XXIV

Desde la noche del 3 al 4 conocía Salvador el infame proyecto de sus

compañeros de caballería. Si no pudo injerirse en la camarilla, asistió

a la fortaleza. Oía y callaba, esperando utilizar las circunstancias;

y como había adquirido y fomentado buenas relaciones con comuneros

de todas clases, creía seguro salir adelante con su buen propósito.

El plan de hacer justicia en la persona de Vinuesa le pareció

irrealizable, porque contaba con la energía de las autoridades. Sintió

impulsos de poner en conocimiento de Campos algunas preciosas noticias

y datos adquiridos en la asamblea, para que aquel las comunicase

al gobierno; pero su natural honrado y leal se sublevaba contra la

delación.

En la mañana del 4 entró en la celda de Gil de la Cuadra, y le dijo:

—Ánimo, señor reo: esta noche saldremos de aquí. Tengo todo preparado.

El anciano, de rodillas, apoyando su cuerpo en el lecho, cruzó las

manos y se puso a rezar fervorosamente.

Poco después, Salvador atravesaba el patio de la cárcel, cuando se

sintió llamar. A su lado vio una cara entre burlona y suspicaz, unos

taimados ojos verdosos que gatunamente le miraban, una mano blanca

que con suavidad le agarraba el brazo. Era el señor Regato. Vestía el

uniforme de capitán de la Milicia.

—Amiguito —le dijo—, tenemos que echar un párrafo. Subamos.

Instaláronse solos en una pieza del piso alto, y don José Manuel habló

de este modo.

—Tengo el corazón oprimido, amigo Salvador. Ya sabe usted que el pueblo

está furioso... y con razón, con muchísima razón. El gobierno se empeña

en perdonar a Vinuesa, regalándole más tarde una mitra, y el pueblo,

que después de todo es soberano, se empeña en que _Tamajón_ debe ser

ahorcado. ¿Qué tal? Aquí tiene usted dos reyes que se desafían sobre el

cuerpo de un pobre sacerdote.

—No creo posible que esos hombres feroces consigan su objeto... Tal

ignominia no pasará en España. Lo espero así para honor de esta nación.

—¡Oh!, no conoce usted los arranques del pueblo español. La resolución

de los Comuneros, nuestros amigos, es definitiva. Ya he tratado de

contenerles, porque no me gusta el derramamiento de sangre; pero me ha

sido imposible. Intentarán hacer justicia.

—Pero no lo conseguirán. El gobierno es malo; pero está compuesto de

hombres honrados.

—El gobierno se cruzará de brazos, amigo mío —dijo Regato poniendo gran

interés en aquel diálogo—. He visto a Campos al amanecer y me ha dicho

que el _Grande Oriente_ reprueba la justiciada del pueblo, pero que no

hace nada.

—Dicen que se quitará la guardia de milicianos.

—Error; no se quitará guardia ninguna. El gobierno arde en sentimientos

humanitarios; pero no quiere hacer frente al oleaje popular, por

temor de ser arrastrado. Teme que se le acuse de servil; teme las

murmuraciones, y se ruboriza si le dicen que protege al absolutismo.

El asombro no dejó hablar a Monsalud durante breve rato.

—Eso no puede ser —exclamó al fin pálido de ira—. ¡Tal infamia no cabe

en corazones españoles!

—El gobierno no hará nada. Quizás algunos de sus individuos se

aprestarían a la resistencia si supieran lo que va a pasar; pero no lo

saben. Los masones se lavan las manos como Pilatos; han cogido miedo a

la Comunería. En verdad que somos temibles.

—Lo que usted me cuenta, señor Regato —dijo Salvador levantándose con

inquietud—, parece una pesadilla horrible. Según usted, es muy posible

que esa canalla abominable trate hoy de invadir este edificio, sin que

el gobierno se lo impida.

—¡Es verdaderamente espantoso! —declaró Regato afectando sensibilidad—;

pero me parece que podrá evitarse una desgracia... Compadezco con toda

mi alma a ese pobre don Matías. ¿Verdad que es una lástima que le maten

así, tan brutalmente?

—No; no puede ser. Esto se quedará en amenaza ridícula.

—Que no es amenaza ridícula, digo... —afirmó Regato acercando más su

asiento al de Monsalud y pasándole la mano por el hombro—. Mire usted;

a mí se me ha ocurrido que podríamos salvar al pobre arcediano.

—¿Cómo?... —preguntó vivamente Monsalud con el interés que le

inspiraban siempre las buenas obras.

—Le asombrará a usted que me inspire lástima ese desgraciado. Yo soy

así: más liberal hoy que ayer, y mañana más que hoy; pero bien está la

sangre en las venas donde Dios la ha puesto, ¿eh?

Monsalud, recordando lo que había oído a Campos respecto al sospechoso

liberalismo de Regato y algunas noticias que él mismo había adquirido,

se explicó fácilmente la compasión del comunero.

