Poco después de este suceso, las _Plazas fuertes_ y _Salas de armas_
encerraban un partido en ebullición. Pasada la media noche, la mayor
parte de los comuneros sabían que estaba acordada para el día siguiente
la muerte de Vinuesa. A la madrugada sabíanlo también los masones por
su bien servido espionaje, y conmovido el _Grande Oriente_ ante la
audaz amenaza, deliberó con calor y afán tan importante asunto. Lo que
allí se dijo verase a continuación.
_Camarilla constitucional._ — Reuníase casi siempre en el Grande
Oriente, con asistencia de muchos hombres que se tenían por lumbreras
de otros que realmente lo eran, y de muchos que si carecían de orgullo
o de mérito, cobraban buenos sueldos en las oficinas nacionales. En
la masonería había, según los datos más verosímiles, cincuenta y dos
diputados. De los ministros, la mitad por lo menos cargaban el mandil.
Pocos eran entonces los hombres notables por su talento oratorio o
por su pluma, que no doblasen la cerviz ante el misterio eleusiaco, y
muchos que después han figurado en los partidos reaccionarios adoraron
la _Acacia_. Tal fue el atractivo del Orden masónico, que aun se dice
trataron con él clérigos no apóstatas y un general de franciscos que
después fue arzobispo.[9] Para que nada faltase, los del _Arte-Real_
vieron en las logias a un infante, que recibió el nombre de _Dracón_,
con la risible particularidad de que le llamaban _Bracón_. Un general
muy célebre era designado _Bruto II_. Puede dudarse que el mismo
Fernando VII _recibiese salario_ masónico; pero no que los nombres más
ilustres y respetables del presente siglo, los nombres de Argüelles,
Calatrava, Quintana, San Miguel, Flores Estrada, Galiano y otros
figuraron en las listas de Maestros, siendo probable que todos ellos
fueran _Sublimes perfectos_.
[9] Fr. Cirilo de Alameda desmintió de un modo enérgico la
aseveración de Galiano.
La camarilla, en la hora que nos es permitido asistir a ella, estaba
formada por seis individuos nada más, cuyos nombres, a excepción del
de Campos, deben mantenerse en secreto. Si en el transcurso de la
relación son conocidos, enhorabuena; pero no se culpe al novelador de
haber manoseado nombres pertenecientes a personas de distinto valor,
pero todas respetables, algunas de las cuales han respirado hasta hace
poco... y quizás haya alguna que respire todavía.
Los de la camarilla reuníanse en la logia, pero familiarmente y sin
ceremonia de rito, como clérigos en la sacristía. De los seis, cuatro
eran diputados; y de estos, dos habían sido ministros, y uno lo fue en
aquellos días. De los dos restantes, uno casi no era masón, hallándose
en la categoría de _durmiente_, y el otro era Campos. Atención.
Tiene la palabra un joven de treinta y tres años, alto, elegante, fino,
airoso. Sus modales y su vestido eran, como su estilo, la corrección
misma. Su rostro morenísimo y su gran boca dábanle aspecto de fealdad;
pero tenía la belleza de la expresión y un claro sello de hidalguía y
caballerosidad que cautivaba. Sus ojos eran negros y vivísimos, llenos
de esa luz particular que indica poderosa erección de la fantasía; sus
cabellos alborotados y fuertes, algo parecidos a los de Chateaubriand,
rodeaban una espaciosa y limpia y celeste frente, emblema del
privilegiado artista. Era su voz grave y persuasiva, y si su estilo
carecía de arrebato, tenía en cambio la serenidad más simpática y un
acento que subyugaba oídos y corazones.
—Nosotros —dijo señalando a su amigo que junto a él se sentaba—
estamos decididos a no asociar nuestro nombre a los errores que se
están cometiendo. Amamos la libertad con delirio; pero aborrecemos los
excesos del populacho y la ignominiosa licencia. Antes que empujar a la
nación por este carril que la precipitará en el abismo, nos retiraremos
de la política, perderemos toda influencia, perderemos nuestro propio
prestigio, y entonces la vergüenza de haber contribuido a este desorden
nos servirá de expiación. No se nos oculta que el absolutismo volverá y
quizás pronto, si a tiempo no se pone mano en reparar el reino que se
desquicia; y el absolutismo vendrá, porque las instituciones vigentes
no ofrecen condiciones de vida saludable y duradera, porque carecen de
fuerza para contener en límites razonables la iniciativa popular y son
incapaces de fundar nada sólido. Que el gobierno, sabedor de la inicua
amenaza de los exaltados, evite que se consume un horrendo delito; haga
entender a esa gente que su destino y misión no es todavía ni será
en mucho tiempo dirigir la cosa pública; establezca el imperio de la
razón, de la calma, del buen sentido, y entonces variaremos de opinión.
