centro, hállase la puerta que llaman del Perdón, que sirve de
ingreso al patio de los Naranjos.»
J. GESTOSO.
Llámase así una de las puertas de la hermosa Basílica sevillana, por la
cual se entra al patio de los Naranjos, donde aún existen recuerdos de
la gran mezquita de los musulmanes.
La puerta del Perdón tiene también su historia, y de ella vamos á hacer
un ligero extracto.
Antes de la reconquista fué esta puerta la principal de la mezquita, y
conforme la dejaron los árabes se conservó largos años, hasta que en
1340 don Alfonso XI, después de la célebre batalla del Salado, la mandó
edificar nuevamente, gastando una suma bien considerable.
En el reinado del emperador Carlos V, y hacia el año de 1519, se
hicieron algunas reparaciones en dicha puerta, aumentándole las
complicadas labores que rodean su arco árabe, colocando sobre ella un
ancho guarda-polvo con prolijos artesonados, y á derecha é izquierda las
dos estatuas de S. Pedro y S. Pablo que aún existen, y que son obra del
célebre escultor Miguel Florentín.
El arquitecto Bartolomé López fué encargado de reparar entonces la
antigua puerta, tomando también parte en las labores famosos maestros,
según dicen varios puntuales cronistas.
Poco tiempo después se levantó tras de la puerta un altar de mármol,
rodeado de alta verja, en el cual existe de muy antiguo un busto de
Jesús coronado de espinas y con la irrisoria caña, llamado del Perdón,
tomando desde entonces este nombre la Puerta que nos ocupa.
Cuando pasaban por delante de este altar los reos que eran condenados á
la horca ó á la hoguera les hacían detenerse algunos momentos para que
rezasen á la efigie de Cristo un Padre nuestro, que repetían en voz alta
los que formaban la comitiva de los infelices que iban á morir.
Á principios del pasado siglo construyóse sobre la cornisa de la puerta
del Perdón un campanario de pobre aspecto y del peor gusto, con tres
arcos y dos campanas, pertenecientes á la parroquia del Sagrario.
Hacia el año 1818 hiciéronse obras en la Puerta, desapareciendo entonces
el guarda-polvo, artesonado y muchos de los complicados adornos y
primorosas labores que tenía, cubriéndose entonces las hojas de la
puerta con una espesa capa de pintura verde.
Estas hojas están forradas de cobre; tienen prolijos adornos de alto
mérito, y, según afirman antiguos historiadores, son las mismas que tuvo
la mezquita.
Un desgraciado accidente ocurrió en la puerta del Perdón cierta noche
del mes de Agosto de 1839, y el cual lo hemos visto escrito en
diferentes autores. Á las doce de aquella noche llegaron á la Puerta dos
caballeros muy conocidos y apreciados en Sevilla en demanda de los
auxilios espirituales para una señora que se encontraba enferma en una
casa de la calle Vizcaínos, y al acercarse ambos al umbral
desprendiéronse algunos trozos de la moldura que encierra el relieve
representando á Jesús que arroja á los mercaderes del templo, yendo á
caer sobre los indicados sujetos, uno de los cuales quedó muerto casi en
el acto y el otro gravemente herido.
Hace poco tiempo se repararon algunos adornos y las estatuas de la
puerta del Perdón, donde mientras duren las obras de nuestra hermosa
Basílica se coloca todos los años un estrado para que el Cabildo
Eclesiástico presencie desde allí el tránsito de las renombradas
cofradías de Semana Santa.
X
DOÑA URRACA OSORIO
«É cuando el rey D. Pedro tornó á Sevilla después de la batalla
vencida, falló y á D.ª Urraca Osorio, madre del dicho D. Juan
Alfonso de Guzmán; é con gran saña que había de su fijo, fízola
prender é matóla muy cruelmente.»
_Crónica._--LÓPEZ DE AYALA.
Ante la puerta principal del convento de Nuestra Señora de la
Encarnación de Belén existió desde muy remota fecha hasta la tercera
década del presente siglo una cruz de hierro que se alzaba sobre un
ancho pedestal de azulejos, y que era llamada _Cruz del Palo_ ó de la
_Tinaja_, que por ambos nombres la conocía el vulgo.
Lo que éste ignoraba era el motivo que hubo para que se colocase aquella
cruz en semejante lugar; y bien merece lo recordemos, acogiendo, con las
reservas consiguientes, el relato de la tradición que hasta nosotros ha
llegado.
