trasladaron los presos el día 3 de Julio del año siguiente, comenzando
poco después el derribo de la _Cárcel Real_, á la que nos ha parecido
oportuno dedicar un recuerdo en estos apuntes.
XV
LA SUSONA
«...pero la hebrea, insensible á los homenajes de sus adoradores y
á los consejos de su padre, se mantenía encerrada en un silencio
profundo.»
BÉCQUER.
El barrio de Santa Cruz es sin duda el que menos alteraciones ha sufrido
en el trascurso de los tiempos, y hoy en día, que tan variada se
encuentra Sevilla, el que transita por las callejuelas estrechas,
tortuosas y desiguales de dicho barrio se cree trasportado á otros
siglos bien distantes del presente y á épocas que se fueron para no
volver nunca.
Hay en Santa Cruz una travesía lóbrega y de miserable aspecto, llamada
en lo antiguo calle del Atahud, de la que nos ocuparemos en estas líneas
al relatar una historia cuyos pormenores y detalles ha conservado hasta
nosotros la tradición.
Cuando en Sevilla se comenzaron á hacer los primeros trabajos para
instalar el Tribunal de la Fe por los años de 1481, el pueblo, que
comprendió bien pronto la importancia y el dominio de aquella
institución que nacía, lejos de mirarla con indiferencia, ocupóse mucho
del asunto, discutiendo cada cual ámpliamente sobre él, y dividiéndose
hasta tal punto las opiniones, que se formaron dos bandos numerosos,
compuesto uno de defensores de la Inquisición y el otro de enemigos de
ella.
Á este último bando estaban afiliados los muchos judíos que por entonces
habitaban en nuestra ciudad, y los cuales no pudieron por menos de
sentir gran terror al contemplar los actos del Tribunal de la Fe y
enterarse de los fines principales para que había sido creado.
Creció cada vez más el miedo de los israelitas ante las sentencias que
la Inquisición fulminaba diariamente, y entonces empezaron á reunirse en
la aljamia, celebrando con la mayor cautela muchos conciliábulos y
detenidas pláticas, á las que acudieron también los judíos que de mejor
posición gozaban en Utrera, Carmona, Écija y otros pueblos de la
provincia.
En tales reuniones, que tenían lugar de noche y en sitios de los más
excusados, convinieron los israelitas en formar una especie de compañía
poderosa para defender sus vidas y sus intereses, que tanto peligraban,
pagando también á cuanta gente fuera necesaria á fin de que los amparase
por la fuerza de los golpes inquisitoriales, que cada vez arreciaban con
más energía.
Uno de los judíos que con más calor tomaron esta proyectada empresa, fué
cierto mercader de telas á quien se daba el nombre de Susón, y que era
un viejo ladino y marrullero muy conocido en todas partes de la ciudad
por sus gracias y donaires, que, según parece, eran ingeniosos y de boca
en boca corrían á diario.
Susón tenía una hija á quien el vulgo llamaba la _Susona_, moza como de
veinte años, de buenas formas, de rostro bellísimo, y de tan gentil
apostura, que solían todos darle el nombre de _la fermosa fembra_.
Mas si era guapa la muchacha, no era ciertamente de las más virtuosas,
pues la lista de sus amadores era algo extensa, y las aventuras que de
ella se oían eran algo complicadas y escabrosas también.
La _Susona_ se había convertido en cristiana sin que su padre lo
supiera, aconsejada por cierto caballero cuyo nombre no dice la
tradición, el cual fué uno de los amantes que con más pasión solicitaron
y obtuvieron los favores de la gentil hebrea.
Cuando más diligentes estaban los judíos preparando su obra defensiva,
cierto día se encontraron sorprendidos por los familiares del Santo
Oficio, quienes desbarataron la conspiración, encerrando en las
mazmorras á cuantos pudieron coger, y quemándoles vivos muy luego para
que á los de su raza no quedaran deseos de organizar nuevos planes.
El viejo Susón fué uno de los ajusticiables, y su hija la que delató al
Tribunal la conspiración que con tanta cautela se había fraguado,
entrando luego en un convento de monjas, donde se propuso consagrarse á
continuas meditaciones y prácticas sagradas.