Mientras esto no suceda, la división será completa, y si hoy permanece
oculta por nuestra prudencia, mañana transcenderá a las Cortes, y de
las Cortes a todo el país.
—Y se formará el partido _anillero_ o de los _amigos de la
Constitución_ —dijo un viejo alto y flaco, nervioso y lleno de
vivacidad, que respondía entre masones al nombre de _Coriolano_, y
era célebre por un folleto contra los absolutistas y varios escritos
de Economía política—. Esta nueva escuela será funesta. Tendremos al
fin tantos partidos como hombres, y no habrá un solo individuo que se
resigne a pensar como los demás.
—_La Sociedad de los amigos de la Constitución_ —dijo el compañero
del primer orador que junto a él se sentaba— responde a la necesidad
imperiosa de establecer un término medio entre las antiguas leyes,
que viven encarnadas en el país, y los principios liberales. ¿Por qué
no hemos de decirlo? Yo, por lo menos, tengo mi ideal en la _Carta_
francesa, con las dos Cámaras y el voto absoluto.
Oyose un murmullo de desaprobación.
—Condenemos igualmente —dijo con gravedad el de los cabellos
alborotados y la boca grande— toda clase de reuniones como esta, que o
sirven para fomentar el jacobinismo y ofrecer un secreto peligroso a
las intrigas y a las ambiciones, o no sirven para nada.
—Estamos disputando sobre si nos hemos de dividir más todavía, mientras
una cuestión palpitante, fundada en una alarma falsa quizás, reclama
nuestra atención. Este asunto no tiene espera. Nos está llamando, y
nosotros le volvemos la espalda para discutir sobre si debemos ponernos
un anillo en el dedo o un triangulillo en el ojal.
El que esto dijo era un hombre de más de cuarenta años, moreno como el
anterior, de facciones bastas y gruesos labios. Fuerte y algo pesado
era su cuerpo; carecía de soltura, gracia y flexibilidad; pero en
cambio parecía poseedor de una gran energía. ¡Lástima que esta energía,
circunscrita al entendimiento y al astro poético, no transcendiese a la
voluntad!
Completaban su persona cabeza admirable, abultada y lobulosa; ojos
grandes y hermosos; una frente a la cual no faltaba sino el laurel
para ser olímpica; expresión grave, y tono sentencioso en la voz. Allí
dentro le llamaban _Pelayo_.
—Es verdad, es verdad —dijeron los demás—. A la cuestión.
—Los comuneros han decidido sacrificar a don Matías Vinuesa —manifestó
Campos, que parecía secretario de la Junta.
—Causa horror el ver que estas atrocidades se cometan; pero causa más
horror aún que se anuncien —afirmó el que oímos al principio de la
sesión.
—Yo no lo creo —dijo el poeta—. Los que se ocupan en propagar alarmas
han escogido esta para el día de mañana. Reconozco que el pueblo está
irritado...
—Con razón —manifestó _Coriolano_—. La sentencia del juez es capaz de
sublevar al pueblo más generoso. ¿Por qué se vocifera tanto contra el
populacho, cuando sus excesos no son más que el rechazo, digámoslo así,
de las osadías de los absolutistas? No, no está el mal en la canalla,
que es honrada y generosa; no morirá la libertad en manos del pueblo,
sino en manos de los que quieren establecer una transacción imposible
con el despotismo.
_Coriolano_, que se había expresado con energía, miró a los dos
_anilleros_. Estos callaban, aunque uno de ellos era gran retórico.
