Nota del transcriptor: En esta edición se han mantenido las convenciones
ortográficas del original, incluyendo las variadas normas de acentuación
presentes en el texto.
PÁGINAS SEVILLANAS
_Tirada de ciento cincuenta ejemplares._
EJEMPLAR NÚM. 59
MANUEL CHAVES
PÁGINAS SEVILLANAS
SUCESOS HISTÓRICOS, PERSONAJES CÉLEBRES, MONUMENTOS NOTABLES,
TRADICIONES POPULARES, CUENTOS VIEJOS, LEYENDAS Y CURIOSIDADES.
CON UNA CARTA-PRÓLOGO
DEL SEÑOR
DON JOSÉ GESTOSO Y PÉREZ
SEVILLA
[Illustration: colophon]
Imp. de E. RASCO, Bustos Tavera I
1894
AL EXCMO. SR. D. JUAN PÉREZ DE GUZMÁN Y BOZA, DUQUE DE T'SERCLAES.
_Mi respetable señor y amigo_:
_Terminada esta modesta obra, escrita enmedio de circunstancias harto
difíciles para llevarla á cabo tan á la perfección como mi deseo hubiera
sido, me permito dedicarla á V., pues quiero corresponder de algún modo
á las atenciones y pruebas de estima que le debo_.
_Me inclinan también á hacerlo así sus decididas aficiones á los
trabajos de la índole del mío, y la benevolencia con que en diferentes
ocasiones ha juzgado esta modesta colección de apuntes, sacados de la
historia y de las tradiciones de Sevilla sin otro objeto que el de
contribuir de algún modo, con bien escasas fuerzas, á generalizar la
memoria de personajes célebres y sucesos curiosos, que algunos ignoran y
que muchos han olvidado_.
_Acepte V., pues, la dedicatoria de mi modesto libro; y aunque ya se me
alcanza que lo que le ofrezco es cosa baladí, la intención es bonísima y
en nada cede á la de cuantos ingenios más afortunados que yo se honraron
poniendo el ilustre nombre de V. al frente de sus producciones_.
_De V. S. S. y devoto amigo_,
Q. L. B. L. M.,
MANUEL CHAVES.
Sevilla, 3 de Mayo de 1894.
[Illustration: barra decorativa]
CARTA-PRÓLOGO
SR. D. MANUEL CHAVES.
MI muy estimado amigo: El bondadoso afecto con que V. me distingue
llévalo hasta el punto de solicitar que mi nombre acompañe y aun vaya al
frente de su libro _Páginas Sevillanas_, puesto al pie de una
_Introducción ó Prólogo_, que explique al lector algunos pormenores
relativos á la aparición de su obra, causas que á ella le han movido,
objeto que al darla al público se propone, etc., etc. Confieso á V. que
después de hojeado el volumen y complacídome con sus preciosos artículos
he sentido, nó la natural satisfacción del amor propio al estampar mi
nombre junto al de V., sino algo superior á aquélla, algo más vivo y más
profundo, porque no se basa en el halago personal, ni en la vanidad
satisfecha, sino en el más puro y más noble de todos los humanos
sentimientos, en el amor á la patria, tan grande en mí, que no lo cedo
ante ningún otro. Su libro de V. es un precioso ramillete de recuerdos
sevillanos antiguos y modernos: en cada una de sus páginas paréceme ver
un girón de nuestras pasadas grandezas, un fragmento de nuestras glorias
artísticas, ecos de tradiciones y leyendas salvadas del olvido á través
de cien generaciones. Todas esas memorias son imperecederas, y ni las
destruye el impulso demoledor del tiempo, ni las salvajes profanaciones
de los hombres: subsisten y subsistirán mientras que en este bendito
rincón de Andalucía exista un alma capaz de sentir el poder de Dios
revelado en los encantos de la naturaleza, y el aliento creador del
humano ingenio traducido en sus inmortales concepciones. Así, pues,
siendo su libro de V. testimonio de glorias, compendio histórico y
padrón de grandezas sevillanas, y solicitando V. que mi oscuro nombre
vaya unido á tan preclaras memorias de otros días, ¿no he de mostrar á
V. en primer lugar mi reconocimiento? Si así dejara de hacerlo argüiría
en mí ingratitud, de la que estoy muy distante, ó inmodestia suma, para
la cual no hay el menor motivo.
Los sencillos relatos que V. hace de sucesos históricos, las
descripciones de monumentales fábricas, las curiosas leyendas que han
brotado al calor de la fantasía popular, los mil recuerdos que V. tan
hábilmente evoca, despertarán siempre en todo sevillano muy varias y
profundas impresiones, porque con aquéllos sabe V. herir la más delicada
fibra del sentimiento.
Dulce recreo del espíritu fatigado de las luchas de la vida, descanso
inefable para el alma enmedio del continuo tráfago que nos rodea,
experiméntase con la lectura de su obra de V.; por más que luego, cuando
la razón nos lleva á establecer el contraste entre lo pasado y lo
presente, sea mayor el desencanto ante la realidad abrumadora.
¡Cuántas veces he buscado reposo para mi espíritu en muchos de los
parajes que V. describe, y cuántas hallé consuelo en otros que traen
siempre á mi mente memorias juveniles, recuerdos imperecederos de
impresiones que no han de repetirse jamás. Á medida que nos vamos
alejando de aquellos días, parécenos sentir más íntimo goce al recorrer
los sitios queridos; y si por acaso el árbol que entonces nos dió
sombra, la vieja arcada en cuya penumbra nos ocultamos, ó la casa
albergue de nuestros amores caen á los golpes del hacha ó de la
piqueta, sentimos una gran pena, como si al desaparecer se llevasen
tras sí un pedazo de nuestro corazón. Mientras que existieron aquellos
mudos testimonios, tan elocuentes para nosotros, nos forjábamos la
ilusión de que nada había cambiado; pero al quitarlos de nuestra vista,
al borrar por completo las huellas de lo que un día fué para nosotros
motivo de inefables dichas, sentimos un vacío tan grande, que nada hay
bastante para llenarlo.
De poco tiempo á esta parte hemos visto ya desaparecer muchos edificios,
para lo cual hanse pretextado en la mayor parte de las ocasiones motivos
de utilidad común; y al paso que vamos irán cayendo otros, ya porque no
se atendió á su vetustez oportunamente, ya por las exigencias de las
mejoras públicas. Hay algunos, sin embargo, que yo tiemblo ante la idea
de verlos por tierra: si tal sucediera, ¡ojalá que antes haya yo
emprendido el gran viaje!
