Cuando Gil de la Cuadra y Regato se quedaron solos, siguieron oyendo
aquel rumor de voces que resonaba en el patio de la cárcel. Durante
más de un cuarto de hora el estrépito fue grande. Gil de la Cuadra,
comprendiendo que el populacho había invadido el edificio, se puso de
rodillas y, cruzando las manos, rezó en voz alta.
El otro desgraciado se hinchaba y gruñía. De su rostro congestionado
afluía copioso sudor. Trataba de romper sus ligaduras y de escupir
su mordaza; pero unas y otra habían sido puestas por buena mano. Por
último, tras repetidos esfuerzos, de su boca pudo salir una voz, más
que voz, silbido, que decía:
—¡Piedad, piedad!
Gil de la Cuadra se acercó a él y limpiole el sudor de la frente.
Las miradas de Regato eran tan expresivas pidiendo compasión; las
contracciones de su cara tan violentas, que el primer preso no pudo
resistir el estímulo de sus sentimientos compasivos, y le quitó la
mordaza.
—¡Ah... gracias, gracias! —exclamó el agente de Su Majestad aspirando
con delicia el aire fétido de la prisión—. Aire, aire... me ahogo aquí.
—Pero con esto concluyen mis complacencias —dijo Cuadra—. No le quitaré
a usted la cuerda, eso no.
—Toque usted mi cintura —murmuró Regato—. ¿Qué suena en ese cinto?
Dinero. Todo eso por la libertad... pero suélteme usted.
—No puedo.
—¡Y el populacho ha entrado en la cárcel! ¿Ha sentido usted, señor Gil?
—Sí; me pareció que entraba en el patio una ola del mar... Ahora parece
que ha cesado el rumor. Se alejan.
—Se alejan, sí. Pero aún se sienten voces. Ese malvado volverá a entrar
aquí... ¡Favor, pueblo!... ¡Pueblo mío, favor!
Los gritos de Regato no traspasaban los muros de la prisión.
—Señor Gil —gritó con acento de desesperación—: saque usted mi espada y
máteme. Un hombre de mi temple no puede soportar este suplicio.
—Calma, calma, señor don José Manuel —dijo Cuadra poniendo la mano
sobre la cabeza del agente—. Yo suplicaré a mi amigo que no le haga a
usted daño alguno... Pero, tarda, tarda.
—¡Su amigo! ¿Pues no tiene la vileza de llamarle su amigo? —dijo Regato
poniéndose tan encendido como cuando tenía la mordaza.
—Mi amigo, mi protector, mi salvador..., pues si él no existiera, ¿qué
sería de mí?... Pero tarda, ¿no es verdad que tarda?
—¡Estúpido viejo! —gritó Regato fuera de sí—, ten vergüenza, y córtate
la mano antes que estrechar con ella la de ese hombre...
—¡Yo!... En mi corazón no existe ya ni puede existir el odio. Y si
existiera, para ese hombre no tendría sino amor, una admiración
respetuosa, un afecto paternal.
—Es verdad que hay cariños muy singulares —dijo Regato sonriendo con
infernal malicia—. Yo conocí a un sujeto que sacaba a paseo, llevándole
a cuestas, al cortejo de su mujer.
Gil de la Cuadra creyó que Regato sufría enajenación mental. Compasivo
se acercó a él.
—Vendrá pronto —le dijo—. Yo intercederé por usted... pero tarda, ¿no
es verdad que tarda? Ahora apenas se oye ruido.
—Intercederá usted —añadió Regato con afán de perversidad—. Y si él le
pide algo en cambio, le dará usted su mujer... no, porque murió; pero
aún tiene usted una hija. Sin embargo, como él la tiene en su casa, se
habrá cobrado por adelantado.
—Señor Regato —dijo Cuadra con severidad—, el lenguaje de usted es
propio de un loco.
—¡Imbécil, imbécil! El de usted es propio de un ciego... ¡Pobre doña
Pepita! Era una excelente señora, y tan guapa... Seguramente, si no
hubiera dado con un esposo tan crédulo como usted...
—Señor Regato —ordenó Cuadra con enojo—, le digo a usted que se calle.
