Ninguna importancia dio Monsalud a tal incidente. Fijábase ante todo en
la amenaza de concitar contra él el odio de los Pelumbres y comparsa.
Esto le pareció un verdadero percance, por ser Regato omnipotente en
tal especie de guerra. Considerando la maldad de aquel hombre, vio un
peligro real y cercano, y comprendió que no eran palabras vanas las
referentes a la brutalidad vengativa de los amigos del agente de Su
Majestad. Su mente se llenó de las ideas evocadas por el peligro, y
pensó en los medios de librarse del que con una mano ofrecía oro y con
otra porrazos.
«Este tunante —pensó Monsalud— no me perdonará. No soy quien soy, si
dejo a este reptil en disposición de morderme.»
Cuando esta idea cruzó por su mente, tuvo otra felicísima: seguir
aparentando perplejidad para que Regato le creyese inclinado a una
inteligencia.
«Mucho lo piensa —dijo para sí don José Manuel—. Su indecisión es buena
señal. No se enfurece, no grita, no dice una palabra de su honor.
Sacaré el dinero para que viéndole... pues...»
—Déjeme usted pensar un rato lo que debo hacer —indicó Monsalud.
Conservando una seriedad ficticia, Regato empezó a contar dinero sobre
la mesa.
—No se trata de ningún desafuero —dijo—, sino de un servicio. Mi objeto
solo es que Vinuesa no muera, y que la irritación del pueblo pase sobre
él como pasan las olas por encima de una roca sin conmoverla. Si el
pueblo registra demasiado los calabozos y quiere hacer alguna atrocidad
en cabeza absolutista, lo más acertado me parece sacar a Vinuesa de su
encierro, esconderle en las buhardillas... y nada más. El Alcaide es un
borracho y un fanático. No me atrevo a hablarle, porque estamos reñidos
desde hace tiempo. Ni él me traga a mí ni yo a él, ¿entiende usted?
Va para un año que no pongo los pies en esta casa y a nadie conozco
en ella. Pero usted puede hacerlo todo. Los milicianos que están de
guardia no es fácil que se enteren.
—¡Oh!, sí, es muy fácil —dijo Monsalud.
«Pide mucho —pensó Regato—, habrá que hacer un sacrificio mayor.»
«¡Ah!, tunante —pensó Monsalud mirándole fijamente, pero sin dejar
conocer su idea—: tú has creído jugar conmigo, y yo, aunque no soy
agente de Su Majestad, ni dispongo de fuerza alguna, ni de grandes
caudales, te voy a sentar la mano de tal modo que has de acordarte de
mí toda tu vida.»
La sonrisa del triunfo presente o anunciado por el corazón, alteró el
semblante pálido y serio de Salvador; pero Regato, sin advertir nada,
continuaba manoseando las peluconas.
«Te juro, miserable —prosiguió Monsalud, pensándolo—, que el lazo que
voy a armarte y en el cual vas a caer como un pajarillo inocente, se
deja atrás a tus diabólicos ardides. Cuenta, cuenta dinerito.»
—¿Lo ha pensado usted? —preguntó Regato.
—Hombre, sí que lo he pensado... ¡Qué demonios! Este es un país donde
las personas honradas no pueden conservar su honradez. No hay medio de
vivir: todo cuesta un ojo de la cara.
«Tiene apuros... —pensó Regato—. Cayó. La historia de siempre.»
—Por el momento —dijo Salvador—, guarde usted ese dinero. Puede pasar
alguien, oír su sonido seductor, y entonces... las sospechas...
—Está bien, muy bien —manifestó el comunero miliciano encerrando las
onzas en el cinto.
—Y ahora discurramos lo que se ha de hacer.
—Es muy sencillo: sacarle del calabozo sin que lo vea nadie, y subirle
a las buhardillas. Salga usted a ver si ya el señor Alcaide está
durmiendo la mona. A los demás empleados de la cárcel se les puede dar
algo... Eso a juicio de usted.
Monsalud empezó a dar pasos por la habitación. El plan que rápidamente
había concebido para dar una severa lección y un castigo muy duro al
agente, presentósele muy difícil de realizar.
«Atarle aquí, ponerle una mordaza y subirle a las buhardillas —pensó—
es muy aventurado. Gritará... Da la maldita casualidad de que no hay un
solo calabozo vacío. ¿Pero no habrá algún calabozo vacío?... El 17 se
ocupó ayer... el 14 no se desocupará hasta mañana.»
Siguió meditando.
—No debemos perder tiempo —dijo súbitamente Regato—. Entremos ambos
en el encierro de Vinuesa. Son las tres y media. El Alcaide duerme
la siesta. Hable usted con los calaboceros que puedan estorbar. Los
milicianos están en el cuerpo de guardia, y si hay algunos en el patio,
les convidaremos a café. Mande usted traer copas y café, diciéndoles
que es hoy su cumpleaños.
Monsalud se echó a reír.
«No está mal cumpleaños el que a ti te espera», pensó.
Ya tenía un nuevo plan.