Usted seguramente, que conoce á palmos nuestra Ciudad; que al recorrer
sus calles se habrá detenido tantas veces para fijar su vista en una
antigua portada, cuyos carcomidos sillares ostentan aún en sus resaltos
las huellas de hábiles canteros; V., que habrá gozado descubriendo á
través de las capas de cal el contorno de un nobiliario escudo ó los
mutilados medallones que adornaron sus enjutas; que al internarse por
las angostas callejas de apartados barrios se habrá sorprendido al ver,
ora elegantísimo ajimez, ora una delicada y florida reja, ya un trozo de
plateresca yesería, ya una techumbre de alfarje; y V., finalmente, que
conoce los secretos que cada una de aquéllas guarda para los profanos,
estoy certísimo que al recorrer las de la collación de San Marcos, según
decían los antiguos, habrá V. más de una vez enderezado su camino, y
recordando al _manco sano_, _al regocijo de las Musas_, por las que
conducen al monasterio de Santa Paula. Empujado el postigo que facilita
el ingreso al compás de su iglesia, ¿no es verdad que al fijar los ojos
en el conjunto que allí se aparece, experiméntase una impresión tan
profunda, que tarda mucho en borrarse? Con efecto; ¿qué artista podría
haber imaginado cuadro más bello, más poético, de más dulce melancolía,
ni qué paleta posee colores para interpretarlo con toda la brillantez de
la realidad?
La Naturaleza y el Arte parece que á porfía en él derrocharon sus
encantos, sin que sea posible decidir cuál sobrepuja, ni cuál vence. De
una parte los blanquísimos muros del templo, sobre cuyas rojizas tejas
álzase elegante y correcta espadaña; más allá la singular y famosísima
portada, cuyos brillantes azulejos, al ser heridos por los rayos del sol
poniente, semejan finísimas placas esmaltadas con reflejos de nácares y
oro; y resaltando sobre el diáfano azul del cielo, los oscuros sillares
del ábside, con sus fantásticas gárgolas, sus calados antepechos, sus
ventanales festoneados de frondas, sus flamígeras tracerías y su
torrecilla octogonal, recuerdo de las tradiciones artísticas mudéjares.
Al pie del monumento, en el fondo del compás, ocultando la blanca casita
del capellán, crecen los rosales y las madreselvas, las campanillas de
colores y el caracol real, que, después de trepar por los troncos de las
palmeras y de enlazarse á sus ramas en mil giros, quedan pendientes de
sus copas, formando ligeros festones, que agitan las brisas de la tarde:
los nevados almendros resaltan sobre el fondo oscuro de los naranjos, y
las adelfas, con sus flores de color de rosa, aparecen entre las menudas
hojas de un viejo olivo. Á la izquierda, el huertecillo cubierto de
amapolas y de silvestres cardos, y en los arriates matas de claveles y
girasoles. Por detrás de las tapias descuellan los cañaverales y altos
cipreses de la huerta del convento de Santa Isabel, detrás de cuya
correcta espadaña yérguese majestuosa la elegantísima torre de San
Marcos, la cual parece que aún llora la suerte de sus constructores,
relegados á los arenales del África. Por último; cien torres y cúpulas
dibujan sus elegantes perfiles á lo lejos entre los oscuros tejados y
las azoteas coronadas de tiestos con mil suertes de bellas y fragantes
flores.
Á la caída de la tarde, cuando los últimos rayos del sol iluminan el
ábside, la portada y el huertecillo; cuando miriadas de golondrinas
acuden á buscar sus nidos bajo el gran alero de la iglesia, y las aves
con sus trinos despiden al día que muere; cuando la naturaleza toda
parece que se paraliza y el augusto silencio es interrumpido por las
notas graves y armoniosas del órgano acompañando los cánticos de las
religiosas, no es posible permanecer indiferentes; sentimos algo grande
que conmueve nuestro sér, que hiela nuestra sangre, que paraliza
nuestros movimientos; emoción profunda, indefinible, misteriosa, que
despierta en el alma deseos sin nombre, aspiraciones infinitas, ecos
alegres de lo pasado y tristezas de lo presente, precursoras de la vejez
que se aproxima...
Á la sombra de estos árboles, entre los rosales y las madreselvas, en
las penumbras del templo sacrosanto, enmedio de la agreste soledad,
arrullados por el trino de las aves ó por las majestuosas armonías del
órgano y de los cánticos religiosos, ¡cuántas veces he deseado dormir el
sueño eterno!
Y no es este el solo rincón de nuestra Ciudad querida adonde hallaremos
siempre motivos sobrados para dar rienda suelta á los más íntimos
sentimientos: sigamos la margen del río desde la Puerta de San Juan
hasta la de Macarena, y á cada paso tendremos que detenernos: de una
parte el convento de Santiago de la Espada con su ábside
románico-mudéjar, cuyos sillares conservan aún los misteriosos signos de
sus canteros _masones_; de otra la magnífica atalaya que fabricara el
infortunado don Fadrique; más allá las heterogéneas construcciones del
monasterio de San Clemente; después las murallas romanas, las huertas y
ventorrillos, la inmensa mole testimonio de la caridad de los ilustres
Duques de Alcalá, y á lo lejos las ruinas del monasterio de San
Jerónimo...
Pero ¿á qué seguir? V. sabe como yo dónde están esos parajes; V. los ha
recorrido mil veces; la curiosidad le ha llevado á conocer la historia
de cada uno, y como resultado de sus observaciones y de su amor patrio
ha compuesto el interesante libro que tengo á la vista.
¡Qué lástima, amigo mío! V. con su buen talento, su carácter
investigador, su genio alegre y su juventud, fuerza es decirlo, malogra
esas cualidades y emprende un camino extraviado. Sus sacrificios, sus
entusiasmos y su amor á Sevilla valdrán á V. menos, mucho menos, que si
fuese _muñidor_ en unas elecciones!!...
Muy pocos (pero éstos buenos amigos en verdad) le aplaudirán y harán
justicia; mientras que si endereza sus pasos por _el ancho campo de la
ambición soberbia ó de la adulación servil y baja_ alcanzará gran
predicamento, y entonces muchos le halagarán y enaltecerán!!...