Después de la memorable batalla de Nájera, ocurrida en Abril de 1367, y
en la que tan completa victoria alcanzó el rey D. Pedro I de Castilla
sobre su desleal hermano, retiróse el Monarca justiciero á nuestra
ciudad, pasando antes algunos meses en Toledo y Córdoba.
Muchos eran los descontentos y ambiciosos que en Andalucía se señalaron
por sus ideas en favor del bastardo D. Enrique, y entre ellos se
distinguió D. Alfonso Pérez de Guzmán, Señor de Sanlúcar y nieto del
bravo defensor de Tarifa.
Cuando entró en Sevilla D. Enrique en 1366, Pérez de Guzmán, que había
servido al rey D. Pedro, viéndole fugitivo y próximo á retirarse á la
Galia inglesa, reconoció al bastardo como monarca legítimo, jurándole
fidelidad y haciendo que por él se proclamasen todas sus gentes y muchas
de la ciudad, que sedujo con falsas promesas, siendo ayudado en aquellos
manejos por su madre D.ª Urraca Osorio, señora principal y de noble
estirpe.
Triunfó D. Pedro en Nájera, y al aproximarse á Sevilla, huyó D. Alfonso
Pérez de Guzmán, no sin haber dejado antes encargados á su madre con el
mayor secreto ciertos negocios en favor de la causa del bastardo.
Preciso fué castigar con severa mano á los que siguieron al Infante, y
entre otros caballeros rebeldes y traidores fueron ejecutados en la
capital de Andalucía D. Juan Ponce de León, D. Gil Bocanegra y el
tesorero Martín Yáñez.
Al poco tiempo fué presa también D.ª Urraca Osorio, sobre la cual
recaían gravísimos cargos, que inútilmente podía rehuir de sí por las
muchas y terminantes pruebas que contra ella y su hijo existían.
Condenaron á muerte á D.ª Urraca, y á muerte horrible, pues, según la
sentencia, debía ser quemada viva ante el pueblo, y en una plazuela
próxima al sitio conocido por _La Laguna_, donde más tarde se construyó
la Alameda de Hércules.
El rey D. Pedro, cuya indignación contra Pérez de Guzmán por su
comportamiento era grandísima, no quiso perdonar á la madre, y á
principios del mes de Setiembre de 1367 levantóse una mañana la hoguera
para la infeliz D.ª Urraca.
El populacho y la gente de la heria asistieron en gran número á
presenciar aquella ejecución, en la que concurrían circunstancias muy
especiales, no sólo por ser la reo muy noble y principal señora, sino
por lo mucho que era conocida en toda la ciudad.
Acompañada de alguaciles y soldados, llegó la dama al pié del patíbulo,
y después de ser atada con fuertes ligaduras á un madero, comenzaron á
arder los secos troncos, que pronto levantaron grandes llamas y espeso
humo.
Retorcíase la víctima entre horribles dolores, lanzando desgarradores
gritos cuando el fuego quemaba sus carnes, y en una de esas violentas
sacudidas de cuerpo rasgóse el vestido de la dama, dejando al
descubierto la mayor parte de sus formas.
Entonces la plebe que presenciaba aquella dramática escena prorumpió en
atronadora gritería, insultando á la víctima y llenándola de
sangrientos epigramas y crueles sarcasmos.
Pero cuando más imponente se presentaba la chusma y más lastimoso era el
estado de D.ª Urraca, una mujer abrióse paso entre la concurrencia, y
llegando precipitadamente á la hoguera, abrazóse á la madre de Pérez de
Guzmán, cubriéndola con sus ropas, y dejando que las llamas la devorasen
como á la reo.
Leonor Dávalos llamábase esta mujer heróica, y pertenecía á la
servidumbre de D.ª Urraca, á quien profesaba todo el cariño que revela
aquel acto de generosidad imponderable.
En el monasterio de San Isidro del Campo yacen enterradas D.ª Urraca
Osorio y su fiel doncella, según hemos apuntado; y para conmemorar la
muerte de ambas colocóse frente á la puerta del convento de Belén la
cruz á que en el principio de este trabajo nos referimos.
XI
EL PATIO DE LAS MUÑECAS
«Y si mató á don Fadrique, mucho le importa el hacerlo; de su
muerte y otras muchas sabe las causas el Cielo, y aun fuera mayor
castigo si se rompiera el silencio.»