Pero aún sigue la historia de la _famosa fembra_, la cual sin duda no
nació para la vida contemplativa, y al poco tiempo de residir en el
claustro se escapó de él y unióse á su antiguo amante, del cual tuvo
tres hijos.
Harto sin duda el caballero de los cariños y zalamerías de la hebrea, la
abandonó más tarde, y ella entonces, conservando aún fresca su hermosura
y vivos en el pecho sus deseos, entregóse á otro y otros galanes,
viniendo por último á ser amante de un especiero, según dice la
tradición, y llevando hasta el fin de sus días una existencia licenciosa
y prostituída.
Murió la _Susona_ en medio de la mayor miseria y en una casucha de la
antigua calle del Atahud, y se dice que, arrepentida de sus pasadas
ligerezas, antes de morir dejó dicho que su calavera se guardase en un
muro de aquella casa para que sirviese de ejemplo; y cumpliéndose su
última voluntad, colocóse en un pequeño hueco de la fachada el cráneo de
la hebrea, que permaneció largos años en aquel sitio.
XVI
EL CONDE NEGRO
«Negro tan estimado y de buen concepto, que comúnmente le llamaban
_El Conde Negro_, y fué mayoral y juez entre ellos...»
GONZÁLEZ DE LEÓN.
Existe en Sevilla, y en el barrio de San Roque, una calle abandonada y
sucia, de feísimos edificios, habitados por los descendientes de
aquellos Repolidos y Maniferros de que habla Cervantes, la cual lleva el
nombre que encabeza estas líneas en memoria de un singular personaje que
allí tuvo su residencia á fines del siglo XV.
Escriben puntuales cronistas que era muy general en Sevilla en aquel
tiempo la venta de esclavos negros, los cuales para su servicio tomaban
los principales señores, y á esto se debía el que se encontrasen en
nuestra ciudad muchos negros, que solían juntarse los días festivos por
los alrededores de la puerta del Osario en compañía de sus mujeres é
hijos, celebrando con la mayor fruición bailes y tertulias al aire
libre, según sus usos y costumbres eran.
No se molestaba aquí á los negros como en otras poblaciones sucedía;
antes al contrario tratábaseles con mucha benignidad, y el arzobispo don
Gonzalo de Mena, que tuvo por ellos gran simpatía, les facilitó medios
para que formasen una hermandad, que salía en procesión con sus imágenes
el Viernes Santo, siendo también protegidos por el Cardenal Solís y
otros personajes de influencia y categoría.
Solían casi siempre los negros corresponder á los favores y mercedes que
les dispensaban mostrándose humildes y poco molestos; y para que
entendiera en asuntos y pleitos de poca monta nombraron los Reyes
Católicos en 1475 á un individuo de la misma raza, que es de quien voy á
ocuparme.
Fué éste un negro llamado Juan de Valladolid, hombre de templado
carácter, de edad madura, y que había seguido á la Corte en gloriosas
jornadas dando pruebas de valor y singular tacto, que fueron apreciadas
por los Monarcas, quienes en cédula de 8 de Noviembre del citado año de
1475 le decían:
«Por los buenos é leales servicios que nos habéis fecho y facéis cada
día, porque conocemos vuestra suficiencia y habilidad y disposición,
facemos vos mayoral é juez de todos los negros é loros libres ó captivos
que están ó son captivos é horros en la muy noble y muy leal ciudad de
Sevilla é en todo su Arzobispado, é que no puedan facer ni fagan los
dichos negros y negras, loros y loras, ninguna fiesta nin de entre
ellos, salvo ante vos Juan de Valladolid... y mandamos que vos conozcáis
de los debates y casamientos y otras cosas que juzgado entre ellos
hubiese, é non otro alguno, por cuanto sois persona suficiente para
ello, ó quien vuestro poder hubiere, y sabéis las leyes y ordenanzas que
deben tener, é nos somos informados que sois de linaje noble entre los
dichos negros.»
Tomó posesión del cargo Juan de Valladolid y estableció su residencia en
una casa de la calle de Santa Cecilia, que es la misma que hoy tiene el
título del _Conde Negro_, pues así fué conocido.