Todavía reposan en Madrid en pobre tumba las cenizas de nuestro
inolvidable Bécquer, y no tardará mucho en que veamos alzarse en el
cementerio de San Fernando suntuoso sarcófago, costeado por suscrición
popular, que guarde los restos de _El Espartero_. ¿Qué va V., pues, á
esperar de las letras? ¿Qué protección de nuestros grandes hombres, de
nuestros _insignes_ políticos?
Y sin embargo de que V. está persuadido de estas tristes verdades,
continúa firme en sus nobles propósitos y lleva V. su abnegación y su
entusiasmo hasta el punto de escribir el nuevo libro que á estos
renglones acompaña, sin más estímulo que el de vulgarizar nuestras
glorias, ilustrando al pueblo; porque V. no ha escrito para los doctos,
sino para contribuir á la enseñanza de aquél, mostrándole sanos y
altísimos ejemplos que lo inciten á imitar lo bueno y á apartarse de lo
malo. Si pues tales han sido sus intentos, ¿cómo negar á V. mi pobre
pero sincero aplauso, cuando hoy carécese tanto de buenas lecturas,
cuando el veneno es pródigamente servido en doradas copas, y cuando se
atrofian las inteligencias con los más monstruosos relatos?
Tendrá V., pues, la mayor y más noble de todas las recompensas; la
íntima satisfacción que nace del cumplimiento de un deber: y si pasada
esta triste época de desdenes é indiferencias, las generaciones que nos
sucedan se proponen enaltecer la memoria de los que dieron pruebas de
amor á su patria y la honraron con sus obras, no dude V. que entre ellos
ocupará lugar muy preferente.
De V. afectísimo amigo,
Q. L. B. L. M.,
JOSÉ GESTOSO Y PÉREZ.
15 de Junio 94.
[Illustration: barra decorativa]
I
LA FUENTE DEL ARZOBISPO
«Horas hay de recreación donde el afligido espíritu descanse: para
este efecto se plantan las alamedas, se buscan las fuentes, se
allanan las cuestas y se cultivan con curiosidad los jardines.»
CERVANTES.
PRÓXIMO al convento de la Trinidad, cuya fundación se remonta al año
1249, existe un camino llamado en lo antiguo _Camino viejo de Córdoba_,
el cual está rodeado de fértiles huertas y de algunas fincas de recreo,
sin que tampoco falten en él los ventorrillos característicos de nuestra
patria, donde tan agradables tertulias se forman en los días hermosos y
serenos.
Siguiendo este camino, y á una distancia bastante regular, se encuentra
una fuente conocida por el nombre del Arzobispo, y que fué construída,
según la tradición, en tiempos de D. Fernando III.
En aquel lugar existía la huerta y palacio que el Monarca conquistador
regaló á D. Remondo, su confesor, y segundo arzobispo que tuvo Sevilla
después de ser abandonada por los sarracenos.
D. Remondo, que entre otros muchos edificios poseía una hermosa casa en
la calle que hoy lleva su nombre, próxima á la Catedral, solía pasar
algunas temporadas en aquella huerta deliciosa, que, por su situación
topográfica, por los dilatados terrenos que ocupaba y por la variedad de
abundantes frutos que se criaban en ella, era sin duda la mejor de
cuantas existían desde la casa de _Buena-vista_ hasta el campo donde
según la tradición eran sacrificados los mártires de los primeros
tiempos del cristianismo.
La magnífica huerta de que vamos hablando, muerto D. Remondo en 1286,
sufrió no pocos cambios de propiedad; el palacio fué derruído casi por
completo á mediados del siglo XV, y, repartidos los terrenos aquellos,
todo desapareció, excepto la Fuente, que aún se conserva casi igual á
como estaba en tiempos del Rey conquistador de Sevilla, según la
afirmación de algunos autores, que ponemos en duda.
La fuente del Arzobispo no puede ser más sencilla, pues sólo la componen
algunas negruscas piedras carcomidas por la destructora acción de los
tiempos, y varios caños, por donde sale el agua cristalina y abundante,
formando blanquísima espuma.
El manantial se supone no debe estar muy lejos, aunque varios escritores
de antigüedades de Sevilla lo creen á larga distancia, sin dar para
ello razones de gran fundamento.
De esta Fuente se llevó el agua para la Alameda, construyéndose entonces
un acueducto, del que sólo quedan hoy escasos restos.
Cerca de la Fuente existen algunos paredones y cimientos que se creen de
construcción romana, pues en aquel lugar, escribe González de León, hubo
un templo dedicado al dios Panteo, y edificado por Lucio Luicinio
Adamas. Dicho templo debió ser obra soberbia, así como una fortaleza que
también tuvieron los romanos no lejos de aquel sitio.
El agua de la fuente del Arzobispo era la mejor que se bebía en Sevilla,
y hasta los médicos la recomendaban á ciertos enfermos; por lo cual
diariamente, á pesar de la distancia que hay de la ciudad, acudían allí
gentes de todas las clases sociales, que, á más de tomar el líquido
salutífero, paseaban por los alrededores de la Fuente, que son muy
higiénicos, y desde los cuales la población presenta una bellísima
perspectiva.
El punible abandono de muchos, y lo poco que se ha cuidado la
antiquísima Fuente, han tenido por resultado que aquellas aguas, tan
agradables en otros tiempos, apenas puedan beberse hoy por su
desagradable gusto: y si ya no van á probarlas los vecinos de Sevilla,
aún se ven los domingos y días festivos muchas gentes que acuden allí á
merendar al sol y á pasar un rato agradable.
II
LA PUERTA REAL
«Es una puerta hermosa, de una altura colosal, presidiendo una de
las calles más dignas de la ciudad, y de una arquitectura
sólida...»
F. GONZÁLEZ DE LEÓN.
Quince puertas contaba antiguamente la capital de Andalucía, y una de
las más notables, sin duda, era la _Real_, llamada así desde mediados
del siglo décimosexto.
Según los más puntuales cronistas, el primitivo nombre de esta Puerta
fué el de _Goles_, y en ella se ostentaba sobre un arco de maciza piedra
una estatua de _Hércules_, que se conservó hasta algunos años antes de
la reconquista.
El día 22 de Noviembre de 1248 penetraron por esta Puerta los ejércitos
cristianos, al frente de los cuales iba el rey D. Fernando III, quien
puso cerco á Sevilla en 20 de Agosto de 1247, y venció al fin el poder
de los mahometanos con los poderosos auxilios que le prestaron, su hijo
D. Alfonso, que de Murcia vino á tomar parte en la empresa, el famoso
Almirante Bonifaz, y otros caballeros.