—No disculpo ni disculparé a los exaltados que protestan contra la
sentencia del juez —dijo _Pelayo_ con calor—; pero téngase presente
que ha tiempo quedan impunes los mayores atentados y crímenes de los
absolutistas. Dicen que Vinuesa es tonto: yo no lo creo. Su plan
indica maquiavelismo, y por lo menos las intenciones de este clérigo
han sido perversas. Ganar y corromper la tropa, sublevar al pueblo,
sorprender a los principales diputados y a las primeras autoridades,
sacrificarlas inmediatamente a la seguridad y a la venganza del partido
conspirador y alzar sobre la sangre de aquellas víctimas el pendón de
la tiranía y de la intolerancia: estos son los proyectos contenidos en
los atroces papeles de Vinuesa. Convicto y aun confeso el miserable
preso, no debe librarse de la suerte rigurosa a que se exponen siempre
los que traman semejantes atentados contra la existencia de un gobierno
establecido. El juez que ha despachado esta causa ha dicho públicamente
que cualquiera de los cargos que obraban contra el reo era capital,
y que, por consecuencia, era imposible salvarle. ¿A qué este cambio
tan repentino? ¿Por qué, con tales antecedentes, Vinuesa no ha sido
condenado más que a diez años de presidio? Semejante condescendencia
ha llamado justamente la atención pública. Hasta se asegura que la
Audiencia, en vez de agravar la pena, la suavizará más. Dícese que han
mediado presentes a los cuales la integridad del juez ha resistido con
nobleza y con honor; pero que después han intervenido ciertos recados
imperiosos de Palacio, a cuyas fulminantes amenazas no ha podido
sustraerse el magistrado, haciéndole blandear desgraciadamente en su
fallo.[10]
[10] Este párrafo no es del narrador: es de las _Cartas a
Lord Holland_.
—Siempre han de achacarse todos los yerros a la incorregible _mano
oculta_ —dijo con desabrimiento el retórico.
—¡Siempre se han de achacar al populacho! —exclamó colérico el que
respondía al nombre de _Coriolano_—. La plebe es causa de todo. La
corte y el rey no hacen más que rezar. Con tan admirable sistema de
crítica, resulta infaliblemente que la Constitución es detestable, y
que debe convertirse en Carta.
—El populacho y la corte —afirmó el retórico— son igualmente culpables.
Pero si se encomienda al primero el castigo de la última, esta vencerá.
—Eso es lo que no sabemos —repuso con inquietud y cierta excitación el
economista—. Por de pronto tenemos que, según lo que acaba de decir
nuestro discreto amigo, la irritación del pueblo contra Vinuesa y
contra el juez Arias, está justificada.
—Braman de cólera los genios impacientes —sostuvo _Pelayo_— al
contemplar semejante impunidad, y hasta los más templados prevén y
lloran las tristes consecuencias que necesariamente ha de producir...
Pero no puedo creer que un partido popular haya acordado fría y
villanamente el sacrificio del reo. Tanta bajeza es inverosímil.
—Es cierta —dijo Campos, que hasta entonces, reconociendo su
inferioridad, había permanecido mudo—. La asamblea comunera es un
volcán que vomita sangre.
—¿Pero no queda duda de que han acordado eso?
—No queda duda. Lo sé por los espías que tengo allí.
—Si el gobierno se hace cómplice de iniquidad tan grande —dijo
con honrada convicción el de los alborotados cabellos—, merece la
execración del género humano.
Uno que hasta entonces no había pronunciado palabra, adelantó su cuerpo
hacia la mesa, tirando de la silla, y habló de este modo:
—No puedo callar después de lo que he oído. Se quiere que el ministerio
lo haga todo, y nadie le ayuda, nadie, señores, cuando tiene que
defenderse contra la oposición de moderados y exaltados, y contra las
conspiraciones de absolutistas y comuneros, que se dan la mano para
trastornar al país. Pero el gobierno no merecerá la execración del
género humano. ¿Acaso es él quien ha alentado las conspiraciones de los
serviles? Si ha habido cohecho en el asunto de la causa de Vinuesa,
la venalidad estaba consumada antes del 4 de marzo en que entramos
nosotros. No podemos mudar jueces todos los días.
—No se trata de mudar jueces; se trata de impedir que una gavilla de
asesinos deshonre la revolución.
—¡Patrañas! Señores, es preciso acostumbrarse a no ver asesinos en
todas partes.
El que esto decía era un hombre casi anciano, masón, bastante listo y
de mucha práctica en los negocios administrativos. ¿Por qué ocultar su
nombre, que por sí se vela bastante con su propia oscuridad? Era don
Mateo Valdemoro, ministro de la Gobernación. En la hora de la madrugada
en que le vemos, quedábale solo un día de poltrona.
—Yo creo que hay por lo menos exageración —dijo _Pelayo_.
—Aunque sea exageración, deben tomarse precauciones —indicó Campos.
—Pero, señores, es ridículo que por una alarma necia, llenemos las
calles de artillería —indicó el ministro, creyendo que expresaba una
idea feliz—. Parecería una provocación, y lo que no es más que una
alarma insignificante, podría trocarse en formidable motín. Nada me
mortifica tanto como la idea, muy generalizada, de que el gobierno
simpatiza con Vinuesa, con el _Abuelo_ y con los demás absolutistas
presos.
