El Municipio adquirió en 1836 el exconvento del Pópulo, y allí se

trasladaron los presos el día 3 de Julio del año siguiente, comenzando

poco después el derribo de la _Cárcel Real_, á la que nos ha parecido

oportuno dedicar un recuerdo en estos apuntes.

XV

LA SUSONA

«...pero la hebrea, insensible á los homenajes de sus adoradores y

á los consejos de su padre, se mantenía encerrada en un silencio

profundo.»

BÉCQUER.

El barrio de Santa Cruz es sin duda el que menos alteraciones ha sufrido

en el trascurso de los tiempos, y hoy en día, que tan variada se

encuentra Sevilla, el que transita por las callejuelas estrechas,

tortuosas y desiguales de dicho barrio se cree trasportado á otros

siglos bien distantes del presente y á épocas que se fueron para no

volver nunca.

Hay en Santa Cruz una travesía lóbrega y de miserable aspecto, llamada

en lo antiguo calle del Atahud, de la que nos ocuparemos en estas líneas

al relatar una historia cuyos pormenores y detalles ha conservado hasta

nosotros la tradición.

Cuando en Sevilla se comenzaron á hacer los primeros trabajos para

instalar el Tribunal de la Fe por los años de 1481, el pueblo, que

comprendió bien pronto la importancia y el dominio de aquella

institución que nacía, lejos de mirarla con indiferencia, ocupóse mucho

del asunto, discutiendo cada cual ámpliamente sobre él, y dividiéndose

hasta tal punto las opiniones, que se formaron dos bandos numerosos,

compuesto uno de defensores de la Inquisición y el otro de enemigos de

ella.

Á este último bando estaban afiliados los muchos judíos que por entonces

habitaban en nuestra ciudad, y los cuales no pudieron por menos de

sentir gran terror al contemplar los actos del Tribunal de la Fe y

enterarse de los fines principales para que había sido creado.

Creció cada vez más el miedo de los israelitas ante las sentencias que

la Inquisición fulminaba diariamente, y entonces empezaron á reunirse en

la aljamia, celebrando con la mayor cautela muchos conciliábulos y

detenidas pláticas, á las que acudieron también los judíos que de mejor

posición gozaban en Utrera, Carmona, Écija y otros pueblos de la

provincia.

En tales reuniones, que tenían lugar de noche y en sitios de los más

excusados, convinieron los israelitas en formar una especie de compañía

poderosa para defender sus vidas y sus intereses, que tanto peligraban,

pagando también á cuanta gente fuera necesaria á fin de que los amparase

por la fuerza de los golpes inquisitoriales, que cada vez arreciaban con

más energía.

Uno de los judíos que con más calor tomaron esta proyectada empresa, fué

cierto mercader de telas á quien se daba el nombre de Susón, y que era

un viejo ladino y marrullero muy conocido en todas partes de la ciudad

por sus gracias y donaires, que, según parece, eran ingeniosos y de boca

en boca corrían á diario.

Susón tenía una hija á quien el vulgo llamaba la _Susona_, moza como de

veinte años, de buenas formas, de rostro bellísimo, y de tan gentil

apostura, que solían todos darle el nombre de _la fermosa fembra_.

Mas si era guapa la muchacha, no era ciertamente de las más virtuosas,

pues la lista de sus amadores era algo extensa, y las aventuras que de

ella se oían eran algo complicadas y escabrosas también.

La _Susona_ se había convertido en cristiana sin que su padre lo

supiera, aconsejada por cierto caballero cuyo nombre no dice la

tradición, el cual fué uno de los amantes que con más pasión solicitaron

y obtuvieron los favores de la gentil hebrea.

Cuando más diligentes estaban los judíos preparando su obra defensiva,

cierto día se encontraron sorprendidos por los familiares del Santo

Oficio, quienes desbarataron la conspiración, encerrando en las

mazmorras á cuantos pudieron coger, y quemándoles vivos muy luego para

que á los de su raza no quedaran deseos de organizar nuevos planes.

El viejo Susón fué uno de los ajusticiables, y su hija la que delató al

Tribunal la conspiración que con tanta cautela se había fraguado,

entrando luego en un convento de monjas, donde se propuso consagrarse á

continuas meditaciones y prácticas sagradas.