Ante la puerta Real fueron entregadas al Monarca conquistador las llaves
de Sevilla, y las tropas cristianas pasaron por bajo su arco henchidas
del mayor júbilo y alegría.
Muchos años después, en tiempos del asistente D. Francisco Chacón, se
llevaron á cabo importantísimas mejoras en esta Puerta, reconstruyéndose
casi por completo, y dándose fin á los trabajos en 1565.
Entonces perdió el carácter que tuvo cuando la reconquista,
desapareciendo sus puentes, sus rastrillos y todas sus obras de defensa.
Cuando el rey Felipe II celebró su casamiento con D.ª Ana de Austria, y
vino á Andalucía, entró en la capital por la Puerta de que nos ocupamos,
la tarde del 10 de Mayo de 1570, obteniendo un recibimiento digno de
aquel poderoso Monarca.
La puerta Real se adornó entonces con inusitado lujo, cubriéndose de
multitud de flores y banderas; las casas del lugar se vieron engalanadas
con ricos tapices y colgaduras, el suelo se alfombró de oliente juncia,
y cerca se construyeron dos arcos triunfales, en los que el Concejo
gastó enormes sumas.
Felipe II recibió allí las muestras más espontáneas del amor y respeto
que le tenía el pueblo de Sevilla, según escribe Malara.
Frente á la puerta Real se estableció durante la terrible epidemia
llamada _Peste levantina_, en 1649, un cementerio, en el que fueron
sepultados los vecinos que fallecieron en el barrio de San Vicente.
En el siglo XVIII se intentó hacer algunas reformas grandes en la
Puerta; pero no sabemos por qué causa quedaron en proyecto, y sólo se
ejecutaron ligeras modificaciones.
Las princesas del Brasil que visitaron á Sevilla en 1816 entraron por la
puerta Real, y al llegar el carruaje que las conducía á la calle Armas,
un numeroso grupo de individuos de la plebe desenganchó los caballos y
se dispuso á tirar como bestias del coche, lo cual con muy buen acuerdo
no consintieron las princesas, que se apearon más que de prisa,
frustrando los deseos de aquellos insensatos entusiastas.
El triste día de S. Antonio del año 1823, cuando desbandados los
absolutistas cometieron tantas infamias, hubo en la puerta Real algunos
destrozos, y ante ella formaron un enorme montón de objetos diversos,
robados de casas de liberales, á los que prendieron fuego con furor
salvaje.
Tapióse la puerta Real en 1836, cuando los carlistas amenazaban á
Sevilla, y el año 1862 comenzó el derribo, desapareciendo al poco tiempo
con el trozo de muralla y las casuchas de feísimo aspecto que estaban
adosadas á los muros.
«La puerta Real--escribe un historiador--era de regular arquitectura,
majestuosa y elegante, y en cuanto á su solidez nada dejaba que
desear.»
Constaba de dos cuerpos: el primero tenía un gran arco romano adornado
de gruesas pilastras, y el segundo terminaba en un frontispicio, sobre
el que se alzaban varias graciosas pirámides.
Sobre el arco se encontraba una inscripción latina, que traducida al
castellano decía lo siguiente:
«_Fernando quebrantó las puertas de hierro de Sevilla y el nombre de
Fernando brilla como los astros del cielo._»
III
EL MESÓN DEL MORO
«Era este judío rencoroso y vengativo, como todos los de su raza;
pero más que ninguno engañador é hipócrita.»
BÉCQUER.
Todavía, á pesar de las muchas alteraciones y cambio que han sufrido las
calles de nuestra ciudad, hay una que conserva el nombre que le dió el
vulgo hace algunos siglos, y que se ha trasmitido de una á otra
generación sin que se perdiera. Nos referimos á la calle Mesón del Moro,
que está situada, como todos saben, entre las de Borceguinería y Ximénez
Enciso, y que pertenece á la collación del Sagrario.
Hace tiempo que nos movió la curiosidad por saber el origen del nombre
de esta calle, y aunque no ignorábamos que debía el llamarse así á una
posada que en ella hubo, cuyo primitivo dueño fué un creyente del
Profeta, no sabíamos quién fué aquél y qué celebridad tuvo para que
llegase á ser tan conocido de todos.
Hoy, revolviendo papeles viejos, hemos dado con una tradición que,
satisfaciendo en parte nuestra curiosidad, ha venido también á ponernos
en conocimiento de un suceso que quizá desconozcan algunos de nuestros
lectores.
Según las noticias que tenemos, después de reconquistada Sevilla por el
rey D. Fernando III en 1248, hecha la distribución de la ciudad y
expulsados sus antiguos habitantes, quedaron aún no pocos moros y
judíos, tolerados por los cristianos, que vivían confiados en su suerte,
que á la verdad no era muy próspera.
En aquel tejido de encrucijadas y callejuelas que rodeaban á la mezquita
mayor, _Djema Mukyarrim_, habitaba un musulmán que antes había poseído
grandes riquezas, y que al perderlas no quiso perder la ciudad donde
naciera, y descendiendo á una modesta posición, abrió una posada para
dar en ella alojamiento, muy particularmente á aquellos que su misma
religión profesasen.
Llamábase el moro Hach-Elarbi, y su odio á los cristianos era tan
profundo, que pasaba días enteros meditando planes insensatos, por ver
si daba con uno que diese el resultado cruel que esperaba.
Demasiado sabía el moro que debía ser muy cauto, pues los vencedores no
se andaban con niñerías, y por esto callaba y mostrábase humilde cuando
las gentes le veían, y afable con todos, para no infundir la menor
sospecha.
Cierta noche presentóse en el mesón un hombre al parecer forastero, de
pobre traje y de rara catadura, el cual, por ser entonces invierno,
llegó hasta una cuadra baja donde en una antigua chimenea de campana
ardían los secos troncos, y á su alrededor veíanse dos ó tres criados
del moro, que descansaban allí de sus faenas del día.
Sentóse á la lumbre el forastero y no tardó en presentarse á él
Hach-Elarbi, quien, enterado de la pretensión que traía, ofrecióle
aposento y dióle antes un poco de pan negro y carne asada para que
repusiese sus fuerzas, bien quebrantadas con el dilatado viaje que
traía.
Mientras cenaba el huésped, el moro hízole muchas preguntas,
demostrándose ser hombre curioso, y así que fué llegada la hora de
recogerse acompañóle á un aposento donde tenía preparado un modestísimo
lecho y dispuesto un candilón que le alumbrase.
