De París á New-York

[Ilustración]Es cosa vulgarísima hacer un viaje de París á New-York;

el que pasa por el Havre sale ahora á las 12 y media de la noche

de la estación de San Lázaro, situada en el centro de París. A las

seis de la mañana pára el tren, que lleva el pomposo título de «tren

directo de París á New-York», junto á la pasarela del trasatlántico,

y á los pocos minutos cada pasajero ha colocado ya el equipaje de

mano en su camarote, esperando, no sin alguna zozobra, la hora de

salida que dicta la marea en las dársenas del Havre. Sería necesario

ser muy exigente si no estuviera contento con mi suerte; embarqueme

el 18 de marzo en el vapor más hermoso y nuevo de la Compañía

Trasatlántica francesa, el _Touraine_, que está realizando su décimo

tercer viaje con una velocidad pasmosa. A las 25 horas había andado

495 millas, según nota dada por el encargado de la corredera; hoy 21,

tercer día de viaje, debemos haber andado ya más de 800 millas, y

oigo decir á los compañeros de viaje que se _marean_, que el capitán

se propone llegar á New-York el viernes próximo, ó sea en menos de

siete días, desde el Havre.

Pocos vapores habrían realizado una travesía más rápida, y pocos

también podrán ofrecer á los pasajeros mayores comodidades y

garantías de seguridad.

El _Touraine_ ha sido construído para pasaje numeroso y todo se

ha sacrificado á la comodidad de los viajeros. Barco que salió á

mediados de 1891 del astillero de Saint Nazaire, parece un palacio

flotante que brilla al sol con el matiz nacarado del color blanco

agrisado que domina en la cubierta, dándole un aire de limpieza que

enamora.

La cubierta alta destinada á los pasajeros de primera, es un paseo

de más de cien metros de longitud y cuatro de anchura que circuye

los camarotes de lujo y los saloncitos de escribir; la inmediata

inferior, en que pasean los viajeros de segunda y tercera, tiene

iguales dimensiones y rodea la sala de conversación y los camarotes

de primera; y en el tercer puente, el más retirado y menos sometido

á la acción de los balanceos, está el comedor cruzado por tres mesas

paralelas rodeadas por otras más pequeñas que le dan el aspecto de

un gran salón de restaurant de las mejores fondas de París.

A las 6 y media de la tarde, cuando el camarero toca la campana,

anunciando á los pasajeros que el servicio de mesa está dispuesto,

el aspecto del comedor, iluminado con luz eléctrica, es severo,

de gusto exquisito é irreprochable. La escalera monumental, de

caoba barnizada, que le da acceso, con grandes espejos adornados

de cornisas y cariátides del mejor gusto, tapizados los entrepaños

con cueros repujados, llena de luz deslumbradora; el patio central,

que remata una linterna de traza elíptica y cristales deslustrados,

sostenidos los entrepuentes por vistosas columnas, de cuyos capiteles

arrancan artísticos candelabros de luces eléctricas, dan al conjunto

un aspecto tan hermoso que se llega á olvidar el mareo y el peligro

del viaje, creyendo haberse realizado el cuento de hadas que levantó

palacios del fondo del Atlántico.

En el centro del barco van las máquinas que mueven dos hélices

poderosas, máquinas tan discretas que apenas dejan oir al viajero

enfermo la vibración de sus palancas y articulaciones; y en el centro

van también, y repartidos en sus puentes, los camarotes de lujo, que

valen 3,000 francos por viajero; los destinados á dos pasajeros, que

reciben luz directa por los costados, que cuestan 600 francos por

persona, y los de tres literas, situados en el centro, que reciben

luz indirecta ó zenital eléctrica, que se pagan á razón de 500

francos por litera. Estos camarotes son llamados «primeras clases»

y gozan sus privilegiados poseedores del confort de los elegantes

salones ya descritos, de una mesa pantagruélica, de un servicio

perfectamente organizado, y de cuanto puede exigir un potentado, en

sus travesías por los mares.