Pero aún sigue la historia de la _famosa fembra_, la cual sin duda no

nació para la vida contemplativa, y al poco tiempo de residir en el

claustro se escapó de él y unióse á su antiguo amante, del cual tuvo

tres hijos.

Harto sin duda el caballero de los cariños y zalamerías de la hebrea, la

abandonó más tarde, y ella entonces, conservando aún fresca su hermosura

y vivos en el pecho sus deseos, entregóse á otro y otros galanes,

viniendo por último á ser amante de un especiero, según dice la

tradición, y llevando hasta el fin de sus días una existencia licenciosa

y prostituída.

Murió la _Susona_ en medio de la mayor miseria y en una casucha de la

antigua calle del Atahud, y se dice que, arrepentida de sus pasadas

ligerezas, antes de morir dejó dicho que su calavera se guardase en un

muro de aquella casa para que sirviese de ejemplo; y cumpliéndose su

última voluntad, colocóse en un pequeño hueco de la fachada el cráneo de

la hebrea, que permaneció largos años en aquel sitio.

XVI

EL CONDE NEGRO

«Negro tan estimado y de buen concepto, que comúnmente le llamaban

_El Conde Negro_, y fué mayoral y juez entre ellos...»

GONZÁLEZ DE LEÓN.

Existe en Sevilla, y en el barrio de San Roque, una calle abandonada y

sucia, de feísimos edificios, habitados por los descendientes de

aquellos Repolidos y Maniferros de que habla Cervantes, la cual lleva el

nombre que encabeza estas líneas en memoria de un singular personaje que

allí tuvo su residencia á fines del siglo XV.

Escriben puntuales cronistas que era muy general en Sevilla en aquel

tiempo la venta de esclavos negros, los cuales para su servicio tomaban

los principales señores, y á esto se debía el que se encontrasen en

nuestra ciudad muchos negros, que solían juntarse los días festivos por

los alrededores de la puerta del Osario en compañía de sus mujeres é

hijos, celebrando con la mayor fruición bailes y tertulias al aire

libre, según sus usos y costumbres eran.

No se molestaba aquí á los negros como en otras poblaciones sucedía;

antes al contrario tratábaseles con mucha benignidad, y el arzobispo don

Gonzalo de Mena, que tuvo por ellos gran simpatía, les facilitó medios

para que formasen una hermandad, que salía en procesión con sus imágenes

el Viernes Santo, siendo también protegidos por el Cardenal Solís y

otros personajes de influencia y categoría.

Solían casi siempre los negros corresponder á los favores y mercedes que

les dispensaban mostrándose humildes y poco molestos; y para que

entendiera en asuntos y pleitos de poca monta nombraron los Reyes

Católicos en 1475 á un individuo de la misma raza, que es de quien voy á

ocuparme.

Fué éste un negro llamado Juan de Valladolid, hombre de templado

carácter, de edad madura, y que había seguido á la Corte en gloriosas

jornadas dando pruebas de valor y singular tacto, que fueron apreciadas

por los Monarcas, quienes en cédula de 8 de Noviembre del citado año de

1475 le decían:

«Por los buenos é leales servicios que nos habéis fecho y facéis cada

día, porque conocemos vuestra suficiencia y habilidad y disposición,

facemos vos mayoral é juez de todos los negros é loros libres ó captivos

que están ó son captivos é horros en la muy noble y muy leal ciudad de

Sevilla é en todo su Arzobispado, é que no puedan facer ni fagan los

dichos negros y negras, loros y loras, ninguna fiesta nin de entre

ellos, salvo ante vos Juan de Valladolid... y mandamos que vos conozcáis

de los debates y casamientos y otras cosas que juzgado entre ellos

hubiese, é non otro alguno, por cuanto sois persona suficiente para

ello, ó quien vuestro poder hubiere, y sabéis las leyes y ordenanzas que

deben tener, é nos somos informados que sois de linaje noble entre los

dichos negros.»

Tomó posesión del cargo Juan de Valladolid y estableció su residencia en

una casa de la calle de Santa Cecilia, que es la misma que hoy tiene el

título del _Conde Negro_, pues así fué conocido.