Cuando después de pasadas algunas horas Hach-Elarbi, que acostumbraba á
levantarse á media noche para rezar ciertas oraciones, salió al corredor
donde el cuarto del viajero estaba, extrañándole ver por las rendijas de
la puerta reflejos de la luz, que aún estaba encendida, miró por entre
las podridas tablas, y sus ojos quedaron asombrados.
El desconocido estaba despojado del sayo burdo que le cubría, y sentado
en el lecho, teniendo ante sí un banco, donde había colocado una porción
de monedas de oro y plata, en cantidad suficiente para hacer la fortuna
de algunas personas.
Á la vista de aquellas riquezas excitóse la codicia del moro, y unióse á
ella singular coraje al apercibirse de que el huésped era cristiano por
un largo rosario y algunas medallas que pendientes del cuello tenía.
Contaba entre tanto el desconocido sus relucientes monedas, y cuando más
embebido estaba sintió de pronto abrirse la puerta de la estancia,
penetrando por ella el feroz moro, que arrojando al suelo el candilón,
lanzóse sobre el cristiano, y, echándole las manos al cuello, dióle allí
mismo muerte en pocos minutos. Después Hach-Elarbi escondió en una cueva
el cadáver, recogió el dinero y guardó el tesoro en el rincón más
apartado de la casa.
Largo tiempo permaneció este crimen oculto, descubriéndose años después
por una rara casualidad que la tradición no nos cuenta.
Sábese sí que la posada donde tuvo lugar el hecho permaneció cerrada
durante algunos años, y que en el mes de Febrero del año 1250
Hach-Elarbi sufrió la última pena, siendo puesta su cabeza ensangrentada
en una de las paredes exteriores del edificio.
IV
LA TORRE DE DON FADRIQUE
«Aún permanece en pie la famosa torre de D. Fadrique, restos del
palacio que para sí construyó el Infante de este nombre...»
P. MADRAZO.
En la espaciosa y amena huerta del convento de Santa Clara existe una
Torre de buena altura y de elegantes proporciones, que por fortuna se
encuentra aún en el mejor estado de conservación.
«Su planta--escribe un distinguido autor contemporáneo--es rectangular y
consta de tres cuerpos, empleándose la piedra en algunas partes y lo
restante de ladrillo: el inferior conserva en la puerta de entrada
curiosa archivolta de estilo románico con arcos semicirculares y
columnillas, sobre la cual existe una inscripción; en el segundo cuerpo
rompen los muros estrechas aspilleras; en el tercero, en cada uno de sus
frentes hay elegantes ventanas del mismo carácter románico, y en el
último, coronado por un antepecho de almenas, se ven otras tantas de
aquéllas al estilo ojival con adornos lobulados. En cada uno de los
ángulos debió tener gárgolas para desagüe, de las que sólo resta una.»
Esta Torre, según los datos más auténticos, fué mandada construir el año
1253 por el infante don Fadrique, que allí tuvo su palacio, edificado en
los terrenos que le cedió su padre el rey D. Fernando III cuando se hizo
el reparto de la ciudad después de la conquista.
Llamóse en un principio _La Torre encantada_, no sabemos por qué, pues
aunque conocemos algunas tradiciones que pudieran haber dado origen al
nombre, ninguna encierra verdaderos detalles para el caso.
Sobre la puerta de la Torre, que es ancha y tiene las hojas de hierro,
existe una lápida negra con varios adornos y la siguiente inscripción,
que traducida del latín dice así, según la copia que sacó Peraza:
«_Esta Torre es obra ó edificio del magnífico Infante Federico, que fué
hijo amado de su madre la Reina D.ª Beatriz: débese dar alabanza al
maestro que la hizo. Esta deleitable Torre estaba llena de riquezas en
la era de mil é doscientos noventa, que es en el año de mil é doscientos
cincuenta y tres años._»
Respecto al interior de la Torre, el primer historiador de la capital de
Andalucía, Luis de Peraza, que floreció en los comienzos del siglo XVI,
escribía lo siguiente en su obra, aún inédita, titulada _Antiquísimo
origen de la ciudad de Sevilla_, etc. «Estando un lienzo de aquel compás
(el de Santa Clara) caído, yo entré... y subí á la Torre y vi en ella
tres estancias, unas sobre otras, todas ochavadas, y habiéndolas paseado
y mirado muy bien, me volví á salir.» Sin embargo de lo que dice Peraza,
añadiremos que las estancias aludidas no son ochavadas, y sólo tienen en
las partes superiores de los ángulos unas robustas nervaduras.
D. Fadrique murió en Burgos en 1276 y fué uno de los más poderosos
enemigos que tuvo su hermano D. Alonso _el Sabio_, el que mandó quitarle
la vida, confiscándole sus estados, por tomar parte muy señalada en la
revuelta que promovieron los descontentos y ambiciosos acaudillados por
González de Lara, Díaz de Haro y Fernández de Castro.
El infante D. Fadrique fué hermano también del primer arzobispo que tuvo
Sevilla después de la conquista, hijo de D. Fernando III, que á pesar de
su estado casó con la hija del Rey de Daria, pasando á vivir á
extranjeros países.
Las casas y el palacio de D. Fadrique, al ocurrir su muerte, fueron
donados por Sancho el _Bravo_ á las monjas clarisas, que allí levantaron
el convento, amplio edificio en cuya iglesia, de estilo gótico, se
conservan entre otras bellezas artísticas muy buenas esculturas de
Martínez Montañés y de Alonso Cano.
La torre de D. Fadrique tiene un carácter tan marcado de las antiguas
edades, que cuando al contemplarla con detenimiento destácase airosa
sobre el trasparente cielo, acuden á la imaginación los recuerdos de
aquellos tiempos de fe, entusiasmo y de acciones sublimes y heróicas,
embellecidos por la poesía y el arte.
Esta Torre es uno de los más antiguos monumentos de Sevilla, y puede
darnos una idea de lo que sería aquel soberbio palacio donde residió el
turbulento D. Fadrique, y donde tan suntuosas fiestas se dieron según
afirman puntuales cronistas.
Algunas personas creen que la Torre de que nos hemos ocupado toma su
nombre por el hermano de D. Pedro el _Justiciero_; y aunque este error
ha sido aclarado por muchos escritores, aún hay quien lo sustente,
demostrando en ello sus escasos conocimientos en la historia de nuestra
patria.
V
LA IGLESIA DE SANTA ANA
«Éste es uno de los mejores templos de Sevilla, y encierra en su
seno bastantes producciones de mérito.»