QUEVEDO.
El que por vez primera visita el magnífico Alcázar de nuestra ciudad,
soberbio edificio lleno de recuerdos, en el que tantas generaciones han
dejado huellas de su paso, al cruzar aquellas hermosas galerías, patios
y salones se cree trasportado á los tiempos de las tradiciones y de las
leyendas, no pudiendo también por menos de sentir admiración ante los
primores y bellezas que en él los artistas fueron dejando.
Uno de los sitios del Alcázar donde más se detiene el visitante, es sin
duda el célebre patio de las _Muñecas_, próximo al salón de Embajadores;
y al extender la mirada sobre aquel lugar acude siempre á su memoria la
trágica muerte del infante don Fadrique, ocurrida el martes 29 de Mayo
del año 1358, once años antes de la memorable escena de Montiel.
El patio de las _Muñecas_ es una verdadera joya del arte muslímico;
según frases de Guichot, «salvo tal cual lunar, debido á repetidas
restauraciones, es sin disputa el mejor modelo que nos queda del último
período del arte árabe.»
Las dimensiones del patio no son muy grandes, y se llega á él por tres
salones, que fueron renovados en el primer tercio de nuestro siglo y
tienen gran número de azulejos y labores.
Diez son los arcos del patio, los cuales descansan en esbeltas columnas;
hay en el centro una pequeña fuente, y en el segundo cuerpo algunas
ventanas con celosías de mucho carácter, y cierra la obra una feísima
montera de cristales que fué colocada con el peor gusto no hace muchos
años.
El patio de las _Muñecas_ es quizá la pieza que menos variaciones ha
sufrido desde la época en que el Rey justiciero y legendario mandó dar
muerte en él al Maestre de Santiago siete veces traidor, como le nombra
un historiador contemporáneo.
Llamábase entonces patio de los Azulejos, y según cuentan las
tradiciones la sangre del Infante dejó en sus paredes y en sus losas
manchas imborrables, que aún se conservan en nuestros días.
La muerte de D. Fadrique es uno de los hechos donde con más ensañamiento
censuran á D. Pedro de Castilla sus enemigos; y llevados de su pasión,
ni se detienen á analizar la vida del Infante, ni se hacen cargo de las
circunstancias y razones que la motivaron.
Siguiendo casi todos los escritores al cronista López de Ayala, narran
aquella escena con los más tristes colores, á fin de hacer resaltar la
crueldad del Rey y los perversos instintos que desean atribuirle, y no
hay frase agria que no apliquen al Monarca ni detalle sanguinario y
terrible que dejen de apuntar para conseguir su objeto.
La _Crónica_ de Pedro López, escrita, como todos saben, después que el
Canciller de Castilla dejó el servicio de D. Pedro y pasó á las banderas
de don Enrique el _Fratricida_, está tachada de parcial é injusta; y la
crítica histórica, examinándola con el mayor detenimiento, ha combatido
las falsedades que en ella se encuentran, menos difíciles de probar
mientras más se estudia aquel turbulento é inolvidable reinado.
López de Ayala cuenta la muerte de D. Fadrique con un verdadero lujo de
detalles, y no contento con describir la terrible escena con una
frialdad que asombra, dice que D. Pedro, después de espirar su bastardo
hermano, hizo que le sirvieran la comida en el patio de los Azulejos
junto al ensangrentado cadáver, retirándose después tan tranquilo á
pasear por la orilla del río, según era costumbre en él.
Había llegado D. Fadrique al Alcázar al mediodía, siendo recibido por el
Rey, quien permaneció hablandóle un buen rato, pasado el cual, tras
haber saludado á la reina D.ª María, y á las Infantas, bajó el Maestre á
los corrales para ordenar le preparasen sus cabalgaduras, y estando en
esto recibió aviso de D. Pedro para que subiese de nuevo á verle, lo
cual se dispuso á hacer en seguida.
Notó D. Fadrique al cruzar algunas galerías que los individuos que le
acompañaban íbanle dejando solo, y al llegar al salón de Embajadores oyó
de pronto la voz del Rey, que decía:
--¡Prended al Maestre!
Y cuando López de Padilla iba á ejecutar el mandato, dijo D. Pedro estas
palabras:
--¡Ballesteros, matad al Maestre!