No resultaron desmentidas por los hechos las palabras que en su cédula

dedicaban los Reyes Católicos á Juan de Valladolid, pues éste, obrando

con singular astucia, y ajustándose á la más puntual justicia, desempeñó

su empleo con toda satisfacción y demostrando palpablemente las buenas

dotes que poseía.

Pocas son las noticias biográficas que del _Conde Negro_ se han

conservado hasta nuestros días, ignorándose con exactitud la fecha de su

muerte, que se supone ocurrida en los comienzos del siglo XVI, sin que

tampoco se sepa el lugar donde recibió sepultura, y otras circunstancias

particulares que de seguro ofrecerían gran interés ahora.

Cuenta la tradición que la casa donde vivió Juan de Valladolid era

entonces de gran amplitud y buen aspecto y corresponde á la señalada más

tarde con el número 30, la cual conservó largos años en cierto hueco de

su fachada una cabeza de barro que se tenía por auténtico retrato del

famoso Mayoral de los negros.

En este edificio tenía el honorario _Conde_ su tribunal, ante el que

concurrían á diario multitud de negros y negras á ventilar sus

cuestiones y á resolver sus disputas, las cuales era oídas con gran

calma y flema por Juan de Valladolid, quien, representando con toda

gravedad su importante papel, después de escuchadas ambas partes, solía

dirigir una larga arenga á los que litigaban; condenando luego allí

mismo á aquellos que lo merecían.

Varias anécdotas conozco del Mayoral y juez de los negros, así como

algunos actos de justicia por él practicados, que corren todavía en boca

de las gentes, las cuales suelen atribuirlos á otros personajes que nada

tienen que ver con Juan de Valladolid. Presidía éste todos los domingos

los festejos que sus gobernados celebraban en las afueras de la puerta

de Carmona, y para ello se colocaba en un estrado, desde el cual daba

las órdenes oportunas y que creía más convenientes para el buen orden de

los bailes, de los coros, de las máscaras ó de la diversión que se

estuviera celebrando.

Célebre fué Juan de Valladolid y célebre es también la calle donde tuvo

su residencia, en la cual, como dije al principio, se han refugiado los

descendientes de aquellos originales tipos que tanto renombre dieron en

otros siglos á la Macarena, á la Costanilla y á la Morería.

XVII

LA CRUZ DEL CAMPO

«Si al cazador ó al labriego por esta Cruz preguntares, te harán en

frases vulgares pintoresca narración.»

LAMARQUE DE NOVOA.

Como á media legua de Sevilla, en el camino que conduce á Alcalá de

Guadaira, existe un monumento que fué mandado construir hacia el año de

1482 por el entonces asistente de la ciudad, don Diego de Merlo, noble y

esforzado caballero, cuyas heróicas hazañas en la guerra de Granada le

dieron gran renombre entre las huestes cristianas.

Los Reyes Católicos D. Fernando y D.ª Isabel, teniendo en cuenta los

graves desperfectos que la acción del tiempo había obrado en el

acueducto romano conocido vulgarmente por el nombre de _Caños de

Carmona_, mandaron hacer en ellos importantes reparos por inteligentes

alarifes y bajo la detenida inspección del Asistente Merlo.

Para conmemorar la terminación de los trabajos realizados en el

acueducto erigióse á la terminación del barrio de la Calzada una Cruz, á

la que hemos de dedicar hoy las presentes líneas.

Forman el monumento cuatro sólidos pilares de más de trece metros de

altura, sosteniendo elegantes arcos de estilo ojival, y coronan la obra

una fila de moriscas almenas y una cúpula de regular elevación. Sobre

una gradería de ladrillos existe en el interior del monumento la Cruz de

mármol, en la que están grabadas las imágenes de Jesús y la Virgen de

los Dolores.

En el friso interior que rodea los cuatro arcos puede leerse la

siguiente inscripción, que fué restaurada hace poco tiempo con gran

esmero.

«Esta Cruz é obra mandó facer é acabar el mucho honrado é noble

caballero Diego de Merlo, Guarda mayor del Rey é Reina nuestros señores,

del su Consejo é su Asistente de esta ciudad de Sevilla é su tierra, é

Alcaide de los sus Alcázares é Atarazanas de ella; la cual se acabó á

primer día del año del Nacimiento de nuestro Salvador Jesucristo de mil

é cuatrocientos é ochenta é dos años, reinando en Castilla los muy

ilustres y serenísimos y siempre augustos Rey é Reina nuestros señores

D. Fernando é D.ª Isabel.»

En la Cruz del Campo terminaba la estación de la _Vía Sacra_ que

comenzaba á la puerta del magnífico palacio de D. Fadrique Enríquez de

Ribera, Marqués de Tarifa, llamado _Casa de Pilatos_.

