New-York

[Ilustración]El espectáculo más grandioso que New-York ofrece

al viajero es el de la bahía, con su movimiento portentoso, sus

ferry-boats, sus dársenas, sus flotas comerciales, sus edificios

colosales que sobrecogen más que admiran, y el tráfico que revela el

soberbio mecanismo del segundo puerto del mundo por su importancia

y el primero por su belleza soberana. El conjunto del panorama no

tiene rival; el que ha visto New-York desde la bahía, bordeada por

el Hudson y el Harlem river, adornada con la estatua de la libertad

iluminando al mundo, el puente suspendido que enlaza la ciudad á

Brooklyn, los docks y almacenes, los buques que entran y salen,

los remolcadores que silban constantemente, las muchedumbres que

van en los ferry-boats agitando los sombreros y saludando á los que

llegan, los trasatlánticos franceses, ingleses, españoles, alemanes

y norteamericanos, en sus desembarcaderos, amarrados á las dársenas

adornadas con los pabellones de los respectivos países, y con los

aparatosos anuncios de las Compañías navieras, los grandes edificios

de la ciudad, cubiertos de cúpulas extrañas, con linternas que las

rematan, amontonándose en el horizonte y proyectándose las unas sobre

las otras, formando montón abigarrado y pretencioso, los letreros de

caracteres colosales, pintados con colores chillones, como si los

vecinos de aquella ciudad acusaran á la humanidad entera de padecer

intensa miopía, todo sobrecoge el ánimo subyugado por aquella orgía

de movimiento, ruido y color que forma un conjunto monstruoso,

extraño, inusitado ante el que toda apreciación resulta incompleta

y todo juicio imposible. Y mientras el viajero sigue con la vista

las variadas siluetas que presenta la ciudad y el puerto, á medida

que el trasatlántico va avanzando, camino de la dársena, el empuje

simultáneo de tres remolcadores lo dejará atracado, en breve tiempo,

para que el pasaje pueda desembarcar tranquilamente, y pisar, después

de ocho días de zozobras, la tierra americana.

El recorrido desde el puerto á la fonda española de la calle catorce,

atravesando calles mal iluminadas, sucias y poco concurridas, no da

á New-York un aspecto lisonjero; la calle catorce, en cambio, con sus

iglesias, teatros, establecimientos públicos y privados, ofrece ya

al cansado viajero el espectáculo de una gran ciudad, de fisonomía

inglesa, que á primeras horas de la noche se entrega al descanso,

dejando abiertas las tiendas por puro lujo y reclamo más ostentoso

que bonito.

La fonda española de la calle catorce, modestita como todo lo

nuestro, ofrecióme buena mesa y limpia cama, calefacción bien

entendida y confort suficiente para el que, acostumbrado, como yo, á

disfrutar de todo, con lo bueno, cuando pasa, y resignado con lo malo

y mediano, recordaba la movediza litera del _Touraine_, el ruido de

la maquinaria y las maniobras de un trasatlántico en fatigosa lucha,

durante ocho días, con las tornadizas aguas del Atlántico.

Levantéme remozado, contento y decidido á dar un vistazo á

New-York, la ciudad europea de América, por excelencia, la que

dando hospitalidad á todas las razas y á todos los intereses del

mundo, ha conservado algo del viejo continente, rasgos fisionómicos,

necesidades de otras costumbres aportadas con el bagaje de las

preocupaciones, de los vicios, del modo de ver y sentir padecidos

en otras playas, en el fondo del Este del mundo, iluminado aún en

mi cerebro con los recuerdos de un continente adornado con las

obras prodigiosas de artistas, gloria de las naciones europeas, de

Italia, Francia, España, Inglaterra... cuyos monumentos han dado á

la arquitectura de los palacios y monumentos de New-York sus rasgos

fisionómicos, su carne y sus huesos, sus líneas ornamentales y sus

estilos más renombrados, pero, falto todo del rasgo genial que es

emanación purísima del espíritu, y concreción hermosa de la labor del

arte al través de los siglos y de la sangre ardiente de las razas

artistas del mundo.

