído varias curiosísimas relaciones escritas en

aquella época.

Bajo las magníficas bóvedas de la capilla de los Reyes duermen el sueño

eterno D. Alfonso _el Sabio_, muerto en 1284, á los treinta y dos años

de su reinado; D. Pedro I, _el Justiciero_, monarca cantado tantas veces

por los poetas, y cuyos huesos se trasladaron desde Madrid en 1877; su

legítima esposa D.ª María Padilla, que al ocurrir su muerte en 1354 fué

sepultada en el monasterio de Santa Clara de Astudillo; D.ª Beatriz,

primera mujer de D. Fernando, y los infantes D. Pedro, D. Fadrique, D.

Juan y D. Alonso.

Un personaje ilustre en la historia moderna de España descansa allí

también junto á los reyes y príncipes: el sabio Conde de Floridablanca,

Ministro de Carlos III y Presidente de la Junta Suprema de Gobierno

cuando invadieron las tropas francesas nuestro territorio. Floridablanca

murió el día 30 de Diciembre de 1808, celebrándose sus exequias con

todos los honores que correspondían al elevado cargo que entonces

desempeñaba.

La reja de la capilla de los Reyes es una verdadera obra de arte,

concluída en 1775, cuya descripción sería por demás prolija: sus

columnas, sus complicadas labores y las figuras de gran tamaño colocadas

en su remate son dignas del mayor elogio.

En la Capilla se conservan multitud de joyas históricas de alto precio,

entre las que no dejaremos de citar en estos breves apuntes la bandera y

una espada de D. Fernando III, la magnífica corona regalada por D.ª

Beatriz y los riquísimos trajes bordados de oro y pedrería que viste la

antigua imagen de la Virgen de los Reyes.

El día de S. Clemente, aniversario de la conquista de Sevilla, y el 30

de Mayo, se descubre la urna donde yace el rey Fernando III, pudiendo

ver el público tras aquellos cristales los restos del poderoso monarca

victorioso en tantas batallas y terror de las huestes agarenas.

La capilla de los Reyes ha sido visitada por cuantos monarcas han venido

á Sevilla, y en ella se da continuo y muy esplendoroso culto.

XXIV

LA MORERÍA

«Sitios peligrosos eran aquéllos, donde no era fácil llegar sin

exposición de graves riesgos.»

L. M.

En uno de los puntos hoy de más tránsito de la capital existió hasta la

tercera década del presente siglo un famoso barrio, llamado de la

_Morería_ porque es fama que al ser reconquistada Sevilla por D.

Fernando III en él se juntaron las familias moras que quedaron viviendo

en la ciudad.

Este barrio estaba formado por un laberinto de encrucijadas y

callejuelas de feísimas y miserables casuchas, bajo cuyos techos se

albergaban gentes de reputaciones dudosas y de las más extrañas

cataduras.

Allí se escondían las echadoras de cartas, las viejas que confeccionaban

filtros y bebedizos, los valentones que siempre tenían cuentas

pendientes con la justicia, y todos esos tipos que tan admirablemente

retrató la pluma del gran Cervantes al ocuparse del antiguo pueblo bajo

de Sevilla.

Ninguna persona de mediana posición se determinaba á pasar por las

calles de dicho barrio sin estar expuesta á sufrir más de un percance,

pues los moradores de aquellos tugurios tenían formada una especie de

asociación tenebrosa, que se asemejaba algo á la célebre _Corte de los

Milagros_.

De noche las calles de la _Morería_ presentaban un sombrío aspecto; y

cuando alguna vez la ronda cruzaba en silencio por aquellos lugares, se

veía sorprendida á lo mejor por una lluvia de piedras que, sin saber de

dónde venían, obligaban á los corchetes á ponerse en precipitada fuga.

Para que todo contribuyera á hacer inexpugnable aquel barrio, se

levantaban á su alrededor los espaciosos conventos del Buen Suceso y los

Descalzos, la iglesia de San Pedro y la primitiva Fábrica de Tabacos,

que fué construída en el siglo XVI.

Estos amplios edificios, con sus altos paredones y su macizo aspecto,

parecían defender la _Morería_, donde nunca fué posible hacer cumplir

las ordenanzas municipales, y donde los habitantes vivían en una salvaje

independencia.

Muchas eran las tabernas que en el barrio de que nos ocupamos existían,

y no eran menos los garitos y casas _non sanctas_ donde Celestinas,

Aspasias y Proserpinas se entregaban con entera libertad á sus

execrables comercios.

El Ayuntamiento dió en distintas épocas varias órdenes á fin de que se

hicieran algunas requisas por la _Morería_ con frecuencia; pero estas

órdenes no pudieron cumplirse á causa del riesgo que corrían cuantos

eran enviados á aquella visita de inspección.

Todos los mendigos, todos los discípulos de _Caco_, todos los vagos de

la peor calaña que durante el día vagaban desperdigados por Sevilla,

iban á recogerse al oscurecer en los antros de la _Morería_, donde se

consideraban seguros de no caer en manos de la justicia.

Á principios de siglo tenían allí su albergue los servidores de José

María y del _Rubio Espera_, los espías de los _Niños de Écija_ y los

secuaces del _Pájaro Verde_, que tan sangrientos crímenes cometieron en

los campos andaluces.

Por entonces el edificio de la antigua Fábrica de Tabacos fué destinado

á cuartel de infantería, y esto dió origen á no pocas colisiones y

alborotos entre los soldados y los paisanos en la triste época del

gobierno absoluto.

Concluiremos estos apuntes sobre la _Morería_ diciendo que hacia el año

1840 se desalojaron las casas de aquel inmundo barrio, comenzando el

derribo de todas ellas y construyéndose años más tarde en aquel lugar el

paseo de Argüelles, uno de los más concurridos y animados de Sevilla.

XXV

LA VIRGEN DE TORRIJIANO

«Muriendo está Torrijiano, muriendo está en su prisión por el

hambre, que es la pena que se ha impuesto en su furor.»

CANO Y CUETO.

El hecho de que vamos á ocuparnos ha llegado hasta nosotros descrito con

ligeras variantes, aunque igual en el fondo, y para relatarlo hemos de

procurar seguir la relación que corre como más auténtica.

Á principios del siglo XVI vivía en Sevilla, y en una modesta casa

situada en la Resolana del barrio de la Macarena, el insigne escultor

florentino Pedro Torrijiano, que tan perfectas y acabadas obras dejó en

varios templos de nuestra capital.

Fué Torrijiano un distinguido discípulo del maestro Lorenzo de Médicis,

y estando en el taller de éste con otros compañeros tuvo su famosa riña

con Miguel Ángel, á quien de un golpe rompió parte de la ternilla de la

nariz, dejando, para mientras viviese, señalado al autor del _Moisés_ y

del _Juicio final_.

Huyó después de aquella riña Torrijiano de Italia, pasando á Inglaterra,

donde vagó muchos años sin residencia fija y sufriendo no pocos

disgustos y sinsabores, pues parece que el carácter del artista

florentino era por demás violento, exagerado y nada simpático.

Á España llegó Torrijiano más tarde, atraído por las bellezas del suelo

y por los elogios que de nuestra cultura intelectual de entonces había

oído hacer, recorriendo algunas provincias y fijando su residencia en

Granada, población entonces donde se encontraba lo más florido de la

nobleza castellana.

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