A la una y media de la tarde de ayer los teléfonos circulaban á
los cuartelillos de bomberos la triste noticia de que ardía el
edificio destinado á la conservación de substancias por medio del
frío, llamado «Cold storage house». Este edificio, situado en el
recinto de la Exposición, era inmenso, pertenecía á una sociedad y
ofrecía al público diferentes servicios, relacionados con aquélla,
siendo á la vez instalación de productos frigoríficos, destinados
á la propaganda y al estudio. Su arquitectura extraña le daba, á
excepción de las torres central y laterales, aspecto de convento, de
grandes paramentos desnudos con puerta central barroca, desligada
completamente del estilo dominante en aquéllas.
Por su arquitectura, no era fácil formar concepto del destino que
tenía aquel inmenso palacio, de cuya torre central se veía salir
constantemente un penacho de humo blanco, no sé si vapor ó gases que
escapaban por la chimenea central á unos 50 metros sobre el nivel de
los campos de la Exposición.
De repente, el cupulino central empezó á arder, la gente á alarmarse
y el personal de bomberos á trabajar con ardor para vencer al
enemigo. Ahí, cuando se quema el hollín de una chimenea, bastan
unos cubos de agua ó el enrarecimiento del aire, tapando la boca de
la conducción de humos para acabar el fuego; aquí, una chimenea de
palastro puesta en contacto con materiales de construcción que arden
como tea, es un peligro tan inminente que nadie duda del resultado,
ni aun contando, como se cuenta aquí, con un servicio de bombas y
un personal entendido y valiente, capaz de todos los sacrificios
y dispuesto á la obediencia ciega y pasiva del soldado. Aquella
llama que ardía en la cúpula parecía de fácil acometimiento, y los
bomberos, obedientes y sumisos al mando del jefe, escalaron la torre
y empezaron á combatir las llamas.
A los pocos minutos, el fuego traidor, escondido en la cubierta,
estalló de repente en la base de la torre, y aquellos hombres,
guiados por un noble sentimiento, vieron con terror que á la altura
de 150 pies se hallaban rodeados de llamas por todas partes,
formando una pira infernal de staff y madera que no tardaría en
consumirse más tiempo que el necesario para formular la resolución
extrema los que habían de elegir, en breves segundos, entre morir en
un brasero ó aplastados contra el suelo.
Un grito hondo de angustia, lanzado por 20,000 personas que
contemplaban la catástrofe, advirtió á aquellos desdichados la
realidad de su situación. De pronto, se observó que aquellos hombres
se arremolinaban, se apoyaban unos contra otros, como buscando
mutua protección, silenciosos, convencidos quizá de que era inútil
pedir ayuda, que sólo milagrosamente podrían alcanzar. Del grupo se
desprende violentamente un bombero, desata una cuerda, forma un nudo,
la cuelga de un ángulo saliente de la torre y empieza á descender.
La atadura cede, y el desdichado bombero se desploma y muere al pie
del muro. Los demás, con la asfixia en el pecho, y el terror de
las llamaradas que suben como un volcán por el perímetro entero de
la torre, no vacilan ya; unos tras otros se tiran, manteniendo el
cuerpo rígido durante algunos segundos, mientras les queda un resto
de vigor y de esperanza, dando vueltas enseguida, como una campana
que voltea para estrellarse contra las aristas vivas del edificio,
desvanecidos ó locos de terror, muertos antes del choque, rendidos
por las angustias de aquella hora suprema. Dos bomberos, dos íntimos
quizá, se abrazan antes de morir; el último, el capitán, coge una
cuerda hallada en una de las aristas, empieza á bajar, y la cúpula
cede, y cede la torre, y el hombre desaparece confundido entre los
materiales que arden, formando un montón informe, brasero inmenso en
donde se calcinaron en un momento los huesos de aquel héroe, víctima
voluntaria de su deber y su propio error.
Las gentes ya no tienen valor para presenciar aquel terrible
espectáculo, los hombres más bravos vuelven la cara, las mujeres
lloran y se desmayan, y el incendio crece azotado por el viento,
viéndose en las innumerables ventanas del edificio puntos luminosos
que corren y se propagan con una velocidad aterradora.
Una hora después todo el palacio ardía, las torres laterales se
desplomaban, y no quedaban en el aire más que los hierros retorcidos,
formando extrañas figuras, obra de un calambre espantoso en el seno
de la muerte. Los bomberos, ya no luchan, miran agitados á todas
partes, temiendo por la Exposición entera; el edificio más cercano,
un cuartelillo de bombas, arde también, y de las casas cercanas al
sitio de la catástrofe, se tiran ya muebles, ropas... es el pánico
que corre como un reguero de pólvora, ante aquella inmensa hoguera
que necesitaría un mar para apagarse.
Y la muchedumbre que ha ido á Jackson Park á divertirse, á gozar
de un día de sol espléndido, de fresca brisa, se siente agitada
y enloquecida por la palabra «explosión», y de repente, hombres,
mujeres, niños, salimos todos corriendo, sin saber á donde
dirigirnos, temiendo que los caballos nos van á atropellar, caballos
furiosos que no sé de donde han salido y que huyen aterrorizados de
aquel fuego que hace estallar los depósitos de amoniaco empleado en
las mezclas frigoríficas, esparciendo la muerte y el terror por todas
partes.
Por fin, á las cuatro de la tarde, cuando ya no quedan más que cuatro
muros ennegrecidos y el esqueleto de hierro del palacio, la _Morgue_,
la triste _Morgue_ de esta Exposición que ha costado centenares de
vidas y contará las ruinas por millares, se va llenando de cuerpos
carbonizados, de seres que han muerto heroicamente, sin un grito, ni
una protesta, de otros que han sucumbido, sin gloria, aplastados, y
entre ellos alguno que dormía el sueño del borracho, todos mezclados
y confundidos por la igualdad aterradora de la muerte.
Treinta muertos van contados hasta hoy, muchos heridos que también
morirán, viudas y huérfanos que amparará la caridad pública,
constituyen el balance espantoso de lo que es obra del descuido y
de la falta de escrúpulo con que se miran aquí los problemas más
importantes de la vida humana. Si ayer hubiese soplado viento del
Sur, casi puede asegurarse que la Exposición habría ardido toda,
produciéndose una de las mayores catástrofes de la historia.
Hoy cunde la noticia de que la municipalidad de Chicago enviará
una comisión de estudio para averiguar las condiciones de solidez
y seguridad, contra incendios, de los edificios de la Exposición;
pero me parece tiempo perdido y satisfacción irrisoria, porque aquí
se vive de milagro, y todos lo sabemos, sin necesidad de que nos lo
digan los procuradores de la grande urbe americana.
[Ilustración: EL MIDWAY PLAISANCE]