Mientras esto ocurría, todo Madrid se alarmaba con una estupenda
novedad. Por todos los barrios, por todos los clubs, por todos los
círculos corría una noticia que muchos suponían increíble, por lo
disparatada, y otros aceptaban con resignación como una nueva prueba
de los desaciertos y traiciones del ministerio. El fiscal de la
causa formada contra Vinuesa no pedía para este más que diez años de
presidio. El irritado pueblo, a quien habían hecho creer que la muerte
del arcediano no era bastante castigo para las culpas de este, vio
en los diez años de presidio una pena tan suave, que más que pena le
parecía recompensa. De los demás conspiradores absolutistas nada se
decía aún; mas era probable que recibirían en pago de sus infamias
algunos años de encierro, es decir, confites.
No es preciso indicar que en todo Madrid, y principalmente en los
barrios bajos, era un evangelio la opinión de que _había corrido mucho
dinero_ para absolver a los malhechores; los más listos decían:
—¿Pues qué? El rey no podía dejar perecer a sus amigos.
En esto se equivocaban, porque Fernando se distinguía de todos los
malvados por un funesto sistema de abandonar cobardemente a cuantos le
habían servido, y aun gozarse de un modo incalificable en la desgracia
de ellos, como lo prueban, entre otros hechos, las célebres palabras
que pronunció ante los guardias fugitivos y vencidos el 7 de julio.
La verdadera causa de la lenidad relativa del fiscal, y más tarde del
juez, fue que el ministerio y los masones habían llegado a comprender
cuán bárbara y soez era la excitación vengativa del populacho, a pesar
de haberla excitado ellos mismos en febrero y marzo, y quisieron rendir
homenaje a la humanidad y la justicia, evitando un sacrificio inútil.
Hemos llamado lenidad a la pena anunciada, porque con respecto al
furioso ardor de la canalla lo parecía; pero en rigor de justicia era
una atrocidad, que solo tiene disculpa en las infames transacciones a
que obligan los yerros políticos.
En _Comuneros_ la noticia fue chispa arrojada a la mina. La fortaleza
reventó, y una explosión de salvajismo, de barbarie, de odio y necedad
atronó la _Plaza de armas_. Los honrados y los inocentes, que no eran
los menos bajo el estandarte de Padilla, hacían coro a los malvados,
por la solidaridad que entre todos reinaba. Eran los primeros envueltos
en el torbellino, y sin saberlo, estaban tan locos como los demás;
mejor dicho, los honrados y los inocentes eran los verdaderos locos,
porque los perversos conservaban bajo la borrachera de venganza su
nefanda razón. Pero, en realidad, la noticia de la blandura del juez
más les agradaba que les afligía. Servíales de pretexto para poner en
ejercicio su ideal de barbaridades, desafueros, y de admirable tema
para gritar contra los ministros, llenándoles de befa y escarnio.
Acogieron, pues, el suceso con el frenesí del beodo a quien dan
aguardiente, y se hartaron de furia, de exaltación política, poniéndose
como demonios en la sesión que celebraron la noche de la noticia.
Romero Alpuente, a quien respetaban, no pudo presidir la sesión, porque
le fue imposible sofocar el tumulto. Regato emitía con su habitual
tono de importancia opiniones furibundas. Mejía sudaba gritando, y con
el rostro encendido, gesticulaba sin poder conseguir que le oyeran.
Pelumbres daba golpes en los bancos con un bastón semejante a la clava
de Hércules. Don Patricio, renunciando a ser oído por toda la asamblea,
pronunciaba, ora frases áticas, ora apóstrofes demostenianos en un
pequeño grupo que se formó a su lado. En suma, la _Plaza de armas_,
más que guarnición regular, parecía un ejército indisciplinado, un
manicomio insurrecto, o un infierno en que fuese ley la libertad
individual para hacer diabluras. Cada cual pedía una cosa distinta, y
es incomprensible que no se rompieran las cabezas unos a otros, único
medio y fórmula de conciliar todas las opiniones.
Era que comúnmente la asamblea en pleno no resolvía nada nunca, siendo
más bien doctrinales, digámoslo así, sus sesiones, que ejecutivas.
La alta dirección de la _Comunería_ estaba, como la de los masones,
en un pequeño consejo, en cuyo seno ha llegado la hora de que nos
introduzcamos osadamente. Hemos presentado en otro libro la camarilla
de Palacio.[8] Tócales ahora su vez a las camarillas populares, poderes
igualmente misteriosos y perturbadores; y la dificultad de nuestro
trabajo aumenta, porque las camarillas eran dos: la del populacho o de
los patriotas, y la de los constitucionales o moderados. Procedamos con
método.
[8] Véanse las _Memorias de un cortesano de 1815_.