No resultaron desmentidas por los hechos las palabras que en su cédula
dedicaban los Reyes Católicos á Juan de Valladolid, pues éste, obrando
con singular astucia, y ajustándose á la más puntual justicia, desempeñó
su empleo con toda satisfacción y demostrando palpablemente las buenas
dotes que poseía.
Pocas son las noticias biográficas que del _Conde Negro_ se han
conservado hasta nuestros días, ignorándose con exactitud la fecha de su
muerte, que se supone ocurrida en los comienzos del siglo XVI, sin que
tampoco se sepa el lugar donde recibió sepultura, y otras circunstancias
particulares que de seguro ofrecerían gran interés ahora.
Cuenta la tradición que la casa donde vivió Juan de Valladolid era
entonces de gran amplitud y buen aspecto y corresponde á la señalada más
tarde con el número 30, la cual conservó largos años en cierto hueco de
su fachada una cabeza de barro que se tenía por auténtico retrato del
famoso Mayoral de los negros.
En este edificio tenía el honorario _Conde_ su tribunal, ante el que
concurrían á diario multitud de negros y negras á ventilar sus
cuestiones y á resolver sus disputas, las cuales era oídas con gran
calma y flema por Juan de Valladolid, quien, representando con toda
gravedad su importante papel, después de escuchadas ambas partes, solía
dirigir una larga arenga á los que litigaban; condenando luego allí
mismo á aquellos que lo merecían.
Varias anécdotas conozco del Mayoral y juez de los negros, así como
algunos actos de justicia por él practicados, que corren todavía en boca
de las gentes, las cuales suelen atribuirlos á otros personajes que nada
tienen que ver con Juan de Valladolid. Presidía éste todos los domingos
los festejos que sus gobernados celebraban en las afueras de la puerta
de Carmona, y para ello se colocaba en un estrado, desde el cual daba
las órdenes oportunas y que creía más convenientes para el buen orden de
los bailes, de los coros, de las máscaras ó de la diversión que se
estuviera celebrando.
Célebre fué Juan de Valladolid y célebre es también la calle donde tuvo
su residencia, en la cual, como dije al principio, se han refugiado los
descendientes de aquellos originales tipos que tanto renombre dieron en
otros siglos á la Macarena, á la Costanilla y á la Morería.
XVII
LA CRUZ DEL CAMPO
«Si al cazador ó al labriego por esta Cruz preguntares, te harán en
frases vulgares pintoresca narración.»
LAMARQUE DE NOVOA.
Como á media legua de Sevilla, en el camino que conduce á Alcalá de
Guadaira, existe un monumento que fué mandado construir hacia el año de
1482 por el entonces asistente de la ciudad, don Diego de Merlo, noble y
esforzado caballero, cuyas heróicas hazañas en la guerra de Granada le
dieron gran renombre entre las huestes cristianas.
Los Reyes Católicos D. Fernando y D.ª Isabel, teniendo en cuenta los
graves desperfectos que la acción del tiempo había obrado en el
acueducto romano conocido vulgarmente por el nombre de _Caños de
Carmona_, mandaron hacer en ellos importantes reparos por inteligentes
alarifes y bajo la detenida inspección del Asistente Merlo.
Para conmemorar la terminación de los trabajos realizados en el
acueducto erigióse á la terminación del barrio de la Calzada una Cruz, á
la que hemos de dedicar hoy las presentes líneas.
Forman el monumento cuatro sólidos pilares de más de trece metros de
altura, sosteniendo elegantes arcos de estilo ojival, y coronan la obra
una fila de moriscas almenas y una cúpula de regular elevación. Sobre
una gradería de ladrillos existe en el interior del monumento la Cruz de
mármol, en la que están grabadas las imágenes de Jesús y la Virgen de
los Dolores.
En el friso interior que rodea los cuatro arcos puede leerse la
siguiente inscripción, que fué restaurada hace poco tiempo con gran
esmero.
«Esta Cruz é obra mandó facer é acabar el mucho honrado é noble
caballero Diego de Merlo, Guarda mayor del Rey é Reina nuestros señores,
del su Consejo é su Asistente de esta ciudad de Sevilla é su tierra, é
Alcaide de los sus Alcázares é Atarazanas de ella; la cual se acabó á
primer día del año del Nacimiento de nuestro Salvador Jesucristo de mil
é cuatrocientos é ochenta é dos años, reinando en Castilla los muy
ilustres y serenísimos y siempre augustos Rey é Reina nuestros señores
D. Fernando é D.ª Isabel.»
En la Cruz del Campo terminaba la estación de la _Vía Sacra_ que
comenzaba á la puerta del magnífico palacio de D. Fadrique Enríquez de
Ribera, Marqués de Tarifa, llamado _Casa de Pilatos_.