Y si alguien duda de la necesidad de poseer un estómago de múltiples

resortes para digerir los suculentos y copiosos manjares servidos

á bordo del _Touraine_, si esta prosa no le parece indigesta,

cuide de seguirme al través de un comedor que está constantemente

en funciones, desde las ocho de la mañana, en donde sirven café

completo, con pan, leche y manteca, té ó chocolate; almuerzo á las

diez, compuesto de cinco hors-d’œuvres, y tres platos fuertes, tres

postres y café; un tente en pie, ó lunch, á la una, que adornan

suculentas tazas de té, frutas verdes y secas, compotas variadas,

sandwichs, etc, y una comida fuerte á las 6 y media, espléndida,

variada y ricamente preparada, regado todo con graves y médoc en el

almuerzo y la comida, hasta las nueve de la noche, en que se sirve

un té como fin de fiesta á tan aprovechados comensales. Y luego

habrá quien dude de que el tipo del caballero particular pueda ser

de carne y hueso como los demás mortales, cuando veo con mis propios

ojos tantas personas que hacen sus _quatre repas_ y un té con una

tranquilidad verdaderamente olímpica, á pesar del mareo y contra el

mareo, según el parecer del buen doctor, que pasea el uniforme y su

simpática persona por los salones del _Touraine_.

Después de esta reseña, muchos preguntarán, si son muchos los

lectores de este libro: ¿Y la travesía? ¡Ah! la gente del buque y los

que están acostumbrados á largas navegaciones dicen que el mar no

puede estar mejor, y que el Atlántico no suele gastar mejor carácter

que el que ostenta estos días, sin duda para no dar gusto á los que

han creído que era peligroso embarcarse en el _Touraine_ al verificar

su 13.ª expedición. Yo, por mi parte, no quito ni pongo rey, aunque

se me figura que siendo el barco de un porte tan espléndido que no

figuraría desdeñosamente al lado de nuestro _Pelayo_, no debería

moverse hasta el punto de tener unas tres cuartas partes del pasaje

en las literas, y ponerme en el caso de hacer tales garabatos al

escribir estas cuartillas, que temo van á arrancar venablos y

centellas á los desdichados cajistas que se vean en el caso de

traducirlas y componer las columnas de _La Vanguardia_.

* * * * *

Interrumpida varias veces esta carta por los balanceos, he de añadir

que los días se suceden y no se parecen; en la noche del 22 hemos

tenido un _coup de vent_ que nos ha tenido angustiados, y el 23

ha nevado, manteniéndose los hielos y carámbanos todo el día en

el solado de los puentes y en los barrotes de las barandillas. El

termómetro marcaba 5 grados bajo cero. Hoy, 24, la niebla lo invade

todo, la sirena pita cada dos ó tres minutos, y el pasaje, á pesar

del evidente peligro que corremos, está contento porque el mar es

bonancible.

Llegó por fin el día suspirado: luce el 25 de marzo y estamos ya á

escasas millas de New-York. Vese ya tierra firme, la Long-Island, la

primera tierra americana para la mayor parte de los pasajeros del

_Touraine_, y todos contemplamos, extasiados, el nuevo continente

tantas veces ansiado y tan penosamente conseguido.

Los emigrantes, alemanes é italianos, entonan en este momento un

himno á la nueva patria, espléndida manifestación, concreción

vigorosa de sus bellas esperanzas.

Allá, con la vista fija en la proa del barco, todo el mundo espera

con ansia que la estatua de la «Libertad iluminando al mundo» nos

fije el término del viaje, y mientras los pasajeros de tercera

dedican á la patria ausente su mejor recuerdo, los españoles que

vamos á Chicago con las responsabilidades que ha de exigirnos algún

día la patria querida, volvemos también la vista hacia el Este

del mundo, en donde hemos dejado nuestras afecciones y nuestros

recuerdos, para cultivar, en tierra extraña, cobijados por el

pabellón de España, los intereses que nos han confiado el Gobierno y

los compatriotas que nos han honrado con su confianza y su amistad.

Y en este momento, cuando 3,000 millas de mar me separan de Europa,

me parece haber echado un cable en este trillado espacio, cable

amarrado en las oficinas de _La Vanguardia_ y en el pabellón de

España de la Exposición de Chicago, que manteniendo estrecha relación

de afectos entre ambos puntos, explique periódicamente á esos

lectores cómo se desarrollan en América nuestras simpatías, como se

gestionan nuestros intereses y cómo se trabaja para enaltecer el

nombre de España en aquella apartada región del continente americano.

¡Qué gran recompensa para todos, si tan ruda labor consigue

prestigios, gloria y riqueza para la patria!

Viaje a America, Tomo 1 de 2 Estados Unidos, Exposición Universal de Chicago, México, Cuba y Puerto Rico · 第 7 / 37 题