Basta echar una ojeada al plano de New-York para distinguir la

parte vieja de la nueva, la obra de los primeros pobladores,

encariñados con las rancias ideas de una urbanización enrevesada, de

calles estrechas y tortuosas, de ventilación difícil y saneamiento

imposible, de la gran porción de ciudad extensa, cuadriculada, con

ejes normales al Hudson y al Harlem rivers, y un gran pulmón central,

The Central Park, rodeado de avenidas majestuosas, adornado de

estanques, lagos, arboledas, prados, estatuas, monumentos, cliché

fastidioso de todas las grandes ciudades, aunque sin caer, en el afán

de trazas y alzados, de colores, cenefas y combinaciones que dan al

conjunto el aspecto de un cromo de dimensiones colosales, en que la

naturaleza pierde el encanto de sus expansiones bravías y sus notas

acentuadas y vigorosas. Pero prescindiendo de ese órgano expansivo,

de ese generador de oxígeno empotrado, casi, en el centro y en forma

de rectángulo, en las grandes cuadrículas neo-yorquinas, el número

de plazas de la primera ciudad americana resultan pequeñas, notándose

el afán de aprovechar la península que forman los dos ríos que la

abrazan y estrechan, fijando límites á su inmenso poder de expansión.

Y como si un gigante, cansado de tanta monotonía, de tanta línea y

ángulo recto, de tanta cuadrícula antiestética, atravesada en sus

ejes principales, en sus trazas más holgadas por los ferrocarriles

elevados, hubiera querido poner á su enojo, feliz expresión y rasgo

permanente de sus osadías, cruzando con ondulante rasgo las calles y

avenidas más concurridas de la ciudad neo-yorquina, surge en plano

tan simétrico, la calle más irregular, más fastuosa, más larga y más

extraña, que conoce el mundo entero con el nombre de Broadway.

El Broadway es como el Regent street en Londres, como los bulevares

centrales en París, como la Rambla en Barcelona, la nota típica

de New-York, el eje de giro de todo su tráfico, el centro de los

negocios, el lugar más frecuentado y el punto preferido para

localizar las tiendas más suntuosas, los bancos y las sociedades

de crédito más en boga, los edificios de las compañías de seguros

más repletas de millones, los restaurants y bars de moda, la vía

que cruzan los tranvías de tracción animal más frecuentados y los

coches de los potentados, de los ricos legendarios, cuyo activo

asombra á tantas gentes, y lugar preferido por la bohemia universal

para paseo, en que desfilan, con su aire decidor y algún tanto

desenvuelto, las bellezas neo-yorquinas que de las nueve de la mañana

á las cinco de la tarde de los días de labor, van recorriendo tiendas

y bazares con ansias verdaderamente pavorosas para los bolsillos de

padres y maridos.

El Broadway y sus alrededores Wall Street, Broad Street, Nassau

Street y Fulton Street, durante las horas de tráfico presentan una

animación extraordinaria, sólo comparable á la City de Londres y

al Downtown de Chicago. Formarse idea entonces de los edificios

suntuosos del Broadway y de los palacios é iglesias, de las calles y

plazas de aquel gran centro, requiere estar en posesión de una cabeza

muy sólida para sobreponerse al ruido, movimiento y confusión de un

tráfico abrumador, que alcanza su máximo entre Madison square y la

calle que termina en la punta de la península formada por los dos

ríos, llamada Batería.

Respecto á la belleza de los edificios principales del gran

centro comercial de New-York, el europeo si va á América con los

prejuicios del viejo continente, si no empieza por considerar que

el yankee sacrifica gustoso las líneas y los adornos de los estilos

arquitectónicos más preciados, á lo que entiende que mira como fin

primordial, á lo útil y á lo cómodo, perderá lastimosamente el

tiempo, tratando de explicarse por qué se han mezclado en un mismo

edificio detalles hermosos y bien concebidos, de estilos puros,

con adefesios y composiciones extravagantes que parecen la obra

caprichosa de un niño que deja correr el lápiz sobre el papel, sin

preocuparse de las reglas establecidas y de los criterios adoptados,

esquemas obligados de todo proyecto arquitectónico.