J. AMADOR DE LOS RÍOS.
Si notable es este templo por las joyas artísticas que encierra, su
historia no deja de ser curiosa, y vamos á referirla á los que la
ignoren, haciendo mención también de las principales imágenes y pinturas
que allí se guardan.
Remóntase la fundación de la iglesia de Santa Ana á los tiempos de D.
Alfonso el _Sabio_, el cual se encontraba en nuestra población en 1280
disponiendo sus tropas para empezar la campaña contra los moros de
Granada.
Cuando iba á marchar sintióse el Rey molestado por un fuerte dolor en el
ojo derecho, que, lejos de disminuir con los medicamentos que le
aplicaban los físicos, creció más cada día, causando grandes molestias
al paciente.
Entonces D. Alfonso, comprendiendo que no había remedio alguno para su
mal, se encomendó á todos los santos, y muy particularmente á Santa Ana,
por quien siempre tuvo no poca devoción, prometiéndole que si curaba
levantaría en su honor un templo de hermosa fábrica y de constante y
fervoroso culto.
Oyó la Santa la súplica del Rey, cuyos dolores iban en aumento, y cuenta
la tradición que á poco el ojo empezó á dar señales de mejoría, quedando
tan bueno como el otro, sin necesidad de los brevajes y emplastos de los
físicos.
Patente y claro estaba el milagro; y no siendo D. Alfonso el _Sabio_
hombre que dejase de cumplir promesas, sobre todo si habían sido hechas
á los santos, apenas se vió restablecido manifestó sus deseos de erigir
la iglesia conforme lo tenía pensado.
Por entonces los vecinos de Triana, que no tenían más templos que una
capilla dedicada á San Jorge, pidieron al Rey que construyera una
iglesia, cosa que les hacía gran falta, y el Rey, que andaba sin saber
dónde levantar el edificio prometido, satisfizo el deseo de los
trianeros, y cumplió su promesa, mandando empezar las obras del templo
dedicado á Santa Ana á fines del ya citado año de 1280.
El monarca _Sabio_, los arzobispos D. Remondo y D. Sancho González y Fr.
Alonso de Toledo invirtieron sumas muy considerables en la construcción
de la iglesia de Santa Ana, y en el reinado de D. Pedro I de Castilla
éste costeó varios retablos é hizo que se terminasen por completo las
obras, ampliándolas y embelleciéndolas.
En los comienzos del siglo XV se renovó el edificio, que había sufrido
bastante con las inundaciones del Guadalquivir, colocándose por esta
época los bellos azulejos esmaltados que aún se conservan.
Entre otras reformas llevadas á cabo por los años de 1548 se construyó
el altar mayor, cuyas pinturas son debidas á _Pedro de Campaña_, que
también ejecutó otras obras en varias capillas, donde existen cuadros
muy notables de maestros tan celebrados como Alejo Fernández, Varela,
Frutet, Goltzus, Tomás Martínez, Roelas y Sánchez de Castro.
Hacia el 1755 se renovó el templo de Santa Ana casi por completo,
modificándose muchos de sus retablos, añadiéndole algunas imágenes y
quitándole algunos nichos y trozos de labores que, según dicen, afeaban
las paredes del interior.
Entre las esculturas de mérito que han existido en Santa Ana merecen
citarse: un Cristo llamado del _Buen viaje_, una Santa Cecilia, un San
Miguel, y una Concepción que pertenecía á la antigua hermandad de este
nombre.
En la sacristía se guardan algunas alhajas para el culto de gran valor,
que merecen ser vistas por lo acabado de sus dibujos y el mérito
artístico que encierran.
La iglesia de Santa Ana sufrió algunos desperfectos cuando la invasión
francesa en 1811, y entonces desaparecieron varios objetos muy
estimables, que fueron destruídos por los invasores.
Las muchas lápidas que en las paredes y en el suelo del templo se
encuentran todavía dan á entender que allí se enterraron personas
ilustres, como González del Real y sus deudos, la familia de don Lope
Sánchez y la esposa del Piloto mayor de los galeones, fundadora de la
hermandad de la Concepción que ya hemos citado.
Para concluir, diremos dos palabras del exterior de la Iglesia fundada
por don Alonso X el _Sabio_. La fachada es de gran extensión; los muros
son altos y rematan en azoteas con balaustradas adornadas de jarrones;
tres son sus puertas, una de ellas muy curiosa; y la torre, que tiene
dos cuerpos, es sencilla y elegante, divisándose desde ella un hermoso
panorama, que renunciamos á describir.
VI
LA GIRALDA
«Torre excelsa, magnífica Giralda, que al cielo alzando la
orgullosa frente, ostentas por diadema refulgente de aéreas nubes
mágica guirnalda...»
L. S. HUIDOBRO.
Fama universal goza este soberbio monumento, admiración de cuantos
visitan á Sevilla; y aunque su historia no es á la verdad desconocida,
ni sobre ella podemos añadir ningún dato ó noticia nueva, creemos que
resultarían incompletos estos apuntes si no dedicásemos algunas líneas á
tan magnífica y celebrada Torre.
La _Giralda_ es objeto de justo orgullo por parte del pueblo sevillano:
apenas hay poeta español que no le haya dedicado una frase ó una
alabanza; apenas hay artista que no haya trazado sus esbeltas líneas
sobre el lienzo ó sobre el papel, y puede decirse que ninguno de los que
á nuestra ciudad visitan deja de subir á ella para contemplar el
soberbio panorama que ante los ojos se extiende.
Sevilla tiene en la _Giralda_ su nota más característica: los lienzos,
acuarelas, grabados y fotografías que representan esta Torre circulan
por toda Europa; y el que lejos de la patria los contempla, siente
alegría en su alma y satisfacción imposible de contener.
¡Cuan magnífica y esbelta es nuestra _Giralda_!... la mole de ladrillos
se alza majestuosa sobre todos los edificios de la ciudad: en las noches
claras y serenas se destaca su silueta, presentando un aspecto
fantástico; en los días hermosos, en que el sol la ilumina, su vista no
puede ser más agradable y grandiosa, y en las fiestas solemnes, cuando
sus veinticuatro campanas lanzan al aire sus repiques, la ciudad se
alegra y el sonido de aquellos metales alegra también el espíritu de los
sevillanos.
Según algunos la _Giralda_ fué mandada construir para observatorio
astronómico, y según otros sólo servía para alminar de la mezquita.
