Desde la noche del 3 al 4 conocía Salvador el infame proyecto de sus
compañeros de caballería. Si no pudo injerirse en la camarilla, asistió
a la fortaleza. Oía y callaba, esperando utilizar las circunstancias;
y como había adquirido y fomentado buenas relaciones con comuneros
de todas clases, creía seguro salir adelante con su buen propósito.
El plan de hacer justicia en la persona de Vinuesa le pareció
irrealizable, porque contaba con la energía de las autoridades. Sintió
impulsos de poner en conocimiento de Campos algunas preciosas noticias
y datos adquiridos en la asamblea, para que aquel las comunicase
al gobierno; pero su natural honrado y leal se sublevaba contra la
delación.
En la mañana del 4 entró en la celda de Gil de la Cuadra, y le dijo:
—Ánimo, señor reo: esta noche saldremos de aquí. Tengo todo preparado.
El anciano, de rodillas, apoyando su cuerpo en el lecho, cruzó las
manos y se puso a rezar fervorosamente.
Poco después, Salvador atravesaba el patio de la cárcel, cuando se
sintió llamar. A su lado vio una cara entre burlona y suspicaz, unos
taimados ojos verdosos que gatunamente le miraban, una mano blanca
que con suavidad le agarraba el brazo. Era el señor Regato. Vestía el
uniforme de capitán de la Milicia.
—Amiguito —le dijo—, tenemos que echar un párrafo. Subamos.
Instaláronse solos en una pieza del piso alto, y don José Manuel habló
de este modo.
—Tengo el corazón oprimido, amigo Salvador. Ya sabe usted que el pueblo
está furioso... y con razón, con muchísima razón. El gobierno se empeña
en perdonar a Vinuesa, regalándole más tarde una mitra, y el pueblo,
que después de todo es soberano, se empeña en que _Tamajón_ debe ser
ahorcado. ¿Qué tal? Aquí tiene usted dos reyes que se desafían sobre el
cuerpo de un pobre sacerdote.
—No creo posible que esos hombres feroces consigan su objeto... Tal
ignominia no pasará en España. Lo espero así para honor de esta nación.
—¡Oh!, no conoce usted los arranques del pueblo español. La resolución
de los Comuneros, nuestros amigos, es definitiva. Ya he tratado de
contenerles, porque no me gusta el derramamiento de sangre; pero me ha
sido imposible. Intentarán hacer justicia.
—Pero no lo conseguirán. El gobierno es malo; pero está compuesto de
hombres honrados.
—El gobierno se cruzará de brazos, amigo mío —dijo Regato poniendo gran
interés en aquel diálogo—. He visto a Campos al amanecer y me ha dicho
que el _Grande Oriente_ reprueba la justiciada del pueblo, pero que no
hace nada.
—Dicen que se quitará la guardia de milicianos.
—Error; no se quitará guardia ninguna. El gobierno arde en sentimientos
humanitarios; pero no quiere hacer frente al oleaje popular, por
temor de ser arrastrado. Teme que se le acuse de servil; teme las
murmuraciones, y se ruboriza si le dicen que protege al absolutismo.
El asombro no dejó hablar a Monsalud durante breve rato.
—Eso no puede ser —exclamó al fin pálido de ira—. ¡Tal infamia no cabe
en corazones españoles!
—El gobierno no hará nada. Quizás algunos de sus individuos se
aprestarían a la resistencia si supieran lo que va a pasar; pero no lo
saben. Los masones se lavan las manos como Pilatos; han cogido miedo a
la Comunería. En verdad que somos temibles.
—Lo que usted me cuenta, señor Regato —dijo Salvador levantándose con
inquietud—, parece una pesadilla horrible. Según usted, es muy posible
que esa canalla abominable trate hoy de invadir este edificio, sin que
el gobierno se lo impida.
—¡Es verdaderamente espantoso! —declaró Regato afectando sensibilidad—;
pero me parece que podrá evitarse una desgracia... Compadezco con toda
mi alma a ese pobre don Matías. ¿Verdad que es una lástima que le maten
así, tan brutalmente?
—No; no puede ser. Esto se quedará en amenaza ridícula.
—Que no es amenaza ridícula, digo... —afirmó Regato acercando más su
asiento al de Monsalud y pasándole la mano por el hombro—. Mire usted;
a mí se me ha ocurrido que podríamos salvar al pobre arcediano.
—¿Cómo?... —preguntó vivamente Monsalud con el interés que le
inspiraban siempre las buenas obras.
—Le asombrará a usted que me inspire lástima ese desgraciado. Yo soy
así: más liberal hoy que ayer, y mañana más que hoy; pero bien está la
sangre en las venas donde Dios la ha puesto, ¿eh?
Monsalud, recordando lo que había oído a Campos respecto al sospechoso
liberalismo de Regato y algunas noticias que él mismo había adquirido,
se explicó fácilmente la compasión del comunero.