Construyó esta _Vía Sacra_ el dicho Marqués de Tarifa á su regreso del

viaje que en 1521 hizo á Jerusalén; y cuenta la tradición que eran tan

numerosas las personas que asistían durante los viernes de Cuaresma á

rezar ante las cruces de la estación, y á propinarse sendos

disciplinazos, que muchas veces llegaban los primeros devotos á la

Calzada cuando los últimos aún no habían salido del palacio.

La costumbre de recorrer esta estación fué decayendo poco á poco; y

aunque las cruces permanecían en medio del camino, eran pocos los que

ante ellas rezaban y tenían la devoción de azotarse las carnes.

Á mediados del siglo XVIII empezaron á concurrir muchas gentes á los

alrededores del monumento levantado por D. Diego Merlo; pero ya no era

con fines tan santos, pues iban á celebrar alegres giras y campestres

bailes, en los cuales corría con abundancia el vino y se promovían á

menudo escándalos y riñas, que terminaban de manera bien lamentable.

En el presente siglo se han llevado á cabo algunas obras en la _Cruz del

Campo_; pero la más notable es la que se verificó en 1882. Entonces se

restauró el monumento, y actualmente se encuentra en el mejor estado de

conservación, habiéndose colocado en derredor una sencilla verja para

evitar que el público suba á las gradas que se alzan en el centro de los

cuatro pilares.

Desde la _Cruz del Campo_ se divisa un hermoso panorama, que

difícilmente resistiríamos á describir; gran parte de la ciudad se

presenta á nuestros ojos, y sobre aquella multitud apiñada de azoteas,

tejados torres y campanarios se alza la _Giralda_, el más preciado de

nuestros monumentos históricos.

En los alrededores de la _Cruz del Campo_ han tenido lugar algunos

sucesos curiosos de nuestra historia moderna, entre los que sólo

recordaremos los recibimientos hechos por el Cabildo de Sevilla, al rey

José en 1810, y á Fernando VII en el memorable año de 1823.

XVIII

COLÓN EN SEVILLA

«Es América... sí, logré mi intento, grita el piloto audaz, y en

voz sonora exclaman cielo, tierra y mar profundo. ¡Viva Colón,

descubridor de un mundo!»

EL DUQUE DE RIVAS.

La capital de Andalucía es una de las poblaciones que con más razón está

en el deber de honrar la memoria del insigne navegante que, oscuro y

pobre, llegó á España para llevar á cabo uno de los hechos más

grandiosos que la historia de la humanidad en sus anales registra.

Cuatrocientos años se han cumplido del descubrimiento del Nuevo Mundo; y

si todos los pueblos celebraron festejos para solemnizar dignamente esta

fecha inolvidable, ¿cómo había de permanecer Sevilla indiferente en tal

ocasión, si ella albergó en su recinto al genovés ilustre, alentó el

gigantesco proyecto, construyó la escuadra para el segundo viaje, fué el

centro para el arreglo de los negocios de Indias, y guardó durante

largos años en el monasterio de Las Cuevas los restos de Colón y de su

hijo don Diego?

Probado está por los eruditos é historiadores que el gran descubridor

llegó á España á principios del año 1484, siendo nuestra ciudad uno de

los primeros puntos que visitó antes de celebrar su famosa entrevista

con el Prior de la Rábida, puesto que ésta se verificó en los últimos

días de Agosto de 1491.

Buscó Colón en Sevilla apoyo para el proyecto que iba á presentar á los

Reyes Católicos, y no tardó en encontrar favorable acogida entre varios

sevillanos de alta posición, y entre los muchos mercaderes italianos que

aquí desde largo tiempo había establecidos.

Vivía por entonces en la ciudad andaluza un florentino llamado Juan

Berardi, dueño de una importante casa de comercio, que trabó en poco

tiempo estrecha amistad con Cristóbal Colón, llegando á ser su «amigo y

confidente», según palabras del sabio Navarrete en el tomo tercero de la

_Colección de documentos inéditos_.