—Espéreme usted aquí —dijo—. Voy a dar una vuelta por la cárcel. Veré
si duerme el Alcaide; diré dos palabras a los calaboceros, aunque se
me figura que no serán necesarias tantas precauciones. La prisión de
Vinuesa está bajo la escalera, y no será preciso pasarle por el patio,
¿entiende usted?
—Entiendo... ¡Oh, las cosas se presentan bien! —dijo Regato—. En fin,
vaya usted... No olvidarse de las copas. Con los milicianos no se puede
contar sino engañándoles, lo cual es facilísimo. Dígales usted que se
han recibido noticias de que viene Riego con su ejército, con veinte
ejércitos como los de Jerjes a conquistar a Madrid. Yo no bajo, porque
se me pegarían, no me dejarían respirar.
Monsalud salió de la pieza, recorrió la cárcel, habló brevemente con el
Alcaide, que en aquel momento se disponía a dormir la siesta. Este,
recomendándole mucha vigilancia, le dijo:
—Me parece que no tendremos la jarana que se anunció. Alarmas,
invenciones de los desocupados. No se ha visto hasta ahora un solo
grupo sospechoso en toda la calle, y me parece que tendremos un día
tranquilo. Además, la Milicia no toleraría ningún desmán. Está decidida
a que nadie traspase el umbral de la cárcel.
Pasado algún tiempo desde que el Alcaide se encerró en su cuarto,
convidó Salvador a los milicianos, siguiendo las advertencias de
su sobornador, y dio luego varias órdenes a los dos calaboceros
que estaban a la sazón en la casa, enviándoles a puntos de donde
no pudiesen volver antes de un cuarto de hora. Con estas ligeras
precauciones había seguridad completa, como ahora mismo se verá.
Bajo la escalera de la cárcel, en el oscuro hueco que formaba el
primer tramo, había una puertecilla poco visible. Era la puerta del
calabozo en que estaba Gil de la Cuadra, la única prisión en la cual se
podía entrar sin atravesar el patio y las crujías bajas del edificio.
Monsalud tomó un pedazo de tiza y en la puertecilla dibujó groseramente
una horca con su correspondiente ahorcado, cuidando de poner debajo:
_Tamajón_. En seguida subió: de un cuarto oscuro destinado a trastos
sacó dos objetos que guardó cuidadosamente, dirigiéndose al punto en
busca de Regato. Momentos después ambos se aproximaban a la puerta del
calabozo.
—¿Conque aquí está ese desgraciado? —dijo el agente de Su Majestad—.
—Sí, ya veo la célebre horca y los letreros.
Monsalud abrió y entraron. Al principio la oscuridad no les permitió
ver objeto alguno.
—Señor don Matías —dijo Regato adelantando en las tinieblas.
—¿Quién es? —murmuró Gil de la Cuadra.
—Señor Vinuesa...
Monsalud cerró por dentro.
Pasó un rato antes de que el agente conociese el engaño.
—¿Qué es esto? —gritó—. Engaño, traición... ¡Salvador!
—Engaño, traición —repitió este.
—¡Infame, abre pronto, o te ahogo! —exclamó el gato, ciego de ira y
amenazando con la crispada zarpa el cuello del joven. Con movimiento
rápido echó mano a la espada.
Monsalud levantó el brazo derecho y descargó sobre el agente un bofetón
olímpico, una de esas bofetadas supremas y decisivas, que recuerdan la
quijada de asno de que Sansón se servía. Regato cayó al suelo. En pocos
segundos Monsalud le amordazó.
—Ahora —le dijo—, desnúdate..., ¡pronto!
Nunca el agente se había parecido tanto a un gato. Arañó a su enemigo,
y falto de habla, bufaba sordamente.
—Desnúdate pronto, o te aplasto, reptil. Necesito tu uniforme de
miliciano.
Gil de la Cuadra miraba con estupor la singular escena.
—Necesito tu uniforme.
Monsalud tiraba de las mangas, desabrochaba los botones. En poco tiempo
el morrión, los pantalones, la casaca y la espada de Regato, fueron
arrojadas al rincón opuesto. Inmediatamente el joven sacó una larga
cuerda, y con mucho trabajo, porque el gato se defendía rabiosamente,
le ató con tal fuerza que no podía moverse. Las argollas que había en
la pared de la prisión le sirvieron para sujetar al nuevo preso, que
hubo de quedar adherido, clavado al muro como un murciélago.
—Señor Gil —dijo Monsalud imperiosamente—, póngase usted ese vestido de
miliciano. Pronto será de noche. ¡A la calle!
Gil de la Cuadra no apartaba los ojos del triste espectáculo que tenía
delante.
—Pronto... ¡el uniforme! —repitió Monsalud—. Saldrá usted ahora y le
ocultaré en mi cuarto hasta que sea de noche. ¡Pronto!
Gil de la Cuadra obedeció, y en silencio empezó a vestirse.
Pausa; silencio profundo. Sintiose luego un rumor que crecía, crecía, y
de rumor se trocó en mugido sordo, confusas palabras de gente, gritos,
pasos, puertas que se cerraban. Sonaron varios tiros.
Monsalud, después de asegurar con toda su fuerza la cuerda que ataba a
Regato, salió lleno de zozobra del encierro.