Construyó esta _Vía Sacra_ el dicho Marqués de Tarifa á su regreso del
viaje que en 1521 hizo á Jerusalén; y cuenta la tradición que eran tan
numerosas las personas que asistían durante los viernes de Cuaresma á
rezar ante las cruces de la estación, y á propinarse sendos
disciplinazos, que muchas veces llegaban los primeros devotos á la
Calzada cuando los últimos aún no habían salido del palacio.
La costumbre de recorrer esta estación fué decayendo poco á poco; y
aunque las cruces permanecían en medio del camino, eran pocos los que
ante ellas rezaban y tenían la devoción de azotarse las carnes.
Á mediados del siglo XVIII empezaron á concurrir muchas gentes á los
alrededores del monumento levantado por D. Diego Merlo; pero ya no era
con fines tan santos, pues iban á celebrar alegres giras y campestres
bailes, en los cuales corría con abundancia el vino y se promovían á
menudo escándalos y riñas, que terminaban de manera bien lamentable.
En el presente siglo se han llevado á cabo algunas obras en la _Cruz del
Campo_; pero la más notable es la que se verificó en 1882. Entonces se
restauró el monumento, y actualmente se encuentra en el mejor estado de
conservación, habiéndose colocado en derredor una sencilla verja para
evitar que el público suba á las gradas que se alzan en el centro de los
cuatro pilares.
Desde la _Cruz del Campo_ se divisa un hermoso panorama, que
difícilmente resistiríamos á describir; gran parte de la ciudad se
presenta á nuestros ojos, y sobre aquella multitud apiñada de azoteas,
tejados torres y campanarios se alza la _Giralda_, el más preciado de
nuestros monumentos históricos.
En los alrededores de la _Cruz del Campo_ han tenido lugar algunos
sucesos curiosos de nuestra historia moderna, entre los que sólo
recordaremos los recibimientos hechos por el Cabildo de Sevilla, al rey
José en 1810, y á Fernando VII en el memorable año de 1823.
XVIII
COLÓN EN SEVILLA
«Es América... sí, logré mi intento, grita el piloto audaz, y en
voz sonora exclaman cielo, tierra y mar profundo. ¡Viva Colón,
descubridor de un mundo!»
EL DUQUE DE RIVAS.
La capital de Andalucía es una de las poblaciones que con más razón está
en el deber de honrar la memoria del insigne navegante que, oscuro y
pobre, llegó á España para llevar á cabo uno de los hechos más
grandiosos que la historia de la humanidad en sus anales registra.
Cuatrocientos años se han cumplido del descubrimiento del Nuevo Mundo; y
si todos los pueblos celebraron festejos para solemnizar dignamente esta
fecha inolvidable, ¿cómo había de permanecer Sevilla indiferente en tal
ocasión, si ella albergó en su recinto al genovés ilustre, alentó el
gigantesco proyecto, construyó la escuadra para el segundo viaje, fué el
centro para el arreglo de los negocios de Indias, y guardó durante
largos años en el monasterio de Las Cuevas los restos de Colón y de su
hijo don Diego?
Probado está por los eruditos é historiadores que el gran descubridor
llegó á España á principios del año 1484, siendo nuestra ciudad uno de
los primeros puntos que visitó antes de celebrar su famosa entrevista
con el Prior de la Rábida, puesto que ésta se verificó en los últimos
días de Agosto de 1491.
Buscó Colón en Sevilla apoyo para el proyecto que iba á presentar á los
Reyes Católicos, y no tardó en encontrar favorable acogida entre varios
sevillanos de alta posición, y entre los muchos mercaderes italianos que
aquí desde largo tiempo había establecidos.
Vivía por entonces en la ciudad andaluza un florentino llamado Juan
Berardi, dueño de una importante casa de comercio, que trabó en poco
tiempo estrecha amistad con Cristóbal Colón, llegando á ser su «amigo y
confidente», según palabras del sabio Navarrete en el tomo tercero de la
_Colección de documentos inéditos_.