Estaba Berardi muy bien relacionado con personas de influencia y

prestigio, y al oir de los labios de Colón el grandioso pensamiento,

explicado con aquella fe y entusiasmo propios de su genio, tomó cariño á

tan elevada idea y trató de poner á su compatriota en relaciones con

algunos personajes de importancia y valimiento que entonces residían en

Sevilla, «predilecta mansión--como dice Rodríguez Pinilla--de los más

grandes magnates de la nobleza y de la Corte.»

Presentóse el genovés al poderoso Duque de Medina-Sidonia, quien,

después de escucharle, le ofreció su valioso apoyo, cosa que no llegó á

cumplir en manera alguna, pues parece que un sacerdote, que en la casa

ducal gozaba de mucha consideración, persuadió al dueño á que dejase de

prestar oídos á pensamiento tan loco y fuera de razón como lo era aquel

del navegante aventurero.

Decidióse Juan Berardi por hacer cuanto le fuese posible en beneficio de

su compatriota, con Scandiano Oliveri y otros florentinos que se

encontraban en Sevilla, los cuales recomendaron á Colón á don Luis de la

Cerda, primer duque de Medinaceli, uno de los mayores potentados de la

nobleza de Castilla, que sostenía una escuadrilla en el Mediterráneo y

el Atlántico.

Entusiasmóse Medinaceli con el atrevido proyecto, y mantuvo á Colón en

su casa largo tiempo, como asegura el mismo Duque en la carta que en

1493 envió al Cardenal Mendoza. Además quiso llevar á cabo la gigantesca

empresa, y ofreció al genovés cuatro carabelas, para que en ellas

saliese del Puerto de Santa María á _buscar el camino de las Indias_.

Pero, según escribe el padre Las Casas, enterada la reina Isabel de los

propósitos del Duque por Alonso de Quintanilla, dirigió una importante

carta ordenando «que cesase el negocio, porque quería ella misma

seguirlo á sus expensas.»

Había hecho Colón presente á Medinaceli que iba á dirigirse á Francia,

esperando encontrar favorable acogida en la Corte de Luis XI; pero á

tanto llegaron las buenas promesas del Duque, que lo hizo desistir del

viaje, enviándolo á Córdoba, en cuyo punto, y por mediación de

Quintanilla y Mendoza, celebró la primera entrevista con los Monarcas en

el mes de Enero del año 1486.

Partió el genovés de Sevilla, y no volvió á esta ciudad hasta después

del descubrimiento, siendo recibido con grandes muestras de

consideración y aprecio por todos en general, y muy particularmente por

aquellos que fueron sus amigos cuando pobre y sin recursos llegó de

Portugal.

En Sevilla permaneció Colón desde el mes de Junio hasta fines de Agosto

del 1493, organizando la escuadra para el segundo viaje, que partió de

la bahía gaditana el 5 de Setiembre, y que estaba compuesta de catorce

carabelas y tres carracas, siendo tantos los que acudieron á Sevilla

para embarcarse, que muchos quedaron en tierra sin poder formar parte de

la expedición.

Entre los que marcharon con el Almirante figuraban Ojeda y Juan de la

Cosa, Margarite, Aguado, Díaz de Pisa, Boil, y el docto cuanto modesto

fray Antonio de Marchena, amigo inseparable del descubridor del Nuevo

Mundo.

La capital de Andalucía volvió á ver á Colón á fines del año 1499, pero

en situación bien lamentable por cierto; acababa de desembarcar en Cádiz

cargado de cadenas por órden del iracundo Bobadilla y se dirigía á

Granada, donde los Reyes le recibieron, no con tanta satisfacción como

en Barcelona, pero sí compadecidos de su triste suerte.

Hiciéronse también en Sevilla los preparativos para el cuarto viaje en

el otoño del 1501; costando gran trabajo equipar la flota, que al fin

estuvo dispuesta y salió de Cádiz el 13 de Enero del año siguiente.

Presentóse por última vez el Almirante en nuestra ciudad en Noviembre de

1504, después de su larga y penosa expedición, enfermo, achacoso y con

el corazón oprimido y apenada el alma por las ingratitudes de que á cada

paso era víctima.