Decretóse su obra en tiempos del emperador de Marruecos Jussuf, que
estuvo en nuestra ciudad hacia 1171; fué continuada bajo el mando de
Yakub, y se terminó en 1196 bajo la dirección del arquitecto moro Hever,
según es tradicional.
La _Giralda_ estuvo expuesta á ser derribada cuando se ajustaban las
condiciones de la entrega de Sevilla; pero gracias al infante D.
Alfonso, según dicen antiguos autores, esto no llegó á verificarse.
Entonces la Torre sólo tenía 250 pies de altura, «un antepecho de
almenas dentelladas--escribe Gestoso--coronaba la parte en que al
presente están las campanas, en la cual se levantaba otro segundo cuerpo
rectangular, cuyo remate lo componían cuatro enormes globos ó manzanas
de metal ó bronce», las cuales se describen de este modo en la _Crónica_
del Rey _Sabio_:
«Á la cima son cuatro manzanas redondas, una encima de otra, de tan
grande obra, é tan grandes, que no se podrían hacer otras tales. La de
somo es la más pequeña de todas, é luego la segunda que so ella es mayor
empués; la tercera mayor que la segunda; mas la cuarta manzana non
podemos retraer de fablar della, ca es de tan gran labor, é de tan
grande é extraña obra, que es dura cosa de creer; toda obrada de
canales, é ellas son doce, et la anchura de cada canal cinco palmos
comunales.»
En 1396 estas bolas cayeron á impulso de un fuerte vendaval ó de un
temblor de tierra, según hemos leído, y muchos años después, en 1568,
siendo arzobispo D. Cristóbal Valdés, se construyó el segundo cuerpo de
la Torre por el arquitecto Fernando Ruiz, colocándose la estatua de la
Fe llamada el _Giraldillo_, que se debió al escultor y fundidor
Bartolomé Morel, quien dió principio á su obra en 1566.
Está probado que el primer reloj que se conoció en España lo tuvo esta
Torre en tiempo de don Enrique III, y no recordamos en qué papel leímos
que, habiéndose descompuesto la máquina, permaneció parado cerca de dos
años, pues fué necesario traer de Ginebra un inteligente mecánico que
supiese arreglarlo.
El reloj que hoy existe es una magnífica obra, concluída en los
comienzos del siglo XVIII por el fraile José Cordero, de la orden de San
Francisco, y la campana es la misma que se puso en 1400 á presencia del
monarca D. Enrique el _Doliente_.
No creemos necesario hacer aquí una descripción del interior y exterior
de la _Giralda_: ¿para qué? se han hecho tantas por tantos autores, que
casi tendríamos que seguirlos con sus mismas palabras.
Sólo diremos, para terminar, que con las obras practicadas en la famosa
Torre en 1888 ésta quedó en el mejor estado de conservación, para bien
de Sevilla y orgullo de su pueblo y admiración de propios y extraños.
VII
RECUERDOS DEL REY DON PEDRO
«Si le dan distintos nombres los que analizan sus hechos, de la
crítica formando reñidísimo torneo, es porque fué su persona tan
grande, que quiso el Cielo que el que vivió siempre en guerra
moviera á discordia muerto.»
M. CANO Y CUETO.
La memoria del Monarca justiciero está tan unida á las historias y
tradiciones de nuestra ciudad, que injusto sería no dedicar en estos
apuntes un recuerdo al rey más popular de España, y que más han
calumniado los cronistas é historiadores, presentándolo como un monstruo
sediento de víctimas y capaz de cometer toda clase de excesos y funestos
errores.
La pasión ha conducido la pluma de los escritores á los más lamentables
extravíos al ocuparse del reinado de D. Pedro, á quien son menos los que
con imparcialidad le han tratado, que los que le han atribuído patrañas
absurdas y cuentos ridículos, haciéndose eco de los que corrían en boca
del ignorante vulgo.
Pero la verdadera crítica, investigando con incansable actividad, ha
arrojado luz sobre tantas tinieblas, desvaneciendo errores y demostrando
que el Monarca á quien se llama _Cruel_ merecía el calificativo de
_Justiciero_, como así lo entendió Felipe II.
D. Pedro dejó en Sevilla huellas imborrables de su personalidad, las
cuales existirán siempre para mantener vivo el recuerdo en todas las
generaciones.
¡Cuántos edificios, cuántas calles, cuántos lugares nos traen aquí á la
memoria la severa y arrogante figura de aquel monarca joven, emprendedor
y valiente, á quien sólo pudieron vencer sus enemigos por la traición
más alevosa!
El Alcázar, esa joya de la arquitectura mudéjar, fué reconstruido por él
en 1364, invirtiendo grandes sumas en las obras, trayendo de distintos
puntos de España objetos de valor con que enriquecerlo, y empleando en
los trabajos á los más reputados artífices.
En el regio edificio existe aún la cámara particular que ocupó D. Pedro;
allí puede verse el patio donde cayó herido al golpe de las mazas el
maestre D. Fadrique; allí están los amenos jardines por los que tantas
veces paseó D.ª María de Padilla; allí está la magnífica portada cuyos
dibujos é inscripciones dirigió el mismo Rey, y allí, en fin, existen
próximos los sombríos y tortuosos callejones por donde él salía de
noche á vigilar la población y á sorprender las tenebrosas reuniones de
sus enemigos.
En la calle del Candilejo estuvo el domicilio de aquella vieja que asomó
su luz á la ventana una noche que el Monarca había tenido pendencia con
un desconocido, reconociéndole por el ruido de las choquezuelas, suceso
que por ser de todos sabido no relataremos, limitándonos á decir que el
busto de D. Pedro que hoy existe en la fachada cercana se colocó el año
1600, sustituyendo á la cabeza toscamente labrada en barro que el
Monarca justiciero hizo poner en el lugar de la riña.
Otro edificio que evoca su memoria es la torre del Oro, en la cual
estuvieron guardados los tesoros del Rey, bajo la vigilancia del judío
Leví, y en la que permaneció D.ª Aldonza Coronel mientras sostuvo sus
amorosas relaciones con D. Pedro.
Éste reedificó á sus expensas cuatro templos, que fueron el de San
Miguel, el de San Francisco, el de la Merced y el de San Pablo, haciendo
que en ellos se dieran de continuo solemnes cultos y fiestas, que solía
presenciar muy á menudo en compañía de sus cortesanos.