—Yo no soy amigo suyo, ni lo fui nunca —prosiguió D. José Manuel
recogiéndose dentro de su reserva como el caracol en su casa—. Los
demonios le lleven. Lo que quiero decir es que pudiéndose evitar la
muerte de un semejante, debe evitarse.
—Parece difícil y, sin embargo, es sencillo. Cálmese el furor de
la canalla; póngase una buena guardia en el edificio, y todo está
concluido.
—Ninguna de esas dos cosas puede hacerse.
—Pues entonces...
—Usted no carece de talento —dijo Regato sonriendo—, y, sin embargo, no
comprende mi idea. Siga aquí la guardia de milicianos... Supongamos que
viene eso que usted llama populacho...
—Y que los milicianos, recordando que son hombres de honor, españoles y
cristianos, defienden la entrada.
—No... supongamos que no la defienden.
—Entonces entra la canalla.
—Eso es, entra...
—Abre el calabozo.
—Abre el calabozo... y no encuentra a Vinuesa.
—¡Ah! ya... Que se escape.
—O que se esconda.
—Pero sus enemigos le buscarán.
—Que le busquen. Con tal que no le encuentren...
—Pero ya sabe usted que cuando la ferocidad popular pide una víctima,
si no se le da...
—Sacrifica al primero que encuentra.
—Es posible que la falta de Vinuesa la pague otro preso, quizás más
inocente que él... No, no me conviene ese plan.
—¿Y qué nos importa que la falta de Vinuesa la pague otro?
Monsalud miró a Regato con tanta severidad, que el dos veces gato
entornó sus párpados para mirar al suelo.
—¡Ah!, ya comprendo —dijo afectando buen humor—. Usted no quiere que le
toquen a su Gil de la Cuadra, que es, entre paréntesis, el más malo de
todos y el que merecería cualquier castigo.
—Es verdad que le protejo —dijo Salvador.
—Como que se ha metido usted en esta inmundicia solo por salvarle.
—También es verdad.
—Como que fue usted conmigo a los comuneros solo con el fin de hacerse
amigo entre la gente exaltada.
—También es cierto. Ese conocimiento tan hábil de mi conducta y de mis
intenciones me mueve a declarar que poseo, del mismo modo, parte de los
secretos de una persona a quien yo conozco.
—Con tal que no se refiera usted a las infames calumnias que dicen
contra mí los masones...
—Yo no me refiero a calumnias. Usted ha desempeñado su misión incitando
al pueblo a lanzarse en una vía de atrocidades sangrientas.
—Calumnia.
—Usted cumple también su misión, procurando que después del atentado
quede vivo el arcediano; y con tal que el pueblo consume su bestial
proyecto y tenga una víctima... poco le importa lo demás.
—Yo no quiero que haya víctimas —dijo Regato comprendiendo que era
mejor hablar con franqueza—. Lo que quiero es que Vinuesa no corra
peligro, y que si ha de haber sacrificio recaiga en la cabeza de alguno
de tantos pillos como llenan esta cárcel y la de Villa. Contaba con eso
y cuento todavía.
—¿Y qué papel debo yo desempeñar en esto? —preguntó Monsalud con cierta
perplejidad—. Porque usted me habla en el tono del que solicita ayuda.
—Exactamente. El alcaide de la cárcel es hombre con quien no se puede
contar. Usted, que ha venido aquí por una intriga; usted, que ha venido
aquí con el exclusivo objeto de salvar a un hombre, es quien puede
hacer esta buena obra.
—¿Cómo? —preguntó Salvador deseando saber hasta dónde iba el diabólico
entendimiento del agente secreto de Su Majestad.
—Aprovechando la borrachera que tomará hoy al mediodía, según su santa
costumbre, el señor Alcaide...
—¿Para poner en libertad a Vinuesa?
—Eso no puede ser, porque los milicianos no lo permitirían. Soy listo y
comprendo que si fuera posible este modo de escapar, ya lo habría usted
intentado en favor de Gil.
—Seguramente.
—Lo que yo quiero es que mude usted a Vinuesa de calabozo.
—Le buscarán.
—No le buscarán, si se pone otro en su lugar.
—Eso es entregar un hombre a los asesinos.
Regato no supo qué contestar. Estaba impaciente y nervioso, y
agitábase en su silla, tomando diferentes posiciones a cada minuto.
—¡Hombre de Dios! —gritó al fin—. Me sorprenden esos escrúpulos. ¿No
habrá en la cárcel un Barrabás? Pues muera Barrabás y que se salve
Jesús. Concedo con muchísimo gusto que Gil de la Cuadra no sea el
sustituto.
—Esa farsa infame no es propia de mí —contestó el joven—. Si el
populacho quiere una víctima, no seré yo quien fríamente se la
entregue, como el leonero que escoge la res más gorda para darla a las
fieras con que se gana la vida.
—Señor don Rígido —dijo Regato sin poder disimular su enfado—, maldito
si le sientan a usted esos humos de juez severo. ¿A qué tanta nimiedad
y sutileza de abogado para un asunto sencillísimo? Usted ha empleado
toda clase de recursos para sacar de aquí al que con más justicia está
preso.