Estaba Berardi muy bien relacionado con personas de influencia y
prestigio, y al oir de los labios de Colón el grandioso pensamiento,
explicado con aquella fe y entusiasmo propios de su genio, tomó cariño á
tan elevada idea y trató de poner á su compatriota en relaciones con
algunos personajes de importancia y valimiento que entonces residían en
Sevilla, «predilecta mansión--como dice Rodríguez Pinilla--de los más
grandes magnates de la nobleza y de la Corte.»
Presentóse el genovés al poderoso Duque de Medina-Sidonia, quien,
después de escucharle, le ofreció su valioso apoyo, cosa que no llegó á
cumplir en manera alguna, pues parece que un sacerdote, que en la casa
ducal gozaba de mucha consideración, persuadió al dueño á que dejase de
prestar oídos á pensamiento tan loco y fuera de razón como lo era aquel
del navegante aventurero.
Decidióse Juan Berardi por hacer cuanto le fuese posible en beneficio de
su compatriota, con Scandiano Oliveri y otros florentinos que se
encontraban en Sevilla, los cuales recomendaron á Colón á don Luis de la
Cerda, primer duque de Medinaceli, uno de los mayores potentados de la
nobleza de Castilla, que sostenía una escuadrilla en el Mediterráneo y
el Atlántico.
Entusiasmóse Medinaceli con el atrevido proyecto, y mantuvo á Colón en
su casa largo tiempo, como asegura el mismo Duque en la carta que en
1493 envió al Cardenal Mendoza. Además quiso llevar á cabo la gigantesca
empresa, y ofreció al genovés cuatro carabelas, para que en ellas
saliese del Puerto de Santa María á _buscar el camino de las Indias_.
Pero, según escribe el padre Las Casas, enterada la reina Isabel de los
propósitos del Duque por Alonso de Quintanilla, dirigió una importante
carta ordenando «que cesase el negocio, porque quería ella misma
seguirlo á sus expensas.»
Había hecho Colón presente á Medinaceli que iba á dirigirse á Francia,
esperando encontrar favorable acogida en la Corte de Luis XI; pero á
tanto llegaron las buenas promesas del Duque, que lo hizo desistir del
viaje, enviándolo á Córdoba, en cuyo punto, y por mediación de
Quintanilla y Mendoza, celebró la primera entrevista con los Monarcas en
el mes de Enero del año 1486.
Partió el genovés de Sevilla, y no volvió á esta ciudad hasta después
del descubrimiento, siendo recibido con grandes muestras de
consideración y aprecio por todos en general, y muy particularmente por
aquellos que fueron sus amigos cuando pobre y sin recursos llegó de
Portugal.
En Sevilla permaneció Colón desde el mes de Junio hasta fines de Agosto
del 1493, organizando la escuadra para el segundo viaje, que partió de
la bahía gaditana el 5 de Setiembre, y que estaba compuesta de catorce
carabelas y tres carracas, siendo tantos los que acudieron á Sevilla
para embarcarse, que muchos quedaron en tierra sin poder formar parte de
la expedición.
Entre los que marcharon con el Almirante figuraban Ojeda y Juan de la
Cosa, Margarite, Aguado, Díaz de Pisa, Boil, y el docto cuanto modesto
fray Antonio de Marchena, amigo inseparable del descubridor del Nuevo
Mundo.
La capital de Andalucía volvió á ver á Colón á fines del año 1499, pero
en situación bien lamentable por cierto; acababa de desembarcar en Cádiz
cargado de cadenas por órden del iracundo Bobadilla y se dirigía á
Granada, donde los Reyes le recibieron, no con tanta satisfacción como
en Barcelona, pero sí compadecidos de su triste suerte.
Hiciéronse también en Sevilla los preparativos para el cuarto viaje en
el otoño del 1501; costando gran trabajo equipar la flota, que al fin
estuvo dispuesta y salió de Cádiz el 13 de Enero del año siguiente.
Presentóse por última vez el Almirante en nuestra ciudad en Noviembre de
1504, después de su larga y penosa expedición, enfermo, achacoso y con
el corazón oprimido y apenada el alma por las ingratitudes de que á cada
paso era víctima.
