La importancia de este cultivo y la de la concurrencia de expositores
españoles á este certamen, me obliga á meditar lo que voy á decir en
este capítulo, temiendo estar desacertado é influir en la opinión con
escaso buen sentido.
Vine á Chicago con todas las preocupaciones y los errores que
circulan y se propagan como artículo de fe en Europa, formando entre
los que se figuran que los vinos americanos no pueden beberlos
sino las personas de paladar avezado á los caldos de California, y
que, con tratados de comercio ventajosos y propaganda juiciosa,
conseguiríamos aquí un mercado poderoso, capaz de asegurar la
viticultura en nuestro país y permitirnos prescindir del mercado
francés, tan veleidoso y tan inseguro siempre, y especialmente en los
tiempos actuales.
¡Qué error, y qué desencanto! El vino de California es un caldo que
no puede desdeñar nadie, el _goût de renard_, tan constantemente
atribuído á los vinos americanos, no he sabido hallarlo en ninguno
de los que he bebido hasta la fecha, y desde que estoy aquí bebo
cada día vino de California, y muy barato por cierto, á 20 centavos
media botella, imitación del claret ó del sauterne, con bouquet
muy pronunciado, color inmejorable y condiciones que no desdeñaría
el vinicultor español más celoso de la buena crianza de sus vinos.
El champagne[1], con gusto pronunciado de moscatel, muy espumoso y
bien presentado, se bebería en nuestro país con deleite, y quizá
alcanzaría mercado más seguro que en los mismos Estados Unidos, que
prefieren las marcas europeas, Moët Chandon, Clicquot, etc., _dry_ y
_extra dry_, fabricadas especialmente para los paladares estragados
por las bebidas alcohólicas de la gente yankee de todos los estados y
todas las categorías del país.
[1] La visita del autor á California modificó algunas de las
opiniones apuntadas en este párrafo, conforme lo verá el lector
más adelante.
Y si alguien ahonda un poco en esta materia y estudia algo las
condiciones de la extensa comarca de la América del Norte, en
donde se cultiva la vid, quizá hallará el triste antecedente de
que en California se arrancan ya muchas viñas, que se produce
tanto y tan bueno, que la baratura, está matando rápidamente la
viticultura californiana y que aquí, donde la cerveza alcanza tanto
predicamento, sólo cambiando radicalmente las costumbres del país,
sólo consiguiendo que los 64.000,000 de habitantes de esta gran
República beban vino, podrá esperarse un cambio en el modo de ser del
mundo vinícola, más amenazado cada día por el desarrollo de nuevos
centros de producción, y el trabajo de selección y elaboración á que
se dedican los cultivadores de varios países con un éxito que juzgo
pavoroso para la riqueza de España.
Ayer pregunté al Comisario general de la República Argentina qué
podría hacerse para introducir los vinos españoles en la América del
Sur, y me contestó categóricamente y sin vacilar un instante:—Nada;
la República Argentina produce ya tanto vino, y de tan buena calidad,
que en breve pensará lo qué ha de hacer para dedicar sus caldos á la
exportación.
Las cepas que cultiva han sido importadas de Francia, y me citó las
variedades más conocidas que se han aclimatado allí perfectamente.
Y si á los nuevos centros de producción americanos sumo los ya
conocidos de África que producen vinos similares á los andaluces,
será lícito preguntar si á los vinos españoles les cabrá la
suerte que cupo á nuestras merinas que, ensayadas y cruzadas en
Francia, Inglaterra, Alemania y en varios puntos de América, y muy
especialmente en las Pampas de Buenos Aires, y Australia, lo único
que nos queda de aquel don de la naturaleza es el recuerdo y el
nombre que conservan todas las naciones para designar el hermoso
vellón que ha enriquecido y enriquecerá á tantas comarcas de la
tierra.
¿Será todo esto una amenaza también para Francia? que duda tiene;
pero nuestra vecina tiene sobre nosotros dos ventajas inapreciables:
1.º Su mercado interior, con sus 36 millones de habitantes, que
consumen una cantidad inmensa de vino, bebiéndolo de buena calidad,
con un promedio superior al que consume el pueblo español, sobrio
quizá en demasía, y
2.º El crédito que disfrutan sus marcas, que responden á bouquets
perfectamente conocidos y que dan nombre á diferentes comarcas,
viniendo en segundo término la firma del vinicultor, que sólo siendo
un gran cosechero se puede imponer una firma en los mejores mercados
del mundo.
No he de insistir en la primera ventaja, cuya importancia salta á
la vista; siendo ya feliz preocupación de nuestros legisladores el
medio de aumentar el consumo del vino en la península, disminuyendo
las gabelas impuestas á este caldo, y favoreciendo, por medios
indirectos, la venta de uno de los productos más importantes del
territorio nacional, por más que en la última reunión de Cortes no se
haya conseguido gran cosa en este sentido.
