Casi al filo de mediodía, una horda de caníbales se reunía en la Puerta
del Sol, mejor dicho, se diseminaba, marchándose cada animal por su
lado, después de acordar juntarse por la tarde en el mismo sitio.
Así lo hicieron, y las autoridades miraban aquello como se mira una
fiesta. Pasadas las cuatro, los grupos volvieron a invadir la Puerta
del Sol. Había en ellos una frialdad solemne y lúgubre, como de quien
no fía nada al acaso ni a la pasión, sino al cálculo y a la consigna.
La autoridad seguía no viendo nada, o negligente o cómplice o imbécil,
que las tres cosas pueden ser. Los grupos susurraban, y por un momento
vacilaron; al cabo de cierto tiempo dirigiéronse por la calle de
Carretas, y las de Barrionuevo y la Merced, a la cárcel de la Corona.
Llenose la calle de la Cabeza en su mayor parte. Destacábase al frente
de uno de los grupos el ciudadano Pelumbres, arengando como una bestia
que hubiese aprendido, durante corto tiempo y por arte milagroso, el
lenguaje de los hombres. Casi todos llevaban armas, menos él.
Considerando que su persona no estaba completa, pidió una navaja; mas
como nadie se hallase dispuesto a tal generosidad, dirigió su mirada
de buitre a todas partes. Hacia la calle de San Pedro Mártir construían
una casa. Pelumbres se acercó a la empalizada: vio algunas piedras de
granito a medio labrar, y encima de ellas un gran martillo.
—Para el sastre la aguja —dijo—, la lezna para el zapatero, el cuerno
para el toro, y para el herrero el martillo.
Cuando se dirigió con su arma al hombro a la esquina de la calle de
Lavapiés, sus compañeros rompían a hachazos la puerta de la cárcel.
Los milicianos, no queriendo sostener una lucha contraria al progreso,
según su criterio, ni tampoco entregarse sin resistencia, habían
asegurado la puerta con un solo cerrojo, y en el zaguán se disponían
intrépidos a descargar sus armas... al aire.
La puerta no se resistió mucho. Lo que empezaron los hachazos, dos
docenas de coces lo concluyeron. Disparáronse al aire varios fusiles
de milicianos; la turba penetró en el patio de la cárcel, rápida como
un brazo de agua, rugiente y soez. Hay un grado de ferocidad que la
Naturaleza no presenta en ninguna especie de animales: solo se ve
en el hombre, único ser capaz de reunir a la barbarie del hecho las
ignominias y brutalidades de la palabra. Viendo a los hombres en
ciertas ocasiones de delirio, no se puede menos de considerar a la
hiena como un noble animal.
El calabozo de Vinuesa era bastante conocido de casi todos los que
entraron. Cómo lo abrieron no se sabe. La turba que en la calle era
gruesa, se afiló para entrar en la cárcel. Para penetrar por una
puertecilla estrecha tuvo que aguzarse más. Parecía una serpiente
de largo cuerpo y cabeza estrecha, introduciendo su boca por una
hendidura. El cuerpo se agrandaba en el patio; enroscándose, salía a
la calle, daba varias vueltas por las inmediatas, y la cola, parte en
extremo sensible y movible, culebreaba en la plazoleta de Relatores.
La cola se componía de mujeres. Cuando Vinuesa vio que entraban en
su calabozo aquellos hombres terribles, comprendió que su fin era
inminente. Poniéndose de rodillas y cruzando las manos, gritó:
—¡Perdón, perdón!
El calabozo retumbaba con las imprecaciones. Viose en el aire un
círculo rápido, espantoso, trazado por un pedazo de hierro adherido al
extremo de un palo, que blandían manos vigorosas. El martillo describió
primero un círculo en vano, después otro... y la cabeza del infeliz reo
recibió el mortal golpe. Siguiole otro no menos fuerte, y después diez
navajas se cebaron en el cuerpo palpitante.
* * * * *
Lavaban los asesinos el martillo en la fuente de la calle de Relatores,
cuando el gobierno resolvió desplegar la mayor energía. ¡Qué sería de
esta nación si la Providencia no le deparase en ocasiones críticas el
tulelar beneficio de un gobierno! La noticia del crimen corrió por
Madrid, y la Villa, que es y ha sido siempre una villa honrada, se
estremeció de espanto y piedad. El gobierno se estremecía también, y
declaraba con patriótico celo que no descansaría hasta castigar a
los culpables. Para que nadie tuviera duda de su gran entendimiento y
perspicacia política, mandó que inmediatamente se pusiera fuerza del
Ejército en el edificio, y por si alguien tenía dudas todavía de su
diligente y paternal actividad, ordenó que al instante y sin pérdida
de momento, _se instruyesen las oportunas diligencias_. Quejarse de un
gobierno así es quejarse de vicio.