En Sevilla pasó todo el invierno escribiendo cartas al Rey para que le
prestase auxilios, de los que estaba tan necesitado, sin recibir del
Monarca providencia alguna; y en la primavera siguiente marchó á
Segovia, donde á la sazón se hallaba la Corte, que miró con desdén á
Colón, quien, pasando luego á Valladolid, murió abandonado y solo el 20
de Mayo de 1506, á la edad de sesenta años y á los dieciséis de haber
llevado á cabo su prodigioso descubrimiento.
XIX
EL HORNO DE LAS BRUJAS
«Son sin duda espíritus vaporosos que engendra la tierra, como los
produce también el agua. ¿Por dónde habrán desaparecido?»
SHAKESPEARE.
La calle que hoy tiene el nombre del eximio poeta y sabio genealogista
D. Gonzalo Argote de Molina era en lo antiguo una de las calles más
irregulares de la población, en la que existieron, entre algunos buenos
edificios, varias casuchas que servían de guarida á gente de fama nada
envidiable y de costumbres no muy dignas de imitarse.
Cuenta la tradición que en una de estas casuchas, la más sucia y
abandonada de todas, habitaba á fines del siglo XV cierta anciana á
quien tenía el vulgo por mujer sobrenatural y extraordinaria, con sus
puntos y ribetes de hechicería.
Era la vieja de miserable aspecto y de horrible catadura, muy dada á la
confección de filtros y brevajes, echadora de cartas, adivina de lo
porvenir y muy amiga de todas las hembras de su calaña, con quienes
solía reunirse por las noches, entregándose á ceremonias misteriosas que
daban mucho que hablar á los vecinos del barrio.
Tenía la bruja un hijo, sabe Dios de quién, mocetón zafio y descreído,
espadachín y pendenciero, que le ayudaba en sus ridículas faenas, y el
cual promovía con frecuencia grandes escándalos siempre que al amanecer
llegaba á acostarse, acompañado de mujerzuelas y gente de la heria,
entre quienes pasaba una vida ociosa y degradada.
Sucedió una noche, que llegando solo por casualidad y embriagado á su
casucha, halló la puerta tan cerrada que por más golpes que dió en ella
no consiguió que le abriesen, pues la madre y las demás brujas que con
ella estaban entonces en un sótano, embebidas con sus prácticas de
hechicería, ni oyeron los aldabonazos ni los gritos y juramentos del
mocetón.
Aburrido éste, y no pudiendo apenas tenerse en pie, efecto del mucho
mosto que se había echado al coleto, á falta de otro lugar más á
propósito donde pasar el resto de la noche, que era fría y desagradable,
metióse en un gran horno que en el muro exterior había, y que por la
mañana solía encender la vieja para que fuesen á cocer el pan los
vecinos, que por tal servicio pagábanle algunos maravedises, cuya
cantidad no precisa la tradición.
No bien entró el zafio en el horno, acometióle un profundo sueño,
quedando tan dormido, que después de salir el sol continuaba roncando
sobre los ladrillos cual pudiera hacerlo en una cama de blandas plumas.
Y sucedió después, que llegada la hora en que la horrible bruja solía
encender el fuego, cuando estaba aventando los secos troncos, oyó gritos
pidiendo socorro, y al conocer por la voz que quien los daba no era otro
sino su propio hijo, desesperada de no poder salvarle, y después de
inútiles esfuerzos, cayó al suelo de rodillas, con las manos cruzadas y
rezando á toda prisa cuantas oraciones le vinieron á la memoria.
Acudieron algunas personas al lugar del suceso, sin que ninguna pudiera
contener las llamas, que rápidamente habían adquirido las mayores
proporciones, haciendo ver á los que quisieron verlo que aquello no era
otra cosa que un providencial castigo á las impiedades del hijo y á las
hechicerías de la madre.
Pero hé aquí que cuando más apurada era la situación, cuando nadie podía
acercarse al horno por la intensidad del fuego, que amenazaba destruir
el edificio, acertó á pasar la calle un fraile de la orden de San
Francisco, llamado Fr. Diego de Alcalá, varón muy respetado del vulgo y
á quien se le atribuían algunos milagros.