—Yo no soy amigo suyo, ni lo fui nunca —prosiguió D. José Manuel

recogiéndose dentro de su reserva como el caracol en su casa—. Los

demonios le lleven. Lo que quiero decir es que pudiéndose evitar la

muerte de un semejante, debe evitarse.

—Parece difícil y, sin embargo, es sencillo. Cálmese el furor de

la canalla; póngase una buena guardia en el edificio, y todo está

concluido.

—Ninguna de esas dos cosas puede hacerse.

—Pues entonces...

—Usted no carece de talento —dijo Regato sonriendo—, y, sin embargo, no

comprende mi idea. Siga aquí la guardia de milicianos... Supongamos que

viene eso que usted llama populacho...

—Y que los milicianos, recordando que son hombres de honor, españoles y

cristianos, defienden la entrada.

—No... supongamos que no la defienden.

—Entonces entra la canalla.

—Eso es, entra...

—Abre el calabozo.

—Abre el calabozo... y no encuentra a Vinuesa.

—¡Ah! ya... Que se escape.

—O que se esconda.

—Pero sus enemigos le buscarán.

—Que le busquen. Con tal que no le encuentren...

—Pero ya sabe usted que cuando la ferocidad popular pide una víctima,

si no se le da...

—Sacrifica al primero que encuentra.

—Es posible que la falta de Vinuesa la pague otro preso, quizás más

inocente que él... No, no me conviene ese plan.

—¿Y qué nos importa que la falta de Vinuesa la pague otro?

Monsalud miró a Regato con tanta severidad, que el dos veces gato

entornó sus párpados para mirar al suelo.

—¡Ah!, ya comprendo —dijo afectando buen humor—. Usted no quiere que le

toquen a su Gil de la Cuadra, que es, entre paréntesis, el más malo de

todos y el que merecería cualquier castigo.

—Es verdad que le protejo —dijo Salvador.

—Como que se ha metido usted en esta inmundicia solo por salvarle.

—También es verdad.

—Como que fue usted conmigo a los comuneros solo con el fin de hacerse

amigo entre la gente exaltada.

—También es cierto. Ese conocimiento tan hábil de mi conducta y de mis

intenciones me mueve a declarar que poseo, del mismo modo, parte de los

secretos de una persona a quien yo conozco.

—Con tal que no se refiera usted a las infames calumnias que dicen

contra mí los masones...

—Yo no me refiero a calumnias. Usted ha desempeñado su misión incitando

al pueblo a lanzarse en una vía de atrocidades sangrientas.

—Calumnia.

—Usted cumple también su misión, procurando que después del atentado

quede vivo el arcediano; y con tal que el pueblo consume su bestial

proyecto y tenga una víctima... poco le importa lo demás.

—Yo no quiero que haya víctimas —dijo Regato comprendiendo que era

mejor hablar con franqueza—. Lo que quiero es que Vinuesa no corra

peligro, y que si ha de haber sacrificio recaiga en la cabeza de alguno

de tantos pillos como llenan esta cárcel y la de Villa. Contaba con eso

y cuento todavía.

—¿Y qué papel debo yo desempeñar en esto? —preguntó Monsalud con cierta

perplejidad—. Porque usted me habla en el tono del que solicita ayuda.

—Exactamente. El alcaide de la cárcel es hombre con quien no se puede

contar. Usted, que ha venido aquí por una intriga; usted, que ha venido

aquí con el exclusivo objeto de salvar a un hombre, es quien puede

hacer esta buena obra.

—¿Cómo? —preguntó Salvador deseando saber hasta dónde iba el diabólico

entendimiento del agente secreto de Su Majestad.

—Aprovechando la borrachera que tomará hoy al mediodía, según su santa

costumbre, el señor Alcaide...

—¿Para poner en libertad a Vinuesa?

—Eso no puede ser, porque los milicianos no lo permitirían. Soy listo y

comprendo que si fuera posible este modo de escapar, ya lo habría usted

intentado en favor de Gil.

—Seguramente.

—Lo que yo quiero es que mude usted a Vinuesa de calabozo.

—Le buscarán.

—No le buscarán, si se pone otro en su lugar.

—Eso es entregar un hombre a los asesinos.

Regato no supo qué contestar. Estaba impaciente y nervioso, y

agitábase en su silla, tomando diferentes posiciones a cada minuto.

—¡Hombre de Dios! —gritó al fin—. Me sorprenden esos escrúpulos. ¿No

habrá en la cárcel un Barrabás? Pues muera Barrabás y que se salve

Jesús. Concedo con muchísimo gusto que Gil de la Cuadra no sea el

sustituto.

—Esa farsa infame no es propia de mí —contestó el joven—. Si el

populacho quiere una víctima, no seré yo quien fríamente se la

entregue, como el leonero que escoge la res más gorda para darla a las

fieras con que se gana la vida.

—Señor don Rígido —dijo Regato sin poder disimular su enfado—, maldito

si le sientan a usted esos humos de juez severo. ¿A qué tanta nimiedad

y sutileza de abogado para un asunto sencillísimo? Usted ha empleado

toda clase de recursos para sacar de aquí al que con más justicia está

preso.

