Cosas de España... y de los Estados Unidos

[Ilustración]Molestia invencible suele ser, en todas partes, el paso

de una frontera. Los españoles solemos ser tolerantes cuando se trata

del país ajeno; cuando se trata del nuestro no hay palabra bastante

dura en el diccionario para vituperar los procedimientos de los

aduaneros españoles. Los extranjeros, que suelen ser pacientes en su

patria, reprueban los minuciosos reconocimientos de los carabineros

al llegar á la frontera española, que les parece ya país conquistado,

y no hallando en nosotros respeto á lo que representa el cumplimiento

de un deber, se desatan en improperios, lanzando sin rubor y en

alta voz, para que la oiga todo el mundo, la frase ya rutinaria

á fuerza de puro sabida: _cosas de España_; pero tenga presente

el español que emprenda un viaje á América por placer, estudio ó

negocio, que las cosas americanas dejan tan atrás las nuestras en

punto á fiscalización aduanera y sanitaria, que no hay, ni ha habido

en el mundo, procedimiento inquisitorial que se parezca al que voy á

historiar para enseñanza y ejemplo de los que creen de buena fe que

todo lo extranjero es mejor y más digno de un pueblo culto que lo

nuestro.

Llegué á la vista de New-York á las dos de la tarde del 25 de marzo

último: una vez pasado el estrecho que forman los puntos avanzados de

la costa en que están emplazados el fuerte Lafayette y el Hamilton,

el _Touraine_ paró sus hélices, acercóse un bote de vapor en que iba

el empleado de la Aduana, que entró en el trasatlántico, posesionóse

de una mesa, preparó su tintero y pluma, y con la lista de los

pasajeros á la vista, abrió una información para cada uno de ellos,

averiguando el nombre, la procedencia, la edad, la profesión y el

número de bultos que constituían el bagaje de los que íbamos en el

barco. Recibida la declaración _jurada_, firmamos un documento,

que la mayor parte de los pasajeros no entendía, en que nos

comprometíamos á probar que habíamos declarado la verdad bajo pena de

comiso de todo aquello que no se había declarado.

La operación, tratándose de un barco que transportaba más de

cuatrocientos pasajeros, no podía ser corta, y más al ampliarse con

una nueva visita que recibió el vapor á las cuatro de la tarde y que

nos produjo un verdadero sobresalto. La Sanidad, representada por un

subalterno, al tener noticia de que iban en el _Touraine_ emigrantes

alemanes procedentes de Hamburgo, y que uno de ellos presentaba

síntomas algo alarmantes, fuese en busca del jefe, y con la amenaza

de veinte días de cuarentena, estuvimos con el alma en un hilo, hasta

que, previo reconocimiento muy detenido, la Sanidad de New-York

contentóse con fumigar á los emigrantes y los bagajes, dejando salir

á los pasajeros de 1.ª y 2.ª, que desembarcamos cuando ya anochecía.

Cuando se cruza el Atlántico y se han pasado horas de zozobra, el

viajero cree haber ganado el derecho de que se respete su cansancio,

su deseo de reparar las fuerzas perdidas y de hallar, en cómodo

albergue, alivio á sus males y calma á su espíritu.

Al poco rato el vapor atracó, colocó rápidamente su pasarela, y con

un: ¡Bendito sea Dios! pisamos tierra con satisfacción verdadera.

La Trasatlántica francesa tiene en la dársena que ocupan sus barcos

una inmensa nave de madera, cuyos cuchillos de armadura que arrancan

del suelo forman una bóveda que abriga un espacio mal iluminado,

sucio, ahumado, que parece bodega invertida de un barco carbonero.

Hay allí una serie de compartimientos clasificados, con iniciales,

que el pasajero ha de buscar, si se le ha advertido de antemano que

su bagaje irá á depositarse en el cajón cuya inicial corresponde á su

apellido. No hay en aquella bodega ni una silla, ni un banco; cuando

llegan los baúles, el viajero cansado se apoya en ellos y espera que

la Aduana inspeccione los bagajes cuya declaración _jurada_ firmó

creyendo, quizá, que bastaría su palabra honrada, legalizada con su

firma, para evitarse las molestias de una inspección tan minuciosa,

que no hay maleta, baúl, saco de mano ó manta, que escape á la mano

escrutadora y nimia, en detalles, del aduanero norte-americano.

Hora y media estuve esperando el baúl y la inspección; cuando pude

salir con las consabidas señas puestas en los bultos, habían dado las

ocho de la noche, con la inversión de cinco horas en lo que en todas

partes puede hacerse, con mayor respeto á la dignidad humana, en dos

horas escasas.

Y antes de que el presunto viajero español que entra por el puerto

de New-York estudie con calma lo apuntado, si en algo estima sus

intereses, voy á trasladar al papel alguna impresión que entiendo

vale la pena de ser conocida.

