—Amézaga le escribió a usted varias cartas que le comprometen, pero de
una manera... La causa está abierta. Ya sabemos que este es uno de los
asuntos en que Su Majestad no perdona. Se trata de sus chicoleos en
Valencey, de sus diabluras con los Bonapartes... en fin, ello es grave,
y no hay gobierno, por patriotero que sea, que no apoye a nuestro rey.
—Eso es historia antigua —dijo Salvador con desdén.
—Antigua, sí: yo no he visto las cartas de Amézaga dándole
instrucciones a usted y a otros conspiradores para publicar las
aventurillas de Su Majestad; pero el amigo mío que las posee, me ha
dicho que son terribles. Con la mitad de aquello se sube al cadalso en
todos tiempos.
Salvador sentía viva agitación.
—El año 19, usted conspiraba; usted se vio obligado a esconderse hoy
aquí, mañana allí, para burlar a la policía. En una de estas mudanzas
un amigo mío se apoderó de un paquete de cartas que tenía mi señor
don Salvador en la gaveta de su mesa. Según me ha dicho, las había
políticas, amorosas, familiares, de todas clases.
—Es verdad que perdí unas cartas; ¿pero qué...?
—Que el poseedor de ellas las guarda como oro en paño. Ni siquiera a mí
me las ha querido mostrar. ¿Sabe usted quién es? Alonso Sánchez, que
fue de la policía, y ahora está cesante, y como cesante, desesperado.
Posee una admirable colección de papeles curiosos... Es amigo mío, muy
amigo mío.
Monsalud no contestó. Regato, al decir lo que antecede, apretó el
brazo contra su cuerpo, complaciéndose en sentir bajo el uniforme
el contacto de un objeto semejante en tamaño y dureza a un paquete
de papeles. Había mentido como un bellaco. Las cartas firmadas por
Amézaga y dirigidas a Monsalud en julio del 14 las tenía él, juntamente
con otras de dudoso valor político, por ser esquelas de amores o de
familia. Habíalas recibido del agente de policía, y las guardaba, como
otros muchos tesoros epistolares, esperando que llegase la ocasión de
utilizarlas. El astuto intrigante daba gran importancia a todo papel
que en su mano por cualquier evento caía, y los tenía clasificados
por autores con una escrupulosidad cariñosa, semejante al celo de los
anticuarios y bibliófilos.
Aquella mañana, antes de dirigirse a la cárcel de la Corona, abrió una
arqueta que encerraba numerosos legajos, parecidos a expedientes, y
después de recorrerlos brevemente con la vista, sacó uno que decía:
_Amézaga, Salvador Monsalud_. Guardolo en un profundo bolsillo interior
con que había dotado a su casaca de miliciano, para que el uniforme,
según decía festivamente, no fuera prenda inútil.
—Señor Regato —dijo Monsalud—, todo eso de los papeles de Amézaga me
tiene sin cuidado en lo referente a lo que usted me propone hoy. Pero
me gustaría recobrarlos, ¿por qué he de decir otra cosa?
«¡Bribón! —dijo Regato para sí, oprimiendo dulcemente el bulto de
papel—. Como no cedas ni a las onzas ni a las amenazas, te venceré con
esto.»