_Camarilla del populacho._ — No tenía local fijo. Reuníase algunas
veces en un departamento reservado del café de Lorencini; otras en el
mismo local de la asamblea, o en casa de Regato. La reunión de ella
que nosotros vamos a presenciar, no fue celebrada en ninguno de estos
parajes, sino en una taberna de la calle de la Estrella. De los veinte
diputados comuneros no asistió ninguno; de los periodistas, solo Mejía;
de los que tenían cargos oficiales en la asamblea de Padilla, solo
Regato; de los viejos, solo don Patricio Sarmiento; pero no faltaba ni
uno siquiera de los amigos de Timoteo Pelumbres, ni tampoco la pandilla
de milicianos nacionales, en la cual alzaba el gallo con altanera
superioridad Pujitos. Sumaban entre todos once personas, y para poder
discutir con más libertad, Regato mandó al tabernero que cerrase, luego
que todos estuvieron dentro, y cuando el vino empezó a hacer su oficio
para que las lenguas pudiesen desempeñar mejor el suyo.
—Queridos compañeros —dijo Regato—, estamos perdidos.
Esta frase hábil produjo la sensación apetecida.
—Perdidos, porque el gobierno nos va a meter el diente, y los hombres
gordos de nuestro partido se esconden en su casa llenos de miedo.
—Romero Alpuente —dijo uno— tiembla como una gallina mojada.
—Desde que se ha dicho que el gobierno va a pegar, nuestros diputados
ya están buscando vendas.
—Está visto que, para reclutar gente valerosa —dijo Regato, a quien
agradaba mucho la veneración con que era oído—, no hay que contar
con la gente de lengua y pluma. ¡Pobre pueblo, siempre sudando por
gobernar, como manda la ley de Dios, y siempre engañado por tanto
pillo! Está visto que mientras el pueblo no diga: «Pues quiero y esto
ha de ser», y lo haga como lo dice, no tendremos libertad.
—Pero cuando el pueblo quiere portarse como quien es —manifestó
Pelumbres—, vienen los _futraques_, llenos de jabón y pomada, y sacan
los catecismos de la política para decirnos cosas lelas y de mil
flores... con lo cual se acaba todo, y en buenas palabras resulta que
somos unos zopencos y ellos unos Salomones. Nosotros trabajamos y ellos
comen.
—Señores —repitió Regato dando un suspiro—, estamos perdidos. El
gobierno, viendo que no servimos para nada (y no me vuelvo atrás...),
que no servimos para nada, va a pegar, pero a pegar muy fuerte.
Breve silencio siguió a estas palabras.
—Los palos serán para el que los aguante; que yo...
—Los palos serán para todos —afirmó Regato en el tono de la mayor
competencia—. Yo sé de buena tinta lo que trama el gobierno; lo sé
todo, y pues venimos aquí para ver cómo nos defendemos, lo voy a decir.
—El gobierno va a cerrar los cafés.
—Y a reformar la Milicia nacional de modo que no entren sino los que él
quiera.
—Y a corregir la Constitución.
—Y a poner dos Congresos: uno como el que está, y otro de clérigos,
obispos, generales, marqueses, camaristas, y toda la recua de
alabarderos, _persas_ y serviles.
—Y a suprimir todos los periódicos —indicó Pujitos, dando a entender de
este modo sus aficiones literarias.
—Y a mandar a Riego a Filipinas.
—Todo eso y mucho más hará el gobierno —dijo Regato—; pero como a quien
más aborrece es a los buenos patriotas, empezará su obra acogotando a
los buenos patriotas, que somos nosotros.
—Nosotros —repitieron algunos.
—Y pasando la mano por el lomo a los serviles, que serán los mandarines
de mañana. ¿Qué significa la libertad de Vinuesa?
—¿La libertad?
—La libertad, sí. Para los bobos, eso de los diez años de presidio
significa... diez años de presidio; pero para nosotros, que somos tan
listos y vemos un mosquito en la punta de una torre, esa pena no es más
que la absolución del cura.
—Es lo mismo que yo pensaba.
—Le sacan de la cárcel; hacen la pamema de llevarle a Ceuta; métenle en
cualquier convento donde habrá abundancia de buenas magras, pollos con
tomate, gran trago de vino y muchachas bonitas; dicen luego que se ha
escapado, y al poco tiempo, indulto. Tras el indulto viene la canonjía,
y tras la canonjía, la mitra.
—Pues estamos bien —dijo uno con impaciencia, golpeando el suelo con su
bastón—. Protesto.
—Protesto yo también —bramó Pelumbres.
—Si la Sociedad de los _Comuneros_, que empezó con tan buen pie, no
saca ahora la cabeza, ¿para qué sirve?