«É los ballesteros--escribe Ayala--llegaron á él por le ferir con las
mazas, é non se le guisaba ca el Maestre andaba muy recio de una parte á
otra, é non le podían ferir. É Nuño Fernández más que otro ninguno llegó
al Maestre, dióle un golpe de maza en la cabeza en guisa que cayó en
tierra, é entonces llegaron los otros ballesteros é firiéronle todos.
»É el Rey, desque vió que el Maestre yacía en tierra, cuidando fallar
alguno de los del Maestre para les matar.»
Los poetas han descrito de muy diversas maneras la muerte de D.
Fadrique, presentándolo como un tipo de perfecto caballero y aplicando
al Rey los criterios de siempre, que tantos historiadores repiten.
¡Si pudieran hablar aquellos muros del patio de las _Muñecas_!... ellos
contarían la trágica escena tal como pasó, y desvanecerían muchas
opiniones erróneas que hay formadas contra el Monarca más valiente, más
justiciero y más calumniado que ha tenido España.
XII
LA TORRE DEL ORO
«Sobre la orilla del río se alza la torre del Oro como eco de otras
edades y de un pasado glorioso.»
J. F.
¿Quién, por alejado que esté de nuestra población, no ha oído hablar de
este antiguo é histórico monumento, tantas veces descrito por la pluma y
copiado por el lápiz y los pinceles de eximios artistas?
La torre del Oro es tan famosa como nuestra _Giralda_, y fué construída,
pocos años después de terminadas las obras de la segunda, por el
gobernador Cid Abu-l-Ola, según dicen los eruditos historiadores.
La forma de la Torre es bien sencilla, y tiene un carácter que la
distingue entre todos los monumentos que dejaron en nuestra ciudad los
creyentes del Profeta. Aquella mole de ladrillos, coronada de almenas y
rematando en una cúpula de construcción muy posterior, se alza
arrogante á la orilla del río, evocando los recuerdos de otros tiempos y
otras edades, embellecidos por la poesía y la leyenda.
Cuando el sitio de Sevilla por las tropas cristianas, los mahometanos se
defendieron con valentía desde la torre del Oro, que entonces se llamaba
de _Borch Adahab_, causando desde allí grandes destrozos en los barcos
que ocupaban el Guadalquivir, y que eran mandados por el heróico
almirante don Ramón de Bonifaz.
Al ser reconquistada la población, se hizo una capilla en la torre del
Oro, dedicada á San Ildefonso, y por la cual tuvo gran predilección el
Rey _Sabio_, que ordenó se celebrasen en ella solemnes cultos, que con
gran prodigalidad costeaba.
Durante el reinado de D. Pedro I de Castilla la torre del Oro fué muy
visitada por este Monarca, quien guardaba allí escondido gran parte de
su tesoro, al cuidado del judío Samuel Leví, viejo sagaz y astuto en
quien tenía mucha confianza el hijo de Alfonso XI.
Siempre que D. Pedro estaba en Sevilla acudía todas las tardes á la
torre del Oro, donde pasaba largos ratos en la azotea, contemplando el
bello panorama que desde allí se ofrece á la vista y jugando á la tabla,
á lo que era muy aficionado.
Otra ocupación más agradable hacía que D. Pedro fuese con tanta
frecuencia á la histórica Torre, pues en ella tuvo á su amante D.ª
Aldonza Coronel, quien, cediendo á los galanteos del Monarca, entregóse
á él por completo, siendo durante algunos años objeto de sus caricias y
deseos.
Cuando la pasión del Rey justiciero parecía extinguirse D.ª Aldonza se
retiró al convento de Santa Inés, y allí terminó su vida siendo abadesa
del monasterio, que, como es sabido, lo fundó su hermana D.ª María.
Á principios del siglo XV la torre del Oro servía para prisión de
nobles, algunos de los cuales fallecieron dentro de aquellos espesos
muros, y otros fueron por sus delitos colgados de las almenas.
El alcaide de la Torre era, por lo general, un caballero de los que más
se habían distinguido en los campos de batalla, y teníase á mucho honor
ocupar este cargo, por lo que eran muy numerosos los que lo solicitaban.
En un principio la torre del Oro estuvo en su exterior cubierta de
azulejos amarillos, y muchos suponen que á esto debió su origen el
nombre de ella; si bien otros contradicen esta opinión, asegurando que
el llamarse del Oro es debido á las riquezas que, como ya dijimos,
guardó en la Torre el rey D. Pedro.