Si fuera posible prescindir del conjunto de aquellos edificios

colosales, montón de sillería de arenisca roja con tonos negros,

en que domina el cubo exagerado en todo, como signo de riqueza, ó

valentía de raza, ó ambas cosas á la vez; si prescindiendo de la

falta de harmonía que hay entre alzados que desafían las nubes, y

puertas y ventanas achatadas que dan á la entrada principal del

edificio apariencias de antro, y á las bocas de luz y aire, aberturas

rasgadas en muros espesos que asemejan aspilleras de barbacana, y se

fijara la vista en detalles atrevidos, en capiteles, frisos, aleros,

dinteles bien dibujados y sentidos, en arcos caprichosos, en columnas

y pilastras ampulosas y holgadas, en trazas movidas, huyendo de la

forma rectangular y cuadrada que en nuestras calles resulta monótona,

fría, y para el arquitecto pie forzado que mata todas sus iniciativas

y fantasías, aun se hallaría materia sobrada para trazar un cuadro

vigoroso y sentido de la arquitectura neo-yorquina, escasamente

emancipada de los estilos viejos de Europa, y menos atrevida que la

de las ciudades del Far-West, que si admira como obra de cálculo,

resulta como arte una cosa digna de severa censura.

Pero el que cruza por vez primera la quinta avenida, Madison

square, la calle catorce, el Union square, y sigue el Broadway,

echando una rápida ojeada al Grace church, al edificio de Welles

and Standard Oil C-O., al Washington building, á la Subtesorería

de los Estados Unidos, á la estatua de Jorge Washington, queda

encantado, y especialmente ante una iglesia gótica, cuyo nombre

no recuerdo, rodeada de un cementerio, con sus piedras tumulares,

sus estatuas y sarcófagos suntuosos, rodeado por una verja de

hierro, creciendo entre las tumbas plantas trepadoras adornadas

de flores, que hizo brotar allí la mano piadosa de una madre ó de

una esposa, nota extraña que parece el memento terrible que está

allí perenne, para recordar á los que pasan, con la angustia en la

frente, azorados y enloquecidos por la fiebre del oro, el fin de

esta vida y el principio de otra, en que para nada nos servirá el

bagaje de las riquezas acumuladas en los grandes centros comerciales

del mundo, como no sea de estorbo para llegar más velozmente al

término suspirado de la eterna dicha. Pero el viandante hostigado

por el ansia de ver cosas nuevas, atraído por edificios tan

variados, colosales, majestuosos, fíjase al fin en una cúpula

montada sobre base estrechísima de un edificio de no sé cuantos

pisos que ostenta, en letras colosales, la palabra «The World», ya

vista desde el puerto, antes de que atraque el trasatlántico á la

dársena de su destino, nombre de un periódico famoso que tira, en sus

ediciones diarias, más de sesenta mil ejemplares, vendidos á precios

desconocidos aquí, á cinco centavos, ó sean veinticinco céntimos

de peseta cada número, dando tanta lectura y tantas viñetas cada

día, con tipos de imprenta pequeños, que no se comprende de dónde

sacan tanto material que pagan generosamente sus editores, haciendo

lucrativa y decorosa la vida de los que se dedican á la prensa diaria

y periódica en el Nuevo mundo, y que con otros diarios de igual ó

parecida importancia acusan la medida y los alcances de aquel gran

centro comercial.

Y como mi estancia en New-York, solicitado por mis deberes

perentorios en Chicago, me obligan á partir, sin que pueda formarme

idea exacta de la vida, los recursos y las costumbres del gran

emporio americano, sólo por no dejar solución de continuidad en mi

viaje, doy esta nota fugaz y rapidísima de mi paso por New-York, que

voy á enlazar con las dos visitas hechas á las cataratas del Niágara,

maravilla del Nuevo mundo, cuya impresión voy á apuntar aquí, antes

de entrar en la eterna rival de New-York, la gran Chicago.

[Ilustración: LAS CATARATAS DEL NIÁGARA]

Viaje a America, Tomo 1 de 2 Estados Unidos, Exposición Universal de Chicago, México, Cuba y Puerto Rico · 第 9 / 37 题