Iban en el _Touraine_ el arzobispo de Quebec y el obispo de Cythère;

ambos en _tenue bourgeoise_, venían de Viena, y habían visitado

también la Palestina y España. Para los católicos del mundo, el

español es un ser que se distingue por su altivez, su energía y

su amor á la religión. A las pocas horas, sabiendo que yo era

español, se mostraron tan deferentes conmigo y tan amantes de mi

país que entablóse entre nosotros una verdadera y simpática amistad.

Interrogáronme acerca de nuestros poetas y publicistas, conocían

nuestros mejores filósofos, literatos y artistas clásicos, y no

acababan nunca cuando se ponían á hablar de la conquista de México,

descrita, al parecer con entusiasmo, por Prescott.

Aquellas altas dignidades de la iglesia llegaron á New-York

acompañados de dos sacerdotes, sin que nadie fuera á recibirles, ni

nadie se preocupara de aquel ejemplo de humildad cristiana, llevando

modestamente el bagaje de mano, menos pesado, sin duda para ellos,

que la responsabilidad de la cura de almas que ejercitan, con alta

sabiduría, en las frías comarcas del Canadá.

Y mientras este alto ejemplo puede servir á todos de saludable

enseñanza, el que no quiera dejar cuatro ó cinco dollars en las

garras de algún cochero neo-yorkino, cuide de no salir de la aduana

sin que, poniéndose de acuerdo con algún agente de hotel y sobre todo

con el de la compañía llamada «Express», consiga impedir que sea

atropellado de la manera más odiosa que cabe imaginar.

Para evitar las demasías de los cocheros se ha formado en las grandes

ciudades norteamericanas una compañía que envía sus agentes á los

trasatlánticos y á los vagones de los ferrocarriles, que mediante un

pequeño estipendio, unos cuarenta centavos de dollar, equivalentes

á dos pesetas por bulto, y cangeando el talón ó chapa metálica

numerada, de que hablaré luego, por un cartón que se ata en el asa

del baúl y en que se consigna la dirección dada por el viajero, al

poco rato se consigue tener el bagaje en el hotel, dejando al viajero

en libertad de aprovechar los tranvías y ferrocarriles elevados que,

por cinco centavos, ó sean veinticinco céntimos de peseta, puede

apearse á pocos pasos del hotel, boarding ó casa á donde va á parar,

sin verse obligado á gastar un duro y medio por una carrera de media

hora escasa, que es lo que cuesta por persona un carruaje de dos

caballos en New-York y Chicago.

Claro es que el que no sepa hablar inglés no tiene más remedio que

acudir á los agentes españoles de dos hoteles modestos, pero bien

situados en la calle 14, junto á la 5.ª avenida, llamado Hotel

Español, y en Irving place muy cerca de Broadway, conocido con el

nombre de Hotel Hispano-americano. En New-York es completamente

inútil hablar francés ó italiano, la inmensa mayoría de la población

no conoce más idioma que el inglés, disfrazado con un acento

sumamente duro que obliga á un verdadero y largo aprendizaje.

Pero no terminan aquí las desdichas del europeo en New-York; el que

va á Chicago ó á cualquier punto de los Estados Unidos, ha de empezar

por entregar el equipaje al agente del «Express», que lo llevará

á la estación de partida, tomar con anticipación el billete y el

_Pullman-car_, que es un _sleeping_ más lujoso y cómodo que el que

circula por las líneas de Europa, en alguna agencia del Broadway, y

cuidar de que se facture, para lo cual un mozo de la estación ha de

poner una etiqueta numerada que corresponde al número de una placa

metálica que se entrega al viajero, sin que se haya de pagar exceso

de peso como no pase de 150 libras, que no rebasa casi nunca, el baúl

ó mundo de uso corriente.

El coste de un viaje en ferrocarril norte-americano compensa en

realidad, por su baratura, las molestias de cambio de procedimiento

que se impone aquí al viajero. Mil millas hay de New-York á Chicago,

ó sean 1500 kilómetros, y este recorrido, que costaría en España más

de 60 horas y 40 duros, se hace en 27 horas y aun en 25, gastando

22 dollars por el pasaje, 5 ídem por el _Pullman-car_ y 3 ídem por

dos comidas y un almuerzo divinamente condimentados que se disfrutan

tranquilamente en el vagón-restaurant. Y si tan repetidos cambios,

gastos y mareos no han labrado ¡oh viajero! tu salud, llegarás con

la ayuda de Dios á esta ciudad para visitar la gran Exposición de

Chicago.

Pero antes de partir, justo será echar una ojeada á New-York, después

pararse en las cataratas del Niágara, para entrar definitivamente

en el primer centro pecuario del mundo, la gran ciudad del Estado

Michigan.

Viaje a America, Tomo 1 de 2 Estados Unidos, Exposición Universal de Chicago, México, Cuba y Puerto Rico · 第 8 / 37 题