El monumento estaba unido por una muralla al Alcázar, y así permaneció
hasta el año 1821 en que fué derribada, embelleciéndose mucho aquellos
lugares, que son de los más concurridos y amenos que tiene Sevilla.
El tiempo no ha alterado en nada la robusta solidez de la famosa Torre,
pero su exterior debiera ser restaurado según el proyecto que se aprobó
hace poco, y, una vez concluídas las obras, Sevilla podría ofrecer á los
ojos del viajero un monumento antiquísimo en el mejor estado de
conservación.
¡Lástima grande es que esta obra, á la que tan ligadas están muchas
tradiciones de nuestra población, no haya podido destinarse á un uso más
adecuado que el que actualmente tiene!
XIII
LA HERMANDAD DEL PILAR
«Los aragoneses que vinieron á la conquista de esta ciudad
instituyeron una cofradía con la advocación de Nuestra Señora del
Pilar...»
ORTIZ DE ZÚÑIGA.
Entre las tropas que formaban las huestes del rey D. Fernando III cuando
conquistó á Sevilla venían no pocos hijos del reino de Aragón, los
cuales dieron pruebas de ser hombres devotos fundando una capilla en la
mezquita que acababa de convertirse en templo cristiano, consagrada á la
Virgen del Pilar.
En esta capilla se daba culto con el mayor esplendor á la Patrona de
Zaragoza, y la Hermandad que lo sostenía fué aumentando hasta ser una de
las más ricas que en la ciudad había.
Pasaron así algunos años, y hacia el 1317, los hermanos, que disponían
de un capital bastante crecido, proyectaron fundar un hospital para
recoger á los peregrinos pobres que viniesen á Sevilla.
El infante D. Pedro, que á la muerte de don Fernando IV en 1312 se
había hecho cargo de la tutoría del heredero de la corona D. Alfonso XI,
hallábase en nuestra ciudad cuando los aragoneses acordaron la fundación
del hospital del Pilar, y á nombre del Rey, niño entonces de siete años,
cedió un solar inmediato al Alcázar, para que en él se construyera el
benéfico establecimiento.
Cuando estuvieron terminadas las obras en 1317, D. Pedro otorgó á la
casa títulos y preeminencias, declarándose protector de ella y haciendo
que todos los prelados y rico-homes se inscribiesen en aquella
Hermandad.
En la iglesia que se edificó en el hospital trabajaron los más hábiles
artistas de la época, y en el retablo mayor se puso la imagen de la
Virgen del Pilar que se conservaba en la capilla de la Basílica, y cuya
escultura fué sustituida más tarde por otra, que es la que hoy existe,
obra de Juan Millán, que floreció en el siglo XV.
Tanta era la importancia que entonces llegó á adquirir el hospital
fundado por los devotos aragoneses, y tantos los fondos de que la
Hermandad disponía, que á más de lo mucho que diariamente invertíase en
el culto y en la asistencia de los enfermos, aún quedaban sumas muy
importantes, con las cuales se daban limosnas á las gentes de los
barrios bajos y á los ancianos que venían de Zaragoza, se rescataban
cautivos á los moros, y se mantenían tres galeras, dotadas del personal
necesario, para defender las costas andaluzas.
D. Pedro I de Castilla y su bastardo hermano D. Enrique II hicieron no
pocas mercedes al hospital del Pilar, introduciéndose en él grandes
mejoras, que lo colocaron á la mayor altura de perfección que entonces
se conocía. Pero todo pasa, y á la Hermandad pasó también su época de
auge, comenzando á disminuir las limosnas, y con ellas disminuyeron
también los hermanos, y los pobres que en el hospital se albergaban,
siguiendo cada vez más rápida la decadencia, que, iniciándose á
principios del siglo XV, se hizo completa en los últimos años del
reinado de D. Fernando y D.ª Isabel.
El benéfico establecimiento quedó reducido á los más estrechos límites,
y los pocos hermanos que aún sostenían el culto á la Virgen del Pilar
trasladaron luego la imagen á la Catedral y á una modesta capilla
situada cercana á la puerta que el vulgo llama del _Lagarto_.