En el convento de Santa Inés yace enterrada la esposa de D. Juan de la
Cerda, D.ª María Coronel, á quien D. Pedro requirió de amores con tanta
insistencia, que la dama, que era de suyo honesta y poco sensible á los
halagos del joven Monarca, se retiró á la ermita de San Blas y luego á
dicho convento, que fundó, y en donde, viéndose aún perseguida por su
galanteador, no encontrando á mano otro medio de alejarle, se aplicó
aceite hirviendo en el rostro para matar su hermosura, quedando de
extraordinaria fealdad.
Cuando la guerra con Aragón, en el sitio de las Atarazanas equipó D.
Pedro la escuadra que había de obtener tan señalada victoria, y se dice
que el Rey en persona acudía todos los días á estos sitios, dando muchas
ordenes verbales á los marinos y demás gentes que trabajaban en las
obras.
No lejos de este lugar cuenta la tradición que D. Pedro entró en el río
á caballo persiguiendo airado al Nuncio del Papa, que había
anatematizado el enlace con D.ª María Padilla, viéndose muy apurado el
eclesiástico para huir en una barca, que por fortuna le salvó de una
muerte cierta. En la calle de San Luis se asegura que vivió aquella
hermosa dama, cuando fué conocida por el Rey; á la puerta del templo de
San Gil fué enterrado el famoso arcediano que la conseja popular nos ha
trasmitido... ¿Y á qué seguir enumerando lugares y edificios?... Ya
dijimos que Sevilla está llena de recuerdos de aquel Rey, y los que
hemos apuntado bastan para probar nuestras frases.
Si dispusiéramos de más espacio lo dedicaríamos á la memoria del Monarca
justiciero; mas como las dimensiones de estos apuntes no lo permiten,
ponemos punto á nuestro modesto trabajo.
VIII
EL SEPULCRO DE GUZMÁN EL BUENO
«Un hijo dióme Dios para mi patria; su apoyo debe ser; no su
enemigo... Y porque te persuadas cuán distante me encuentro de
faltar al deber mío, si armas no tienes para darle muerte, toma,
allá va, verdugo, mi cuchillo.»
GIL DE ZÁRATE.
Á poco más de media legua de Sevilla existe una pequeña aldea, llamada
Santiponce, inmediata á la cual pueden aún verse las ruinas del antiguo
y soberbio monasterio de San Isidro del Campo, fundado por D. Alonso
Pérez de Guzmán y su esposa D.ª María Alonso Coronel en el año de 1301.
No es nuestro propósito hacer aquí la historia de este edificio, que en
situación tan lastimosa se encuentra hoy, ni tampoco describir con todos
sus detalles el local ni los cuadros, esculturas y sepulcros que en él
se hallan relegados al más imperdonable olvido.
El que tiene algún cariño por las glorias de la patria, el que estima
los recuerdos de aquellas generaciones pasadas que á las presentes
dieron vida, no puede por menos de experimentar cierta tristeza al
recorrer aquel claustro derruído, aquellos patios solitarios y aquellas
galerías que amenazan desplomarse; lamentando que la indiferencia de
unos y el instinto destructor de otros, unido á la acción de los
tiempos, hayan conducido á estado tan deplorable el monasterio en cuyo
lugar se guardaron los restos de San Isidoro hasta el año 1053, en que,
con licencia del rey de Sevilla Al-Motadhid, fueron trasladados á la
ciudad de León por el obispo Avito.
Siguiendo nuestro propósito, sólo nos ocuparemos en este apunte del
Sepulcro del fundador de la casa, que aún se conserva y hemos tenido
ocasión de ver hace poco tiempo.
Éste se encuentra en la parte más antigua de la iglesia, y fué
construído en 1609 para sustituir el primitivo, sobre el cual son muy
escasas é incompletas las noticias que tenemos.
El mausoleo que guarda los restos del bravo defensor de Tarifa es digno
de tan esclarecido varón, cuyo heroísmo es admirado por cuantas
generaciones le han sucedido. Está adornado de escudos de armas, de
labores primorosas, que son muy estimadas por los inteligentes, y sobre
la ancha losa está grabado el epitafio, que dice así:
«Aquí yace D. Alonso Pérez de Guzmán el _Bueno_, que Dios perdone; fué
bien aventurado é que previno siempre servir á Dios y á los Reyes; él
fué con el muy noble rey D. Fernando en el cerco de Algeciras; é
estando el Rey en esta cerca fué á ganar á Gibraltar, á después que la
ganó entró en cabalgada en la tierra de Gaucin, é tuvo facienda con los
moros é matáronle en ella, Viernes 19 de Setiembre, era 1347, que fué
año de el Señor de 1309.--H. S. E.--19 era _Septenbris anno domini
1609--300 a die sui abitibus_.»
Sobre el sepulcro está la estatua de Guzmán, vestido de armadura, y
arrodillado ante un reclinatorio como entregado á la más profunda
oración.
El escultor Martínez Montañés hizo la estatua, que, como todas las obras
que su prodigioso cincel labró, es de un mérito excelente, si bien han
hecho notar algunos eruditos que las armas que lleva don Alonso
presentan bastantes anacronismos.
La contemplación del mausoleo, tan olvidado hoy, inclina el espíritu á
melancólicas reflexiones, y poco á poco acuden á la imaginación los
recuerdos de aquel personaje heróico, cuya figura ha sido tantas veces
ensalzada por el arte y la poesía y cuya hazaña inmortal está grabada
con caracteres indelebles en las páginas de la historia.
El cuerpo del defensor de Tarifa se conservó largos años en perfecto
estado, según escriben varios autores que lo vieron; pero en la
actualidad sólo existen algunos huesos podridos y terrosos en aquella
bóveda solitaria medio derruída. Cerca del mausoleo de Guzmán se
encuentra también el de su esposa D.ª María Alonso Coronel, _la muy
casta dueña de manos crueles_ que dijo Juan de Mena, y que falleció en
1332, siendo sepultada con gran solemnidad y pompa cerca de su heróico
marido. Entre otras personas cuyos hechos memorables consigna la
historia, yacen enterradas en sendos sepulcros en aquel lugar D.ª Urraca
Osorio y su fiel doncella Leonor Dávalos.
Las cortas dimensiones de estos apuntes no nos permiten extendernos en
más detalles, y terminamos estas líneas recomendando al lector cuanto
acerca del monasterio de San Isidro y su necrópolis han escrito el P.
Torres, Maldonado, Saavedra, Zeballos, Matute, Gestoso, Gali y otros
inteligentes y eruditos autores.
IX
LA PUERTA DEL PERDÓN