—Para nada, Sánchez, para nada —repuso un hombre que era tratante en
cueros—. Dende que oí discursos y vi papeles y _toma la palabra, daca
la palabra_, se me cayeron las alas del corazón... ¡Botijos!, yo no
sirvo para esto.
—Es muy posible que el gobierno tenga la alevosa intención de indultar
a Vinuesa y aun darle una mitra —apuntó con gravedad un individuo de
aspecto decente, furibundo patriota cándido que tenía dos tiendas y un
buen nombre que no hace al caso—. Yo creo cuanto ha dicho el amigo
Regato, porque el gobierno es en la superficie liberal, y en el fondo,
absolutista.
—Si Riego estuviera en Madrid, otro gallo nos cantara, amigos —indicó
Regato—. Yo de mí sé decir que si tuviera dos docenas, dos docenas nada
más de buenos patriotas, intentaría cualquiera sublimidad.
—Cualquier hazaña épica, digna de perpetuarse en mármoles —dijo don
Patricio—. Señor Regato, manifieste usted con claridad su pensamiento.
¿Se trata de que Madrid se levante en masa, y arroje del gobierno a ese
ministerio, y convoque otras Cortes, y le caliente las orejas al _Rey
neto_?
—Eso es difícil hoy; pero no lo será dentro de seis meses, cuando
estemos mejor organizados, y se multipliquen las _Casas fuertes_ de los
regimientos, y se reciba el dinero que nos han prometido de América.
Contentémonos ahora con dar una prueba de nuestro mucho poder, de lo
que somos y lo que valemos, para que tiemble el cobarde tirano, y nos
tengan miedo los mandarines.
—Ved aquí, amigos míos —dijo Sarmiento—, cómo admirablemente concuerda
con mi opinión la del señor Regato. Siempre he sostenido la necesidad
de elevar la voz para que nos oigan, de alzarnos sobre las puntas de
los pies para que nos vean, de presentarnos en todas partes para que
nos toquen, mientras llega la hora sublime de los bofetones.
—Yo no entiendo de estas máquinas sutiles —manifestó, con la ingenuidad
de la barbarie, el llamado Sánchez, que era miliciano y había sido
primero cortador de carne y después empleado en cárceles—. Yo lo que
sé es que si conviene dar porrazo, se dé porrazo. No hay más que dos
políticas: dar y recibir.
—En lenguaje sencillo —dijo Mejía—, ha expresado Sánchez la idea de que
mientras no se puede realizar una insurrección que dé la victoria al
pueblo, se hagan manifestaciones patrióticas con objeto de que se nos
considere como un elemento importante, capaz de cualquier cosa en el
gobierno o en la oposición.
—A eso iba —indicó Regato con acento magistral—. En pocas palabras,
señores: el gobierno dice blanco, pues nosotros decimos negro; el
gobierno quiere coles, nosotros lechugas; el gobierno dice _por aquí no
se va_, nosotros decimos _por ahí iremos_.
—El gobierno dice _no más clubs_, nosotros respondemos _vengan clubs_.
—El gobierno quiere poca Milicia, nosotros mucha Milicia.
—El gobierno perdona a los absolutistas, pues condenémosles nosotros.
—Condenémosles, caballeros —gritó el tratante en corambres—. ¡Botijos!
Si nosotros no hacemos la justicia, ¿quién la va a hacer?
Dando golpecitos en la mesa con el fondo del vaso, después de beberse
el contenido, entonó esta canción:
Ay le-lé, que toma que toma,
ay le-lé, que daca que daca,
ya no bastan las razones,
apelemos a la estaca.
—El ciudadano don Bruno ha tocado el punto más delicado de la política
actual —dijo Regato—. El pueblo, señores, no debe consentir la
impunidad de quien ha trabajado y trabaja aún en contra del pueblo.
—¡Botijos!... No.
—De ninguna manera.
—Consentirlo sería gravísimo desacierto —afirmó Sarmiento.
—Como me llamo Pelumbres, tan cierto es que todo el día he estado
pensando en que debíamos hacer justicia, porque podemos y debemos
hacerla. Y si el pueblo no es soberano para esto, ¿para qué lo es?
—A fe de Mejía, sostengo que cuando los jueces son inmorales y
corrompidos, el pueblo no tiene más remedio que echársela de juez.
—Pues con una palabra basta —afirmó el tratante en pellejos.
—Es preciso sacar a Vinuesa de la cárcel antes que le indulten.
—Y ahorcarle —dijo Sánchez, apretándose su propia garganta.
—En la plazuela de la Cebada.
—En la plaza de Palacio, delante del balcón de Su Majestad —gruñó
Pelumbres.
—Admirable y sensata idea —dijo Regato—; pero me parece irrealizable.
No es preciso que se lleven las cosas a ese extremo de perfección.