—Usted juzga mal a mi amigo —repuso Monsalud con serenidad—, y es
extraño porque le conoce bien. No aparece complicado más que por unas
cartas que se hallaron entre los papeles de Vinuesa, y el juez debe de
haber comprendido que apenas merece castigo, pues solo le condena a
cuatro años de presidio, pena relativamente leve en estos tiempos.
—Nada de eso hace al caso —dijo Regato, como hombre afanado que se
decide a marchar derechamente hacia su objeto—. Usted creerá tal vez
que yo no correspondería a su buena voluntad con otra buena voluntad,
a su beneficio con otro beneficio.
Diciendo esto, el dos veces gato se llevó la mano a un cinto, y
desliándolo hizo sonar su contenido: un metal precioso que hace
enloquecer a los hombres. Monsalud sintió un impulso de ira, y
crispando los dedos miró el cuello del agente de Su Majestad. Pero la
razón no le abandonaba, y calculó que era muy prudente contenerse para
imaginar algún ardid que sin comprometerle, le librara de las enfadosas
sugestiones de aquel hombre.
—Guarde usted su dinero, señor Regato —dijo con serenidad—. Yo no soy
Pelumbres.
Regato no dijo nada y puso el cinto sobre la mesa.
«Este soberbio no cede con cualquier bicoca —pensó—. Será preciso hacer
un sacrificio, un verdadero sacrificio.»
—Yo creí —indicó Salvador disimulando su ira con una apariencia
festiva— que ya no le quedaban a usted más ochentines de los que el
gobierno dio a la Casa Real.
—Son onzas de oro —dijo Regato con naturalidad—. Ya sé que usted me
dirá mil lindezas y pedanterías. No parece sino que es un crimen
aceptar obsequios en pago de un servicio leal. Bueno, señor mío, usted
se lo pierde. Viva usted de sus rentas, viva de sus fincas, ya que
donosamente rechaza lo que le cae...
Levantose, y dando varios pasos en diferente sentido, se detuvo ante
Monsalud, le puso la mano en la cabeza y se la movió con gesto entre
cariñoso y amonestador.
—Y si no —añadió—, no hay nada de lo dicho. Por eso no hemos de reñir.
Cada uno tiene su conciencia como se la hizo Dios. Hay escrúpulos
respetables. Yo no censuro que haya personas así... tan atiesadas. Lo
que siento es que se va usted a ver en un mal paso, caballerito. Si
yo le he propuesto lo que sabe, es por encargo de varios amigos, y
ellos no son como yo, mansos y pacíficos y que con todo se conforman,
sino muy fieros y vengativos. Capaces son de darle un disgusto a mi
señor don Rígido... ¿Qué cree usted? —prosiguió poniéndosele delante
y clavando en él sus ojos, cuya pupila brillaba con dorados y verdes
reflejos—. Anoche ya estaban mis amigos muy incomodados con usted:
llamábanle traidor por haber aceptado un destino de esa canalla
masónica.
Monsalud seguía meditando.
—Y en rigor... —añadió el agente de Su Majestad—, la conducta de usted
es algo sospechosa. Anoche tuve que platicar mucho para defenderle a
usted... «Es un traidor», decían. «Pues si no nos sirve en su destino
de carcelero, haciendo lo que le mandemos, lo pasará mal...» En fin,
como son unos bárbaros, no es de extrañar que digan barbaridades. Yo me
miraría muy bien antes de enemistarme con ellos.
El otro seguía meditando.
—Yo se lo digo a usted con franqueza —continuó Regato animándose
ante la perplejidad del joven—, porque somos amigos, porque tengo
particulares simpatías con usted, conociendo como conozco sus méritos,
su buen corazón y mucho entendimiento. Tenga, pues, muy presente mi
advertencia, pero muy presente. Si se resiste a ayudarme, no salga
usted solo por las noches, ni vuelva a poner los pies en la asamblea ni
en sitio alguno donde nos reunamos. Además, los antecedentes políticos
del caballerito no son tales que pueda estar tranquilo, si alguien se
propone hacerle daño.
—No creo tener enemigos —dijo casi maquinalmente Salvador.
—Téngalos o no, usted es un hombre que no ha dejado de cometer errores
en su vida.
Salvador le miró con tristeza.
—Y entre ellos se cuenta —continuó Regato— el haber tenido relaciones
con Amézaga, el poseedor de los secretos del rey en Valencey.
—¡Yo!... —dijo Monsalud lleno de estupor.
—No me lo negará usted a mí. Amézaga, que se cortó el pescuezo con una
navaja de afeitar, antes que pudiera retorcérselo el verdugo, concluyó
como debía concluir. Usted, que le ayudó en la publicidad de los
célebres secretos, no fue objeto de persecuciones ni aun de sospechas,
porque supo esconderse; pero ¡ay, insigne joven!, usted no podrá
librarse de una causa el día en que cualquier mal intencionado quiera
hacerle daño... Usted tuvo correspondencia con Amézaga...