—Usted juzga mal a mi amigo —repuso Monsalud con serenidad—, y es

extraño porque le conoce bien. No aparece complicado más que por unas

cartas que se hallaron entre los papeles de Vinuesa, y el juez debe de

haber comprendido que apenas merece castigo, pues solo le condena a

cuatro años de presidio, pena relativamente leve en estos tiempos.

—Nada de eso hace al caso —dijo Regato, como hombre afanado que se

decide a marchar derechamente hacia su objeto—. Usted creerá tal vez

que yo no correspondería a su buena voluntad con otra buena voluntad,

a su beneficio con otro beneficio.

Diciendo esto, el dos veces gato se llevó la mano a un cinto, y

desliándolo hizo sonar su contenido: un metal precioso que hace

enloquecer a los hombres. Monsalud sintió un impulso de ira, y

crispando los dedos miró el cuello del agente de Su Majestad. Pero la

razón no le abandonaba, y calculó que era muy prudente contenerse para

imaginar algún ardid que sin comprometerle, le librara de las enfadosas

sugestiones de aquel hombre.

—Guarde usted su dinero, señor Regato —dijo con serenidad—. Yo no soy

Pelumbres.

Regato no dijo nada y puso el cinto sobre la mesa.

«Este soberbio no cede con cualquier bicoca —pensó—. Será preciso hacer

un sacrificio, un verdadero sacrificio.»

—Yo creí —indicó Salvador disimulando su ira con una apariencia

festiva— que ya no le quedaban a usted más ochentines de los que el

gobierno dio a la Casa Real.

—Son onzas de oro —dijo Regato con naturalidad—. Ya sé que usted me

dirá mil lindezas y pedanterías. No parece sino que es un crimen

aceptar obsequios en pago de un servicio leal. Bueno, señor mío, usted

se lo pierde. Viva usted de sus rentas, viva de sus fincas, ya que

donosamente rechaza lo que le cae...

Levantose, y dando varios pasos en diferente sentido, se detuvo ante

Monsalud, le puso la mano en la cabeza y se la movió con gesto entre

cariñoso y amonestador.

—Y si no —añadió—, no hay nada de lo dicho. Por eso no hemos de reñir.

Cada uno tiene su conciencia como se la hizo Dios. Hay escrúpulos

respetables. Yo no censuro que haya personas así... tan atiesadas. Lo

que siento es que se va usted a ver en un mal paso, caballerito. Si

yo le he propuesto lo que sabe, es por encargo de varios amigos, y

ellos no son como yo, mansos y pacíficos y que con todo se conforman,

sino muy fieros y vengativos. Capaces son de darle un disgusto a mi

señor don Rígido... ¿Qué cree usted? —prosiguió poniéndosele delante

y clavando en él sus ojos, cuya pupila brillaba con dorados y verdes

reflejos—. Anoche ya estaban mis amigos muy incomodados con usted:

llamábanle traidor por haber aceptado un destino de esa canalla

masónica.

Monsalud seguía meditando.

—Y en rigor... —añadió el agente de Su Majestad—, la conducta de usted

es algo sospechosa. Anoche tuve que platicar mucho para defenderle a

usted... «Es un traidor», decían. «Pues si no nos sirve en su destino

de carcelero, haciendo lo que le mandemos, lo pasará mal...» En fin,

como son unos bárbaros, no es de extrañar que digan barbaridades. Yo me

miraría muy bien antes de enemistarme con ellos.

El otro seguía meditando.

—Yo se lo digo a usted con franqueza —continuó Regato animándose

ante la perplejidad del joven—, porque somos amigos, porque tengo

particulares simpatías con usted, conociendo como conozco sus méritos,

su buen corazón y mucho entendimiento. Tenga, pues, muy presente mi

advertencia, pero muy presente. Si se resiste a ayudarme, no salga

usted solo por las noches, ni vuelva a poner los pies en la asamblea ni

en sitio alguno donde nos reunamos. Además, los antecedentes políticos

del caballerito no son tales que pueda estar tranquilo, si alguien se

propone hacerle daño.

—No creo tener enemigos —dijo casi maquinalmente Salvador.

—Téngalos o no, usted es un hombre que no ha dejado de cometer errores

en su vida.

Salvador le miró con tristeza.

—Y entre ellos se cuenta —continuó Regato— el haber tenido relaciones

con Amézaga, el poseedor de los secretos del rey en Valencey.

—¡Yo!... —dijo Monsalud lleno de estupor.

—No me lo negará usted a mí. Amézaga, que se cortó el pescuezo con una

navaja de afeitar, antes que pudiera retorcérselo el verdugo, concluyó

como debía concluir. Usted, que le ayudó en la publicidad de los

célebres secretos, no fue objeto de persecuciones ni aun de sospechas,

porque supo esconderse; pero ¡ay, insigne joven!, usted no podrá

librarse de una causa el día en que cualquier mal intencionado quiera

hacerle daño... Usted tuvo correspondencia con Amézaga...

El Grande Oriente · 第 27 / 33 题