—¿Entonces el plan del gobierno es cruzarse de brazos y dejar hacer?
—preguntó con severidad el literato.
—El gobierno castigará los desmanes.
—¿Qué desmanes?
—Los que se cometan; pero no hará alarde de despotismo, no provocará al
pueblo.
—Porque le tiene miedo.
—No es miedo, sino prudencia. Nada más natural y lógico que la
excitación que existe contra Vinuesa. Si acuchillamos al pueblo, porque
no simpatiza con los absolutistas, pasaremos por servirles, y nuestro
lema es Constitución.
—Yo sigo creyendo que no habrá nada —dijo _Pelayo_, el cual, en su gran
talento, tenía la más patriarcal buena fe—. Repito que el pueblo es
bueno.
—Si no le instigaran los tunantes...
—Es más —añadió el ministro—. Si acuchillamos al pueblo, daremos un
gustazo a la corte, Vinuesa estará libre dentro de dos meses, y las
cárceles llenas de liberales.
—Pues ahorquen ustedes a Vinuesa —dijo con la mayor viveza el
retórico—. Esto sería lógico. Lo absurdo es absolverle y permitir las
horribles venganzas del populacho.
—Siempre el populacho... es decir, el gato —indicó _Coriolano_.
—Si ahorcamos a Vinuesa, exacerbaremos a los serviles y a la corte
—dijo el ministro en tono de perspicacia—. Prudencia por un lado y por
otro, es lo que conviene. ¿No es el sistema de ustedes contemporizar
con todos?
El de los erizados pelos, es decir, el retórico o el literato, a quien
esta pregunta se dirigía, estuvo un momento sin saber qué contestar.
—Sí; contemporizar —repuso al fin—, establecer un equilibrio perfecto
dando la mano a unos y a otros; pero no a los infames, no a los
asesinos.
—Estamos juzgando un suceso que no ha pasado todavía ni pasará
probablemente —dijo _Pelayo_—. ¿A qué hablar de asesinos? Yo defiendo y
defenderé siempre al pueblo. Si alguna vez asesina, hácelo con el puñal
que le entregan los de arriba.
—Sea de oro, sea de hierro, lo que importa es que no haya puñal —objetó
el retórico—. En una palabra, señores, estamos reunidos para acordar si
se debe impulsar al gobierno a tomar una medida enérgica.
—¡Una provocación!... Yo opino como el ministro —manifestó _Pelayo_—.
El pueblo es bueno, es generoso; pero no debe ser provocado.
—Pues preparémonos a que sea nuestro dueño —dijo el que había
demostrado más seso—. Señores —añadió levantándose—, mi compañero y yo
nos retiramos para no volver más aquí.
El viejo economista tiró al retórico de los faldones de su levita,
diciéndole con buen humor:
—Señor cartista, no nos deje usted tan despiadadamente. Somos amigos y
zanjaremos nuestras diferencias de familia. Discutamos.
—Me parece que se ha discutido bastante. ¿No ha llegado aún la ocasión
de hacer algo?
Aquel hombre que tan bien se expresaba, demostrando tener en su
espíritu el instinto de la eficacia política, era de voluntad flaca,
como los demás. La sensatez de sus ideas hallábase circunscrita a la
serena esfera de las aptitudes literarias, y al expresarse con tanta
cordura, hablaba su talento, no esa facultad prodigiosa en que se
confunden perspicacia y acción, conformando al hombre político. La
misma perplejidad que tanto combatía le contaminó cuando fue ministro.
Amaba la _Carta_, pero cuando pudo ocuparse de ella con éxito, pensaba
demasiado en la de Horacio a los Pisones.
—Todo puede arreglarse —dijo Pelayo—. Por sí o por no, y aunque hay
en esto mucho de ponderación, creo que se debe quitar la guardia de
milicianos que está en la cárcel de la Corona, y reemplazarla con tropa
de línea.
—Eso me parece una necesidad imperiosa —añadió Campos, atreviéndose,
contra su costumbre, a algo más que callar y tomar lo que le dieran.
—Al menos eso probaría cierta prudencia en el gobierno —dijo el de la
Carta deteniéndose, mas sin volver a sentarse.
—No; la verdadera prudencia —objetó Valdemoro— consiste en no poner
ni quitar ninguna guardia, porque eso sería origen de sospechas,
hablillas, escándalos y seguramente de disturbios graves.
—Adiós, señores —dijo el simpático y cortés joven de treinta y tres
años.