En Sevilla pasó todo el invierno escribiendo cartas al Rey para que le

prestase auxilios, de los que estaba tan necesitado, sin recibir del

Monarca providencia alguna; y en la primavera siguiente marchó á

Segovia, donde á la sazón se hallaba la Corte, que miró con desdén á

Colón, quien, pasando luego á Valladolid, murió abandonado y solo el 20

de Mayo de 1506, á la edad de sesenta años y á los dieciséis de haber

llevado á cabo su prodigioso descubrimiento.

XIX

EL HORNO DE LAS BRUJAS

«Son sin duda espíritus vaporosos que engendra la tierra, como los

produce también el agua. ¿Por dónde habrán desaparecido?»

SHAKESPEARE.

La calle que hoy tiene el nombre del eximio poeta y sabio genealogista

D. Gonzalo Argote de Molina era en lo antiguo una de las calles más

irregulares de la población, en la que existieron, entre algunos buenos

edificios, varias casuchas que servían de guarida á gente de fama nada

envidiable y de costumbres no muy dignas de imitarse.

Cuenta la tradición que en una de estas casuchas, la más sucia y

abandonada de todas, habitaba á fines del siglo XV cierta anciana á

quien tenía el vulgo por mujer sobrenatural y extraordinaria, con sus

puntos y ribetes de hechicería.

Era la vieja de miserable aspecto y de horrible catadura, muy dada á la

confección de filtros y brevajes, echadora de cartas, adivina de lo

porvenir y muy amiga de todas las hembras de su calaña, con quienes

solía reunirse por las noches, entregándose á ceremonias misteriosas que

daban mucho que hablar á los vecinos del barrio.

Tenía la bruja un hijo, sabe Dios de quién, mocetón zafio y descreído,

espadachín y pendenciero, que le ayudaba en sus ridículas faenas, y el

cual promovía con frecuencia grandes escándalos siempre que al amanecer

llegaba á acostarse, acompañado de mujerzuelas y gente de la heria,

entre quienes pasaba una vida ociosa y degradada.

Sucedió una noche, que llegando solo por casualidad y embriagado á su

casucha, halló la puerta tan cerrada que por más golpes que dió en ella

no consiguió que le abriesen, pues la madre y las demás brujas que con

ella estaban entonces en un sótano, embebidas con sus prácticas de

hechicería, ni oyeron los aldabonazos ni los gritos y juramentos del

mocetón.

Aburrido éste, y no pudiendo apenas tenerse en pie, efecto del mucho

mosto que se había echado al coleto, á falta de otro lugar más á

propósito donde pasar el resto de la noche, que era fría y desagradable,

metióse en un gran horno que en el muro exterior había, y que por la

mañana solía encender la vieja para que fuesen á cocer el pan los

vecinos, que por tal servicio pagábanle algunos maravedises, cuya

cantidad no precisa la tradición.

No bien entró el zafio en el horno, acometióle un profundo sueño,

quedando tan dormido, que después de salir el sol continuaba roncando

sobre los ladrillos cual pudiera hacerlo en una cama de blandas plumas.

Y sucedió después, que llegada la hora en que la horrible bruja solía

encender el fuego, cuando estaba aventando los secos troncos, oyó gritos

pidiendo socorro, y al conocer por la voz que quien los daba no era otro

sino su propio hijo, desesperada de no poder salvarle, y después de

inútiles esfuerzos, cayó al suelo de rodillas, con las manos cruzadas y

rezando á toda prisa cuantas oraciones le vinieron á la memoria.

Acudieron algunas personas al lugar del suceso, sin que ninguna pudiera

contener las llamas, que rápidamente habían adquirido las mayores

proporciones, haciendo ver á los que quisieron verlo que aquello no era

otra cosa que un providencial castigo á las impiedades del hijo y á las

hechicerías de la madre.

Pero hé aquí que cuando más apurada era la situación, cuando nadie podía

acercarse al horno por la intensidad del fuego, que amenazaba destruir

el edificio, acertó á pasar la calle un fraile de la orden de San

Francisco, llamado Fr. Diego de Alcalá, varón muy respetado del vulgo y

á quien se le atribuían algunos milagros.

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