La segunda, siendo para nosotros de difícil vencimiento, es quizá
de más importancia que la primera. Bien claramente lo dicen los
2,500 expositores con unas 40,000 botellas de vino, que exponen sus
productos en la Exposición de Chicago; con elocuencia desconsoladora
lo manifiestan los cosecheros que han venido con 2 ó 3 botellas mal
tapadas, como si el corcho bueno fuera en España un producto extraño,
que ansiando un premio olvidan que, en lo que se refiere á vinos y
á un comercio regular que pueda influir en los mercados españoles,
sólo las marcas acreditadas que respondan á una producción cuantiosa
pueden tener significación en las Exposiciones destinadas á enseñanza
y á mostrar lo que podemos hacer el día que las necesidades de los
pueblos abran mercados á nuestros caldos, encasillados, formando
tipos de marcas fijas, de vinos bien criados, de bouquet conocido
y que el consumidor conozca sin necesidad de leer la etiqueta de
la botella ni el nombre del vinicultor. Esto, que lo han hecho los
franceses, y que responde á un principio económico bien entendido, en
España empezamos sólo á plantearlo, exceptuando Andalucía, con sus
hermosas bodegas, la Rioja, algunos centros de Cataluña, aun poco
importantes en número y calidad, y la Mancha y Valencia, que debe
mejorar aún sus vinos si han de resultar criados con ventaja para el
viticultor y el vinicultor.
De todo lo expuesto se deduce, en mi concepto, que sobran en este
certamen muchas botellas mal acondicionadas y que no responden, ni
en cantidad ni en calidad, al principio esencial que lo condensa
todo: _la creación de buenas marcas_; y éstas no pueden existir sin
la calidad y la cantidad que mantengan á los mercados constantemente
abastecidos y en condiciones tales, que la competencia de los
productos similares no sea posible en la mesa del consumidor, siempre
satisfecho de la bondad y el precio del vino que consume. No olviden
los productores españoles que cada día será más dura y más difícil
la lucha por la existencia; que el vino flojo, que en tanta cantidad
producimos, ha de consumirse en la península é islas adyacentes; que
los únicos vinos que hemos de exportar, _sin encabezarlos_, son los
de alta y regular graduación natural, que por estar bien criados y
proceder de comarcas acreditadas puedan hacer la competencia como
vinos de postre á todos los vinos del mundo; que los de color, entre
los que llevan ya gran ventaja á los catalanes los de la Rioja, por
su baratura y buen gusto, podrán competir ventajosamente con los
franceses y aun más con los americanos, porque la gente rica de todos
los países, por lujo, por tener más educado el paladar, y sobre
todo, por el mérito real del producto, preferirán siempre los vinos
del Sur y centro de Europa á los que se crían, interviniendo la
química muchas veces, en centros agrícolas menos favorecidos por la
naturaleza para el desarrollo de la vid.
No es fácil, ni me siento tampoco dotado de fuerzas suficientes, para
proponer la modificación que ha de establecerse en el estado legal
de la propiedad rústica española para favorecer el establecimiento
de marcas, de tipos fijos que respondan á la cría racional de los
vinos en cada comarca. Pero sí creo que los cosecheros de algunos
centenares de cargas que pretendan criar vinos de exportación, sin
tener presente que se han de sujetar, en todos sus procedimientos, á
lo que la técnica del arte y los consejos de la experiencia local les
dicten, que los criadores que insistan en vivir desligados de toda
mancomunidad de procedimiento, cuando éste resulte bueno, y quizá de
relación económica cuando los fundamentos de la asociación resulten
sólidos y honrados, en un país como el nuestro, donde la propiedad
rústica está tan dividida, los males que lamento, y conmigo todos los
que dedican su atención á esta clase de estudios, no tendrán remedio;
y tengamos presente todos que cada año, cada día perdido representa
una victoria para nuestros adversarios y una derrota para nosotros.
Todo esto veo, con sentimiento, en nuestra hermosa colección de
vinos en Chicago: mucho vino, muchos nombres y pocas, poquísimas
marcas, porque el vino andaluz de tan rico abolengo, que beben estos
yankees con tanta delicia y cerrando los ojos con beatitud, no forma
más, ni significa otra cosa que el crédito de una comarca española
relativamente poco extensa, y todos sabemos qué extensión tan enorme
alcanza el área de la vid en España y cuánto vino queda en nuestras
bodegas, esperando colocación.
Por lo demás, ¿quién va á disputarnos el primer puesto en el gran
campo de la Exposición de Chicago? Nuestros vinos de postre, algunos
de pasto, los embotellados hace 20, 30 y hasta 100 años, ¿quién va á
atreverse á competir con ellos? Sí, alcanzaremos muchas medallas y
muchos diplomas, volveremos con un botín de victorias _platónicas_
asombroso, nadie dudará de que hemos merecido el primer lugar, y de
que nuestros vinos son ya, en algún renglón y pueden llegar á ser en
muchos de los restantes, los mejores del mundo; pero, yo preferiría
volver con más mercados sólidos asegurados, con más convencimiento
de que hacemos lo posible para merecerlos y ganarlos, con estudios
detenidos de lo que nos conviene hacer para derrotar noblemente
á nuestros adversarios, porque así nuestro porvenir sería menos
incierto, y nuestro presente más fecundo, para que algún día podamos
aspirar y conseguir realidades que pongan término á las desdichas de
la patria.
[Ilustración: PALACIO DE MAQUINARIA]