—Mudar la guardia me parece una provocación —repitió el ministro
consultando fríamente el rostro de los tres que a su lado quedaban.
Ninguno dijo nada.
—Si se hace con maña y habilidad —dijo Pelayo—, quizás no.
—Señores —manifestó el ministro con la inquietud propia del que se
ve abrumado de responsabilidad—. Es muy fácil resolver todas esas
cuestiones fuera del gobierno, y cuando uno se mete tranquilamente en
su casa sin dar cuenta a Dios ni al diablo de lo que hace. Ustedes
hablan, como los libros, un lenguaje discreto; pero la práctica,
señores, la práctica es cosa muy distinta. ¡Mudar una guardia! Parece
la cosa más sencilla del mundo dicho así, como si se tratara de mudarse
una camisa; pero los que estamos dentro del gobierno vemos las cosas
de su tamaño. Repito que mudar mañana la guardia es pegar fuego a una
hoguera. El gobierno trabajará; el gobierno tiene alguna influencia en
las clases populares; aún puede contar con algunos comuneros que le
sirven... No pasará nada; respondo de que no pasará nada.
—Mi compañero y yo —dijo el retórico, dispuesto a retirarse
definitivamente— apreciamos la buena voluntad del gobierno; creemos
que sus intenciones no pueden ser mejores; pero no podemos seguir
asintiendo, en esta junta secreta, a los actos de debilidad y a la
indeterminación que caracteriza a la política presente. En las Cortes
evitaremos todo lo posible la escisión; pero nuestra conciencia nos
impide continuar aquí. Está probado que la Sociedad a que hemos
pertenecido estorba toda política formal, y es un aliciente para las
ambiciones, para los disturbios populares, y aun para las sediciones
del ejército. Hace tiempo que deseamos la ruptura; hoy se nos presenta
una ocasión y la aprovechamos. Gobiernen ustedes en armonía misteriosa
con los manejos de la corte, porque las dos políticas contrarias
que bajo tierra y en la oscuridad funcionan luchando, concuerdan en
una cosa: en hacer polvo y ruinas la grandeza y poderío del reino.
Inspiren ustedes al gobierno y a las Cortes, dominándoles por medio
de la amenazadora extensión de estas sociedades, y haciéndose pagar
su protección con los destinos, las fajas, las mitras, las cruces que
aquí se reparten. Yo renuncio a los beneficios y a la responsabilidad
de esta labor oscura y funesta. Adiós, amigos míos; la diferencia de
opiniones no entibia la amistad de toda la vida, la amistad de Cádiz
en los días de gloria, la amistad del Peñón de la Gomera en los días
terribles. ¡Quiera Dios que no volvamos a abrazarnos en los presidios
de África!
Dicho esto se retiraron. ¡Ay! Desgraciadamente para España, en
aquellos hombres no había más que talento y honradez, el talento
de pensar discretamente y la honradez que consiste en no engañar a
nadie. Faltábales esa inspiración vigorosa de la voluntad, que es la
potente fuerza creadora de los grandes actos. Los que salían, a pesar
de su sensato hablar, era tan niños como los que se quedaban en el
_Grande Oriente_. Entre todos juntos, o fundiéndolos a todos, a pesar
de la aptitud versificante y poética de algunos, no se habría podido
obtener el brazo izquierdo de un Bonaparte, ni de un Cisneros, ni un
Washington, ni siquiera de un Cromwell o un Robespierre. ¡Extraña
ineptitud ocasionada por la servidumbre! En la uña del dedo meñique de
una mujer, Isabel la Católica, había más energía política, más potencia
gobernante que en todos los poetas, economistas, oradores, periodistas,
abogados y retóricos españoles del siglo XIX.
¿Qué resolvió el _Grande Oriente_ después de la escisión? Cosas graves.
Mudar algunos mandos militares, negar dos canonjías, recomendar a
los pueblos la elección de dos diputados masones, adjudicar tres
subastas, escribir las bases de una transacción contra los Comuneros,
leer algunas cartas que hablaban de conspiración, enterarse de
las confidencias hechas por empleados de Palacio, subvencionar un
periódico, adjudicar trece destinos a otros tantos masones, dar una
pensión a la viuda de un perseguido _por defender el Sistema_, echar
tierra sobre un expediente de contrabando, etc.
¿Cuál de las dos camarillas es más responsable ante la historia: la
del populacho o la de los hombres leídos? No es fácil contestar. La
primera, en medio de su barbarie, había resuelto algo en el asunto del
día; la segunda, con toda su ilustración, no había resuelto nada.