—No digo más sino que aquella señora era una buena pieza.
—La desastrosa situación de usted me impide contestar a esa insolencia
como se merece.
—¿De veras cree usted que la hermosa dama era un modelo de virtudes?
—Sí, canalla: sí lo creo —gritó trémulo de ira Gil de la Cuadra,
buscando con vacilante mano la espada.
—Pues mis noticias son que pecó varias veces. Dígalo Salvador Monsalud
que fue su cortejo... ¡Oh, Dios mío! Estoy preso, estoy atado... Pero
en mi horrible situación me das armas; me das este veneno que escupo y
con el cual mato.
—¡Miserable!...
Gil de la Cuadra corrió hacia él y le oprimió el cuello.
—Ahógame, necio —gruñó Regato—, ahógame. Mi último suspiro será para
echarte en cara tu vilipendio. Ese hombre, ese amigo mío...
—¡Qué dices!...
—Te burló, te burló. En Francia, todos los españoles lo sabían menos
tú...
Gil de la Cuadra vacilaba. Una idea cruzó como un relámpago por su
cerebro; una idea confusamente mezclada con recuerdos, palabras,
coincidencias, detalles.
—El majadero no lo cree —dijo Regato, ya libre de las manos que le
apretaban el cuello—. Voy a darle pruebas para que calle.
—¡Pruebas! Está loco. Cállese usted. Esto es una farsa... ¡Pero ese
hombre no viene, Santo Dios!
—Pruebas, sí. Ponga usted la mano sobre el costado derecho, en la
pechera del uniforme mío que tiene puesto. ¿Qué hay en ese bolsillo?
—Un bulto, una cartera.
—Un paquete. Sáquelo usted.
—Ya está. Cartas...
—Lea usted...
—¿Qué es esto? Una carta firmada _Amézaga_.
—Siga, hojee usted ese precioso libro. Tras esa joya vendrá otra.
Gil de la Cuadra, acercándose al ventanillo por donde entraba una débil
luz, recorría una tras otra con ardiente curiosidad las cartas.
—A prisa, a prisa. Pase usted todas las primeras. ¿Qué viene ahora?
—Una lista con varios nombres.
—Adelante... ¿Y ahora?
—Una...
Gil de la Cuadra calló de improviso. El corazón saltole en el pecho.
Quedose frío, mudo, atónito, lleno de espanto, como el que se ve en el
borde del abismo y comprende con veloz juicio que no hay más remedio
que caer.
—¡Ah! —dijo Regato—. El imbécil ha puesto al fin la mano sobre
el delito de su esposa. Es tan bruto que necesita tocarlo para
comprenderlo.
Gil de la Cuadra seguía leyendo.
—¿Qué dice la carta? —añadió el agente—. Tras esa vienen otras muchas.
Yo he pasado buenos ratos leyéndolas. ¡Cómo palpita en ellas la pasión!
¡Qué ardor, qué ternura! Y los dos amantes disimulaban bien... ¡Cuántas
precauciones para engañar al bobillo! Se encuentran en esas cartas
traiciones inauditas, alevosías de él y de ella. La señora parecía más
apasionada que... nuestro amigo.
Gil de la Cuadra seguía leyendo. De repente se desplomó. Un ay de
dolor, exclamación aguda y penetrante, parecida a las que exhalan los
que sufren repentina muerte, salió de sus labios. Cayó al suelo. Su
mano estrujaba un papel.
—El incrédulo parece convencido... ¡Menguado viejo, ahí tienes a
tu Providencia, ahí tienes a tu Salvador, ahí tienes a tu amigo
querido!... ¡Le has entregado a tu hija!
Cuando esta última palabra resonó en la prisión, estremeciose el cuerpo
del anciano herido en su alma. Irguiendo la cabeza, abrió los ojos,
diose furibundo golpe en la frente con la palma de la mano, y repitió:
—¡Mi hija!
Un instante después Gil de la Cuadra estaba sentado en el suelo, los
ojos fijos, el cuerpo encorvado, los labios entreabiertos, atónito,
lelo...
Abriose la puerta. Monsalud entró.