La llegada de las carabelas

Una lancha de vapor del buque de guerra «Michigan», nos espera á

las ocho y cuarto de la mañana en Van-Buren; la Delegación española

acude puntualmente á la cita y se embarca pocos minutos después.

Llegamos al vapor, nos recibe galantemente el comandante del buque,

y mientras recorremos el barco, que brilla como una taza de plata,

llega el ministro de Marina, presentan armas los tripulantes, se

iza la insignia de ministro á bordo, y desde el puente, é iluminada

por un sol tropical, contemplamos la ciudad, los yachts empavesados

que siguen la estela del «Michigan», y el movimiento, de algo que

conmueve á estas gentes ansiosas de contemplar el acontecimiento

histórico preparado, discutido y ensalzado hace muchos meses por todo

el pueblo americano. Pásase una hora hablando con las señoras que

han querido asociarse á la gran fiesta hispano-americana, y á las

diez nos avisa un marinero de parte del comandante, que la flotilla

española está á la vista: el vapor acelera la marcha, la tripulación

se agrupa ansiosa en los puentes para ver aquella flota extraña,

remolcada por un buque mercante, á cuyo frente va la «Santa María»,

siguiendo la «Pinta» y la «Niña», moviéndose lentamente en aguas

apenas rizadas por el viento, empavesadas las carabelas, cubiertas

de banderas, celebrando la fiesta memorable y la gloria más pura de

nuestra historia y la más transcendental del mundo entero: la llegada

de Colón al continente americano, la tierra soñada de su ambición,

el paraíso que pintaba en su cerebro su poderosa y ardiente sangre

genovesa.

Nadie tiene alientos para gritar, ni para levantar la voz; el

«Michigan» se pone á media milla de la flota y rompe el fuego

saludando al pendón de Castilla, que flota en sus mástiles, dando la

señal á los demás barcos, que rompen un fuego graneado contestado por

los falconetes de la «Santa María», pigmeos de hace cuatro siglos

saludando á los colosos de los tiempos modernos.

La Delegación española, ansiosa de saludar á nuestros compatriotas, y

algunas señoras españolas y americanas, saltan á la lancha de vapor

que nos espera y en un momento nos ponemos á estribor de la «Santa

María», donde nos recibe el comandante Concas con la cordialidad y el

cariño que es de agradecer al que ha dado á su país tantas pruebas

de abnegación y á las glorias patrias testimonios tan elocuentes

de respeto y amor, mantenidos hasta el fin de la jornada con la

inteligencia y el valor que otorgan al capitán Concas una página

honrosa en la historia de España.

[Ilustración: LA NAO SANTA MARÍA]

Por lo que á mí toca, yo no olvidaré jamás el momento en que pude

abrazar al compañero de colegio, al amigo de toda la vida que llega

rodeado de tantos prestigios á la tierra americana, fiel guardador y

altivo representante de una gloria que nos envidian todos los pueblos

y todas las naciones de la tierra.

Pocos instantes después recorremos la nao, saludando con veneración

aquellas reliquias que son nuestro orgullo, recuerdos de mejores

días, y pedazos de aquella patria que, en tierra extraña, crece

y se agiganta con los esplendores de sus variados climas, de

sus artísticas ciudades y hermosos campos, que recuerda nuestro

pensamiento con amor de hijos apasionados. El «Michigan» lanza un

cable para tener la honra de remolcar la flotilla de _Columbus_;

la marina de los Estados Unidos se pone al frente del convoy, que

treinta yachts, en doble fila, escoltan mientras va en columna de

honor al fondeadero junto al convento de la Rábida. A medida que

nos aproximamos á la Exposición, el número de lanchas eléctricas

y de vapor va creciendo, agitándose alrededor de la escuadrilla,

solicitadas por la ansiedad de las señoras del país que van en ellas

ávidas, de influir directa y poderosamente en los acontecimientos

históricos del pueblo americano.

A media milla escasa de la Exposición, la «Santa María» ancló en

el lago, «El Michigan» recoge el cable, y en medio de un silencio

solemne empieza el cañoneo que contestan los demás buques y la

nao, ante un público numerosísimo que contempla el espectáculo

mudo y como dominado por uno de los acontecimientos más hermosos

que ha presenciado el mundo en este siglo. Al cañoneo sigue la

manifestación de los vapores y lanchas, pitando todos á un tiempo, y

lanzando grandes chorros de agua y de vapor á 6 y 7 metros de altura,

pareciendo _geyseres_ salidos del fondo de las aguas para saludar y

admirar la gloria del gran genovés.

Al propio tiempo, esquifes y piraguas, llenos de indios ostentando

las galas de sus fiestas, con sus cuerpos que brillan al sol, se

dirigen rápidamente á la nao para saludar al _the modern Columbus_,

al representante de aquel hombre blanco que debió parecerles un Dios,

y que trajo á esta tierra la civilización cristiana, desfigurada por

los que persiguen al indio é invaden sus tierras, con tendencia á su

ruina y aniquilamiento.

Los españoles estamos sobrecogidos de admiración, el espectáculo de

hoy vale el viaje y compensa las amarguras de toda clase que aquí

hemos pasado. Es difícil ver ya en este orden de cosas algo semejante

á lo que hemos presenciado y aplaudido.

Concas desembarca seguido por los marinos de guerra y la Delegación

española en la explanada que hay enfrente del palacio de Agricultura,

en donde esperan, en perfecta formación, tropas inglesas, alemanas,

rusas, italianas, infantería, caballería y artillería de los Estados

Unidos, y cerrando el cuadro, caballería árabe, con sus típicos

albornoces y espingardas, dando á todo un colorido riquísimo que sólo

el pincel de Fortuny sería capaz de copiar fielmente.

[Ilustración: LAS CARABELAS NIÑA Y PINTA]

El resto de la fiesta entra ya de lleno en el cliché cursi americano;

cuatro ó cinco señores subidos en alta plataforma peroran largo

rato ensalzando la gloria de Colón y la civilización americana,

aplaudiéndose frases como ésta: «es una gloria ser español, es una

gloria ser inglés, es una gloria ser americano, pero es más glorioso

ser hombre»; y como yo no entiendo el alcance de estos pensamientos,

también aplaudo con los que aplauden, poniéndome á la altura del gran

pueblo americano.

No podía faltar el _lunch_, el champagne, _extra-dry_, los brindis de

rúbrica, y cuanto da á los grandes acontecimientos actuales el aire

de vulgaridad de los tiempos democráticos que atravesamos, y que son

el triste despertar de todo el que siente, piensa y padece en este

mundo de miserias.

No es fácil que baste esta sencilla descripción para formar concepto

claro de lo que he visto en este día memorable; ha sido todo ello tan

hermoso, que ni la imaginación pide más color, ni el pensamiento más

grandeza, ni el corazón goce más sentido. Si el espíritu de Colón

pudo presenciar tanta belleza, bien pudo creer que aquel paraíso

soñado lo crearon los hombres para su gloria, en un solo día y una

sola fiesta, á orillas del gran lago Michigan.

Viaje a America, Tomo 1 de 2 Estados Unidos, Exposición Universal de Chicago, México, Cuba y Puerto Rico · 第 24 / 37 题