Los individuos de la ilustre familia de los Pinelos se declararon
patronos de la capilla, y en ella fueron enterrados D. Francisco Pinelo,
primer Factor de la Casa de la Contratación de Indias, su esposa D.ª
María de la Torre y su hijo D. Jerónimo, canónigo que fué de la
Catedral.
La capilla de la Virgen del Pilar, según se encuentra hoy, ofrece poco
de notable. El altar donde se conserva la estatua hecha por Juan Millán
es de escaso mérito, así como otro situado á la derecha, donde existió
hasta hace algún tiempo una imagen de la Virgen de las Angustias.
En esta capilla estaba el _Ecce-Homo_ pintado por el gran Murillo, y que
fué regalado á Luis XVIII en 1839 por el Cabildo de la Basílica.
El analista Ortiz de Zúñiga, en nuestros días González de León, y
últimamente D. Francisco Collantes y D. José Gestoso, han publicado
muchas y curiosas noticias respecto á la hermandad del Pilar y á la
capilla de que hemos tratado en este breve apunte.
XIV
LA CÁRCEL REAL
«Veinticinco calabozos tiene la Cárcel Real; veinticuatro traigo
andados sin cobrar mi libertad.»
_Copla popular._
En los comienzos del siglo XV vivía en la capital andaluza una noble
dama llamada D.ª Guiomar Manuel, señora adornada de las más estimables
virtudes y que poseía una gran fortuna, cuya mayor parte empleó en obras
de caridad y en hacer toda clase de bienes á los necesitados.
Además costeó de su peculio no pocas obras, y entre éstas merecen
especial mención las que mandó hacer reedificando la Cárcel Real, por
los años 1418, que se encontraba situada en la calle Sierpes hacia el
lugar que hoy ocupa el _Círculo de Labradores y Propietarios_.
D.ª Guiomar Manuel dotó el edificio de aguas abundantes, construyó de
cimientos la capilla é hizo que reinasen constantemente en la prisión la
más completa higiene y el mayor orden, invirtiendo cuantiosas sumas en
tan laudable obra.
Murió D.ª Guiomar en 1426, dejando en el pueblo de Sevilla gratísima
memoria, siendo enterrado su cadáver en la Catedral y delante de la
capilla de San Pedro, donde también yacían los padres de tan virtuosa
mujer.
El Asistente D. Francisco Chacón amplió el edificio de la Cárcel en
1563, y desde esta fecha no volvieron á hacerse allí obras de
importancia, hasta las que se llevaron á cabo en 1732 por el Asistente
Caballero, y últimamente en 1784.
El aspecto exterior de la _Cárcel Real_ era en extremo sombrío; pero
mucho más lo eran sus lóbregos calabozos, privados de luz y ventilación,
sus estrechos corredores y sus patios destartalados y de irregular
arquitectura.
El año 1626 desbordóse el Guadalquivir, inundando casi toda la
población, y sus aguas llegaron hasta la Cárcel, produciendo grandes
destrozos, que tardaron mucho en repararse por la apatía y el poco
interés que demostró el Concejo.
Cuando la peste _levantina_ se introdujo en Sevilla en 1649, se dió el
caso de que fallecieran todos los presos y dependientes de la Cárcel,
quedando abandonada durante los meses que duró la cruel y asoladora
epidemia.
El terremoto de 1765 derribó un gran trozo de la prisión, grieteando sus
muros y quebrantando los cimientos de aquel vetusto caserón.
El año cuarto del siglo actual se hicieron algunas mejoras en la Cárcel;
mas á pesar de ellas su estado era sumamente peligroso y amenazaba de
continuo una catástrofe.
Desde la invasión francesa el edificio empeoró bastante, y por el 1830
la prisión se hallaba sin agua, los encierros sin ventilación, las rejas
casi destrozadas, y las lluvias que con frecuencia se filtraban por los
techos hacían más horrible y angustiosa la situación de los desgraciados
que estaban allí enterrados en vida.
Durante cerca de cinco siglos que permaneció en pie la _Cárcel Real_
¡cuántos infelices no perderían allí la existencia! ¡cuántos delitos no
se cometerían dentro de aquellos muros! ¡cuántos inocentes no pagarían
allí culpas ajenas!...
Por la puerta del edificio que daba á la plaza de San Francisco salían
las víctimas que eran inmoladas en los autos de fe, y por la de la calle
Sierpes entraban confundidos, más de una vez, los criminales más feroces
y los inocentes á quienes se condenaba por el menor motivo.