No es cosa fácil dar idea de un acontecimiento que será una de las
páginas más hermosas de la historia de América. Acabo de llegar de
la fiesta inaugural, nervioso y fatigado de emoción, y ante estas
cuartillas de papel, siento el dolor de no saber expresar en pocas
líneas y describir con palpitante interés, la apoteosis más grande
de este siglo, dedicada á una gloria española que inició en el mundo
la esplendorosa civilización moderna, espíritu de una sociedad nueva
que elabora en estas regiones, ante mis pasmados ojos, algo que no
comprendo y que encierra elementos de vida que van á transformar por
completo las civilizaciones de los diferentes pueblos de la tierra.
La inauguración de hoy, con su aparente sencillez, ha sido un
portento; este pueblo, que no tiene noción clara del arte, ha hallado
en esta fiesta la nota justa, sintética, que se ha llevado de cuajo
todas las simpatías y todos los corazones.
Una gradería levantada á espaldas del palacio de la Administración,
dominando la dársena, cerrada al Este por hermosa columnata;
Manufacturas y Agricultura al Norte y Sur formando el marco grandioso
de la esplanada en que se apiña abigarrada multitud, entre la que
se levantan erguidas: columnas rostrales, mástiles rematados por
carabelas, estatuas y fuentes monumentales, la de Colombia tronando
y dominando las aguas surcadas por lanchas eléctricas y góndolas
venecianas, fué el punto preferido para celebrar la fiesta inaugural.
Ocupadas las graderías por el cuerpo diplomático, los delegados y
comisarios de todas las naciones, á las once entraban Cleveland
y el duque de Veragua, acompañados por los altos funcionarios de
los Estados Unidos y las comisiones de la Exposición, en el sitio
preferente de la gradería.
La multitud alborozada empezó á gritar y silbar como sólo sabe
hacerlo el pueblo yankee, y una orquesta situada en la parte más
alta de la escalinata inauguró la fiesta con la marcha colombina
de Paine. En seguida el pastor Milburn, anciano venerable, dirigió
á Dios una oración impetrando la protección del cielo; Miss Jessie
Couthair, luciendo la mantilla española, adornada con peineta y
claveles rojos y amarillos, leyó el poema de Crouffut titulado _La
profecía_; la orquesta tocó la sinfonía de Rienzi; monsieur Davis,
director general de la Exposición, dirigió un discurso al presidente
Cleveland, y por fin, este ilustre hombre de Estado hizo un brevísimo
discurso á la multitud, enalteciendo el gran certamen y la obra
grandiosa del pueblo americano. Y mientras la gente entusiasmada
agitaba los sombreros en señal de júbilo, la orquesta tocaba el _Dios
salve á la Reina_ que es también himno nacional de esta república,
la artillería saludaba con repetidas salvas, los mástiles de todos
los edificios se coronaban de banderas, estandartes, flámulas y
gallardetes, y en medio de aquel entusiasmo y ruido atronador de
voces, cañonazos y campanas, los tres mástiles puestos al pie de
la tribuna se coronaban: la central, con la bandera de la Unión,
y los laterales con los estandartes de Castilla y de León con sus
castillos y leones rampantes, y el de los Reyes Católicos con la cruz
verde sobre fondo blanco, bajo cuyos brazos se leen las iniciales de
Fernando é Isabel.
Los que han vivido en lejanos países y han gozado alguna vez la
emoción honda que causa la vista de la bandera gualda y roja en
tierra extraña, comprenderán que la colonia española que ve hoy tan
enaltecido el pabellón de la patria, al levantarse los estandartes
medioevales en sitio preferente y verlos en todas partes, en la
Exposición y en la ciudad, haya recibido una sacudida que ha pasado
de los ojos al corazón y del corazón á la lengua y á las manos,
para aplaudir con toda el alma las grandezas de este pueblo que
no escatima, él tan intransigente, tan absoluto y tan enamorado
de su civilización apenas esbozada, con sus vehemencias juveniles
y arrebatos mal comprimidos, el pleito homenaje debido á una de
las glorias más puras de la tierra, y á un pueblo que posee la
historia de los descubrimientos, conquistas, colonizaciones y
desfallecimientos más heroicos que registra el gran libro que narra
los acontecimientos del mundo.
Cleveland ha entrado en Manufacturas después de haber inaugurado la
gran máquina motriz de la Exposición, y bajo la rotonda central, las
delegaciones de todos los países, presentadas por los embajadores,
han ofrecido sus respetos al Presidente de la República. La
delegación española ha sido presentada por el delegado general Sr.
Dupuy de Lome, habiendo oído de Cleveland frases de grandísima
simpatía que hemos escuchado todos con vivísimo placer y honda
gratitud. El Sr. Dupuy se ha hecho eco de los votos de España, con
sentido acento, y se ha despedido dando un _shake-hands_ á la
inglesa á todos los que habíamos sido presentados.
No había terminado aún para mí la fiesta de hoy; motivo de júbilo ha
sido también para los españoles ver colmado de obsequios al duque de
Veragua y á su ilustre familia, y observar en su semblante señales
inequívocas de vivísima complacencia.
A los ojos de muchas gentes, la fiesta de hoy habrá sido espectáculo
sublime, para los españoles, alegría honda, fiesta de familia que
calienta y aviva la fibra delicada que vigoriza todos los organismos,
porque alienta grandes y hermosas esperanzas.
[Ilustración: PALACIO DE MANUFACTURAS]