—No puedo aconsejar tranquilo la muerte de un hombre —afirmó Sarmiento
con gravedad—; pero hay sacrificios necesarios, indispensables, y el
cura de Tamajón debe morir. También hay en la cárcel de la Corona un
dichoso Gil de la Cuadra, exvecino mío, que es uno de los servilones
más furibundos, y un conspirador terrible.
—Gil de la Cuadra —dijo Regato haciendo memoria—. ¡Ah!, ya: le protege
Salvador Monsalud, después de haberle enamorado a su mujer, como me
consta. Váyase lo uno por lo otro.
—_El traidor_ Monsalud se dirá de aquí en adelante —indicó Pelumbres—.
Ese canalla, después de entrar en nuestra Sociedad, ha admitido un
destino del gobierno.
—En la cárcel de la Corona precisamente —indicó Mejía—. No lo hubiera
creído. Puesto de confianza, señores. Aquí hay gato encerrado.
—Tengo a Monsalud por una persona decente —dijo don Patricio—. Es amigo
mío y no le creo capaz de servir a los masones. Le he oído hablar
pestes de esos señores.
—Sea lo que fuere —dijo Sánchez—, ello es que antes de meter semejantes
tipos en nuestra Sociedad, debiéramos pensarlo mucho.
—Es justa la censura, aunque confieso que yo le presenté —dijo Regato—;
pero no hay motivo para desconfiar de tal joven. Tengo motivos para
creer que puedo dominarle en un momento dado. Ese hombre será mío
cuando yo quiera. En vez de importarnos que esté empleado en la cárcel,
debemos felicitarnos de ello. Sacaremos partido de esta circunstancia.
—¡Rebotijos!... ¡Si está en mi lugar y en el puesto de que me echaron
hace dos meses esos mamones!... ¿Pues no ha de importarme? Es un
caballerito a quien tengo atravesado aquí.
—Dejemos esta cuestión mezquina, señores, y volvamos a lo principal
—dijo Regato—. ¿Hay aquí gente de valor?
—Basta y sobra; pero si se quiere cosa mayor, con dar la voz en ciertos
barrios, se tendrá toda la gente que se quiera.
—Señor don Bruno, ¿se puede ir a donde se quiera?
—Al cabo del mundo. Digan hora y lugar, y allá estaremos todos. No
saldrá tan mal como la noche de los embajadores del Ruso y el Turco.
—Mañana... mañana... —dijo Regato meditando—. ¿Cuál será la mejor hora?
—Por la noche.
—No, por el día.
—A las doce del día —gritó el más decente de todos—. No se trata de
ninguna traición, sino de una obra de justicia.
—¡Excelente idea! A las doce del día.
—_Coram populo_ —murmuró Sarmiento.
—¡Botijos! A las doce en punto.
—Y ahora —dijo Regato levantándose—, a prepararse. La cosa puede ser
sencilla si el gobierno deja a la Milicia en la guardia de la cárcel.
Pero si pone tropa...
—¡Si se atreve a poner tropa, entonces...!
—Que ponga tropa —gritó Pelumbres dando un puñetazo—, y se hará
justicia a la tropa.
—Eso es, justicia a la tropa.
—Porque no es más que justicia.
—Esta noche hay otra vez asamblea, señores —dijo Regato con misterio—.
Mucho cuidado con los caballeros comuneros de corbatín almidonado y
palabrejas finas. Dirán, como esta noche, que estamos locos.
—¿Se guardará secreto?
—Hasta donde se pueda; pero hay que reclutar gente, mucha gente.
—¡A la _Fortaleza_, a la _Fortaleza_!
—En la _Fortaleza_ hay espías y traidores que todo se lo cuentan al
gobierno.
—Si el gobierno lo sabe, mejor —vociferó Pelumbres—. ¿Qué apostamos a
que voy a Palacio y se lo digo yo mesmo al rey?
Una carcajada general acogió estas palabras.
—Las cosas claras. Hacemos justicia. Yo lo digo a todo el que me quiera
oír. ¡Muera Tamajón!
—¡Muera Tamajón! —repitieron todos menos Regato.
Este, con apagada voz y razones conciliatorias, quiso aplacar a sus
amigos; pero estaban muy encariñados con la idea sugerida por el
dos veces gato, para dejársela quitar. Hay que pensarlo mucho antes
de arrojar la piltrafa a esta especie de carnívoros, porque una vez
arrojada, el que pretenda quitársela se expone a recibir un mordisco
o arañazo. Así lo comprendió el fundador de la Comunería. Cuando
los individuos de su alto consejo salieron a la calle masticando el
sangriento manjar que les había puesto en la boca, el cobarde Regato
se asustó un poco; pero aún tenía seguridades de no ser sospechoso, y
entre Pelumbres y don Bruno marchó resueltamente a la asamblea, que aún
estaba abierta.